CAPÍTULO I

Tentativas de conciliación antes de 1850.

La historia política y constitucional de los Estados Unidos de la

América del Norte se desenvuelve durante largo período en dos

direcciones principales; puede decirse que se concentra en dos problemas

capitales, cuyo planteamiento y progresivo desarrollo va rápidamente

despertando el más palpitante interés, hasta llegar á una solución

violenta y definitiva en medio de los horrores de una guerra civil,

sangrienta y destructora, como se recuerdan muy pocas otras en los

anales de la humanidad.

Esas dos cuestiones esenciales son: la extensión del área organizada de

la república con objeto de abrir el ancho campo indispensable al

portentoso engrandecimiento de su riqueza y población, y la lucha entre

los partidos políticos por consentir ó prohibir en los territorios

nuevamente anexados, ó en los nuevos estados que sobre ellos pudieran

constituirse, la esclavitud de la raza negra, tal como existía desde

antes de la independencia de los trece primeros estados, y tal como

implícitamente lo reconocía la Constitución soberana é intangible del

país.

A medida que han ido desapareciendo los actores que tomaron parte en las

luchas reñidas nacidas de esas cuestiones y se han podido escudriñar los

móviles verdaderos de sus actos y palabras; á medida que el trascurso

del tiempo ha suprimido los obstáculos que cerraban el horizonte é

impedían descubrir desde alto punto de vista toda la perspectiva, ha

aparecido también, cada vez más indudable, más patente cada vez, la

preponderante influencia que la cuestión de la esclavitud de los negros

ha ejercido en la historia de los Estados Unidos desde la época en que

los intereses agrícolas de las regiones del Sur, arraigados en el

trabajo esclavo, se hallaron por la fuerza de las cosas en directa

oposición al desarrollo industrial y mercantil de los Estados del Norte,

fomentado por el trabajo libre. El lazo federal debió resistir á

sacudidas, día por día más violentas, y si le ha sido lícito durar hasta

el presente, si conserva la república los rasgos esenciales de su

prístina apariencia, si continúa ante ella abierto magnífico y dilatado

porvenir de engrandecimiento, fué primero necesario, en medio de

terribles borrascas, atar más fuertemente y robustecer las ligaduras,

muy á punto en varias ocasiones de romperse para siempre.

En 1820 votó el Congreso federal una ley, conocida en el lenguaje

político con el nombre de acuerdo, ó _Compromiso_, del Missouri, en

virtud de la cual quedaba matemáticamente fijado en la línea de los

treinta y seis y medio grados de latitud Norte el límite que separaría

perpetuamente las dos fracciones del país donde se consentía y donde se

rechazaba el régimen de la esclavitud. Encima de esa línea ningún nuevo

Estado podía entrar á formar parte de la federación, si su ley orgánica

sancionaba la condición servil de una parte de los habitantes; y aunque

explícitamente no se proclamase lo contrario al Sur de la misma, el

_bill_, en concepto de todos, así lo daba por establecido: de ahí su

nombre de _Compromiso_ ó transacción.

Esa restricción geográfica impuesta á la esclavitud era un reproche

grave y directo, aunque tácito, contra la naturaleza de la institución;

los Estados del Sur pudieron soportarlo sin sentirse humillados ni

agraviados, porque sobraba entonces tierra en todas direcciones por

donde extenderse debajo del paralelo fijado, y porque sus jefes

políticos estaban todavía muy lejos de poseer la energía y unidad de

miras que después consagraron sin reposo á la defensa de sus intereses y

á la satisfacción de sus deseos.

El primer choque ruidoso y en campo abierto, pero puramente dogmático

todavía, entre ambas secciones contrapuestas, la primera tempestad de

truenos y rayos que pasó por el cielo de la república, amenazando atacar

la unión y disolverla desparramando sus elementos, ocurrió unos doce

años más adelante, y nació inopinadamente de una cuestión de aranceles

de aduanas, porque el Sur, como región agrícola y productora de primeras

materias, de algodón y de azúcar bruto, de tabaco, de cáñamo y arroz,

exigía en nombre de la equidad que los derechos de importación, al ser

fijados por las Cámaras en Washington para toda la República, se

ajustasen nada más que á las necesidades generales del presupuesto;

