De Mántua salió el marqués
Danes Urgél el leale,
allá va á buscar la caza,
á las orillas del mare.
Con él van sus cazadores
con aves para volare,
con él van los sus monteros
con perros para cazare.
_Cancionero de romances._
A fines del siglo XIV estaba la hoy coronada y heróica villa de
Madrid, muy lejos de pretender al lugar preeminente que en la
actualidad ocupa en la lista de los pueblos de la Península. Toda
su importancia estaba reducida á la fama de que gozaban sus espesos
montes, los mas abundantes de Castilla en caza mayor y menor: el
javalí, la corza, el ciervo, hasta el oso feroz hallaban vivienda
y alimento entre sus altos jarales, sus malezas enredadas, y
sus silvestres madroñeros, que han desparecido despues ante la
destructora civilizacion de los siglos posteriores. El implacable
leñador ha derrocado por el suelo con el hacha en la mano la erguida
copa de los pinos y robles corpulentos para satisfacer á las
necesidades de la poblacion, considerablemente acrecentada; y el
hombre ha venido á hollar la magnífica alfombra que la naturaleza
habia tendido sobre su suelo privilegiado: ha tenido fuerzas para
destruir, pero no para reedificar: la naturaleza ha desaparecido
sin que el arte se haya presentado á ocupar su lugar. Inmensos
arenales, oprobio de los siglos cultos, ofrecen hoy su desnuda
superficie al pie del caminante; al servir los árboles de pasto al
fuego insaciable del hogar, los manantiales mismos han torcido su
corriente cristalina ó la han hundido en las entrañas de la madre
tierra, conociendo ya, si se nos permite tan atrevida metáfora, la
inutilidad de su influjo vivificador. Madrit, el antiguo castillo
moro, la pobre y despreciada villa, ciñó mientras fue olvidada de los
hombres la suntuosa guirnalda de verdura con que la naturaleza quiso
engalanarla, y Madrid, la opulenta corte de reyes poderosos, término
de la concurrencia de una nacion estendida, y tumba de sus caudales
inmensos y de los de un mundo nuevo, levanta su frente orgullosa,
coronada de quiméricos laureles, en medio de un yermo espantoso y
semejante al avaro que henchidas de oro las faltriqueras, no ve en
torno de sí do quiera que vuelve los ojos sino miseria y esterilidad.
Al famoso soto de Segovia, que se estendia hasta el Pardo y mas acá,
concurrian los reyes y los grandes de Castilla de todas partes para
lograr el solaz de la cetrería y de la montería, placer privilegiado
y peculiar de los feudales señores de la época.
El sol, rojo como la lumbre, despidiendo sus rayos horizontales por
entre las altas copas de los árboles, marcaba el fin próximo de uno
de los mas hermosos dias del mes de mayo: como á cosa de dos leguas
de Madrid, una hermosa compañía de cazadores ricamente engalanados
y vestidos turbaba todavía la tranquilidad del monte y de la selva;
varias magníficas tiendas levantadas á orillas del Manzanares,
eran indicio de haber durado aquel placer algunos dias: acababa
de practicarse el último ojeo, y puestos los monteros en acecho
esperaban en las encrucijadas á que asomase por alguna parte el
animal para precipitarse sobre él con el venablo aguzado, y rendirle
en tierra del primer golpe. Infinidad de reses de todas especies,
suspendidas fuera y dentro de las tiendas, daban claras muestras de
la destreza de los monteros y de la bienandanza del dia. En una de
ellas preparaban varios manjares y daban vueltas á un largo asador
dos hombres, que asi revolvian con sus brazos arremangados el asador,
como atizaban la brasa, que iba dorando ya el engrasado lomo de la
víctima. Miraban tan interesante operacion otros dos personages; el
uno representaba tener á lo menos treinta años; su aire no comun, su
rostro afable, aunque grave, sus maneras francas y su trage, sobre
