Al empezar á crecer los días, remanece la idea de irme á Alcalá una
semana, á ver á mis viejos amigos. Se combina este propósito con mis
maliciosos recelos. Es indudable que esos arrinconados y modestos
señores, que no me han hecho en tres ó cuatro meses ni una visita,
poseen la clave de mi historia, saben lo que yo todavía no comprendo, lo
que inútilmente busqué en el armario de papeles. Farnesio es
impenetrable; nada le arrancaré; cada día se difumina mejor la verdad en
las nieblas de su habla sobria. El secreto, sin embargo, no puede ser
verdadero secreto, ya que lo han conocido, por lo menos, tres personas:
Farnesio, Carranza, y Roa, el fallecido.
Dispongo mi viaje. Nada de aparato; me alojaré en la casa que tantos
años habité, y que ahora es mía, y me servirá Sidra, la misma Maritornes
de antaño... La tengo allí al cuidado de los muebles. ¡Vaya unos
muebles! El cocinero, eso sí, enviará todos los días la comida, y un
pinche encargado de presentarla.
Invitaré al canónigo; se le soborna por la boca: es amigo de la mesa.
Malo será que no se descorra el velo. Una circunstancia, al parecer
insignificante, acrece mi curiosidad ardorosa. Con motivo de las
formalidades de testamentaría, he visto mi partida de bautismo. Fuí
bautizada en Segovia. Y mis nombres de pila son: Catalina, Natalia,
Micaela... He interrogado á Farnesio, como al descuido:
--Si me llamo Catalina, ¿por qué me han llamado Natalia?
Ligera rubicundez, tartamudeo.
--¡Porque Natalia... es más bonito! Es decir, supongo que sería por
eso,--añade, ya aplomado--pero es imposible averiguarlo, no habiendo
medio de preguntárselo á tus padres!
--Pues desde hoy, Catalina vuelvo á ser.
En mi saco, guardo una maravilla de arte que pretextará mi excursión por
el deseo de que mis amigos la vean y estudien. Es una medalla que parece
del XV. La descubrí en el oratorio de doña Catalina, churreteada de cera
y protegida por un vidrio oval y un marco indecoroso, de coral basto y
recargada filigrana.
Visto un luto sencillo, y me voy á la estación completamente sola.
Saboreo la confusa sorpresa de encontrar que un cambio tan capital en mi
suerte no altera mis impresiones. Como siempre, me embelesa el paisaje,
que la primavera empieza á realzar con tímidos y blanquecinos toques
verdes, con idealidades de acuarela (la primavera es acuarelista). La
sensación tranquila y señorial de Alcalá es la misma, igual la impresión
de limpieza de sus aceras de ladrillo y su caserío claro. Á pie voy
desde la estación á mi casa. Cerca del bulto de bronce de Cervantes,
¡castizo bulto! me cruzo, casi á la puerta de mi domicilio, con las
hijas del Juez, las que me ponían motes. De sorpresa, se inmovilizan. Me
devoran, con mirar hostil. Luego, con aire de sufrimiento, vuelven la
cara. Voy ataviada sin pretensiones ningunas, pero mi toca negra es
parisiense, mi sotana de casimir, del gran modisto, mi luto una
apoteosis. Mi bolsita de cuero negro luce inicial de chispas. El dinero
es tan difícil de ocultar como la pobreza. ¡Qué de envidias! ¡Qué de
charlas chismosas! ¡Cómo rabiarán!
Vuelta á ver mi casita, me hace el efecto de uno de esos lugares donde
estuvimos de niños, y que juzgábamos mucho mayores. Sidra me acoge con
una mezcla de resabios familiares y terror respetuoso. ¡Su señorita, la
que la regañaba por diez céntimos mal administrados! ¡Y ahora, no saber
adonde llega mi fantástica fortuna!
--Bueno, Sidra, cállate, barre mucho, friega mucho... Traerán la comida
de Madrid; tú enciende el fogón, para que la calienten... Y manda un
chiquillo á avisar al Sr. Doctoral y á D. Antón. ¡Que almuerzan conmigo!
Y si le estorbase al Sr. Doctoral almorzar, por las horas de coro, que
le aguardo á las tres para el café, y que cenará aquí.
Ninguno pudo acudir á almorzar. Á las tres, llegaron radiantes.
