Ellos en aquesto estando
su marido que llegó:
—¿Qué haceis la blanca niña,
hija de padre traidor?
—Señor, peino mis cabellos:
péinolos con gran dolor,
que me dejais á mí sola
y á los montes os vais vos.
_Anónimo._
Hallábase concluida la parte principal del alcázar de Madrid, y
habitábala ya el rey con gran parte de su comitiva siempre que el
placer de la caza le obligaba á venir á esta villa, cosa que le
aconteció algunas veces en su corto reinado.
Entre las habitaciones inmediatas á la de su alteza se contaban
algunas de las principales dignidades de su corte, pero distinguíase
entre todas la de don Enrique de Aragon, llamado comunmente de
Villena: este jóven señor, uno de los mas poderosos y espléndidos
de la época, era tio del rey don Enrique III, y descendiente por
línea recta de don Jaime de Aragon. Su padre don Pedro, casado con
doña Juana, hija bastarda de don Enrique II, y reina despues de
Portugal, habia muerto en la batalla de Aljubarrota. Correspondíale
de derecho á don Enrique el marquesado de Villena, que su abuelo don
Alfonso, primer marqués de ese título, á quien le dió don Enrique II,
habia cedido á su hijo don Pedro, reservándose solo el usufructo por
toda su vida. Pero habiendo el rey don Enrique III en su menor edad
invitado al marqués don Alfonso á que viniese á ejercer su título
de condestable de Castilla que le diera don Juan I, y habiéndose él
negado con frívolos pretestos á tan justa exigencia, se aprovechó
esta ocasion de volver á la corona aquellos ricos dominios, que como
fronteros de Aragon no se creía prudente que estuviesen en poder de
un príncipe de aquel reino. Dióse en compensacion á don Enrique el
señorío de Cangas y Tineo con título de conde, y su muger doña María
de Albornoz le habia traido ademas en dote las villas de Alcocer,
Salmeron, Valdeolivas y otras; con todo lo cual podia justamente
reputársele uno de los mas ricos señores de Castilla. No habia
pensado él nunca en acrecentar sus estados por los medios comunes
en aquel tiempo de conquistas hechas á los moros. Mas cortesano
que guerrero, y mas ambicioso que cortesano, habia desdeñado las
armas, para las cuales no era su carácter muy á propósito, y su
aficion marcada á las letras le habia impedido adquirir aquella
flexibilidad y pulso que requiere la vida de corte. Las lenguas, la
poesía, la historia, las ciencias naturales habian ocupado desde
muy pequeño toda su atencion. Habíase entregado tambien al estudio
de las matemáticas, de la astronomía, y de la poca física y química
que entonces se sabia. Una erudicion tan poco comun en aquel siglo,
en que apenas empezaban á brillar las luces en este suelo, debia
elevarle sobre el vulgo de los demas caballeros sus contemporáneos:
pero fuese que la multitud ignorante propendiese á achacar á
causas sobrenaturales cuanto no estaba á sus alcances, fuese que
efectivamente él tratase de prevalerse y abusar de sus raros
conocimientos para deslumbrar á los demas, el hecho es que corrian
acerca de su persona rumores estraños, que ora podian en verdad
servirle de mucho para sus fines, ora podian tambien perjudicarle
en el concepto de las mas de las gentes, para quienes entonces como
ahora es siempre una triste recomendacion la de ser estraordinario.
No dejaba de ser notado en él á mas de su ambicion, cierto afecto
decidido al bello sexo; y lo que era peor, notábase tambien que nunca
se paró en los medios cuando se trataba de conseguir cualquiera de
esos dos fines, que tenian igualmente dividida su alma ardiente, y
que ocuparon esclusivamente todo el transcurso de su vida.
