Cuando se disolvió el grupo, los dos jóvenes siguieron su camino.
—Vamos a casa de mi tío —dijo Monsalud—, a ver qué piensa de estas
cosas. Ya anochece; apretemos el paso... ¿No te parece que los
habitantes de la Villa están un poco alborotados?
—¡Salen los franceses!... ¡Un cambio de Gobierno! —murmuró Bragas
intranquilo—. Ahora todos los que han sido empleados durante el
Gobierno intruso...
—A la calle, amigo. ¡Pues no es poca afrenta la que tienen encima,
haber servido al intruso!... ¡Oh vilipendio!
—Pero yo soy español, muy español. Detesto a los franceses.
—Ahora que se van es muy cómodo decir eso. Yo, señor don Juan, les
tengo rencor. Con ellos he servido, con ellos voy.
—Entonces dirás: «¡Viva Napoleón!»
—No diré ni que viva ni que muera, porque yo no he de matar ni
resucitar a nadie. Me alegraré de que sea rey de España Fernando VII...
Ya sabes por qué he servido a José: me moría de hambre y acepté sus
banderas. Tal vez hice mal; pero las juré, y tras ellas voy a donde me
lleven. Eso de gritar hoy _Bonaparte_ y mañana _Fernando_, como hacen
muchos, no entra en mi sistema. Sirvo a José sin entusiasmo, pero con
lealtad.
—¡José, José —exclamó Bragas alzando la voz—, es un borracho! No se
tiene lealtad con los borrachos.
—A ti y a mí nos ha dado de comer. Los dos nos encontrábamos en Madrid
bastante perdidos y derrotados. Mi tío me colocó en el regimiento de
Jurados, lo cual fue muy fácil, porque nadie quería entrar en él. Tu
colocación parecía más difícil; pero tanto lloraste y gimoteaste ante
el conde de Cabarrús, que el buen señor, considerando que eres hijo de
su criado, diote a roer ese hueso de la covachuela. Para conseguirlo,
te fingiste entusiasmado con el fraternal gobierno de Bonaparte, ¡y qué
memoriales le echabas!... ¡cuántas resmas embadurnaste con lamentos
y suspiros!... Para que todo no fuera música y palabrillas vanas, te
aplicaste al oficio de dar vítores y palmadas en la calle siempre que
el rey pasaba, y gritar: «¡Mueran los _madripáparos_!»
—¡Mentira, mentira! —chilló Juan Bragas, cuyo rubor no podía
distinguirse a causa de la oscuridad de la noche—. ¿De dónde has sacado
tales invenciones?
—Verdad, verdad pura, digo yo —continuó Monsalud—, como también lo es
que te daban obra de tres reales por función, quiero decir, por cada
carrera detrás del coche de Pepe Botellas, gritando y vitoreándole.
Ello es que si te desgañitaste, ganando aquella ronquera que te puso en
peligro de callar para siempre en la sepultura, en cambio recibiste
el destino que tienes, el cual verdaderamente no es mucho premio para
tanto batir palmas y asordar a la gente con los vivas.
—Salvador, Salvador, mira que me incomodo —dijo Bragas con voz
balbuciente, señal de que le ponía colérico el verídico retrato que su
amigo diestramente trazaba—. Cualquiera que te oiga, ¿qué pensará de mí?
—Ahora quieres pasar por hombre formal. Vas muy serio y finchado por la
calle; entras en la covachuela dando taconazos, y cualquiera supondría
que dentro de ese casacón que compraste en el Rastro, va un consejero
de Indias.
—Si no va todavía, irá con el tiempo, señor mío.
—Y como parece que el rey José y los franceses y los jurados se
marchan para siempre, quieres hacer olvidar que te colocó el conde de
Cabarrús... Ahora es preciso _empecinarse_, señor Juan Bragas, como
se _empecinó_ su merced cuando evacuaron la Villa los franceses y la
ocuparon los aliados, después de la batalla de los Arapiles.
