CAPÍTULO II

El sucesor de Webster en el Senado.--Ley sobre los esclavos

huídos.--Cuestión de Kansas.--Discurso de Sumner y sus consecuencias.

Un nuevo Congreso se reunió en Diciembre de 1851. La situación

respectiva de los partidos continuó igual, dominando siempre en ambos

cuerpos legisladores las ideas que inspiraron el Compromiso del año

anterior. Pero en el Senado pudo notarse un síntoma ligero, cambio

pequeño en la apariencia, de carácter muy importante en realidad. Hasta

entonces sólo había penetrado allí un senador abolicionista, Hale, de

New Hampshire, que tal vez no merecía el calificativo en el sentido

sectario de la palabra, pero sin duda acérrimo adversario de la

esclavitud. Su elección había sido anunciada por el gran poeta cuáquero

Whittier con estas palabras: "que esa primera oleada de la futura

inundación del Norte, al romper contra los muros del Capitolio, lleve

allí por primera vez un senador antiesclavista". Enteramente solo desde

1847, poderosamente auxiliado dos años después por Chase, senador

independiente que no reconocía trabas de partido en cuestiones de

libertad humana, formaban ambos núcleo diminuto, al que se incorporaba

ahora un hombre nuevo, Charles Sumner, de Massachusetts. Por dos

razones era notable la entrada de este senador: porque acudía á ocupar

precisamente el puesto donde por tantos años se había sentado Webster,

quien vivía aun en ese instante y era principal ministro del Presidente

de la República; y porque su reputación en Massachusetts comenzó por la

enérgica reprobación con que había atacado las doctrinas á que se

convirtió Webster al fin de su carrera, el Compromiso y la ley contra

los esclavos. Formidable, inesperado combatiente, que bajaba al campo

vestido de armas de otro temple y otra fuerza que las usadas hasta esa

fecha, proclamando en la lucha contra la extensión y predominio de la

esclavitud principios severos de moral, ideas de justicia absoluta,

prescripciones de conciencia que no consentían ningún género de

acomodamiento.

No sería, empero, exacto deducir de la elección de Sumner la prueba de

que, en el importante estado que venía á representar, desaprobase una

mayoría la conducta de Webster y rechazase el Compromiso de 1850. Todo

lo contrario; Massachusetts, lo mismo que el resto de la República,

aceptaba sin disgusto el arreglo, complaciéndole la idea de poner

realmente término á las pertinaces desavenencias entre las dos secciones

del país, de aguardar, evitada la necesidad de remedios violentos, que

el curso del tiempo elaborase insensiblemente un cambio de

circunstancias, y favoreciese al cabo la lenta extinción del

antieconómico y ruinoso sistema de trabajo, que difícilmente se mantenía

en los Estados del Sur. Sumner había ganado el puesto en virtud de una

coalición accidental de grupos; debió, sin duda, la preferencia á sus

conocidas opiniones sobre la esclavitud, y entraba en el Senado libre de

toda traba que sujetara su marcha, sin más límite impuesto á sus

palabras que el que su conciencia y respeto á la Constitución juntamente

le dictasen; pero la masa del país, allí y en todas partes, sin prestar

oídos demasiado atentos á la agitación, al llamamiento á nueva cruzada,

que partía del púlpito de ciertas sectas religiosas avanzadas y del seno

de las sociedades abolicionistas, esperaba después de todo un largo

período de paz y tranquilidad.

Mas el Compromiso llevaba dentro de sí, por su propia esencia, gérmenes

peligrosos que no tardarían en crecer y propagarse.

La aristocracia del Sur, envalentonada por el triunfo, por la inercia

posterior de sus adversarios, por los aliados que de diversos lados se

le ofrecían en el Norte, y más que todo por su propia intemperancia,

había de precipitar los sucesos, abusar de la victoria, ahondar ella

misma el abismo en que todo se despeñaría. En el Norte mientras tanto la

aplicación de la nueva ley sobre los esclavos huídos, que era la parte

del acuerdo que más íntimamente halagaba á los dueños,--porque

satisfacía á un tiempo mismo su vanidad, sus intereses y el firme

convencimiento de la justicia de su causa,--producía conflictos,

desórdenes, motines sangrientos más de una vez, y era viva y constante

recordación de los rasgos más duros, más crueles y odiosos del sistema.

