XVI.

Euríloco y los ambraciotes son derrotados por Demóstenes, y los

acarnanios y anfiloquios dos veces en tres días. Deslealtad de los

peloponesios con los ambraciotes.

En este invierno los ambraciotes, con su ejército, salieron al campo,

según prometieran a Euríloco, y entrando en los términos de Argos en

Anfiloquia con tres mil hombres bien armados, tomaron la villa de

Olpas que está situada en un collado, y tenía un muro muy fuerte por

la parte de mar, en la cual los acarnanios, sus primeros fundadores,

tenían su tribunal para los pleitos y causas comunes de la provincia,

porque no distaba de la ciudad marítima de Argos más de veinticinco

estadios. Sabido esto por los acarnanios, enviaron alguna de su gente

para socorrer a Argos, y por otra parte se fueron a alojar en un

lugar llamado Crenas, en Anfiloquia, para impedir que los peloponesios

que venían con Euríloco pudiesen pasar a Ambracia y juntarse con los

ambraciotes sin que ellos lo supiesen. También enviaron mensajeros

a llamar a Demóstenes, capitán de los atenienses que estaba en

Etolia, para ser su caudillo, y a Aristóteles, hijo de Timócrates,

y a Hierofón, hijo de Atimnesto, que mandaban veinte barcos de los

atenienses y navegaban por la costa del Peloponeso, para que viniesen a

socorrerlos.

Por su parte, los ambraciotes que estaban en Olpas ordenaron que todos

los de su ciudad fueran en su ayuda, porque sospechaban que Euríloco

no pudiese pasar con su ejército por Acarnania para unirse a ellos,

siéndoles forzoso pelear solos con los enemigos, o retirarse con gran

pérdida y daño suyo.

Al saber Euríloco y los peloponesios que con él estaban, esta empresa

de los ambraciotes, partieron del lugar de Prosquio, donde tenía

asentado su campo, para juntarse con ellos, y dejando el camino de

Argos, pasaron por el río Aqueloo, caminando por tierras de Acarnania

que nadie defendía, y dejando a mano derecha la ciudad de Estrato,

donde había buena guarnición, y a la siniestra toda la tierra de

Acarnania. Cuando pasaron por Fitia y por los confines de Medeón, y

después por Limnea, lugares todos de Acarnania, entraron en tierra

de Argos, que ya no era amiga de los ambraciotes, y atravesando

por el monte Tíamo, que es estéril y yermo, llegaron de noche a la

ciudad de Argos. Desde allí pasaron entre la ciudad y la tierra de

acarnanios rápidamente sin ser sentidos, y al amanecer se unieron a los

ambraciotes, fijando todos juntos su campo delante de la ciudad llamada

Metrópolis.

Pocos días después, las veinte naves de los atenienses que venían

en socorro de los de Argos, arribaron al golfo de Ambracia, e

inmediatamente Demóstenes, con doscientos mesenios muy bien armados,

y sesenta arqueros atenienses y con los soldados que venían para

guarda de las naves, salieron a campaña hacia Olpas. Por su parte los

acarnanios, y algunos de los anfiloquios, porque los demás estaban

ocupados contra los ambraciotes, al llegar a Argos se aprestaron para

ir contra sus enemigos, pero al saber la llegada de Demóstenes en

su ayuda, se unieron con él y le hicieron su caudillo con los otros

capitanes de su tierra, sentando el campo junto a la villa de Olpas y

cerca de los enemigos, de los que solo les separaba una peña grande,

y así estuvieron cinco días unos y otros sin hacerse mal ninguno. Al

quinto día se aprestaron a la batalla, pero por ser los peloponesios

mucho más en número, Demóstenes, temiendo le cercaran, organizó una

emboscada en un valle hondo, cubierto de espesuras, de cuatrocientos

hombres armados de armas gruesas y a la ligera, y mandoles que cuando

viesen trabada la batalla saliesen de la celada y viniesen a dar con

gran ímpetu sobre los enemigos por la espalda. Los demás los repartió

en seis escuadrones en orden para pelear como mejor le pareció,

quedando él en el ala derecha con los mesenios y los pocos soldados

atenienses que tenía, y a la siniestra puso los acarnanios según venían

armados, y con ellos los anfiloquios, todos tiradores y ballesteros.

