Triunfan los atenienses en Pilos.
Teniendo los lacedemonios cercado a Pilos, y estando los suyos sitiados
por los atenienses en la isla, según arriba contamos, la armada de
los atenienses estaba en gran necesidad de vituallas y de agua dulce,
porque había un solo pozo situado en lo alto de la villa y era bien
pequeño. Veíanse, pues, obligados a cavar a la orilla del mar en la
arena, y sacar de aquella agua mala como puede suponerse. Además, el
lugar donde tenían su campo era muy estrecho, y las naves no estaban
seguras en la corriente; por lo que unas recorrían la costa para
coger vituallas, y otras se detenían en alta mar echadas sus áncoras.
Angustiaba también a los atenienses que la cosa fuera más larga de lo
que al principio creían, porque parecíales que los que estaban en la
isla, no teniendo vituallas ni agua dulce no podían estar tanto tiempo
como estuvieron por la provisión que hicieron los lacedemonios para
socorrerles, los cuales mandaron pregonar por edicto público que a
cualquiera que llevase a los que estaban dentro de la isla provisiones
de harina, pan, vino, carne, u otras vituallas darían gran suma de
dinero y si fuese siervo o esclavo alcanzaría libertad: a causa de lo
cual muchos se arriesgaban a llevarlas, principalmente los esclavos
por el deseo que tenían de ser libres, pasando a la isla por todos los
medios que podían, los más de ellos de noche, y por alta mar, sobre
todo cuando el viento soplaba de la mar hacia tierra, pues con él iban
más seguros sin ser sentidos de los enemigos que estaban en guarda,
por no poder buenamente estar en torno de la isla cuando reinaba aquel
viento más próspero y favorable a los que de alta mar iban a la isla,
porque los llevaba hacia ella. Los que estaban dentro los recibían
con armas, pero todos los que se aventuraron a pasar en tiempo de
bonanza fueron presos. También había muchos nadadores que pasaban
buzando desde el puerto hasta la isla, y con una cuerda tiraban de
unos odres que tenían dentro adormideras molidas con miel y simiente
de linaza majada con que socorrieron a los de la isla muchas veces,
antes que los atenienses les pudiesen sentir: mas haciéndolo a menudo,
fueron descubiertos y pusieron guardas. Cada cual de su parte hacía lo
posible, unos para llevar vituallas y los otros para estorbarlo.
En este tiempo, los atenienses que estaban en Atenas, sabiendo que los
cercados en Pilos se encontraban en gran apuro, y que los contrarios
metidos en la isla a gran pena podían tener vituallas, sospechando
que, al llegar el invierno que se acercaba, los suyos tuvieran grandes
necesidades estando en lugar desierto, porque en aquel tiempo sería
difícil costear el Peloponeso para abastecerles de vituallas, que no
era posible por el poco tiempo que quedaba del verano proveerles de
todas las cosas que les serían necesarias en abundancia, y que sus
naves no tenían puerto ni playa allí donde pudiesen estar seguras;
y por otra parte, que cesando la guarda en torno de la isla, los
que estaban allí se podrían salvar en los mismos navíos que les
llevaban provisiones cuando la mar lo permitiera, y sobre todo que
los lacedemonios, viéndose con alguna ventaja no volverían a pedir la
paz, estaban bien arrepentidos de no haberla aceptado cuando se la
ofrecieron. Sabiendo Cleón que todos opinaban había sido él solo la
causa de estorbarla, dijo que los negocios de la guerra no estaban de
la suerte que les daban a entender, y como los que habían dado cuenta
de ellos, pedían que enviasen otros para saber la verdad, si no lo
creían, se acordó que el mismo Cleón y Teágenes fuesen en persona; pero
considerando Cleón que, en tal caso, veríase forzado, o a referir lo
mismo que los primeros, o diciendo lo contrario, aparecer mentirosos,
persuadió al pueblo, que veía muy inclinado a la guerra, a que enviasen
algún socorro de gente más de los que habían determinado enviar
antes, diciendo que más valía hacerlo así que gastar tiempo esperando
la respuesta de los que fueran a saber la verdad, porque entretanto
podría llegar el socorro que enviaban, y dirigiéndose a Nicias, hijo
de Nicérato, uno de los caudillos de la armada, que estaba en Pilos,
enemigo y competidor suyo, dijo que con aquel socorro, si los que
mandaban en Pilos eran gente de corazón, podrían fácilmente coger a
los que estaban en la isla; y que si él se hallase allí, no dudaría en
salir con la empresa.