La ley era verdaderamente terrible, y del inicuo axioma jurídico que

hacía cosas, no personas, los esclavos, jamás se han deducido con tesón

tan implacable sus últimas y más aflictivas consecuencias. Suprimía

todas las garantías del venerando derecho inglés, el jurado y el _habeas

corpus_; prohibía que se admitiese como prueba la declaración del

perseguido; todos los ciudadanos estaban obligados bajo diversas penas á

auxiliar los agentes de justicia en busca de esclavos prófugos; y para

fallar no se requería más prueba que la declaración, oral ó simplemente

certificada en copia, de dos testigos acerca de las señas generales del

individuo que se buscaba; el procedimiento debía ser sumario, ejecutivo,

sin recursos dilatorios de ninguna especie; y por este sentido otras

disposiciones de idéntico jaez. ¡Calcúlese el terror que produciría

edicto semejante entre los treinta mil negros[5] que vivían refugiados

desde muchos años atrás en las ciudades del Norte, arraigados, con

familia, y expuestos de súbito á verse perseguidos, rastreados como

bestias salvajes por jaurías de feroces sabuesos, y devueltos entre

cadenas á sus antiguos y enconados amos! ¡Imagínese también la cólera,

la indignación que tal espectáculo despertaría entre los ciudadanos

blancos, entre hombres y mujeres de la Nueva Inglaterra, habituados á

tratar con mansedumbre hasta á los animales, y forzados á reconocer, á

ser testigos de que bajo la constitución republicana de la nación

considerada como la más libre del mundo se ordenaban, autorizaban y

ejecutaban escenas de tanta barbaridad!

[5] La cifra es de Clingman, representante de la Carolina del

Norte, citada por VON HOLST, _Const. Hist._ vol. 111, pag. 552,

nota.

Crecieron y se multiplicaron al calor de esos sentimientos las

sociedades abolicionistas, y la corriente de simpatía en favor de los

negros esclavos aumentaba á ojos vistas en fuerza y en volumen, formando

y educando así la opinión pública contra la institución; y bien se vió

al sonar la hora crítica del combate, cuando se levantó robusta,

compacta y resuelta á todos los sacrificios. Hubiera sido habilidad

política por parte del Sur no exigir demasiado en esa cuestión, no

abusar de los derechos que el Compromiso le reconocía, mas era inútil

esperarlo de su excitable y excitado temperamento. El día en que

pronunció Sumner su primer discurso importante en el Senado, atacó

vehementemente la ley, haciendo resaltar sus aspectos más repugnantes;

sus palabras, llenas del más sincero fervor, fueron juzgadas de

trascendencia tal por Chase y Hale, que declararon ambos á una que

señalaban el comienzo de una era nueva en la historia americana. Pero

los representantes del Sur se hallaban tan lejos de comprender la

gravedad de ese género de ataque, que apenas hubo terminado el orador

se levantó un senador del estado de Alabama y dijo que esperaba que

ninguno de sus amigos respondería al discurso "que el senador de

Massachusetts había creído conveniente infligir sobre el Senado", y

agregó, en tono que llegó por desgracia á ser bastante frecuente durante

algún tiempo en aquel cuerpo respetable: "el frenesí de un demente puede

á veces ser peligroso, pero los ladridos de un gozque nunca han hecho

daño á nadie".[6] Y cuenta que la oración de Sumner, á pesar de su

acento de apóstol exaltado, no se aparta en realidad del terreno

político, y se reduce á pedir el empleo de todos los medios legales para

mantener la esclavitud estrictamente dentro de los límites de la sección

del país donde existía é imperaba, sin consentir ni extenderla, ni

otorgarle, fuera de su recinto, ninguna nueva garantía, ningún otro

privilegio.

[6] Sesión del 26 de Agosto de 1851. Congressional Globe, Apéndice.

Pero, como ya hemos dicho, continuaban en el Norte muy grandes y

generales el ansia de paz y tranquilidad, el franco deseo de evitar

desavenencias enojosas; el peligro mayor para el porvenir de la

esclavitud y poder político de sus defensores no residía por tanto, ni

en la hostilidad de una docena de senadores, ni en la propaganda

religiosa, ni en los esfuerzos de las sociedades abolicionistas, por

laudables y hábiles y enérgicos que fuesen. Eso muy bien lo sabían y

sentían los jefes y aliados del partido esclavista, y ya lo revelan las

posiciones de ataque, no de defensa, que en el acto ocuparon.

