REAL ACADEMIA ESPAÑOLA

Desde que la Real Academia Española combinando, cual viene haciéndolo

desde hace mucho tiempo, sus funciones naturales de árbitro en puntos de

lengua y de gramática con las tareas de activa casa editora de libros,

anunció el proyecto de publicar una antología en cuatro gruesos

volúmenes de poetas hispanoamericanos, muchos en América pensaron que el

intento, excelente, quizás, como simple negocio de librería, podía con

suma facilidad torcerse y resultar estéril, si no ponía la Academia

particular cuidado de proceder en la elección de las materias y en la

apreciación de los autores con amplia imparcialidad, con íntima

simpatía, colocándose cuidadosamente dentro de la misma atmósfera moral,

sobre el mismo terreno en que nacieron y vivieron los artistas cuyas

obras forman la colección, porque es evidente que las antologías deben

tener por fin dar idea breve y completa del carácter de las producciones

de un autor, de un país ó de una región, olvidando divergencias de

juicio, resentimientos políticos, agravios reales ó imaginarios,

nacidos de las circunstancias especialísimas en que España y las

Américas durante tantos siglos se han encontrado. A pesar de las

dificultades del caso contaban algunos que este mismo sería el parecer

de la Academia, porque la Antología por su contenido debía en realidad

ser un libro para mercados americanos, y porque en España, según

afirmaba con natural amargura doña Emilia Pardo Bazán, al poner término

definitivo á su _Nuevo Teatro Crítico_, nadie actualmente compra libros

de cierto precio, y con muy raras excepciones ningún autor notable vive

allí holgadamente de los productos de su pluma.

La Academia confió la ejecución de la empresa á don Marcelino Menéndez y

Pelayo. Literariamente juzgando, no podía darse elección más acertada;

la profunda y vasta erudición del escogido, su acendrado buen gusto, la

transparente elegancia de su estilo, la facilidad de su pluma lo

designaban entre todos los académicos como el más apto para el caso.

Pero mirada bajo otro aspecto la elección no parecía igualmente feliz.

En la lucha de partidos de su país figura el Sr. Menéndez entre los

conservadores más netos, entre los que profesan opiniones que hoy no

dominan en países hispanoamericanos, salvo en Colombia; pero esto no era

de suponerse que alterase en manera alguna su imparcialidad. El mal

estaba en la cruel intransigencia con que hasta ahora había sostenido en

todos sus escritos su españolísimo sentir en cuestiones ya puramente

históricas, pero que del modo más directo atañen á los americanos.

Hablando en esta obra del distinguido literato argentino Juan María

Gutiérrez, que por los años de 1846 compiló en Valparaíso la mejor de

todas las antologías de poetas de América que hasta el presente se

conocen, aunque ya muy atrasada como por la fecha se comprende, descubre

y reprueba en él un "antiespañolismo furioso que fué exacerbándose con

los años", del cual nació, siempre según el Sr. Menéndez y Pelayo, un

entusiasmo fanático por todas las cosas americanas, que lo arrastra á

defender lo mediano y hasta lo malo.

Si esto piensa y dice de Gutiérrez el Sr. Menéndez, ¿qué hubiera pensado

y dicho Gutiérrez, si hubiese vivido bastante para leer todo lo que el

Sr. Menéndez ha escrito sobre la misma materia?

El insigne crítico argentino nunca de seguro dijo contra España cosa

alguna tan dura, tan injusta, tan agresiva como las que contra América

ha creído oportuno estampar el eminente crítico español. El supuesto

fanatismo de Gutiérrez jamás llegó hasta el extremo de usar frases

parecidas á las siguientes, que una vez emplea don Marcelino, al tratar

de enumerar las causas de la decadencia de su nación en el siglo XVII.

He aquí la segunda de esas causas: "La colonización del Nuevo Mundo, en

el cual sembramos á manos llenas religión, ciencia y sangre, para

recoger más tarde cosecha de ingratitudes y de deslealtades, _propia

fruta de aquella tierra_". Es el caso de exclamar: ¡_in cauda venenum_!

