Me instalo en el bienestar--no en el lujo--de mi gran fortuna. El
bienestar es práctico, y el lujo, estético. El lujo no se improvisa. El
lujo, muy intensificado, constituye una obra de arte de las más
difíciles de realizar. Yo tengo un ideal de lujo, hambre atrasada de mil
refinamientos; ahora comprendo lo que he sufrido en la prosa de mi vida
alcalaína. Otra mujer quizás hubiese encontrado hasta dulce aquel
escondido vivir, pero mi fantasía y el culto que profeso á mi propia
persona, me hicieron á veces llorar ante un puchero desportillado ó unos
zapatos cuyo tacón empezaba á torcerse...
No está todavía depurado mi gusto para formarme mi envolvente lujosa,
y, por ahora, me limito á la comodidad, á alegrar esta casa suntuosa que
trasuda aburrimiento.
La mentalidad de doña Catalina, sus burgueses instintos, iban
reflejándose en el mobiliario. Llamo á un prendero y le vendo un sin fin
de cachivaches. Comprendo que Farnesio se horripila; cree que hago una
locura. Respiro al verme libre de estos espejos de tan mal gusto, de
estos entredoses con bronces falsos, de estas butacas rellenas,
recercadas, que parecen acericos de monja. Lo vuelvo todo patas arriba;
no dejo cosa con cosa; el jardincillo pierde su aspecto terroso,
secatón, y arreglo en él una _serre_ en miniatura, provista de
calorífero. Allí almuerzo casi todos los días. Mi departamento lo alhajo
á la moderna, de claro, y salpico alguna antigualla fina.
He comisionado á un prendero de altura para que me busque cuadros que no
representen gente escuálida ni martirios; retratos de señoras muy
perifolladas, y porcelanas del Retiro y Sajonia. Las vitrinas empiezan á
llenarse.
Vivo retirada; he pagado las tarjetas con otras, y no tengo amiga
alguna, porque las de doña Catalina son viejas apolilladas, gente de su
tiempo, y me he negado formalmente á recibirlas. Sin embargo, á pesar de
este recogimiento que complace á Farnesio, cuando salgo por las tardes
en coche abierto á la Moncloa, á la Casa de Campo ó á las soledades del
Hipódromo, mi coche suele llevar escolta. Hay dos «muchachos», hijo el
uno de la condesa de Páramos, sobrino el otro de la generala Mansilla,
que me rondan. Ambas señoras fueron tertulianas y compañeras de Juntas
de Beneficencia de doña Catalina, y, sin duda, saben lo que yo
_valgo_... Son los primeros pretendientes que asoman en el horizonte.
Les veo pasar haciendo corbetas, obligando á sus monturas, mientras yo,
envuelta en pieles de zorro negro y astracán, las únicas que permite mi
luto, y acariciando al friolero lulú de Pomerania Daisy, que se refugia
al calor de mi manguito y parece otro manguito viviente, me fijo en que
el sobrino de la generala tiene las piernas un poco arqueadas, y el hijo
de la condesa, al sol, los ojos rojizos y sin cerco de pestañaje...
Farnesio me ha indicado reiteradamente que necesito una dama de
compañía. Le he contestado que, así como viví largos años en Alcalá sin
ese apéndice, y no me ocurrió cosa digna de contarse, pensaba seguir en
Madrid sin dueñas doloridas.
En efecto, me he habituado en mi soledad, en mi abandono, á ser libre.
Este único bien no pudieron quitármelo; mejor dicho, ni aun creyeron que
merecía la pena de querérmelo quitar. Sin duda Roa y Carranza, los dos
canónigos, me observaban y enviaban notas tranquilizadoras. Yo no
cometía irregularidad alguna, yo no abría la puerta á ningún galán.
Farnesio cree que debo ingresar en la cohorte de la gente víctima de los
formulismos. ¡Es tarde, es tarde!