Apenas instalado Presidente de la república, el 4 de Marzo de 1853, un

hombre relativamente oscuro, sin antecedentes políticos, Franklin

Pierce, en quien confiaban hasta el punto de esperar su ayuda en las

empresas que secretamente maquinaban, juzgaron oportuna la ocasión para

restaurar y afirmar el incierto equilibrio entre las dos secciones,

creando nuevos estados, donde la esclavitud pudiera ser establecida. La

magna y riesgosa campaña, que en sustancia equivalía á echar abajo todo

lo tan difícilmente ajustado en 1850, requería como general en jefe un

personaje político del Norte, cuyo nombre é influencia cimentasen la

alianza y adormeciesen la suspicacia de los tibios y los tímidos. Aceptó

este papel Stephen Douglas, senador de Illinois, "el pequeño gigante",

como le llamaban por su corta estatura y su proverbial habilidad en

luchas é intrigas de partido, á quien espoleaban la inquieta actividad

de un espíritu devorado por la ambición y la esperanza de ascender á la

cumbre y asir la presidencia de la República. Consistía su plan en

organizar dos nuevos territorios, Kansas y Nebraska, en las vastas y

fértiles llanuras que se extendían al oeste del Missouri, entre ese río

caudaloso y la gran cordillera de las montañas Rocosas, terreno

admirablemente situado en el centro mismo del continente, crucero

forzoso de las rutas por donde habían de pasar exploradores, emigrantes

y colonos, en busca de las minas de oro de California y de las riberas

del Pacífico, linde occidental de la república.

Insuperable obstáculo se presentaba, sin embargo, para que al llegar á

constituirse esos territorios como Estados de la federación tuviesen la

facultad de autorizar en su suelo el trabajo esclavo; hallábanse más

arriba de la línea famosa de los 36°30' de latitud Norte, y un pacto

solemnemente acordado y publicado por la generación anterior, sacrosanto

y venerable casi como el mismo paladión constitucional, el

constantemente invocado Compromiso del Missouri, había trazado para

siempre ese límite, más allá del cual era vedado ir á la esclavitud.

Calhoun, Calhoun mismo, á quien nunca arredraron las consecuencias de

sus doctrinas, hubiera temblado quizás antes de atravesar ese Rubicón

por mil motivos peligroso. Douglas no tuvo miedo, ni siquiera titubeó al

tirar la suerte, y á su voz respondieron el Senado y la Cámara

proclamando que la antigua y salvadora restricción geográfica sería de

entonces en adelante nula y de ningún valor. Eso era, para usar un símil

de Sumner calificando con su acostumbrado vigor la acción del Senado,

sembrar los dientes del dragón por toda la extensión del país; y si no

brotaban inmediatamente, como en la fábula antigua, hombres armados, ya

fructificarían después entre el odio y la guerra civil[7].

[7] Discurso del 25 de Mayo de 1854.

El nuevo _bill_ trastornaba completamente la política en los Estados

Unidos; todos los sacrificios consumados, humillaciones del Norte,

retiradas del Sur, acuerdos, transacciones, todo se borró, y apareció en

completa desnudez la realidad de los intereses desencadenados. La

división entre ambas secciones se ahondó tanto que no era ya posible

ninguna transacción, que no podrían ya extenderse más la mano de un

borde al otro del abismo que los separaba.

Por fortuna, poseía el sentimiento unionista en el Norte tan viva

conciencia de su fuerza y su derecho, que ni entonces ni nunca provocó

el rompimiento final, amenaza constante del partido adverso; y en ese

año de 1854 soportó que fuese derogado el acuerdo del Missouri, y

continuó la lucha en el terreno legal, bajo las condiciones mismas en

que se la ofrecían. Kansas y Nebraska eran un desierto: había primero

que poblarlo y colonizarlo, después sus habitantes decidirían, cuando se

hallasen en capacidad de solicitar ingreso entre los estados de la

Unión, la especie particular de constitución que habría de regir,

autorizando ó prohibiendo la esclavitud. Si la contienda legal hubiera

podido sostenerse con toda lealtad, el éxito en favor de la libertad no

hubiese sido dudoso. Los emigrantes nunca iban al Sur á entrar en

competencia con el trabajo servil, y como los Estados de Nueva

Inglaterra aprestaron recursos abundantes para facilitar el

establecimiento de colonos en los llanos de Kansas, no tardó en haber

allí blancos suficientes para organizar municipios, reunirse y votar una

constitución contraria á la esclavitud. Pero á tanto no podía resignarse

el partido omnipotente en Washington; convencido de que para reforzar su

vacilante situación le era indispensable aumentar de todos modos el

número de defensores resueltos de la esclavitud, hizo concertar bajo sus

auspicios entre el vecino estado de Missouri y el territorio de Kansas

un movimiento de ida y venida, de entrada y salida, para acumular

votantes cada vez que fuese necesario y anular uno tras otro todo

acuerdo opuesto á sus deseos. Nació de ahí una situación nublada y

revuelta, un estado perenne de confusión, de disputas y hasta de guerra,

de verdadera guerra civil, con muertos, heridos, asaltos y batallas.

