CAPITULO III.

Ellos en aquesto estando

su marido que llegó:

—¿Qué haceis la blanca niña,

hija de padre traidor?

—Señor, peino mis cabellos:

péinolos con gran dolor,

que me dejais á mí sola

y á los montes os vais vos.

_Anónimo._

Hallábase concluida la parte principal del alcázar de Madrid, y

habitábala ya el rey con gran parte de su comitiva siempre que el

placer de la caza le obligaba á venir á esta villa, cosa que le

aconteció algunas veces en su corto reinado.

Entre las habitaciones inmediatas á la de su alteza se contaban

algunas de las principales dignidades de su corte, pero distinguíase

entre todas la de don Enrique de Aragon, llamado comunmente de

Villena: este jóven señor, uno de los mas poderosos y espléndidos

de la época, era tio del rey don Enrique III, y descendiente por

línea recta de don Jaime de Aragon. Su padre don Pedro, casado con

doña Juana, hija bastarda de don Enrique II, y reina despues de

Portugal, habia muerto en la batalla de Aljubarrota. Correspondíale

de derecho á don Enrique el marquesado de Villena, que su abuelo don

Alfonso, primer marqués de ese título, á quien le dió don Enrique II,

habia cedido á su hijo don Pedro, reservándose solo el usufructo por

toda su vida. Pero habiendo el rey don Enrique III en su menor edad

invitado al marqués don Alfonso á que viniese á ejercer su título

de condestable de Castilla que le diera don Juan I, y habiéndose él

negado con frívolos pretestos á tan justa exigencia, se aprovechó

esta ocasion de volver á la corona aquellos ricos dominios, que como

fronteros de Aragon no se creía prudente que estuviesen en poder de

un príncipe de aquel reino. Dióse en compensacion á don Enrique el

señorío de Cangas y Tineo con título de conde, y su muger doña María

de Albornoz le habia traido ademas en dote las villas de Alcocer,

Salmeron, Valdeolivas y otras; con todo lo cual podia justamente

reputársele uno de los mas ricos señores de Castilla. No habia

pensado él nunca en acrecentar sus estados por los medios comunes

en aquel tiempo de conquistas hechas á los moros. Mas cortesano

que guerrero, y mas ambicioso que cortesano, habia desdeñado las

armas, para las cuales no era su carácter muy á propósito, y su

aficion marcada á las letras le habia impedido adquirir aquella

flexibilidad y pulso que requiere la vida de corte. Las lenguas, la

poesía, la historia, las ciencias naturales habian ocupado desde

muy pequeño toda su atencion. Habíase entregado tambien al estudio

de las matemáticas, de la astronomía, y de la poca física y química

que entonces se sabia. Una erudicion tan poco comun en aquel siglo,

en que apenas empezaban á brillar las luces en este suelo, debia

elevarle sobre el vulgo de los demas caballeros sus contemporáneos:

pero fuese que la multitud ignorante propendiese á achacar á

causas sobrenaturales cuanto no estaba á sus alcances, fuese que

efectivamente él tratase de prevalerse y abusar de sus raros

conocimientos para deslumbrar á los demas, el hecho es que corrian

acerca de su persona rumores estraños, que ora podian en verdad

servirle de mucho para sus fines, ora podian tambien perjudicarle

en el concepto de las mas de las gentes, para quienes entonces como

ahora es siempre una triste recomendacion la de ser estraordinario.

No dejaba de ser notado en él á mas de su ambicion, cierto afecto

decidido al bello sexo; y lo que era peor, notábase tambien que nunca

se paró en los medios cuando se trataba de conseguir cualquiera de

esos dos fines, que tenian igualmente dividida su alma ardiente, y

que ocuparon esclusivamente todo el transcurso de su vida.