Entonces Nicias, viendo al pueblo descontento de Cleón, considerando
que si la cosa era tan fácil a su parecer no rehusaría ir a la jornada,
y también porque el mismo Cleón le echaba la culpa, le dijo que pues
hallaba la empresa tan segura tomase el cargo de ir con el socorro, que
de buena gana le daba sus veces para ello. Cleón, pensando al principio
que Nicias no lo decía de veras, sino cuidando que no lo haría aunque
lo decía, no curó de rehusarlo; pero viendo que aquel perseveraba en
su propósito, se excusó lo mejor que pudo diciendo que él no había
sido elegido para aquel cargo, sino Nicias. Cuando el pueblo vio que
Nicias no lo decía por fingimiento, sino que de veras quería dejar
su cargo a Cleón, e insistía en que lo aceptase, el vulgo, siempre
amigo de novedades, mandó a Cleón que lo desempeñara, y viendo este
que no podía rehusarlo, pues se había ofrecido a ejercerlo, determinó
aceptarlo, gloriándose de que él no temía a los lacedemonios, y quería
hacer aquella jornada sin tomar hombres de Atenas, sino solo a los
soldados de Lemnos y de Imbria, que a la sazón estaban en la ciudad,
todos bien armados, algunos otros armados solo de lanza y escudo, que
habían sido enviados en ayuda de Eno, y con estos algunos flecheros que
tomarían de otra parte hasta el número de cuatrocientos. Con estos y
con los que ya estaban en Pilos se alababa de que dentro de veinte días
traería a los lacedemonios que estaban en la isla presos a Atenas, o
los mataría. De estas vanaglorias y jactancias comenzaron a reírse los
atenienses, y por otra parte se holgaron mucho pensando que ocurriría
una de dos cosas: o que por este medio serían libres de la importunidad
de Cleón, que ya les era pesado y enojoso, si faltaba en aquello de que
se alababa, según tenía por cierto la mayor parte de ellos, o que, si
salía con la empresa, traería los lacedemonios a sus manos.
Estando la cosa así determinada en pública asamblea del pueblo, por
unanimidad fue nombrado Cleón general de la armada en lugar de Nicias,
y Cleón nombró por su acompañante a Demóstenes, que estaba en el campo
con gente, porque había entendido que opinaba acometer a los de la
isla, y que también los soldados atenienses, viendo lo mal dispuesto
del lugar donde estaban sobre el cerco, y que les parecía estar más
cercados que aquellos a quien cercaban, deseaban ya aventurar sus
personas para esto. También les daba mayor ánimo que la isla estaba ya
descubierta por muchas partes donde habían quemado leña de los montes,
pues al principio, cuando le pusieron cerco era tan espesa la arboleda,
que impedía caminar por ella, lo cual fue causa de que Demóstenes,
cuando le pusieron cerco al principio, temiese entrar, suponiendo que
escondidos en el bosque los enemigos podrían hacer mucho daño a los
suyos, sin riesgo, por saber los senderos y tener donde ocultarse.
Además, por mucha gente que tuviese no podría llegar con toda ella
a socorrer de pronto donde fuese menester, porque se lo estorbarían
las espesuras. Sobre todas estas razones que movían a Demóstenes les
infundía más temor pensar la pérdida que sufrieron en Etolia, ocurrida
en parte por causa de las espesuras.
Sucedió que algunos de los que estaban en la isla, saliendo al extremo
de ella, donde hacían la guardia, encendieron fuego para guisar, y
levantose tan gran viento que extendió el fuego, quemándose gran parte
del bosque, por lo que Demóstenes paró mientes en que había muchos más
contrarios que él pensaba, y viendo que tenían más fácil entrada en la
isla a causa de aquel fuego, le pareció buen consejo acometer a los
enemigos lo más pronto que pudiese. Preparadas las cosas necesarias
para hacerlo y llamados en ayuda los compañeros de guerra y los vecinos
más cercanos, llegole nueva de que se acercaba Cleón con el socorro que
había pedido a los atenienses, y determinó esperarle.
