ABRAHAM LINCOLN[75]

_Abraham Lincoln_ by John T. Morse Jr. 2 vols. Boston, 1893.

[75] En el trabajo con que comienza este volumen se ha tratado de

la vida de Lincoln hasta su primera elección á la Presidencia de

los Estados Unidos; el presente ensayo, además de ser breve estudio

de las principales biografías, cuando no aspira á considerar en

conjunto la vida de Lincoln, versa más bien sobre la escena final.

Entre las numerosas biografías de Lincoln publicadas en los Estados

Unidos la que con la firma del editor de la colección de volúmenes

titulada _American Statesmen_ ha salido de las prensas de Cambridge en

Massachusetts, y cuyo título va al frente de estas líneas, se distingue

por la armonía de sus proporciones y la amenidad de su estilo. Debe á

estas cualidades rango especial entre todas, á igual distancia de la

voluminosa y densa que, con más altas pretensiones y el nombre de

"Historia", han escrito dos que fueron secretarios particulares del

Presidente, John Nicolay y John Hay, y del trabajo utilísimo aunque

informe y poco literario de Herndon, amigo y antiguo socio en la capital

del estado de Illinois, cuando los dos ejercían juntamente la profesión

de abogados. "_Lincoln and Herndon_" era una razón social inscrita en la

nómina de los attorneys y jurisperitos, y la firma no se consideró

disuelta cuando fué escogido el jefe de ella para la presidencia de la

república, continuó vigente y como en activo servicio hasta el trágico

asesinato de la noche del 14 de Abril de 1865 en el teatro de

Washington. El socio sobreviviente ha tenido la buena idea de contar á

la posteridad lo que personalmente sabía de la vida del grande hombre.

Del mismo modo Nicolay y Hay, en virtud de sus íntimas y constantes

relaciones con el Presidente, pudieron recoger y comunicar ahora al

público hechos y noticias de la mayor importancia, y de cuya exactitud

responden la posición que ocuparon y la veneración profunda con que

guardan y cultivan la memoria del jefe esclarecido.

Lo cierto es que ya poseemos cuanto importa saber de la vida privada de

Lincoln y de los móviles de los actos de su vida pública, tanto antes

como después de la peripecia esencial de su existencia, del momento en

que comienza su nombradía nacional, la cual parte de la campaña

electoral en que tan enérgica y brillantemente disputó á Douglas el

puesto de senador de los Estados Unidos.

Muy rápida, vertiginosa fué en realidad la carrera política de Lincoln.

Acaso en los Estados Unidos solamente sea posible concebir otra tan

grande y en tan breve espacio de tiempo realizada. Antes de 1858 era un

personaje oscuro, absolutamente desconocido de la inmensa mayoría de sus

compatriotas, mas allá de un estrecho círculo; en ese año fué candidato

de uno de los dos grandes partidos, en que estaban afiliados los

ciudadanos del estado de Illinois, para la senaduría de la república;

luchó con la mayor actividad, desplegó en la campaña suma extraordinaria

de elocuencia, sagacidad y energía; pero quedó derrotado. Sin embargo,

por medio precisamente de esa campaña, desgraciada en cuanto al

resultado inmediato, hizo resonar su nombre por todo el país, y á los

dos años obtuvo el favor más grande de que podían disponer sus

compatricios, la primera magistratura de la nación.

Si á muchos pareció cosa estupenda, inexplicable, que ganase tan alto

premio, se sentase en el elevado puesto y empuñase las riendas en tan

crítica y formidable coyuntura, una persona de tan triste figura, de tan

extraños antecedentes y con todos los hábitos y maneras del hombre rudo

del lejano Oeste, del _Far West_, cuánto más raro y asombroso no debió

haber sido para esos mismos el triunfo colosal que mereció al término de

los cuatro años de su presidencia, éxito portentoso debido no

enteramente al azar y á la constancia, sino también y en cantidad muy

apreciable á eminentes cualidades personales, á la habilidad con que se

acomodó á la nueva situación, con que atendió á sus extraordinarias

exigencias, haciendo cabalmente en las más angustiosas estrecheces lo

que el caso, la ocasión, las circunstancias demandaban al jefe de una

gran nación discorde, revuelta, destrozada.

Nombrado candidato para un segundo período fué elegido por número de

votos mucho mayor que la primera vez, consumó en los pocos meses de vida

que le quedaban la obra de gigante á que se había consagrado, vió la

guerra virtualmente terminada, la ciudad de Richmond abandonada, el

hasta entonces invencible general Lee rendido, y cuando nuevas

dificultades asomaban ya con aspecto de monstruos erizados, cuando sus

ideas y planes personales para la reconstrucción política de la

república anunciaban ya conflicto quizás irresoluble con las intenciones

del Congreso, con las duras garantías que para asegurar el porvenir

exigía la vencedora mayoría radical, vino la suerte á librarlo del

tumulto de dificultades, desaires y desengaños inevitables, "fué con él

misericordiosa", como dijo Larra al llorar la muerte del conde de Campo

Alanje; lo salvó de la nueva lucha de palabras, de papeles y miserables

transacciones discutidas hasta lo infinito, y lo arrebató del mundo del

modo que pedía y obtuvo Julio César de la fortuna, en repentina,

inesperada catástrofe.