De la parte contraria los peloponesios y los ambraciotes estaban

mezclados, excepto los mantineos, que venían todos en el ala izquierda

y a vanguardia de ella, porque en la extrema izquierda se había puesto

Euríloco con los suyos, por tener de frente a Demóstenes. Comenzada

la batalla en este orden, y cuando todos vinieron a las manos, viendo

los cuatrocientos que estaban en emboscada que los peloponesios de la

izquierda cercaban y trabajaban por encerrar a los atenienses, dieron

sobre ellos por la espalda de tal manera, que sus enemigos no pudieron

sostener el ímpetu de los contrarios, siendo desbaratados. Al ponerse

en huida mostraron el camino a la mayor parte de sus compañeros del ala

derecha para que huyesen también, pues al ver aquellos al escuadrón que

guiaba Euríloco, que era el más fuerte, desbaratado, perdieron ánimo

para defenderse, y los mesenios que iban con Demóstenes procuraron

fatigar a sus enemigos. No por esto los ambraciotes, que estaban a la

derecha de los peloponesios, se mostraron menos animosos, sino que

vencieron a los contrarios, los hicieron huir y fueron a su alcance

hasta Argos. Estos ambraciotes son en verdad muy valientes y más

belicosos que todos sus vecinos. Al volver de la persecución, viendo a

casi todos sus compañeros desbaratados y vencidos, y que los enemigos

iban contra ellos, se retiraron con gran pérdida, y no sin trabajo se

salvaron dentro de Olpas. Muchos fueron muertos al retirarse por ir

dispersos, excepto los mantineos, que lo hicieron en orden. Duró la

batalla hasta la noche, que separó a los contendientes.

Al día siguiente Menedaio, que había sido la noche antes elegido

caudillo en lugar de Euríloco y Macario, que murieron en la batalla,

se halló muy perplejo, no sabiendo qué hacer, pues por haber sido muy

grande la pérdida por su parte, no había manera de poder defender

la villa, que estaba cercada por mar y por tierra, ni de retirarse

sin gran daño. Acordó, por tanto, parlamentar con Demóstenes y los

capitanes de los acarnanios; pedirles sus muertos para sepultarlos y

licencia para que la gente de guerra que estaba dentro de la villa

pudiese salir y marcharse con su bagaje. Los capitanes atenienses le

otorgaron los muertos, hicieron enterrar también los que habían muerto

de su parte, que serían hasta trescientos, y levantaron trofeo en señal

de victoria; pero la licencia para salir de la villa no se la quisieron

otorgar abiertamente, antes lo rehusaron en público a todos, aunque en

secreto la dieron a los mantineos, a Menedaio, a todos los capitanes

peloponesios y a otros hombres de su nación, procurando por este medio

privar a los ambraciotes de todos los soldados extranjeros que les

ayudaban e infamar a los lacedemonios y peloponesios entre todos los

griegos como traidores, que hacían conciertos aparte sin comprender en

ellos a sus aliados.

Habiendo los de la villa sepultado sus muertos lo mejor que pudieron en

aquel apuro, los que tenían licencia para salir trataron secretamente

la manera de irse. Entretanto avisaron a Demóstenes y a los acarnanios,

que los ambraciotes que habían partido de su ciudad para socorrer a los

suyos que estaban en Olpas, según se les mandó, estaban en camino por

tierra de Anfiloquia, sin saber la derrota de los suyos; y envió parte

de su ejército para que les atajase el paso y ocupase los lugares más

fuertes, y las demás fuerzas que quedaron las repartió y puso en orden

para socorrer a los primeros y dar de pasada sobre los ambraciotes.

Entre tanto, los mantineos y los que habían hecho tratos para

marcharse, se salían de la villa pocos a pocos fingiendo que iban

a coger hortaliza y leña al campo, y cuando estaban algún tanto

alejados daban a correr hacia el campo de los enemigos. Viendo esto

los ambraciotes, que asimismo habían salido a coger hierbas y leña los

seguían, también corriendo por alcanzar a sus compañeros. Entonces los

soldados acarnanios, que no sabían nada de los conciertos secretos que

Demóstenes y sus capitanes habían hecho con los peloponesios, creyendo

que todos los que salían de la villa se iban sin licencia empezaron

a perseguirlos, y porque ciertos capitanes que allí se hallaban les

querían estorbar que los siguiesen, diciendo que aquellos tenían

licencia y salvoconducto para irse, se atrevieron algunos soldados

a herirlos, pensando que les mentían y que había traición; pero al

fin, sabiendo que los peloponesios tan solo tenían salvoconducto,

los dejaban ir y mataban a los ambraciotes, aunque había grandes

cuestiones para diferenciar quién era ambraciote y quién peloponesio.