mientras el Norte, como región principalmente de industria y comercio,

solicitaba que por medio de altos derechos se protegiese la creciente

prosperidad de sus manufacturas. Un hijo ilustre de la Carolina del Sur,

que había ya sido Vicepresidente de la República, John C. Calhoun, alta

figura en quien se concentra en la forma más digna de respeto y más

completa cuanto hubo de bueno y cuanto hubo también de agresivamente

egoísta en la política de esos estados agrícolas y esclavistas,

excogitó una extraña teoría, que á su juicio se deducía naturalmente del

pacto constitucional, y que otorgaba á cada estado de la Unión la

facultad de negar el pase y la obediencia á las leyes promulgadas por la

autoridad federal, en el caso de que infiriesen perjuicio ó causasen

menoscabo á sus intereses esenciales. Cuando dentro de los muros del

Capitolio brotó defendida por un senador del Sur esa siniestra teoría,

precursora infalible de guerras y de duelos, fué inmediatamente refutada

y demolida por Daniel Webster, senador de Massachusetts, en una oración

magnífica, la más hermosa de su larga y brillantísima carrera, que por

la importancia de su tema y el inflamado vigor de su argumentación ha

sido por diversos críticos puesta en parangón con los más sublimes

modelos del arte oratorio en Grecia y Roma[2].

[2] Discurso generalmente llamado «Réplica contra Hayne»,

pronunciado el 26 de Enero de 1830. Véase la biografía de Daniel

Webster por HENRY CABOT LODGE, pag. 187, 1 vol. Boston, 1884.

Nadie ignoraba que Calhoun era el padre de la anárquica teoría expuesta

por el senador Hayne, y mientras Webster mostraba irrefragablemente que

en los flancos de esa doctrina política se escondía la guerra civil con

todos sus horrores, muchos fijaron los ojos en Calhoun que, como

Vicepresidente de la república, dirigía las sesiones del Senado, aunque

sin tomar parte en los debates, conforme dispone la Constitución. Pero

al ardor de sus convicciones no podía bastar que otro se encargase de

exponerlas y defenderlas. Poco después dimitió la Vicepresidencia,

aceptó el cargo de senador del Estado en que nació, la Carolina del Sur,

cuyos intereses políticos y morales eran su religión, para sostener por

medio de la palabra, con el acento de pasión severa y solemne que daba

alguna vida á su austera elocuencia, el derecho, ya antes defendido con

la pluma, de anular por medio de las legislaturas de los Estados los

acuerdos del Congreso federal. La Carolina llegó hasta á fijar de

antemano una fecha para iniciar su rebelión constitucional; pero el

primer magistrado de la república, el general Jackson, el más violento y

agresivo de los hombres, que alimentaba por la patria federal, por la

Unión, amor tan sincero y ardiente como el de Calhoun por su patria

local, por su Estado, pidió en el acto al Congreso facultades

extraordinarias para extirpar con mano de hierro el nido de traiciones

que se agitaba en la Carolina.

Era demasiado temprano para que osara el Sur provocar la guerra civil

con la menor probabilidad de mantenerla siquiera un breve espacio. El

temple militar de Jackson infundió terror en el corazón aun de los menos

tímidos, y fué preciso retroceder para evitar un desastre definitivo.

Acudió al socorro el senador de Kentucky, Henry Clay, el gran

pacificador, como ya lo llamaban, por la prominente intervención que

había tenido en el Compromiso del Missouri, y logró esta vez también, no

sin trabajo, zurcir una nueva transacción, disminuyendo gradualmente en

plazos fijos los derechos de aduanas, con lo cual se disipó el ominoso

nublado, y por un poco de tiempo los ánimos parecieron aquietarse.

En los años inmediatos, terminada la turbulenta administración de

Jackson, que fué Presidente durante dos períodos y gozó hasta el fin de

inmensa popularidad, bastó á llenar la actividad política de Calhoun y

sus amigos la preponderante influencia que á menudo lograron ejercer en

Washington. Gracias á ella se consumó la anexión de Tejas y se llevó á

cabo la guerra inicua contra Méjico, así como se proyectaron y

prepararon otras empresas, todas con el fin único de agrandar el área en

que podría extenderse la esclavitud de los negros. Pero esos hombres,

acaudillados por el grave y tenaz senador de la Carolina, eran demasiado

sagaces para no ver el formidable peligro que por diversos lados

amenazaba á la institución "peculiar", piedra angular del grupo de

estados cuyo porvenir tan ansiosamente defendían. Vanas resultaban con

frecuencia ventajas ganadas á costa de esfuerzos inauditos. La senda por

donde marchaban de triunfo en triunfo conducía fatalmente á una barrera

insalvable, contra la que habían de estrellarse sus más caras

esperanzas.