todo, daban á entender que podia pertenecer, sino al primer rango de
la sociedad de aquel tiempo, á una buena familia por lo menos; y de
todas suertes se echaba bien de ver á la primera ojeada en todo su
esterior cierta libertad que solo dan la satisfaccion, la holgura, y
la costumbre de frecuentar grandes personages, ya que no se atreviera
el observador á asegurar que él lo fuese. Enfrente de él se hallaba
otro que podria tener veinte y cinco años; su personal era bueno,
y sin embargo no sé qué espresion particular de siniestra osadía
tenia su rostro; una sonrisa asomada de contínuo á sus labios le daba
cierto aire de complacencia obligada, que suponia en él el hábito de
vivir al lado de personas de categoría superior á la suya: una voz
verdaderamente seductora, sobre todo en sus modulaciones, probaba que
no descuidaba medio alguno para captarse la voluntad: sus ojos, entre
pardos y verdes, tenian no sé qué de talento y de misterio, y su
pelo, crespo y de un rojo muy subido, prestaba á la cara que debiera
adornar cierta aspereza y aun ferocidad rechazadora. Vestia un corto
sayo pardo de montero, sujeto en el talle por un cinturon de baqueta
verde, prendido con un gran broche de laton; llevaba unos botines
altos de paño del mismo color del sayo y atacados hasta la rodilla,
un capacete adornado de plumas blancas, y pendia de su cintura un
largo cuchillo de monte.
En el momento en que su conversacion empieza á interesar á nuestra
historia, decia el primero al segundo:
—¿Puedo yo saber, Ferrus, cómo habeis dejado un solo momento el lado
del poderoso conde de Cangas y Tineo...?
—Pardiez, señor Vadillo, me gusta mas ver al javalí en la brasa que
entre la maleza: sobre todo, desde que uno de ellos me rompió el año
pasado junto á Burgos un rico sayo de bellorí, que me habia regalado
el conde mi amo. Desde que me convencí colgado de un roble de que no
habia mediado entre su colmillo y mi persona mas espacio que el que
separa mi ropa de mi cuerpo, juré á todos los santos del Paraiso no
volver á ponerme en el camino de ningun animal de esa especie; son
tan brutos, que asi respetan ellos á un rimador favorito del pariente
del rey, como á un montero adocenado. ¿Y puedo yo hacer la misma
pregunta al señor Fernan Perez de Vadillo, primer escudero de su
señoría?
—Os habeis hecho harto curioso y pregunton, Ferrus. Respondedme
antes á otra pregunta, y despues veré de responderos á la vuestra,
si me place. ¿Habeis visto un palafren que acaba de llegar de Madrid
cubierto de polvo y devorando tierra, no hace medio cuarto de hora?
¿Habéisle conocido?
—Es Hernando, criado del Doncel.
—¿Y á qué vino?
—No lo sé, aunque lo sospecho. Me parece que su amo estaba encargado
por el conde de una comision particular... El maestre de Calatrava
estaba en los últimos...
—Cierto... acaso habrá terminado sus dias...
—Tal vez...
—¿Y qué podria tener eso de comun con la venida de Hernando?
—Mucho; me temo que don Enrique de Villena anda hace tiempo acechando
un maestrazgo.
—¿Sabeis que es casado?
—¿Puedo ignorarlo, señor Fernan Perez? Pero puedo asegurar á todo el
que tenga interes en saberlo, que don Enrique de Villena y su esposa
doña María de Albornoz no son dos amantes...
—¡Chiton! Ferrus, no estamos solos; dijo alarmado el primer escudero
echando una ojeada de desconfianza hácia el parage donde daba vueltas
todavía sobre la brasa el ciervo, impelido del brazo del infatigable
repostero.
—Teneis razon, señor escudero. Nunca me acuerdo de que no es esa
gente el mejor consonante para mis trovas.
—¿Y qué quereis decir con la proposicion que habeis aventurado? dijo
acercándose á él Vadillo, y con tono de voz apenas perceptible.
—Solo sabré deciros, contestó Ferrus con igual misterio, que nuestros
señores no duermen juntos...
—Brava ocasion para chanzas, Ferrus.
