El ayudante Plaza explicó lo sucedido, que fue... _de la manera más
tonta_ que puede imaginarse. El general observaba con su anteojo los
fuertes enemigos. Algo hubo de ver que le inspiró una resolución
súbita... Vuélvese para ordenar a su ayudante que mande avanzar
inmediatamente el mortero emplazado entre el palacio y la iglesia, y en
el momento en que lo dice, una bala de fusil rebota en el hierro del
balcón, y le hiere en la pierna, por bajo de la rodilla. No dijo más
que... «Vamos, ya está aquí...».
Por momentos se confirmaba la noticia de que la herida no era de
gravedad..., cuestión de media semana. El fuego seguía: a las once
acudió Eraso. Poco después sé dijo que Zumalacárregui resignaba el
mando en su lugarteniente: por todo el ejército corrió la triste
noticia, y los cañones enmudecieron durante un rato.
—Yo sé —dijo a Fago un oficial de Guías, que se mostró afligidísimo,
y no lloraba por creer que las lágrimas deshonran el uniforme—, yo sé
quién ha disparado el tiro infame, aleve, diabólico, que ha herido a
nuestro general. Ha sido un soldado de Compostela, un bribón ferrolano
que tiene la más asombrosa puntería que puede imaginarse. Ya sabe usted
que algunos gallegos aborrecen a don Tomás por los tremendos castigos
que aplicó en el Ferrol, en sus tiempos de coronel, para exterminar
a los bandidos que infestaban aquella tierra. Llámase este asesino
tirador Juan Bouzas, y me consta que juró quitarle la vida al general
si ponía sitio a Bilbao.
—¿Y cómo sabe usted eso, amigo Elizalde?
—Lo sé por una prójima que al gallego conoce, amiga de un capellán
aragonés que sirvió con nosotros hasta lo de Arquijas.
—Ese capellán —dijo Fago con sobresalto, deseando echar a correr— no
es el que usted cree, ni ha tenido nada que ver con..., con la... Ese
aragonés señor mío, no existe, no ha existido nunca..., yo lo aseguro.
Los que hablan de él no saben lo que dicen... Quédese usted con Dios.
Salió de estampía, y de la arrancada se alejó más de una legua sin
fijarse en la dirección que llevaba. Hasta más de mediodía estuvo dando
vueltas por el campo, en lugares donde nada se veía del terrible asedio
de la villa y solo se oía el lejano zumbar de los cañonazos. Las dos
eran ya cuando vio que por el camino adelante venían tropas, en número
de cincuenta hombres, y bastantes paisanos. No tardó en reconocer a los
granaderos de Zumalacárregui, y cuando se aproximaban pudo ver que en
el centro del pelotón transportaban una camilla. Al punto comprendió
que la herida de don Tomás se había agravado, y que le llevaban al
Cuartel Real, a que le vieran y curaran los médicos del rey. Ni lo uno
ni lo otro era verdad, pues la herida se seguía considerando poco menos
que leve, y conducían al general a Cegama, residencia de sus hermanos,
no de su mujer y niñas, que vivían en Francia.
Incorporose al convoy, movido de una adhesión ardiente al mártir
glorioso de su deber, y en la primera parada suplicó a los granaderos
que le permitieran cargar la camilla; mas no quisieron aquellos
valientes ceder a ningún nacido el honor de transportar carga tan
preciosa. A medida que avanzaba el convoy, se iban quedando atrás los
paisanos y mujeres que lo acompañaban; agregáronse otros que salían
de los pueblos, y al enterarse de la triste noticia, prorrumpían
en exclamaciones de dolor. Profundamente turbado el espíritu del
capellán, se apropiaba toda la pena que en los semblantes veía, y
juntábala con la suya. No tenía consuelo; el corazón, rebosando
amargura, le anunciaba infortunios terribles, los cuales no se referían
exclusivamente a los demás, ni al general herido, sino a todos: a la
causa, al país, a él mismo, al pobre capellán que se creía responsable,
sin saber por qué, de las catástrofes que al mundo amenazaban. A su
tristeza se mezclaba el terror, una ansiedad semejante a la que le
acometió en el campo de Arquijas.
Obedeciendo a un instintivo impulso, reconocía los rostros de todas
las mujeres que salían al camino. Las había feas, las había hermosas,
algunas de atlética estatura, como la Ignacia de Elosua; otras
contrahechas y desmedradas. Pero todas eran quienes eran, y nada más.