En esta revuelta hubo más de doscientos muertos, los otros todos se

salvaron con gran dificultad en la cercana villa de Agrea, donde fueron

recogidos por Salintio, rey de aquella tierra, que era su amigo.

Los ambraciotes que venían de su ciudad en socorro de estos llegaron

a un lugar llamado Idómene, en el cual había dos collados, tomaron

de noche el mayor los que Demóstenes enviara delante sin que los

ambraciotes lo supiesen, pues habían ocupado ya el menor, donde

se alojaron, y estuvieron todo aquel día y la noche siguiente sin

sospechar mal alguno. Avisado Demóstenes de su venida partió del

campamento al anochecer con su ejército, llevando la mitad consigo, y

la otra mitad mandó que marchase por los montes de Anfiloquia, e hizo

tal y tan buena diligencia, que al rayar el alba vino a dar sobre los

enemigos, que halló dormidos y muy seguros, como hombres que no sabían

nada de la pasada derrota. Cuando los ambraciotes sintieron a la gente

de Demóstenes pensaron que eran de los suyos, porque Demóstenes, con

astucia para poderlos mejor engañar, había hecho marchar los primeros a

los soldados mesenios mandándoles que hablasen en lengua dórica con las

centinelas que hallasen, y así lo hicieron, de modo que los enemigos

fuesen de los suyos por la lengua y porque no los podían ver bien, por

no ser aún muy de día, hasta tanto que todo el ejército de Demóstenes

se reunió, y entonces todos a una atacaron a los ambraciotes con tanto

ímpetu, que mataron muchos y los demás huyeron, aunque de estos el

mayor número fueron muertos, porque se encontraban con los anfiloquios

que tenían tomados los pasos, sabían muy bien la tierra e iban armados

a la ligera, de modo que alcanzaban pronto a los ambraciotes, armados

con armas pesadas. Los que querían huir por otros caminos y senderos

iban a dar en rocas y peñas altas, donde los enemigos tenían puestas

sus celadas, y allí los cogían y mataban. Algunos de ellos, buscando

por donde escapar, llegaron a la orilla del mar que estaba cerca, y

perseguidos por sus contrarios, al ver los barcos de los atenienses

que iban costeando, se lanzaban al agua y a nado iban hacia ellos;

porque, sabiendo que eran de sus contrarios, preferían caer en sus

manos y no en poder de los bárbaros o de los anfiloquios, que eran

sus enemigos mortales. De esta manera fueron vencidos y desbaratados

los ambraciotes, y casi todos muertos, excepto algunos pocos que se

salvaron dentro de Olpas.

Después de esta derrota, los acarnanios despojaron los muertos,

levantaron trofeo en señal de victoria y volvieron a la ciudad de

Argos, donde el día siguiente llegó un trompeta de parte de los

ambraciotes que se habían acogido a la villa de Agrea para pedirles los

cuerpos de los suyos que habían sido muertos en el primer encuentro

cuando salieron de Olpas con los peloponesios sin licencia. Viendo este

trompeta el campo lleno de muertos, se maravilló de dónde podía ser

tanta mortandad, no sabiendo nada del postrer encuentro, y creyendo

fuesen los cuerpos de otros aliados hasta que uno de los enemigos,

suponiendo que el trompeta iba de parte de los que habían sido

derrotados en Idómene, le preguntó por qué se maravillaba, y cuántos

pensaban que hubiesen muerto de los suyos, el trompeta respondió que

cerca de doscientos, a lo que replicó el otro:

--«¿No ves que en este trofeo hay armas y pertrechos, no solamente de

doscientos, sino de más de mil que han sido muertos?»

Entonces dijo el trompeta:

--«¿No son de los que venían en nuestro escuadrón?»

Respondió el otro:

--«Sí, son ciertamente los mismos que ayer fueron vencidos en Idómene.»

--«¿Cómo puede ser eso? --preguntó el trompeta--, nosotros no peleamos

ayer, sino que anteayer fueron muertos estos a la salida de Olpas,

porque iban sin salvoconducto.»

--«Ciertamente --respondió el otro--, nosotros peleamos aquí ayer

contra los que habían salido de la ciudad de Ambracia para socorrer a

los que estaban en Olpas.»