Aunque todavía más exacto sería decir que la cláusula entera, rica de

veneno, lo deja escapar al fin en alto surtidor, como agua de copiosa

fuente. Fué lanzada la frase en el ardor de una polémica, pero reimpresa

en libro dos años después; y sólo en 1887, al salir la tercera edición

de la obra titulada _Ciencia Española_ reapareció la cláusula privada de

las cinco últimas palabritas, completa y flamante por lo demás.

No bastó, sin embargo, esa ocasión para dar salida á todo lo que el

vigoroso polemista tenía que decir sobre América y sobre el conjunto de

sus hijos; cinco años después de la fecha de esa discusión memorable, en

el tomo tercero de la _Historia de los Heterodoxos españoles_, impreso

en Junio de 1882, hallamos estas otras líneas:

"Los mismos americanos confiesan que en la oda _A la vacuna_ y en los

papeles oficiales de Quintana aprendieron aquello de los _tres siglos de

opresión_ y demás fraseología filibustera, de la cual los criollos,

hijos y legítimos descendientes de los susodichos _opresores_, se

valieron, no ciertamente para restituir el país á los _oprimidos_

indios, sino para alzarse _heroicamente_ contra la madre patria, cuando

ésta se hallaba en lo más empeñado de una guerra extranjera"[71].

[71] Todas las palabras en bastardilla se encuentran así en el

original, por temor sin duda de que pudiera alguien equivocar el

sentido y no penetrar la ironía, pero ésta se impone por sí misma

sin necesidad de auxilio tipográfico. Lo que no parece tan claro es

lo de los mismos americanos que no habían oído hablar de los siglos

de opresión, antes que Quintana se los revelase. Mas como no se

dice quienes son ni dónde lo dijeron, podemos ahora prescindir de

ellos.

Más adelante todavía, en 1886, se aparta una vez de su camino en el tomo

quinto de la _Historia de las Ideas estéticas en España_, para encomiar

una estrofa de la oda _A las nobles Artes_ del duque de Frías, que

presenta como "la protesta contra los separatistas americanos" y

especialmente encarece á título de obra "de incomparable belleza". La

estrofa en resumen no es más que el desleimiento espumante y altisonante

de un truísmo, de una verdad de Perogrullo, y viene á significar que si

la América al obtener su independencia creyó expeler á España

grandemente se equivocaba, pues allí estaría siempre la religión llevada

por España y la cruz misma plantada en la Alhambra y la lengua de

Cervantes etc., etc. Todo ello bien sabido, pero olvidando que esa

religión y esa cruz y esa lengua no la inventaron ni llevaron el duque

de Frías ni sus contemporáneos, sino españoles que fueron igualmente

antepasados de ellos y de los americanos, y que á esas buenas cosas

tienen unos y otros idéntico derecho, según la constante legislación de

España, como directos descendientes; y para desheredarlos así, tan en

absoluto, se requeriría el fallo de un tribunal superior, la historia ó

la posteridad, no el de las partes mismas contendientes, y tan á raíz de

lo sucedido.

Empero, todo esto, á pesar de lo amargo y de lo injusto, puede pasar

como "propia fruta" del "tiempo y no de España", y pues el autor con

estar muy lejos todavía de acercarse á la ancianidad ha templado mucho

la forma en que expresa sus convicciones,--sin renegar por supuesto de

una sola de ellas,--como lo prueban las notas y alteraciones de la

tercera edición citada de la _Ciencia Española_, era fundadamente de

creerse que _deposta l'usata minaccia_, para usar una frase de Manzoni,

pudiera muy bien hoy escoger y juzgar las poesías de la nueva Antología

con perfecta imparcialidad.

