Córdoba.—Los moros de Berbería.—Los ingleses.—Un cura viejo.—El
breviario romano.—El palomar.—El Santo Oficio.—Judaísmo.—Los
palomares profanados.—Propuesta del posadero.
Poco hay que decir de Córdoba, ciudad pobre, sucia y triste, llena
de angostas callejuelas, sin plazas ni edificios públicos dignos
de atención, salvo y excepto su Catedral, dondequiera famosa; su
emplazamiento es, sin embargo, bello y pintoresco. Corre por un
lado el Guadalquivir, que, si bien poco profundo en estos lugares y
lleno de bancos de arena, no deja de ser un río deleitoso; por el
otro se alzan las escarpadas vertientes de Sierra Morena, plantadas
de olivares hasta la cima. La ciudad está rodeada de altas murallas
moriscas, que pueden tener hasta tres cuartos de legua de desarrollo;
a diferencia de Sevilla y de la mayoría de las ciudades de España,
carece de arrabales.
La Catedral, único edificio notable de Córdoba, como ya he dicho,
es acaso el templo más extraordinario del mundo. Fué en su origen,
como todos saben, una mezquita, erigida en los días más brillantes
de la dominación árabe en España. Era de planta cuadrangular y de
techo bajo, sostenido por infinidad de redondas columnas de mármol,
pequeñas y finas, muchas de las cuales subsisten aún, y ofrecen al
primer golpe de vista la apariencia de un bosque de mármol; la mayor
parte de ellas, sin embargo, fueron quitadas cuando los cristianos,
después de expulsar a los muslimes, quisieron transformar la mezquita
en catedral, como, en efecto, la transformaron parcialmente,
levantando una cúpula y despejando en el interior un cierto espacio
para hacer el coro. Tal como hoy está el templo, parece pertenecer
en parte a Mahoma, y en parte al Nazareno; y aunque la mezcla de la
pesada arquitectura gótica con el aéreo y delicado estilo de los
árabes produce un efecto algo raro, todavía el edificio es magnífico
y grandioso, y muy adecuado para suscitar el respeto y la veneración
en el ánimo del visitante.
Los moros de Berbería parecen cuidarse muy poco de las hazañas
de sus antepasados: sólo piensan en las cosas del día presente,
y únicamente hasta donde esas cosas les conciernen de un modo
personal. El entusiasmo desinteresado y la admiración por cuanto
es grande y bueno, señales verdaderas e inconfundibles de un alma
noble, son sentimientos que en absoluto desconocen. Asombra la
indiferencia con que cruzan ante los restos de la antigua grandeza
mora en España. Ni se exaltan ante las pruebas de lo que en otro
tiempo fueron los moros, ni la conciencia de su situación actual
les entristece. Vienen a Andalucía a vender perfumes, babuchas,
dátiles y sedas de Fez y Marruecos; eso es lo que más les interesa,
aun cuando la mayor parte de estos hombres estén lejos de ser unos
ignorantes y hayan oído y leído lo que ocurría en España en los
antiguos tiempos. Una vez hablaba yo en Madrid con un moro bastante
amigo mío acerca de su visita a la Alhambra de Granada. «¿No lloró
usted—le pregunté—, al pasar por aquellos patios, al acordarse de
los Abencerrajes?» «No—respondió—. ¿Por qué había de llorar?» «¿Y
por qué fué usted a ver la Alhambra?»—pregunté. «Fuí a verla porque
estando en Granada para asuntos míos un compatriota de usted me rogó
que le acompañase a la Alhambra y le tradujese unas inscripciones.
Es seguro que espontáneamente no se me hubiese ocurrido ir, porque
la subida es penosa.» El hombre que me hablaba así compone versos
y no es en modo alguno un poeta despreciable. Otra vez, estando yo
en la catedral de Córdoba, entraron tres moros y la atravesaron
pausadamente, dirigiéndose a la puerta situada en el lado frontero.