Hallábase ricamente alhajada la parte que en el alcázar habitaba este
señor; costosos tapices, ostentosas alfombras de Asia, almohadones
de la misma procedencia, cuanto el lujo de la época podia permitir
se hallaba alli reunido con el mayor gusto y primor; ardian
lentamente en los cuatro ángulos del salon principal, pebeteros de
oro que exhalaban aromas deliciosos del oriente, uso que habian
introducido los árabes entre nosotros. A una parte del hogar se
veía una muger jóven y asaz bien parecida, vestida con descuido á
la moda del tiempo, y sentada en una pesada poltrona, notable por
su madera y por el mucho trabajo de adornos y relieves con que se
habia divertido el artista en sobrecargarla: descansaban sus pies
en un lindo taburete, y se hallaba ocupada en una delicada labor
de su sexo. Ayudábala enfrente de ella á su trabajo y á pasar las
horas de la primera noche, otra muger todavía mas sencilla en su
trage, y poco mas ó menos de su misma edad. Todo lo que la primera
le llevaba de ventaja á la segunda en dignidad y riqueza, llevaba
la segunda á la primera en gracia y en hermosura. Tez blanca y mas
suave á la vista que la misma seda; estatura ni alta ni pequeña; pie
proporcionado á sus dimensiones, garganta disculpa del atrevimiento,
y fisonomía llena de alma y de espresion. Su cabello brillaba como el
ébano; sus ojos sin ser negros tenian toda la espresion y fiereza de
tales, sus demas facciones mas que por una estraordinaria pulidez se
distinguian por su regularidad y sus proporciones marcadas, y eran
las que un dibujante llamaria en el dia académicas, ó de estudio. Sus
labios algo gruesos daban á su boca cierta espresion amorosa y de
voluptuosidad, á que nunca pueden pretender los labios delgados y
sutiles; y sus sonrisas frecuentes, llenas de encanto y de dulzura,
manifestaban que no ignoraba cuánto valor tenian las dos filas de
blancos y menudos dientes que en cada una de ellas francamente
descubria. Cierta suave palidez, indicio de que su alma habia sentido
ya los primeros tiros del pesar y de la tristeza, al paso que hacia
resaltar sus vagas sonrisas, interesaba y rendia á todo el que tenia
la desgracia de verla una vez para su eterno tormento.
En el otro estremo del salon bordaban un tapiz varias dueñas y
doncellas en silencio, muestra del respeto que á su señora tenian.
Hablaba esta con su dama favorita, pero en un tono de voz tal, que
hubiera sido muy dificil á las demas personas que al otro lado de
la habitacion se hallaban enlazar y coordinar las pocas palabras
sueltas que llegaban á sus oidos enteras de rato en rato, cuando la
vehemencia en el decir ó alguna rápida esclamacion hacian subir de
punto las entonaciones del diálogo entre las dos establecido.
—Elvira, decia doña María de Albornoz á su camarera, Elvira, ¡cuánta
envidia te tengo!
—¿Envidia, señora? ¿A mí? contestó Elvira con curiosidad.
—Sí: ¿qué puedes desear? Tienes un marido que te ama, y de quien te
casaste enamorada; tu posicion en el mundo te mantiene á cubierto de
los tiros de la ambicion y de las intrigas de corte...
—¿Y es doña María de Albornoz, la rica heredera, y la esposa del
ilustre don Enrique de Villena, quien tiene envidia á la muger de un
hidalgo particular...?
—¿De qué me sirve ser la esposa de ese ilustre don Enrique, si lo soy
solo en el nombre? mira lo que en este momento está pasando; tres
dias hace ya que partió á caza de montería; en esos tres dias Fernan
Perez de Vadillo ha venido dos veces á ver á su muger, y el conde
de Cangas y Tineo prefiere á la vista de la suya la de los javalíes
y ciervos del soto. Elvira, si se hicieran las cosas de dos veces,
doña María de Albornoz no volvería á dar su mano á un hombre cuyos
sentimientos no le fuesen bien conocidos. ¡Maldita razon de estado! A
un hombre de quien no supiese con seguridad que habia de ser el mismo
con ella á los tres años que á los tres dias.
—¿Dónde está, señora, ese caballero? preguntó con distraccion Elvira,
lanzando un suspiro. ¿Dónde está?
—¿Dónde está? repitió asombrada la de Albornoz. ¿Tan dificil crees
encontrar un esposo que me ame mas que don Enrique?
—Si me lo permitís, diré que no sería dificil; pero desde un esposo
que os ame mas que don Enrique, hasta el hombre que buscábais hace
poco, hay la misma distancia que hay desde la idea imaginaria que del
matrimonio os habeis formado, hasta la realidad de lo que es este
vínculo en sí verdaderamente.
—No te entiendo, Elvira.
—¿Y me entenderíais si os dijera que hace tres años que me casé
enamorada con Fernan Perez de Vadillo, y que él no lo estaba menos
segun todas las pruebas que de ello me tenia dadas, y si os añadiese
que ni yo encuentro ya en mi escelente esposo al amante por mas que
le busco, ni él acaso encontrará en mí á la Elvira de nuestros amores?
—¿Qué dices?
