El bayle.
Tenia que ir Setoc para negocios de su tráfico á la isla de Serendib;
pero el primer mes de casados, que, como ya llevamos dicho, es la luna
de miel, no le dexó ni separarse de su muger, ni aun presumir que
podria separarse un dia de ella. Rogó por tanto á su amigo Zadig que
hiciera por el este viage. ¡Ay! decia Zadig: ¿con que aun he de poner
mas tierra entre la hermosa Astarte y yo? Pero es fuerza que sirva á
mis bienhechores. Así dixo, lloró, y se partió.
A poco tiempo de haber aportado á la isla de Serendib, era tenido por
hombre muy superior. Escogiéronle los negociantes por su árbitro, los
sabios por su amigo, y el corto número de aquellos que piden consejo
por su consejero. Quiso el rey verle y oirle, y conoció en breve
quanto valia Zadig; se fió de su discrecion, y le hizo amigo suyo.
Temblaba Zadig de la llaneza y la estimacion con que le trataba el
rey, pensando de noche y de dia en las desventuras que le habia
acarreado la amistad de Moabdar. El rey me quiere, decia; ¿seré un
hombre perdido? Con todo no se podia zafar de los halagos de su
magestad, porque debemos confesar que era uno de los mas cumplidos
príncipes del Asia Nabuzan, rey de Serendib, hijo de Nuzanah, hijo de
Nabuzan, hijo de Sambusna; y era difícil que á quien le trataba, de
cerca no le prendase.
Sin cesar elogiaban, engañaban y robaban á este buen príncipe; y cada
qual metia la mano como á porfía en el erario. El principal ministro
de hacienda de la isla de Serendib daba este precioso exemplo, y todos
los subalternos le imitaban con fervor. El rey, que lo sabia, habia
mudado varias veces de ministro, pero nunca habia podido mudar el
estilo admitido de dividir las rentas reales en dos partes desiguales;
la mas pequeña para su magestad, y la mayor para sus administradores.
Fió el buen rey Nabuzan su cuita del sabio Zadig. Vos que tantas cosas
sabeis, le dixo, ¿no sabríais modo para que tope yo con un tesorero
que no me robe? Sí por cierto, respondió Zadig; un modo infalible sé
de buscaros uno que tenga las manos limpias. Contentísimo el rey le
preguntó, dándole un abrazo, como haria. No hay mas, replicó Zadig,
que hacer baylar á quantos pretenden la dignidad de tesorero; y el que
con mas ligereza baylare, será infaliblemente el mas hombre de bien.
Os estais burlando, dixo el rey: ¡donoso modo por cierto de elegir un
ministro de hacienda! ¿Con que el que mas listo fuere para dar
cabriolas en el ayre ha de ser el mas integro y mas hábil
administrador? No digo yo que haya de ser el mas hábil, replicó Zadig,
pero lo que sí aseguro es que indubitablemente ha de ser el mas
honrado. Tanta era la confianza con que lo decia Zadig, que se
persuadió el rey á que poseía algun secreto sobrenatural para conocer
á los administradores. Yo no gusto de cosas sobrenaturales, dixo
Zadig, ni he podido nunca llevar en paciencia ni los hombres que hacen
milagros, ni los libros que los mentan: y si quiere vuestra magestad
permitir que haga la prueba, quedará convencido de que mi secreto es
tan fácil como sencillo. Mas se pasmó Nabuzan, rey de Serendib, al oir
que era sencillo el secreto, que si le hubiera dicho que era
milagroso. Está bien, le dixo, haced lo que os parezca. Dexadlo estar,
que ganaréis con esta prueba mas de lo que pensais. Aquel mismo dia
mandó pregonar en nombre del rey, que todos quantos aspiraban al
empleo de principal ministro de las rentas de su sacra magestad
Nabuzan, hijo de Nuzanab, viniesen con vestidos ligeros de seda á la
antecámara del rey, el primer dia de la luna del crocodílo. Acudiéron
en número de sesenta y quatro. Estaban los músicos en una sala
inmediata, y dispuesto todo para un bayle; pero estaba cerrada la
puerta de la sala, y para entrar en ella habia que atravesar una
galería bastante obscura. Vino un uxier á conducir uno tras de otro á
cada candidato por este pasadizo, donde le dexaba solo algunos
minutos. El rey que estaba avisado, habia hecho poner todos sus
tesoros en la galería. Quando llegáron los pretendientes á la sala,
mandó su magestad que baylaran, y nunca se habian visto baylarines mas
topos ni con ménos desenvoltura; todos andaban la cabeza baxa, las
espaldas corvas, y las manos pegadas al cuerpo. ¡Qué bribones! decia
en voz baxa Zadig. Uno solo hacia con agilidad las mudanzas, levantada
la cabeza, sereno el mirar, derecho el cuerpo, y firmes las rodillas.
¡Qué hombre tan de bien, qué honrado sugeto! dixo Zadig. Dió el rey un
abrazo á este buen baylarin, y le nombró su tesorero: todos los demas
fuéron justamente castigados y multados, porque miéntras que habian
estado en la galería, habia llenado cada uno sus bolsillos, y apénas
podia dar paso. Compadecióse el rey de la humana naturaleza,
contemplando que de sesenta y quatro baylarines los sesenta y tres
eran ladrones rateros, y se dió á la galería obscura el título de
corredor de la tentacion. En Persia hubieran empalado á los sesenta y
tres magnates; en otros paises, hubieran nombrado un juzgado, que
hubiera consumido en costas el triplo del dinero robado, y no hubiera
puesto un maravedí en las arcas reales; en otros, se hubieran
justificado plenamente, y hubiera caido de la gracia el ágil baylirin:
en Serendib fuéron condenados á aumentar el fisco, porque era Nabuzan
muy elemente.
No era ménos agradecido, y dió á Zadig una suma mas quantiosa que
nunra habia robado tesorero ninguno al rey su amo. Valióse de este
dinero Zadig para enviar á Babilonia expresos que le informaran de la
suerte de Astarte. Al dar esta órden le tembló la voz, se le agolpó la
sangre hácia el corazon, se cubriéron de un tenebroso velo sus ojos, y
se paró á punto de muerte. Partióse el correo, vióle embarcar Zadig, y
se volvió á palacio, donde sin ver á nadie, y creyendo que estaba en
su aposento, pronunció el nombre de amor. Si, el amor, dixo el rey; de
eso justamente se trata, y habeis adivinado la causa de mi pena. ¡Qué
grande hombre sois! Espero que me enseñeis á conocer una muger firme,
como me habeis hecho hallar un tesorero desinteresado. Volviendo en sí
Zadig le prometió servirle en su amor como habia hecho en real
hacienda, aunque parecia la empresa mas ardua todavía.