Todo su interés por aquel lugar se tradujo en dos o tres ojeadas
ligeras a las columnas, diciendo uno de ellos: «_Huáje del Mselmeen,
huáje del Mselmeen_» (Cosas de los moros, cosas de los moros); y la
única muestra de respeto que dieron por el templo donde en su tiempo
se prosternaba Abderrahman el Grande fué que, al llegar a la puerta,
se volvieron de cara y salieron andando hacia atrás; sin embargo,
aquellos hombres eran _hajis_ y _talibs_, hombres asimismo de grandes
riquezas, que habían leído y viajado, que habían estado en la Meca y
en la gran ciudad de la Nigricia[143].
[143] Alude, probablemente, a Khartum, capital del Sudán. (Nota
de Burke.)
Me detuve en Córdoba mucho más de lo primeramente calculado, porque
no cesaba de recibir noticias acerca de la inseguridad del camino de
Madrid. En poco tiempo escudriñé todos los rincones y escondrijos de
aquella antigua ciudad y adquirí algunas amistades entre la gente
del pueblo, que es mi modo de proceder habitual cuando llego a una
población desconocida. Varias veces subí a Sierra Morena, acompañado
por el hijo del posadero, aquel buen mozo de quien ya he hablado.
Los posaderos, convencidos de que yo participaba de sus opiniones,
me trataban con extremada cortesía; cierto que, en cambio, hube
de prestar oídos a vastos planes carlistas, verdaderas traiciones
contra los poderes constituídos en España; pero todo lo llevé con
paciencia.
—_Don Jorgito_—díjome un día el posadero—, yo quiero mucho a los
ingleses; son mis mejores parroquianos. Es una lástima que no haya
más unión entre España e Inglaterra y que no vengan más ingleses
a visitarnos. ¿No se podría hacer un casorio? El rey entraría en
seguida en Madrid. ¿Por qué no se hacen las _bodas_ del hijo de don
Carlos con la heredera de Inglaterra?
—De esa manera—respondí—vendrían seguramente muchos ingleses a
España, y no sería la primera vez que el hijo de un Carlos se casa
con una princesa de Inglaterra.
El huésped meditó un momento, y luego exclamó:
—_Carracho, Don Jorgito_, si se hiciera ese matrimonio, el rey y yo
tendríamos motivo para tirar el sombrero al aire.
La casa o _posada_ en que yo vivía era sumamente espaciosa, con
infinidad de habitaciones grandes y chicas, pero desamuebladas en
su mayoría. Mi cuarto estaba al final de un corredor inmensamente
largo, como el que por modo admirable se describe en la leyenda
maravillosa de Udolfo[144]. Durante uno o dos días creí que era yo el
único huésped en la casa. Pero una mañana vi sentado en el corredor,
junto a una ventana, a un anciano de singular aspecto, que leía con
atención en un pequeño y abultado volumen. Sus vestidos eran de
grosera tela azul, y llevaba un amplio sobretodo encima de un chaleco
adornado con varias filas de botoncitos de nácar; tenía calados los
espejuelos. Aunque le veía sentado, me di cuenta de que su estatura
rayaba en lo gigantesco.
[144] _The mystery of Udolpho_, por Mrs. Radcliffe
(1764-1823). (Nota de Burke.)
—¿Quién es ese hombre?—pregunté al posadero, al encontrarle poco
después—. ¿Es otro huésped de la casa?
—No puedo decir que sea precisamente un huésped, _Don Jorge de
mi alma_—replicó—; pues, aunque pára en mi casa, no me da nada a
ganar. Ha de saber usted, _Don Jorge_, que éste es uno de dos curas
que había en un pueblo bastante grande[145] no lejos de aquí. Al
entrar en el pueblo las tropas de Gómez, su reverencia salió a su
encuentro revestido, con un libro en la mano, y, a petición de los
soldados, proclamó a Carlos Quinto en la plaza del mercado. El otro
cura era un liberal violento, un _negro_ rematado, y los realistas
le echaron mano, disponiéndose a ahorcarlo. Intervino su reverencia
y obtuvo gracia para su colega, a condición de que gritase _¡Viva
Carlos Quinto!_, y así lo hizo para salvar la vida. Bueno; pues en
cuanto los realistas se fueron, el cura negro montó en una mula,
vino a Córdoba y delató a su reverencia, a pesar de deberle la vida.
