CAPÍTULO XVIII

Salida de Córdoba.—El contrabandista.—Treta judaica.—Llegada a

Madrid.

Salí de Córdoba una radiante mañana en compañía del _contrabandista_,

que iba montado en un hermoso caballo de media alzada, una _jaca_,

de la renombrada casta cordobesa; era el animal de color bayo claro,

lucero, de remos fuertes, pero elegantes, y con una larga cola negra

que le arrastraba por el suelo. El otro caballo, destinado a llevarme

a Madrid, era de muy diferente estampa, que no predisponía en favor

suyo. Por muchos rasgos se parecía sumamente a un cerdo, sobre todo

por la curvatura del lomo, por la cortedad del cuello y por la manera

de llevar siempre la cabeza junto al suelo; su perpetuo husmear y su

rabo eran también enteramente los de un cerdo. Su piel más parecía

cubierta de ásperas cerdas que de pelo; y en cuanto al tamaño, muchos

cerdos de Westfalia he visto tan altos como él. No me agradaba mucho

la idea de exhibirme a lomos de tan singularísimo cuadrúpedo, y

me puse a mirar fijamente al excelente animal en que mi guía había

tenido por conveniente instalarse. El hombre interpretó mis miradas,

y me dió a entender que por llevar el equipaje le correspondía el

mejor caballo, alegación que me pareció harto bien fundada para

oponerle reparo alguno.

Resultó que el _contrabandista_ no era, ni con mucho, un compañero de

camino tan agradable como las manifestaciones del posadero de Córdoba

me habían hecho suponer. Durante el día, cabalgaba taciturno y en

silencio, y apenas respondía a mis preguntas más que con monosílabos;

por las noches, empero, después de comer bien y beber en proporción

a mis expensas, consentía en mostrarse a veces más sociable y

comunicativo. «Me he quitado del contrabando—me dijo en una de estas

ocasiones—a causa de una estafa que me hicieron en Lisboa: un judío,

a quien conocía yo desde mucho tiempo atrás, me encajó por bueno un

brillante falso. Lo hizo con una habilidad extraordinaria, porque no

soy yo tan novato que no sepa conocer las piedras buenas; al parecer,

el judío tenía dos, y las cambió con mucha destreza, guardándose la

buena, comprada por mí, y substituyéndola con otra, muy bien imitada,

pero que no valía cuatro duros. Descubrí la estafa cuando había

cruzado ya la frontera, y aunque volví allá a escape, no pude dar

con el bandido; uno de sus rabinos me dijo que el tal había muerto

y que acababan de enterrarle; pero bien conocí que mentía, porque al

decírmelo le retozaba la risa en los ojos. Desde entonces renuncié al

contrabando.»

No intentaré describir minuciosamente los varios incidentes de este

viaje. Dejando a nuestra derecha las montañas de Jaén, pasamos por

Andújar y Bailén, y al tercer día llegamos a La Carolina, pequeña

pero linda ciudad en las faldas de Sierra Morena, habitada por los

descendientes de los colonos alemanes. A dos leguas de este lugar

entramos en el desfiladero de Despeñaperros, que aun en tiempos

normales tiene muy mala fama por los robos que continuamente se

perpetran en sus escondrijos, y que en la época de que voy hablando

era, según decían, un hormiguero de bandidos. Creíamos, pues, que

nos robarían, o que quizás nos dejarían desnudos en el monte o nos

maltratarían de cualquier otro modo; pero la Providencia intervino

en favor nuestro. Al parecer, el día antes de nuestra llegada los

bandidos habían cometido una espantosa muerte y robado hasta cuarenta

mil _reales_, botín que probablemente los satisfacía por algún

tiempo; lo cierto es que nadie nos molestó. A nadie vimos en el

desfiladero, aunque a ratos llegaban hasta nosotros voces y silbidos.

Entramos en la Mancha, donde temía yo caer en manos de Palillos y

Orejita. La Providencia me protegió de nuevo. El tiempo había sido

hasta entonces delicioso; súbitamente, el Señor sopló un viento

helado, tan riguroso que era casi irresistible. Ningún ser humano,

salvo nosotros, se aventuraba a salir. Atravesamos llanuras cubiertas

de nieve, y pasamos por ciudades y pueblos que parecían desiertos.

Los ladrones se estuvieron encerrados en sus cuevas y chozas; pero

el frío a poco nos mata. Llegamos a Aranjuez el día de Navidad, ya

tarde, y fuí a casa de un inglés, donde ingerí casi un cuartillo de

aguardiente: no me hizo más efecto que si fuese agua tibia.

Al siguiente día llegamos a Madrid, y tuve la fortuna de encontrarlo

todo tranquilo y en orden. El _contrabandista_ estuvo conmigo dos

días más, al cabo de los cuales se volvió a Córdoba montado en el

grotesco animal que me había traído a mí todo el viaje; la _jaca_ se

la compré yo, porque en el camino aprecié sus facultades, y pensé que

podría utilizarla en mis excursiones futuras. El _contrabandista_

quedó tan contento del precio que le pagué por el caballo, y del

trato que en general había recibido de mí mientras me acompañó, que

de muy buena gana se hubiera quedado a servirme como criado, y así

me lo pidió, asegurándome que si yo consentía en ello, dejaría a su

mujer y a sus hijos, y me seguiría por el mundo entero. No quise

acceder a su petición, aunque necesitaba un criado; le hice, pues,

volver a Córdoba, donde, según supe más tarde, murió repentinamente a

la semana de haber llegado.

Su muerte ocurrió de singular manera: un día tomó el hombre la bolsa

de su dinero, y después de contarlo le dijo a su mujer: «Con el

viaje del inglés y la venta de la _jaca_ he hecho noventa y cinco

duros; a poca suerte que tenga, puedo doblarlos arriesgándolos en el

contrabando. Mañana me voy a Lisboa a comprar diamantes. Vamos a ver

si hay que herrar el caballo.» Se levantó, encaminándose a la puerta

con intención de ir a la cuadra; pero antes de trasponer el dintel,

cayó muerto al suelo. Así son las cosas de este mundo. Bien dice el

sabio: «Nadie está seguro del mañana.»

La Biblia en España, Tomo I (de 3) O viajes, aventuras y prisiones de un inglés en su intento de difundir las Escrituras por la Península · 第 31 / 33 题