Una magia es Biarritz, con su aire salobre, vivaz, su agua marina
encolerizada, la alegría de sus edificaciones modernas, y el apetito que
he recobrado, y el humor juvenil de moverme, de hacer ejercicio, de
bañarme en el mar, sin necesidad probablemente. Por otra parte, en
Biarritz empiezo á entrever esa actividad intensa, sin lirismo, esos
resortes y esos fines que no evocan lo infinito, sino lo que está al
alcance, no de todas las manos--despreciable sería entonces--sino de
pocas y sabias y hábiles...
Entreveo ese juego atrayente, de que es imagen muy burda el otro juego,
del cual se habla aquí y en que salen desplumados los «puntos». Así se
lo escribo á Agustín, no en la postalcita que humildemente pidió, sino
en una carta amistosa, en que apunta el compañerismo. El pretexto para
convencerme de que debo escribirle pronto y largo, es que parece natural
enterarle de la acogida que me dispensa la Ambas Castillas, mediante la
esquela de presentación, redactada en términos de apremiante interés. La
duquesa, á quien envío la esquela por Dick, contesta por el mismo,
anunciando inmediata visita; y á la media hora se presenta, ágil y
airosa y envelada la cara de tules, á fin de disimular y suavizar el
estrago que los años han ejercitado, impíos, en su belleza célebre. Los
rasgos permanecen aún, bajo el estuco; el pie es curvo, la mano elegante
al través de la Suecia; el busto, atrevido, obedece á la obra maestra
del corsé; y en su maceramiento de sesentona, persiste una gracia
arrogante que yo desearía imitar. Envidio los gestos delicados, de
coquetería y de hermosura triunfante, de gentil aplomo y gentil recato
altanero; envidio este aire que sólo presta cierto ambiente... al
ambiente que debe llegar á ser mío.
Corta es la visita. Por la tarde, en su automóvil, me lleva á recorrer
caminos pintorescos, hasta San Sebastián. Nos cruzamos con otros autos,
con mucha gente, mujeres maduras, niños de silueta modernista, hombres
que saludan con respeto galante; dos autos se detienen, el nuestro lo
mismo; la Ambas Castillas hace presentación; me flechan agudas
curiosidades; oigo nombres, cuyo run run había percibido desde lejos.
Con nosotros viene una hermana de la Ambas Castillas, insignificante,
callada y al parecer devota, pues se persigna al cruzar por delante de
las iglesias. La duquesa me envuelve en preguntas. ¿Desde cuándo conozco
á Agustín Almonte y á D. Federico?
--A D. Federico no le conozco. D. Agustín va á ocuparse en asuntos míos
que revisten importancia.
--¿Es su abogado de usted?
--Sí, duquesa.
Después, salen á plaza los trajes. Mi atavío gris, de alivio, mi
sombrero, sobre el cual vuela un ave de alas atrevidas, ave imposible,
construída con plumas de finísima batista, enrizada no sé cómo y
salpicada de rocío diamantesco, mis hilos de perlas magníficas,
redondas; los detalles de mi adorno fijan la experta atención de la
duquesa. Me encuentra á la altura; lo que llevo es impecable.
--¿Quién la viste?
Pronuncio negligentemente el nombre del modisto.
--¡Ah...!--La exclamación es un poema.--Claro, ese habrá de ser... Pero
el bocado es carito...
Las preguntas, delicadamente engarzadas, continúan. ¿Tengo hermanos?
¿Vivo sola en Madrid? ¿Sigo á París? ¿A dónde iré á terminar el verano?
Los proyectos de Suiza determinan una sonrisa discreta.
--Nuestro amigo Almonte también creo que suele ir por ese lado á
descansar de sus fatigas políticas, parlamentarias y profesionales...
¡Qué porvenir tan brillante el de Almonte! Llegará á donde quiera. Su
padre (en confianza), no ha alcanzado la talla de otros grandes
políticos de su época: Cánovas, Sagasta, y aquel Silvela tan simpático,
tan hombre de mundo... Pero como ahora unos se han muerto y otros están
más viejos que un palmar, ¡pobres señores!--añadió la dama con juvenil,
casi infantil alarde, que á pesar de todo no la sentaba mal--crea usted
que Almonte... Yo no entiendo de eso; lo que pasa es que oigo; mi marido
es muy aficionado, va al Congreso mucho... El sol que nace, es Almonte.
Completé el elogio. La duquesa me hizo coro. La hermana insignificante
suspiró.
--Es lástima que sus ideas...
--¡Hija, sus ideas!--se apresuró la duquesa--Manolo, mi marido, asegura
que Agustín, cuando mande, respetará lo que debe respetar!
Y variando de tono:
--Es seguro que al formarse Almonte una familia, eso también ejercerá en
su modo de ser provechoso influjo. ¡Oh, la familia! Si encuentra una
mujer de talento y buena.... Y la encontrará. ¿No opina usted lo mismo,
Lina?...
La familiaridad del nombre propio era un halago en la elegante señora,
árbitra sin duda de la sociedad, aunque ya su sol declina. Puesto del
todo este sol, que fué esplendoroso, aún quedará un reflejo de su
irradiar. El propósito de halagarme, por si soy para Almonte algo más
que una cliente rica, se revela en el empeño de acompañarme y pilotearme
en el Casino--sin oficiosidad inoportuna--de inventarme excursiones
entretenidas, de relacionarme. Debieron de correr voces, un santo y
seña, porque hubo atenciones, encontré facilidades, me ví rodeada,
mosconeada, invitada á diestro y síniestro, á almuerzos y _lunches_.