Intentaron un retrasado pésame, que sonaba á enhorabuena.
--Déjense de niñerías. Ya sabemos que esto es motivo de
felicitación--advertí.--No lo oculten, puesto que lo piensan.
Se rieron. Leí en sus caras la satisfacción de verme, y de verme tan
dichosa, sin género de duda. Yo también reía. Fué un momento sabroso, en
que revivieron los tibios afectos y las intimidades apagadas del pasado.
Empecé á hartarles de café extraordinario, de ron muy viejo, de licores
primera marca. ¡Bastante agua chirle les había dado en mi vida!
--¿Se acuerda usted, Carranza, de cuando me regalaba usted, de tiempo en
tiempo, una librita de molido, porque mis recursos...? ¿Buen cambiazo,
eh? ¿Qué tal, si le hago á usted caso y entro monja? No, no se excuse;
su intención era buena, de fijo. Las circunstancias mandan en nosotros.
Viviendo Dieguito Céspedes, yo estaba mejor emparedada...
El canónigo sonreía de un modo pacato, mirándose los rollizos pies, que
asomaban calzados de vaca reluciente, con plateada hebilla.
--Sin embargo--añadí--, Dieguito y yo cabíamos en el mundo. ¿Qué estorbo
le hacía esta infeliz? Mi pensión, de dos mil pesetas, no mermaba su
caudal. Y usted sabe que yo era incapaz de pedir más, de molestar á
mi...
--A tu respetable tía doña Catalina--atajó el ladino y erudito
eclesiástico--. De sobra conocemos tu delicadeza. Pero, Nati, eso del
monjío y la mesada son viejas historias. Casi prehistoria, niña. Doña
Catalina Mascareñas te ha dado una prueba bien estupenda de su cariño,
y nosotros, contentísimos de que lo haya heredado nuestra
Natalita--porque supongo que nos permites llamarte así.
Lo dijo con tono ahidalgado, con esa seca y grave cortesía castellana,
que rebosa dignidad.
--Lo único que no permito es que me llamen Natalia. Catalina me pusieron
en la pila. Llámenme Lina, ¿eh? ¿Convenido?
--Corriente... ¡Lina, consejo de amigo antiguo! Yo intenté, hace tiempo,
darte un esposo sin tacha. Ahora, escógetelo bien tú... Mira lo que vas
á hacer...
--¡Esto ya no se puede sufrir!--grité afectando indignación--. Ayer me
quería usted meter entre rejas, hoy casarme. ¿De dónde saca usted...?
Desde su rincón, D. Antón de la Polilla me hacía misteriosos guiños.
--No te vas á quedar vistiendo santos... No es bueno para el hombre
vivir solo. ¿Qué diremos de la mujer?
--La mujer que posee un capital, debe considerarse tan fuerte como el
varón, por lo menos--sentencié.
--A veces--arguyó el Magistral--el dinero es un peligro. ¡Expone á
tantas cosas!
--A mí, no--respondí tranquilamente--. A ustedes les consta que he
cursado en las aulas de la necesidad. No hay doctora complutense que me
pueda enseñar esta asignatura. Y he visto que las pobres no infunden
pasiones.
--De todos modos... Polilla, déjese usted de hacer morisquetas, y
ayúdeme. ¿No cree usted también que Nati... digo, Lina... debe casarse?
--Hay--enfatizó el volteriano--una ley imperiosa, grabada por la
naturaleza en nuestros corazones, que nos manda amar.
--¿Ha recogido usted alguna estela donde se inscriba esa ley?--pregunté
malignamente--. ¿Y se ha enterado usted de que no hablábamos de amor,
sino de matrimonio?
--Hija mía--baboseó el vejete--, eres pesimista de sobra. Dices que tu
pobreza... Yo he visto á más de un teniente pasear esta plaza mirando
hacia tus balcones.
--Era su deber, como las guardias. ¿Qué hace un teniente aquí, si no
mira á los balcones? Me miraban... como se mira al mar cuando no hay
propósito de embarcarse.
--Insisto, Lina--decretó Carranza--. Necesitas sombra.
--Tengo á Farnesio... Me sombreará, como sombreó á doña Catalina.
El golpe era traicionero. Estudié la fisonomía de Carranza, aquella faz
de medalla romana, de papada redondeada y labios irónicos á fuerza de
inteligencia. Juraría que se alteró un poco.
