CAPITULO II.

De Mántua salió el marqués

Danes Urgél el leale,

allá va á buscar la caza,

á las orillas del mare.

Con él van sus cazadores

con aves para volare,

con él van los sus monteros

con perros para cazare.

_Cancionero de romances._

A fines del siglo XIV estaba la hoy coronada y heróica villa de

Madrid, muy lejos de pretender al lugar preeminente que en la

actualidad ocupa en la lista de los pueblos de la Península. Toda

su importancia estaba reducida á la fama de que gozaban sus espesos

montes, los mas abundantes de Castilla en caza mayor y menor: el

javalí, la corza, el ciervo, hasta el oso feroz hallaban vivienda

y alimento entre sus altos jarales, sus malezas enredadas, y

sus silvestres madroñeros, que han desparecido despues ante la

destructora civilizacion de los siglos posteriores. El implacable

leñador ha derrocado por el suelo con el hacha en la mano la erguida

copa de los pinos y robles corpulentos para satisfacer á las

necesidades de la poblacion, considerablemente acrecentada; y el

hombre ha venido á hollar la magnífica alfombra que la naturaleza

habia tendido sobre su suelo privilegiado: ha tenido fuerzas para

destruir, pero no para reedificar: la naturaleza ha desaparecido

sin que el arte se haya presentado á ocupar su lugar. Inmensos

arenales, oprobio de los siglos cultos, ofrecen hoy su desnuda

superficie al pie del caminante; al servir los árboles de pasto al

fuego insaciable del hogar, los manantiales mismos han torcido su

corriente cristalina ó la han hundido en las entrañas de la madre

tierra, conociendo ya, si se nos permite tan atrevida metáfora, la

inutilidad de su influjo vivificador. Madrit, el antiguo castillo

moro, la pobre y despreciada villa, ciñó mientras fue olvidada de los

hombres la suntuosa guirnalda de verdura con que la naturaleza quiso

engalanarla, y Madrid, la opulenta corte de reyes poderosos, término

de la concurrencia de una nacion estendida, y tumba de sus caudales

inmensos y de los de un mundo nuevo, levanta su frente orgullosa,

coronada de quiméricos laureles, en medio de un yermo espantoso y

semejante al avaro que henchidas de oro las faltriqueras, no ve en

torno de sí do quiera que vuelve los ojos sino miseria y esterilidad.

Al famoso soto de Segovia, que se estendia hasta el Pardo y mas acá,

concurrian los reyes y los grandes de Castilla de todas partes para

lograr el solaz de la cetrería y de la montería, placer privilegiado

y peculiar de los feudales señores de la época.

El sol, rojo como la lumbre, despidiendo sus rayos horizontales por

entre las altas copas de los árboles, marcaba el fin próximo de uno

de los mas hermosos dias del mes de mayo: como á cosa de dos leguas

de Madrid, una hermosa compañía de cazadores ricamente engalanados

y vestidos turbaba todavía la tranquilidad del monte y de la selva;