Cuento veintiocho años; me acerco á veintinueve. Mi carácter se ha
templado en las aguas amargas de mi soledad y abandono. El sentimiento
de la injusticia cometida conmigo, tan largo tiempo, me ha infundido un
ansia de desquite y goce y exaltación de mí misma, que tiene vistas á lo
infinito. Yo necesito apurar los sabores de la vida, su miel, su mirra,
su néctar. ¡Yo necesito ir á su centro, á su núcleo, á su esencia, que
son la hermosura y el amor! En estos meses he podido cerciorarme de que
la comodidad, las riquezas, en sí, no me satisfacen, no me bastan.
Cuando era menesterosa, y me zurcía mis medias, pensaba tal vez, como en
algo inaccesible, en la contingencia de que doña Catalina muriese
acordándose de mí con una manda que representase una vida de modesto
desahogo. ¡Bah! Ahora me sonrío de las puerilidades del primer día, mi
goce físico cuando me recliné en la berlina acolchada, mi soberbia de
_parvenue_ al llamar despóticamente á la doncella y exigir el baño... Y,
adquirido ya cierto buen gusto, me complazco en salir á pie, vestida
sencillamente, en peinarme yo misma. El propio instinto me impulsa á
proyectar un viajecillo á Alcalá, para ver á mis antiguos amigos, y unir
el pasado al presente.
Todas las noches, á solas, encerrada en mis habitaciones, me doy una
fiesta á mí misma. Me despojo de los crespones, visto trajes exquisitos,
de color, y me prendo joyas. He hecho transformar y aumentar, á mi
capricho, las de doña Catalina. Libres de sus pesadas monturas, ahora
los brillantes y las esmeraldas son flores de ensueño ó pájaros de
extraño plumaje; las perlas salen húmedas de su gruta marina, y algún
grueso solitario, pendiente de sutil cadenilla invisible, esmaltada del
color de la piel, cuelga lo justo para iluminar como un faro el
nacimiento del seno... Antes de todo, he entrado en el baño, preparado
por mí, y en el cual he vertido á puñados las pastas suaves de almendra,
los espumosos afrechos, y á chorros los perfumes, todo lo que el cuerpo
gusta de absorber entre la tibia dulzura del agua. Uno de mis primeros
refinamientos ha sido ¿es esto refinamiento?, colar el agua de mi baño
al través de filtros poderosos, para no bañarme en ese légamo en que
generalmente se baña Madrid... el poco Madrid que se baña. Encendidas
las estufas, radiante de luz eléctrica mi tocador, paso á él envuelta en
la tela turca. Lienzos delgados y calientes completan la tarea de
enjugarme, y ligera fricción pone mi sangre en movimiento. Me extiendo
en la meridiana, enhebrándome en una bata de liberty blanco y encajes.
Descanso breves minutos. En seguida procedo al examen detenido de mi
cuerpo y rostro, planteándome por centésima vez el gran problema
femenino: ¿Soy ó no soy hermosa?
La triple combinación de espejos reproduce mi figura, multiplicándola.
Me estudio, evocando la beldad helénica. Helénicamente... no valgo gran
cosa. Mi cabeza no es pequeña, como la de las diosas griegas. Con
relación al cuerpo, es hasta un poco grande, y la hace mayor el mucho y
fosco pelo obscuro. Mi cuello no posee la ondulación císnea, ni la
dignidad de una estela de marfil sobre los hombros de una Minerva
clásica. Mis pies y mis manos son demasiado chicos ante la
proporcionalidad estatuaria, y mis brazos mórbidos y mi pierna nerviosa
miden un tercio menos de lo que deben medir para ser aplicables á una
Febe.