—Acaso no podreis concebirlo. Es la verdad sin embargo; estad
segura empero de que en Castilla dificilmente pudierais encontrar
matrimonio mejor avenido; él me estima, y yo no hallo en el mundo
otro que merezca mas mi preferencia. ¡Ah! señora, no está el mal en
él ni en mí: el mal ha de estar, ó en quien nos hizo de esta manera,
ó en quien exige de la flaca humanidad mas de lo que ella puede
dar de sí... Perdonadme, señora; no debiera acaso hablar en estos
términos, pero solo á vos confiaria estos sentimientos, que quisiera
mantener encerrados eternamente en mi corazon. La vida comun, en
la cual cada nuevo sol ilumina en el consorte un nuevo defecto que
la venda de la pasion no nos habia permitido ver la víspera en el
amante, se opondrá siempre á la duracion del amor entre los esposos.
En cambio una estimacion mas sólida y un cariño de otra especie se
establecen entre los desposados, y si ambos tienen alternativamente
la deferencia necesaria para vivir felices, podrá no pesarles de
haberse enlazado para siempre.
—¡Qué consuelo derraman tus palabras en mi corazon, Elvira! Si tú no
te consideras completamente dichosa, creo tener menos motivos para
quejarme; sin embargo, de buena gana te pediria un consejo que creo
necesitar. Si tu esposo te insultase diariamente con su frialdad y su
indiferencia nada menos que galantes, si tus virtudes no te bastasen
á esclavizarle y contenerle en la carrera del deber...
—Redoblaria, señora, esas virtudes mismas: no sé si el cielo me tiene
reservada esa amarga prueba; pero si tal caso llegase, fuerzas le
pediria solo para resistirla y para vencer en generosidad al mal
caballero, que con tan negra ingratitud premiase mi cariño y mi
conducta irreprensible.
—Basta, Elvira, basta: seguiré tu consejo; está en armonía con mis
propios sentimientos. Sí, la paciencia y la resignacion serán mis
primeras virtudes. ¡Ah don Enrique, don Enrique! ¡y qué mal pagais mi
afecto! ¡y qué poco sabeis apreciar la esposa que teneis!
—¡Tened, señora! ¿no oís la señal del conde? ¿no habeis oido una
corneta?
—Imposible: llevan solo tres dias y fueron para cuatro.
—No importa; no he podido equivocarme: no, no me he equivocado: ¿oís
las pesadas cadenas del puente?
—¡Cielos! No le esperaba. ¡Ah! estoy demasiado sencilla: Dios sabe si
no será perdido el trabajo que emplee en adornarme.
—¿Qué decís?
—Sí, llama á mis dueñas.
Acercáronse dos dueñas de las que en la estremidad de la sala
bordaban, á la indicacion que Elvira les hizo levantándose, y
prosiguió la condesa.
—Arreglad mis cabellos, pasadme un vestido con el cual pueda recibir
dignamente á mi esposo: probablemente nos dará lugar: nunca que
viene de fuera deja de dirigirse primero á la cámara del rey para
informarle de su llegada. Jamas me parecerá bastante todo el cuidado
que puedo tener en engalanarme y aparecer á sus ojos armada de las
únicas ventajas que nuestro sexo nos concede. Este mismo cuidado le
probará el aprecio que hago de su amor: acaso vuelva en sí algun dia
avergonzado de su conducta, y acaso no se frustren estas esperanzas
que ahora te parecen infundadas.
Llegaron dos doncellas que en el menor espacio de tiempo posible
recogieron sus hermosos cabellos sobre su frente y los prendieron con
una rica diadema de esmeraldas, sustituyendo asimismo al sencillo
vestido que la cubria otro lujosamente recamado de plata.
Llegad, Guiomar, dijo á una de sus sirvientes doña María de Albornoz,
llegad hasta el alabardero de la cámara del rey, y ved de inquirir
si es efectivamente don Enrique de Villena el caballero que acaba de
entrar en el alcázar, como tengo sobrados motivos para sospecharlo.
Inclinó Guiomar la cabeza y salió á obedecer la orden que se le
acababa de dar.
—¿Puedes comprender, Elvira, la causa que me vuelve á mi esposo un
dia antes de lo que esperaba? ¿acaso habrá amenazado su vida algun
riesgo inesperado?
—No lo temas, señora. En el dia y en este punto de Castilla ningun
miedo puede inspirarnos ni el moro granadino, ni el portugués: y por
parte de los demas grandes, don Enrique está bien en la actualidad
con todos. Acaso el rey le habrá enviado á buscar... algun asunto de
Estado podrá reclamar su presencia.