—¡Chanzas! ¿eh? Dígalo la señorita Elvira, vuestra misma esposa, que
no se separa un punto de la condesa...
—Coplero, ¿quereis hablar alguna vez con formalidad? ¿y dejará de ser
casado porque no haga vida comun con ella...?
—Decis bien, pero como allá van leyes... no os enojeis, haré por
enfrenar mi lengua. ¿Sabeis la historia del rey don Pedro?
—¿Y bien?
—Casado estaba con doña Blanca de Borbon... y casó sin embargo con la
Padilla...
—¿Y quereis suponer...? ¿Don Enrique sería capaz de imitar al rey
cruel...?
—¿No habria un medio de compostura sin necesidad de que muriese mi
señora doña María? ¿No hay casos en que el divorcio...?
—Mucho sabeis...
—¿Pensais que el rey Enrique III podrá negar muchas cosas á su tio
don Enrique de Villena...?
—No: el prestigio de que goza en la corte es demasiado grande.
—¿Y pensais que el señor Clemente VII se espondria á perder la
amistad y proteccion de Castilla y Aragon en su lucha con Urbano VI,
por tener el gusto de negar una bula de divorcio al conde de Cangas y
Tineo...?
—Por san Pedro, Ferrus, que teneis cabeza de cortesano mas que de
rimador.
—Muchas gracias, señor Fernan. Algunos señores de la corte que me
desprecian cuando pasan delante de mí en el estrado de su alteza, y
que me dan una palmadita en la megilla, diciéndome “_á Dios, Ferrus;
dinos una gracia_,” podrian dar testimonio de mi destreza si supieran
ellos...
—Entiendo: no estoy en ese caso.
—Yo estimo demasiado al primer escudero de mi amo para confundirle
con la caterva de cortesanos, cuyo brillo me ofende, y cuya
insolencia provoca mi venganza.
—¿Y en qué estamos de Hernando y de su comision? interrumpió Vadillo
dándole la mano y apretándosela, como para dar á entender que aquel
apreton de manos debia significar mas que todas las frases vulgares
que en semejantes casos se dicen.
—Ya he dicho que no sé, si no que sospecho que el conde quiere ser
maestre; que Hernando puede traer noticias de la salud de don Gonzalo
de Guzman, y que esta noche no se acostará don Enrique de Villena sin
haber aligerado y repartido la carga de su secreto, si tiene alguno;
tambien quiero ser franco, tal puede ser él que no me sea lícito
confiarle ni á vos mismo. Pero atended. ¿No oís?
—¿Qué es? repuso el escudero escuchando.
—Es la señal de haber salido la pieza; ¿no oís los ladridos de los
sabuesos y la gritería de los monteros?
—En efecto, dijo Vadillo; salgamos, si es que no teneis miedo tambien
de ver á esta distancia la caza.
—Salgamos.
Pasaba efectivamente como á tiro de ballesta un horrendo javalí,
perseguido de una jauría de valientes canes: ya dos de estos habian
probado sus agudas defensas, dando al viento su sangre y sus entrañas
palpitantes: mas de un montero, á punto de dar el golpe que hubiera
terminado la ansiedad en que á todos los tenia la fiera, se habia
visto arrebatado fuera del sendero que ésta seguia por su caballo
espantado. _Por el valle, por el valle se escapa_, gritaban los
ojeadores: y mas de diez cuernos, resonando en medio del silencio de
la selva, habian dado aviso á los impacientes cazadores que en el
llano se hallaban guardando los pasos y salidas. Mucho menos tiempo
del que hemos tardado en describir esta maniobra tardó en desaparecer
á los ojos de nuestros pacíficos observadores por entre la espesura
la encarnizada caterva, cuyos individuos apenas podian percibirse ya
á tal distancia y á aquellas horas.
Perdíanse en la lontananza los cazadores, y el ruido tambien de
sus voces y sus bocinas, cuando salieron de la selva dos ginetes
galopando á mas galopar hácia las tiendas donde se aderezaba el
banquete para la noche, que empezaba ya á convidar al descanso con
sus frescas auras y sus tinieblas, á los fatigados perseguidores de
las inocentes reses del soto de Manzanares.