Hallábase ricamente alhajada la parte que en el alcázar habitaba este

señor; costosos tapices, ostentosas alfombras de Asia, almohadones

de la misma procedencia, cuanto el lujo de la época podia permitir

se hallaba alli reunido con el mayor gusto y primor; ardian

lentamente en los cuatro ángulos del salon principal, pebeteros de

oro que exhalaban aromas deliciosos del oriente, uso que habian

introducido los árabes entre nosotros. A una parte del hogar se

veía una muger jóven y asaz bien parecida, vestida con descuido á

la moda del tiempo, y sentada en una pesada poltrona, notable por

su madera y por el mucho trabajo de adornos y relieves con que se

habia divertido el artista en sobrecargarla: descansaban sus pies

en un lindo taburete, y se hallaba ocupada en una delicada labor

de su sexo. Ayudábala enfrente de ella á su trabajo y á pasar las

horas de la primera noche, otra muger todavía mas sencilla en su

trage, y poco mas ó menos de su misma edad. Todo lo que la primera

le llevaba de ventaja á la segunda en dignidad y riqueza, llevaba

la segunda á la primera en gracia y en hermosura. Tez blanca y mas

suave á la vista que la misma seda; estatura ni alta ni pequeña; pie

proporcionado á sus dimensiones, garganta disculpa del atrevimiento,

y fisonomía llena de alma y de espresion. Su cabello brillaba como el

ébano; sus ojos sin ser negros tenian toda la espresion y fiereza de

tales, sus demas facciones mas que por una estraordinaria pulidez se

distinguian por su regularidad y sus proporciones marcadas, y eran

las que un dibujante llamaria en el dia académicas, ó de estudio. Sus

labios algo gruesos daban á su boca cierta espresion amorosa y de

voluptuosidad, á que nunca pueden pretender los labios delgados y

sutiles; y sus sonrisas frecuentes, llenas de encanto y de dulzura,

manifestaban que no ignoraba cuánto valor tenian las dos filas de

blancos y menudos dientes que en cada una de ellas francamente

descubria. Cierta suave palidez, indicio de que su alma habia sentido

ya los primeros tiros del pesar y de la tristeza, al paso que hacia

resaltar sus vagas sonrisas, interesaba y rendia á todo el que tenia

la desgracia de verla una vez para su eterno tormento.

En el otro estremo del salon bordaban un tapiz varias dueñas y

doncellas en silencio, muestra del respeto que á su señora tenian.

Hablaba esta con su dama favorita, pero en un tono de voz tal, que

hubiera sido muy dificil á las demas personas que al otro lado de

la habitacion se hallaban enlazar y coordinar las pocas palabras

sueltas que llegaban á sus oidos enteras de rato en rato, cuando la

vehemencia en el decir ó alguna rápida esclamacion hacian subir de

punto las entonaciones del diálogo entre las dos establecido.

—Elvira, decia doña María de Albornoz á su camarera, Elvira, ¡cuánta

envidia te tengo!

—¿Envidia, señora? ¿A mí? contestó Elvira con curiosidad.

—Sí: ¿qué puedes desear? Tienes un marido que te ama, y de quien te

casaste enamorada; tu posicion en el mundo te mantiene á cubierto de

los tiros de la ambicion y de las intrigas de corte...

—¿Y es doña María de Albornoz, la rica heredera, y la esposa del

ilustre don Enrique de Villena, quien tiene envidia á la muger de un

hidalgo particular...?

—¿De qué me sirve ser la esposa de ese ilustre don Enrique, si lo soy

solo en el nombre? mira lo que en este momento está pasando; tres

dias hace ya que partió á caza de montería; en esos tres dias Fernan

Perez de Vadillo ha venido dos veces á ver á su muger, y el conde

de Cangas y Tineo prefiere á la vista de la suya la de los javalíes

y ciervos del soto. Elvira, si se hicieran las cosas de dos veces,

doña María de Albornoz no volvería á dar su mano á un hombre cuyos

sentimientos no le fuesen bien conocidos. ¡Maldita razon de estado! A

un hombre de quien no supiese con seguridad que habia de ser el mismo

con ella á los tres años que á los tres dias.

