CAPÍTULO XVII

Córdoba.—Los moros de Berbería.—Los ingleses.—Un cura viejo.—El

breviario romano.—El palomar.—El Santo Oficio.—Judaísmo.—Los

palomares profanados.—Propuesta del posadero.

Poco hay que decir de Córdoba, ciudad pobre, sucia y triste, llena

de angostas callejuelas, sin plazas ni edificios públicos dignos

de atención, salvo y excepto su Catedral, dondequiera famosa; su

emplazamiento es, sin embargo, bello y pintoresco. Corre por un

lado el Guadalquivir, que, si bien poco profundo en estos lugares y

lleno de bancos de arena, no deja de ser un río deleitoso; por el

otro se alzan las escarpadas vertientes de Sierra Morena, plantadas

de olivares hasta la cima. La ciudad está rodeada de altas murallas

moriscas, que pueden tener hasta tres cuartos de legua de desarrollo;

a diferencia de Sevilla y de la mayoría de las ciudades de España,

carece de arrabales.

La Catedral, único edificio notable de Córdoba, como ya he dicho,

es acaso el templo más extraordinario del mundo. Fué en su origen,

como todos saben, una mezquita, erigida en los días más brillantes

de la dominación árabe en España. Era de planta cuadrangular y de

techo bajo, sostenido por infinidad de redondas columnas de mármol,

pequeñas y finas, muchas de las cuales subsisten aún, y ofrecen al

primer golpe de vista la apariencia de un bosque de mármol; la mayor

parte de ellas, sin embargo, fueron quitadas cuando los cristianos,

después de expulsar a los muslimes, quisieron transformar la mezquita

en catedral, como, en efecto, la transformaron parcialmente,

levantando una cúpula y despejando en el interior un cierto espacio

para hacer el coro. Tal como hoy está el templo, parece pertenecer

en parte a Mahoma, y en parte al Nazareno; y aunque la mezcla de la

pesada arquitectura gótica con el aéreo y delicado estilo de los

árabes produce un efecto algo raro, todavía el edificio es magnífico

y grandioso, y muy adecuado para suscitar el respeto y la veneración

en el ánimo del visitante.

Los moros de Berbería parecen cuidarse muy poco de las hazañas

de sus antepasados: sólo piensan en las cosas del día presente,

y únicamente hasta donde esas cosas les conciernen de un modo

personal. El entusiasmo desinteresado y la admiración por cuanto

es grande y bueno, señales verdaderas e inconfundibles de un alma

noble, son sentimientos que en absoluto desconocen. Asombra la

indiferencia con que cruzan ante los restos de la antigua grandeza

mora en España. Ni se exaltan ante las pruebas de lo que en otro

tiempo fueron los moros, ni la conciencia de su situación actual

les entristece. Vienen a Andalucía a vender perfumes, babuchas,

dátiles y sedas de Fez y Marruecos; eso es lo que más les interesa,

aun cuando la mayor parte de estos hombres estén lejos de ser unos

ignorantes y hayan oído y leído lo que ocurría en España en los

antiguos tiempos. Una vez hablaba yo en Madrid con un moro bastante

amigo mío acerca de su visita a la Alhambra de Granada. «¿No lloró

usted—le pregunté—, al pasar por aquellos patios, al acordarse de

los Abencerrajes?» «No—respondió—. ¿Por qué había de llorar?» «¿Y

por qué fué usted a ver la Alhambra?»—pregunté. «Fuí a verla porque

estando en Granada para asuntos míos un compatriota de usted me rogó

que le acompañase a la Alhambra y le tradujese unas inscripciones.

Es seguro que espontáneamente no se me hubiese ocurrido ir, porque

la subida es penosa.» El hombre que me hablaba así compone versos

y no es en modo alguno un poeta despreciable. Otra vez, estando yo

en la catedral de Córdoba, entraron tres moros y la atravesaron

pausadamente, dirigiéndose a la puerta situada en el lado frontero.

Todo su interés por aquel lugar se tradujo en dos o tres ojeadas

ligeras a las columnas, diciendo uno de ellos: «_Huáje del Mselmeen,

huáje del Mselmeen_» (Cosas de los moros, cosas de los moros); y la

única muestra de respeto que dieron por el templo donde en su tiempo

se prosternaba Abderrahman el Grande fué que, al llegar a la puerta,

se volvieron de cara y salieron andando hacia atrás; sin embargo,

aquellos hombres eran _hajis_ y _talibs_, hombres asimismo de grandes

riquezas, que habían leído y viajado, que habían estado en la Meca y

en la gran ciudad de la Nigricia[143].

