Euríloco y los ambraciotes son derrotados por Demóstenes, y los
acarnanios y anfiloquios dos veces en tres días. Deslealtad de los
peloponesios con los ambraciotes.
En este invierno los ambraciotes, con su ejército, salieron al campo,
según prometieran a Euríloco, y entrando en los términos de Argos en
Anfiloquia con tres mil hombres bien armados, tomaron la villa de
Olpas que está situada en un collado, y tenía un muro muy fuerte por
la parte de mar, en la cual los acarnanios, sus primeros fundadores,
tenían su tribunal para los pleitos y causas comunes de la provincia,
porque no distaba de la ciudad marítima de Argos más de veinticinco
estadios. Sabido esto por los acarnanios, enviaron alguna de su gente
para socorrer a Argos, y por otra parte se fueron a alojar en un
lugar llamado Crenas, en Anfiloquia, para impedir que los peloponesios
que venían con Euríloco pudiesen pasar a Ambracia y juntarse con los
ambraciotes sin que ellos lo supiesen. También enviaron mensajeros
a llamar a Demóstenes, capitán de los atenienses que estaba en
Etolia, para ser su caudillo, y a Aristóteles, hijo de Timócrates,
y a Hierofón, hijo de Atimnesto, que mandaban veinte barcos de los
atenienses y navegaban por la costa del Peloponeso, para que viniesen a
socorrerlos.
Por su parte, los ambraciotes que estaban en Olpas ordenaron que todos
los de su ciudad fueran en su ayuda, porque sospechaban que Euríloco
no pudiese pasar con su ejército por Acarnania para unirse a ellos,
siéndoles forzoso pelear solos con los enemigos, o retirarse con gran
pérdida y daño suyo.
Al saber Euríloco y los peloponesios que con él estaban, esta empresa
de los ambraciotes, partieron del lugar de Prosquio, donde tenía
asentado su campo, para juntarse con ellos, y dejando el camino de
Argos, pasaron por el río Aqueloo, caminando por tierras de Acarnania
que nadie defendía, y dejando a mano derecha la ciudad de Estrato,
donde había buena guarnición, y a la siniestra toda la tierra de
Acarnania. Cuando pasaron por Fitia y por los confines de Medeón, y
después por Limnea, lugares todos de Acarnania, entraron en tierra
de Argos, que ya no era amiga de los ambraciotes, y atravesando
por el monte Tíamo, que es estéril y yermo, llegaron de noche a la
ciudad de Argos. Desde allí pasaron entre la ciudad y la tierra de
acarnanios rápidamente sin ser sentidos, y al amanecer se unieron a los
ambraciotes, fijando todos juntos su campo delante de la ciudad llamada
Metrópolis.
Pocos días después, las veinte naves de los atenienses que venían
en socorro de los de Argos, arribaron al golfo de Ambracia, e
inmediatamente Demóstenes, con doscientos mesenios muy bien armados,
y sesenta arqueros atenienses y con los soldados que venían para
guarda de las naves, salieron a campaña hacia Olpas. Por su parte los
acarnanios, y algunos de los anfiloquios, porque los demás estaban
ocupados contra los ambraciotes, al llegar a Argos se aprestaron para
ir contra sus enemigos, pero al saber la llegada de Demóstenes en
su ayuda, se unieron con él y le hicieron su caudillo con los otros
capitanes de su tierra, sentando el campo junto a la villa de Olpas y
cerca de los enemigos, de los que solo les separaba una peña grande,
y así estuvieron cinco días unos y otros sin hacerse mal ninguno. Al
quinto día se aprestaron a la batalla, pero por ser los peloponesios
mucho más en número, Demóstenes, temiendo le cercaran, organizó una
emboscada en un valle hondo, cubierto de espesuras, de cuatrocientos
hombres armados de armas gruesas y a la ligera, y mandoles que cuando
viesen trabada la batalla saliesen de la celada y viniesen a dar con
gran ímpetu sobre los enemigos por la espalda. Los demás los repartió
en seis escuadrones en orden para pelear como mejor le pareció,
quedando él en el ala derecha con los mesenios y los pocos soldados
atenienses que tenía, y a la siniestra puso los acarnanios según venían
armados, y con ellos los anfiloquios, todos tiradores y ballesteros.