El tomo primero, dedicado á poetas de Méjico y de la América central

únicamente, nos dejó llenos de dudas, aunque sin motivos bien claros

para formular juicio adverso ó favorable. Pero el segundo, en que se

penetra desde la primera página en el temblante y, para un español no

muy sereno, peligroso campo de la literatura cubana, descorrió el velo y

nos sumió en el más doloroso desengaño.

Vamos, pues, á examinar brevemente lo que en esta antología se dice y se

hace respecto á las poesías de José María Heredia, porque tanto el autor

como las composiciones nos parecen injustamente tratados, influído á

nuestro juicio el Sr. Menéndez y Pelayo de la manera más lastimosa por

motivos ajenos á la literatura, por consideraciones de política y de mal

entendido patriotismo.

Impórtanos, sin embargo, advertir ante todo que no tenemos la

pretensión de negar al coleccionador y prologuista de la Antología el

derecho de abrigar las opiniones de que son eco las frases citadas,

tomadas de tres obras distintas escritas en momentos diferentes de su

brillante carrera de historiador literario; es él sin disputa muy dueño

de profesarlas y pregonarlas, y si nos producen el efecto de ser ó

exageradas ó falsas, acaso proviene sólo de que nos colocamos en terreno

diametralmente opuesto. Nos aventuramos á discutirlas, porque se trata

de una antología hispanoamericana ordenada é impresa en Madrid bajo la

égida de la Real Academia Española, la cual tiene en varios países de

América hijuelas oficialmente reconocidas y con las que vive en

frecuente correspondencia; porque una empresa de este género debe ser,

como el ordenador mismo lo declara de antemano, _obra de paz y

concordia_, y el que ha emitido todas esas sentencias injustas y

desdeñosas no parecía especialmente preparado ni á la paz ni á la

concordia. Si se tratara en cambio de componer una historia de los

separatistas americanos, lo haría sin resquicio de duda con tanta

habilidad, tanta riqueza de datos y tanta energía como desplegó en la de

los heterodoxos españoles, y no habría entonces chocado tanto hallar que

trata al ilustre Andrés Bello, al patriarca de las letras en América,

como á un simple _filibustero_ cubano, según su vocablo favorito; que

desmenuza la _Alocución á la poesía_ para aislar una á una las "injurias

rimadas contra España" que encuentra más débilmente escritas, citarlas

con fruición y añadir con triunfante satisfacción que tales versos

"dignos de alternar con los dísticos del Padre Isla" parecen á los

españoles "justo castigo de un malo y descastado impulso".

Si tanta indignación, tanto resto de orgullo lastimado y mal cicatrizado

puede persistir, cuando los sucesos y los versos que sobre ellos se

escribieron datan de muchísimo tiempo atrás, no es de extrañar que se

aplique á la isla de Cuba, (todavía sometida al yugo, y _ognor

fremente_, cuando se preparaba y publicaba la Antología) mayor

severidad, ninguna benevolencia.

José María Heredia es el más notable poeta cubano, uno de los muy

primeros de toda la América en el siglo XIX, malogrado en la flor de su

vida, á los treinta y seis años no cumplidos, edad, no hay que

olvidarlo, en la cual ni Bello había escrito las _Silvas americanas_ ni

Olmedo el _Canto á Junín_. Para Heredia reserva el Sr. Menéndez su mayor

crueldad, suprimiendo todos los versos patrióticos, las poesías

filibusteras, como gusta de llamarlas, enamorado siempre del oprobioso

adjetivo. De Bello al menos suprime únicamente la tercera parte de la

_Alocución_ para citar sólo algunas líneas en la introducción

acompañadas del sangriento insulto literario de equipararlas á las

aleluyas del Padre Isla; de Heredia rechaza en masa cuanto se alza

contra el poder de España, pero no prescinde de incluir algo en la

Introducción, dos cuartetas en que cree descubrir malévola apología del

asesinato político; es decir, calla lo mejor é insiste sobre lo peor,

para declamar en seguida sobre su _maléfica influencia_ y los _odios

fratricidas cuya semilla esparció_, como si el insigne lírico, que nació

en Diciembre de 1803 y murió en Mayo de 1839, pudiera ser el responsable

y único propagador del pernicioso virus separatista.

