IV

Noto en Suiza lo contrario que en Granada. Á Granada pude yo hacerla

para mí. Suiza está hecha: tan hecha, que nada nuevo íntimo descubro en

ella. La sedación de Suiza, su frígida pureza de horizontes, me hacen,

eso sí, un bien muy grande. Comprendo que aquí se busque reposo después

de una caída de las de quebrantahuesos. Reposo activo; no la disolvente

languidez de la Alhambra.

Como Agustín me escribe que todavía le detendrán una quincena los

quehaceres y que en Ginebra nos reuniremos, dedico este tiempo á

ciudades y lagos. De los Alpes, visito todo lo que no obliga á alardes

de alpinismo. ¡Soy de la meseta castellana! Subo, por dentro, á las

montañas inaccesibles; con los pies, no. He visitado Friburgo y Berna,

encontrando superiores los hoteles á las ciudades; Lucerna y Zurich, y,

por Schaaffhausen, me he dirigido al lago de Constanza, punto menos

infestado de turistas ingleses que el resto de Suiza. El Rin, que forma

estos dos lagos entre los cuales Constanza remeda el broche de una

clámide, es al menos un río cuya imagen he visto en mis deseos, un río

de leyenda. Constanza es poco más que un pueblecillo; sin embargo, los

hoteles no ceden á los de ninguna parte. Suiza ha llegado, en punto á

hoteles, á lo perfecto. Y es una sensación de calma y de goce físico,

reparadora, la que me causa, después del enervamiento del tren, esta

vida solitaria y magnífica, con Maggie que no me da tiempo á formular un

deseo, y pasándome el día entero al aire libre, el aire virgen,

purificado por las nieves eternas, en un balcón ó veranda sobre el lago,

que enraman las rosas trepadoras y los cabrifollos gráciles. A mi lado,

sentada perezosamente, una inglesita lee una novela; de vez en cuando

sus ojos flor de lino buscan, ansiosos, los ojos de un inglesón de

_terra cotta_, que sin ocuparse de su compañera, se mece al amparo de la

sábana de un periódico enorme. Pobre criatura, ¿sabrás lo que anhelas?

¡Qué fuerza tendrá el engaño para que tu cabecita de arcángel

prerrafaelista, nimbada de oro fluido, se vuelva con tal insistencia

hacia ese pedazo de rubicunda carne, amasada con lonchas de buey crudo,

é inflamada con mostaza desolladora y picores de rabiosa especiería!

De Constanza, me agrada también el que sus recuerdos no me producen

lirismo... Aquí no flotan más sombras que las de herejes recalcitrantes

asados en hogueras, y emperadores, condes y barones á quienes hubo que

embargar sus riquezas porque no pagaban el hospedaje á los burgueses de

la ciudad. Bien se echa de ver que los suizos están convencidos, al

través de las edades, de dos cosas: que hay que ser independiente y

cobrar á toca teja las cuentas del hotel.

El Rin me atrae; de buen grado pasaría la frontera y recorrería Baviera

y el Tirol, aunque me sospecho que pudieran parecerse exactamente á

Suiza; los mismos glaciares, los mismos precipicios, y esas montañas

donde los que logran alcanzar la cúspide, echan sangre por los oídos. No

realizo la excursión, porque experimento cierta inquietud de volver á

ver á Agustín; me agrada la perspectiva de su presencia. Ninguna

turbación, ninguna emoción desnaturaliza este deseo sencillo, amistoso.

Una postal me avisa, y retorno por el lago de Como á Ginebra, donde al

venir no he querido detenerme. Me instalo, no en el mejor hotel, sino en

el que domina mejor vista sobre el lago Azul. No es una frase: en el

lago Léman, las aguas del Ródano, al remansarse, sedimentan su limo y

adquieren una limpidez y un color como de zafiro muy claro. Hay quien

cree que no basta esta explicación, y que algún mineral ó alguna tierra

de especial composición se ha disuelto en ellas, para que así semejen

girón de cielo.

Me acuerdo de aquellas aguas de Granada, seculares, donde el pasado hace

rodar sus voluptuosas lágrimas... y me parece que este lago es como mi

alma, donde el limo se ha sedimentado y sólo queda la pureza del reposo.