—¿Dónde está, señora, ese caballero? preguntó con distraccion Elvira,

lanzando un suspiro. ¿Dónde está?

—¿Dónde está? repitió asombrada la de Albornoz. ¿Tan dificil crees

encontrar un esposo que me ame mas que don Enrique?

—Si me lo permitís, diré que no sería dificil; pero desde un esposo

que os ame mas que don Enrique, hasta el hombre que buscábais hace

poco, hay la misma distancia que hay desde la idea imaginaria que del

matrimonio os habeis formado, hasta la realidad de lo que es este

vínculo en sí verdaderamente.

—No te entiendo, Elvira.

—¿Y me entenderíais si os dijera que hace tres años que me casé

enamorada con Fernan Perez de Vadillo, y que él no lo estaba menos

segun todas las pruebas que de ello me tenia dadas, y si os añadiese

que ni yo encuentro ya en mi escelente esposo al amante por mas que

le busco, ni él acaso encontrará en mí á la Elvira de nuestros amores?

—¿Qué dices?

—Acaso no podreis concebirlo. Es la verdad sin embargo; estad

segura empero de que en Castilla dificilmente pudierais encontrar

matrimonio mejor avenido; él me estima, y yo no hallo en el mundo

otro que merezca mas mi preferencia. ¡Ah! señora, no está el mal en

él ni en mí: el mal ha de estar, ó en quien nos hizo de esta manera,

ó en quien exige de la flaca humanidad mas de lo que ella puede

dar de sí... Perdonadme, señora; no debiera acaso hablar en estos

términos, pero solo á vos confiaria estos sentimientos, que quisiera

mantener encerrados eternamente en mi corazon. La vida comun, en

la cual cada nuevo sol ilumina en el consorte un nuevo defecto que

la venda de la pasion no nos habia permitido ver la víspera en el

amante, se opondrá siempre á la duracion del amor entre los esposos.

En cambio una estimacion mas sólida y un cariño de otra especie se

establecen entre los desposados, y si ambos tienen alternativamente

la deferencia necesaria para vivir felices, podrá no pesarles de

haberse enlazado para siempre.

—¡Qué consuelo derraman tus palabras en mi corazon, Elvira! Si tú no

te consideras completamente dichosa, creo tener menos motivos para

quejarme; sin embargo, de buena gana te pediria un consejo que creo

necesitar. Si tu esposo te insultase diariamente con su frialdad y su

indiferencia nada menos que galantes, si tus virtudes no te bastasen

á esclavizarle y contenerle en la carrera del deber...

—Redoblaria, señora, esas virtudes mismas: no sé si el cielo me tiene

reservada esa amarga prueba; pero si tal caso llegase, fuerzas le

pediria solo para resistirla y para vencer en generosidad al mal

caballero, que con tan negra ingratitud premiase mi cariño y mi

conducta irreprensible.

—Basta, Elvira, basta: seguiré tu consejo; está en armonía con mis

propios sentimientos. Sí, la paciencia y la resignacion serán mis

primeras virtudes. ¡Ah don Enrique, don Enrique! ¡y qué mal pagais mi

afecto! ¡y qué poco sabeis apreciar la esposa que teneis!

—¡Tened, señora! ¿no oís la señal del conde? ¿no habeis oido una

corneta?

—Imposible: llevan solo tres dias y fueron para cuatro.

—No importa; no he podido equivocarme: no, no me he equivocado: ¿oís

las pesadas cadenas del puente?

—¡Cielos! No le esperaba. ¡Ah! estoy demasiado sencilla: Dios sabe si

no será perdido el trabajo que emplee en adornarme.

—¿Qué decís?

—Sí, llama á mis dueñas.

