Penoso fue para el herido el largo trayecto de Durango a Cegama, por
Elgueta, Vergara y Zumárraga, en día caluroso y seco. Remudándose
con frecuencia los granaderos que transportaban la camilla, pudieron
llegar al término del viaje ya entrada la noche. Si triste fue todo el
camino, el paso por el valle del Oria, desde Segura para arriba, en la
oscuridad, llevó a su mayor grado la tristeza de aquella que parecía
procesión del Santo Entierro. Delante iban soldados con hachas de
viento, alumbrando el camino. Nadie hablaba: el cansancio sellaba todas
las bocas. Música de la fúnebre comitiva era el murmullo del río,
que en aquella parte alta del valle donde nace, más bien es torrente.
Venía bastante crecido, y sus saltos y cascadas espumosas resonaban con
mugido profundo en el silencio de la noche. De Cegama bajaron hasta
Segura, al encuentro del convoy, personas de la familia, el cura,
muchos vecinos del pueblo, precedidos de faroles. Las movibles luces
tan pronto iluminaban a las personas, como las dejaban en tinieblas.
En la sombra no eran los rostros más tristes que en la claridad, pues
nadie sonreía.
Entró por fin el convoy en el pueblo, atravesando la calle que conduce
a la plaza de la iglesia, y deteniéndose frente a esta, en una calle
pendiente y corta que parte de la esquina de la Casa Consistorial.
Al extremo de dicha calle, que más bien es irregular plazuela, se
alzaba la vivienda de la familia de Zumalacárregui, donde el general
quería encontrar el reposo de su espíritu, el alivio de sus dolencias
crónicas, y la curación de su herida. ¿Qué menos podía ambicionar quien
tanto había hecho con notoria generosidad y desinterés? Pero no es
cosa segura que los triunfos militares y políticos sean recompensados
por Dios con los bienes terrenos, el mayor de los cuales es la salud.
Por esto, el general, que también era un gran filósofo cristiano,
no contaba con ninguna recompensa, y esperaba que cumpliera Dios su
voluntad como quisiese.
A poco de entrar en la casa la camilla, fueron alojados los granaderos
en el Ayuntamiento; los vecinos se metieron en sus hogares, y todo
quedó en silencio y en sombría soledad. A Fago le brindaron aposento
y cena los granaderos. Durmió toda la noche, y muy de mañana salió a
reconocer el pueblo, empezando por la parroquial iglesia de San Martín,
hermosa y grande como todas las de Guipúzcoa, pero de escaso interés
artístico. Encajonado entre montes altísimos, al pie de la sierra que
divide las aguas de Navarra de las del país vasco, el pueblo carece de
horizontes. Fago lo vio encapuchado en nieblas; la humedad se mascaba;
el frío penetraba los huesos. Entre Bilbao y Cegama, la diferencia de
altitud determinaba temperaturas muy diferentes. Venían del riguroso
verano a un otoño lacrimoso y desapacible.
Cuando el sol empezaba a calentar el suelo, disipando la neblina,
el capellán, que ya había recorrido las cortas calles y callejas de
Cegama, fue a casa del general para enterarse de cómo había pasado la
noche. Desde la plaza de la iglesia, salvando un puentecillo sobre
espumoso torrente que iba a aumentar las aguas del Oria, llegó a una
elevada plazoleta, en la cual vio un caserón con ángulos de sillería
almohadillada y ventanales de piedra, el cual bien podía pasar por
palacio, conforme al tipo de construcciones de Guipúzcoa. En la puerta
había guardia de granaderos; algunas personas del pueblo, gozosas,
decían que el general había pasado buena noche, y que estaba tranquilo
y contento. Anhelando más concretas noticias, entró Fago en el
portal, cuadra enorme, empedrada, con unas grandes pesas colgantes en
el testero de la izquierda. Allí había más gente, sentada en bancos o
en troncos de castaño; caras conocidas: el señor Capapé, el ayudante
Vargas, herido, que se unió al convoy en Segura, y andaba con muletas;
caras desconocidas: el alcalde del pueblo y vecinos pudientes, algunos
con sombrero de copa forrado de hule.
Del grandísimo portal partía la escalera, de piedra el primer tramo,
lo demás de nogal venerable, casi negro ya, los peldaños desnivelados
y lustrosos, crujientes bajo los pies de los que subían y bajaban. No
atreviéndose Fago a subir, se contentó con preguntar a todos los que
conocía. Las buenas noticias se confirmaban. Era cosa de pocos días,
y antes de quince podía el general volver a montar a caballo. Fray
Cirilo de Pamplona y el curandero Petriquillo, hombre menudo, inquieto,
hablador, con la cabeza tan calva y negruzca que parecía una calabaza
de peregrino, eran los más optimistas. En las caras de los médicos
Boluqui y Gelos, a quienes vio bajar poco antes de mediodía, observó
el capellán mayor reserva e inquietud. Y nada más digno de contarse le
ocurrió aquel día, como no sea que hizo amistad con el cura, el cual
le enseñó toda la iglesia, la sacristía, vasos y ornamentos, y las
habitaciones altas de donde se dominaba la villa y sus arrabales.