Prendieron a su reverencia, trajéronle a Córdoba, y seguramente le
habrían metido en la cárcel común por carlista si yo no hubiera
salido fiador suyo, poniendo que no se marcharía de aquí y se
presentaría cuando le llamaran a responder de los cargos aportados
contra él; y en mi casa está, aunque no pueda llamarle mi huésped,
pues no gano nada con él: toda su comida, que se reduce a unos pocos
huevos, un poco de leche y pan, se la traen a diario del pueblo.
En cuanto a su dinero, no sé de qué color es, aunque, según dicen,
tiene _buenas pesetas_. Con todo, es un santo; siempre está leyendo y
rezando, y es, además, del partido de los buenos. Por eso le tengo en
mi casa, y saldría fiador suyo aunque fuese veinte veces más avaro de
lo que parece.
[145] Puente. (Nota de Burke.)
Al siguiente día, al pasar otra vez por el corredor, vi al viejo
sentado en el mismo sitio, y le saludé. Me devolvió el saludo con
mucha cortesía y cerró el libro, colocándolo en sus rodillas, como
si quisiera trabar conversación. Después de cambiar breves palabras,
tomé el libro para examinarlo.
—No podrá usted sacar mucho provecho de este libro, _Don Jorge_—dijo
el viejo—. No puede usted entenderlo, porque no está escrito en
inglés.
—Ni en español—repliqué—. Pero, respecto a poder entenderlo o no,
¿qué dificultad puede haber en una cosa tan sencilla? Este es el
breviario romano escrito en latín.
—¿Pero entienden los ingleses el latín?—exclamó—. _¡Vaya!_ ¿Quién
hubiera pensado que los luteranos pudiesen entender la lengua de la
Iglesia? _¡Vaya!_ Cuanto más vive uno, más aprende.
—¿Cuántos años tiene vuestra reverencia?—pregunté.
—Ochenta, _Don Jorge_; ochenta años largos.
Esta fué la primera conversación que tuvimos su reverencia y yo.
No tardó en sentir notable inclinación por mí, y me hacía el favor
de acompañarme no pocos ratos. A diferencia de nuestro amigo el
posadero, el cura no gustaba de hablar de política, cosa que no
dejó de sorprenderme, conociendo yo, como conocía, la resuelta y
peligrosa parte que había tomado en la última irrupción carlista en
las cercanías. En cambio, le gustaba mucho platicar acerca de asuntos
eclesiásticos y de los escritos de los Padres.
—He formado en mi casa una pequeña librería, _Don Jorge_, con todos
los escritos de los Padres que me ha sido dable encontrar; su lectura
me sirve de entretenimiento y de consuelo. Cuando pasen estos tristes
días, _Don Jorge_, espero que, si continúa usted por estas partes,
irá a visitarme, y le enseñaré mi modesta colección de los Padres,
y también un palomar, donde crío muchas palomas, que me producen no
pequeño solaz y algún provecho.
—Supongo que al hablarme de su palomar—repuse—, alude usted a su
parroquia, y que por la cría de las palomas representa usted el
cuidado que toma por las almas de sus feligreses, inculcándoles
el temor de Dios y la obediencia a la ley revelada, ocupación
que, naturalmente, le produce a usted muchos solaces y consuelos
espirituales.
—Hablaba sin metáfora, _Don Jorge_—replicó mi interlocutor—. Al decir
que crío muchas palomas, no pretendo significar sino que yo proveo de
pichones el mercado de Córdoba, y a veces el de Sevilla; mis aves son
muy apreciadas, y creo que no hay en todo el reino otras más gordas
ni mejor cebadas. Si fuera usted a mi pueblo, _Don Jorge_, tendría
que hacer alto en una _venta_ donde las probaría seguramente, porque
en mi jurisdicción no consiento más palomares que el mío. Respecto de
las almas de mis feligreses, creo que cumplo con mi deber en cuanto
está de mi parte. Las cosas espirituales me deleitan sobremanera, y
por esta razón me incorporé a la _Santa Casa_ de Córdoba, en la que
he servido durante muchos años.
—¿Vuestra reverencia ha sido inquisidor?—exclamé un poco asombrado.
—Desde los trece años hasta que se suprimió el Santo Oficio en estos
desventurados reinos.
—Me sorprende y me alegra el saberlo—repuse yo—. Nada tan placentero
para mí como hablar con un sacerdote que perteneció antaño a la Santa
Casa de Córdoba.