—Dices bien: me ocurre que la llegada del caballero que á todo correr
entró esta mañana en el alcázar pudiera tener algo de comun con esta
sorpresa...
—¿Qué motivos... tienes, señora, para... presumir...?
—Motivos... ningunos... pero mi corazon me engaña rara vez; y aun si
he de creer á sus presentimientos, nada bueno me anuncia este suceso.
—¿Pero sabes, señora, quién fuese el caballero?
—Hanme dicho solo que venia con un su escudero de Calatrava.
—¿De Calatrava? ¿y no sabes mas...?
—Dicen que es un caballero que viene todo de negro...
—¿De negro?
—Quien me ha dado estos detalles ha dicho que no sabia mas del
particular; pero paréceme, Elvira, que te ha suspendido esta escasa
noticia que apenas basta para fijar mis ideas: ¿conoces algun
caballero de esas señas...?
—No señora... son tan pocas las que me dais...
—Estás sin embargo inmutada...
—Guiomar está aqui ya, interrumpió Elvira, como aprovechando esta
ocasion que la libraba de tener que dar una esplicacion acerca de
este reparo de la condesa... ella nos dará cuenta de...
—Guiomar, dijo levantándose doña María de Albornoz al ver entrar á su
mensagera de vuelta de su comision, Guiomar, ¿es mi esposo quien ha
llegado?
—Sí señora, es don Enrique de Villena...
—Elvira, nuestros esposos.
—No señora, viene solo con su juglar y con el escudero del caballero
del negro penacho que llegó esta mañana al alcázar.
—Mi corazon me decia que tenia algo de comun un suceso con el otro...
¿Y por qué tarda en llegar á los brazos de su esposa, Guiomar?
—Señora, no puedo satisfacer á tu pregunta: ni yo he visto á tu
señor, ni le han visto en la cámara del rey todavía...
—¿No?
—Parece que se ha dirigido en cuanto ha llegado á preguntar por la
habitacion del caballero recien venido de Calatrava.
—¡Qué confusion en mis ideas! Despejad vosotras: siento pasos de
hombres; ellos son: Elvira, permanece tú sola á mi lado.
Oíanse efectivamente las pisadas aceleradas de varias personas,
y se podia inferir que trataban andando cosas de mas que mediana
importancia, porque se paraban de trecho en trecho, volvian á andar y
volvian á pararse, hasta que se les oyó en el dintel mismo del gran
salon. Las dueñas y doncellas salieron á la indicacion de su ama, y
solo la impaciente doña María y su distraida camarera quedaron dentro
con los ojos clavados en la puerta que debia abrirse muy pronto para
dar entrada al esperado esposo.
—Podeis retiraros, dijo al entrar don Enrique de Villena á dos
personas de tres que le acompañaban, y saludándose unos á otros
cortesmente, el conde con su juglar se presentó dentro del salon á la
vista de su consorte anhelante.
—Esposo mio, esclamó doña María previniendo las frias caricias de su
severo esposo: ¿tú en mis brazos tan presto...?
—¿Os pesa, doña María? contestó con risa sardónica el desagradecido
caballero.
—Pesarme á mí de tu venida, yo, que no deseo otra dicha sino tu
presencia, y que solo para tí existo...
—¿Y que solo para tí me engalano, pudierais añadir, hoy que os
encuentro tan prendida sabiendo que estoy en el monte?
—Y si solo tu venida...
—Me es indiferente, señora...
—Indiferente... Ah... venis á insultar como de costumbre á mi dolor y
á mí...
—Acabad...
—Sí, acabaré... á mi necedad...
—Basta; no estamos solos, señora.
—¡Elvira...! dijo la de Albornoz echando sobre su camarera una mirada
de dolor.
—Te entiendo, señora... te esperaré en tu cámara...
Salió Elvira del salon por una puerta que daba á otra pieza
inmediata, con rostro decaido, ora procediese su abatimiento de la
prolongacion imprevista de la ausencia de su esposo, ó lo que es mas
creible, de la esperanza chasqueada que de ver entrar al caballero de
Calatrava habia alimentado inútilmente.
—Ferrus, vos tambien podeis iros, dijo don Enrique á su juglar:
esperadme en mi cámara, pero haced retirar á todo el mundo: que
se acuesten mis donceles y mis pages: vos solo podeis quedaros...
tenemos que tratar materias en que no habemos menester testigos.