Al propio tiempo que estas extrañas cosas sentía, no podía pensar que
fuese leve la herida del general, como todos aseguraban. Teníala por
gravísima, mortal, y cuando Zumalacárregui, en la parada de Zornoza,
le llamó a su lado y, ofreciéndole un cigarrillo, le dirigió palabras
afectuosas, le miraba como a un muerto que hablase... La idea de que el
general sería pronto cadáver, si ya no lo era, se aferraba a su mente,
sin que ninguna consideración pudiera desecharla.
—¿Y cómo se encuentra vuecencia? —le preguntó, intentando poner en su
rostro una confianza que no tenía.
—Así, así... —le contestó Zumalacárregui no más triste que antes de la
desgracia—. Los dolores de la pierna se me han calmado con la untura
que me puso este señor médico que me acompaña. Más me molesta mi
enfermedad que la herida, y creo que, aun sin este accidente, habría
tenido que dejar el mando para atender a mi salud.
—La salud es lo primero —dijo Fago—, y que busque la causa otros
generales. En el grado de robustez en que, por obra y gracia de
vuecencia, está la causa, ya puede andar sola... Vengan otras cabezas,
y Dios dispondrá lo que nos convenga a todos.
Tirando con fuerza la colilla, Zumalacárregui dio orden de seguir. Y a
los pocos pasos entabló Fago conversación con fray Cirilo de Pamplona,
hombre muy apersonado, como de cuarenta años, que no gastaba hábito
sino la usual vestimenta de los capellanes. Era pariente de la esposa
del general, y sobre este tenía gran ascendiente. Hallábase con Eraso
en Bolueta cuando tuvo noticia del suceso, y acudió al instante,
determinando acompañarle hasta el propio Cegama. Charlando con el
aragonés, mostrose confiado en la pronta curación del general, sobre
todo si este seguía el consejo que le había dado, y era llamar sin
pérdida de tiempo a un curandero del país, nombrado Petriquillo, hombre
muy práctico en sanar heridas y en entablillar miembros rotos. El tal
vivía en Ermua, y ya se le había mandado un emisario para que saliese
al camino, al pase del enfermo. Más confianza que en los médicos
tenía fray Cirilo en aquel practicón sin estudios que de continuo
realizaba curas maravillosas, empleando los ungüentos y pócimas que,
con hierbas de su conocimiento, él mismo confeccionaba. A todo asintió
Fago, por urbanidad, pues creía firmemente que los enfermos se pierden
o se salvan por sentencia superior, sin que pueda la ciencia humana
precipitar ni atajar la muerte.
Llegaron de noche a Durango, y no bien paró el convoy en el palacio de
los Emparanes, llegó un mensajero del rey, diciendo fuese el médico
señor González Grediaga a informar a Su Majestad del estado del herido.
La visita del soberano se fijó para la siguiente mañana, a fin de que
el general descansase toda la noche. Acudieron no pocos personajes de
la corte trashumante a visitar a don Tomás; pero este no quiso recibir
a nadie. En los arcos de Santa María y en el paseo de la Olmeda, hubo
hasta hora muy avanzada de la noche corrillos, donde se comentaba
con ansiedad el triste accidente. Los más lo creían adverso, algunos
favorable, y no faltó persona bien informada que aseguró no mandaría el
general Eraso las reales tropas por mucho tiempo, pues ya era seguro
que sería nombrado González Moreno, de quien se esperaba la toma de
Bilbao en un abrir y cerrar de ojos.
Tan a disgusto se encontraba Fago en la llamada corte, y tan malas
tripas le hacía el encuentro probable con don Fructuoso, que se fue a
dormir a Abadiano, para incorporarse a la mañana siguiente al convoy
que por aquel pueblo tenía que pasar. Don Carlos visitó a su general
muy temprano. Cuentan que le reconvino cariñosamente por exponer al
peligro vida tan preciosa. Y el herido contestó:
—Señor, sin exponerse, nada se adelanta... Bastante he vivido ya... En
esta guerra tan desigual y destructora, por necesidad hemos de morir
cuantos la hemos comenzado.