De la parte contraria los peloponesios y los ambraciotes estaban
mezclados, excepto los mantineos, que venían todos en el ala izquierda
y a vanguardia de ella, porque en la extrema izquierda se había puesto
Euríloco con los suyos, por tener de frente a Demóstenes. Comenzada
la batalla en este orden, y cuando todos vinieron a las manos, viendo
los cuatrocientos que estaban en emboscada que los peloponesios de la
izquierda cercaban y trabajaban por encerrar a los atenienses, dieron
sobre ellos por la espalda de tal manera, que sus enemigos no pudieron
sostener el ímpetu de los contrarios, siendo desbaratados. Al ponerse
en huida mostraron el camino a la mayor parte de sus compañeros del ala
derecha para que huyesen también, pues al ver aquellos al escuadrón que
guiaba Euríloco, que era el más fuerte, desbaratado, perdieron ánimo
para defenderse, y los mesenios que iban con Demóstenes procuraron
fatigar a sus enemigos. No por esto los ambraciotes, que estaban a la
derecha de los peloponesios, se mostraron menos animosos, sino que
vencieron a los contrarios, los hicieron huir y fueron a su alcance
hasta Argos. Estos ambraciotes son en verdad muy valientes y más
belicosos que todos sus vecinos. Al volver de la persecución, viendo a
casi todos sus compañeros desbaratados y vencidos, y que los enemigos
iban contra ellos, se retiraron con gran pérdida, y no sin trabajo se
salvaron dentro de Olpas. Muchos fueron muertos al retirarse por ir
dispersos, excepto los mantineos, que lo hicieron en orden. Duró la
batalla hasta la noche, que separó a los contendientes.
Al día siguiente Menedaio, que había sido la noche antes elegido
caudillo en lugar de Euríloco y Macario, que murieron en la batalla,
se halló muy perplejo, no sabiendo qué hacer, pues por haber sido muy
grande la pérdida por su parte, no había manera de poder defender
la villa, que estaba cercada por mar y por tierra, ni de retirarse
sin gran daño. Acordó, por tanto, parlamentar con Demóstenes y los
capitanes de los acarnanios; pedirles sus muertos para sepultarlos y
licencia para que la gente de guerra que estaba dentro de la villa
pudiese salir y marcharse con su bagaje. Los capitanes atenienses le
otorgaron los muertos, hicieron enterrar también los que habían muerto
de su parte, que serían hasta trescientos, y levantaron trofeo en señal
de victoria; pero la licencia para salir de la villa no se la quisieron
otorgar abiertamente, antes lo rehusaron en público a todos, aunque en
secreto la dieron a los mantineos, a Menedaio, a todos los capitanes
peloponesios y a otros hombres de su nación, procurando por este medio
privar a los ambraciotes de todos los soldados extranjeros que les
ayudaban e infamar a los lacedemonios y peloponesios entre todos los
griegos como traidores, que hacían conciertos aparte sin comprender en
ellos a sus aliados.
Habiendo los de la villa sepultado sus muertos lo mejor que pudieron en
aquel apuro, los que tenían licencia para salir trataron secretamente
la manera de irse. Entretanto avisaron a Demóstenes y a los acarnanios,
que los ambraciotes que habían partido de su ciudad para socorrer a los
suyos que estaban en Olpas, según se les mandó, estaban en camino por
tierra de Anfiloquia, sin saber la derrota de los suyos; y envió parte
de su ejército para que les atajase el paso y ocupase los lugares más
fuertes, y las demás fuerzas que quedaron las repartió y puso en orden
para socorrer a los primeros y dar de pasada sobre los ambraciotes.
Entre tanto, los mantineos y los que habían hecho tratos para
marcharse, se salían de la villa pocos a pocos fingiendo que iban
a coger hortaliza y leña al campo, y cuando estaban algún tanto
alejados daban a correr hacia el campo de los enemigos. Viendo esto
los ambraciotes, que asimismo habían salido a coger hierbas y leña los
seguían, también corriendo por alcanzar a sus compañeros. Entonces los
soldados acarnanios, que no sabían nada de los conciertos secretos que
Demóstenes y sus capitanes habían hecho con los peloponesios, creyendo
que todos los que salían de la villa se iban sin licencia empezaron
a perseguirlos, y porque ciertos capitanes que allí se hallaban les
querían estorbar que los siguiesen, diciendo que aquellos tenían
licencia y salvoconducto para irse, se atrevieron algunos soldados
a herirlos, pensando que les mentían y que había traición; pero al
fin, sabiendo que los peloponesios tan solo tenían salvoconducto,
los dejaban ir y mataban a los ambraciotes, aunque había grandes
cuestiones para diferenciar quién era ambraciote y quién peloponesio.