Pregusté el sabor de los rendimientos que el poder inspira; sentí la
infatuación de la marcha ascendente por el florecido sendero. No tuve,
en pocos días, tiempo de profundizar la observación de lo que me salía
al paso. Mi goce se duplicó por el bienestar físico que me causaba la
tónica balneación, y por el femenil gusto de vestir galas y adquirir
superfluidades en las ricas tiendas. También sentí orgullo al convidar á
la duquesa, á su hermana, á algunos de los que me han obsequiado, á
almorzar en mi hotel. Se enteraron de Dick, de Maggie, y ví el gesto
admirativo de las caras cuando agregué:
--Bah, mi escocesa... Salió, para venir á servirme, de casa de lady
Mounteagle. En efecto, sabe su obligación...
¡Al cabo, Biarritz es un pueblecillo! En una semana, no había nadie que
no me conociese. De mi _yo_ verdadero nada sabían; en cambio, conocían
hasta el número de frasquitos de _vermeil_ cincelado que contenía mi
maleta de viaje, traída por Maggie de la casa _Mapping and Web_, reina
de las tiendas caras y primorosas, en que se expenden tan londonianos
artículos. No todo el mundo, sin embargo, me hizo igual acogida. Hubo
sus frialdades, sus distanciaciones, sus impertinencias, aristocráticas
y plutocráticas. Con mi fina epidermis, sentí algunos hielos, algunas
ironías, mal disimuladas por aquiescencias aparentes; hubo sus corrillos
que se aislaron de mí, sus saludos envarados, peores que una cabeza
vuelta para no ver. Y entonces si que empecé á «picarme al juego». A
vuelta de correo, Agustín me contestaba:
--Esa es la lucha. Eso es lo que le prepara á usted un deleite de
victoria. Apunte usted nombres. Verá usted qué delectación exquisita la
de recordarlos después... Cuando llegue la hora, amiga Lina... Y váyase
usted pronto á París. Conviene que haya usted pasado por ahí como un
meteoro...
Seguí el consejo.--No sufrí la fascinación de París. Es una capital en
que hay comodidades, diversión y recreo para la vista, pero no
sensaciones intensas y extrañas, como pretenden hacernos creer sus
artificiosos escritores. El caso es que yo traía la imaginación algo
alborotada á propósito de _Notre Dame_. Este monumento ha sido adobado,
escabechado, recocido en literatura romántica. Sin duda su arquitectura
ofrece un ejemplar típico, pero le falta la sugestión de las catedrales
españolas, con costra dorada y polvorienta, capillas misteriosas,
sepulcros goteroneados de cera y santos vestidos de tisú. _Notre
Dame_... Un salón. Limpio, barrido, enseñado con facilidad y con
_boniment_, por un sacristán industrial, de voz enfática y aceitosa.
Falta en _Notre Dame_ sentimiento. Yo rompería algunas figurillas del
pórtico, plantaría zarzas y jaramago en el atrio. Y, sin embargo, aquí
han sentido profundamente los del Cenáculo. Ellos sacaron de sí mismos á
_Notre Dame_. Yo, española, no puedo sentir hondo aquí, ni aun por
contraste con las calles infestadas de taxímetros, de _autobus_ y otras
cosas feas. Vale más, seguramente, que no sienta. El lirismo, como un
licor fuerte, me daña.
Patullo en la prosa parisiense. Manicuras, peluqueros, modistas, reyes
del trapo, maniquíes vivientes, desfilan en actitudes afectadas. Mis
uñas son conchitas que ha pulido el mar. Mi peinado se espiritualiza. Mi
calzado se refina. Dejo á arreglar en la calle de la Paz las pocas joyas
anticuadas de doña Catalina Mascareñas que no transformé en Madrid, para
que me hagan cuquerías estilo María Antonieta ó modernisterías
originales. Voy á los teatros, donde los intermedios me aburren. Me doy
en el Louvre una zambullida de arte y de curiosidad. ¡Cuánto se
divertiría aquí D. Antón de la Polilla! Pude hacerle feliz quince
días... Sólo que me aburriría á mí, porque lo admiraría todo en esta
ciudad y en este modo de ser de un pueblo aburguesado y jacobino. ¡Me
daría cada solo volteriano inocente! ¡Y si al menos él tuviese gracia!
Pero un Voltaire pesado, curado al humo en Alcalá...
Y lo que me asfixia en París, lo que me hace de plomo su ambiente, es la
continua exhibición de la miseria humana, la suciedad industrializada,
fingida, afeitada, cultivada lo mismo que una heredad de patatas ó
alcacer. Las desnudeces y crudezas de los teatros; las ilustraciones
iluminadas de los kioscos; los títulos de guindilla de los tomos que
sacan á la acera las librerías; los anuncios con mostaza y pimienta de
Cayena, me renuevan la náusea moral, el sufrimiento de la vergüenza
triste, de la repugnancia á tener cuerpo. Vuelven las horas de
aburrimiento, y al regresar al hotel me dejo caer en la meridiana,
mientras Maggie me dá consejos higiénicos, me recomienda la poción que
tomaba para sus vapores lady Mounteagle...
--¡Á Suiza!--ordeno lacónicamente.--Vamos directamente á Ginebra...
Prepare usted el equipaje.