Basta leer en el índice los títulos de las trece composiciones escogidas

entre las de Heredia para quedar estupefacto. Brillan realmente por su

ausencia, como se traduce ingeniosamente en francés la frase célebre de

Tácito, nunca más exacta que en el presente caso, varias de las mejores

que produjo el poeta. Faltan nada menos que la incomparable epístola _A

Emilia_, el _Himno del desterrado_, la vigorosa segunda parte de la oda

á Bolívar, los tristes y tan hondamente amargos _Desengaños_, poesías

que ofrecen por sí solas la imagen más brillante y cabal de todo su

genio, de toda su vida. Sin ellas y otras que por razones idénticas se

han pasado por alto, no es posible formar juicio exacto de lo que fué y

lo que vale el poeta cubano. Después de echarlas deliberadamente á un

lado se inserta en compensación la pálida oda _A la Religión_ y los mal

llamados _Ultimos Versos_, medianísimos éstos, casi sin valor literario,

pero en la preferencia inesperada obedece el colector á sentimientos

personales, así como es esclavo de preocupaciones políticas al recusar

las otras.

"Heredia es, ante todo, poeta de sentimiento melancólico y de

exaltación imaginativa" dice, por cierto esta vez sin la precisión y

claridad ordinarias de su estilo, pues eso de "exaltación imaginativa"

parece bien vago y nebuloso, designado como rasgo principal de un poeta

cuyos escritos tan profundamente se resienten, como él mismo dijo, "de

la rara volubilidad de su suerte", cuyos sufrimientos fueron muy reales

y nada tuvieron de ilusorios. Pero en la definición falta precisamente

el Heredia de las poesías americanas reunidas por él bajo la rúbrica de

"patrióticas" en la edición de Toluca, 1832, que son la prueba

irrecusable, decisiva, de que no había nacido exclusivamente para la

elegía, como afirma en seguida Menéndez. "Para dar con los himnos de

nuestra libertad hay que buscarlos en Heredia" ha dicho muy bien Merchán

en sus _Estudios Críticos_. Heredia en efecto es el Tirteo cubano, poeta

de acción, poeta _civil_, lleno de arranque, de movimiento y de energía.

Los lamentos elegíacos que á veces se oyen en medio de sus más

arrebatadas y vigorosas composiciones no debilitan el encumbrado vuelo

lírico, porque como brotan de lo más íntimo del corazón, como se

manifiestan siempre con penetrante y comunicativa sinceridad, como

surgen naturalmente de su triste situación de desterrado y de la triste

situación de la isla esclavizada, añaden notas profundas y patéticas al

himno magnífico de la anhelada redención.

Unas líneas de los _Reisebilder_ asaltan mi memoria, cuando considero

bajo ese aspecto al poeta de los himnos patrióticos: "La poesía,

escribe Heine, ha sido únicamente para mí el medio de lograr un fin

sacrosanto, nunca me ha importado mucho la gloria de mis versos y

quisiera que colocasen, no una corona de laurel, sino una espada, sobre

mi tumba, porque he sido un buen soldado en la guerra de la emancipación

de la humanidad". No sé si en esto, como en casi todo lo que en prosa

escribió Heine, hay fuerte dosis de ironía, pero Heredia pudo decirlo de

sí mismo con perfecta exactitud. Nadie buscó el aplauso popular menos

movido por vanidad de artista; nadie tampoco empleó sus talentos con más

altos y generosos propósitos y nadie mereció tanto, á pesar de no haber

tomado parte en ninguna lucha armada, que depositasen sobre su sepulcro

las insignias de los guerreros, porque fué buen soldado en la lucha por

la libertad de su patria, porque sus versos repetidos de boca en boca

durante los muchos años de guerra, de ruina y de dolor que ha costado la

emancipación de Cuba, han sido la voz que alienta en el combate, la voz

que conforta en la adversidad; y cuando en los momentos más crueles se

pregonaba amenazando catástrofes inminentes la superioridad en número y

recursos militares del poderoso enemigo, venían consoladores á la mente

los dos versos últimos del Himno célebre:

¡Cuba! al fin te verás libre y pura

Como el aire de luz que respiras,

Cual las ondas hirvientes que miras

De tus playas la arena besar.

