Así pensando y discutiendo, a veces riñendo y regalándose el uno al
otro palabras un poco fuertes; haciendo luego las paces para prometerse
amistad invariable, dieron nuestros dos amigos la vuelta del Retiro, y
cuando tornaban a Madrid por la calle de Alcalá, vieron que discurría
de arriba abajo mucha gente, y que contraviniendo las disposiciones
de la policía francesa, en todas partes se formaban grupos. Pedíanse
las personas unas a otras las noticias, arrebatándoselas de la boca y
comentándolas para soltarlas luego desfiguradas. Cuál aseguraba saber
mucho, cuál, ignorándolo todo, se hacía repetir hasta tres veces la
misma noticia. Todos los madrileños parecían sorprendidos, y los más,
alegres.
Al punto pararon mientes Monsalud y Bragas en aquella estupenda
novedad de los corrillos y de la animación que se repetía, a pesar del
Gobierno, siempre que llegaban noticias de alguna batalla. Deseosos
de conocer la verdad de lo que ocurría, husmearon en varios grupos;
mas no viendo caras conocidas en ninguno de ellos, no se atrevieron a
meter su cucharada y se contentaron con algunas palabras sueltas. Pero
hacia las Baronesas creyó Bragas oír la voz de don Gil Carrascosa,
abate antaño, y por entonces covachuelista en la misma covachuela del
covachuelado mancebo. Acercáronse y vieron que el licenciado Lobo venía
a su encuentro, juntamente con don Mauro Requejo y el señor Canencia.
Fundiéronse todos en el grupo, a punto que Carrascosa decía:
—Mañana salen de Madrid los franceses. Parece que ahora va de veras,
señores patriotas, y que no volverán más. El rey José está muy apretado
y no puede pasar, según dicen, de la línea del Ebro. Aquí no quedará
un solo francés, ni un solo jurado, ni un solo polizonte, ni un solo
jacobino. Respira, ¡oh patria!
—La verdad —dijo don Lino Paniagua, que también era de los presentes—
es que Wellington se ha movido.
—Y parece que también se ha movido el cuarto ejército que manda
Castaños... Sin duda quieren cerrarles el paso de Burgos y Vitoria.
—¡Admirable plan! —exclamó Lobo—. ¡Cerrar el paso! Nada más claro. El
cuarto ejército estaba en todas partes, como perejil mal sembrado.
Castaños, en Extremadura con una división; Porlier y Losada, en Galicia
con otra; Morillo, en Asturias; Mina, en Vizcaya. Lord Wellington, que
desde Fregeneda ponía su lente en todo, les ha mandado adelantarse. Uno
viene por aquí, otro por allá, con tan admirable concierto y arte como
las piezas de un reloj que ordenadamente van andando, sin estorbarse
una a otra. El francés, que con la cholla cargada de vapores viníferos
se duerme en Valladolid, en Segovia, en Madrid y en Zaragoza, no ve el
nublado hasta que le cae encima. Se asusta, llama a _Farfulla I_ en
su ayuda; pero _Farfulla I_, después de la campaña de Rusia, no está
para fiestas, y héteme al rey José en campaña. Él había dicho, como los
castellanos: «Vino puro y ajo crudo hacen al hombre agudo...», pero en
buena se ha metido... ¡Grandes batallas se preparan! Todo esto, amigos
míos, lo barruntaba yo; se necesita no tener un solo grano de sal en
la mollera para comprender que hallándose el lord en Fregeneda, Longa
y Mina en el Norte, Morillo en Asturias, y Carlos España en el Bierzo,
pues... yo lo veo claro como el agua.
—Y yo turbio como el cieno —dijo Canencia con filosófico desdén—. ¡Una
batalla más! Rousseau ha dicho que las verdaderas batallas son las que
gana la sabiduría contra la ignorancia de la corrompida humanidad.
No tardó en pasar el Padre Salmón, que, con el Padre Ximénez de Azofra
y el marqués de Porreño, regresaba a su convento, y pegándose al grupo
hizo varias preguntas.
—Eso ya lo sabíamos... que se va toda la canalla mañana temprano...
¿Pero y de los ejércitos, qué se dice?
—A mí se me figura —dijo con gravedad el marqués de Porreño—, se me
figura... es idea mía... puede que me equivoque, pero juraría que el
_lord_ se ha movido.
—Eso no tiene duda —repuso Lobo dignándose repetir el plan de campaña
con que poco antes había demostrado su perspicacia estratégica.
Y al poco rato partieron en distintas direcciones. Acompañaron al señor
marqués los dos reverendos, y recibidos por la interesante familia de
este, Salmón exclamó:
—¡Gran bomba, señoras! El _lord_ se ha movido.
—¡Y mañana salen de aquí todos los franceses!
—¡Benditos sean los designios de la divina Providencia! —dijo la
hermana del marqués.
—¡Wellington se ha movido! —repitió el mercenario, mirando a diestro y
siniestro por ver si se vislumbraban en el horizonte lejanos signos de
soconusco—, y juntamente con Mina y Morillo viene sobre Madrid.
—¡Jesús! ¡Sobre Madrid!
—Así lo han dicho. Parece que da la vuelta por el Duero, que está,
como usted sabe, en Tordesillas. Y como Castaños pasa de Extremadura
a Asturias, con el séptimo cuerpo, digo, con el octavo o con el
duodécimo... en junto unos cuatrocientos mil hombres.
Poco después la hija del marqués de Porreño iba a casa de Sanahuja,
donde ya sabían la noticia gracias a don Lino Paniagua, y decía:
—Lo menos setecientos mil hombres dicen que trae _Vellinton_.
Conviene advertir que casi todos los españoles pronunciaban el nombre
del general inglés como acabamos de escribirlo. Algunos lo modificaban
diciendo _Velliztón_, acentuando la última sílaba, lo mismo que decían
_Stapletón Cotón_; pero esto no hace al caso, y siga nuestro cuento. El
conde de Rumblar, que a la sazón hallábase en casa de Sanahuja, partió
como un rayo, y en la Puerta del Sol topó con Marchena, a quien dijo
que José iba sobre Fregeneda, y que el duque de Ciudad Rodrigo estaba
en Valladolid... Poco después don Narciso Pluma, que esto oyera y otras
muchas estupendas cosas que había oído poco antes, lo revolvió todo,
haciendo la más chistosa ensalada que puede imaginarse, y entró en casa
de Porreño, donde sostuvo que se estaba dando una batalla junto al
Duero entre don Pablo Morillo con doce mil hombres y el rey José con
setecientos mil...
Repitámoslo, sí. ¡Entonces no había periódicos!