—Amigo Monsalud —gruñó el otro—, yo soy dueño de hacer mi santa
voluntad ahora y siempre. Sé dónde me aprieta el zapato, y cada uno
tiene su alma en su almario. Tú mismo, que ahora te la echas de hombre
recto y puntilloso, estás esperando a que los franceses salgan de aquí
para desertar de sus filas y pasarte a los españoles, lo cual es muy
meritorio y por extremo patriótico; que no hay gloria más envidiable
que servir a la patria, ni deshonra que se compare a la de ayudar al
enemigo contra nuestros hermanos. Y ahora que los franceses van de capa
caída y parece que huyen vencidos, el heroísmo consiste en volverles la
espalda.
—Eso no lo haré yo —dijo con energía Monsalud—, que cuando entró a
servirles lo hice por mi voluntad.
—Pues no te podrás quitar de encima la nota de traidor —indicó Bragas,
malicioso—, que traidores son los que sirven al enemigo de la patria.
¿No te da vergüenza de vestir ese uniforme?
Cuando esto decían, habían entrado en la calle de Toledo y tomaban por
la derecha la embocadura de la Cava Baja, donde tenía su residencia el
señor Monsalud _senior_, tío de nuestro héroe. Por las noches Salvador
solía hacer parada en casa de su tío, antes de encerrarse en el
cuartel, y acompañábale generalmente Bragas, atraído por el olorcillo
de una regular cena que allí se aderezaba y el reclamo de una animada
tertulia.
—Veremos qué piensa mi tío de estas cosas —dijo Monsalud—. Es un
afrancesado rabioso, y desde que el conde de España le mandó dar
de palos en Salamanca, no cesa de decir que ahorcaría a todos los
_empecinados_ si en su mano estuviere.
No había concluido Monsalud de decir lo que antecede, atravesando la
plazoleta que llaman Puerta Cerrada, aunque no hay allí puerta alguna
abierta ni entornada, como no sea las de las casas, cuando muchas de
las gentes reunidas junto a las tiendas, y el gran número de majos,
chulillos y mozalbetes desvergonzados que por allí discurrían, fijaron
su atención en los dos jóvenes, y principalmente en el sargento de la
guardia, cuyo uniforme a cien leguas le denunciara como servidor del
rey entrometido.
—Parece que nos miran —dijo Monsalud— y nos señalan. ¿Llevamos algo de
particular?
—Es que la gente está alborotada... —balbució Bragas, temblando de
miedo—. Llevas uniforme de la guardia jurada... Ese traje es muy
aborrecido en Madrid, y con razón, con muchísima razón... No creas
que te van a defender tus amigos. Ocupados de su viaje, no se cuidan
de niñerías, y lo mismo les importará que te insulten o que no.
Los franceses desprecian a los traidores que les sirven, como les
despreciamos los españoles.
Iba a contestar Monsalud, cuando de un grupo de holgazanes que sostenía
la esquina de la Cava Baja, salieron voces de «¡A ese, a ese!», y
luego un murmullo de risas insolentes. Monsalud se paró en medio de la
calle, y volviéndose a los del grupo les miró cara a cara, esperando
que alguno pasase de las palabras a las obras. En el mismo instante,
varias pelotas de lodo, arrojadas por los chiquillos, se aplastaron en
su pecho, salpicándole la cara.
El populacho es algunas veces sublime, no puede negarse. Tiene horas
de heroísmo, por extraordinaria y súbita inspiración que de lo alto
recibe; pero fuera de estas ocasiones, muy raras en la historia, el
populacho es bajo, soez, envidioso, cruel y, sobre todo, cobarde. Todos
los vencidos sufren más o menos la cólera de esta deidad harapienta que
por lo común no sale de sus madrigueras sino cuando el tirano ha caído.
Si no le supo exterminar con su iniciativa y su fuerza, casi siempre se
da el gustazo de rociarle con su fango; y a todas las instituciones o
personas que caen por el esfuerzo de campeones de otra esfera más alta,
el populacho les pone su ignominioso sello de inmundicia. La libertad y
las _caenas_, a quienes alternativamente aduló, han visto sobre sí en
el momento terrible a la furia inmunda que les escupía. Como la hiena,
es intrépida con los muertos.
Casi desguarnecida Madrid de tropas francesas, pues muchas habían
ido saliendo desde mediados de mayo; dispuesto todo para marchar las
últimas en la madrugada del siguiente día 27, el enemigo, puesto un pie
en el estribo, no se cuidaba ya de hacer cumplir las reglas de policía.