El viejo, mirándome fijamente, contestó:
—Ya le comprendo a usted, _Don Jorge_. He adivinado hace rato que
usted es de los nuestros. Es usted un santo varón y muy instruído;
aunque crea conveniente hacerse pasar por inglés y luterano, he
penetrado su verdadera condición. Ningún luterano se tomaría por las
cosas de la Iglesia el interés que usted demuestra; y a lo de ser
inglés, digo que ninguno de esa nación puede hablar el castellano,
y menos el latín. Creo que usted es de los nuestros: un sacerdote
misionero; y me confirmo en esta idea, sobre todo, porque le veo a
usted en frecuente conversación con los _gitanos_; parece que hace
usted propaganda entre ellos. Pero viva usted prevenido, _Don Jorge_;
desconfíe de la fe de Egipto; son malos penitentes y me gustan poco.
No le aconsejaría yo a usted que se fiara de ellos.
—No lo intento siquiera—repliqué—; sobre todo en lo tocante al
dinero. Pero, volviendo a cosas más importantes, dígame: ¿de qué
delitos conocía la Santa Casa de Córdoba?
—Supongo que sabrá usted cuáles eran los asuntos propios de la
función del Santo Oficio; por tanto, no necesito decirle que los
delitos en que entendíamos eran los de brujería, judaísmo y ciertos
descarríos carnales.
—¿Qué opinión tiene usted de la brujería? ¿Existe en realidad ese
delito?
—_¡Qué sé yo!_—dijo el viejo encogiéndose de hombros—. La Iglesia
tiene, o al menos tenía, el poder de castigar por algo, fuese real o
irreal, _Don Jorge_; y como era necesario castigar para demostrar que
tenía el poder de hacerlo, ¿qué importaba si el castigo se imponía
por brujería o por otro delito?
—¿Ocurrieron en su tiempo de usted muchos casos de brujería?
—Uno o dos, _Don Jorge_; eran poco frecuentes. El último caso que
recuerdo ocurrió en un convento de Sevilla. Cierta monja tenía la
costumbre de salir volando por la ventana al jardín y de revolotear
en él sobre los naranjos. Se tomó declaración a varios testigos, y en
el proceso, instruído con toda formalidad, quedaron, a mi entender,
bastante bien probados los hechos. Pero de lo que sí estoy cierto es
de que la monja fué castigada.
—¿Les daba a ustedes mucho que hacer el judaísmo en estas partes?
—¡Oh! Lo que más trabajo daba a la Santa Casa era, en efecto, el
judaísmo; sus brotes y ramificaciones son numerosos, no sólo por
aquí, sino en toda España; lo más singular es que hasta en el clero
descubríamos continuamente casos de judaísmo de ambas especies que,
por obligación, teníamos que castigar.
—¿Hay más de una especie de judaísmo?—pregunté.
—Siempre he dividido el judaísmo en dos clases: negro y blanco;
por judaísmo negro entiendo la observancia de la ley de Moisés con
preferencia a los preceptos de la Iglesia; en el judaísmo blanco
entra todo género de herejía, como luteranismo, francmasonería y
otros por el estilo.
—Comprendo fácilmente—dije yo—que muchos sacerdotes acepten los
principios de la Reforma, y que no pocos se hayan dejado extraviar
por las engañosas luces de la filosofía moderna; pero es casi
inconcebible que dentro del clero haya judíos que sigan en secreto
los ritos y prácticas de la ley antigua, aunque ya antes de ahora me
han asegurado que el hecho es cierto.
—Crea usted, _Don Jorge_, que en el clero hay abundancia de judaísmo,
lo mismo del negro que del blanco. Recuerdo que una vez estábamos
registrando la casa de un eclesiástico acusado de judaísmo negro,
y, después de buscar mucho, encontramos debajo del piso una caja
de madera, y en ella un pequeño relicario de plata, donde había
guardados tres libros forrados de negra piel de cerdo; los abrimos,
y resultaron libros devotos judíos, escritos en caracteres hebreos,
antiquísimos; al ser interrogado, no negó su culpa el reo; antes
bien, se vanaglorió de ella, diciendo que no había más que un Dios, y
atacando el culto a María Santísima como una idolatría grosera.