varias magníficas tiendas levantadas á orillas del Manzanares,

eran indicio de haber durado aquel placer algunos dias: acababa

de practicarse el último ojeo, y puestos los monteros en acecho

esperaban en las encrucijadas á que asomase por alguna parte el

animal para precipitarse sobre él con el venablo aguzado, y rendirle

en tierra del primer golpe. Infinidad de reses de todas especies,

suspendidas fuera y dentro de las tiendas, daban claras muestras de

la destreza de los monteros y de la bienandanza del dia. En una de

ellas preparaban varios manjares y daban vueltas á un largo asador

dos hombres, que asi revolvian con sus brazos arremangados el asador,

como atizaban la brasa, que iba dorando ya el engrasado lomo de la

víctima. Miraban tan interesante operacion otros dos personages; el

uno representaba tener á lo menos treinta años; su aire no comun, su

rostro afable, aunque grave, sus maneras francas y su trage, sobre

todo, daban á entender que podia pertenecer, sino al primer rango de

la sociedad de aquel tiempo, á una buena familia por lo menos; y de

todas suertes se echaba bien de ver á la primera ojeada en todo su

esterior cierta libertad que solo dan la satisfaccion, la holgura, y

la costumbre de frecuentar grandes personages, ya que no se atreviera

el observador á asegurar que él lo fuese. Enfrente de él se hallaba

otro que podria tener veinte y cinco años; su personal era bueno,

y sin embargo no sé qué espresion particular de siniestra osadía

tenia su rostro; una sonrisa asomada de contínuo á sus labios le daba

cierto aire de complacencia obligada, que suponia en él el hábito de

vivir al lado de personas de categoría superior á la suya: una voz

verdaderamente seductora, sobre todo en sus modulaciones, probaba que

no descuidaba medio alguno para captarse la voluntad: sus ojos, entre

pardos y verdes, tenian no sé qué de talento y de misterio, y su

pelo, crespo y de un rojo muy subido, prestaba á la cara que debiera

adornar cierta aspereza y aun ferocidad rechazadora. Vestia un corto

sayo pardo de montero, sujeto en el talle por un cinturon de baqueta

verde, prendido con un gran broche de laton; llevaba unos botines

altos de paño del mismo color del sayo y atacados hasta la rodilla,

un capacete adornado de plumas blancas, y pendia de su cintura un

largo cuchillo de monte.

En el momento en que su conversacion empieza á interesar á nuestra

historia, decia el primero al segundo:

—¿Puedo yo saber, Ferrus, cómo habeis dejado un solo momento el lado

del poderoso conde de Cangas y Tineo...?

—Pardiez, señor Vadillo, me gusta mas ver al javalí en la brasa que

entre la maleza: sobre todo, desde que uno de ellos me rompió el año

pasado junto á Burgos un rico sayo de bellorí, que me habia regalado

el conde mi amo. Desde que me convencí colgado de un roble de que no

habia mediado entre su colmillo y mi persona mas espacio que el que

separa mi ropa de mi cuerpo, juré á todos los santos del Paraiso no

volver á ponerme en el camino de ningun animal de esa especie; son

tan brutos, que asi respetan ellos á un rimador favorito del pariente

del rey, como á un montero adocenado. ¿Y puedo yo hacer la misma

pregunta al señor Fernan Perez de Vadillo, primer escudero de su

señoría?

—Os habeis hecho harto curioso y pregunton, Ferrus. Respondedme

antes á otra pregunta, y despues veré de responderos á la vuestra,

si me place. ¿Habeis visto un palafren que acaba de llegar de Madrid

cubierto de polvo y devorando tierra, no hace medio cuarto de hora?

¿Habéisle conocido?

—Es Hernando, criado del Doncel.

—¿Y á qué vino?

—No lo sé, aunque lo sospecho. Me parece que su amo estaba encargado

por el conde de una comision particular... El maestre de Calatrava

estaba en los últimos...

—Cierto... acaso habrá terminado sus dias...

—Tal vez...

—¿Y qué podria tener eso de comun con la venida de Hernando?

—Mucho; me temo que don Enrique de Villena anda hace tiempo acechando

un maestrazgo.

—¿Sabeis que es casado?

—¿Puedo ignorarlo, señor Fernan Perez? Pero puedo asegurar á todo el

que tenga interes en saberlo, que don Enrique de Villena y su esposa

doña María de Albornoz no son dos amantes...

—¡Chiton! Ferrus, no estamos solos; dijo alarmado el primer escudero

echando una ojeada de desconfianza hácia el parage donde daba vueltas

todavía sobre la brasa el ciervo, impelido del brazo del infatigable

repostero.

—Teneis razon, señor escudero. Nunca me acuerdo de que no es esa

gente el mejor consonante para mis trovas.

—¿Y qué quereis decir con la proposicion que habeis aventurado? dijo

acercándose á él Vadillo, y con tono de voz apenas perceptible.

—Solo sabré deciros, contestó Ferrus con igual misterio, que nuestros

señores no duermen juntos...

—Brava ocasion para chanzas, Ferrus.