--¡Farnesio no es... pariente ni deudo tuyo!... Se necesita familia...
--Se necesita querer--mosconeó Polilla, sentimental.
--¡Tiene gracia! Usted, Carranza, sin familia vive, y hecho un
papatache... Y usted, don Antón, no supongo que haya sido un Amadís...
Pero, en fin, si á querer vamos, le querré á usted. Capaz soy de
ofrecerle mi blanca mano.
¡Ridiculez humana! Polilla se emocionó. Su cráneo pequeño, raso y
satinado como manzana camuesa madura--excepto el cerquillo gris que orla
el cogote y trepa hasta la sien--, se sonrojó como el camarón cuando lo
echan en el agua hirviendo. Y el caso es que comprendió la chanza y la
devolvió.
--Aceptado, Linita... Carranza, bendíganos, aunque eso en mis principios
no entra.
Le miré con afecto, con dejos de añoranza... Los dos señores eran mis
iniciadores intelectuales. Por ellos podía yo saborear más
conscientemente las mieles de la riqueza. En este pueblo decaído, entre
estos amigos trasconejados, sazonados con especias de sabiduría, yo fuí
abeja libadora de secretos y curioseadora de flores marchitas, todavía
olientes. Por dentro, habia vivido más intensamente que las fátuas cuyo
nombre traen y llevan los revisteros de salones. Sonreía de gozo ante
mis maestros. El Magistral, ceremonioso y malicioso, enemigo de
quimeras, antiromántico, con su fisonomía más ancha abajo que arriba,
sus ojos agudos tras los espejuelos, su azul barbilla rasurada, su
entendimiento orientado hacia las fuentes claras y cristalinas del
clasicismo nacional; Polilla, vivaz como un roedor y tierno como un
palomo, con su geta color de hueso rancio, su bigotillo cerdoso, sus
dientes semejantes á teclas viejas que enverdeció la humedad, su terno
color ocre, su corbata con rapacejos y sus botas resquebrajadas,
representaban la luz de mi conocimiento, la formación de mi mentalidad;
yo les era superior, no en el saber, sino en el sueño... Mientras
saboreo la cordialidad de mi emoción y la nostalgia inevitable del
pasado, no pierdo de vista mi propósito.
¡Es evidente que nada sacaré de Carranza! El único que se entregará es
Polilla.--Hay que quedarse sola con él.
La casualidad lo arregla. Vienen á traer al Magistral un recado urgente
del Deán. Intrigas, cabildeos. Carranza responde que va en seguida, pero
no querría marcharse sin ver la placa del XIV ó del XV que le he
anunciado. Cuando se la presento, libre de marco y cristal, limpia,
prorrumpe en exclamaciones.
--¡Qué portento! ¡Pero de dónde sale esto! ¿Dices que del oratorio de la
señora de Mascareñas? Naturalmente, como que es su Patrona, Santa
Catalina de Alejandría... ¡Pero no haberla visto yo!
--¿No entró usted nunca en el oratorio de la señora?
--No, jamás--responde, con su estudiada reserva de camarlengo del
Papa--. Apenas si fuí allá dos ó tres veces á visitarla, por asuntos de
administración, pues quiso tu tía encargarme de la hacienda que hoy
posees en Alcalá. ¡Pero figurate mi júbilo! Casualmente (dedicada á la
señora de Céspedes), tengo yo escrita una relación de la vida de esa
santa. Pensaba ofrecérsela, pero Dios dispuso...
--¿La vida de la filósofa? Dedíquemela usted á mí. Haremos que vea la
luz.
--¡Lina, eres toda una señora! No sé como agradecerte...
--La placa--interrumpí yo--¿será del XIV?
--Del XV--intervino Polilla. ¿No nota usted el plegado del traje? Y el
procedimiento del esmaltado... Y todo, todo...
--La Santa debía de ser muy elegante...
--Vaya... ¡Refinadísima!
--Mañana, despacio, por la tarde, me leerá usted la relación, y repito
que la edición corre de mi cuenta.
Se dilató el semblante del erudito. Ya se veía empaquetando ejemplares
para enviar á los académicos que á veces le escriben, no más que para
consultarle cosas de Alcalá y sus contornos. Ahora verían que puede
dominar otros asuntos su pluma.