—Serás obedecido, dijo el juglar; y salióse dejando á la de Albornoz
retorciendo sus manos en medio de su desesperacion, y con los ojos
clavados en el conde con cierto asombro, nada de estrañar en quien
estaba como ella muy poco acostumbrada á tener con su esposo escenas
solitarias como la que al parecer de intento le preparaba.
—Ya estamos solos, esclamó don Enrique levantándose. Estrañareis
este paso sin duda, la de Albornoz... al llegar aqui calló como sino
estuviera muy resuelto todavía á decir lo que traía pensado, y empezó
á pasearse á lo largo con pasos tendidos y acelerados.
—Perdonadme si no os he respondido mas pronto, contestó su esposa
despues de una ligera pausa: creí que íbais á seguir hablando.
¿Deberé alegrarme de esta inesperada entrevista? ¿Por fin vuestro
corazon, don Enrique, se ha rendido á mi amor? ¿habeis pensado ya
decididamente volver la paz al pecho de vuestra esposa... y cortar de
raiz las rencillas que han amargado hasta ahora nuestra desdichada
union?
—¿Desdichada? maldecida, debierais decir; murmuró entre dientes el
conde, paseándose siempre sin volver los ojos una sola vez á mirar á
su afligida mitad.
—Si tal es vuestro intento, continuó sin oirle la de Albornoz, ¿qué
tardais en venir á los brazos de la muger que mas os ama, y que no ha
amado nunca sino á vos...? Desechad esa dura indiferencia... si algun
rubor de vuestra pasada frialdad os impide darme ese contento, yo os
lo perdono todo.
—Perdon... gritó fuera de sí el conde al oir esta palabra que lo sacó
de su letargo. Perdon... vos á mí... ¿Y sabeis antes si os perdono yo
á vos?
—¡Santo cielo! ¡qué palabras! ¿pues en qué pude yo ser culpable
jamas? ¿en amaros demasiado, en sufriros...? ¡ah! perdonad, pero
soy vuestra esposa y tengo derecho á vuestro amor, ó por lo menos á
vuestra consideracion.
—No se trata ya de amor.
—¿Se ha tratado con vos alguna vez?
—Lo ignoro: solo sé que ha llegado el caso de un rompimiento completo.
—¿Un rompimiento? ¡Desgraciada María...! ¿Y qué causa podreis alegar
para tan indigna conducta...?
—¡María...! gritó don Enrique.
—Sí, sacad el puñal todo: no os contenteis con apretarle en vuestra
mano; aqui teneis el corazon criminal que os ha querido bien; acabad
de una vez con el único estorbo de vuestros intentos... De otra
manera, don Enrique, jamas conseguireis esa separacion; yo quiero
antes saber el motivo que os conduce á...
—Ya lo podeis haber conocido: el estudio que ocupa las horas de mi
vida me impide que me entregue como debiera á la contemplacion de una
belleza terrenal... los hondos arcanos de las ciencias, el objeto
importante de mis tareas misteriosas...
—¿Vos pretendeis embaucar como al vulgo de las gentes á vuestra misma
esposa...? ¡Delirios!
—Bien, señora; pues si no os satisface esa respuesta, os diré
secamente: _mi voluntad_.
—Para ese divorcio que pretendeis, necesitais de la mia...
—Y esa es precisamente la que vengo á pediros...
—¿Yo dar mi consentimiento...?
—Vos... sí.
—Jamas.
—¡María! ¿conoces mi furor? Tú me le darás...
—¡Ah! vos ocultais mal vuestra perfidia: vos amais á otra; no, no
puede tener otro origen ese estraño interes que manifestais...
—¿A otra muger? interrumpió rojo de cólera don Enrique... Cuando don
Enrique de Villena pueda volver al estado de la estupidez y de la
ignorancia de un ente que nace al mundo, entonces amará á una muger...
—Mentís, don Enrique...
—¿Mentís, María, habeis dicho? ¿mentís?
—Nada temo ya: mentís como fementido caballero: yo os he visto mas
de una vez, yo os he visto profanar con miradas de iniquidad la faz
mas pura acaso y celestial que existe sobre la tierra: yo he leido en
vuestros ojos el pecado: no me lo ocultareis...
—¡Silencio!
—Los ojos de una muger que quiere ven mas de lo que pensais los
hombres insensatos é ignorantes en medio de vuestra sabiduría.
—¡Silencio, repito! dijo en voz ronca don Enrique: oid: quiero
conceder vuestras gratuitas suposiciones: ¿pretendeis, imaginais
vencer mi repugnancia á fuerza de amor? si tanto sabeis, no podeis
ignorar que vuestra solicitud sería inútil...