Aunque viles traidores le sirvan,

Del tirano es inútil la saña,

Que no en vano entre Cuba y España

Tiende inmenso sus olas el mar.

La profecía no se había realizado, no parecía próxima á realizarse,

cuando el docto académico redactaba su erudita y poco equitativa

Introducción y cuando con escándalo copiaba de _La Estrella de Cuba_,

otra canción patriótica, juvenil, compuesta á los diez y nueve años y

bastante desigual, las dos cuartetas ya mencionadas, por descubrir en

ellas que el poeta "en su frenesí revolucionario de 1823 no retrocedía

ni aun ante la idea del asesinato político". Helas aquí:

¡Oh piedad insensata y funesta!

¡Ay de aquél que es humano y conspira!

Largo fruto de sangro y de ira

Cogerá de su mísero error...

* * * * *

De traidores y viles tiranos

Respetamos clementes la vida,

Cuando un poco do sangre vertida

Libertad nos brindaba y honor.

Háblase en estos versos de lucha, de sangre, de muerte, como inevitables

condiciones para afirmar el honor, para conquistar la libertad, pero no

ofrecen fundamento para creer que envuelvan la apología del asesinato

político, á pesar de que el poeta tenía entonces la edad en que casi

todos los estudiantes ponen en lo más alto del firmamento de los héroes

á Marco Bruto ó á Carlota Corday. Siempre en Cuba se ha creído que se

referían al asalto de un puesto de guardia mal defendido en la ciudad de

Matanzas. No lo sabemos, pero quizás la piedad y la justicia mismas no

hubieran retrocedido ante "un poco de sangre vertida", si hubiese podido

ahorrar los torrentes que habían de correr por los patíbulos, que habían

de teñir de rojo los caminos de un extremo al otro de la isla.

Engolfado en estos pensamientos cree oportuno el Sr. Menéndez y Pelayo

traer á colación, para ponerlo enfrente de esas cuartetas

revolucionarias, como palinodia cantada por el poeta de 1823, la carta

que el desterrado escribió en 1836 pidiendo al general Tacón, gobernador

de la isla, permiso de volver y vivir al lado de su anciana madre y sus

hermanas, de quienes estaba hacía trece años separado, que amaba

entrañablemente, que no olvidaba un momento, como de sobra saben cuantos

han leído sus versos, pues las recuerda é invoca con suma frecuencia.