Acercáronse dos dueñas de las que en la estremidad de la sala

bordaban, á la indicacion que Elvira les hizo levantándose, y

prosiguió la condesa.

—Arreglad mis cabellos, pasadme un vestido con el cual pueda recibir

dignamente á mi esposo: probablemente nos dará lugar: nunca que

viene de fuera deja de dirigirse primero á la cámara del rey para

informarle de su llegada. Jamas me parecerá bastante todo el cuidado

que puedo tener en engalanarme y aparecer á sus ojos armada de las

únicas ventajas que nuestro sexo nos concede. Este mismo cuidado le

probará el aprecio que hago de su amor: acaso vuelva en sí algun dia

avergonzado de su conducta, y acaso no se frustren estas esperanzas

que ahora te parecen infundadas.

Llegaron dos doncellas que en el menor espacio de tiempo posible

recogieron sus hermosos cabellos sobre su frente y los prendieron con

una rica diadema de esmeraldas, sustituyendo asimismo al sencillo

vestido que la cubria otro lujosamente recamado de plata.

Llegad, Guiomar, dijo á una de sus sirvientes doña María de Albornoz,

llegad hasta el alabardero de la cámara del rey, y ved de inquirir

si es efectivamente don Enrique de Villena el caballero que acaba de

entrar en el alcázar, como tengo sobrados motivos para sospecharlo.

Inclinó Guiomar la cabeza y salió á obedecer la orden que se le

acababa de dar.

—¿Puedes comprender, Elvira, la causa que me vuelve á mi esposo un

dia antes de lo que esperaba? ¿acaso habrá amenazado su vida algun

riesgo inesperado?

—No lo temas, señora. En el dia y en este punto de Castilla ningun

miedo puede inspirarnos ni el moro granadino, ni el portugués: y por

parte de los demas grandes, don Enrique está bien en la actualidad

con todos. Acaso el rey le habrá enviado á buscar... algun asunto de

Estado podrá reclamar su presencia.

—Dices bien: me ocurre que la llegada del caballero que á todo correr

entró esta mañana en el alcázar pudiera tener algo de comun con esta

sorpresa...

—¿Qué motivos... tienes, señora, para... presumir...?

—Motivos... ningunos... pero mi corazon me engaña rara vez; y aun si

he de creer á sus presentimientos, nada bueno me anuncia este suceso.

—¿Pero sabes, señora, quién fuese el caballero?

—Hanme dicho solo que venia con un su escudero de Calatrava.

—¿De Calatrava? ¿y no sabes mas...?

—Dicen que es un caballero que viene todo de negro...

—¿De negro?

—Quien me ha dado estos detalles ha dicho que no sabia mas del

particular; pero paréceme, Elvira, que te ha suspendido esta escasa

noticia que apenas basta para fijar mis ideas: ¿conoces algun

caballero de esas señas...?

—No señora... son tan pocas las que me dais...

—Estás sin embargo inmutada...

—Guiomar está aqui ya, interrumpió Elvira, como aprovechando esta

ocasion que la libraba de tener que dar una esplicacion acerca de

este reparo de la condesa... ella nos dará cuenta de...

—Guiomar, dijo levantándose doña María de Albornoz al ver entrar á su

mensagera de vuelta de su comision, Guiomar, ¿es mi esposo quien ha

llegado?

—Sí señora, es don Enrique de Villena...

—Elvira, nuestros esposos.

—No señora, viene solo con su juglar y con el escudero del caballero

del negro penacho que llegó esta mañana al alcázar.

—Mi corazon me decia que tenia algo de comun un suceso con el otro...

¿Y por qué tarda en llegar á los brazos de su esposa, Guiomar?

—Señora, no puedo satisfacer á tu pregunta: ni yo he visto á tu

señor, ni le han visto en la cámara del rey todavía...

—¿No?

—Parece que se ha dirigido en cuanto ha llegado á preguntar por la

habitacion del caballero recien venido de Calatrava.