En esta revuelta hubo más de doscientos muertos, los otros todos se
salvaron con gran dificultad en la cercana villa de Agrea, donde fueron
recogidos por Salintio, rey de aquella tierra, que era su amigo.
Los ambraciotes que venían de su ciudad en socorro de estos llegaron
a un lugar llamado Idómene, en el cual había dos collados, tomaron
de noche el mayor los que Demóstenes enviara delante sin que los
ambraciotes lo supiesen, pues habían ocupado ya el menor, donde
se alojaron, y estuvieron todo aquel día y la noche siguiente sin
sospechar mal alguno. Avisado Demóstenes de su venida partió del
campamento al anochecer con su ejército, llevando la mitad consigo, y
la otra mitad mandó que marchase por los montes de Anfiloquia, e hizo
tal y tan buena diligencia, que al rayar el alba vino a dar sobre los
enemigos, que halló dormidos y muy seguros, como hombres que no sabían
nada de la pasada derrota. Cuando los ambraciotes sintieron a la gente
de Demóstenes pensaron que eran de los suyos, porque Demóstenes, con
astucia para poderlos mejor engañar, había hecho marchar los primeros a
los soldados mesenios mandándoles que hablasen en lengua dórica con las
centinelas que hallasen, y así lo hicieron, de modo que los enemigos
fuesen de los suyos por la lengua y porque no los podían ver bien, por
no ser aún muy de día, hasta tanto que todo el ejército de Demóstenes
se reunió, y entonces todos a una atacaron a los ambraciotes con tanto
ímpetu, que mataron muchos y los demás huyeron, aunque de estos el
mayor número fueron muertos, porque se encontraban con los anfiloquios
que tenían tomados los pasos, sabían muy bien la tierra e iban armados
a la ligera, de modo que alcanzaban pronto a los ambraciotes, armados
con armas pesadas. Los que querían huir por otros caminos y senderos
iban a dar en rocas y peñas altas, donde los enemigos tenían puestas
sus celadas, y allí los cogían y mataban. Algunos de ellos, buscando
por donde escapar, llegaron a la orilla del mar que estaba cerca, y
perseguidos por sus contrarios, al ver los barcos de los atenienses
que iban costeando, se lanzaban al agua y a nado iban hacia ellos;
porque, sabiendo que eran de sus contrarios, preferían caer en sus
manos y no en poder de los bárbaros o de los anfiloquios, que eran
sus enemigos mortales. De esta manera fueron vencidos y desbaratados
los ambraciotes, y casi todos muertos, excepto algunos pocos que se
salvaron dentro de Olpas.
Después de esta derrota, los acarnanios despojaron los muertos,
levantaron trofeo en señal de victoria y volvieron a la ciudad de
Argos, donde el día siguiente llegó un trompeta de parte de los
ambraciotes que se habían acogido a la villa de Agrea para pedirles los
cuerpos de los suyos que habían sido muertos en el primer encuentro
cuando salieron de Olpas con los peloponesios sin licencia. Viendo este
trompeta el campo lleno de muertos, se maravilló de dónde podía ser
tanta mortandad, no sabiendo nada del postrer encuentro, y creyendo
fuesen los cuerpos de otros aliados hasta que uno de los enemigos,
suponiendo que el trompeta iba de parte de los que habían sido
derrotados en Idómene, le preguntó por qué se maravillaba, y cuántos
pensaban que hubiesen muerto de los suyos, el trompeta respondió que
cerca de doscientos, a lo que replicó el otro:
--«¿No ves que en este trofeo hay armas y pertrechos, no solamente de
doscientos, sino de más de mil que han sido muertos?»
Entonces dijo el trompeta:
--«¿No son de los que venían en nuestro escuadrón?»
Respondió el otro:
--«Sí, son ciertamente los mismos que ayer fueron vencidos en Idómene.»
--«¿Cómo puede ser eso? --preguntó el trompeta--, nosotros no peleamos
ayer, sino que anteayer fueron muertos estos a la salida de Olpas,
porque iban sin salvoconducto.»
--«Ciertamente --respondió el otro--, nosotros peleamos aquí ayer
contra los que habían salido de la ciudad de Ambracia para socorrer a
los que estaban en Olpas.»