Cuando Cleón llegó, conferenciaron y parecioles bien enviar un trompeta
a los lacedemonios que cercaban a Pilos para saber si querían mandar
que los que estaban en la isla se rindiesen con sus armas a condición
de quedar presos hasta que se determinase, sobre todo el hecho de la
guerra: pero al saber la respuesta que trajo el trompeta de que los
lacedemonios no querían aceptar el partido, descansaron aquel día, y
llegada la noche, metieron la mayoría de su gente de guerra en algunos
navíos, desembarcando en la isla al alba por dos puntos, por la parte
del puerto y por la de alta mar, unos ochocientos. En seguida empezaron
a recorrer la tierra hacia donde estaban los centinelas de los enemigos
aquella noche, que serían hasta treinta, porque los otros, o la mayor
parte de ellos, estaban en un lugar descubierto, casi a media legua,
cercado de agua, con Epitadas, su capitán, y otros al cabo de la isla
por la parte de Pilos. A estos no podían acometerles por la mar a causa
de que la isla por aquel lado estaba muy alta y no se podía subir ni
entrar, y de la parte de la villa era mala de entrar por un castillo
viejo de piedra tosca que los enemigos guardaban para su defensa y
amparo si perdían los otros puntos. Los que iban contra las centinelas
los hallaron durmiendo, de manera que antes que se pudiesen armar,
fueron todos muertos, porque no sospechaban mal ninguno, ni pensaban
que desembarcarían por aquel punto, pues aunque oyeron a las naves
remar a lo largo de la costa, pensaban que eran los que hacían la
guarda de noche, según costumbre.
Pasado esto, cuando fue de día claro, los demás de la armada, que
estaban aún metidos en sus barcos que habían abordado a la isla,
en número de sesenta naves, saltaron en tierra así los que estaban
primero en el cerco como los que trajo Cleón consigo, excepto los que
quedaban en guarda del campo y de las municiones, que serían entre
todos ochocientos flecheros y otros tantos de lanzas y escudos armados
a la ligera. A todos los puso Demóstenes en orden y los repartió en
diversas compañías, una distante de otra, a doscientos hombres por cada
compañía, y en alguna parte había menos, según la capacidad del lugar
donde estaban. Mandoles que fuesen ganando tierra hacia lo más alto
para que llegasen a dar de noche sobre los enemigos y apretarles por
todas partes, de suerte que no supiesen donde irse por la multitud de
gente que cargara sobre ellos por todos lados. Así se hizo, y cercados
los lacedemonios, les acometían por todas partes. De cualquiera que
se volvían, eran atacados a retaguardia por los que iban armados a la
ligera, que les alcanzaban pronto, y por los flecheros que los herían
de lejos con flechas, dardos y piedras tiradas con mano y con honda, de
manera que esperándose un poco, caían sobre ellos, porque estos tienen
la costumbre de vencer cuando parece que van huyendo, pues nunca cesan
de tirar, y cuando los enemigos se vuelven, revuelven sobre ellos por
las espaldas. Este orden guardó Demóstenes en la pelea así al entrar en
la isla como después en todos los combates que hubo en ella.
Cuando Epitadas y los que estaban con él, que eran los más en número,
vieron que sus guardas y los del primer fuerte habían sido rechazados,
y que todo el tropel de los enemigos venía contra ellos, se pusieron en
orden de batalla y quisieron marchar contra los atenienses que venían
de frente, mas no pudieron venir a las manos ni mostrar su valentía,
porque los tiradores y flecheros atenienses y los armados a la ligera
que iban por los lados se lo estorbaban, por lo cual esperaron a pie
firme. Los atenienses armados a la ligera los apretaban, y fingiendo
que huían, se defendían y trabajaban por guarecerse entre las peñas
y lugares ásperos, de suerte que los lacedemonios armados de gruesas
armas, no los podían seguir. Así pelearon algún tiempo escaramuzando.