—¡Qué confusion en mis ideas! Despejad vosotras: siento pasos de

hombres; ellos son: Elvira, permanece tú sola á mi lado.

Oíanse efectivamente las pisadas aceleradas de varias personas,

y se podia inferir que trataban andando cosas de mas que mediana

importancia, porque se paraban de trecho en trecho, volvian á andar y

volvian á pararse, hasta que se les oyó en el dintel mismo del gran

salon. Las dueñas y doncellas salieron á la indicacion de su ama, y

solo la impaciente doña María y su distraida camarera quedaron dentro

con los ojos clavados en la puerta que debia abrirse muy pronto para

dar entrada al esperado esposo.

—Podeis retiraros, dijo al entrar don Enrique de Villena á dos

personas de tres que le acompañaban, y saludándose unos á otros

cortesmente, el conde con su juglar se presentó dentro del salon á la

vista de su consorte anhelante.

—Esposo mio, esclamó doña María previniendo las frias caricias de su

severo esposo: ¿tú en mis brazos tan presto...?

—¿Os pesa, doña María? contestó con risa sardónica el desagradecido

caballero.

—Pesarme á mí de tu venida, yo, que no deseo otra dicha sino tu

presencia, y que solo para tí existo...

—¿Y que solo para tí me engalano, pudierais añadir, hoy que os

encuentro tan prendida sabiendo que estoy en el monte?

—Y si solo tu venida...

—Me es indiferente, señora...

—Indiferente... Ah... venis á insultar como de costumbre á mi dolor y

á mí...

—Acabad...

—Sí, acabaré... á mi necedad...

—Basta; no estamos solos, señora.

—¡Elvira...! dijo la de Albornoz echando sobre su camarera una mirada

de dolor.

—Te entiendo, señora... te esperaré en tu cámara...

Salió Elvira del salon por una puerta que daba á otra pieza

inmediata, con rostro decaido, ora procediese su abatimiento de la

prolongacion imprevista de la ausencia de su esposo, ó lo que es mas

creible, de la esperanza chasqueada que de ver entrar al caballero de

Calatrava habia alimentado inútilmente.

—Ferrus, vos tambien podeis iros, dijo don Enrique á su juglar:

esperadme en mi cámara, pero haced retirar á todo el mundo: que

se acuesten mis donceles y mis pages: vos solo podeis quedaros...

tenemos que tratar materias en que no habemos menester testigos.

—Serás obedecido, dijo el juglar; y salióse dejando á la de Albornoz

retorciendo sus manos en medio de su desesperacion, y con los ojos

clavados en el conde con cierto asombro, nada de estrañar en quien

estaba como ella muy poco acostumbrada á tener con su esposo escenas

solitarias como la que al parecer de intento le preparaba.

—Ya estamos solos, esclamó don Enrique levantándose. Estrañareis

este paso sin duda, la de Albornoz... al llegar aqui calló como sino

estuviera muy resuelto todavía á decir lo que traía pensado, y empezó

á pasearse á lo largo con pasos tendidos y acelerados.

—Perdonadme si no os he respondido mas pronto, contestó su esposa

despues de una ligera pausa: creí que íbais á seguir hablando.

¿Deberé alegrarme de esta inesperada entrevista? ¿Por fin vuestro

corazon, don Enrique, se ha rendido á mi amor? ¿habeis pensado ya

decididamente volver la paz al pecho de vuestra esposa... y cortar de

raiz las rencillas que han amargado hasta ahora nuestra desdichada

union?

—¿Desdichada? maldecida, debierais decir; murmuró entre dientes el

conde, paseándose siempre sin volver los ojos una sola vez á mirar á

su afligida mitad.

—Si tal es vuestro intento, continuó sin oirle la de Albornoz, ¿qué

tardais en venir á los brazos de la muger que mas os ama, y que no ha

amado nunca sino á vos...? Desechad esa dura indiferencia... si algun

rubor de vuestra pasada frialdad os impide darme ese contento, yo os

lo perdono todo.