No me canso de mirarle y de comprenderle. Forma una media luna, y en uno

de sus cuernos se engarza Ginebra, como un diamante al extremo de una

joya. Ningún lago suizo, ni el de Constanza, donde desagua el Rin, le

vence en magnitud. Con razón le califican de Occéano en miniatura. El

barquero que me pasea por él en un botecito repintado de blanco,

graciosa cascarita de nuez, me informa, con sinceridad helvética, de que

el lago es peor que el mar: sus traiciones, más inesperadas. En días

tormentosos, el nivel del Léman, súbitamente, crece dos metros; de

pronto, se deshincha; media hora después, vuelve á hincharse. Y,

creyendo que me asusto, añade el pobre hombre:

--Pero hoy no hay cuidado. Nosotros sabemos cuando no hay cuidado.

Sonrío desdeñosa, porque el peligro eventual no me ha parecido nunca muy

digno de tenerse en cuenta, entre los mil que acosan á la vida humana,

sabiendo que, al cabo, es presa segura de la muerte. Estoy tan enterada

como el barquero del singular fenómeno, que se nota sobre todo en las

dos extremidades del lago, y, por consiguiente, cerca de Ginebra. Cuando

venga Agustín, le contagiaré: pasearemos por este mar diminuto y felino,

y haremos la excursión al rededor de él, por sus márgenes pintorescas.

Un telegrama... Llega esta tarde Almonte. Naturalmente, no le espero: él

es quien, atusado y limpio ya, solicita permiso para presentárseme.

Mando que le pongan cubierto en la mesa que ocupo, cerca de una ventana,

por la cual entra la azulina visión del lago. Y, familiarmente, comemos

juntos, como si fuésemos ya marido y mujer...

Vuelvo á probar la grata impresión de Madrid, que no tiene ninguno de

los signos característicos del amor, y por lo mismo no me renueva las

heridas aun mal cicatrizadas. Agustín es el _amigo_... Los dos tenemos

planteado el problema de la vida, con magnífica curva de desarrollo; los

dos necesitamos eliminar el veneno lírico, en las gimnasias y los juegos

de la ambición. Él me lo dice, refiriéndome añejas historias de

amarguras y desencantos, que se parecen á la mía...

--Todas las aventuras llamadas amorosas son muy semejantes, Lina. Uno de

los espejismos de esa calentura es suponer que hay en ella un fondo

variado de psicología. No hay más que la sencillez del instinto, del

cual dimana.

La comida es plácida, llena de encanto. Averiguamos nuestras

predilecciones, nos comunicamos secretos de paladar. Agustín apenas bebe

un par de copas de Burdeos; yo una de Rin, con el pescado, una de

Champagne, muy frío, con el asado. Nos gustan á los dos los exquisitos

peces de agua dulce, que en Constanza eran mejores, porque estábamos al

pie del Rin, y truchas y salmones y anguilas tenían especial sabor. Todo

esto reviste suma importancia: Agustín cree que, en las horas de

descanso apacible, se debe refinar, disfrutar de las delicias de tanto

bueno como hay en el mundo.

--Sí, Lina, ese es el sistema... Cuando se lucha, se acomete y se

resiste sin importársenos de los golpes, del dolor, del riesgo. Pero

cuando nos rehacemos con un paréntesis de bienestar y de olvido,

entonces ¡venga todo el epicureismo y el sibaritismo! ¡Tenemos en las

manos una dulce fruta: á no perder gota de su zumo!

Desde el primer momento establecemos y definimos nuestra situación. El

mundo es una cosa, nosotros otra. Somos dos aliados, dos fuerzas que han

de completarse. Da por supuesto que la dirección la imprime él. Y me

asombro de encontrarme tan propicia á una sumisión, de aceptar una

jefatura, y de aceptarla contenta. Me someto á este hombre á quien no

amo; me someto á él porque puede y sabe más de la ciencia profana que

eleva á sus maestros. Analizado y destruído mi antiguo ideal, él me

promete una vida colmada de altivas satisfacciones; una vida

«inimitable», como llamaron á la suya Marco Antonio y la hija de los

Lagidas, al unirse para dominar al mundo.

Y me induce también á admitirle por guía la presciencia ó el tacto que

revela al echar á un lado la cuestión amorosa, las flaquezas del sexo.