Pasaron días, y la vida del aragonés compartíase entre un largo plantón
en el portal de la casa de Zumalacárregui, por saber noticias, y un
vago pasear por el pueblo. Al aproximarse a la residencia del general,
solía detenerse en el puentecillo que salva el afluente del Oria, un
riachuelo torrencial que al pie de los muros de la cercana huerta se
remansa, y sirve de lavadero a todas las mujeres de aquel barrio.
Apoyando los codos en el pretil del puente, se pasaba allí el hombre
largos ratos, viendo a las mujeres con media pierna dentro del agua,
golpeando la ropa y charlando en su jerga vascuence, de la cual no
entendía una palabra.
A los tres días de esta vida se sintió enfermo, con mal semejante al
que había tenido en Aranarache. Era reproducción de la fiebre nerviosa,
un acceso leve quizás, y para reponerse admitió la hospitalidad con que
le brindó el sacristán de San Martín. En casa de este le dieron una
regular estancia, y cama muy buena, donde pasó tres días, curándose
solo con agua azucarada y algún caldo. Cuando le pareció que podía
darse de alta, echose a la calle; pero apenas se podía mover, y
agarrándose a las paredes fue a informarse de cómo iba la herida del
general. Dijéronle que las opiniones de la Facultad estaban divididas.
Quién creía que la herida se enconaba, y que el enfermo estaba peor de
su mal crónico; quién que la inflamación de la pierna sería pasajera,
y que se resolvería favorablemente en cuanto extrajeran la bala. En
esto, díjole Capapé que, habiendo dado cuenta al general de que el
capellán Fago permanecía en Cegama, había manifestado deseos de verle,
y no necesitó más el buen aragonés para pedir que le proporcionaran la
dicha de ofrecer sus respetos al héroe y mártir. Aún tuvo que aguardar
un ratito, que un siglo le pareció.
Salieron varias personas, entre ellas el cura; poco después el mismo
Capapé le invitó a subir. En lo alto de la escalera recibiole una
señora menudita y ligera que andaba por aquellos pavimentos lustrosos
sin que se le sintieran los pasos. Era la hermana del general; sonrió
al verle; le hizo pasar a una sala muy limpia y ordenada; esperó el
capellán un rato, en compañía de un niño de unos doce años, sobrino de
don Tomás, y una niña de menos edad, con quienes habló, observando en
sus rostros agraciados el aire de familia. Luego la misma señora de los
pasos ligeros le llevó, por un corredor que rodeaba la escalera, a una
habitación de mediano tamaño, con ventana a la huerta y al torrente
donde lavaban las mujeres. En el ángulo interno de dicho aposento
estaba la cama, y en ella el general, sentado, descansando el busto
y cabeza sobre un rimero de almohadas. Afectó penosamente a Fago la
demacración de su rostro, la lividez de las ojeras, el afilamiento de
la nariz. No obstante, en medio de sus torturas, el general se había
hecho afeitar; bajo la amarilla piel, se le marcaba el afilado hueso
maxilar, como cuchillo envuelto en una funda. A los pies de la cama
había un arcón de nogal, mueble muy común en las casas de aldea. Tenía
el enfermo a su derecha la pared, a su izquierda una mesilla sobre la
cual colgaban, junto a una pilita de plata repujada, algunas imágenes
sujetas al clavo con lazos de seda. Sobre la cabecera de la cama, casi
tocando con los pies la cabeza de Zumalacárregui, había un crucifijo,
y enfrente, entre la ventana y el ángulo externo, un niño Jesús de
tamaño poco menos del natural, sobre un altarito y bajo dosel de raso
violeta bordado con lentejuelas de plata. Lo demás de la pieza era
insignificante.
Sentose Fago en el arcón, a los pies de la cama, y tanta timidez y
cortedad sentía que apenas osó decir al general cosa alguna, fuera
de las palabras elementales referentes a la salud, mejor dicho, a la
enfermedad. Se sentía sobrecogido por la solemnidad misteriosa de
la estancia, que le parecía santuario, y el enfermo un ser de algún
reino inmediato a los cielos, ya que no de los cielos mismos. Ni
podía acostumbrarse a ver en él al guerrero... No era, no, el bravo
caudillo que discurría las admirables suertes estratégicas: era un
santo consumido en la devoción y en las penitencias. Su palabra, ya
cavernosa, llegaba a los oídos de Fago con un son remoto, como ahilado
por la distancia.
—Los médicos —dijo— me aseguran que voy bien. Pero yo no acabo de
creerles, amigo Fago. Y usted, ¿qué tal se encuentra? Me han dicho que
ha estado usted malucho. Quizás no le siente este clima. A mí me gusta.