—¡Chanzas! ¿eh? Dígalo la señorita Elvira, vuestra misma esposa, que

no se separa un punto de la condesa...

—Coplero, ¿quereis hablar alguna vez con formalidad? ¿y dejará de ser

casado porque no haga vida comun con ella...?

—Decis bien, pero como allá van leyes... no os enojeis, haré por

enfrenar mi lengua. ¿Sabeis la historia del rey don Pedro?

—¿Y bien?

—Casado estaba con doña Blanca de Borbon... y casó sin embargo con la

Padilla...

—¿Y quereis suponer...? ¿Don Enrique sería capaz de imitar al rey

cruel...?

—¿No habria un medio de compostura sin necesidad de que muriese mi

señora doña María? ¿No hay casos en que el divorcio...?

—Mucho sabeis...

—¿Pensais que el rey Enrique III podrá negar muchas cosas á su tio

don Enrique de Villena...?

—No: el prestigio de que goza en la corte es demasiado grande.

—¿Y pensais que el señor Clemente VII se espondria á perder la

amistad y proteccion de Castilla y Aragon en su lucha con Urbano VI,

por tener el gusto de negar una bula de divorcio al conde de Cangas y

Tineo...?

—Por san Pedro, Ferrus, que teneis cabeza de cortesano mas que de

rimador.

—Muchas gracias, señor Fernan. Algunos señores de la corte que me

desprecian cuando pasan delante de mí en el estrado de su alteza, y

que me dan una palmadita en la megilla, diciéndome “_á Dios, Ferrus;

dinos una gracia_,” podrian dar testimonio de mi destreza si supieran

ellos...

—Entiendo: no estoy en ese caso.

—Yo estimo demasiado al primer escudero de mi amo para confundirle

con la caterva de cortesanos, cuyo brillo me ofende, y cuya

insolencia provoca mi venganza.

—¿Y en qué estamos de Hernando y de su comision? interrumpió Vadillo

dándole la mano y apretándosela, como para dar á entender que aquel

apreton de manos debia significar mas que todas las frases vulgares

que en semejantes casos se dicen.

—Ya he dicho que no sé, si no que sospecho que el conde quiere ser

maestre; que Hernando puede traer noticias de la salud de don Gonzalo

de Guzman, y que esta noche no se acostará don Enrique de Villena sin

haber aligerado y repartido la carga de su secreto, si tiene alguno;

tambien quiero ser franco, tal puede ser él que no me sea lícito

confiarle ni á vos mismo. Pero atended. ¿No oís?

—¿Qué es? repuso el escudero escuchando.

—Es la señal de haber salido la pieza; ¿no oís los ladridos de los

sabuesos y la gritería de los monteros?

—En efecto, dijo Vadillo; salgamos, si es que no teneis miedo tambien

de ver á esta distancia la caza.

—Salgamos.

Pasaba efectivamente como á tiro de ballesta un horrendo javalí,

perseguido de una jauría de valientes canes: ya dos de estos habian

probado sus agudas defensas, dando al viento su sangre y sus entrañas

palpitantes: mas de un montero, á punto de dar el golpe que hubiera

terminado la ansiedad en que á todos los tenia la fiera, se habia

visto arrebatado fuera del sendero que ésta seguia por su caballo

espantado. _Por el valle, por el valle se escapa_, gritaban los

ojeadores: y mas de diez cuernos, resonando en medio del silencio de

la selva, habian dado aviso á los impacientes cazadores que en el

llano se hallaban guardando los pasos y salidas. Mucho menos tiempo

del que hemos tardado en describir esta maniobra tardó en desaparecer

á los ojos de nuestros pacíficos observadores por entre la espesura

la encarnizada caterva, cuyos individuos apenas podian percibirse ya

á tal distancia y á aquellas horas.

Perdíanse en la lontananza los cazadores, y el ruido tambien de

sus voces y sus bocinas, cuando salieron de la selva dos ginetes

galopando á mas galopar hácia las tiendas donde se aderezaba el

banquete para la noche, que empezaba ya á convidar al descanso con

sus frescas auras y sus tinieblas, á los fatigados perseguidores de

las inocentes reses del soto de Manzanares.