El estado de la guerra y la comprometida situación de José junto al
Ebro, confirmaban a aquel en su idea de que la ocupación de España iba
a tener fin; mas si estaban indiferentes y aun alegres los franceses,
los españoles comprometidos con ellos no cabían en su pellejo de puro
azorados y medrosos. A muchos de estos insultó la plebe en diversos
puntos, y aterrados algunos al ver el desamparo en que quedaban,
desertaron para acogerse de nuevo a las banderas de la patria.
Se comprenderá, pues, que la situación de Monsalud, frente a los
respetables varones del populacho matritense, no era muy lisonjera.
Ciego de enojo, con el rostro encendido y la voz balbuciente, echó mano
a la empuñadura del sable gritando:
—Al que se me acerque, le atravieso.
Y capaz era de hacerlo como lo decía, lo cual fue sin duda conocido por
el egregio concurso de la esquina, no habiendo entre todos ellos uno
solo que se destacase del grupo para hacer frente al irritado mancebo.
Viendo este que, con ser tantos, no pasaban a vías de hecho, siguió
su camino; pero los disparos de lodo se repitieron de tal modo por la
cohorte infantil, que Monsalud, sin hacer uso del arma, corrió tras uno
de aquellos angelitos de arroyo para castigar su desvergüenza. Antes
que atraparle consiguiera, lo que no osaron tantos hombres atreviose a
hacerlo una mujer, la cual, cuadrándose marcialmente ante Salvador y
desafiándolo del modo más varonil con ojos, gesto, manos y la cortante
y ponzoñosa lengua, le dijo:
—¡Eh!, so estandarte, si toca usted al muchacho no tendrá tiempo de
encomendarse a Dios. Si el angelito le roció, es porque puede hacerlo,
y para eso y mucho más le he parido... Conque siga adelante; punto en
boca y manos quietas.
Dada la señal por la matrona, acercáronse valerosos algunos de los
chulos y tomadores que antes dispararan sobre el soldado burlas y
palabrotas; enracimáronse los chiquillos y mujeres en derredor suyo, y
una tempestad de insultos tronó en sus oídos. Aturdido al principio el
mozo, defendiose con empellones y golpes muy bien dirigidos.
—¡Matarle! —gritó una arpía, al sentirse abofeteada por la mano
vigorosa de la víctima.
—Y también a su compañero el del casacón.
—A mí, señores: ¿pues qué he hecho yo? —dijo Bragas, procurando echarse
fuera del volcán—. Yo no conozco a ese hombre.
—¡Mueran los jurados!
—¿Acaso visto yo ese vergonzoso uniforme? —repitió casi llorando
Braguitas—. Soy un joven honrado, español puro y neto, y jamás he
servido a la basura.
Monsalud, a quien no hostigaba ningún hombre de buenos puños, sino tan
solo mujerzuelas, chicos y algún cobarde zarramplín de esos que van a
todas las pendencias a meter ruido, pudo echar mano al sable y apartar
un poco de su persona al indigno enjambre. Repartió de plano con seguro
puño algunos golpes, y sin ser papa creó gran número de cardenales
en menos que canta un gallo. Algunas personas graves y varios majos
decentes intervinieron en el asunto, aplacando la furia de todos, y
propusieron que se dejase en libertad al guardia, con tal que allí
mismo se quitase el uniforme. Enfurecido y fuera de sí Monsalud, iba
a arremeter contra los amigables componedores, cuando apareció su tío
don Andrés saliendo de la casa cercana, que era donde vivía, y con
razones y tal cual empellón, él y otros que le acompañaban, cortaron la
pendencia, obligando al joven a meterse en el portal, que cerraron al
instante.
Puesto en salvo su sobrino, a quien acabaron de aplacar las personas
de ambos sexos que había en la casa, el señor Monsalud creyó oportuno
dirigir la palabra a los del pueblo, un tanto mohíno por no haber
podido vengar en el renegado las contusiones recibidas.