—Perdon... gritó fuera de sí el conde al oir esta palabra que lo sacó

de su letargo. Perdon... vos á mí... ¿Y sabeis antes si os perdono yo

á vos?

—¡Santo cielo! ¡qué palabras! ¿pues en qué pude yo ser culpable

jamas? ¿en amaros demasiado, en sufriros...? ¡ah! perdonad, pero

soy vuestra esposa y tengo derecho á vuestro amor, ó por lo menos á

vuestra consideracion.

—No se trata ya de amor.

—¿Se ha tratado con vos alguna vez?

—Lo ignoro: solo sé que ha llegado el caso de un rompimiento completo.

—¿Un rompimiento? ¡Desgraciada María...! ¿Y qué causa podreis alegar

para tan indigna conducta...?

—¡María...! gritó don Enrique.

—Sí, sacad el puñal todo: no os contenteis con apretarle en vuestra

mano; aqui teneis el corazon criminal que os ha querido bien; acabad

de una vez con el único estorbo de vuestros intentos... De otra

manera, don Enrique, jamas conseguireis esa separacion; yo quiero

antes saber el motivo que os conduce á...

—Ya lo podeis haber conocido: el estudio que ocupa las horas de mi

vida me impide que me entregue como debiera á la contemplacion de una

belleza terrenal... los hondos arcanos de las ciencias, el objeto

importante de mis tareas misteriosas...

—¿Vos pretendeis embaucar como al vulgo de las gentes á vuestra misma

esposa...? ¡Delirios!

—Bien, señora; pues si no os satisface esa respuesta, os diré

secamente: _mi voluntad_.

—Para ese divorcio que pretendeis, necesitais de la mia...

—Y esa es precisamente la que vengo á pediros...

—¿Yo dar mi consentimiento...?

—Vos... sí.

—Jamas.

—¡María! ¿conoces mi furor? Tú me le darás...

—¡Ah! vos ocultais mal vuestra perfidia: vos amais á otra; no, no

puede tener otro origen ese estraño interes que manifestais...

—¿A otra muger? interrumpió rojo de cólera don Enrique... Cuando don

Enrique de Villena pueda volver al estado de la estupidez y de la

ignorancia de un ente que nace al mundo, entonces amará á una muger...

—Mentís, don Enrique...

—¿Mentís, María, habeis dicho? ¿mentís?

—Nada temo ya: mentís como fementido caballero: yo os he visto mas

de una vez, yo os he visto profanar con miradas de iniquidad la faz

mas pura acaso y celestial que existe sobre la tierra: yo he leido en

vuestros ojos el pecado: no me lo ocultareis...

—¡Silencio!

—Los ojos de una muger que quiere ven mas de lo que pensais los

hombres insensatos é ignorantes en medio de vuestra sabiduría.

—¡Silencio, repito! dijo en voz ronca don Enrique: oid: quiero

conceder vuestras gratuitas suposiciones: ¿pretendeis, imaginais

vencer mi repugnancia á fuerza de amor? si tanto sabeis, no podeis

ignorar que vuestra solicitud sería inútil...

—Lo sé; dad gracias, don Enrique, á que no de ahora lo sé, y á que he

llorado muchas lágrimas que han desahogado mi corazon; que de no, con

mis propias manos yo os hiciera pagar...

—Teneos, María, y acabemos... si lo sabeis, y si ya de mucho tiempo

habeis consentido en ello, de nada servirá vuestra tenacidad: dadme

vuestro consentimiento y retiraos á un monasterio. Los estados de

Salmeron, Alcocer y Valdeolivas que me tragísteis al matrimonio

pagarán espléndidamente vuestra dote.