Detesto el calor; me he criado en la humedad y en el frío de los montes
de Guipúzcoa, y prefiero esta tierra, no solo para vivir, sino para
morirme.
—Yo también —afirmó el capellán Fago con arranque espontáneo—. Crea
vuecencia que me gustaría morirme aquí mejor que en otra parte...
—¡Hombre, qué quiere usted que le diga! Murámonos donde Dios lo
disponga. Lo mismo da.
—En los tiempos que corren —dijo Fago contagiado de la intensísima
melancolía del general—, tiempos de guerra y matanzas, en que vemos
despreciada la vida de los hombres, nos morimos aquí o allá como si nos
bebiéramos un vaso de agua..., y nos quedamos tan frescos.
—Dice usted bien: la guerra es una gran escuela de resignación. Pero
tal como la hemos hecho nosotros, y como la harán los que me sucedan
a mí, no hay naturaleza que la resista. El que no muera de una bala,
morirá de cansancio, o de los disgustos que se ocasionan...
—La guerra, digo yo, deben hacerla en primera línea aquellos a quienes
directamente interesa... Verdad que si tuvieran que hacerla ellos,
quizás no habría guerras, y los pueblos no se enterarían de que existen
estas o las otras _causas_ por las cuales es preciso morir.
Al oír esto, Zumalacárregui permaneció un instante silencioso mirando
al techo.
—Pienso yo, mi general, que nos afanamos más de la cuenta por las
que llaman _causas_, y que entre estas, aun las que parecen más
contradictorias, no hay diferencias tan grandes como grandes son y
profundos los ríos de sangre que las separan...
Tampoco a esto contestó nada el general. Dio un cigarro a su amigo;
encendieron ambos en una estufilla colocada en la mesa próxima a la
cama, y al poco rato el herido reanudó la conversación, desviándola del
terreno resbaladizo a que Fago quería llevarla.
—Yo le alabo a usted, señor capellán, el gusto de preferir la religión
a la guerra. Al saber que tomaba asco a las cosas militares, me
confirmó en la buena opinión que de usted tenía. Siempre me pareció
usted un hombre de superior entendimiento, apto para todo.
—Vuecencia me favorece demasiado. No soy apto para nada.
—Me gusta la modestia, pero no tanta... Digo que ha hecho bien en
volver a su vocación antigua, que es la verdadera. Y aunque usted posee
dotes militares, bien lo he conocido, ha hecho bien en quitarse de esos
afanes y de esos peligros, casi siempre mal recompensados. Vuélvase
a su estado religioso, que allí encontrará el premio. Los méritos de
guerra, por grandes que sean, no tienen recompensa ni aquí... ni allá.
—Lo mismo creo, mi general... Y aquí me tiene usted sin vocación
ninguna, pues todas las he perdido, y con toda verdad le digo que no
sé a dónde han ido a parar. No tengo más que un deseo: el descanso. Y
vuecencia me dirá: «¿Cómo puede estar cansado quien nada ha hecho?».
Respondo que se cansa uno del tráfago del pensamiento tanto como de
las acciones repetidas, obra del cuerpo y la voluntad. Se cansa uno de
pensar lo que no hace, como se cansa de hacer las cosas pensadas por sí
mismo o por otros. Yo soy hombre concluido. En cortos años, mi vida ha
sido muy larga.
—No este usted tan descontento de sí mismo —le dijo don Tomás
revolviéndose con trabajo en su lecho—. Serénese, y la vida le abrirá
nuevos horizontes. Es usted joven: la religión le dará los alientos que
hoy no tiene.
Creyó notar Fago que el general sentía vivos dolores, y que los
disimulaba por atender a la visita. Se levantó para retirarse.
—Mi general —le dijo—, vuecencia necesita descansar, y estoy
molestándole.
—Hombre, no... No tenga usted prisa... Estos malditos dolores no me
dejan, no me dejan... ¡Qué le hemos de hacer!... Sufriremos todo lo que
podamos. Ahora dicen esos señores que será preciso extraerme la bala,
y que cuando la saquen me pondré bien. Allá veremos. Les he dicho que
corten y rajen cuando quieran...
—Mi general —añadió Fago, viendo entrar a la señora de los pasos
ligeros—, estoy molestando a vuecencia... Me retiro... Quiera Dios
darle el alivio que merece.
—Bueno, amigo Fago: si desea marcharse, no le retengo más. Usted..., me
parece..., también debe cuidarse.
—¡Mi vida es tan poco útil!... No digo naciones ni partidos; pero ni
aun familia, ni persona alguna dependen de mí.
—¿Es usted solo?
—Tan solo, que no teniendo más que a mí mismo, paréceme que tengo mucho.
—Hay que cuidarse..., conservar la vida todo lo que se pueda... Adiós,
amigo Fago.
—Mi general, adiós.
—Y ya charlaremos otro poco..., sabe Dios dónde y cuándo... Adiós.
—Adiós.