Desempeñó solamente unos cuantos días, seis semanas, su segunda

presidencia, pero fueron días incomparables de íntima, profunda

satisfacción al ver desmoronarse piedra á piedra la Confederación y

surgir la paz y renacer la prosperidad y ensancharse los corazones. No

gozó de dicha igual el fundador de la república, el grande y puro Jorge

Washington en las postrimerías de su vida pública. Si subió al poder

acompañado de unánimes y ruidosas bendiciones, pudo antes de deponerlo

oir y leer en periódicos y folletos injurias y denuestos que muy

probablemente contribuyeron á la firme negativa con que rechazó las

ofertas é instancias de sus amigos[76]. A Lincoln los hados le apartaron

de los labios esa hiel emponzoñada. Al contrario de Washington, los

insultos, las desdeñosas profecías de vergonzosa insuficiencia para la

magna obra ocurrieron al principio[77]; los aplausos poco á poco fueron

creciendo de volumen, y su cadáver conducido con pompa inusitada de

Estado en Estado hasta la capital de Illinois pudo oir, si tal cosa

concedieran los dioses á los despojos de los hombres, el concierto de

loores más grandes y lamentos más sinceros que acaso han subido de los

pechos y los labios de la multitud hasta la bóveda del firmamento.

[76] Las injurias y calumnias dirigidas á Washington, al final de

su segunda Presidencia, pueden verse extractadas y reunidas en

McMaster, _A history of the people of the United States_, vol. II,

págs. 225, 230, 249, 261, 289, 291, 305, etc.

[77] Véase J. F. Rhodes, _History of the United States from--the

Compromise of 1850_, vol. III, págs. 303, 305, 378.

No es, pues, una paradoja afirmar que la vida de Lincoln considerada de

esta manera y bajo este aspecto fué singularmente afortunada, digna de

envidia en todo lo esencial, no obstante la expresión tan patética, tan

de honda melancolía, rasgo característico, predominante de su fisonomía,

rasgo tan marcado que, como muy bien dice Morse, su biógrafo, se observa

en todos los retratos que de él se tomaron en vida, aun en los menos

artísticos y de más vago parecido. En ninguno, dicho sea de paso, está

esa expresión tan fuertemente acentuada como en la muy inferior

reproducción fotográfica que ha insertado el editor bostoniano al frente

de la citada biografía.

Esta última, lo mismo que antes la de Nicolay y Hay, descubren una

explicación parcial de la tristeza de Lincoln en las dificultades de

toda su juventud laboriosa y en suma poco ó nada divertida; en la vida

ordinaria que á la fuerza hacían los pobladores primeros del oeste de

los Estados Unidos, donde el futuro Presidente nació y siempre vivió,

(excepto el breve término que estuvo en Washington como miembro de la

Cámara de Representantes), mal alojados, mal alimentados, en lucha

incesante contra una naturaleza montaraz, que sin grande y continuado

esfuerzo no era posible dominar. Estas condiciones físicas, con su

séquito habitual de enfermedades, afecciones dispépticas, intoxicación

palúdea y accesos intermitentes de profundo abatimiento, ejercieron

fatal influencia en el temperamento naturalmente reservado y meditabundo

de Lincoln, y cubrieron su rostro de ese tinte de melancolía que nunca

se desvanecía del todo, ni aun las veces frecuentes en que gustaba de

repetir gravemente cuentos y chascarrillos.

Esa tristeza constitucional, en ningún caso signo de vulgaridad ó

grosería, combinóse con una instrucción incompleta, con la lectura

incesante de la Biblia, base principal junto con los _Elementos_ de

Euclides de toda su educación por los libros, resultando un producto

singular, mezcla de estricto razonamiento matemático con la vena poética

del fondo; creando un tipo humano en extremo interesante, cuyo

originalísimo vigor se manifestó hasta en la estera literaria. En esta,

á despecho de las incorrecciones iniciales de su gramática y del mal

gusto inherente al género oratorio que privaba en Illinois tanto en los

meetings políticos al aire libre como ante el jurado en los tribunales,

llegó á adquirir una gran maestría, capaz de producir obras

imperecederas, como el breve discurso al consagrar el terreno donde

yacen los que perecieron en la batalla de Gettysburg, como los dos

mensajes al inaugurar sus dos períodos presidenciales, que contienen

pasajes sorprendentes de elocuencia sencilla y penetrante, frases

luminosas y repletas de concentrada significación á la manera de

versículos de la Biblia.

Tipo angloamericano perfecto, de la raza novísima, tal cual la amasaron

y modelaron la atmósfera y el suelo en las vastas soledades al oeste de

los Alleghanis, reúne en sí lo adverso y lo favorable de las cualidades

que constituyen la originalidad de la nación. No debe ser, por tanto,

tarea imposible ó excesivamente difícil el aislar y analizar cada uno de

sus componentes, y causa verdadera sorpresa que en su libro declare John

T. Morse una y otra vez que es un enigma el carácter de su héroe, que es

Lincoln tipo sin semejante, solitario, excepcional, que su alma no se

ha explorado, ni descifrado todavía el enigma satisfactoriamente.

Es verdad que á los rasgos comunes á todos los norteamericanos agrega

Lincoln en alta dosis cualidades eminentes, inapreciables acaso en su

justo valor, unas por no haber tenido tiempo de desplegarlas, otras por

haber estado siempre comprimidas por las circunstancias: mansedumbre de

espíritu inagotable, simpatía profunda y amplia bastante para comprender

la humanidad entera, bondad sin límites, sin que el más leve sentimiento

de vanidad ofendida y mucho menos de rencor apareciese perturbando la

inalterable ecuanimidad, á pesar de haber vivido envuelto en luchas

políticas, siempre feroces é implacables. Todo esto había en Lincoln y

otras cosas más, pero no es suficiente para que un historiador, un

crítico bien armado, declare tan pronto hallarse ante un abismo

insondable y se reconozca impotente.