[143] Alude, probablemente, a Khartum, capital del Sudán. (Nota

de Burke.)

Me detuve en Córdoba mucho más de lo primeramente calculado, porque

no cesaba de recibir noticias acerca de la inseguridad del camino de

Madrid. En poco tiempo escudriñé todos los rincones y escondrijos de

aquella antigua ciudad y adquirí algunas amistades entre la gente

del pueblo, que es mi modo de proceder habitual cuando llego a una

población desconocida. Varias veces subí a Sierra Morena, acompañado

por el hijo del posadero, aquel buen mozo de quien ya he hablado.

Los posaderos, convencidos de que yo participaba de sus opiniones,

me trataban con extremada cortesía; cierto que, en cambio, hube

de prestar oídos a vastos planes carlistas, verdaderas traiciones

contra los poderes constituídos en España; pero todo lo llevé con

paciencia.

—_Don Jorgito_—díjome un día el posadero—, yo quiero mucho a los

ingleses; son mis mejores parroquianos. Es una lástima que no haya

más unión entre España e Inglaterra y que no vengan más ingleses

a visitarnos. ¿No se podría hacer un casorio? El rey entraría en

seguida en Madrid. ¿Por qué no se hacen las _bodas_ del hijo de don

Carlos con la heredera de Inglaterra?

—De esa manera—respondí—vendrían seguramente muchos ingleses a

España, y no sería la primera vez que el hijo de un Carlos se casa

con una princesa de Inglaterra.

El huésped meditó un momento, y luego exclamó:

—_Carracho, Don Jorgito_, si se hiciera ese matrimonio, el rey y yo

tendríamos motivo para tirar el sombrero al aire.

La casa o _posada_ en que yo vivía era sumamente espaciosa, con

infinidad de habitaciones grandes y chicas, pero desamuebladas en

su mayoría. Mi cuarto estaba al final de un corredor inmensamente

largo, como el que por modo admirable se describe en la leyenda

maravillosa de Udolfo[144]. Durante uno o dos días creí que era yo el

único huésped en la casa. Pero una mañana vi sentado en el corredor,

junto a una ventana, a un anciano de singular aspecto, que leía con

atención en un pequeño y abultado volumen. Sus vestidos eran de

grosera tela azul, y llevaba un amplio sobretodo encima de un chaleco

adornado con varias filas de botoncitos de nácar; tenía calados los

espejuelos. Aunque le veía sentado, me di cuenta de que su estatura

rayaba en lo gigantesco.

[144] _The mystery of Udolpho_, por Mrs. Radcliffe

(1764-1823). (Nota de Burke.)

—¿Quién es ese hombre?—pregunté al posadero, al encontrarle poco

después—. ¿Es otro huésped de la casa?

—No puedo decir que sea precisamente un huésped, _Don Jorge de

mi alma_—replicó—; pues, aunque pára en mi casa, no me da nada a

ganar. Ha de saber usted, _Don Jorge_, que éste es uno de dos curas

que había en un pueblo bastante grande[145] no lejos de aquí. Al

entrar en el pueblo las tropas de Gómez, su reverencia salió a su

encuentro revestido, con un libro en la mano, y, a petición de los

soldados, proclamó a Carlos Quinto en la plaza del mercado. El otro

cura era un liberal violento, un _negro_ rematado, y los realistas

le echaron mano, disponiéndose a ahorcarlo. Intervino su reverencia

y obtuvo gracia para su colega, a condición de que gritase _¡Viva

Carlos Quinto!_, y así lo hizo para salvar la vida. Bueno; pues en

cuanto los realistas se fueron, el cura negro montó en una mula,

vino a Córdoba y delató a su reverencia, a pesar de deberle la vida.

Prendieron a su reverencia, trajéronle a Córdoba, y seguramente le

habrían metido en la cárcel común por carlista si yo no hubiera

salido fiador suyo, poniendo que no se marcharía de aquí y se

presentaría cuando le llamaran a responder de los cargos aportados

contra él; y en mi casa está, aunque no pueda llamarle mi huésped,

pues no gano nada con él: toda su comida, que se reduce a unos pocos

huevos, un poco de leche y pan, se la traen a diario del pueblo.