Oído esto por el trompeta, y viendo la gran mortandad de los que habían

venido de Ambracia en su ayuda, quedó más espantado, y llorando muy

atónito por tantos males como les ocurrían se volvió sin hacer nada

ni acordarse de pedir los muertos. Porque a la verdad esta fue una

de las mayores pérdidas de gente que hubo en tan pocos días en toda

aquella guerra, y no he querido escribir aquí el número de los muertos

porque parecerá increíble y más grande que conviene a la importancia de

aquella ciudad. Una cosa sabré decir de cierto, que si los acarnanios

y anfiloquios hubieran querido creer a Demóstenes y a los atenienses

tomaran entonces la ciudad de Ambracia por fuerza, pero temieron que si

los atenienses la poseían por suya serían peores vecinos que los otros.

Después de la victoria repartieron entre sí los despojos, de los

cuales los atenienses llevaron la tercera parte, y las otras dos las

dividieron entre las ciudades confederadas. Los atenienses no gozaron

de ellos mucho tiempo, porque a su vuelta por mar se los quitaron en

el camino. Los trescientos arneses enteros que se ven colgados en

los templos de Atenas fueron los que cupieron a Demóstenes por su

parte sola, que ofreció después de su entrada, la cual pudo hacer más

seguramente y con más honra por causa de esta victoria que no antes por

las pérdidas que sufrió en Etolia, según arriba contamos.

Cuando las veinte naves de los atenienses volvieron al puerto de

Naupacto y Demóstenes con su ejército vino a Atenas, los acarnanios

y los anfiloquios pactaron treguas con los ambraciotes por medio de

Salintio, rey de Agrea, para que durasen cien años, y dieron seguridad

a los peloponesios que se habían acogido a Agrea mezclados con los

ambraciotes, para que volviesen a su tierra. La forma y conciertos

de las treguas fueron estos: que los ambraciotes no fuesen obligados

a hacer la guerra contra los peloponesios por los acarnanios, ni los

acarnanios por los ambraciotes contra los atenienses, quedando solo

obligados a ayudarse mutuamente para la defensa de su tierra. Que los

ambraciotes restituyesen a los anfiloquios las villas y lugares que

tenían de ellos, y que en adelante no diesen ayuda ni favor alguno a

los anactorios que eran enemigos de los acarnanios. Con este convenio

dejaron las armas y se apartaron de la guerra.

A los pocos días llegó Jenóclides, hijo de Euticles, con trescientos

hombres que los corintios enviaban en socorro de los ambraciotes, el

cual con gran dificultad había podido pasar por tierra de Epiro.

Así sucedieron las cosas en Ambracia. En este invierno los atenienses

que andaban por la costa de Sicilia saltaron en tierra, y entraron en

los confines de Himera por la parte de mar, con los sicilianos que

venían por los montes, y habiendo hecho allí algunos daños pasaron por

las islas Eólidas, y volvieron a Regio donde hallaron a Pitodoro a

quien los atenienses habían enviado para caudillo de aquella armada en

lugar de Laques, porque los tripulantes, y los sicilianos que estaban

con ellos pidieron a los atenienses mayor socorro, a causa de que

siendo los siracusanos más poderosos por tierra, les era necesario ser

tan fuertes por mar, que pudieran contrarrestar a sus enemigos. Por

esto los atenienses determinaron aparejar cuarenta naves para enviar

socorro a sus compañeros, pensando que así la guerra acabaría allí más

pronto. De esta armada enviaron primero unas pocas naves con Pitodoro

para que supiese el estado de las cosas, y después debían enviar a

Sófocles, hijo de Sostrátides, con las demás. Llegó Pitodoro, tomó el

cargo de Laques y fue por mar al fin del invierno a socorrer a los que

estaban en el cerco de los locros que Laques había tomado antes, mas

siendo allí vencido en batalla por los locros, regresó.

En la primavera siguiente salió fuego del monte Etna, que es el mayor

de toda Sicilia, según otras muchas veces había salido antes, y quemó

alguna parte de la tierra de Catana que está situada al pie de este

monte. Decían los moradores de la tierra, que en cincuenta años no

había salido en tanta abundancia, y que esta era la tercera vez que

aquello sucedía en Sicilia, después que los griegos fueron a habitarla.

Tales cosas ocurrieron en aquel invierno, fin del sexto año de la

guerra que escribió Tucídides.

Historia de la guerra del Peloponeso (1 de 2) · 第 64 / 90 题