—¿No os dije yo, gritó Ferrus estirando el cuello y abriendo los
ojos para reconocer á los caballeros, que la venida de Hernando nos
traería novedades de importancia? Mirad hácia la derecha por encima
de ese ribazo, alli, ¿no veis? entre aquellos dos árboles, el uno mas
alto y el otro mas pequeño... mas acá, seguid la indicacion de mi
dedo... ahí... ahí...
—Sí, alli vienen dos galopando...
—¿No reconoceis el plumero encarnado del mas bajo...?
—Sí, él es...
—Hernando es el otro.
—¿Qué apostais á que desde este momento se ha acabado ya la partida
de caza?
—Sin embargo, sabeis que veniamos para cuatro dias, y no llevamos
sino tres.
—En hora buena: pues no vuelva yo á hacer una estancia, ni á probar
vino de Toro en la copa de mi señor, si dormimos esta noche aqui... y
voto va que si tal supiera diera principio á una pierna de esa ánima
en pena, que está purgando en la brasa las corridas inútiles que
habrá hecho dar por el bosque á mas de cuatro cazadores inespertos. Y
lanzó un suspiro clavando sus ojos en el asador, vuelto de espaldas
al sitio de donde venian los cabalgantes.
—¿Qué haceis, Ferrus, ahí distraido? Apartad, apartad, gritó Vadillo
sacudiéndole por un brazo y desviándole del camino mal su agrado.
En esto llegaban los ginetes á las tiendas; y mientras que el uno
de ellos se adelantaba á apearse y tener de la brida el caballo del
otro, Ferrus, ambicioso de servir el primero al recien llegado, ganó
por la delantera al escudero, y tomando el estribo con una mano,
mientras que con la otra descubria su cabeza roja y ensortijada,
acogió con su acostumbrada sonrisa de deferencia una rápida
inclinacion de cabeza y una ojeada de amistosa proteccion que le
dispensó el caballero.
—Ya veo, Ferrus, le dijo éste al apearse, que pudieras desempeñar
este oficio perfectamente si muriesen de repente todos los dignos
escuderos de mi casa; y arrojó al descuido una mirada sardónica hácia
el negligente Vadillo, que con el tapacete en la mano é inclinando el
cuerpo, esperaba sin duda á que le dejase algo que hacer el solícito
poeta...
—No hay duda, señor, contestó Vadillo apreciando en su justo valor
el ligero sarcasmo del caballero, que la costumbre de correr tras
el consonante presta á los poetas cierta agilidad de que nunca podrá
gloriarse un escudero indigno, aunque hijodalgo.
—Aunque hijodalgo, dijo entre dientes Ferrus, pero de modo que pudo
oirlo el que era objeto de la consideracion y respeto de entrambos;
cada uno es hijo de sus obras, y las mias pueden ser tan honradas
como las del primer escudero de Castilla.
—Paz, señores, paz, dijo el caballero; paz entre las musas y los
hijosdalgo. En estos momentos he menester mas que nunca de la union
de mis leales servidores: y quiso repartir un favor á cada uno para
equilibrar el momentáneo desnivel de su constante amistad. Cubríos,
Vadillo; la noche empieza á refrescar, y vuestra salud me es harto
preciosa para sacrificarla á una etiqueta cortesana. Ferrus, toma ese
pliego, y cuando estemos en Madrid me dirás tu opinion acerca de ese
incidente que me anuncian; tú sabrás si es fausto ó desdichado para
nuestros planes.
Cogió Ferrus el pergamino y guardóle en el seno con aire de
satisfaccion, echando una mirada de superioridad sobre el desairado
escudero; superioridad que efectivamente le daba la confianza que
en público acababa de hacer de él su distinguido señor. Pero éste,
atento á la menor circunstancia que pudiera renovar el mal apagado
fuego de la rivalidad de sus súbditos, se apoyó en el brazo de su
escudero, y llevando á la izquierda al ambicioso juglar, y detras á
Hernando con entrambos caballos de las bridas, penetró en una tienda,
á cuya entrada quedó este respetuosamente, esperando las órdenes que
no debian tardar mucho en comunicársele.