El penoso encogimiento de la vergüenza me lo ha suprimido así. Me ha

comprendido, ha penetrado en mi abismo. Como no es fatuo, admite la

hipótesis de no causarme cierto orden de impresiones. Y, como tiene la

viril paciencia de los ambiciosos, aguarda. Y, como se propone algo más

que el vulgarísimo episodio de unos sentidos en conmoción, me respeta, y

nos entendemos en la infinidad de terrenos en que el hombre y la mujer

pueden entenderse, cuando han acertado á pisotear la cabeza de la

sierpe, antes que destile en el corazón su ponzoña.

Se regulan las horas, se hace programa de la estancia en el oasis. Nos

vemos incesantemente. No sólo comemos y almorzamos juntos, sino que en

la veranda tomamos á la vez el mismo poético desayuno, el té rubio con

la aromosa y blonda miel, que aquí, como en Zurich, se sirve en

frasquitos de una limpieza seductora. Venden esta miel las aldeanas en

Zurich, llevando en uno de los capachos del borriquillo las flores

montesinas de donde la liban las abejas. La idea de una loma florida, de

un cuadro idílico, va unida á este té tan gustoso. Un día, riendo,

Agustín me hace observar que, al cabo, nos unimos para el cultivo de la

sensación; sólo que es una sensación gastronómica.

--Esas no abochornan--respondo.--Y él aprueba. ¡Ha aprobado!

Largas horas pasamos contemplando el panorama, las ingentes montañas

sobrepuestas, queriendo cada una acercarse más al firmamento; y,

coronándolo todo, el Mont Blanc, el coloso, que sugiere pensamientos

atrevidos, deseos de escalarlo... Nos confesamos, sin embargo, que no

tenemos vocación de alpinistas, ni hemos pensado parodiar á Tartarín.

--El frío... El cansancio... Las grietas, los aludes, el hielo en que se

resbala. A otro perro con ese hueso--declara él.--No crea usted, Lina,

que tengo un pelo de cobarde; pero, como sé que en mi carrera no faltan

peligros, y que si se les teme no se llega adonde se debe llegar, yo

evito los otros, los peligros de lujo.

--El peligro tiene su sabor...

--¡Ah, lírica, lírica! ¿Es que ha soñado usted que yo le traiga un

_edelweiss_ cogido por mí al borde de un precipicio espantoso? Vamos, no

está usted enteramente curada aún. Deje usted eso para los ingleses,

gente sin imaginación ninguna. Nosotros, cuando subimos, es más arriba

de las montañas; es á cimas de otro género. Esto no nos sirve sino de

telón de fondo. Y los ingleses suben, y suben, ¿y qué encuentran? Lo

mismo que dejaron abajo. Es decir, peor. Nieve y riscos inaccesibles.

Ahí tiene usted. El que trepa, debe trepar para llegar á algo. Si no, es

un tonto.

Nos reimos. Los ingleses son nuestros bufones. A toda hora nos ofrecen

alguna particularidad ultra-cómica. Sus mujeres son sencillamente

caricaturas enérgicas, á menos que sean ángeles vaporosos. Convenimos en

la fuerza física de la raza. En cuanto á su mentalidad, no estamos muy

persuadidos de que llegue á la mediana mentalidad ibérica.

--Me atrae su aseo--declaro.--No debe de oler una multitud inglesa como

una multitud de otros países. El vaho humano, en esa nación...

--Eso creía yo mientras no pasé una temporadita en Londres, y, sobre

todo, mientras no visité Escocia. El olor de la gente en Escocia es

punzador. Conviene que salgamos de casa para aprender lo que debemos

imitar y lo que debemos recordar, á fin de no ser demasiado pesimistas.

Lina, á mí se me ha puesto en la cabeza que he de dejar huella profunda

en la historia de España. Que la hemos de dejar; porque desde que la

conozco á usted, con usted cuento. En nuestro país se están preparando

sucesos muy graves. ¿Cuáles? Por ahora... Pero que se preparan, sólo un

ciego lo dudaría. ¡El que acierte á tomar la dirección de esos sucesos

cuando se produzcan, llegará al límite del poder; no es fácil calcular

adónde llegará! Yo aguardo mi hora, no esperando que me despierte la

fortuna, sino en vela, con los riñones ceñidos, como los caudillos

israelitas. La soledad completa me restaría fuerza, y una compañera sin

altura, ininteligente, me serviría de rémora. ¿Si usted...?

--La cosa es para pensada, Agustín... Para muy meditada.