—¿No os dije yo, gritó Ferrus estirando el cuello y abriendo los

ojos para reconocer á los caballeros, que la venida de Hernando nos

traería novedades de importancia? Mirad hácia la derecha por encima

de ese ribazo, alli, ¿no veis? entre aquellos dos árboles, el uno mas

alto y el otro mas pequeño... mas acá, seguid la indicacion de mi

dedo... ahí... ahí...

—Sí, alli vienen dos galopando...

—¿No reconoceis el plumero encarnado del mas bajo...?

—Sí, él es...

—Hernando es el otro.

—¿Qué apostais á que desde este momento se ha acabado ya la partida

de caza?

—Sin embargo, sabeis que veniamos para cuatro dias, y no llevamos

sino tres.

—En hora buena: pues no vuelva yo á hacer una estancia, ni á probar

vino de Toro en la copa de mi señor, si dormimos esta noche aqui... y

voto va que si tal supiera diera principio á una pierna de esa ánima

en pena, que está purgando en la brasa las corridas inútiles que

habrá hecho dar por el bosque á mas de cuatro cazadores inespertos. Y

lanzó un suspiro clavando sus ojos en el asador, vuelto de espaldas

al sitio de donde venian los cabalgantes.

—¿Qué haceis, Ferrus, ahí distraido? Apartad, apartad, gritó Vadillo

sacudiéndole por un brazo y desviándole del camino mal su agrado.

En esto llegaban los ginetes á las tiendas; y mientras que el uno

de ellos se adelantaba á apearse y tener de la brida el caballo del

otro, Ferrus, ambicioso de servir el primero al recien llegado, ganó

por la delantera al escudero, y tomando el estribo con una mano,

mientras que con la otra descubria su cabeza roja y ensortijada,

acogió con su acostumbrada sonrisa de deferencia una rápida

inclinacion de cabeza y una ojeada de amistosa proteccion que le

dispensó el caballero.

—Ya veo, Ferrus, le dijo éste al apearse, que pudieras desempeñar

este oficio perfectamente si muriesen de repente todos los dignos

escuderos de mi casa; y arrojó al descuido una mirada sardónica hácia

el negligente Vadillo, que con el tapacete en la mano é inclinando el

cuerpo, esperaba sin duda á que le dejase algo que hacer el solícito

poeta...

—No hay duda, señor, contestó Vadillo apreciando en su justo valor

el ligero sarcasmo del caballero, que la costumbre de correr tras

el consonante presta á los poetas cierta agilidad de que nunca podrá

gloriarse un escudero indigno, aunque hijodalgo.

—Aunque hijodalgo, dijo entre dientes Ferrus, pero de modo que pudo

oirlo el que era objeto de la consideracion y respeto de entrambos;

cada uno es hijo de sus obras, y las mias pueden ser tan honradas

como las del primer escudero de Castilla.

—Paz, señores, paz, dijo el caballero; paz entre las musas y los

hijosdalgo. En estos momentos he menester mas que nunca de la union

de mis leales servidores: y quiso repartir un favor á cada uno para

equilibrar el momentáneo desnivel de su constante amistad. Cubríos,

Vadillo; la noche empieza á refrescar, y vuestra salud me es harto

preciosa para sacrificarla á una etiqueta cortesana. Ferrus, toma ese

pliego, y cuando estemos en Madrid me dirás tu opinion acerca de ese

incidente que me anuncian; tú sabrás si es fausto ó desdichado para

nuestros planes.

Cogió Ferrus el pergamino y guardóle en el seno con aire de

satisfaccion, echando una mirada de superioridad sobre el desairado

escudero; superioridad que efectivamente le daba la confianza que

en público acababa de hacer de él su distinguido señor. Pero éste,

atento á la menor circunstancia que pudiera renovar el mal apagado

fuego de la rivalidad de sus súbditos, se apoyó en el brazo de su

escudero, y llevando á la izquierda al ambicioso juglar, y detras á

Hernando con entrambos caballos de las bridas, penetró en una tienda,

á cuya entrada quedó este respetuosamente, esperando las órdenes que

no debian tardar mucho en comunicársele.