—No hagan ustedes caso, señores —les dijo con voz oratoria, que en su
vana sonoridad gustaba de oírse a sí misma—. Ese joven es mi sobrino,
un mala cabeza, un insensato que se afilió en el cuerpo de guardias
jurados, sin saber lo que se hacía. Pero en el fondo de su alma,
señores, mi sobrino es español por los cuatro costados, y aborrece a
los pérfidos enemigos de la patria. Comprendo, señores, que el pueblo
se ensañe contra los afrancesados: esos viles merecen pronto y ejemplar
castigo. (_Señales de aprobación._) Pero respetemos la desgracia,
señores y señoras; que demasiado castigo tienen esos viles en su propio
remordimiento y vergüenza. Esta noche es noche de gran regocijo para
los buenos españoles, porque mañana se marchan los pocos borrachos que
quedan en Madrid. España es libre, señoras, caballeros y niños. ¡Viva
España! (_Ruidosos aplausos, y tal cual rebuzno y no pocas patadas,
berridos y coces._) Yo respondo de que mi sobrino dejará las traidoras
banderas en que ha servido; él es buen patriota, tan buen patriota como
yo, que estoy dispuesto a derramar la última gota de mi sangre, sí, la
última y postrera gota en defensa del rey y de la Constitución. ¡Viva
la Constitución! (_Ibidem._) Y si alguna vez he vivido entre franceses,
no lo hice por amistad hacia ellos, como dicen mis enemigos, sino que
les seguí y me metí industriosamente entre sus filas para averiguar sus
planes y espiar sus acciones e informar de todo a nuestros queridos,
a nuestros queridísimos generales... ¡Ah! ¿Queréis más pruebas? Pues
allá van las pruebas. Os ruego que contestéis a mis preguntas. ¿Quién
soy yo, señores? Yo soy un mártir del patriotismo. Consagré mi vida al
servicio de la patria, y hallándome cerca de Salamanca, en un pueblo
de cuyo nombre no quiero acordarme, los franceses me apalearon.[1]
¿Y por qué, señores? Porque con mi espionaje puse todos sus secretos
estratégicos al servicio de Lord Wellington. Pues qué, ¿creéis que
sin mí se hubiera ganado la batalla de los Arapiles? (_Estupor._)
Aún tengo sobre mi cuerpo cien cardenales que con su noble púrpura
manifiestan mi heroísmo. Luego vine a Madrid a gozar del espectáculo de
este gran pueblo, ebrio de gozo por su libertad, y en agosto del año
pasado juramos la Constitución en presencia del general inglés. ¡Oh
día solemne! ¡Oh época feliz! Si se empañó tan diáfana claridad con
el regreso de los franceses, mañana se desgarrará el velo tenebroso
de la invasión; mañana se marchan otra vez para siempre, señores, con
su séquito inmundo de traidores y jurados y afrancesados. Ved cómo
tiemblan, cómo se esconden de vuestras patrióticas miradas; cómo su
vergüenza les hace bajar la cabeza ante la majestad de nuestro puro
españolismo sin mancha. Enorgullezcámonos, señores, de no haber servido
jamás a los franceses, de no habernos contaminado jamás con viles
masones y filosofastros, y _digamos con el ángel: Ave María_... Cada
cual a su casa, que es hora de acostarse. ¡Viva la Constitución y el
Lord y Fernando VII! (_Tumulto y extraordinaria sensación, acompañada
de sonoros bramidos y vocablos, que no lleva en sus blancas páginas el
Diccionario por miedo a ruborizarse._)
[1] Véase _La batalla de los Arapiles_ (1.ª serie).
V
Salvador subió tristemente la escalera de la casa, acompañado de varias
personas que, atraídas del ruido y del temor, bajaron, y en la meseta
donde se abría la puerta del domicilio de su señor tío, recibiole,
candil en mano, la esposa de este, que le dijo así:
—No podía ser otra cosa que una barrabasada del sobrino de mi marido.
¡Todo sea por Dios! Este chico tiene la cabeza a las once y está
podrido de ella. ¿Te han herido?
—El pueblo de Madrid aborrece este uniforme —gritó Bragas que detrás a
poca distancia subía—, y no le falta razón.
—Solo a este loco se le ocurre sacar el sable porque le echaron un poco
de fango —dijo la señora de Monsalud alumbrando para que pasasen todos
a la sala.
