Salida de Córdoba.—El contrabandista.—Treta judaica.—Llegada a
Madrid.
Salí de Córdoba una radiante mañana en compañía del _contrabandista_,
que iba montado en un hermoso caballo de media alzada, una _jaca_,
de la renombrada casta cordobesa; era el animal de color bayo claro,
lucero, de remos fuertes, pero elegantes, y con una larga cola negra
que le arrastraba por el suelo. El otro caballo, destinado a llevarme
a Madrid, era de muy diferente estampa, que no predisponía en favor
suyo. Por muchos rasgos se parecía sumamente a un cerdo, sobre todo
por la curvatura del lomo, por la cortedad del cuello y por la manera
de llevar siempre la cabeza junto al suelo; su perpetuo husmear y su
rabo eran también enteramente los de un cerdo. Su piel más parecía
cubierta de ásperas cerdas que de pelo; y en cuanto al tamaño, muchos
cerdos de Westfalia he visto tan altos como él. No me agradaba mucho
la idea de exhibirme a lomos de tan singularísimo cuadrúpedo, y
me puse a mirar fijamente al excelente animal en que mi guía había
tenido por conveniente instalarse. El hombre interpretó mis miradas,
y me dió a entender que por llevar el equipaje le correspondía el
mejor caballo, alegación que me pareció harto bien fundada para
oponerle reparo alguno.
Resultó que el _contrabandista_ no era, ni con mucho, un compañero de
camino tan agradable como las manifestaciones del posadero de Córdoba
me habían hecho suponer. Durante el día, cabalgaba taciturno y en
silencio, y apenas respondía a mis preguntas más que con monosílabos;
por las noches, empero, después de comer bien y beber en proporción
a mis expensas, consentía en mostrarse a veces más sociable y
comunicativo. «Me he quitado del contrabando—me dijo en una de estas
ocasiones—a causa de una estafa que me hicieron en Lisboa: un judío,
a quien conocía yo desde mucho tiempo atrás, me encajó por bueno un
brillante falso. Lo hizo con una habilidad extraordinaria, porque no
soy yo tan novato que no sepa conocer las piedras buenas; al parecer,
el judío tenía dos, y las cambió con mucha destreza, guardándose la
buena, comprada por mí, y substituyéndola con otra, muy bien imitada,
pero que no valía cuatro duros. Descubrí la estafa cuando había
cruzado ya la frontera, y aunque volví allá a escape, no pude dar
con el bandido; uno de sus rabinos me dijo que el tal había muerto
y que acababan de enterrarle; pero bien conocí que mentía, porque al
decírmelo le retozaba la risa en los ojos. Desde entonces renuncié al
contrabando.»
No intentaré describir minuciosamente los varios incidentes de este
viaje. Dejando a nuestra derecha las montañas de Jaén, pasamos por
Andújar y Bailén, y al tercer día llegamos a La Carolina, pequeña
pero linda ciudad en las faldas de Sierra Morena, habitada por los
descendientes de los colonos alemanes. A dos leguas de este lugar
entramos en el desfiladero de Despeñaperros, que aun en tiempos
normales tiene muy mala fama por los robos que continuamente se
perpetran en sus escondrijos, y que en la época de que voy hablando
era, según decían, un hormiguero de bandidos. Creíamos, pues, que
nos robarían, o que quizás nos dejarían desnudos en el monte o nos
maltratarían de cualquier otro modo; pero la Providencia intervino
en favor nuestro. Al parecer, el día antes de nuestra llegada los
bandidos habían cometido una espantosa muerte y robado hasta cuarenta
mil _reales_, botín que probablemente los satisfacía por algún
tiempo; lo cierto es que nadie nos molestó. A nadie vimos en el
desfiladero, aunque a ratos llegaban hasta nosotros voces y silbidos.
Entramos en la Mancha, donde temía yo caer en manos de Palillos y
Orejita. La Providencia me protegió de nuevo. El tiempo había sido
hasta entonces delicioso; súbitamente, el Señor sopló un viento
helado, tan riguroso que era casi irresistible. Ningún ser humano,
salvo nosotros, se aventuraba a salir. Atravesamos llanuras cubiertas
de nieve, y pasamos por ciudades y pueblos que parecían desiertos.
Los ladrones se estuvieron encerrados en sus cuevas y chozas; pero
el frío a poco nos mata. Llegamos a Aranjuez el día de Navidad, ya
tarde, y fuí a casa de un inglés, donde ingerí casi un cuartillo de
aguardiente: no me hizo más efecto que si fuese agua tibia.
Al siguiente día llegamos a Madrid, y tuve la fortuna de encontrarlo
todo tranquilo y en orden. El _contrabandista_ estuvo conmigo dos
días más, al cabo de los cuales se volvió a Córdoba montado en el
grotesco animal que me había traído a mí todo el viaje; la _jaca_ se
la compré yo, porque en el camino aprecié sus facultades, y pensé que
podría utilizarla en mis excursiones futuras. El _contrabandista_
quedó tan contento del precio que le pagué por el caballo, y del
trato que en general había recibido de mí mientras me acompañó, que
de muy buena gana se hubiera quedado a servirme como criado, y así
me lo pidió, asegurándome que si yo consentía en ello, dejaría a su
mujer y a sus hijos, y me seguiría por el mundo entero. No quise
acceder a su petición, aunque necesitaba un criado; le hice, pues,
volver a Córdoba, donde, según supe más tarde, murió repentinamente a
la semana de haber llegado.
Su muerte ocurrió de singular manera: un día tomó el hombre la bolsa
de su dinero, y después de contarlo le dijo a su mujer: «Con el
viaje del inglés y la venta de la _jaca_ he hecho noventa y cinco
duros; a poca suerte que tenga, puedo doblarlos arriesgándolos en el
contrabando. Mañana me voy a Lisboa a comprar diamantes. Vamos a ver
si hay que herrar el caballo.» Se levantó, encaminándose a la puerta
con intención de ir a la cuadra; pero antes de trasponer el dintel,
cayó muerto al suelo. Así son las cosas de este mundo. Bien dice el
sabio: «Nadie está seguro del mañana.»