Después que la marcha misma de los sucesos colocó en abierto antagonismo

los Estados del Norte y del Sur, pudo por mucho tiempo la lucha, á pesar

del rápido crecimiento en riqueza y población de los primeros y del

lento progreso de los segundos, mantenerse sin excesiva desigualdad,

merced á los privilegios que la Constitución había asegurado á unos en

perjuicio de los otros. Los negros esclavos entraban hasta cierto límite

en el cálculo de la población para determinar el número de miembros de

la "Casa de Representantes" y del Colegio electoral; el Senado además,

que por sus mayores prerrogativas y la mayor duración del mandato era

depositario verdadero de los elementos de una política firmemente

continuada, se componía siempre de dos senadores por Estado, cualquiera

que fuese su tamaño y la cifra de sus habitantes. Por consiguiente la

lucha política en la capital federal por la suprema dirección de los

intereses generales, podía sostenerse con armas y probabilidades iguales

mientras se guardase el equilibrio entre ambos grupos y tuviese cada

parte número idéntico de senadores. Ese equilibrio, esa obra maestra de

esfuerzo y habilidad, era la trinchera poderosa, inexpugnable, en que se

defendía la esclavitud como institución, porque el miedo de tocar el

arca sacrosanta de la Constitución y el riesgo colosal de trastornar,

inundar de sangre y destruir la nación, daban al Sur aliados en el Norte

para conservar intactas sus posiciones, incólumes sus privilegios.

Pero la historia enseña que raras veces un soberano, un grupo de

hombres, un partido político, robustamente establecido al cabo de grande

esfuerzo y venciendo todos sus adversarios, se ha contentado con la

posesión tranquila del terreno conquistado en los primeros períodos, en

los días en que por la novedad misma de la situación el triunfo ha sido

fácil y la fortuna largo tiempo risueña. La inquietud del porvenir, la

soberbia del presente desencadenan la ambición, la transforman en

demencia y la precipitan en la ruina, como precipitó á Alejandro Magno,

á la oligarquía senatorial de Roma, al imperio efímero del primer

Bonaparte. Asimismo corría de jornada en jornada victoriosa á la

catástrofe inevitable el partido, que compacto y marcialmente organizado

constituía en quince estados de la Unión una verdadera aristocracia, y

oprimía en dura servidumbre á más de tres millones de negros, que valían

para la influencia política de sus amos como si fuesen dos millones de

ciudadanos libres.

No satisfecho ese partido con proclamar que la esclavitud era una

institución local, doméstica en cada estado, y que carecía el poder

federal de la facultad de coartarla y aun de vituperarla, lo cual en la

práctica nadie se aventuraba á contrariar; no contento con explotar y

abusar de todos los recursos nacionales en pro de la defensa y

sostenimiento de esa institución local, aspiró también á extenderla por

los territorios adquiridos después de la guerra con Méjico; pretensión

tan impolítica como cruel, tan injusta como inmoral, pues las leyes

mejicanas tenían allí previamente abolida la esclavitud. Esto provocó

nueva y violenta crisis de la nunca aplacada agitación; gritos y

amenazas de desbaratar la Unión resonaron con más furia que antes, y

fué preciso que se adelantase al proscenio otra vez el pacificador

perpetuo, Henry Clay, ya bien cargado de años y padecimientos, y

coordinase y defendiese con su probada destreza un tercer Compromiso,

que arrancado por la arrogancia del Sur á la pusilánime incertidumbre

del Norte, aplazó diez años solamente lo que Clay y otros muchos con él

creyeron para siempre conjurado.

Cuando llegaron á la votación definitiva los artículos del Compromiso,

en forma de otras tantas leyes diferentes[3], ya Calhoun había dejado de

existir. En Marzo de 1850 tenía el gran campeón del Sur sesenta y ocho

años, y se hallaba terriblemente depauperado por la dolencia pulmonar

que de mucho atrás lo consumía; pero ansioso de tomar parte en el

debate, como si adivinara lo brevísimo del plazo, de sólo cuatro

semanas, que le otorgaba la enfermedad, pues debía morir el 31 del mismo

mes,--y no teniendo fuerzas para alzar la voz y mantenerse de

pie,--confió al senador de Virginia, Mason, el encargo de leer al Senado

el discurso que había cuidadosamente escrito. Inmóvil en su asiento

mientras Mason leía, parecía agravar y atestar con su rostro demacrado

de anacoreta y los ojos lustrosos de fiebre las fúnebres predicciones

que lanzaba en su arenga sobre el derrumbamiento y fin de la Unión,

cuando, destruido el equilibrio de las dos secciones, juzgase el Sur en

peligro sus derechos. También asistió tres días después á la memorable

sesión de 7 de Marzo en que pronunció Daniel Webster un gran discurso

sobre el mismo asunto, y en la que ambos viejos atletas, poco antes

adversarios irreconciliables, se dirigieron mutuas expresiones de

simpatía.