Después, viendo los atenienses armados a la ligera que los lacedemonios
estaban cansados de resistirles tanto tiempo, tomaron más corazón y
osadía y se mostraron muchos más en número porque no hallaban los
lacedemonios tan valientes ni esforzados como pensaban al principio
cuando entraron en la isla, pues entonces iban con temor contra ellos
por la gran fama de su valentía. Todos a una con gran ímpetu y con
grandes voces y alaridos, dieron sobre ellos tirándoles flechas,
piedras y otros tiros, lo que cada cual tenía a mano. La grita y
esta manera nueva de combatir dejó a los lacedemonios que no estaban
acostumbrados, atónitos y espantados. Por otra parte, el polvo de la
ceniza que salía de los lugares donde habían encendido fuego era tan
grande en el aire, que no se podían ver, ni por este medio evitar
los tiros contra ellos, quedando muy perplejos porque sus celadas y
morriones de hierro no los guardaban del tiro, y sus lanzas estaban
rotas por las piedras y otros tiros que les tiraban los contrarios.
Además, estando cercados y acometidos por todas partes, no podían ver a
los que les atacaban, ni oír lo que les mandaban sus capitanes por la
gran grita de los enemigos, ni sabían qué hacer ni veían manera para
salvarse. Finalmente, estando ya la mayor parte de ellos heridos, se
retiraron todos hacia un castillo al término de la isla, donde había
una parte de los suyos. Viendo esto los atenienses armados a la ligera
los apretaron más osadamente con gran grita y con muchos tiros, y a
todos aquellos que veían apartados del escuadrón los mataban, aunque
una gran parte de los lacedemonios se salvaron por las espesuras y se
unieron a los que estaban en guarda del castillo, y todos se aprestaron
para defenderlo por la parte que los pudiesen acometer. Los atenienses
los seguían de más cerca, y viendo que no podían sitiar el lugar por
todos lados por la dificultad del terreno, se pusieron en un lugar
más alto, de donde a fuerza de tiros y por cuantos medios pudieron,
procuraron lanzarlos del castillo donde se defendían obstinadamente,
y de esta manera duró el combate la mayor parte del día, por lo cual,
todos, así de una parte como de la otra, estaban muy trabajados por el
sol, la sed y el cansancio.
Estando las cosas en estos términos, y viendo el capitán de los
mesenios que no llevaban camino de terminar, vino a Cleón y a
Demóstenes, y díjoles que en balde trabajaban para coger a los enemigos
por aquella vía; pero que si le daban algunos hombres de a pie, armados
a la ligera, y algunos flecheros, procuraría cogerlos descuidados por
las espaldas, entrando por donde mejor pudiese. Diéronselos, y los
llevó lo más encubiertamente que pudo por las rocas, peñas y otros
lugares apartados, rodeando la isla, tanto que vino a un lugar donde no
había guarda ni defensa alguna, ni les parecía a los lacedemonios que
la habían menester, por ser inaccesible, y con gran trabajo subió hasta
la cumbre. Cuando los lacedemonios se vieron asaltados por la espalda,
espantáronse, y casi perdieron la esperanza de poder salvarse, y los
atenienses, que los acometían de frente, se alegraron, como quien está
seguro de la victoria.
Los lacedemonios se hallaron cercados, ni más ni menos que los que
peleaban contra los persas en las Termópilas, si se puede hacer
comparación de cosas grandes a pequeñas, pues así como aquellos fueron
atajados por todas partes por las sendas estrechas de la montaña, y al
fin muertos todos por los persas, así también estos, siendo acosados
por todos lados y heridos, no se podían defender; y viendo que peleaban
tan pocos contra tantos enemigos, y que estaban desfallecidos y
cansados, y casi muertos de hambre y de sed, no curaban de resistir,
sino que abandonaban muros y defensas, ganando los atenienses todas las
entradas del lugar. Observaron Cleón y Demóstenes que mientras menos
se defendían los enemigos, morían más, y con el deseo de llevarlos
prisioneros a Atenas si se querían entregar, mandaron retirar a los
suyos, y pregonar que se rindieran. Muchos lacedemonios lanzaron
sus escudos a tierra y sacudieron las manos, lo cual era señal que
aceptaban el partido, habiendo tregua por corto tiempo, durante la
cual conferenciaron Cleón y Demóstenes de parte de los atenienses, y
Estifón, hijo de Fárax, de la de los lacedemonios, porque Epitadas
había muerto en la batalla, y el hipágreta[82] que le sucedió en el
mando estaba herido y en tierra entre los muertos, aunque vivo aún.