Oído esto por el trompeta, y viendo la gran mortandad de los que habían
venido de Ambracia en su ayuda, quedó más espantado, y llorando muy
atónito por tantos males como les ocurrían se volvió sin hacer nada
ni acordarse de pedir los muertos. Porque a la verdad esta fue una
de las mayores pérdidas de gente que hubo en tan pocos días en toda
aquella guerra, y no he querido escribir aquí el número de los muertos
porque parecerá increíble y más grande que conviene a la importancia de
aquella ciudad. Una cosa sabré decir de cierto, que si los acarnanios
y anfiloquios hubieran querido creer a Demóstenes y a los atenienses
tomaran entonces la ciudad de Ambracia por fuerza, pero temieron que si
los atenienses la poseían por suya serían peores vecinos que los otros.
Después de la victoria repartieron entre sí los despojos, de los
cuales los atenienses llevaron la tercera parte, y las otras dos las
dividieron entre las ciudades confederadas. Los atenienses no gozaron
de ellos mucho tiempo, porque a su vuelta por mar se los quitaron en
el camino. Los trescientos arneses enteros que se ven colgados en
los templos de Atenas fueron los que cupieron a Demóstenes por su
parte sola, que ofreció después de su entrada, la cual pudo hacer más
seguramente y con más honra por causa de esta victoria que no antes por
las pérdidas que sufrió en Etolia, según arriba contamos.
Cuando las veinte naves de los atenienses volvieron al puerto de
Naupacto y Demóstenes con su ejército vino a Atenas, los acarnanios
y los anfiloquios pactaron treguas con los ambraciotes por medio de
Salintio, rey de Agrea, para que durasen cien años, y dieron seguridad
a los peloponesios que se habían acogido a Agrea mezclados con los
ambraciotes, para que volviesen a su tierra. La forma y conciertos
de las treguas fueron estos: que los ambraciotes no fuesen obligados
a hacer la guerra contra los peloponesios por los acarnanios, ni los
acarnanios por los ambraciotes contra los atenienses, quedando solo
obligados a ayudarse mutuamente para la defensa de su tierra. Que los
ambraciotes restituyesen a los anfiloquios las villas y lugares que
tenían de ellos, y que en adelante no diesen ayuda ni favor alguno a
los anactorios que eran enemigos de los acarnanios. Con este convenio
dejaron las armas y se apartaron de la guerra.
A los pocos días llegó Jenóclides, hijo de Euticles, con trescientos
hombres que los corintios enviaban en socorro de los ambraciotes, el
cual con gran dificultad había podido pasar por tierra de Epiro.
Así sucedieron las cosas en Ambracia. En este invierno los atenienses
que andaban por la costa de Sicilia saltaron en tierra, y entraron en
los confines de Himera por la parte de mar, con los sicilianos que
venían por los montes, y habiendo hecho allí algunos daños pasaron por
las islas Eólidas, y volvieron a Regio donde hallaron a Pitodoro a
quien los atenienses habían enviado para caudillo de aquella armada en
lugar de Laques, porque los tripulantes, y los sicilianos que estaban
con ellos pidieron a los atenienses mayor socorro, a causa de que
siendo los siracusanos más poderosos por tierra, les era necesario ser
tan fuertes por mar, que pudieran contrarrestar a sus enemigos. Por
esto los atenienses determinaron aparejar cuarenta naves para enviar
socorro a sus compañeros, pensando que así la guerra acabaría allí más
pronto. De esta armada enviaron primero unas pocas naves con Pitodoro
para que supiese el estado de las cosas, y después debían enviar a
Sófocles, hijo de Sostrátides, con las demás. Llegó Pitodoro, tomó el
cargo de Laques y fue por mar al fin del invierno a socorrer a los que
estaban en el cerco de los locros que Laques había tomado antes, mas
siendo allí vencido en batalla por los locros, regresó.
En la primavera siguiente salió fuego del monte Etna, que es el mayor
de toda Sicilia, según otras muchas veces había salido antes, y quemó
alguna parte de la tierra de Catana que está situada al pie de este
monte. Decían los moradores de la tierra, que en cincuenta años no
había salido en tanta abundancia, y que esta era la tercera vez que
aquello sucedía en Sicilia, después que los griegos fueron a habitarla.
Tales cosas ocurrieron en aquel invierno, fin del sexto año de la
guerra que escribió Tucídides.