[3] Sus condiciones fueron: admisión inmediata de California como

Estado y sin esclavitud; organización de Nuevo Méjico como

territorio, sin resolver ni en pro ni en contra la admisión de los

esclavos; fijación de los límites de Tejas mediante un subsidio de

diez millones en favor de ese estado; supresión del tráfico de

esclavos, no de la esclavitud, en el distrito federal; y por último

promulgación de una ley particularmente estricta para la

persecución y entrega á sus dueños de los "esclavos fugitivos" en

los Estados libres.

Ese discurso de Webster, pronunciado el 7 de Marzo de 1850 y titulado

por él al imprimirlo: "La Constitución y la Unión", es famosísimo,

inferior entre los suyos sólo á la réplica contra Hayne, aunque la

iguala en dos ó tres momentos. Su efecto fué decisivo en favor del plan

propuesto por Clay; sin el prestigio del hombre y el vigor de su

elocuencia no hubiera seguramente logrado tanta mayoría entre los

representantes del Norte. Pero en ese esfuerzo aventuró y sacrificó el

orador la mejor parte de su reputación, el glorioso esplendor de su

pasado, cuanto hasta aquel día lo había hecho ilustre y adorado de sus

conciudadanos. Son y serán siempre muchos los que piensen que, al

renegar el gran tribuno de todo lo que hasta ese momento había

simbolizado en la política de su patria, pagaba á precio excesivamente

caro la defensa de un acuerdo, que en realidad á nadie satisfacía. Su

reputación sufrió los más rudos ataques, muchos de sus antiguos

admiradores le volvieron la espalda, y el astro fulgente quedó envuelto

en sombras negras y densas, que no se disiparon más, que eclipsaron su

gloria durante los dos años de vida que le quedaban, y eternamente

cubrirán ese período final de su existencia.

Cinco años antes de su fallecimiento, en Mayo de 1852, hizo Webster á un

amigo esta declaración:--"He consagrado mi vida al derecho y á la

política; el derecho es incierto y la política totalmente

vana",--amargas palabras, que recuerdan otras pronunciadas por Simón

Bolívar, también ya cerca del fin de sus días:--"La América es el caos,

el que la ha servido ha arado en el mar." Son formas conmovedoras de un

mismo sentimiento, gritos de dolor al término de vastas esperanzas

defraudadas, de excelsas ambiciones cruelmente desairadas por la

realidad de las circunstancias. Las profirieron en ocasiones algo

parecidas dos seres extraordinarios, almas de orden excepcional, en

quienes el equilibrio de las grandes facultades morales é intelectuales

nunca por desgracia llegó á ser estable ni perfecto.

La confesión de Webster, tan llena de desaliento, precedió al último y

más punzante desengaño de su vida pública. Había constantemente

acariciado la ilusión de llegar á la presidencia de la república, y de

sobra justificaban sus méritos y servicios esa que, en hombre como él,

de tan grandes dotes personales, era modesta pretensión. Nunca había

logrado ni siquiera ser designado como candidato oficial de su partido;

pero después del discurso del 7 de Marzo que, á su juicio y á juicio de

muchos, desenlazaba una situación inextricable, era natural que

obtuviese el anhelado premio. Ese anhelo había sido para los que osaban

llamarlo apóstata la sola explicación de su conducta. Desde el primer

minuto apareció en la Convención como el más débil de los candidatos y

sus amigos en pequeñísima minoría. Singular ingratitud, que si no le

abrevió la vida, deprimió su trabajado organismo y preparó el terreno

para la enfermedad mortal.