--Leeré--dijo--únicamente lo narrativo. Las notas serían enojosas.
Quedan para la impresión.
--Bien pensado.
Y me dejó sola con D. Antón de la Polilla.
V
No necesito diplomacia, ó por lo menos, no necesito astucia con este
amigo, cuya boca no sufre candados.
--Me estaba riendo, D. Antón, de los guiños que usted me hacía.
--Ya, ya lo noté... ¡Ese Carranza! ¡Qué clérigos! Antes, empeñado en
meterte en un claustro, y ahora... ¡Vamos, son criminales; no reconocen
ley moral desde el momento en que se ordenan!
Le llevé la corriente.
--En efecto, á mi me parece que eso no está bien, y lo que más me
fastidia, Polillita, de los eclesiásticos, es el prurito del disimulo;
la falta de franqueza. Carranza tiene la manía de hacer misterio de
todo; de tonterías sin importancia.
--Una chifladura... Lo menos se cree en las antecámaras del Vaticano,
revolviendo el guiso negro de aquella diplomacia. ¡Oh! ¡Qué cosa más
artística, confitarse en discreción! ¡Prodigar detalles sobre lo que
pasó hace dos mil años, y guardar una reserva ridícula, sobre lo que ha
sucedido ayer, y, además, no importa nada absolutamente!
--¿Qué fin se llevará en eso la gente de iglesia, D. Antón? ¿Á qué
vendrá tal arte de maquiavelismo?
Polilla frunció la boca y enarcó los dos hopitos de las cejas.
--¡Ay, hija mía! No dudes que algún fin llevan; que ese sistema de
disimulo les da buen resultado. No hay como ser zorro. En estos zorritos
se fía la gente. En un hombre franco, no. Ya verás, ya verás si Carranza
se las arregla para buscarte novio de su mano; y claro, después mandará
en tu casa y en tí y satisfará sus ambiciones. No tengas miedo de que se
pierda! Pero yo trataré de madrugar y defenderte...
--Usted es muy buen amigo--declaré.
--No, no vayas á creer que no nos estimamos el Magistral y yo. Como digo
una cosa digo otra. Entablé á mi vez el elogio de Carranza.
--¡Oh! ¿Qué me va usted á contar? Es persona que vale mucho. También D.
Genaro Farnesio es excelente y parece que me quiere de verdad. Y...
¿conoce usted á D. Genaro?
--Sí, desde hace muchos años. Alguna vez se ha dejado caer por aquí, con
motivo de asuntos administrativos de doña Catalina. Cuando tú eras niña,
venía bastante amenudo. Era el tiempo en que cuidaba de ti aquella
Romana, la que luego se puso tan enferma que fué preciso enviarla á su
pueblo, á Málaga, donde murió. Después te colocaron de interna en un
colegio de Segovia. Y luego, cuando fuiste mayor, te trajeron aquí, con
una bruja vieja que se llamaba doña Corvita. Ya te acordarás: estaba
medio ciega y hacías de ella á tu capricho.
--¿Y mientras estuve en Segovia yo, también venía por aquí el señor de
Farnesio?
--Déjame recordar... No; se me figura que por entonces no venía.
--Ese apellido de Farnesio debe de ser ilustre. D. Antón, usted que todo
lo sabe, ¿conoce el origen de ese apellido?
--Hay una dinastía de príncipes que lo han llevado, pero el Sr. D.
Genaro no procede de esos príncipes, sino probablemente de la aldea de
Farneto, de donde los Farnesios eran señores, y daban su nombre á los
aldeanos, como ha sucedido también algunas veces en España. Esto de los
apellidos engaña mucho. Los hay que suenan y no son; y los hay que son y
no suenan. ¿Creerás que, por ejemplo, el de Polilla es de los
principales apellidos castellanos? Los Polillas, según he podido
rastrear en Godoy Alcántara, venían de...
--¡Sí, sí, lo recuerdo!--exclamé evitando que aquel enemigo de toda
preocupación nobiliaria me espetase su genealogía--. Pero se me ocurre:
D. Genaro Farnesio, ¿es italiano?
--El, no. Lo era su padre.
--Y á su padre ¿le conoció usted también?
--Precisamente conocerle, no. Supe que era cocinero del señor de
Mascareñas, el padre de doña Catalina. D. Genaro nació en la casa.