--No, no es para meditada, porque yo no pido amor. Lo que solicito es

una amiga, á la cual interese mi empresa. Ya sabe usted que á su tío, D.

Juan Clímaco, le dejo muy abozalado. No ladrará, ni aun gruñirá. El sabe

que conmigo no puede permitirse ciertas bromas. ¡Ah! No crea usted; la

red estaba bien tejida. Entre las mallas se hubiese usted quedado. El

hombre armó su trampa con habilidad de gitano en feria. Compró

testimonios que comprometían gravemente á D. Genaro Farnesio; hubiese

ido... ¡quién sabe! á presidio. Se me figura que á él y á usted les he

salvado. ¿Merezco alguna gratitud?

--Mucha y muy grande--contesto, tendiéndole la mano, que estrecha y

sacude, sin zalamerías ni insinuaciones.--Sólo que... es delicado

decirlo, Agustín...

--No lo diga... Si ya lo sé. Y lo acepto. Estoy seguro de que usted

cambiará.

--¿Y si no cambio?

--Ni un ápice menos de respeto ni de amistosa cordialidad. Creo que el

trato es leal. Lo único que pido, es que la prohibición á que suscribo

para mí, no se derogue en beneficio de otro. Si para alguien ha de ser

usted más que amiga...

--¡Ah! ¡Eso no! Eso no lo tema usted.

--Pues no temiendo eso... Crea usted, Lina, que haremos una pareja

venturosa. Demos al tiempo lo suyo. Todo pasa; somos variables en el

sentir. Yo fío siempre en la inteligencia de usted, que es para mí el

gran atractivo que usted reune. Antes de conocerla, su fortuna me

pareció una base necesaria para mis aspiraciones--no se quejará usted de

que no soy franco--pero ahora, se me figura que hasta sin fortuna

desearía su compañía y su auxilio moral. Para un hombre político, es un

peligro la soltería. Existe en su porvenir un punto obscuro; lo más

probable es que halle una mujer que ó le disminuya ó le ponga en

berlina.

--Es cierto, y, ya que usted ha sido tan sincero, le digo que tampoco

conviene á un político una mujer pobre. Yo encuentro que la cuestión de

la honradez de un hombre político es algo pueril; el menor error, en

materia de gobierno, importa doble y perjudica doble al país que una

defraudación. Sólo que es arsenal para los enemigos, y piedra de

escándalo para los incautos. Por eso un político debe estar más alto,

poseer millones legítimamente suyos. Eso le exime de la sospecha.

--¡Palabras de oro!--bromea él,--y no sé de donde ha sacado usted tal

experiencia... Hubo en la historia de España un hombre que fué, en un

momento dado, árbitro, como rey. Pero tenía mujer; y ella, por la tarde,

vendía los cargos y honores que al día siguiente él concedería. Y el

lodo le llegaba á la barba; y su poder duró poco y cayó entre escarnio.

Nuestra fuerza, nos la dan las mujeres. Si no me auxilia usted por amor,

hágalo por compañerismo. Subamos de la mano...

Creo que este diálogo lo pasamos una noche, en que el lago reflejaba una

luna enorme, encendida todavía por los besos del poniente. Estábamos en

la veranda, muy cerca el uno del otro, y los camareros, cuando pasaban

llamados por algún viajero que pedía _wisky and soda_, cerveza ó

aperitivos, apresuraban el andar, por no ser molestos á los enamorados

españoles. Y, sin embargo, en el momento sugestivo, no se aproximaban

temblantes nuestras manos, ni se inclinaban nuestros cuerpos el uno

hacia el otro.

V

Y avanza el singular noviazgo, frío y claro como las nieves que revisten

esos picachos y esas agujas dentelladas, que muerden eternamente en el

azul del cielo puro. Aun diré que era más frío el noviazgo que las

nieves, ya que éstas, alguna vez, se encendían al reflejo del sol. Me lo

hizo observar un día Agustín. Él no lamentaría que la situación

cambiase; pero lo procuraba con labor fina, sabiendo que yo estaba á

prueba de sorpresas. Aplicaba á la conquista de mi espíritu la ciencia

psicológica y matemática á un tiempo conque estudiaba al resto de la

gente, piezas de su juego de ajedrez. Dueño de largas horas y propicias

ocasiones, teniendo por cómplices los azares de un viaje,

supuso--después lo he comprendido--que siempre llega el cuarto de hora.