Es muy grande é intenso el entusiasmo de Morse, aunque ni con mucho

llega al de los dos secretarios, que van naturalmente hasta hacer de

Lincoln un dios; pero todo en el héroe lo atrae y lo fascina, toma de él

hasta el misticismo fatalista, supersticioso de que estuvo siempre

poseído. Ejemplo curioso se encuentra en otro lugar de la obra, en que

buscando explicación á la expresión desolada de la fisonomía de Lincoln

desde la juventud, cita el conocido verso de la balada de Campbell:

_Coming events cast their shadows before,_

y atribuye esa tristeza de facciones á una vaga y prematura conciencia

de los deberes y responsabilidades abrumantes que le preparaba el

porvenir:

"Al que como nosotros conoce el horrible acto final del drama, parécele

natural buscar su impresionante unidad en cierta influencia remota,

futura, que actúa desde las primeras escenas y nos lleva por fuerza

instintiva á creer que una oculta condición moral é intelectual existía

de antemano, desde la juventud, aunque su esencia profunda estuviese en

lo porvenir, en años remotos todavía" (Tomo I, pag. 47).--Es correr

peligro innecesario internarse por tales dificultades de análisis, con

tal hipótesis por punto de partida; es, como en el caso presente, soltar

los estribos, perder el equilibrio.

Hubo otra causa para acrecer la melancolía de Lincoln; aunque pertenece

exclusivamente á la vida privada, no hay razón para pasarla en silencio,

desde que biógrafos como Herndon, y sobre todo antes Lamon, la descubren

y relatan minuciosamente: el carácter duro, porfiado, difícil de

conllevar de su mujer. Caprichosa, sarcástica, altanera, no fué nunca la

persona á propósito para embellecer y suavizar la vida doméstica de un

hombre engolfado en negocios públicos que producían y requerían

extraordinaria tensión de espíritu, ni mucho menos la compañera que

tanto llegó á necesitar después, abrumado por tan graves

responsabilidades, por tan devorante actividad intelectual durante los

años de la guerra civil.

Lincoln se casó con Mary Todd, joven de excelente familia y distinguidas

prendas personales, de posición en ese período muy superior á la suya

por su educación y la fortuna de sus parientes, en Noviembre de 1842,

contando él treinta y tres años y ella veinticuatro. El matrimonio debió

haber sido celebrado mucho antes, el 1º de enero de 1841, pero

completados los preparativos, ordenada la fiesta, reunidos los

convidados y vestida de boda la novia, se suspendió todo porque el novio

no apareció. Según unos fué víctima de un rapto sin precedente de locura

que nubló de súbito su memoria; según otros no más que de un acceso de

su habitual melancolía. Un amigo lo llevó inmediatamente consigo á

viajar por el vecino estado de Kentucky, donde había nacido, para

distraerlo; volvió al cabo de algún tiempo, renovó sus relaciones con la

misma señorita, y sin grandes preparativos esta vez, sin previo aviso,

celebraron repentinamente la ceremonia en presencia de unos cuantos

amigos citados á última hora. Con estos antecedentes y dado el genio

poco dúctil y amable de la esposa, no era de preverse una larga era de

paz doméstica. Lincoln soportó con calma las consecuencias de su error,

pero era claro que de ahí en adelante debía contar como adversidad

irreparable de su existencia con la índole de su compañera, sus

caprichos y constantes punzadas de alfiler.

¡Qué extraña coincidencia, qué antojo de la suerte hacer morir

violentamente á los cincuenta y cuatro años un héroe de ese temple,

dotado de tan extraordinaria suma de humanidad y mansedumbre, en el

momento mismo en que recogía el tan anhelado fruto de afanes y angustias

incesantes! ¡Cuando lo tenía ya entre las manos, cuando, unos días más,

y todo quedaba completamente terminado! Después de la muerte del famoso

Dictador el día de los idus de Marzo al pie de la estatua de Pompeyo, en

los momentos en que reanimaba y reconstituía el poder romano para

infundirle cinco siglos más de vida, no ofrece quizás la historia escena

más trágica, más desastrosa para todos los que en ella tomaron parte,

que el asesinato de Lincoln en un palco del teatro de Washington el

viernes de la Semana santa del año de 1865.

La población de Washington era conocidamente hostil á los poderes

supremos de la república en ella establecidos, la mayoría de sus

habitantes simpatizaba abiertamente con la causa de la Confederación del

sur, la ciudad misma pareció más de una vez á punto de caer por sorpresa

en manos de los Confederados, y al principio la zozobra general

demandaba ciertas precauciones. Pero fueron poco á poco calmándose los

temores, y el Presidente y los miembros del gobierno habituándose al

peligro y á no curarse de él. Lincoln, sin embargo, recibía con

frecuencia anónimos amenazantes ó cartas de amigos anunciándole tramas y

asechanzas, y se encontró después sobre su mesa de trabajo una cubierta

llena de papeles con este rótulo: _Assassination letters_; mas él

circulaba á pie ó en carruaje por las calles, como cualquier ciudadano,

y después de la ocupación de Richmond y la capitulación del ejército de

Lee, ¿quién podía seguir pensando en asesinos ó conspiradores?

En esos momentos mismos un joven y gallardo actor de melodrama, oriundo

de los Estados del Sur, víctima del abuso de bebidas alcohólicas y de

las vanidades del falso mundo de teatro en que vivía, logró combinar

casi enteramente solo, tomando como instrumento unas cuantas personas

oscuras, vulgarísimas, disipadas, el plan de matar en una misma noche al

presidente y Vicepresidente, á los ministros de Estado y Guerra y al

general Grant, dejar acéfalo el gobierno y permitir á los numerosos

simpatizadores de la expirante causa rebelde realizar un golpe de mano

en las primeras horas de desconcierto. El plan carecía de base sólida,

no tenía ramificaciones fuera de la ciudad, no contaba con el apoyo de

hombre alguno de importancia política ó militar, y sólo un corto número

de imbéciles empujados por el frenesí de un ebrio consuetudinario fué

capaz de ponerlo en ejecución.