--¡Qué bien enterado está usted siempre, Polillita! Es un gusto
consultar á usted.
Sonríe, halagado, enseñando las teclas añejas de su dentadura.
--¿Diga usted--porfio--, D. Jenaro viviría siempre con los señores de
Mascareñas?
--No por cierto. Tendría veintitrés años cuando, acabada su carrera de
abogado, empezó á rodar por ahí, empleado en Oviedo, en Zamora, en León,
en secretarías de Gobierno civil y varios destinos.
--¿No se casó nunca? Yo me figuraba que era viudo.
--Solterón, como yo...--se ufanó Polilla.
--Le parecerá raro que esté tan mal enterada, pero usted no ignora qué
poco le he visto, y me conviene saber, para conocer los antecedentes de
una persona hoy tan allegada. Al fin, Farnesio va siendo mi brazo
derecho, como fué el del Sr. de Mascareñas... y del Sr. de Céspedes, el
marido de doña Catalina.
--¿Brazo derecho? ¡Quiá! En vida de esos señores, Farnesio no
administraba. Cuando doña Catalina enviudó, á los cinco años de
matrimonio, siendo Dieguito una criatura, es cuando vuelve á la casa
Farnesio, para arreglar el maremagnum de la testamentaría y mil
cuestiones y pleitos que intentó la familia de Céspedes. Y como doña
Catalina no se daba mucha maña, Farnesio se hizo indispensable. Eso sí:
es honrado á carta cabal, y entiende el busílis. En sus manos, debe de
haber crecido como la espuma la fortuna de Mascareñas. ¡Mejor para tí,
hija mía! Todo esto lo sabe Carranza... ¡Apostemos á que no te lo dice!
--Pues no veo en ello ningún secreto de Estado. Y... á propósito... Y á
mis padres, ¿les ha llegado usted á conocer?
--Personalmente, tampoco... ¿Cómo quieres? Pero hay noticias, hay
noticias.
--Vengan... ¡Pobrecitos papás míos!
--Tu papá, D. Jerónimo Mascareñas, era hijo de un primo hermano del
padre de doña Catalina. El tal primo hermano, tu señor abuelo, perdió
hasta la camisa en el juego y otras locuras. Total, que á sus hijos les
dejó el día y la noche. A tu padre le atendió doña Catalina muchísimo.
Bueno fué, porque pasaba cada crujida... ¿Oye, no te parece mal?
--¡Amigo Polilla, qué pregunta! ¿Pues no he sido yo pobre tantos años?
--Tienes razón... La pobreza enaltece... Rodando y rodando, tu papá
conoció á una señorita muy guapa, estanquera en Ribadeo... Dicen que
propiamente una imagen... Era enfermiza, la desdichada. Falleció al
nacer tú, ó poco después, que eso no lo sé de positivo. Ello es que de
tí se hizo cargo, por orden de doña Catalina, el Sr. Farnesio, que te
puso ama y te dejó al cuidado de ella, en tierra de Segovia. Pero esto
ya lo sabrás tú muy bien. ¿Que te estoy contando?
--No lo crea. Los recuerdos de la niñez son confusos. Sé que mi padre
también murió joven.
--No tan joven, pero no viejo. Sobrevivió á su mujer, y aun decían si
había vuelto á casarse; pero salió mentira. La gente, amiga de
catálogos, chismorreaba que había jurado no verte, porque le recordabas
á su santa esposa. Esto también lo creo fábula. Lo seguro es que, como
le dieron un cargo allá en Filipinas, donde cogió la disentería que
acabó con él, no tuvo tiempo de venir á hacerte fiestas. La protección
de doña Catalina le tranquilizaba respecto á tu suerte.
--Por lo visto mi papá era una cabeza de chorlito, como el abuelo. Y
hasta parece que...--Hice ademán de alzar el codo.
--Ya que estás enterada...--balbuceó, turbadísimo, D. Antón.
--Los que tienen esa costumbre y van á Filipinas, dejan allí el pellejo.
Polilla, aguado, modelo de sobriedad, aprobó con la cabeza,
sentencioso.
--Vamos á ver--insisto afectuosamente, engatusando al ratoncillo de
biblioteca--todo eso está muy bien, y debo á doña Catalina profunda
gratitud; pero, ¿á qué venía querer que yo entrase monja? Carranza y el
pobre Roa, que en gloria esté, hicieron una campaña...