Debo reconocer que esta idea, algo brutal en el fondo, la aplicó el

proco con artística finura.

Su actitud fué la del hombre que busca un afecto, y, para conseguirlo

profundo, lo quiere completo, sin restricciones. Estaba seguro de mi

amistad, contaba conmigo como asociada... pero ¿y si, abandonando él en

mí lo que no debe abandonarse, otro hombre...?

--Ni en hipótesis--confirmo tercamente.

Para demostrarme con un alto ejemplo histórico su pensamiento, me

recordó el lazo entre el conquistador Hernán Cortés y la india doña

Marina.

--¿No es verdad que al pensar en esta pareja, no vemos en ella á los

amartelados amantes, sino á dos seres superiores á los que les rodeaban,

y que se juntaban para un alto fin político? Cortés necesitaba á doña

Marina, su conocimiento del ambiente, su lealtad para prevenir

emboscadas y traiciones. La india se había penetrado de los propósitos

del conquistador. Sin embargo, el modo de que las dos voluntades se

fundiesen, fué la unión natural humana. En ello, Lina, no hay ni sombra

de nada repugnante. Es un hecho como el respirar. Por distintos caminos

que usted, yo he llegado á despreciar también la materia, la estúpida

ceguedad del instinto. Pero en la vida de dos personas como usted y yo,

esta comunión sería más espiritual que otra cosa... ¿Me niega usted el

derecho de defender mis ideas...?--se interrumpió con grata sonrisa

sagaz, de italiano discípulo de Maquiavelo.

--No--asentí.--Es probable que no llegue usted á persuadirme; pero si

cierro los oídos, se pudiera inferir miedo. Espláyese usted y

persuádame, si es capaz.

Se tegió este diálogo en el castillo de Chillón, que siguiendo al

rebaño, tuvimos la ocurrencia de visitar en nuestra excursión á Vevey,

comprendida en la vuelta que dimos al lago. El sitio es, sin duda,

pintoresco, entre salvaje y sosegado; la torre y los calabozos sólo

recuerdan episodios políticos; Almonte me hace notar cómo ha cambiado

este aspecto de la vida: por cuestiones políticas ya á nadie se suele

echar grillos; y los judíos, á quienes estos pacíficos suizos y

saboyanos sacaron de la fortaleza para quemarlos vivos, como hubiesen

hecho unos terribles inquisidores españoles, hoy son partidarios de la

libertad de conciencia...

--Los recuerdos de Chillón no le serán á usted molestos. Por aquí no

revolotea el cupidillo...

--Sí que revolotea. Por aquí situa Rousseau escenas de su _Nueva

Heloisa_, que es un libro pestífero, y, después de pensar quien lo ha

escrito, muy empalagosamente asqueador.

Combatiente diestro, aprovechándose de la ventaja que se le concedía,

Almonte supo disertar. En nuestro periplo alrededor del misterioso lago,

desplegó los recursos de su arte. A su voz no le había yo prohibido el

contacto material. Su voz hermosa, llena, de gran orador, tenía por

auxiliares los ojos, algo salientes; pero de un negror y blancor

expresivos. Poco á poco la voz va entrando en mi alma. Experimento un

goce sutil en oirla, diga lo que diga; solamente al llamar al camarero.

Me place que desenvuelva sus planes, haciendo lo contrario de

Mefistófeles con Fausto; presentándome, como remate del vivir, en vez de

la perspectiva amorosa, la del triunfo de una ambición intensa. Escucho

interesada las inauditas y dramáticas historias que me refiere de gente

conocidísima, y él, para justificarse, alega:

--La política es cada día más una cuestión de personas. No hay nadie que

no tenga en su vida un interés, un resorte secreto. El que los conoce es

dueño de mucha gente, si creen que puede realizar esos anhelos que no se

exhiben, generalmente, ante el público, y aunque se exhiban...

La sociedad altanera, frívola y disoluta que he visto de refilón en

Biárritz la diseca Agustín con instrumento de oro, entre gestos seguros,

de hombre de ciencia... de esa ciencia.

--¿Fulano? Hacia la senaduría. ¿Mengano? La rehabilitación de un título

con Grandeza. ¿Perengano? Cosa más sólida; un célebre asunto en lo

contencioso... Millones. ¿Perencejo? Toda la vida ha querido

ministrar... y no siendo más inepto que otros, no lo ha logrado.