Primer ensayo en teatro reducido de escenas trágicas, que más adelante

habían de representarse en proporciones infinitamente mayores; desorden

local, en un rincón lejano del país, que deshonraba la república á los

ojos del mundo, pues nadie lograba descubrir la verdad ni fijar de qué

lado estaban la razón y la justicia en medio de la enorme masa de

detalles contradictorios que insertaban los periódicos, que autorizaban

las mismas comisiones oficiales. Era en efecto demasiado evidente que el

partido cuyas ideas dominaban en el Capitolio y en la Casa Blanca seguía

tenazmente en Kansas la realización de un programa bien definido, y

apenas disfrazaba su ardiente empeño de cubrir y defender los atentados

que diariamente se cometían.

La mayoría del Senado, tan fiel como numerosa y compacta, mantenía firme

la alianza entre Douglas y los adalides del Sur. Butler, de la Carolina,

y Mason, de Virginia, sucesores ambos de Calhoun al frente de los

sostenedores de la esclavitud, experimentaban la satisfacción de ver

acatadas y obedecidas las doctrinas que predicó durante su vida el gran

político, cuya memoria invocaban reverentemente, á quien siempre

recordaban como "jefe, señor y maestro". Pero el alma, el espíritu

activo del Senado en todas esas discusiones á propósito de Kansas, tan

graves y tan reñidas, fué Douglas, que inició la cuestión, la dirigió,

la hizo crecer hasta convertirla en la más vasta y trascendental de

cuantas agitaban el país; á él todo principalmente se debía y en esa

época parecía á la verdad el activo, robusto, pequeño de estatura

senador, uno de esos enanos malignos de la leyenda, como ha dicho Von

Holst, que por la fuerza de sus músculos y la sutileza de sus

combinaciones logran sobreponerse á guerreros formidables[8].

[8] _Const. Hist._ (Chicago, 1877-89) vol. IV. pag. 416.

Sin tropas, sin máquinas de guerra, sin campo siquiera de donde lanzar

las embestidas, no era posible á la minoría reducida del Senado ir

contra esa posición inexpugnable con la menor probabilidad de

arrollarla. Pero Sumner, en quien no sólo como intrépido y vigilante

tribuno, sino como jurisconsulto tan experto cuanto tenaz, fundaban

grandes esperanzas los adversarios de la esclavitud, no se resignaba á

la inacción, y resolvió ver, con un nuevo discurso, larga y

cuidadosamente preparado, si levantando el grito con redoblado vigor,

hacía penetrar el eco vibrante de su invectiva en los oídos de todos los

libres ciudadanos del Norte de la república, y denunciar así en términos

de la más ruda franqueza, sin escrúpulos de forma ni respetos de nimia

cortesía, lo que pasaba en Kansas, y lo que para esconderlo y

patrocinarlo se urdía en el Senado. Si con argumentos ó con preces nada

podía conseguirse, algo quizás se obtendría presentando al país un

cuadro magistral de la situación, haciendo destacar sobre el fondo

oscuro de la sala de sesiones é iluminando con rojizo resplandor las

figuras de los jefes audaces, que tramaban la ruina de la república, que

por lo menos querían abiertamente aumentar la influencia y poder de los

dueños de esclavos en los consejos nacionales con menoscabo de la

libertad.