La tienda en que entraron, inmediata á aquella donde hemos dicho
que se aprestaban las viandas, se hallaba sencillamente alhajada;
una alfombra que representaba la caza del ciervo, y alegórica por
consiguiente á las circunstancias, ofrecia blando suelo á nuestros
interlocutores; cuatro tapices de estraordinaria dimension decoraban
sus paredes ó lienzos con las historias del sacrificio de Abraham; de
la casta Susana sorprendida en el baño por los viejos; del arca de
Noé; y de la muerte de Holofernes á manos de la valiente y hermosa
Judit. Una mesa artificiosamente trabajada de modo que pudiera
armarse y desarmarse cómodamente para esta clase de espediciones, y
varias banquetas de tijera fáciles de plegar, completaban el ajuar
de aquella vivienda campestre y provisional; una cámara interior,
y reducida, estaba ocupada por un lecho con su cubierta de seda
labrada de damasco. Algunos arcos y ballestas suspendidas aqui y
alli, y varios venablos apoyados en los rincones, daban á entender
á la primera ojeada el objeto de la espedicion que en el campo
detenia por aquellos dias á su dueño. Una armadura completa que en el
lugar preeminente se veía suspendida, manifestaba que la seguridad
personal no era olvidada de los caballeros belicosos del siglo XIV,
ni aun entonces mismo, que se entregaban á los placeres de una época
pacífica y agena de temores de guerra.
—Ferrus, partiremos inmediatamente, dijo el caballero á su confidente.
—¿Sin cenar, señor?
—¡Ferrus...!
—Señor, interrumpió el juglar volviendo en sí de la distraccion y
falta acaso de respeto á que habia dado ocasion la mucha familiaridad
que su amo le consentía; si tus negocios han menester de mi ayuno, y
si mi hambre puede en algo contribuir á su buen éxito, marchemos...
—Naciste para comer, Ferrus: hago mal en creer que tengo un hombre en
tí...
—Pero gran señor, tú propio anduvieras acertado en restaurar tus
fuerzas: el camino hasta Madrid es malo y largo, la noche oscura, y
Dios sabe si malhechores ó enemigos tuyos esperarán á que pasemos
para enviarnos en pos del maestre... si es que ha muerto, añadió
acercándosele al oido, como presumo. ¡Qué mal puede haber en que nos
pillen reforzados!
—En buen hora, bachiller; deja de hablar. Fernan Perez, dispondreis
que al rayar mañana el dia se recoja la batida, y marchareis á
reuniros conmigo lo mas pronto que pudiereis. Ferrus, haz que nos den
un breve refrigerio. Seguiré tu consejo.
No oye el reo su indulto con mas placer que el que esperimentó Ferrus
al escuchar la revocacion de la cruel sentencia, que á dos largas
horas de hambre le condenaba. En pocos minutos se vió cubierta la
mesa de un limpio mantel labrado, y un opíparo trozo de esquisito
morcon curado al fuego se presentó ante los ávidos ojos de nuestros
tres interlocutores. El hidalgo hizo plato á su señor, que no quiso
acelerar para su servicio el fin de la caza, ni se curó de llamar
á los dependientes, á quienes tales oficios de su casa estaban
cometidos: la situacion de su ánimo, devorado al parecer de secretas
ideas, y el deseo de permanecer en la compañía libre y desembarazada
de aquellos en quienes depositaba su confianza, redujo á dos el
número de sus servidores en tan crítica situacion. Luego que el
hidalgo le hubo hecho plato y Ferrus servídole la copa:—Sentaos,
dijo, y cenad, Fernan Perez, que bien podeis poner la mano en el
plato en mi propia mesa. Sentóse respetuosamente al estremo de la
mesa Vadillo, y el favorito permaneció en pie á la derecha de su
señor, recibiendo de su propia mano los mejores bocados que éste por
encima del hombro le alargaba, como pudiera con un perro querido que
hubiera tenido su estatura. Reíase Ferrus empero muy bien de esta
manera de recibir los trozos de la vianda, á tal de recibirlos; sabia
él ademas que lo que hubiera podido parecer desprecio á los ojos
de un observador imparcial, era una distincion cariñosísima que le
colocaba sobre todos los súbditos del caballero. Sin mortificarle
estas ideas dábase priesa á engullir morcon, sin mas interrupcion
que la que exigieron las dos ó tres libaciones que con rico vino de
Toro, entonces muy apreciado, hacia de vez en cuando el taciturno
y distraido personage, cuyo nombre y circunstancias singulares no
tardaremos en poner en claro para nuestros lectores.