Muchas cosas habían pasado en España en esos trece años; indultos,

amnistías, cambios de régimen,--primero con motivo de las bodas últimas

de Fernando, luego de su muerte,--proclamación de su hija, advenimiento

de un gobierno liberal, parlamentario, que habían abierto las puertas de

la patria á todos los emigrados y condenados políticos. Pero en Cuba

nada había cambiado: gobernada en 1836 más despóticamente que nunca por

Tacón, militar intolerante, suspicaz, terco, rutinero, que contenía con

mano de hierro y facultades ilimitadas el menor esfuerzo para aliviar la

carga opresiva. Heredia llevaba más de diez años de residencia en

Méjico, allí se había naturalizado y era magistrado de su Audiencia,

cuando su salud ya vacilante, el clima de la capital que era contrario á

su padecimiento y el deseo de ver la familia lo decidieron á solicitar

de Tacón el permiso de entrar en su país. Para prevenir las sospechas

del procónsul y evitar una segunda negativa, pues ya lo había solicitado

una vez en balde, agregó en la carta lo que era la verdad: que tenía muy

modificadas sus opiniones con motivo de "las calamidades y miserias" que

estaba presenciando en Méjico, por lo cual consideraría un crimen

cualquiera tentativa de trasplantar esos males á Cuba. Alma

impresionable de poeta que los acontecimientos afligen y amoldan como

cera blanda, no pudo sin inmenso desaliento contemplar el penoso

espectáculo que ofrecía Méjico al mundo en aquel período pasando sin

cesar de la anarquía á la dictadura, de la dictadura á la anarquía, á la

merced de ambiciosos de pobre estofa, capaces de todos los atentados,

como él decía del general Santa Ana.

En cualquiera otra parte de Europa ó América un desterrado político de

esa importancia, de tanto talento y prestigio, que pide él mismo

licencia de volver á su patria en semejantes condiciones, hubiera sido

acogido con los brazos abiertos, agasajado como preciosa adquisición.

El general Tacón, que consideraba á todo hijo de América como enemigo

personal, y gobernó la isla durante cuatro años con esa indestructible

convicción por norma de conducta, otorgó trabajosamente una licencia

improrrogable de dos meses con expresa recomendación de pasarlos en el

seno de la familia y reembarcarse al fenecer el plazo perentorio

determinado. El gran poeta, enfermo, pues ya lo minaba la dolencia

pulmonar que había de arrebatarlo dos años después, fué recibido de la

manera humillante que relata un testigo mayor de toda excepción, el

inglés Kennedy, representante del gobierno británico[72].

[72] Kennedy, _Modern poets and Poetry of Spain_. 1 vol. London

1852. Págs. 265 á 290.

Llegó en Noviembre y partió en Enero, otra vez hacia el destierro.

Cuantos lograron verlo y hablarle en Matanzas y la Habana le oyeron

francamente expresarse en el mismo sentido que se había dirigido á Tacón

en la carta, desengañado, lacerado en lo más íntimo por el desgobierno,

el desorden inextricable en que Méjico convulsivamente se agitaba. Su

vista, disminuida por la suma de crueles infortunios, por el mal que

lentamente y sin reposo devoraba sus entrañas, no tenía fuerza para

elevarse y divisar más allá de las escenas contemporáneas que lo

angustiaban un lejano, más risueño porvenir.

Al transcribir el colector el párrafo de la carta añade que lo hace

"_por más que duela_ á los separatistas cubanos, que sólo podrán

desvirtuar su fuerza suponiendo en Heredia una doblez y falsía indigna

de su buen nombre é impropia de su carácter franco y arrebatado". No es

probable que haya hoy nadie interesado en desvirtuar la fuerza de las

palabras del poeta, ni mucho menos dudar de su franqueza y veracidad

indiscutibles. Si existiesen aun "separatistas cubanos", es muy probable

que se contentaran con hacer notar que los agentes de la metrópoli

perseguían en Cuba con el mismo ensañamiento á los que se ponían en

contra y á los que se declaraban en su favor, pues en uno y otro caso

sufrió Heredia idéntico tratamiento; lo cual, si se necesitara nueva

prueba, demuestra porque fueron año tras año acumulándose agravios y

rencores hasta terminar las cosas... del modo como terminaron.

El ardiente, arrebatado patriotismo de Heredia desfalleció al final de

su vida: no cabe duda de ello en vista de la carta á Tacón, que

publicaron multitud de periódicos, cuando el gobierno español, no hace

muchos años, la exhumó de los archivos[73], y no pueden ya prescindir

de ella sus nuevos biógrafos. Así lo hizo el malogrado Elías Zerolo en

su edición de las poesías[74].