Componían aquella noche la tertulia doña Ambrosia de los Linos y sus
dos hijas, una de las cuales, casada poco antes, vivía en el piso
tercero del mismo edificio. Ambas eran bastante lindas, principalmente
la soltera, que cautivaba por su frescura, por sus vivarachos ojos, por
sus rosados carrillos, marcados aquí y allí con vagabundos lunares,
por su gracia en el mirar y la flexible ligereza de su cuerpo, tanto
más admirable cuanto que la muchacha era algo medianamente gordita,
prometiendo en diversos parajes de su persona que igualaría con los
años a su enorme mamá. También estaba allí don Mauro Requejo, que solía
ir todas las noches, por ser pariente de la señora de Monsalud, y no
tardó en presentarse don Gil Carrascosa.
La señora de Monsalud era una mujer de presencia no vulgar ni
desagradable, pero muy gastada y decaída por causas que ignoramos.
Durante un matrimonio estéril, que ya contaba trece años, marido y
mujer no habían ofrecido al mundo un modelo perfecto de concordia.
Repetidas veces se separaron para volver a juntarse; repetidas veces
crujieron los palos de las inválidas sillas, y volaron por el aire
los platos desportillados, instrumentos unas y otros de la ciega
cólera homicida de ambos consortes. Andrés Monsalud era hombre de mala
conducta, fatuo, desarreglado, trapisondista, embrollón, aventurero;
Serafinita pecaba de caprichosa, holgazana, embustera, y tenía más
vanidad que una princesa, gustando mucho de emperifollarse y, sobre
todo, de aparentar posición y suponer posibles muy superiores a lo que
en realidad tenían ella y su marido, pues reunida la fortuna inmueble
de entrambos, allá se iba con la nada.
Por último, después de la tragedia de Babilafuente, Serafinita logró
atraer a su marido y poner casa en Madrid, y de la noche a la mañana,
por mediación generosa de un caballero francés, dieron a Andrés un
regular destino en la Visita de Propios, con lo cual uno y otro estaban
tan huecos que, de allí a tratar a Dios de _tú_, apenas había el canto
de una peseta. Su morada, no obstante, era humildísima, porque el
sueldo no rayaba ciertamente en Potosí; mas Serafinita se esmeraba en
aumentar con mil artificiosas combinaciones el lustre y aparato de su
casa.
—Puedes respirar tranquilo, sobrino —dijo la señora con bondad—.
Descansa y se te dará un vaso de agua para matar el susto.
—No quiero agua —repuso bruscamente el joven, paseándose de largo a
largo por la sala—. Tengo que marcharme.
—¡Marcharse! —exclamaron a dúo y con desconsuelo las dos niñas de doña
Ambrosia.
—Este joven gusta de pendencias y de derramar sangre —añadió esta—.
¡Cómo se conoce que los franceses le crían a sus pechos!
—Pero al menos —dijo Serafinita—, ¿te quitarás el uniforme?
—Sí, hablad de eso a este babieca —indicó Juan Bragas, que había ido a
fondear junto a la más pequeña de las fragatitas de doña Ambrosia—. Es
muy gabacho este caballero. Los pocos españoles extraviados que sirven
en las banderas de José, están a estas horas con los ojos y el corazón
vueltos hacia la madre patria afligida; pero este mi don Quijote
botellesco dice que su honor le obliga a no abandonar a la canalla.
—Hace cosa de seis meses —afirmó Serafinita—, habría sido gran locura
mostrar siquiera un adarme de españolismo; pero hoy es distinto. Los
franceses van de capa caída y buen tonto será quien se embarque con
ellos.
—¡Oh, si, será un idiota! —dijo doña Ambrosia—, aunque lo mejor habría
sido no servirles nunca.
—Las circunstancias —añadió Serafinita—, obligan a los hombres a
sofocar algunas veces su natural impulso y fogosidad patriótica.
Ahí está mi marido, que no le hay más español en toda la tierra del
garbanzo, y, sin embargo, viose arrastrado a cierto compadrazgo con los
franceses, y aun anduvo, con masones y revoltosos, malquisto de todo
el mundo. Pero de algo valen los consejos de una mujer prudente. Yo le
traje al buen camino, y como mi familia, que no es ninguna familia de
tres por un cuarto, ha tenido siempre relaciones con altos personajes,
fácil me fue amarrar a mi esposo al pesebre de la Visita de Propios.
