Los ojos azules.
Mi cuerpo y mi corazon, dixo el rey á Zadig... Oyendo estas palabras
no pudo ménos el Babilonio de interrumpir á su magestad, y de decirle:
¡Ouanto celebro que no hayáis dicho mi alma y mi corazon, porque no
oimos mas voces que estas en las conversaciones de Babilonia, ni
leemos libros que no traten del corazon y el alma, escritos por
autores que ni uno ni otra tienen; pero perdonadme, Señor, y
proseguid. Nabuzan continuó: Mi cuerpo y mi corazon son propensos al
amor; á la primera de estas dos potencias le sobran satisfacciones,
que tengo cien mugeres á mi disposicion, hermosas todas,
complacientes, obsequiosas, y voluptuosas, ó fingiendo que lo son
conmigo. No es empero mi corazon tan afortunado, porque tengo sobrada
experiencia de que el halagado es el rey de Serendib, y que hacen
poquisimo aprecio de Nabuzan. No por eso digo que sean infieles mis
mugeres, puesto que quisiera encontrar una que me quisiera por mí
propio, y diera por ella las cien beldades que poseo. Decidme si en
mis cien sultanas hay una que de veras me quiera.
Respondióle Zadig lo mismo que acerca del ministro de hacienda. Señor,
dexadlo á mi cargo; pero permitidme primero que disponga de todas las
riquezas que se expusiéron en la galería de la tentacion, y no dudeis
de que os daré buena cuenta de ellas, y no perderéis un ardite. Dióle
el rey amplías facultades, y escogió Zadig treinta y tres jorobados de
los mas feos de Serendib, treinta y tres pages de los mas lindos, y
treinta y tres de los mas eloqüentes y forzudos bonzos. Dexóles á
todos facultad de introducirse en los retretes de las sultanas; dió á
cada jorobado quatro mil monedas de oro que regalar, y el primer dia
fuéron todos felices. Los pages que no tenian otra dádiva que hacer
que la de su persona, tardáron dos ó tres dias en conseguir lo que
solicitaban; y tuviéron mas dificultad en salir non la suya los
bonzos; pero al cabo se les rindiéron treinta y tres devotas.
Presenció el rey todas estas pruebas por unas celosías que daban en
los aposentos de las sultanas, y se quedó atónito, que de sus cien
mugeres las noventa y nueve se rindiéron á su presencia. Quedaba una
muy jóven y muy novicia, á la qual nunca habia tocado su magestad:
arrimáronse á ella uno, dos y tres jorobados, ofrecréndole hasta
veinte mil monedas; pero se mantuvo incorruptible, riéndose de la idea
de los jorobados que creían que su dinero los hacia mas bonitos.
Presentáronse los dos mas lindos pages, y les dixo que le parecia el
rey mas lindo. Acometióla luego el bonzo mas eloqüente, y despues el
mas intrépido: al primero le trató de parlanchin, y no pudo entender
qual fuese el mérito del segundo. Todo se cifra en el corazon, dixo:
yo no he de ceder ni al oro de un jorobado, ni á la hermosura de un
page, ni á las artes de un bonzo; ni he de querer á nadie mas que á
Nabuzan; hijo de Nuzanab, esperando á que él me corresponda. Quedó el
rey embargado en júbilo, cariño y admiracion. Volvió á tomar todo el
dinero con que habian comprado los jorobados su buena ventura, y se le
regaló á la hermosa Falida, que así se llamaba esta beldad. Dióle con
él su corazon, que merecia de sobra, porque nunca se vió juventud mas
brillante y mas florida que la suya, nunca hermosura que mas digna de
prendar fuese. Verdad es que no calla la historia que hacia mal una
cortesía; pero confiesa que baylaba como las hadas, cantaba como las
sirenas, y hablaba como las Gracias, y estaba colmada de habilidades y
virtud.
Adorábala el amado Nabuzan; pero tenia Falida ojos azules, lo qual
causó las mas funestas desgracias. Estaba prohibido por una antigua
ley de Serendib, que se enamoraran de una de las mugeres que llamáron
luego los Griegos BOOPES; y hacia mas de cinco mil años que habia
promulgado esta ley el sumo bonzo, por apropiarse para sí la dama del
primer rey de la isla de Serendib; de suerte que el anatema de los
ojos azules se habia hecho ley fundamental del estado. Todas las
clases del estado hiciéron enérgicas representaciones á Nabuzan; y
públicamente se decia que era llegada la fatal catástrofe del reyno,
que estaba colmada la medida de la abominacion, que un siniestro
suceso amenazaba la naturaleza; en una palabra, que Nabuzan, hijo de
Nuzanab, estaba enamorado de dos ojos azules rasgados. Los jorobados,
los bonzos, los asentistas, y las ojinegras inficionáron de
mal-contentos el reyno entero.
El descontento universal animó á los pueblos salvages que viven al
norte de Serendib á invadir los estados del buen Nabuzan. Pidió
subsidios á sus vasallos, y los bonzos que eran dueños de la mìtad de
las rentas del estado, se contentáron con levantar las manos al cielo,
y se negáron á llevar su dinero al erario para sacar de ahogo al rey.
Cantáron lindas oraciones en música, y dexáron que los bárbaros
asolaran el estado.
Querido Zadig, ¿me sacarás de este horrible apuro? le dixo en
lastimoso tono Nabuzan. Con mucho gusto, respondió Zadig; los bonzos
os darán quanto dinero querais. Abandonad las tierras donde tienen
levantados sus palacios, y no defendais mas que las vuestras. Hízolo
así Nabuzan; y quando viniéron los bonzos á echarse á sus plantas,
implorando su asistencia, les respondió el rey con una soberbia música
cuya letra eran oraciones al cielo, rogando por la conservacion de sus
tierras. Entónces los bonzos diéron dinero, y se concluyó con
felicidad la guerra. De esta suerte por sus prudentes y dichosos
consejos, y por los mas señalados servicios, se habia acarreado Zadig
la irreconciliable enemiga de los mas poderosos del estado: juráron su
pérdida los bonzos y las oji-negras, desacreditáronle jorobados y
asentistas, y le hiciéron sospechoso al buen Nabuzan. Los servicios
que el hombre hace se quedan en la antesala, y las sospechas penetran
al gabinete, segun dice Zoroastro. Todos los dias eran acusaciones
nuevas; la primera se repele, la segunda hace mella, la tercera hiere,
y la quarta mata.
Asustado Zadig, que habia puesto en auge los asuntos de su amigo, y
enviádole su dinero, no pensó mas que en partirse de la isla, y en ir
á saber en persona noticias de Astarte; porque si permanezco en
Serendib, decia, me harán empalar los bonzos. ¿Pero adonde iré? en
Egipto seré esclavo, en Arabia segun las apariencias quemado, y
ahorcado en Babilonia. Con todo menester es saber qué ha sido de
Astarte: partámonos, y apuremos lo que me destina mi suerte fatal.