Lincoln tenía dispuesto asistir esa noche del 14 de Abril de 1865 al

teatro Ford donde se representaba la excéntrica y popular comedia del

inglés Tom Taylor titulada "Nuestro primo de América" (_Our American

Cousin_). Debía acompañarlo el general Grant, pero éste á última hora se

excusó y salió de Washington con rumbo hacia el norte aquella misma

tarde. El Presidente ocupaba un palco al nivel del proscenio, acompañado

de su esposa, un joven militar llamado Rathbone y una señorita hija del

senador Harris. Poco antes de las diez, hora escogida por Booth, porque

era la de la salida de la luna, que debía alumbrarle el camino de su

fuga, llegó el asesino á caballo junto á la puerta falsa del teatro,

dejó su montura al cuidado de un muchacho, tomó en la taberna próxima la

última copa de licor, entró en el coliseo en que como actor tenía paso

franco y donde había estado durante el día con objeto de agujerear un

tabique del palco y alterar el cierre de la puerta. Mostrando y dando

desdeñosamente su tarjeta al único ujier sentado en el corredor, como si

fuese un invitado del Presidente, penetró silenciosamente en el salón

trasero sin que nadie lo sintiese, ni siquiera cuando aseguró la puerta

de modo que no pudiesen abrirla desde afuera.

Los que por casualidad dirigían la mirada en ese instante hacia ese lado

del proscenio vieron, al oir la detonación de una pistola, que el

Presidente inclinaba la cabeza como dormido, y que un hombre puñal en

mano atravesaba el palco, saltaba el antepecho, caía sobre el tablado y

desaparecía corriendo, no sin manifestar antes lo teatral de su acción

blandiendo el cuchillo y recitando con voz ronca el mote del escudo del

estado de Virginia: _Sic semper tyrannis_. El tirano esa vez era el más

dulce y compasivo de los hombres, y el vengador un comediante en cuyo

nublado cerebro no habían penetrado las consecuencias del acto

insensato que ejecutaba.

Murió Abraham Lincoln á las siete de la mañana siguiente sin haber

recobrado el sentido, ocupó el Vicepresidente el puesto vacante y todo

siguió el orden previsto por la ley constitucional. Pero el pronto

restablecimento de la prístina armonía entre los Estados, precedido por

completo y generoso olvido de lo pasado, había perdido en la catástrofe

el más sincero y poderoso de sus defensores. Las Furias, suspendidos sus

quehaceres en los campos de batalla, iban ahora á buscar aliados en las

salas del Capitolio.

La suerte más negra pareció empeñarse en perseguir á cuantos estuvieron

presentes ó contribuyeron á la sangrienta escena. Booth, con una pierna

partida, por habérsele enredado las espuelas en la bandera nacional que

ornaba el frente del palco presidencial, no pudo llegar á lugar de

salvamento tan pronto ó tan lejos como hubiera querido; vivió diez días

con la sombra de la muerte encima hasta caer herido como una alimaña por

la bala de sus perseguidores. Quizás, según otros, se mató él mismo al

verse rodeado y perdido dentro de un granero, incendiado con el fin de

forzarlo á entregarse. De sus cómplices cuatro, incluso la mujer en cuya

casa se reunían, fueron ahorcados; los otros expiaron en un presidio.

Entre los que se sentaban dentro del palco fué la suerte de Lincoln la

menos cruel, pues expiró á las pocas horas sin haberle llegado desde el

minuto en que estalló el arma asesina la menor vislumbre de lo que

pasaba á su alrededor. La esposa pasó el resto de sus días enajenada,

sumida en estupor profundo. El mayor Rathbone recibió de Booth, al

intentar sujetarlo, una terrible cuchillada en el brazo, y esposo

prometido de la hermosa joven sentada á su lado, acabó años después por

ser su matador en un acceso de locura furiosa.

Tales fueron las consecuencias individuales. Las políticas, las que en

suma modificaron la marcha general de la nación, son conocidas y no es

posible exagerarlas. Como dijo el general Sherman á uno de los jefes

adversos: «no sufrió la Confederación desastre más grande».

Pero aparte de la importancia histórica su interés dramático nunca

disminuirá. Es muy de desearse que venga pronto el biógrafo definitivo

de Lincoln, el que sepa aprovechar todos los detalles y presentar al

ilustre mártir con sus rasgos y colores verdaderos, en un trabajo menos

difuso y encomiástico que el de los dos antiguos secretarios, más seguro

en sus juicios que el de Morse, más artístico y armónico que el de

Herndon. Prescindo de propósito del volumen incompleto de Lamon, donde

primero aparecieron muchos sucesos anteriores á la época de su

engrandecimiento político, pero relatados con cinismo á veces

desagradable, sin verdadera simpatía. Las demás biografías, bastante

numerosas tienen menos valor como obras históricas.

EL "CENTÓN EPISTOLARIO"

Y

LA CRÍTICA AMERICANA

Ningún fraude literario se ha impuesto tan completamente á la credulidad

pública como el que perpetró don Antonio Vera y Zúñiga, conde de la

Roca, imprimiendo ó haciendo imprimir en tiempo de Felipe IV un libro

con el título de _Centón Epistolario del bachiller Fernán Gómez_, y el

siguiente pie de imprenta en la portada: "fué estampado. E correto por

el protocolo del mesmo Bachiller Fernanperez (_sic_). Por Juan de Rei e

a su costa en la cibda de Burgos el Anno M CD XCIX", es decir, en 1499.