La tienda en que entraron, inmediata á aquella donde hemos dicho

que se aprestaban las viandas, se hallaba sencillamente alhajada;

una alfombra que representaba la caza del ciervo, y alegórica por

consiguiente á las circunstancias, ofrecia blando suelo á nuestros

interlocutores; cuatro tapices de estraordinaria dimension decoraban

sus paredes ó lienzos con las historias del sacrificio de Abraham; de

la casta Susana sorprendida en el baño por los viejos; del arca de

Noé; y de la muerte de Holofernes á manos de la valiente y hermosa

Judit. Una mesa artificiosamente trabajada de modo que pudiera

armarse y desarmarse cómodamente para esta clase de espediciones, y

varias banquetas de tijera fáciles de plegar, completaban el ajuar

de aquella vivienda campestre y provisional; una cámara interior,

y reducida, estaba ocupada por un lecho con su cubierta de seda

labrada de damasco. Algunos arcos y ballestas suspendidas aqui y

alli, y varios venablos apoyados en los rincones, daban á entender

á la primera ojeada el objeto de la espedicion que en el campo

detenia por aquellos dias á su dueño. Una armadura completa que en el

lugar preeminente se veía suspendida, manifestaba que la seguridad

personal no era olvidada de los caballeros belicosos del siglo XIV,

ni aun entonces mismo, que se entregaban á los placeres de una época

pacífica y agena de temores de guerra.

—Ferrus, partiremos inmediatamente, dijo el caballero á su confidente.

—¿Sin cenar, señor?

—¡Ferrus...!

—Señor, interrumpió el juglar volviendo en sí de la distraccion y

falta acaso de respeto á que habia dado ocasion la mucha familiaridad

que su amo le consentía; si tus negocios han menester de mi ayuno, y

si mi hambre puede en algo contribuir á su buen éxito, marchemos...

—Naciste para comer, Ferrus: hago mal en creer que tengo un hombre en

tí...

—Pero gran señor, tú propio anduvieras acertado en restaurar tus

fuerzas: el camino hasta Madrid es malo y largo, la noche oscura, y

Dios sabe si malhechores ó enemigos tuyos esperarán á que pasemos

para enviarnos en pos del maestre... si es que ha muerto, añadió

acercándosele al oido, como presumo. ¡Qué mal puede haber en que nos

pillen reforzados!

—En buen hora, bachiller; deja de hablar. Fernan Perez, dispondreis

que al rayar mañana el dia se recoja la batida, y marchareis á

reuniros conmigo lo mas pronto que pudiereis. Ferrus, haz que nos den

un breve refrigerio. Seguiré tu consejo.