¿Ciclanito? Eso es serio; pica alto, alto...

Y, comentario:

--A lo alto llegaremos nosotros. ¡Sabe Dios á qué altura! Por mucha que

sea, ni usted ni yo somos de los que sufren vértigo... Aquí no nos

armamos de _alpenstock_, porque no nos divierte. Desde abajo vemos los

juegos de la luz... En fin, yo quiero que usted sea la segunda mujer de

España... á no ser que para entonces los sucesos hayan tomado tal giro,

que pueda ser la primera. ¡Así, la primera! No tomarán ese giro; yo, por

lo menos, no lo creo; pero ello es que hay muchos modos de ocupar

primeros lugares... Si yo soy el dueño, la dueña usted... Siendo yo

Cayo, tú serás Caya... como decían los romanos en las ceremonias

nupciales. ¡Ah! Perdón, Lina... la he tuteado...

--Era un tuteo histórico.

--No importa; me va á fastidiar ahora mucho volver á... Lina, yo te creo

una mujer superior. ¿No se tutean los amigos?...

--En realidad...

Y el tuteo no fué embarazoso, sobre esta base de la amistad franca. Al

contrario; estableció entre nosotros algo tan grato, que yo no recordaba

nunca un período en que tan gustoso me hubiese sido vivir. Los planes,

los proyectos, las esperanzas, todos saben cuánto superan en deliciosa

sugestión á la realidad, aun cuando salga conforme á esos mismos planes

ó los mejore. Un anhelo de interés me hacía desear locamente lo más loco

de cuanto se desea: el acercarse á la muerte: que los años hubiesen

volado, y que Agustín y yo fuésemos ya los amos, los árbitros, aquellos

ante quienes todo se inclinaría... El, sonriente, moderaba mi

impaciencia.

--Calma... calma... Y atesorar mucha fuerza y felicidad para que no nos

coja débiles el momento de la apoteosis... que es seguro.

--El caso es, Agustín, que yo tengo ideal, y que, si llega ese instante,

quisiera que, mañana, la historia...

--El ideal, en la política, se construye con realidades pequeñas. Nace

de los hechos, sin cultivo, como esos _edelweiss_ peludos sobre la

nieve... Entretanto, Lina, seamos egoístas, pensemos en nosotros...

Y noté, efectivamente, que mi amigo empezaba á prestar al «nosotros» un

sentido nuevo, diferente del que yo le había atribuído hasta entonces.

Como en las altas cumbres que el sol teñía de amatista pálida y de los

anaranjados del oro encendido por el fuego--al avanzar el verano, el

hielo se derretía--. Desde el tuteo, Agustín iba, poco á poco,

mostrándose enamorado, traspasado, rendido. Era una inconsecuencia, era

una transgresión, era faltar á lo tratado; y, sin embargo, yo fluctuaba.

Una indulgencia que me parecía criminal ante mí misma, me invadía como

un sopor. Lo que más contribuía á hacerme indulgente--reconozco que es

extraño el motivo--era que yo no compartía la turbación que iba

advirtiendo en Almonte. El enervamiento de la Alhambra y de Loja, no se

reproducía ante el Mont-Blanc. Y como no era _en los demás_, sino _en

mí_, donde encontraba especialmente repulsiva la suposición de ciertos

transportes,--no me alarmaba ni me sublevaba como me hubiese sublevado

al comprobar que yo los sentía.

--Que arda, bueno... La culpa no es mía... No soy cómplice...

Recuerdo que nuestra situación se precisó cuando, dirigiéndonos á

Chambery, nos detuvimos en Annecy, viejo y curioso pueblecillo, donde

fueron enterrados los restos de dos amigos de distinto sexo y muy puros,

el amable y ameno San Francisco de Sales y la nobilísima Madre Chantal.

¿Por qué--pensaba yo acordándome del Obispo de Ginebra y de su

colaboradora--no se ha de reproducir esta unión espiritual? ¿Sin duda no

es locura mía aspirar á ella, cuando ya se ha visto en la tierra algo

tan semejante á lo que yo sueño? Esta baronesa mística, que se grabó en

el seno, con hierro ardiente, el nombre de Jesús, ¿no enlazó castamente

toda su voluntad, toda su existencia, á la de un hombre, el elegante y

delicado autor de _Filotea_? ¿No tuvieron un fin, todo lo espiritual que

se quiera, pero humano? No abandonó la Chantal, por este enlace,

familia, hijos, sociedad, y no se consagró á fundar la orden de la

Visitación? He aquí los frutos de las amistades limpias, serenas...