En cuanto a su dinero, no sé de qué color es, aunque, según dicen,

tiene _buenas pesetas_. Con todo, es un santo; siempre está leyendo y

rezando, y es, además, del partido de los buenos. Por eso le tengo en

mi casa, y saldría fiador suyo aunque fuese veinte veces más avaro de

lo que parece.

[145] Puente. (Nota de Burke.)

Al siguiente día, al pasar otra vez por el corredor, vi al viejo

sentado en el mismo sitio, y le saludé. Me devolvió el saludo con

mucha cortesía y cerró el libro, colocándolo en sus rodillas, como

si quisiera trabar conversación. Después de cambiar breves palabras,

tomé el libro para examinarlo.

—No podrá usted sacar mucho provecho de este libro, _Don Jorge_—dijo

el viejo—. No puede usted entenderlo, porque no está escrito en

inglés.

—Ni en español—repliqué—. Pero, respecto a poder entenderlo o no,

¿qué dificultad puede haber en una cosa tan sencilla? Este es el

breviario romano escrito en latín.

—¿Pero entienden los ingleses el latín?—exclamó—. _¡Vaya!_ ¿Quién

hubiera pensado que los luteranos pudiesen entender la lengua de la

Iglesia? _¡Vaya!_ Cuanto más vive uno, más aprende.

—¿Cuántos años tiene vuestra reverencia?—pregunté.

—Ochenta, _Don Jorge_; ochenta años largos.

Esta fué la primera conversación que tuvimos su reverencia y yo.

No tardó en sentir notable inclinación por mí, y me hacía el favor

de acompañarme no pocos ratos. A diferencia de nuestro amigo el

posadero, el cura no gustaba de hablar de política, cosa que no

dejó de sorprenderme, conociendo yo, como conocía, la resuelta y

peligrosa parte que había tomado en la última irrupción carlista en

las cercanías. En cambio, le gustaba mucho platicar acerca de asuntos

eclesiásticos y de los escritos de los Padres.

—He formado en mi casa una pequeña librería, _Don Jorge_, con todos

los escritos de los Padres que me ha sido dable encontrar; su lectura

me sirve de entretenimiento y de consuelo. Cuando pasen estos tristes

días, _Don Jorge_, espero que, si continúa usted por estas partes,

irá a visitarme, y le enseñaré mi modesta colección de los Padres,

y también un palomar, donde crío muchas palomas, que me producen no

pequeño solaz y algún provecho.

—Supongo que al hablarme de su palomar—repuse—, alude usted a su

parroquia, y que por la cría de las palomas representa usted el

cuidado que toma por las almas de sus feligreses, inculcándoles

el temor de Dios y la obediencia a la ley revelada, ocupación

que, naturalmente, le produce a usted muchos solaces y consuelos

espirituales.

—Hablaba sin metáfora, _Don Jorge_—replicó mi interlocutor—. Al decir

que crío muchas palomas, no pretendo significar sino que yo proveo de

pichones el mercado de Córdoba, y a veces el de Sevilla; mis aves son

muy apreciadas, y creo que no hay en todo el reino otras más gordas

ni mejor cebadas. Si fuera usted a mi pueblo, _Don Jorge_, tendría

que hacer alto en una _venta_ donde las probaría seguramente, porque

en mi jurisdicción no consiento más palomares que el mío. Respecto de

las almas de mis feligreses, creo que cumplo con mi deber en cuanto

está de mi parte. Las cosas espirituales me deleitan sobremanera, y

por esta razón me incorporé a la _Santa Casa_ de Córdoba, en la que

he servido durante muchos años.

—¿Vuestra reverencia ha sido inquisidor?—exclamé un poco asombrado.

—Desde los trece años hasta que se suprimió el Santo Oficio en estos

desventurados reinos.

—Me sorprende y me alegra el saberlo—repuse yo—. Nada tan placentero

para mí como hablar con un sacerdote que perteneció antaño a la Santa

Casa de Córdoba.