Los representantes de los lacedemonios dijeron a Cleón y Demóstenes que
antes de aceptar el partido, querían saber el parecer de sus caudillos,
que estaban en tierra firme; y viendo que los atenienses no se lo
querían otorgar, llamaron en alta voz a los trompetas de aquellos hasta
tres veces. Al fin vino uno de los trompetas en una barca, y les dijo
de parte de los jefes que aceptasen las condiciones que les pareciesen
honrosas; y consultado sobre esto entre sí, se rindieron con sus armas
a merced de los enemigos.
Así estuvieron toda aquella noche y el día siguiente, guardados como
prisioneros, y al otro día por la mañana los atenienses levantaron
trofeo en señal de victoria en la misma isla, repartieron los
prisioneros en cuadrillas y les dieron en guarda a los trierarcas[83].
Pasado esto, se prepararon para volver a Atenas, y otorgaron a los
lacedemonios los muertos para sepultarlos. De cuatrocientos veinte
que había en la isla, se hallaron prisioneros doscientos ochenta,
entre ellos ciento veinte de Esparta; los demás fueron muertos por los
atenienses, no siendo muchos porque no se luchó cuerpo a cuerpo.
El tiempo que los lacedemonios estuvieron en la isla cercados desde la
primera batalla naval hasta la postrera, fue setenta y dos días, de los
cuales tuvieron vituallas durante los veinte que los embajadores fueron
y vinieron de Atenas por el convenio hecho: el tiempo restante se
mantuvieron con lo que les traían por mar escondidamente; y aun después
de la última batalla se halló en su campo trigo y otras provisiones,
porque Epitadas, su capitán, se las repartía muy bien según que la
necesidad obligaba. De esta manera se separaron los atenienses y
los lacedemonios de Pilos, y volvieron cada cual a su casa, y así
se cumplió la promesa que arriba dijimos había hecho Cleón a los
atenienses al tiempo de su partida, aunque loca y presuntuosa, porque
llevó los enemigos prisioneros dentro de los veinte días, según había
prometido.
Esta fue la primera cosa que sucedió en aquella guerra contra el
parecer de todos los griegos, porque no esperaban que los lacedemonios,
por hambre, ni sed, ni otra necesidad que les ocurriese, se rindieran y
entregaran las armas, sino que pelearían hasta la muerte; y si los que
se rindieron hubieran igualado en esfuerzo a los que murieron peleando,
no se entregaran de aquella manera a los enemigos. De aquí que después
que los prisioneros fueron llevados a Atenas, preguntado uno de ellos
a manera de escarnio, por un ateniense, si sus compañeros muertos en
la batalla eran valientes, le respondió de esta manera: «Mucho sería
de estimar un dardo que supiese diferenciar los buenos de los ruines»,
queriendo decir que sus compañeros habían sido muertos por pedradas y
flechas que les tiraban de lejos, y no a las manos, por lo que no se
podía juzgar si murieron o no como bravos.
Los atenienses mandaron guardar a los prisioneros hasta hacer algún
convenio con los peloponesios, y si entretanto entraban en su tierra,
matarlos.
En cuanto a lo demás, los atenienses dejaron guarnición en Pilos, y aun
sin esto los mesenios enviaron desde el puerto de Naupacto algunos de
los suyos que les parecieron más convenientes para estar allí, porque
en otro tiempo el lugar de Pilos solía ser tierra de Mesenia, y los que
la habitaban eran corsarios y ladrones que robaban la costa de Laconia,
y hacían muchos males, valiéndose de que todos hablaban la misma lengua.
Esta guerra amedrentó a los lacedemonios, por no estar acostumbrados
a hacerla de aquel modo, y porque los hilotas y esclavos se pasaban a
los enemigos. En vista de ello, enviaron secretamente embajadores a los
atenienses para saber si podrían recobrar a Pilos y a sus prisioneros;
pero los atenienses, que tenían los pensamientos más altos y codiciaban
mucho más, después de muchas idas y venidas, los despidieron sin
concluir nada. Este fin tuvieron las cosas de Pilos.