—Y aquí entre nosotros, ¿qué opina usted de esa adoración a María
Santísima?
—¿Qué opino yo? _¡Qué sé yo!_—dijo el viejo, encogiéndose de hombros
aún más que la vez primera—. Pero le diré a usted que, bien mirado,
me parece justa y natural. ¿Por qué no? Cualquiera que vaya a visitar
mi iglesia, y la contemple tal como en ella está, _tan bonita, tan
guapita_, tan bien vestida y gentil, con aquellos colores, blanco
y carmín, tan lindos, no necesitará preguntar por qué se adora a
María Santísima. Y, sobre todo, _Don Jorgito mío_, eso es cosa de la
Iglesia y forma parte importante de su sistema.
—¿Y tuvo usted que entender en muchos casos de delitos carnales?
—Entre los seglares, no muchos; sobre los clérigos ejercíamos una
rigurosa vigilancia. Pero, en general, éramos tolerantes en estas
materias, conociendo las muchas flaquezas de la naturaleza humana.
Rara vez castigábamos, salvo en los casos en que la gloria de
la Iglesia y la lealtad a María Santísima hacían absolutamente
inexcusable el castigo.
—¿Cuáles eran esos casos?—pregunté.
—Aludo a la profanación de los palomares, _don Jorge_, y a la
introducción en ellos de carne de contrabando para fines que no eran
ni apropiados ni decentes.
—Vuestra reverencia me perdonará; pero no acabo de entender.
—Me refiero, _don Jorge_, a ciertos actos de perversión practicados
por algunos clérigos en apartados y lejanos _palomares_, en olivares
y huertos; actos condenados, si no recuerdo mal, por San Pablo en su
primera carta al Papa Sixto. Ahora me habrá usted entendido, _don
Jorge_, porque es usted hombre versado en cosas de iglesia.
—Creo que le he entendido a usted—repliqué.
Después de permanecer unos cuantos días más en Córdoba, resolví
continuar mi viaje a Madrid, aunque seguían diciéndome que los
caminos estaban muy inseguros. Me pareció inútil quedarme allí más
tiempo en espera de que se restableciera la normalidad, cosa que
podía no ocurrir nunca. Consulté, pues, con el posadero respecto del
mejor modo de hacer el viaje. «_Don Jorgito_—respondió—, creo que
puedo darle a usted un buen consejo. Usted tiene ganas de marcharse,
según me dice, y yo no acostumbro a retener a mis huéspedes más
tiempo del que buenamente quieren estar en mi casa; proceder de otro
modo sería impropio de un posadero cristiano; eso se queda para los
moros, los _cristinos_ y los _negros_. Para facilitarle a usted el
viaje, _don Jorge_, tengo un plan en la cabeza, y ya, antes de que
me preguntase, había resuelto proponérselo a usted. Mi cuñado tiene
dos caballos, y cuando se le ofrece los da en alquiler; usted puede
alquilarlos, _don Jorge_, y mi cuñado en persona le acompañará para
servirle y darle conversación, por lo que le pagará usted cuarenta
duros. Pero, y esto es lo importante, como en el camino hay muchos
ladrones y _malos sujetos_, tales como Palillos y su gente, hará
usted una obligación, _don Jorge_, comprometiéndose, si los roban y
desvalijan a ustedes, y si los ladrones se quedan con los caballos de
mi cuñado, a hacerle bueno, en cuanto lleguen a Madrid, todo lo que
por seguirle a usted haya perdido. Este es mi plan, _don Jorge_, y no
dudo que su merced lo apruebe, porque está trazado para favorecerle,
y no con miras de lucro para mí ni los míos. En mi cuñado tendrá
usted un gran compañero de viaje; es un hombre muy formal, pertenece
al partido de los buenos, y ha viajado también mucho; porque, entre
nosotros, _don Jorge_, es un poco _contrabandista_, y con frecuencia
trae de contrabando diamantes y piedras preciosas de Portugal a
España, para colocarlas en Córdoba o en Madrid. Conoce todos
los _atajos_, _don Jorge_, y le respetan mucho en las _ventas_ y
_posadas_ del camino. Ahora venga esa mano para cerrar el trato, y en
seguida iré a buscar a mi cuñado para decirle que se disponga a salir
con su merced pasado mañana.»