Empiezo á vestir mi desnudez, y cada prenda me consuela y me reanima. La
camisa, casi toda entredoses, nuba mis formas prestándolas vaporoso
misterio, y haciendo salir los brazos de entre la espuma, mucho más
gentiles que los brazos forzudos de la Palas lancera. Al jugar el calado
de sedosas transparencias sobre el tobillo menudo de española que poseo,
me figuro que es imposible acordarse de la extremidad inferior de la
Cazadora. El corsé de raso mate, bordado, guarnecido de valenciennes, se
adapta á mi torso, ciñe y recoge mi vientre pequeño, emplaza mis senos
vírgenes, y más abajo, la falda de surá complica sus adornos ligeros,
ricos sin parecerlo, y diseña la silueta de la flor de la datura, arriba
hinchado capullo, abajo despliegue de una campana ondulante. Sospecho
que no hay razón para deplorar que el tronco de la Dea de Milo parezca,
á mi lado, el de un fuerte púgil.
Labrada la fácil arquitectura de mi moño, de mi tupé sombrío que avanza
sobre los ojos haciendo de su expresión un enigma, clavo en él un ave de
pedrería, unas espigas que radian diamantes alrededor de mi cabeza, ó
dos audaces plumas de pavo real que divergen y me flechan de
esmeraldas, ó un mercurio de roca antigua, cuyas alas picantes dan á la
testa la inquietud del vuelo. El traje, sin faralaes, adherido,
recamado, cae como veste solemne hasta cubrir enteramente los pies,
derrámanse en rebordes artísticamente severos sobre la alfombra. Es el
peso de sus bordados bizantinos, de oros rojos, verdosos, apagados,
sonrosados, lo que produce esa línea de mosáico de Rávena ó miniatura de
misal. Sobre el lujo á la vez violento y sobrio del traje, y realzando
su curiosidad, la salida de teatro, también pesada, desciende arrastrada
por sus flecos de irisado vidrio y sus rebordaduras complicadas, de
matices sabiamente combinados. De mi cuello penden los hilos de perlas,
que he dispuesto á mi manera y que bajan hasta la cintura. Ninguna otra
joya, excepto las sortijas, enormes, en los pulidos dedos. Los dedos de
mis manos--y hasta los de mis pies--son para mí objetos de un antiguo
culto. En mis escaseces de Alcalá, cuántos sacrificios para no
deshonrarme las manecitas! Uso perpetuo de guantes de algodón en las
faenas caseras, y derroche de una pasta para suavizar y adobar la piel.
Ahora, abuso de los estuches atestados de cachivaches de plata con mis
cifras, de las infinitas limas, las tijeras de todas las formas y
curvaturas, los bruñidores y pinzas, los botes de cincelada tapa que
contienen mudas y blandurillas para acentuar lo rosado de mis uñas, y
conservar la sedosidad de mi piel.
Ya revestida de mis galas, me situo de nuevo ante los espejos que me
reflejan, y trato de definirme. Mi figura es una de tantas como la moda
actual, artísticamente pérfida y reveladora, troquela en sus moldes.
Tiene trazos graciosos, y la tela, al ajustarse estrechamente á caderas
y muslos, marca líneas de inflexión gentil; pero lo mismo les sucede á
casi todas las que se visten de este modo, á menos que sean
cincuentonas, ó su estructura se base en el tocino ó la cecina. ¡Ni soy
torcida, ni obesa, ni flaca, y esto es todo lo que el espejo me dice!
Mi cara... La consulto como se consulta á una esfinge, preguntándola el
secreto psicológico que toda cara esconde y revela á un tiempo.
Sombreada por el tejadillo capilar en el cual titila un diamante montado
en tembleque, mi cara, más bien descolorida, ni es nimiamente correcta,
ni irregular de facciones. No tengo un lado de la cara distinto del
otro, como sucede á tanta gente. Mi tez es de una vitela sólida, sin
granos, pecas, barros ni rojeces. Mis cejas forman doble arco elegante.