—Lo sé; dad gracias, don Enrique, á que no de ahora lo sé, y á que he
llorado muchas lágrimas que han desahogado mi corazon; que de no, con
mis propias manos yo os hiciera pagar...
—Teneos, María, y acabemos... si lo sabeis, y si ya de mucho tiempo
habeis consentido en ello, de nada servirá vuestra tenacidad: dadme
vuestro consentimiento y retiraos á un monasterio. Los estados de
Salmeron, Alcocer y Valdeolivas que me tragísteis al matrimonio
pagarán espléndidamente vuestra dote.
—Nunca: lo sé, y sé que todos mis esfuerzos serán inútiles; cederé,
sí, cederé á la fuerza de los sucesos; empero nunca pondré yo misma
la primera piedra para el edificio de mi deshonra. Haced, don
Enrique, lo que gusteis; pero puesto que quereis guerra, guerra os
juro de muerte...
—María, es en vano: desprecio tus baladronadas: mira este pergamino:
tu firma hace falta al pie...
—Dejadme... soltad...
—No os ireis sin firmarle.
—¿Cuál es su contenido?
—Una demanda de divorcio que pedís vos misma.
—¿Yo? Soltad.
—No; esclamó don Enrique deteniéndola con una mano mientras la
enseñaba el pergamino estendido sobre la mesa con la otra, en que
relucia su agudo puñal.
—¡Nunca! ¡socorro! ¡Elvira! ¡Elvira! gritó la desesperada condesa,
huyendo hácia la cámara.
—Callad, ó sois muerta, interrumpió con voz reconcentrada el conde
fuera de sí arrojándose delante de ella para impedirle la salida:
callad, ó temblad este puñal.
Pero ya era tarde: la condesa habia llegado al colmo de su
indignacion, que estallaba en aquella coyuntura con tanta mas
fuerza cuanto mayor tiempo habia estado comprimida en el fondo de
su corazon. En vano procuraba taparla la boca su iracundo esposo
imponiéndole repetidas veces la mano sobre los labios: no bien
la separaba, sonidos inarticulados se escapaban del pecho de la
condesa, y resonaban por los ámbitos del salon: en valde trataba el
conde de sujetarla á sus plantas; la condesa, de rodillas conforme
habia caido al querer huir, hacia inconcebibles esfuerzos por
desasirse de aquellos lazos crueles que la detenian.
—¿No firmareis? repitió cuando la tuvo mas sujeta don Enrique: ¿no
firmareis...?
En este momento se oyó una puerta que, girando sobre goznes ruidosos,
iba á dar entrada en el salon á Elvira, que asustada acudia á las
voces de su señora.
—Sí, gritó levantándose la de Albornoz animada con el ruido de la
puerta, que hacia perder asimismo su posicion opresora al conde; sí,
firmaré, firmaré; y añadiendo _pero de esta manera_; y precipitándose
sobre el pergamino lo arrojó al fuego inmediato sin que pudiera
evitarlo don Enrique estupefacto, á quien habia quitado la accion la
inesperada vista de Elvira.
—¿Qué teneis, señora, que dais tantos gritos? preguntó azorada Elvira
echando una mirada esploradora de desconfianza hácia el conde, que
con los brazos cruzados, pero sin pensar en esconder el puñal,
parecia su propia estátua enclavada en medio de su casa.
Arrojóse la condesa en brazos de Elvira sin tener aliento sino para
exhalar tristísimos ayes y profundos suspiros, y regar con abundantes
y ardientes lágrimas el pecho de su camarera, donde ocultó su rostro
avergonzado.
Volvió el conde al mismo tiempo las espaldas, sonriéndose con cierta
espresion sardónica de desprecio y de indignacion, y sin proferir una
sola palabra que pudiese dar á Elvira la clave de lo que entre sus
señores habia pasado; anduvo varios pasos; escondió su puñal en la
vaina, y al llegar á la pared apretó con su dedo un resorte oculto
en la tapicería, el cual cedió y manifestó una puerta de la altura
y ancho de una persona, secretamente practicada en aquella parte.
Por ella desapareció como un espectro que se hunde en una pared,
ó que se borra y desvanece al mirarle detenidamente; que no otra
cosa hubiera parecido el conde al espectador que le hubiera mirado
estando ignorante de la salida misteriosa, la cual no dejó despues de
su desaparicion la menor señal de fractura, raya ó llave por donde
pudiese conocerse que no era obra de magia ó de encantamiento.
[Ilustración]