Sin penetrarse bien de la profunda tristeza de estas palabras, ni del
sentido pesimista que contenían respecto al curso futuro de la guerra,
don Carlos quitó a la herida de su general toda importancia. Los
médicos González Grediaga y Gelos le habían asegurado que dentro de
quince días podría volver a campaña. Movió la cabeza en señal de duda
Zumalacárregui, y no quiso contradecir los felices augurios de su señor
y rey. Este le incitó a quedarse en Durango, donde le asistirían los
facultativos de la Casa Real, y se le prodigarían exquisitos cuidados.
Pero el herido se defendió con tenacidad de la obsequiosa protección de
Carlos V, insistiendo en que le llevaran al retiro y quietud de Cegama.
Fácil es al historiador penetrar en la mente del héroe, y ver en ella
su repugnancia de la corte, y su aborrecimiento de los intrigantes que
en ella bullían. Despidiéronse sin que mediara ninguna observación
acerca del sitio de Bilbao, ni de las dificultades que ofrecía la
desdichada operación impuesta por los conspicuos del Cuartel Real. Ya
no volverían a verse más en este mundo don Carlos y Zumalacárregui,
representación viva del absolutismo el uno, representación el otro de
la formidable fuerza nacional que lo amaba y lo defendía. La idea y el
brazo se separaban para siempre. En su respetuosa despedida, el gran
caudillo parecía decir: «Ahí queda eso, señor. El que tanto ha hecho
por Vuestra Majestad, no puede hacer más».
Y no bien salió don Carlos del alojamiento, se dieron órdenes para
continuar el transporte de la camilla. Contento iba el general al
partir de Durango, y al perder de vista las enfatuadas figuras de los
cortesanos que acudieron a despedirle. Su amigo Mendigaña, pagador del
ejército, le había dado treinta onzas a cuenta de las pagas atrasadas,
y con ellas obsequió espléndidamente durante el camino a los granaderos
que le conducían. Anhelaba llegar pronto a Cegama, donde le esperaban
deudos y amigos cariñosos; perder de vista el ejército; descansar de la
continua brega; olvidar sus propios esfuerzos físicos y espirituales, y
la ingratitud, irrisorio galardón de tanta inteligencia y desinterés.
Impaciente, daba órdenes para que los granaderos se remudaran, a fin
de acelerar el viaje, que era penoso a causa del calor y la distancia.
Fumaba cigarrillos uno tras otro; en las cortas paradas hablaba con
Capapé, su fiel amigo; con fray Cirilo; con los médicos, que le
renovaban el emplasto para atenuar sus dolores, y con el curandero
Petriquillo, que le auguraba sanarle en cuatro días por procedimientos
de él solo conocidos. Agregándose al convoy en Abadiano, Fago marchó
a retaguardia con la gente menuda, alejado de la camilla por virtud
de una timidez aplanante, tristísima. No gustaba de ver de cerca al
héroe. El sentimiento de emulación que llenaba su alma en los primeros
días de conocerle y tratarle, trocábase ya en suprema piedad, y en
adoración de las virtudes y méritos grandes del caudillo, méritos y
virtudes que comprendía como nadie; y si antes tuvo la pretensión de
penetrar en su mente, adivinándole las ideas militares o anticipándose
a ellas, ahora creía también en la transfusión de su espíritu en el de
Zumalacárregui, y viviendo dentro de él se recreaba en la placidez de
una conciencia limpia, en la entereza de un morir cristiano, sereno,
con la satisfacción de haber desempeñado un papel histórico, agradable
a Dios, y de resignar su poderío terrestre en medio de la paz religiosa
y de los consuelos de la fe.
Meditaba en esto el buen capellán, siguiendo al convoy, y se decía:
«Morirá, morirá, sin duda. Es ley que tiene que cumplirse. Este
endiablado Petriquillo paréceme instrumento de la fatalidad... Y yo me
pregunto: ¿Qué pasaría si este hombre extraordinario no se muriera? Si
yo me engañara y don Tomás curase, ¿qué resultaría del quebrantamiento
de la lógica histórica? Porque su morir es lógico, es bello además,
inmensamente humano y divino, consorcio de lo divino con lo humano.
Si el general viviera, veríamos una falta de armonía en las cosas...
No, no: debe morir, morirá. Allá se las compongan la ciencia y el
charlatanismo para llegar a este resultado preciso... Yo no dudo, no
puedo dudarlo. Dios me ha enseñado a conocer las oportunidades de la
historia, y cuándo es bueno que ocurra lo malo».