—Nunca: lo sé, y sé que todos mis esfuerzos serán inútiles; cederé,

sí, cederé á la fuerza de los sucesos; empero nunca pondré yo misma

la primera piedra para el edificio de mi deshonra. Haced, don

Enrique, lo que gusteis; pero puesto que quereis guerra, guerra os

juro de muerte...

—María, es en vano: desprecio tus baladronadas: mira este pergamino:

tu firma hace falta al pie...

—Dejadme... soltad...

—No os ireis sin firmarle.

—¿Cuál es su contenido?

—Una demanda de divorcio que pedís vos misma.

—¿Yo? Soltad.

—No; esclamó don Enrique deteniéndola con una mano mientras la

enseñaba el pergamino estendido sobre la mesa con la otra, en que

relucia su agudo puñal.

—¡Nunca! ¡socorro! ¡Elvira! ¡Elvira! gritó la desesperada condesa,

huyendo hácia la cámara.

—Callad, ó sois muerta, interrumpió con voz reconcentrada el conde

fuera de sí arrojándose delante de ella para impedirle la salida:

callad, ó temblad este puñal.

Pero ya era tarde: la condesa habia llegado al colmo de su

indignacion, que estallaba en aquella coyuntura con tanta mas

fuerza cuanto mayor tiempo habia estado comprimida en el fondo de

su corazon. En vano procuraba taparla la boca su iracundo esposo

imponiéndole repetidas veces la mano sobre los labios: no bien

la separaba, sonidos inarticulados se escapaban del pecho de la

condesa, y resonaban por los ámbitos del salon: en valde trataba el

conde de sujetarla á sus plantas; la condesa, de rodillas conforme

habia caido al querer huir, hacia inconcebibles esfuerzos por

desasirse de aquellos lazos crueles que la detenian.

—¿No firmareis? repitió cuando la tuvo mas sujeta don Enrique: ¿no

firmareis...?

En este momento se oyó una puerta que, girando sobre goznes ruidosos,

iba á dar entrada en el salon á Elvira, que asustada acudia á las

voces de su señora.

—Sí, gritó levantándose la de Albornoz animada con el ruido de la

puerta, que hacia perder asimismo su posicion opresora al conde; sí,

firmaré, firmaré; y añadiendo _pero de esta manera_; y precipitándose

sobre el pergamino lo arrojó al fuego inmediato sin que pudiera

evitarlo don Enrique estupefacto, á quien habia quitado la accion la

inesperada vista de Elvira.

—¿Qué teneis, señora, que dais tantos gritos? preguntó azorada Elvira

echando una mirada esploradora de desconfianza hácia el conde, que

con los brazos cruzados, pero sin pensar en esconder el puñal,

parecia su propia estátua enclavada en medio de su casa.

Arrojóse la condesa en brazos de Elvira sin tener aliento sino para

exhalar tristísimos ayes y profundos suspiros, y regar con abundantes

y ardientes lágrimas el pecho de su camarera, donde ocultó su rostro

avergonzado.

Volvió el conde al mismo tiempo las espaldas, sonriéndose con cierta

espresion sardónica de desprecio y de indignacion, y sin proferir una

sola palabra que pudiese dar á Elvira la clave de lo que entre sus

señores habia pasado; anduvo varios pasos; escondió su puñal en la

vaina, y al llegar á la pared apretó con su dedo un resorte oculto

en la tapicería, el cual cedió y manifestó una puerta de la altura

y ancho de una persona, secretamente practicada en aquella parte.

Por ella desapareció como un espectro que se hunde en una pared,

ó que se borra y desvanece al mirarle detenidamente; que no otra

cosa hubiera parecido el conde al espectador que le hubiera mirado

estando ignorante de la salida misteriosa, la cual no dejó despues de

su desaparicion la menor señal de fractura, raya ó llave por donde

pudiese conocerse que no era obra de magia ó de encantamiento.

[Ilustración]

El doncel de don Enrique el doliente, Tomo I (de 4) Historia caballeresca del siglo quince · 第 8 / 16 题