El discurso fué pronunciado el 19 y 20 de Mayo de 1856, y ocupó más de

seis horas entre las dos sesiones. Es una arenga muy trabajada, repleta

de erudición literaria, y á pesar del tono excesivamente declamatorio

surge en ella sincera y ardorosa la pasión del orador, inspirándole

pasajes de brillante elocuencia.[9] Como obra de arte es muy desigual,

de gusto poco severo, con tal exuberancia de citas de autores antiguos y

modernos, de alusiones históricas y mitológicas, que á ocasiones aparece

privado de movimiento y de vigor. No es creíble que, pronunciado ante el

Senado, obtuviese la mitad siquiera del efecto que produjo sobre los que

después lo leyeron, porque, como todos los escritos de Sumner, deja ver

la larga preparación, y carece de ese colorido sobrio y enérgico, que

por lo general conserva la prosa de los graneles oradores, aun en los

trozos más meditados, mejor aprendidos de memoria. La impresión del

auditorio debió ser extraña, confusa, contradictoria, á despecho de la

afectación de simetría y precisión de método con que va dividiendo y

tratando la materia, sin cuidado de incurrir en repeticiones y

monotonía. Este inconveniente quizás fué poco sensible, después de todo,

para los lectores poco exigentes á que estaba dedicado, y es positivo

que como esfuerzo de convicción y propaganda gana el discurso en

claridad y unidad de efecto tanto como puede perder bajo diferente

concepto.

[9] Llena más de quince grandes páginas á tres columnas del

_Congressional Globe_ 34th. Cong. 1st. Sess. 529 á 544. Apénd.

En varios lugares presenta el croquis de las líneas principales del plan

trazado; de las tres partes en que distribuye la materia y que enumera,

subdivide dos en cuatro capítulos, cuyos títulos reiteradamente anuncia,

comunicando á su trabajo algo de rigidez mecánica, de innecesariamente

riguroso y afectado. Agotada la narración, estudiado lo que llama «el

crimen contra Kansas» en sus orígenes y su carácter, descrita con

infatigable energía la situación del territorio en ese instante

histórico, procede á analizar «con mezcla de vergüenza é indignación»

las defensas del crimen invocadas por los culpables, «cuatro en

número--dice--y de cuádruple naturaleza... La tiranía, la imbecilidad,

el absurdo y la infamia se unen para bailar, como las brujas hermanas,

en torno de este crimen». Los remedios propuestos son también cuatro, y

se le presentan, aludiendo probablemente á una escena del _Mercader de

Venecia_, igual que antes á las brujas del Macbeth, como otras tantas

cajas cerradas, «y al Senado toca determinar con su voto cuál debe ser

abierta y descubrir su contenido».

El orador recomienda el cuarto remedio, que en suma se reduce á admitir

en el acto á Kansas entre los estados de la Unión con prohibición

absoluta de consentir la esclavitud; mas demasiado conocía él lo

impracticable de esa solución, que contrariaba les inmutables deseos de

la mayoría y tenía, del modo como se presentaba entonces, vicios de

forma, irregularidades esenciales, suficientes para hacerla fracasar

ante jueces aun menos prevenidos, aun totalmente desinteresados.

Pero cambian de aspecto y naturaleza estas circunstancias, si se

recuerda que desde su silla curul el orador pretendía dirigirse al país

y era parte de su plan revestir sus violentas afirmaciones de un gran

aparato de saber político, de erudición literaria é histórica. La parte

personal y de invectiva adquiría así mayor relieve, y no era un

inconveniente que quitase fuerza y valor á la argumentación. El

entusiasmo y la exaltación podían y debían á su juicio tomar parte en

una cuestión en que el sentimiento y la moral universal la tenían tan

grande y decisiva. Mirado de este modo, el discurso es extraordinario, y

en lo que dice sobre los senadores adversos, sobre Butler y Douglas y

Mason, abundan expresiones felices y pasajes muy animados. Hay, como en

lo demás, lujo exagerado, ostentación de riquezas, mal gusto; en un solo

y mismo párrafo, por ejemplo, compara á Douglas con tres personajes

diferentes, con Danton, con un general inglés de la guerra de la

independencia y con el que quemó el templo de Diana en Efeso, lo cual es

llevar lejos la incoherencia.

La gran novela de Cervantes, acaso tan popular y tan leída en países de

lengua inglesa como en los de lengua castellana, le inspira la mejor,

más cáustica y brillante de sus comparaciones. Si se tiene presente que

el senador Butler era un personaje alto, delgado, orgulloso, aunque de

maneras reposadas y corteses, y que Douglas, por el contrario, era

pequeño de estatura, de cara redonda, facciones toscas y anchas

espaldas, se comprenderá bien el efecto de risa que empezaría causando

al decir que esos dos senadores, aunque con muy diferente objeto al de

Don Quijote y Sancho Panza, habían salido al campo, á la manera de esta

pareja inmortal, en busca de una misma aventura. Pero como el objeto

del ataque no era hacer reír, truécase inmediatamente el chiste en

denuesto feroz, y añade: «El senador de la Carolina del Sur ha leído

muchos libros de caballería, y se cree él mismo andante caballero con

sentimientos de honor y valentía. Ha escogido naturalmente una dama á

quien consagrar sus pensamientos, la cual aunque fea para los demás, es

siempre encantadora para él; aunque indigna á los ojos del mundo, es

casta á los suyos; me refiero á esa ramera, que se llama la Esclavitud.