Henry Clay murió en Junio de ese mismo año de 1852. Durante las últimas

discusiones del Compromiso, raras veces, y á muy largos intervalos, le

permitieron sus males concurrir á las sesiones del Senado: ya entonces

tampoco Webster asistía, porque había aceptado el puesto principal en el

gabinete del presidente Fillmore. De modo que los tres aguerridos

veteranos, Calhoun, Webster y Clay, salieron de la escena parlamentaria

á un tiempo mismo, por así decirlo, dejando el campo libre á otros más

jóvenes, menos fatigados combatientes.

En esos debates sobre el Compromiso de 1850 nunca hubo dos votaciones

enteramente iguales; tratábase en efecto de realizar la conciliación de

opiniones discordantes y tendencias francamente contrarias: era

imposible disciplinar y conducir siempre unida la abigarrada falange que

el caso requería. La admisión de California era una concesión al Norte,

la ley sobre la persecución de esclavos huídos una satisfacción al Sur,

y el aplazamiento de la dificultad en los nuevos territorios mejicanos

el modo de acallar las exigencias de ambas secciones sin favorecer á

ninguna. La supresión del tráfico, es decir, compra y venta, de esclavos

en la ciudad de Washington agradaba á los abolicionistas, y el cebo de

diez millones de pesos regalados á Tejas, que de todo fué lo que primero

se votó y aprobó, aseguraba la adhesión de los tenedores de títulos de

la deuda de ese Estado, los que, según fama pública, eran numerosos

entre los miembros del Congreso y altos empleados de la capital[4].

[4] A. JOHNSTON, _Suppl. to Enc. Brit._ vol. II, pag.

561.--GREELEY, _American Conflict_, vol. I, pag. 207.--VON HOLST,

_Constitutional hist. of the U. S._ vol. III. pag. 558.

El punto esencial del acuerdo fué la entrada de California como estado

de la Unión; con ella quedaba la república compuesta de diez y seis

Estados libres y quince con esclavos, desapareciendo por tanto el

equilibrio trabajosamente mantenido hasta esa fecha entre las dos

secciones. Hubo en el Senado treinta y cuatro votos en favor y diez y

ocho en contra; de esta minoría se desprendió un grupo de diez, más

intransigentes que sus compañeros, pues no contentos con emitir el voto,

presentaron una protesta, que el Senado rehusó incluir en el acta,

afirmando solemnemente su resuelta oposición á una ley, «cuyas

consecuencias podían ser perdurables y fatales para las generaciones

presentes y futuras».

Resalta entre esos Senadores recalcitrantes el nombre de Jefferson

Davis, antiguo oficial, que iba á ser el ministro de la guerra de Pierce

durante toda su presidencia, y que acreciendo año tras año su prestigio

é influencia como el más hábil y tenaz de los jefes esclavistas,

llegaría en 1861 á ocupar y desempeñar con tan enérgico cuanto

infortunado patriotismo la dirección de la Confederación rebelde, y

sobreviviría largo tiempo, sin doblar la frente ni desarrugar el ceño, á

la ruina completa de su causa. Junto con él firmaron la protesta Butler

y Barnwell, senadores ambos por la Carolina del Sur, el estado indómito

en que se cultivaban y conservaban como en ardiente invernáculo las

doctrinas que florecerían y fructificarían entre los horrores de la

guerra civil; firmaron también los dos miembros de Virginia, Hunter, que

llevó la palabra como principal responsable del documento, y su colega

Mason, confidente de Calhoun, que por breve espacio haría mucho ruido al

comienzo de la rebelión, porque apresado en alta mar á bordo de un buque

inglés por un imprudente oficial de marina, estuvo á punto de producir

indirectamente lo único por ventura capaz de haber salvado la causa

confederada, la guerra entre la Gran Bretaña y los Estados Unidos. De

los otros firmantes, senadores de Florida, Tennessee, Missouri, basta

ahora mencionar á Soulé, de Luisiana, del que volveré á hablar, francés

naturalizado, que brilló como orador aun enfrente de Webster y de Clay,

á quienes sin miedo provocaba, fogoso diplomático, que hizo cuanto pudo

por quitar á España la isla de Cuba, promoviendo hasta una guerra

europea, si era necesario.

La voz de los diez irreconciliables se perdió sofocada en el tumulto de

las votaciones; era no obstante bien claro indicio de lo inútil y

estéril que al cabo resultaría la obra pacífica á que se consagraban los

demás. Pero su agrio é importuno acento disonó en medio de la alegría

natural de sentirse todos libres de la peligrosa y larga agitación que

había precedido.

Hombres y glorias de América · 第 5 / 44 题