Ibamos por las orillas frescas del diminuto lago de Annecy--al lado del

Léman, un juguete--y nos habíamos desviado algo del paseo público,

perdiéndonos en un sendero orillado de abetos, muy sombrío á aquella

hora de la tarde. Agustín me daba el brazo. De pronto, sentí una

especie de quejido ahogado, sordo, y le ví que se inclinaba, intentando

un abrazo de demencia... Balbuceaba, temblaba, palpitaba, jadeaba, y en

un hombre tan dueño de sí, tan avezado á conservar sangre fría en las

horas difíciles, la explosión era como volcánica.

--No puedo más... No puedo... Haz de mí lo que quieras... Recházame,

despídeme... Has vencido ó ha vencido el diablo; estoy perdido... Te has

apoderado de mí... Cuanto he prometido, los convenios hechos, eran

absurdos, necedades... Imposible que yo cumpliese tales condiciones... y

si hay un hombre en el mundo que lo haga, entonces me reconozco

miserable, me reconozco infame, lo que quieras! Lina, es igual: aquí no

discutimos, no hay argumentos. Lo que hay es la verdad, lo hondo de las

cosas. Prefiero romper el contrato. Sí, lo rompo. Se acabó. Y me voy, me

alejo esta misma noche, para siempre. Lo que combinábamos juntos, era un

contrasentido. Tú no lo comprendes; yo no sé qué ofuscación padeces,

para haber dislocado las nociones de la realidad y pedir la luna... Eres

de otra madera que el resto de los humanos. Bueno. Yo no. Despidámonos

aquí mismo, Lina; despidámonos... ó abracémonos, así, en delirio...

Los brazos eran tenazas. Entre ellos, yo permanecía cuajada, como el

magnífico hielo de los glaciares.

--Basta..., Agustín..., oye...

Hizo el gesto de locura de emprender carrera.

--No te reconozco... ¡Es increíble! ¿No decías...? ¿No opinabas...?

--Opinase ó dijese lo que quisiera. Es que yo no contaba con una

complicación inesperada, con un suceso ridículo y fatal. Me he

enamorado. Es una razón estúpida, convengo. No encuentro otra. Me he

enamorado. No creas que así de broma. Me he enamorado tanto, que

comprendo que, en bastante tiempo, no podré resignarme á la vida. ¡Tú

serás capaz de extrañarlo! No lo extrañes, Lina.--suspiró con pena

romántica.--¡Tú no te has dado cuenta de tu valer! Inteligencia,

cultura, alma, belleza... Todo, todo, reunido por mi mala suerte en una

mujer singular, que ha resuelto...

--Pero si yo...

--Tú, tú... Tú me permites... que me abrase... Ahí está lo que me

permites... Tu compañía, tu amistad, la perspectiva de un enlace...

Verte incesantemente, andar juntos y solos por estos sitios que convidan

á querer... Yo no soy un fenómeno, yo soy un hombre... ¡Cómo ha de ser!

Al separarme de tí, destruyo un gran porvenir, el porvenir de los dos;

era algo espléndido... Pero estoy en esa hora en que se arroja por la

ventana, no digo el interés, ¡la existencia! Comprendo que procedo en

desesperación. No es culpa mía.

Me detuve, y le hice señas de que se calmase y escuchase. El lago

rebrillaba bajo un sol tibio. Me senté en el parapeto. Hice señas á

Agustín de que se sentase también.

--¿Era una pasión, lo que se dice una pasión? ¿La pasión se manifestaba

así? ¿Se limitaba la pasión á estas llamaradas? ¿O sería él capaz, por

mí, de sacrificios, de abnegaciones?

--De todo... ¡Hasta qué punto! No lo dudarías si comprendieses cuán

diferente eres de _las demás_... Te rodea un ambiente especial, tuyo,

que ninguna otra mujer tiene... ¡Ah! ¿Sacrificios, dices? Lo repito en

serio: ¡La vida! ¡La herida está muy adentro!

--Siendo así... ¿Pero mira bien si es así?... ¡Cuidado, Agustín,

cuidado!

--¡Así es! Ojalá no fuese.

Dulce Dueño · 第 27 / 40 题