En favor de ella brotan profusamente las palabras de sus labios. Que

acuse alguno su conducta, ó proponga limitarla en el ejercicio de su

lascivia, y no habrá extravagancia de maneras ni violencia de

expresiones que parezca demasiado grande á ese senador» ... Luego dice:

«Si el senador de la Carolina es el Don Quijote, el senador de Illinois

es el escudero de la Esclavitud, su verdadero Sancho Panza, pronto á

desempeñar la parte humillante de la tarea». Estas frases repercutieron

como imperdonable afrenta por todo el Sur de la república; pero las que

más dolieron, las que cayeron como bombas explosivas en medio de

aquellos exasperados combatientes y provocaron la terrible represalia,

fueron otras, como éstas: «Los habitantes de Kansas excitan muy

particularmente la sensibilidad del senador. Representa, como nos lo

advierte, "un Estado", y se aparta con supremo disgusto de esa nueva

comunidad, que no se digna reconocer ni aun como "cuerpo político"».

«¿Por qué ese exclusivismo? ¿Ha leído la historia del Estado á quien

representa?... La Carolina es antigua, Kansas es joven. La una cuenta su

vida por siglos, la otra por años. Pero un buen ejemplo puede nacer en

un día, y me atrevo á decir que enfrente de los dos siglos del viejo

Estado pueden ponerse los dos años de prueba y de virtudes de la

comunidad más joven. En el uno se oye el largo lamento de la esclavitud,

en la otra el himno de la libertad... Si la historia entera de la

Carolina se borrase desde el momento de su creación hasta el día de la

elección última del senador, no diré cuán poco habría perdido la

civilización, pero seguramente menos de lo que ya ha ganado con el

ejemplo de Kansas en su animosa lucha contra la opresión». Y aludiendo á

unos versos del _Hamlet_, al apóstrofe indignado de Laertes contra el

clérigo oficiante en el entierro de Ofelia, que la mayor parte de sus

oyentes sabía sin duda de memoria, concluye el párrafo así: «Kansas

admitida á título de Estado libre sería en la República como un "ángel

del Señor", mientras Carolina, asida á su manto de tinieblas, yacería

bramando en los abismos».

La sala y tribunas del Senado estuvieron completamente llenas durante

las dos sesiones que ocupó el discurso, y á pesar de la probable

hostilidad de casi toda la concurrencia y del no fingido desdén de

algunos senadores, fué escuchado con profunda atención, sin haber sido

el orador llamado una sola vez al orden, ni por el presidente de la

asamblea ni por sus colegas.

Apenas hubo terminado, se levantaron á replicar Douglas y Mason;

considerábanse personalmente agraviados y devolvieron insultos mucho

mayores; pero no hay nada que recordar de sus airadas contestaciones,

improvisaciones dictadas por la cólera, y como era natural, no lograron

mantenerse, tan estrictamente como lo había hecho el agresor, dentro de

las fronteras del lenguaje parlamentario. Butler no asistía al Senado en

esos días, hallábase muy lejos, en su "pequeña hacienda" de la Carolina,

como dijo después.

Instantáneamente se vió que el efecto del discurso, en contra lo mismo

que en pro, sería tan grande como podía su autor desearlo. En la

atmósfera opresiva de aquella época, nube tan cargada de electricidad

contraria no había de pasar sin desencadenar la tempestad, y como

Washington, capital federal, era por sus costumbres, sus esclavos y sus

condiciones topográficas una ciudad del Sur, numerosos amigos

advirtieron á Sumner que debía por prudencia precaverse atentamente.

Pero moderado y pacífico en sus relaciones privadas tenía en cuestiones

públicas el valor de sus opiniones, y convencido de la rectitud

desinteresada de su conducta, despreció el aviso.