No oye el reo su indulto con mas placer que el que esperimentó Ferrus

al escuchar la revocacion de la cruel sentencia, que á dos largas

horas de hambre le condenaba. En pocos minutos se vió cubierta la

mesa de un limpio mantel labrado, y un opíparo trozo de esquisito

morcon curado al fuego se presentó ante los ávidos ojos de nuestros

tres interlocutores. El hidalgo hizo plato á su señor, que no quiso

acelerar para su servicio el fin de la caza, ni se curó de llamar

á los dependientes, á quienes tales oficios de su casa estaban

cometidos: la situacion de su ánimo, devorado al parecer de secretas

ideas, y el deseo de permanecer en la compañía libre y desembarazada

de aquellos en quienes depositaba su confianza, redujo á dos el

número de sus servidores en tan crítica situacion. Luego que el

hidalgo le hubo hecho plato y Ferrus servídole la copa:—Sentaos,

dijo, y cenad, Fernan Perez, que bien podeis poner la mano en el

plato en mi propia mesa. Sentóse respetuosamente al estremo de la

mesa Vadillo, y el favorito permaneció en pie á la derecha de su

señor, recibiendo de su propia mano los mejores bocados que éste por

encima del hombro le alargaba, como pudiera con un perro querido que

hubiera tenido su estatura. Reíase Ferrus empero muy bien de esta

manera de recibir los trozos de la vianda, á tal de recibirlos; sabia

él ademas que lo que hubiera podido parecer desprecio á los ojos

de un observador imparcial, era una distincion cariñosísima que le

colocaba sobre todos los súbditos del caballero. Sin mortificarle

estas ideas dábase priesa á engullir morcon, sin mas interrupcion

que la que exigieron las dos ó tres libaciones que con rico vino de

Toro, entonces muy apreciado, hacia de vez en cuando el taciturno

y distraido personage, cuyo nombre y circunstancias singulares no

tardaremos en poner en claro para nuestros lectores.

Acabóse la corta refaccion sin hablar palabra de una parte ni otra,

sirviéronse las especias, y púsose aquel en pie.

—Partamos.

—Paréceme, gran señor, que harias bien en armarte mejor de lo que

estás, porque ¡vive Dios que no quisiera que se quedara España sin

tan gran trovador! y...

—¡Chiton! Pónme en efecto esa armadura. Quitóse un capotillo propio

de caza; púsose una lóriga ricamente recamada de oro sobre terciopelo

verde; vistió una fuerte cota de menuda malla; ciñó una espada,

y calzó las botas con la espuela de oro, insignia de caballeros

de la mas alta gerarquía. Prevínose tambien contra la intemperie

envolviéndose en un tabardo de belarte, y despues que Ferrus se

hubo armado, aunque mas á la ligera, montaron en sus caballos y se

despidieron de Fernan Perez, encargándole sobre todo que en manera

alguna dejase de estar á la mañana siguiente en la cámara de su

grandeza á la hora comun de levantarse; prometiólo Vadillo, besándole

el estremo de la lóriga, y al son de las cornetas de los cazadores

que daban ya la señal de recogida á los monteros desparcidos, picaron

de espuela nuestros viajeros seguidos de Hernando.

Ya era á la sazon cerrada y oscura la noche: no dicen nuestras

leyendas que les acaeciese cosa particular que digna de contar sea.

Ferrus trató varias veces de aventurar alguna frase truhanesca, de

aquellas que solian provocar el humor festivo de su señor; pero el

silencio absoluto de éste le probó otras tantas que no era ocasion

de bufonadas, y que la cabeza del caballero, sumamente ocupada

con las revueltas ideas á que habia dado lugar el pliego que tan

intempestivamente habia venido á arrancarle del centro de sus

placeres, estaba mas para resolver silenciosamente alguna enredada

cuestion de propio interes, que para prestar atencion á sus gracias

pasageras. Resignóse, pues, con su suerte, y era tanto el silencio

y la igualdad de las pisadas de sus trotones, que en medio de

las tinieblas nadie hubiera imaginado que podia provenir de tres

distintas personas aquel uniforme y monótono compas de pies.

Dos horas habrian transcurrido desde su salida de las tiendas, cuando

dando en las puertas de Madrid llegaron á entrar por el cubo de la

Almudena, y dirigiéndose al alcázar que á la sazon reedificaba el

rey don Enrique III en esta humilde villa, llegó el principal de los

viajeros á sus labios el cuerno, que á este fin no dejaba nunca de

llevar un caballero, é hizo la señal de uso en aquellos tiempos; la

cual oida y respondida en la forma acostumbrada, no tardaron mucho en

resonar las pesadas cadenas, que inclinando el puente levadizo dieron

facil entrada en el alcázar á nuestros personages: dirigiéronse

inmediatamente á las habitaciones interiores sin interrumpir el

silencio de su viaje, sino con el ruido de sus fuertes pisadas, cuyo

eco resonaba por las galerías, donde los dejaremos, difiriendo para

el capítulo siguiente la prosecucion del cuento de nuestra historia.

[Ilustración]

El doncel de don Enrique el doliente, Tomo I (de 4) Historia caballeresca del siglo quince · 第 7 / 16 题