Forma un volumen delgado, de ciento sesenta y seis páginas en cuarto

menor, compuesto de ciento cinco cartas de muy amena lectura atribuidas

á un tal Fernán Gómez de Ciudad Real, médico particular del rey don Juan

II, personaje de quien no hay más noticias que las que en sus propias

epístolas aparecen, lo cual ya hoy nadie extraña, pues nunca existió

individuo conocido con ese nombre y profesión en la corte del rey don

Juan.

El objeto de Vera y Zúñiga al concebir y ejecutar tan complicado engaño

no fué entretener sus ocios de diplomático, ni cometer simplemente una

ingeniosa travesura, como hizo, por ejemplo, en nuestros mismos días

Adolfo de Castro, cuando escribió, publicó y atribuyó á Cervantes _El

Buscapié_, que tanto ruido hizo en los momentos de su aparición,

encontrando muchos, y varios hombres de letras entre ellos, que lo

recibieran como obra auténtica. Vera y Zúñiga, que debió á Felipe IV el

título de conde de la Roca y el empleo de embajador en Venecia,

pertenecía á una familia distinguida, pero tenía la debilidad, bien

común en su época y no excesivamente rara todavía, de no contentarse con

tan poco, de picar más alto y pretender estar emparentado con la más

encumbrada nobleza española; y como carecía de pergaminos ó papeles en

comprobación de esa fantástica ascendencia, le asaltó la idea de forjar

un libro en que constase su abolengo. Moviólo sin duda al decidir la

época que debía minuciosamente estudiar para reproducir de algún modo

verosímil sus usos y costumbres, el ser la Crónica de don Juan II entre

todas las de los reyes de Castilla indisputablemente la mejor, la más

puntual y segura, como dijo Mondejar. Cortando retazos de la Crónica,

variando ligeramente los hilos de la trama, zurciéndolos con innegable

habilidad, fabricó las ciento quince cartas, y salpicó aquí y allí como

de paso pruebas de su linaje, mencionando sus abuelos, el Comendador Ruy

Martínez de Vera, ayo y Camarero mayor del Infante, que supone

emparentado con el condestable don Alvaro de Luna, así como su hijo don

Juan de Vera. Escritas las cartas les inventó un autor, lo bautizó

Bachiller Fernán Gómez, nombre que á nada comprometía y, como debía

forzosamente ser una persona cercana al Rey, lo graduó de médico de

cámara.

Era en seguida preciso exhibir al público el documento apócrifo de modo

que no dudase de su procedencia. Un códice antiguo es muy difícil de

imitar. No es muy aventurado suponer que aprovechara entonces el conde

de la Roca su estancia en Italia, en Venecia, cuyos impresores eran tan

hábiles y famosos, donde con la mayor facilidad podían á mediados del

siglo XVII componer é imprimir un libro que en la apariencia datase de

fines del siglo XV: de ahí probablemente salió el volumen del _Centón

Epistolario_ con portada diciendo que lo habían impreso en Burgos á

costa de Juan del Rey.

Vio la luz calladamente, como convenía, y fué sin ruido á las manos á

que debía ir, colocándose en los estantes sin despertar sospecha de su

procedencia, y contó en adelante como uno de los monumentos más curiosos

del habla castellana al término de la Edad Media.

Las sospechas nacieron más tarde, pero sólo de parte de alguno que otro

bibliógrafo, y fundadas únicamente en las condiciones tipográficas del

tomo. La crítica literaria (ó lo que por tal pasaba,) continuaba

apreciando como de buena ley la prosa epistolar de Fernán Gómez de

Cibdareal, cuando era ya opinión corriente entre los eruditos al

finalizar el siglo XVIII, según Bayer y Méndez, que la edición supuesta

original no había podido ser impresa ni en el lugar ni en la fecha que

en ella se declaraban. Las cartas del Bachiller seguían tenidas por obra

de un contemporáneo de Juan II, tanto que el que desempeñaba en 1755 la

secretaría de la Real Academia de la historia, don Eugenio Llaguno,

publicó una segunda edición del Epistolario, añadiéndole una biografía

del autor conforme á datos sacados de las mismas cartas, que de otra

parte seguramente no podía sacarlos, pues el personaje, como va dicho,

era puramente imaginario.

Así las cosas permanecieron hasta que en 1833, á los doscientos años

poco más ó menos de cometido el fraude, dió á luz Quintana en Madrid el

tomo tercero de sus _Vidas de Españoles célebres_. Escribiendo con su

esmero y conciencia habituales la biografía de don Alvaro de Luna notó,

al llegar al período del proceso y muerte en el cadalso del Condestable,

suceso sin disputa el más famoso de todo el reinado, que la relación

hecha por el Bachiller se hallaba en desacuerdo completo respecto á

detalles importantes con varios documentos oficiales, auténticos, que se

conservan, y como el Bachiller se daba por testigo presencial de lo que

refería, depositó Quintana al pie de la página estas dos preguntas muy

oportunas:--¿Existió verdaderamente semejante médico y semejante

correspondencia?--¿Sería por ventura esta obra juego de ingenio de algún

escritor posterior?--Era poner por primera vez el dedo en la llaga. Por

desgracia el poeta historiador se redujo á expresar sus sospechas en esa

forma de duda ó interrogación y dejar que otros la resolvieran.