En la tarde del 22 de Mayo, dos días después del discurso, habiendo el

Senado suspendido su sesión más temprano que de costumbre, se había

quedado Sumner en la sala sentado en su puesto y despachando su

correspondencia, cuando se le acercó un individuo para él desconocido,

murmuró unas palabras sobre injurias inferidas al estado de la Carolina

y á su senador, y sin aguardar respuesta le asestó en la cabeza

descubierta golpe tal con un grueso bastón de gutapercha, que casi lo

privó de sentido. Pugnando por levantarse, arrancó Sumner en sus

esfuerzos la mesa clavada contra el suelo que le impedía moverse y

defenderse, mientras menudeaban los golpes sobre el cráneo y sobre la

cara, fuertemente aplicados por un hombre joven y diestro. Al fin cayó

contra el pavimento, exhausto, desmayado y cubierto de sangre[10].

[10] Como hay menudas discrepancias de detalle en las relaciones

del suceso, he seguido principalmente la versión del colega de

Sumner como senador de Massachusetts, Henry Wilson, ante el Senado,

al día siguiente de la ocurrencia. _Cong. Globe_, pag. 1279.

Fué protagonista de esa escena sangrienta un pariente del senador

Butler, miembro de la Cámara de Representantes, llamado Preston Brooks.

En la altanera relación del suceso, que cerca de dos meses después hizo

él mismo ante el Congreso cuando se discutía su expulsión, confesó haber

premeditado minuciosamente su acometida, como castigo de insultos

inferidos "á su Estado y á su sangre". Dijo, además, que su primera idea

había sido armarse de un látigo solamente, pero como Sumner era hombre

de elevada estatura y por consiguiente de mayor fuerza muscular, temió

que si había lucha cuerpo á cuerpo llegase á arrancarle el látigo de la

mano, y entonces, añadió significativamente, "como yo nunca dejo de

llevar á término lo que emprendo, me habría visto forzado á hacer _algo_

que hubiera tenido que deplorar durante todo el resto de mi vida". De

ahí la forma y carácter de su atentado[11].

[11] Sesión de la Cámara del 14 de Julio de 1856. El discurso de

Brooks se encuentra también en _Representative Orations_ ed. by _A.

Johnston_, N. Y. 1884, pues aunque sin valor literario se inserta

como representando uno de los lados de la famosa cuestión.

El tribunal común le impuso una simple multa, y en la Cámara no llegó á

reunirse la mayoría de dos tercios necesaria para la expulsión; presentó

él entonces espontáneamente su dimisión con objeto de ofrecer á sus

comitentes de la Carolina del Sur ocasión de aprobarlo ó censurarlo. Fué

reelegido por la casi unanimidad de los votantes. Un grito de

satisfacción resonó de un extremo al otro de los estados esclavistas, y

al cabo de tanto tiempo repugna todavía hoy leer en los periódicos de la

época la expresión de esos aplausos tan imprudentes[12], á que

respondían de la otra parte los más furiosos anatemas.

[12] Gran número de ellos copia VON HOLST op. ut ant. vol. V. pag.

328.

Cuando volvió Butler á Washington y habló prolijamente, en dos sesiones

también del Senado, respondiendo por sí y por su Estado á los cargos de

Sumner, dió á entender que podía muy bien éste hallarse ya otra vez en

su puesto de senador, pero que le convenía fingir resultados más graves

de los que en realidad le acarreaban los golpes de Brooks. No era así, y

en eso como en lo demás cegaba la pasión á los encarnizados adversarios.

Sumner, que hasta entonces había gozado de perfecta salud y en cinco

años no había faltado á una sola sesión, seguía abrumado por los efectos

del ataque, y no se le vió en la sala de sesiones hasta nueve meses

después, en Febrero de 1857. Después de ese día no volvió tampoco á

concurrir, hasta el 4 de Marzo en que fué á prestar juramento y tomar

posesión del nuevo puesto de senador para que acababa Massachusetts de

elegirlo por un segundo término de seis años; pero vivamente molestado

por los síntomas de una cruel afección del sistema nervioso,

consecuencia de los tremendos golpes recibidos en la cabeza, que le

impedía toda ocupación seria y continuada, se halló en el caso forzoso

de abandonar la patria y embarcarse á los tres días para Europa, donde

debía someterse á largo y riguroso tratamiento médico. Es cosa en

extremo curiosa observar que cuando fué Sumner el cuatro de Marzo de

1857 á jurar el cumplimiento fiel del nuevo mandato, había ya muerto

Preston Brooks, en Washington mismo, pocas semanas antes del mismo año,

á la temprana edad de menos de treinta y ocho, y Butler enfermo se

acercaba también al término y moriría en sus posesiones de la Carolina

pocas semanas después, en el mes de Mayo siguiente. Hubiérase dicho que

la diosa de la venganza arrebataba implacable al joven y al anciano, al

mismo tiempo que yacía herida en pleno vigor de su madurez la víctima

tan ferozmente maltratada.