Acabóse la corta refaccion sin hablar palabra de una parte ni otra,
sirviéronse las especias, y púsose aquel en pie.
—Partamos.
—Paréceme, gran señor, que harias bien en armarte mejor de lo que
estás, porque ¡vive Dios que no quisiera que se quedara España sin
tan gran trovador! y...
—¡Chiton! Pónme en efecto esa armadura. Quitóse un capotillo propio
de caza; púsose una lóriga ricamente recamada de oro sobre terciopelo
verde; vistió una fuerte cota de menuda malla; ciñó una espada,
y calzó las botas con la espuela de oro, insignia de caballeros
de la mas alta gerarquía. Prevínose tambien contra la intemperie
envolviéndose en un tabardo de belarte, y despues que Ferrus se
hubo armado, aunque mas á la ligera, montaron en sus caballos y se
despidieron de Fernan Perez, encargándole sobre todo que en manera
alguna dejase de estar á la mañana siguiente en la cámara de su
grandeza á la hora comun de levantarse; prometiólo Vadillo, besándole
el estremo de la lóriga, y al son de las cornetas de los cazadores
que daban ya la señal de recogida á los monteros desparcidos, picaron
de espuela nuestros viajeros seguidos de Hernando.
Ya era á la sazon cerrada y oscura la noche: no dicen nuestras
leyendas que les acaeciese cosa particular que digna de contar sea.
Ferrus trató varias veces de aventurar alguna frase truhanesca, de
aquellas que solian provocar el humor festivo de su señor; pero el
silencio absoluto de éste le probó otras tantas que no era ocasion
de bufonadas, y que la cabeza del caballero, sumamente ocupada
con las revueltas ideas á que habia dado lugar el pliego que tan
intempestivamente habia venido á arrancarle del centro de sus
placeres, estaba mas para resolver silenciosamente alguna enredada
cuestion de propio interes, que para prestar atencion á sus gracias
pasageras. Resignóse, pues, con su suerte, y era tanto el silencio
y la igualdad de las pisadas de sus trotones, que en medio de
las tinieblas nadie hubiera imaginado que podia provenir de tres
distintas personas aquel uniforme y monótono compas de pies.
Dos horas habrian transcurrido desde su salida de las tiendas, cuando
dando en las puertas de Madrid llegaron á entrar por el cubo de la
Almudena, y dirigiéndose al alcázar que á la sazon reedificaba el
rey don Enrique III en esta humilde villa, llegó el principal de los
viajeros á sus labios el cuerno, que á este fin no dejaba nunca de
llevar un caballero, é hizo la señal de uso en aquellos tiempos; la
cual oida y respondida en la forma acostumbrada, no tardaron mucho en
resonar las pesadas cadenas, que inclinando el puente levadizo dieron
facil entrada en el alcázar á nuestros personages: dirigiéronse
inmediatamente á las habitaciones interiores sin interrumpir el
silencio de su viaje, sino con el ruido de sus fuertes pisadas, cuyo
eco resonaba por las galerías, donde los dejaremos, difiriendo para
el capítulo siguiente la prosecucion del cuento de nuestra historia.
[Ilustración]