Nadie empero volvió á ocuparse en el particular hasta que en 1849

publicó Ticknor la primera edición de su excelente Historia de la

Literatura española, en uno de cuyos apéndices afirma que á su juicio

todo el _Centón Epistolario_ era de la primera á la última línea una

falsificación, y expone brevemente alguna de las razones históricas y

filológicas en que fundaba su opinión. Esto no era ya tocar la llaga con

precauciones como Quintana, sino atacarla _ferro et igni_ para

cauterizarla y extirparla. Pero esas operaciones violentas aplicadas á

males envejecidos arrancan siempre gritos, no sólo del paciente, lo que

no podía ser en el presente caso, sino también de circunstantes

horrorizados. El marqués de Pidal gritó el primero; no tenía

inconveniente en admitir que la primera edición era espuria, y una

superchería los pasajes referentes á la familia Vera; no negaba que

hubiese otros errores inexplicables en el texto, pero creía á pies

juntillas en la existencia del Bachiller y afirmaba que las cartas

habían sido escritas en los días de don Juan Segundo, porque así lo

revelaban su estilo y su lenguaje.

Don Adolfo de Castro intentó complicar la cuestión negando por una parte

la autenticidad del libro, pero atribuyéndolo á un nuevo personaje, Gil

González Dávila. La inesperada sugestión pasó casi inadvertida, no era

más que una de tantas suposiciones aventuradas del ingenioso hidalgo

gaditano.

Ticknor replicó reiterando la firmeza de su convicción, y en los mismos

curiosos y eruditos datos suministrados por Pidal halló motivos nuevos

de confirmar á Vera y Zúñiga la paternidad del _Centón_. Luego Gayangos

añadió á esta solución el peso de su autoridad, logrando convertir por

último al mismo marqués de Pidal.

El problema estaba, sin embargo, destinado á renacer, á ser planteado y

tratado otra vez, como si nada antes se hubiese hecho en el sentido de

su resolución. Amador de los Ríos en el tomo VI, publicado en 1865, de

su _Historia crítica de la Literatura española_, entra magistralmente en

la controversia, y con el tono de convencida suficiencia en él

característico, como quien se siente más que de sobra capaz de fijarla

para siempre, echa á un lado de idéntica manera á Quintana y á Ticknor,

á Pidal, á Castro y á Gayangos, y pronuncia que el _Centón_ "es uno de

los más fehacientes y genuinos monumentos del largo reinado de don Juan

II". No agrega en realidad un solo nuevo dato positivo á la cuestión,

sino deslíe en quince grandes páginas una serie de observaciones

abstractas del género de la siguiente: "En ninguna obra de arte se

revela con más verdad y fuerza el carácter vario, indeterminado y

contradictorio de la corte de don Juan II", lo cual para decidir de la

autenticidad de una obra no puede ser más "indeterminado", es decir,

más vago y menos concluyente.

Amador de los Ríos en resumidas cuentas pretende resolver la incógnita

con la incógnita misma, sin darse la pena de deducir sus elementos ni

salir del círculo estrecho de sus apreciaciones personales. Para

encomiar la frase del _Centón_ ensarta este rosario de adjetivos:

limpia, clara, nerviosa, elíptica y salpicada de vivos pero naturales y

agradabilísimos matices. Para enaltecer su dicción este otro: casta,

sencilla, ruda á veces, mas siempre pintoresca y graciosa, siempre

gráfica y adecuada. Y ahí está el _quid_ de la cuestión, porque lo que

importa saber es si todos esos calificativos tan abundantemente regados

se hallan bien aplicados á un texto especial del siglo XV, y para

demostrar esto se requiere algo más que impresiones sin consistencia y

tono de autoridad superior.

La "Historia crítica de la literatura española" es en verdad una obra

impacientante; anunciada con grande alarde y golpes de caja, como un

acontecimiento nacional; puesta "á los pies del trono constitucional de

la Reina de España", la cual, como se nos dice en larga dedicatoria, "no

solamente se dignó aplaudir con hidalguía de española mis difíciles

tareas, sino que me honró con magnanimidad de Reina oyendo algunos

capítulos", no pasa, sin embargo de todo ese honor y de la pompa y

verbosidad del contenido, más allá de una muy moderada medianía. Su

mayor mérito consiste en ser, y así en la misma dedicatoria se asegura,

"la primera escrita por un español en lengua castellana", pero ni como

obra histórica ni como obra de arte pudo satisfacer las esperanzas, el

interés con que se la aguardó. El estilo no atrae, no encanta, y la

sagacidad del crítico flaquea á menudo, extravía al lector, porque el

guía no posee completamente la materia, porque le falta ingenio y

agudeza y le sobra seguridad, confianza en su sabiduría.

No hay apenas error, acreditado por la rutina y por la superficialidad

con que hasta entonces se había tratado en España la literatura de la

Edad Media, que no encuentre inmediatamente en Amador nuevo defensor,

tan obstinado como mal pertrechado para la discusión. Ya hemos visto

como respecto del _Centón_ se extravía, y deslumbrado por sus propios

adjetivos no acierta con su camino. Lo mismo le sucede con el _Libro de

Montería_, que contra toda evidencia se empeñó en atribuir á Alfonso el

Sabio. Lo mismo con las dos famosas octavas, supuestas únicas reliquias

de las _Querellas_ de Don Alfonso, en que ya hoy no cree literato alguno

un poco versado en la materia; Amador no sólo las acepta como realmente

de la época, no sólo les confirma la fantástica paternidad, sino que las

cita, las altera, las adereza á su gusto, y dice que son "la voz del

cisne que preludia su triste fin".--El cisne es Alfonso el Sabio y el

preludio unos versos apócrifos escritos varios siglos después. ¡Extraño

ayuntamiento!