El viejo, mirándome fijamente, contestó:

—Ya le comprendo a usted, _Don Jorge_. He adivinado hace rato que

usted es de los nuestros. Es usted un santo varón y muy instruído;

aunque crea conveniente hacerse pasar por inglés y luterano, he

penetrado su verdadera condición. Ningún luterano se tomaría por las

cosas de la Iglesia el interés que usted demuestra; y a lo de ser

inglés, digo que ninguno de esa nación puede hablar el castellano,

y menos el latín. Creo que usted es de los nuestros: un sacerdote

misionero; y me confirmo en esta idea, sobre todo, porque le veo a

usted en frecuente conversación con los _gitanos_; parece que hace

usted propaganda entre ellos. Pero viva usted prevenido, _Don Jorge_;

desconfíe de la fe de Egipto; son malos penitentes y me gustan poco.

No le aconsejaría yo a usted que se fiara de ellos.

—No lo intento siquiera—repliqué—; sobre todo en lo tocante al

dinero. Pero, volviendo a cosas más importantes, dígame: ¿de qué

delitos conocía la Santa Casa de Córdoba?

—Supongo que sabrá usted cuáles eran los asuntos propios de la

función del Santo Oficio; por tanto, no necesito decirle que los

delitos en que entendíamos eran los de brujería, judaísmo y ciertos

descarríos carnales.

—¿Qué opinión tiene usted de la brujería? ¿Existe en realidad ese

delito?

—_¡Qué sé yo!_—dijo el viejo encogiéndose de hombros—. La Iglesia

tiene, o al menos tenía, el poder de castigar por algo, fuese real o

irreal, _Don Jorge_; y como era necesario castigar para demostrar que

tenía el poder de hacerlo, ¿qué importaba si el castigo se imponía

por brujería o por otro delito?

—¿Ocurrieron en su tiempo de usted muchos casos de brujería?

—Uno o dos, _Don Jorge_; eran poco frecuentes. El último caso que

recuerdo ocurrió en un convento de Sevilla. Cierta monja tenía la

costumbre de salir volando por la ventana al jardín y de revolotear

en él sobre los naranjos. Se tomó declaración a varios testigos, y en

el proceso, instruído con toda formalidad, quedaron, a mi entender,

bastante bien probados los hechos. Pero de lo que sí estoy cierto es

de que la monja fué castigada.

—¿Les daba a ustedes mucho que hacer el judaísmo en estas partes?

—¡Oh! Lo que más trabajo daba a la Santa Casa era, en efecto, el

judaísmo; sus brotes y ramificaciones son numerosos, no sólo por

aquí, sino en toda España; lo más singular es que hasta en el clero

descubríamos continuamente casos de judaísmo de ambas especies que,

por obligación, teníamos que castigar.

—¿Hay más de una especie de judaísmo?—pregunté.

—Siempre he dividido el judaísmo en dos clases: negro y blanco;

por judaísmo negro entiendo la observancia de la ley de Moisés con

preferencia a los preceptos de la Iglesia; en el judaísmo blanco

entra todo género de herejía, como luteranismo, francmasonería y

otros por el estilo.

—Comprendo fácilmente—dije yo—que muchos sacerdotes acepten los

principios de la Reforma, y que no pocos se hayan dejado extraviar

por las engañosas luces de la filosofía moderna; pero es casi

inconcebible que dentro del clero haya judíos que sigan en secreto

los ritos y prácticas de la ley antigua, aunque ya antes de ahora me

han asegurado que el hecho es cierto.

—Crea usted, _Don Jorge_, que en el clero hay abundancia de judaísmo,

lo mismo del negro que del blanco. Recuerdo que una vez estábamos

registrando la casa de un eclesiástico acusado de judaísmo negro,

y, después de buscar mucho, encontramos debajo del piso una caja

de madera, y en ella un pequeño relicario de plata, donde había

guardados tres libros forrados de negra piel de cerdo; los abrimos,

y resultaron libros devotos judíos, escritos en caracteres hebreos,

antiquísimos; al ser interrogado, no negó su culpa el reo; antes

bien, se vanaglorió de ella, diciendo que no había más que un Dios, y

atacando el culto a María Santísima como una idolatría grosera.

—Y aquí entre nosotros, ¿qué opina usted de esa adoración a María

Santísima?