--¡No me hables! ¡Indigna! Estuve por enviar un comunicado á las
_Dominicales_. ¡Tenebrosa conspiración! No ignoras que hice lo posible
porque abortase; bien recordarás mis protestas, mis consejos.
--¿Á qué idea obedecería tal empeño, don Antón?
--¿A qué? ¡Inocente! ¿Y una muchacha tan superior como tú me lo
pregunta? A fanatismo, á malicia negra. Quieren extinguir la fecundidad,
el amor; su odio á la vida toma esa forma.
--El caso es, D. Antón, que ahora Carranza me aconseja que me case.
--Negocio verá en ello. Que si no...
--¿Y qué negocio pudo ver en mi monjío?
--¡Dale, hija! Fanatismo brutal. Inquisición pura.
--Creo que tiene usted razón--asentí--. Y en lo de ahora, ya viviré
prevenida. Pero usted, reservadamente, me auxiliará con sus
advertencias.
--Haré algo más... Tengo una idea... Una idea sublime.
¡Oh, inefable D. Antón! Ya no me haces falta. Tú, el hombre de los
datos; el genio de la menudencia... sin enterarte, me has puesto en las
manos la antorcha. Me has enseñado, buen maestro, lo que no sabes.
¡Creía interpretar tus guiños, como clave de la verdad que ibas á
descubrirme, ahora que ya no importa que yo la sepa; y los guiños no
significaban sino el inofensivo desahogo de tu prevención contra
Carranza, á quien no he de guardar rencor alguno por haber salvado la
honra de mi madre!
Sí; ahora ni un sólo hilo me falta; el pasado sale de su penumbra
silenciosa y se acerca á mí, evocado por los hechos que me relató don
Antón, y son ciertos, pero significan enteramente lo contrario de lo que
él entiende... ¡Mi desprecio hacia los hechos, mi gran desprecio
idealista, qué bien fundado! El hecho es cáscara, es envoltura de la
almendra amarga de la verdad... El hecho vive porque nosotros, con la
fantasía, le vestimos de carne y sangre... El hecho es la tecla; hay que
pulsarlo... Ahora poseo la historia, si se quiere la novela, construída
completamente...
Desfilan sus capítulos. Catalina Mascareñas y Genaro Farnesio, jóvenes,
criándose juntos, jugando juntos en la casa. Genaro, como chiquillo
listo, que sobresale de la domesticidad; Catalina, hija de padre viudo,
un poco abandonada á sí misma, descuidada en la edad en que el corazón
se forma y los sentimientos despuntan. Un amorcillo nace, y se delata,
imprudente. El padre toma el mejor partido: buscándole decentes
colocaciones, envía al muchacho fuera, lejos de Madrid. Le protege;
vería con gusto que se casase. Entretanto, busca un buen novio para su
hija. Catalina se une al Sr. de Céspedes. Probablemente no se casa á
disgusto. Catalina es muy pasiva y acepta la vida, en vez de crearla.
Vegeta satisfecha entre el esposo y el hijo. El marido muere; la señora
se encuentra libre, sin saber qué hacer de su libertad, con los asuntos
embrollados y mucha hacienda. Un cariño tranquilo, un recuerdo grato,
han sustituído al antiguo amor; Farnesio la escribe un pésame; contesta
afectuosa, deplorando á un tiempo la viudez y el peso de tanto negocio,
la imposibilidad de fiarse en nadie; Farnesio replica ofreciendo su
lealtad; á los pocos días está al frente de la casa, la dirige con
absoluta probidad, con un celo de hermano. Es el útil, es el
indispensable. La señora saborea la dicha de no tener que ocuparse de
nada; Farnesio aquí, Farnesio allá... La presencia, continua; la
confianza, omnímoda... Hay horas de soledad, frente á frente... La buena
posición de doña Catalina atrae pretendientes; pero Farnesio,
hábilmente, los aleja, los desconceptúa... Y sucede lo que tenía que
suceder, y también algo presumible, siempre imprevisto; comprometida ya
la señora, Farnesio no quiere saltar el peldaño, al contrario, desea por
hidalguía, por abnegación, seguir siendo el inferior, el dependiente, el
que en la sombra vela por una dama y una estirpe. La idea del
matrimonio, que no hubiese sido antipática á la pasiva doña Catalina, él
la rechaza reiteradamente, definitivamente; no rebajará á la mujer amada
(el amor ya lo había olfateado yo en aquel dolor silencioso, profundo,
en presencia del cadáver), no la hará avengonzarse ante su hijo, no
suscitará la menor complicación para el porvenir. El altar de la honra y
del decoro pide una víctima; la víctima seré yo. Se me buscan padres, es
decir, padre, porque mi supuesta madre sucumbe al dar á luz á una niña,
que habrá vivido algunas horas. Con dinero é influencia se arregla todo.