En toda cuestión insostenible, perdida de antemano, se mantiene aferrado

á su parecer con una terquedad digna de mejor fortuna; por ejemplo, en

la polémica en que discute de potencia á potencia con Fernando Wolf,

quien sabía más que él de literaturas medioevales, sobre el valor

literario de las _ee_ paragógicas añadidas á los romances antiguos por

los cantores populares y que tanto los afean, añadidura que Menéndez y

Pelayo con su tino habitual suprime en la _Antología de poetas líricos_

al incluir la _Primavera_ de Wolf tal como la publicó este gran crítico

y este folklorista sin par.

Menéndez y Pelayo, sin embargo, llama la Historia de Amador "monumento

que honra el nombre de su autor y la erudición española", aunque no se

sabe si usa ese sustantivo por deferencia al que fué su profesor en la

Universidad de Madrid, ó porque aluda simplemente á las proporciones

materiales de la obra, á los siete grandes y compactos volúmenes que no

van más allá de la época de los Reyes católicos. Tanta indulgencia de

otro modo sería inexplicable al lado de la severidad, la injusticia

conque trata en otro lugar la _Historia de la Literatura española_ por

Ticknor, relegándola con desdén á la ínfima categoría de "un apreciable

manual bibliográfico, de crítica puramente externa y vulgar por todo

extremo"[78].

[78] Ambos juicios, el de Amador y el de Ticknor, se hallan á corta

distancia uno de otro en la traducción de los _Studien_ de Wolf por

Miguel de Unamuno--l v. Madrid, s. a. págs. 6 y 9.--Amador en la

_Introducción_ de su grande Historia no trata más caritativamente

la obra de Ticknor.

La Historia de Ticknor fué á los pocos años de publicada traducida al

alemán, al castellano y al francés, acompañada en las dos primeras

lenguas de notas complementarias escritas por sabios como Wolf y como

Gayangos, que no creyeron desmerecer prestando su nombre y sus

conocimientos para autorizar y propagar la obra. Aparecieron del

original inglés cinco grandes ediciones en los Estados Unidos, todas

retocadas y perfeccionadas cada vez, amén de otras en la Gran Bretaña.

Millares y millares de personas la han leído y consultado y por todas ha

sido tenida como la obra más completa y mejor sobre el asunto, honor que

aun conserva, pues no existe ninguna otra hasta el presente que la pueda

sustituir. Es el fruto de una vida entera de estudio constante, el

resultado de un esfuerzo de muchos años, al que contribuyeron todos los

recursos que el talento, la paciencia, la fortuna, los viajes, la

posesión de rica y escogida biblioteca, cual en España misma era muy

difícil reunir á ningún particular, la consagración en fin de todos los

instantes, podían suministrar. Distínguese y es digna de todo encomio

por la excelencia del plan, la seguridad del método, la claridad de la

exposición, el análisis directo, personal de los autores, sobre todo por

el anhelo de comprender, de mantenerse en viva é íntima simpatía con

cuanto ofrece de peculiar y característico la civilización española. El

autor era extranjero y era protestante, hijo de Boston, la metrópoli

literaria y religiosa de la Nueva Inglaterra, y no es su menor mérito

el espíritu de justicia, de inalterable tolerancia, de profundo respeto

con que sigue y aprecia una literatura tan esencialmente católica,

apostólica, romana, cual la que en España se formó y brilló durante los

siglos XVI y XVII, edad de oro de su civilización y su cultura. ¿Existe

acaso algún español que haya procedido de idéntica manera al ocuparse en

estudiar vidas y escritos de protestantes? ¿Lo ha hecho por ventura el

autor de la _Historia de los Heterodoxos españoles_? La tolerancia

religiosa, la moderación en cuestiones que con la fe se rozan, la

universalidad de sentimientos nunca han sido virtudes solicitadas ni

apreciadas por la mayoría de los hijos de España; pero Ticknor al

escribir en inglés sobre las letras españolas no pretendía dirigirse á

los españoles, y fué para él tan grata como inesperada satisfacción que

dos literatos lo tradujesen, y tradujesen muy bien, al castellano y le

consiguiesen lectores donde ni por sueño esperó encontrarlos. Menos

sorpresa probablemente le habría hoy causado saber que un crítico de la

importancia de Don Marcelino Menéndez y Pelayo, influído tal vez por

prejuicios, por preocupaciones más políticas que literarias, lo trata

con tanta dureza[79].

[79] Ultimamente un escritor inglés, gran conocedor de España, Mr.

D. Fitzmaurice Kelly, ha publicado en Londres una historia de la

literatura española, que alcanza hasta nuestros días. Ha sido

también traducida y dada á luz en Madrid, por cierto con prólogo

muy favorable del Sr. Menéndez y Pelayo. Es un trabajo corto, un

mero compendio, que no encierra tanta materia como cualquiera de

los cuatro volúmenes del Ticknor en castellano, pero muy bien hecho

y digno de aplauso.

La bibliografía está por Ticknor relegada á las notas, es una parte á

que prestó sin duda minuciosa atención, cosa muy natural en toda buena

historia literaria que por fuerza ha de versar principalmente sobre

libros. Ordenada, clasificada, bien digerida como se encuentra aquí, es

de la mayor utilidad para el lector y para el estudiante, que encuentran

de esa manera en su lugar y muy á mano cuanto puede necesitar,

precisamente lo que no acontece en el mare mágnum confuso y revuelto del

_Ensayo de una Biblioteca_, que bajo el nombre de Bartolomé José

Gallardo se extiende por las páginas de cuatro grandes volúmenes

insondables.