Diole la plaza un ministro francés; ¿pero tenemos la culpa de que
haya sido francés quien primero echó de ver nuestros méritos, o si se
quiere, los de mi marido, para todo lo que sea cosa de aritmética en
cualquiera oficina?
—Si recibimos un pequeño favor de esa canalla —gritó con vehemencia
Bragas—, diéronnos lo nuestro, y nada tenemos que agradecerles.
Españoles somos, y ahora váyanse con dos mil demonios.
—Lo que hay en esto —dijo don Mauro Requejo, que sombríamente había
permanecido en un rincón de la sala, sin hablar hasta entonces—, es
que para dar sus destinos a los señores Monsalud y Bragas, fue preciso
quitárselos a otros, que, pecando de _empecinados_, mortificaban con
cuchufletas y versitos a los franceses.
—¡Nadie hay más _empecinado_ que yo! —exclamó con furioso arranque de
entusiasmo Juan Bragas, saltando en medio de la sala, con gran regocijo
de las niñas de doña Ambrosia—. ¡Viva don Juan Martín Díez!
—¡Viva, viva mil años! —repitió Andrés Monsalud, presentándose en la
sala, con semblante reposado y satisfecho, sin duda por la vanagloria
que el reciente discurso callejero había dejado en su ánimo—. ¡De buena
has escapado, sobrinillo! ¡Exponerse a las iras del pueblo español!...
Vamos, te perdono; yo también he sido calavera, yo también he sido
revoltoso y provocativo y...
—Afrancesado —indicó con malicia doña Ambrosia—. No hay que echársela
de apóstol Santiago.
—Un poquillo —repuso Monsalud con turbación—. Pero de arrepentidos
se hacen los santos. La prueba de mi sinceridad la tengo hoy en la
confianza de mis amigos. Hanme comisionado esta tarde para preparar los
festejos...
—¿Para cuando entre don Carlos España? —preguntó la de los Linos.
—Para cuando entre don Juan Martín o Lord Wellington... Un arco de
triunfo, ¿qué les parece a ustedes? En mi oficina hemos resuelto
componer unos versos, y ver si se hace un carrito.
—Ya nos cayó quehacer, amigas mías —dijo con júbilo Serafinita—. Desde
mañana pondremos manos a la obra, porque las guirnaldas de rabo de
cometa no son cosa que se despache en tres días.
—Y luego mucho de banderitas y escarapelas —dijo una de las muchachas.
—Y será preciso que doce o catorce doncellas tiernas se vistan de
ninfas para ir delante del carro cantando el _Velintón_.
—Y como haya alegoría, vestiremos a mi sobrino de dios Marte —indicó
Monsalud.
El joven soldado dirigió a su tío una mirada de desprecio.
—Estará saladísimo —dijo doña Ambrosia—. Mi esposo y padre de estas
dos niñas hizo de Marte cuando la jura del otro rey, y era una gloria
el verle con todo su hermoso cuerpo medio desnudo y el chafarote en la
mano... ¡Oh! ustedes no alcanzaron a ver tanta preciosidad.
Don Gil Carrascosa, entrando apresurado en la estancia, saludó a todos
con amable cortesanía, especialmente a las niñas.
—¡Pues qué! —dijo—, ¿todavía está nuestro mozalbete metido dentro de
la indigna librea francesa? A estas horas casi todos los españoles que
servían a José han desertado. Acabo de ver a dos que se escondieron
esta mañana.
—¡Han desertado! —repitió el coro de mujeres.
—Fuera esa casaca, sobrino —gritó Monsalud dirigiendo al hijo de su
hermana imperiosa mirada—. ¡Ay!, acuérdate de tu madre, a quien no nos
atrevimos a dar parte de tu afrancesamiento... Si lo llega a saber, se
morirá de pena.
—Te esconderemos aquí —dijo Serafinita—, aunque no habrá peligro, pues
ellos tienen bastante quehacer para ocuparse de ti.
—En esta casa, no —afirmó con aplomo el tío—. Los vándalos conocen el
rabioso españolismo mío, y de seguro vendrían a buscarle, acusándome de
haberle impulsado a la deserción.
—Pues se puede esconder en mi casa —dijo la mayor de las Linas, que era
la casada y tenía su nido en el tercer piso.