Volvió de Europa á fines de 1859, estuvo presente en Washington al

abrirse el Congreso el 6 de diciembre, dispuesto, aunque no enteramente

curado, á reanudar su enérgico apostolado en favor de la limitación de

la esclavitud. Muchos y profundos cambios se habían ya verificado en ese

momento, pero el problema de la admisión de Kansas como estado soberano

de la Unión se hallaba todavía, después de infinitas peripecias,

pendiente de solución ante el Senado, cuando se levantó á pronunciar su

primer discurso importante en Junio de 1860, abogando lo mismo que antes

en favor de la admisión. Pudo, pues, como el ilustre catedrático de

Salamanca, perseguido y encarcelado cinco años por la Inquisición,

comenzar con la frase célebre: "_decíamos ayer_". Pero si la posición

era parecida, las prendas personales eran distintas; Sumner carecía de

la sencilla resignación de Fray Luis, y su novísimo discurso, que al

imprimirlo intituló: "La barbarie de la esclavitud", aunque exento de

ataques personales, conserva toda la inflexible rigidez de su

temperamento de reformador.

La agresión indefendible, imperdonable, de Preston Brooks no redundó en

beneficio del infausto programa político que la precipitó, bien al

contrario; pero respecto de Sumner, fuera del hondo y lastimoso daño en

su salud, si se mira en relación al papel político que tan valiente y

animosamente representó, cumple declarar que vino al cabo á prestarle el

más insigne servicio. Lo elevó á un alto pedestal, rodeó su frente de

inesperada aureola, le trajo el recurso precioso de la popularidad, todo

lo cual con sus dotes personales únicamente, con su manera habitual de

pensar, de hablar y de escribir nunca hubiera conseguido, á despecho de

la honradez de su carácter, del cabal desinterés de sus intenciones.

Faltábale ductilidad, faltábale modestia en la lucha intelectual,

faltábale sobre todo indulgencia para juzgar á los que opinaban ó

sentían de algún modo diverso: precisamente las cualidades que á primera

vista se estimarían indispensables para conquistar la alta posición que

sin disputa ocupó luego entre sus colegas; su prestigio ante el pueblo

americano bastó á allanar todos los obstáculos. El fatal rompimiento de

1861 vino después á colocarlo en su elemento, por decirlo así, al sonar

la hora de las resoluciones supremas, de las medidas violentas y

radicales. Fué entonces uno de los auxiliares más eficaces del

presidente Lincoln, y no cesaba un instante de espolearlo, de impelerlo

en el sentido de sus ideas, para obtener de él la proclama de la

abolición de la esclavitud como medida de guerra, proclama que Lincoln

prudentemente reservaba hasta que el fino y perspicaz instinto, que lo

mantenía en íntimo contacto con la opinión pública, le anunciara llegada

la hora precisa de lanzarla. Como cabeza de la Comisión de Relaciones

extranjeras en el Senado, movido por la inquebrantable resolución de

apartar cuanto pudiera traer estorbo á la resolución del espinoso

problema de la esclavitud, prestó incalculables servicios, cubriendo con

su prestigio parlamentario al ministro Seward, y conjurando todo peligro

de ruptura diplomática con el gabinete inglés ó con el Emperador de los

franceses. Al fin vió coronados sus esfuerzos, la guerra terminada, la

esclavitud para siempre abolida. Fué el período triunfante de su

carrera, y duraron su influencia y su poder hasta el término de la

presidencia de Andrew Johnson. Después vinieron en tropel amarguras,

tristezas infinitas; los defectos del hombre se sobrepusieron á las

cualidades del tribuno y del apóstol; alejado de su partido, de los más

de sus amigos, en pugna con el general Grant y sus ministros, fué

bajando uno á uno reacio y desabrido los peldaños de la escalera, que lo

había conducido á la cumbre: nadie lo oía, nadie seguía sus consejos, y

su tono dogmático, la pomposa elocuencia de sus desconsoladas profecías

se perdían en el desierto. Así fué poco á poco extinguiéndose la luz

brillante, la voz sonora del hombre que en un tiempo representaba, según

la bella y enérgica palabra de Emerson, "la conciencia del Senado".

Hombres y glorias de América · 第 6 / 44 题