CAPITULO XV.

Los ojos azules.

Mi cuerpo y mi corazon, dixo el rey á Zadig... Oyendo estas palabras

no pudo ménos el Babilonio de interrumpir á su magestad, y de decirle:

¡Ouanto celebro que no hayáis dicho mi alma y mi corazon, porque no

oimos mas voces que estas en las conversaciones de Babilonia, ni

leemos libros que no traten del corazon y el alma, escritos por

autores que ni uno ni otra tienen; pero perdonadme, Señor, y

proseguid. Nabuzan continuó: Mi cuerpo y mi corazon son propensos al

amor; á la primera de estas dos potencias le sobran satisfacciones,

que tengo cien mugeres á mi disposicion, hermosas todas,

complacientes, obsequiosas, y voluptuosas, ó fingiendo que lo son

conmigo. No es empero mi corazon tan afortunado, porque tengo sobrada

experiencia de que el halagado es el rey de Serendib, y que hacen

poquisimo aprecio de Nabuzan. No por eso digo que sean infieles mis

mugeres, puesto que quisiera encontrar una que me quisiera por mí

propio, y diera por ella las cien beldades que poseo. Decidme si en

mis cien sultanas hay una que de veras me quiera.

Respondióle Zadig lo mismo que acerca del ministro de hacienda. Señor,

dexadlo á mi cargo; pero permitidme primero que disponga de todas las

riquezas que se expusiéron en la galería de la tentacion, y no dudeis

de que os daré buena cuenta de ellas, y no perderéis un ardite. Dióle

el rey amplías facultades, y escogió Zadig treinta y tres jorobados de

los mas feos de Serendib, treinta y tres pages de los mas lindos, y

treinta y tres de los mas eloqüentes y forzudos bonzos. Dexóles á

todos facultad de introducirse en los retretes de las sultanas; dió á

cada jorobado quatro mil monedas de oro que regalar, y el primer dia

fuéron todos felices. Los pages que no tenian otra dádiva que hacer

que la de su persona, tardáron dos ó tres dias en conseguir lo que

solicitaban; y tuviéron mas dificultad en salir non la suya los

bonzos; pero al cabo se les rindiéron treinta y tres devotas.

Presenció el rey todas estas pruebas por unas celosías que daban en

los aposentos de las sultanas, y se quedó atónito, que de sus cien

mugeres las noventa y nueve se rindiéron á su presencia. Quedaba una

muy jóven y muy novicia, á la qual nunca habia tocado su magestad:

arrimáronse á ella uno, dos y tres jorobados, ofrecréndole hasta

veinte mil monedas; pero se mantuvo incorruptible, riéndose de la idea

de los jorobados que creían que su dinero los hacia mas bonitos.

Presentáronse los dos mas lindos pages, y les dixo que le parecia el

rey mas lindo. Acometióla luego el bonzo mas eloqüente, y despues el

mas intrépido: al primero le trató de parlanchin, y no pudo entender

qual fuese el mérito del segundo. Todo se cifra en el corazon, dixo:

yo no he de ceder ni al oro de un jorobado, ni á la hermosura de un

page, ni á las artes de un bonzo; ni he de querer á nadie mas que á

Nabuzan; hijo de Nuzanab, esperando á que él me corresponda. Quedó el

rey embargado en júbilo, cariño y admiracion. Volvió á tomar todo el

dinero con que habian comprado los jorobados su buena ventura, y se le

regaló á la hermosa Falida, que así se llamaba esta beldad. Dióle con

él su corazon, que merecia de sobra, porque nunca se vió juventud mas

brillante y mas florida que la suya, nunca hermosura que mas digna de

prendar fuese. Verdad es que no calla la historia que hacia mal una

cortesía; pero confiesa que baylaba como las hadas, cantaba como las

sirenas, y hablaba como las Gracias, y estaba colmada de habilidades y

virtud.

Adorábala el amado Nabuzan; pero tenia Falida ojos azules, lo qual

causó las mas funestas desgracias. Estaba prohibido por una antigua

ley de Serendib, que se enamoraran de una de las mugeres que llamáron

luego los Griegos BOOPES; y hacia mas de cinco mil años que habia

promulgado esta ley el sumo bonzo, por apropiarse para sí la dama del

primer rey de la isla de Serendib; de suerte que el anatema de los

ojos azules se habia hecho ley fundamental del estado. Todas las

clases del estado hiciéron enérgicas representaciones á Nabuzan; y

públicamente se decia que era llegada la fatal catástrofe del reyno,

que estaba colmada la medida de la abominacion, que un siniestro

suceso amenazaba la naturaleza; en una palabra, que Nabuzan, hijo de

Nuzanab, estaba enamorado de dos ojos azules rasgados. Los jorobados,

los bonzos, los asentistas, y las ojinegras inficionáron de

mal-contentos el reyno entero.

El descontento universal animó á los pueblos salvages que viven al

norte de Serendib á invadir los estados del buen Nabuzan. Pidió

subsidios á sus vasallos, y los bonzos que eran dueños de la mìtad de

las rentas del estado, se contentáron con levantar las manos al cielo,

y se negáron á llevar su dinero al erario para sacar de ahogo al rey.

Cantáron lindas oraciones en música, y dexáron que los bárbaros

asolaran el estado.

Querido Zadig, ¿me sacarás de este horrible apuro? le dixo en

lastimoso tono Nabuzan. Con mucho gusto, respondió Zadig; los bonzos

os darán quanto dinero querais. Abandonad las tierras donde tienen

levantados sus palacios, y no defendais mas que las vuestras. Hízolo

así Nabuzan; y quando viniéron los bonzos á echarse á sus plantas,

implorando su asistencia, les respondió el rey con una soberbia música

cuya letra eran oraciones al cielo, rogando por la conservacion de sus

tierras. Entónces los bonzos diéron dinero, y se concluyó con

felicidad la guerra. De esta suerte por sus prudentes y dichosos

consejos, y por los mas señalados servicios, se habia acarreado Zadig

la irreconciliable enemiga de los mas poderosos del estado: juráron su

pérdida los bonzos y las oji-negras, desacreditáronle jorobados y

asentistas, y le hiciéron sospechoso al buen Nabuzan. Los servicios

que el hombre hace se quedan en la antesala, y las sospechas penetran

al gabinete, segun dice Zoroastro. Todos los dias eran acusaciones

nuevas; la primera se repele, la segunda hace mella, la tercera hiere,

y la quarta mata.

Asustado Zadig, que habia puesto en auge los asuntos de su amigo, y

enviádole su dinero, no pensó mas que en partirse de la isla, y en ir

á saber en persona noticias de Astarte; porque si permanezco en

Serendib, decia, me harán empalar los bonzos. ¿Pero adonde iré? en

Egipto seré esclavo, en Arabia segun las apariencias quemado, y

ahorcado en Babilonia. Con todo menester es saber qué ha sido de

Astarte: partámonos, y apuremos lo que me destina mi suerte fatal.

Zadig, ó El Destino, Historia Oriental · 第 29 / 36 题