[73] He aquí el texto del párrafo de la carta en cuestión, tal como

se encuentra en la _Antología_: "Es verdad que ha doce años la

independencia de Cuba era el más ferviente de mis votos, y que por

conseguirla habría sacrificado gustoso toda mi sangre; pero las

calamidades y miserias que estoy presenciando hace ocho años han

modificado mucho mis opiniones, y vería como un crimen cualquiera

tentativa para trasplantar á la feliz y opulenta Cuba los males que

afligen al continente americano". El documento puede leerse íntegro

en el apéndice al tomo I de los _Anales de la guerra de Cuba_ por

D. Antonio Pirala. Madrid, 1895. Pág. 835.

[74] Poesías líricas de José María Heredia con prólogo de Elías

Zerolo. París. Garnier Hermanos, 1893.

La Antología de la Real Academia salió á luz unos cuantos años antes de

lo que hubiera debido. Si el eminente literato que la ordenó, que

inserta íntegro en el tomo III el _Canto á Junín_ de Olmedo en el cual

las invectivas contra España exceden en violencia á todas las

composiciones de Heredia, hubiese acometido su tarea un poco después,

cuando ya Cuba separada de España era dueña de sus destinos, habría

probablemente medido por un rasero á todos, y aunque en los prólogos

consignase sus reservas, como lo hace respecto de Bello, Olmedo y

algunos otros, siempre por lo menos habría procedido _nullo discrimine_

en la elección de las composiciones y habría versos patrióticos no

solamente de Heredia sino de Milanés, de Zenea y los demás en la nueva

crestomatía.

Pero su innegable agudeza crítica permanece hasta el fin nublada á

nuestro parecer por consideraciones políticas, no otorga sin

atenuaciones el título de primer lírico cubano á Heredia, sin agregarle

estas líneas: "A lo sumo la Avellaneda, que más pertenece á la

literatura general española que á la particular de la isla, podrá

disputarle, y _en mi concepto arrebatarle_ la preeminencia". Me permito

opinar de diferente manera. La Avellaneda es grande en el género

dramático, en la tragedia principalmente; _Alfonso Munio_, _Saúl_,

_Baltasar_, son obras por nadie en la España moderna superadas, pero en

la lírica, si bien de forma más rotunda y estilo mucho más igual ó

seguro, es hueca casi siempre, casi nunca original ni en los

pensamientos ni en las imágenes.

Cuando Gertrudis Gómez de Avellaneda salió por primera vez de Cuba tenía

veintidós años, estaba ya completa su educación y el soneto que escribió

como despedida y empieza:

¡Perla del mar! ¡Estrella de occidente!

tiene todas las cualidades de sus obras posteriores. Cuando Heredia

partió súbitamente de Cuba hacia el norte de los Estados Unidos tenía

diez y nueve años, llevaba grabadas en los ojos y en la mente imágenes

de la naturaleza patria que supo antes que nadie reproducir en verso,

con tanta verdad y energía, con emoción tan honda y sincera, como es

inútil buscarlas en las pomposas creaciones líricas de la ilustre

poetisa dramática.

Me figuro que la Avellaneda misma hubiese sido la primera en atribuir á

Heredia la palma entre los vates líricos, y lo deduzco de la bella

elegía, que compuso cuando, allá en el fondo de la provincia de España

donde residía, llegó á sus oídos la noticia de la muerte de su

desgraciado compatricio:

¡Ay! que esa voz doliente,

Con que su pena América denota

Y en estas playas lanza el Océano,

"Murió, pronuncia, el férvido patriota..."

"Murió, repite, el trovador cubano";

Y un eco triste en lontananza gime:

"¡Murió el cantor del Niágara sublime!"

Trovador cubano, férvido patriota, cantor sublime de la catarata del

Niágara, todo Heredia se encuentra en esas tres fórmulas perfectamente

representado, y la autora tal vez, si hoy viviese, sería la primera en

reconocer, no obstante las alabanzas del crítico, que sus versos líricos

palidecen ante el esplendor de imaginación y sentimiento que brota del

canto al Niágara, de la meditación en el Templo mejicano y otras

composiciones de José María Heredia.

Hombres y glorias de América · 第 34 / 44 题