El sentido literario era más fino en Ticknor que en Pidal y en Amador de

los Ríos, pues adivinó la falsedad del _Centón_ en que esas dos

autoridades creían. Adivinó también, y demostró esta vez hasta la

evidencia, sosteniendo al efecto larga polémica, la falsedad de _El

Buscapié_ publicado por Adolfo de Castro, cuando toda España, con

excepciones contadísimas, lo recibió como obra genuina de Cervantes,

incluso críticos tan hábiles como Quintana y José Joaquín de Mora. Bien

conocía la lengua y la literatura quien, á pesar de su condición de

extranjero y de haber residido muy corto tiempo en el país, penetra tan

seguramente y tan pronto al través de engaños en que han caído casi

todos.

Pero respecto al _Centón_ la tarea no estaba terminada, como la

insistencia en el error de Amador lo prueba. Algo faltaba todavía, y á

otro americano estaba reservado completarla.

Gayangos previó en sus adiciones á la traducción del Ticknor que el día

que algún crítico se pusiese á estudiar los giros y modismos del Centón,

analizar su sintaxis y compararla con la de otros escritos de la misma

época, tendría que caer por tierra el principal argumento de los

admiradores tenaces del falso físico del rey don Juan.

Nadie en España á pesar de la oportuna sugestión se animó á emprender lo

que sin duda había de ser ímproba tarea. En nuestros días por fin un

sabio hispanoamericano no se ha arredrado ante la dificultad y la ha

vencido definitivamente, aunque de paso y como simple incidente de

empresa más grande y complicada á que estaba consagrado.

Preparando el señor Rufino José Cuervo los materiales de su admirable y

único _Diccionario de construcción y régimen de la lengua castellana_,

consideró de previo y especial pronunciamiento, para usar el término

forense, el punto de aceptar ó rechazar como lengua literaria corriente

del siglo XIV los vocablos, giros y modismos de que no se conociera otro

ejemplo que el texto del _Centón Epistolario_. La opinión de Amador de

los Ríos debía, no obstante su evidente superficialidad, detener á un

lexicógrafo escrupuloso, y decidió prudentemente instruír el proceso y

ventilar la duda. El fallo queda pronunciado en estos términos

concluyentes: "Para cualquiera que lo examine con detenimiento, el

_Centón_ es un zurcido de voces y locuciones de distintas procedencias".

Al final de la Introducción al Diccionario, en una extensa nota que

llena más de tres páginas en 4º de letra menuda, expone con la necesaria

minuciosidad los fundamentos principales de su fallo.

Resulta de ellos que el libro, es decir, la supuesta edición príncipe de

Burgos, 1499, fué indudablemente impreso en Italia por cajistas

italianos que cayeron en multitud de errores característicos. Resulta

más: que el autor de la falsificación debía también vivir en esa región

y practicar corrientemente la lengua italiana; así fué que al aplicarse

á estudiar el habla antigua de Castilla con objeto de imitarla y urdir

su _pasticcio_, confundió de la manera más curiosa palabras italianas

contemporáneas con voces antiguas castellanas, acabando por no

distinguirlas entre sí, y por formar con unas y otras la trama de su

lenguaje, que viene á parar en ser la cosa más extraña y abigarrada del

mundo. De esos italianismos, innecesarios y nunca vistos en otro libro

español del siglo XIV ni de los dos siguientes, cita Cuervo más de

cuarenta ejemplos dispuestos en orden alfabético.

Descubre, además, multitud de locuciones y construcciones completamente

ajenas de la propiedad castellana, y copia también un buen número.

Entre ellas es de notarse el uso del _ca_, que llamó desde el principio

la atención de Ticknor, que Amador de los Ríos defendió, de que reúne

Cuervo más de una docena de muestras para probar que es giro peculiar

del fingido bachiller de Cibdareal, incompatible con el uso de Castilla.

También ha cotejado cuidadosamente el distinguido filólogo colombiano la

Crónica de don Juan II con el Epistolario, y aparece de ese careo, como

dice, que la Crónica misma con la naturalidad de su estilo denuncia las

frases extrañas, impropias é incorrectas á que el zurcidor ha tenido que

apelar para disimular un poco el origen de lo que iba copiando. El

_Centón_, por consiguiente, es plagio de la Crónica; así puede afirmarse

después del análisis de Cuervo con pleno conocimiento del asunto, sin

haber lugar para reserva ó atenuación alguna en el pronunciamiento.

Es un antiguo vacío en la historia de la literatura que ahora queda

perfectamente lleno. El Sr. Cuervo ha vertido abundantemente luz sobre

un punto que para algunos, á causa de Amador de los Ríos, podía ser aun

materia oscura y controvertible. Quizás no falte todavía quien discuta

si fué ó no don Antonio Vera y Zúñiga el que fabricó el texto espurio, ó

si lo mandó fabricar, ó si algún otro lo maquinó figurándose

complacerle: cuestión de importancia mucho menor, aunque la verdad es

que todos los datos y las más lógicas deducciones concurren á convencer

del cargo al susodicho personaje. Pero nadie ya deberá creer en la

existencia de un bachiller de Ciudad Real, autor de las cartas que

durante más de dos siglos corrieron bajo su nombre, ni mucho menos

forjarse la extravagante ilusión de hallar en ellas "el carácter vago,

indeterminado y contradictorio" de la corte del rey don Juan segundo,

sobre todo si tiene á mano la Crónica auténtica para conocer mejor la

historia de aquellos tiempos calamitosos, y descubrir que lo uno no es

más que pálido trasunto de lo otro, con numerosas equivocaciones y

mentiras por añadidura.

Hombres y glorias de América · 第 35 / 44 题