—¿Qué opino yo? _¡Qué sé yo!_—dijo el viejo, encogiéndose de hombros

aún más que la vez primera—. Pero le diré a usted que, bien mirado,

me parece justa y natural. ¿Por qué no? Cualquiera que vaya a visitar

mi iglesia, y la contemple tal como en ella está, _tan bonita, tan

guapita_, tan bien vestida y gentil, con aquellos colores, blanco

y carmín, tan lindos, no necesitará preguntar por qué se adora a

María Santísima. Y, sobre todo, _Don Jorgito mío_, eso es cosa de la

Iglesia y forma parte importante de su sistema.

—¿Y tuvo usted que entender en muchos casos de delitos carnales?

—Entre los seglares, no muchos; sobre los clérigos ejercíamos una

rigurosa vigilancia. Pero, en general, éramos tolerantes en estas

materias, conociendo las muchas flaquezas de la naturaleza humana.

Rara vez castigábamos, salvo en los casos en que la gloria de

la Iglesia y la lealtad a María Santísima hacían absolutamente

inexcusable el castigo.

—¿Cuáles eran esos casos?—pregunté.

—Aludo a la profanación de los palomares, _don Jorge_, y a la

introducción en ellos de carne de contrabando para fines que no eran

ni apropiados ni decentes.

—Vuestra reverencia me perdonará; pero no acabo de entender.

—Me refiero, _don Jorge_, a ciertos actos de perversión practicados

por algunos clérigos en apartados y lejanos _palomares_, en olivares

y huertos; actos condenados, si no recuerdo mal, por San Pablo en su

primera carta al Papa Sixto. Ahora me habrá usted entendido, _don

Jorge_, porque es usted hombre versado en cosas de iglesia.

—Creo que le he entendido a usted—repliqué.

Después de permanecer unos cuantos días más en Córdoba, resolví

continuar mi viaje a Madrid, aunque seguían diciéndome que los

caminos estaban muy inseguros. Me pareció inútil quedarme allí más

tiempo en espera de que se restableciera la normalidad, cosa que

podía no ocurrir nunca. Consulté, pues, con el posadero respecto del

mejor modo de hacer el viaje. «_Don Jorgito_—respondió—, creo que

puedo darle a usted un buen consejo. Usted tiene ganas de marcharse,

según me dice, y yo no acostumbro a retener a mis huéspedes más

tiempo del que buenamente quieren estar en mi casa; proceder de otro

modo sería impropio de un posadero cristiano; eso se queda para los

moros, los _cristinos_ y los _negros_. Para facilitarle a usted el

viaje, _don Jorge_, tengo un plan en la cabeza, y ya, antes de que

me preguntase, había resuelto proponérselo a usted. Mi cuñado tiene

dos caballos, y cuando se le ofrece los da en alquiler; usted puede

alquilarlos, _don Jorge_, y mi cuñado en persona le acompañará para

servirle y darle conversación, por lo que le pagará usted cuarenta

duros. Pero, y esto es lo importante, como en el camino hay muchos

ladrones y _malos sujetos_, tales como Palillos y su gente, hará

usted una obligación, _don Jorge_, comprometiéndose, si los roban y

desvalijan a ustedes, y si los ladrones se quedan con los caballos de

mi cuñado, a hacerle bueno, en cuanto lleguen a Madrid, todo lo que

por seguirle a usted haya perdido. Este es mi plan, _don Jorge_, y no

dudo que su merced lo apruebe, porque está trazado para favorecerle,

y no con miras de lucro para mí ni los míos. En mi cuñado tendrá

usted un gran compañero de viaje; es un hombre muy formal, pertenece

al partido de los buenos, y ha viajado también mucho; porque, entre

nosotros, _don Jorge_, es un poco _contrabandista_, y con frecuencia

trae de contrabando diamantes y piedras preciosas de Portugal a

España, para colocarlas en Córdoba o en Madrid. Conoce todos

los _atajos_, _don Jorge_, y le respetan mucho en las _ventas_ y

_posadas_ del camino. Ahora venga esa mano para cerrar el trato, y en

seguida iré a buscar a mi cuñado para decirle que se disponga a salir

con su merced pasado mañana.»

La Biblia en España, Tomo I (de 3) O viajes, aventuras y prisiones de un inglés en su intento de difundir las Escrituras por la Península · 第 30 / 33 题