Se aleja de mí á mi padre, no sólo para que no sea indiscreto, sino para
no exponerme á las contingencias de su vida desordenada. Se le prohibe,
á ese pariente pobre y vicioso, que se vuelva á casar, para evitar que
otra persona entre en el secreto, para ahorrarme madrastra. Mi padre
apócrifo también ignora que yo sea cosa de doña Catalina. Supone acaso
una aventurilla de Farnesio. El misterio se ha espesado por todos lados.
La bala perdida se dirige á Filipinas... Allí hará su vida de
costumbre... Reflexiono. Cuando la pasión aguija, ¿se retrocede?... ¡No!
El clima de Filipinas es mortífero para sujetos como mi padre...
A mí se me inculca la idea monástica. El único que está en el secreto
¿total? ¿parcial? es Carranza, y Carranza guarda la clave. Se trabaja,
se prepara el terreno... Desde un convento no podré yo nunca afrentar á
doña Catalina. Se me contenta con una pensión escasa, para que viva
obscuramente, no me salgan galanes y me sea más fácil renunciar á un
mundo en que hasta sufro privaciones.
Me resisto. Hay en mí fuerza, nervio, voluntad. Muere Diego. Entonces
cesa la catequización... Sobreviene la larga enfermedad de doña
Catalina. No quiere emociones; la horroriza verme; soy, ahora que
distingue las cosas á la luz poniente de la vejez, su remordimiento, su
caída... Y D. Genaro me mantiene alejada, pero trabaja, siempre en la
penumbra, para asegurarme la fortuna que él ha acrecentado. ¡Y lo
consigue!--Nada ignoro ya de lo que me concierne. El conflicto interior,
prontamente lo soluciono. Me quedo con mis _padres oficiales_. Si lo
fuesen realmente, por serlo; y si no, por cooperar á esta superchería
bien urdida. Es más cómodo, es más decoroso para mí aceptar la versión
que me dan hecha. Y encuentro singular placer en reconocerme incapaz de
sentimentalismos previstos y escénicos; de representar uno de esos
melodramas en que se grita: «¡Hija! ¡Padre!» y se mezclan las lágrimas y
los brazos. ¿Me han querido á mí de este modo, por ventura? No; me han
impuesto el secreto, el silencio, la mentira. La mentira no es
antiestética. Me conviene. Dueña de la verdad, encierro esta espada
desnuda en un armario de hierro y arrojo la llave al pozo. Farnesio será
toda la vida mi apoderado general; le trataré con extrema consideración,
pero desde mi sitio, y, por medio de matices, conservaré la distancia
que él ha querido que existiese...
--Un millón de gracias, amigo Polilla... Voy á ver si encuentro
fotografías de papá y mamá, para encargar al mejor retratista dos
lienzos. Quiero tenerlos en mi salón.
--¡Es muy justo! No comprendo--aquí que hablamos sin hipocresía--más
religión que la de los antepasados. La moral del gran Confucio, que en
eso se basa...
Le dí cuerda, y me sirvió una menestra de descreencias cándidas,
fundadas en que Josué no pudo parar el sol, en que la Inquisición tostó
á mucha gente, y en que--éste era su caballo de batalla--los cuerpos de
los niños mártires Justo y Pastor, no se descubrieron porque tuviese
revelación el Obispo Asturio, sino por la tradición que sostuvieron los
versos de Prudencio y San Paulino. «He allegado pruebas--, repetía--, y
echaré abajo esa ridícula fábula. Ya verán lo que es depurar los hechos
hasta las semínimas. ¡Llevo escritas trescientas veinte cuartillas! ¡Me
he remontado á las fuentes!»