—Eso es, que se esconda arriba —repitió con extraordinaria vehemencia
la soltera, contemplando al joven Monsalud de tal modo que parecía
envolverle con su mirada como en amorosa y blanda nube protectora.
—Sí, en el tercero.
—Yo le cederé mi cuarto y mi cama, y dormiré con mi hermana —añadió la
doncella en un segundo arranque de generosidad.
—Francamente, Dominguita, tu esposo está fuera y no me gusta ver a dos
muchachas solas en la casa con el dios Marte —objetó doña Ambrosia.
—Pues al sotabanco. Hablaremos al señor Pujitos para que le ceda un
rincón.
—Conque, sobrino, vete despojando de tu uniforme.
El soldado, a quien tal proposición ofendía en lo más delicado de su
alma, y que estaba a la sazón irritado por la escena de la calle y,
además, por el impertinente charlar de su tía, contestó con ardor:
—Antes me quitaré el pellejo que el uniforme. Me lo puse por mi
voluntad, lo tendré mientras exista el ejército a que pertenezco y la
bandera que juramos.
—¿Eres francés?
—No sé lo que soy —repuso con desdén.
—¿Harás armas contra tus paisanos?
—No; pero tampoco abandonaré cobardemente a los que me han dado de
comer.
Monsalud tío rompió en estrepitosas risas, acompañado por Bragas,
Requejo y Carrascosa.
—Pero, sobrino de todos los demonios, ¿no tienes en mí la norma de tu
conducta?
—Si yo le imitara a usted en esto —dijo el joven temblando de
indignación—, no tendría idea del honor, ni una chispa de vergüenza en
mi alma, ni en mi corazón el sentimiento del deber, ni sería digno de
que me mirasen los hombres. Adiós. Me voy para siempre de esta casa y
de Madrid.
El soldado salió resueltamente. Un poco atontado el tío, bastante
aturdida su esposa, no pronunciaron una sola palabra para detenerle.
—Ese muchacho es un insolente —dijo al fin la señora de la casa.
—¡Pobrecito! —murmuró el oficial de la Visita de Propios.
—¡Él se lo pierde! —indicó majestuosamente Serafinita—. Ahora que
mandan los españoles he de conseguir para ti una buena vara, Andresito.
Serás corregidor de Alcalá, de Ocaña o de Tarancón. Yo había calculado
que Salvadorcillo nos acompañaría con un buen momio.
—No se puede sacar partido de ese muchacho.
La niña soltera de doña Ambrosia había llevado el pañuelo a sus
picarescos ojos, de súbito humedecidos por ignorada causa.
—¡Pobrecito! —exclamó con zozobra—. Se ha marchado solo. Está expuesto
a que le insulten otra vez en la calle. Le darán golpes, le arrojarán
lodo, manchándole la frente, el cabello, la boca, los ojos, ¡ay!, los
ojos, el uniforme...
—Esto parte el corazón. ¡Pobre muchacho! —exclamó la casada—. Alguien
debía salir con él.
—¡Qué falta de caridad dejarle salir solito! ¡Si yo fuera hombre...!
—La verdad es que puede sucederle alguna cosa mala —dijo Serafinita
dando un suspiro.
—Usted que es su amigo —exclamó con ira la doncella volviéndose a Juan
Bragas que a su lado estaba—, ¿por qué no salió con él para ampararle
en caso de un atropello?
—¿Amigo? —dijo con desdén el covachuelo—. No tanto. Conocido y nada
más... Nos hablamos alguna vez, paseamos juntos; pero...
—Es usted un mal amigo —gritó la muchacha con voz temblorosa—. ¡Dejarle
partir sin compañía!... Esto se llama deslealtad, cobardía.
Juan Bragas se echó a reír.
—Pero...
—Haga usted el favor de no volver a dirigirme la palabra en toda la
noche, ni volver a mirarme en su vida, ni estar donde yo esté, ni
respirar donde yo respiro, ni ponerse donde yo le vea, ni...
La tertulia fue triste, tristísima. Los hombres, viendo que no podían
alegrar el ánimo de las dos muchachas, ni el de la señora de la casa,
ni sacarles palabras que no fuesen lúgubres como un funeral, pegaron
la hebra con doña Ambrosia, y dándole a la lengua por espacio de dos
horas, sin descanso, azotaron a medio mundo con la piel arrancada al
otro medio.