Mis ojos, color café, al sol, recuerdan una de esas piedras romanas en
que parece que hierven partículas derretidas de oro. Mi boca es mediana,
no bermeja; pero los dientes, de cristal más que de marfil, la alumbran,
y no la sombrea bozo. Los labios tienen un diseño intenso, y gracias á
él, siendo carnosos, no llegan á sensuales. Mi faz es larga; la nariz la
caracteriza aristocráticamente.
No llamo la atención desde lejos. De cerca, puedo agradar. Nunca he
creído en el triunfo de las perfectas. Además, soy de las mujeres de
engarce. Lo que me rodea, si es hermoso, conspira á mi favor. El
misterio de mi alma se entrevé en mi adorno y atavío. Esto es lo que me
gusta comprobar lejos de toda mirada humana, en el tocador radiante de
luz, á las altas horas de la noche silenciosa, extintos los ruidos de la
ciudad. Las perlas nacaran mi tez. Los rubíes, saltando en mis orejas,
prestan un reflejo ardiente á mis labios. Las gasas y los tisúes,
cortados por maestra tijera, con desprecio de la utilidad, con exquisita
inteligencia de lo que es el cuerpo femenino, el mío sobre todo--he
enviado al gran modisto mi fotografía y mi descripción--me realzan como
la montura á la piedra preciosa. Mi pie no es mi pie, es mi calzado,
traído por un hada para que me lo calce un príncipe. Mi mano es mi
guante, de Suecia flexible, mis sortijas imperiales, mis pastas
olorosas. Toda yo quiero ser lo quintaesenciado, lo superior--porque
superior me siento, no en cosa tan baladí como el corte de una boca ó
las rosas de unas mejillas--sino en mi íntima voluntad de elevarme, de
divinizarme si cupiese. Voluntad antigua, que en mi primera juventud era
sueño, y ahora, en mi estío, bien puede convertirse en realidad. Para mí
ha de aparecer el amor cortado á mi medida, el dueño extraordinario,
superior á la turba que va á asediarme, que empieza á olfatear en mí á
la heredera poderosa y á la mujer inexperta socialmente, fácil de cazar.
¡No tanto, señores!--No soy una heroína de novela añeja.
Invariablemente, en ellas, la protagonista, millonaria, se aflige porque
sus millones la impiden encontrar el amor sincero. Pienso todo lo
contrario. Esta inesperada fortuna me permitirá artistizar el sueño que
yace en nuestra alma y la domina. Como el inteligente en arte que,
repleta la cartera, sale á la calle dispuesto á elegir, yo, armada con
mi caudal, me arrojaré á descubrir ese ser que, desconocido, es ya mi
dulce dueño. Y aparecerá. El también poseerá su fuerza propia. Será
fuerte en algún sentido. Algo le distinguirá de la turba; al presentarse
él, una virtud se revelará; virtud de dominio, de grandeza, de misterio.
Las cabezas se inclinarán, ó los ojos quedarán cautivos, ó el corazón se
descolgará de su centro, yéndose hacia _él_...
Pensando en _él_, prolongo mi estación ante el tocador, y las lunas
altas, límpidas, copian mi cara expresiva, mis ojos ansiosos, mi busto
brotando del escote como un blanco puñal de su vaina de oro cincelado...
Y pruebo más trajes; uno azul, del azul de los lagos, bordado de verdes
chispas de cristal y largas cintas de seda crespa, y otro blanco, en que
se desflecan orlas de cisne, y otro del tono leonado de las pieles
fulvas, transparente, bajo el cual se trasluce un forro de seda naranja,
azafranoso... Y me sonrío, y entreabro abanicos, y juego á prenderme
flores, y vierto por el suelo esencias, y, por último, rendida, arrojo
aprisa mis galas, y estremecida por la horripilación del amanecer,
corro con los brazos cruzados sobre el pecho á refugiarme en mi cama,
donde me apelotono, me hago un ovillo, encogida, trémula de cansancio,
con los pies helados, la cabeza febril...