Proezas de Formión, capitán de los atenienses, en Acarnania, y origen
de esta tierra.
Los atenienses que estaban en Naupacto aquel invierno[60], después
que la armada de los peloponesios fue deshecha, mandados por Formión,
navegaron hacia el puerto de Ástaco, y llegados allí, saltaron a
tierra trescientos soldados de los suyos con otros tantos mesenios,
con los cuales entraron en Acarnania, tomaron las villas de Estrato
y de Corontas, y otros muchos lugares, y echaron de ellos a los
moradores que les parecieron afectos a los peloponesios. Y después
que pusieron dentro de Corontas a Cines, hijo de Teólito, para que
tuviese la guarda de la villa, volvieron a embarcarse sin atreverse
a pasar adelante contra los eníadas, aunque estos solos entre todos
los acarnanios habían sido siempre enemigos de los atenienses, por
no continuar la guerra en tiempo de invierno; pues el río Aqueloo,
que desciende del monte Pindo, y pasa por tierra de los dólopes, por
la de los anfiloquios, por los campos de Acarnania, por medio de la
ciudad de Estrato, y después entra por tierras de los eníadas para
arrojarse en la mar, se represa junto a la ciudad de los eníadas,
y de tal manera empantana la tierra con sus crecidas, que no se
puede andar por ella para hacer la guerra en tiempo de invierno.
También frente a los eníadas hay algunas de las islas Equinades que
no difieren nada en las crecidas del río Aqueloo, porque cuando va
caudaloso el río que pasa por ellas (por las crecidas de los arroyos
que descienden de las montañas), se juntan con la tierra firme, y
tienen creído los habitantes que con el tiempo se han de juntar todas y
convertirse en tierra firme, porque llueve muy a menudo, crece el río
considerablemente y con las avenidas arrastra mucha arena y piedras.
Estas islas están muy juntas, de manera que casi forman una a causa
del cieno que trae el río, no de continuo, que la fuerza del agua lo
desharía, sino unas veces en una parte y otras en otra, de suerte que
no pueden salir bien desde ellas al mar, y además son muy pequeñas y
desiertas.
Dicen que cuando Alcmeón, hijo de Anfiarao, mató a su madre,
atormentado por continuas visiones y espantos, viose obligado a
recorrer el mundo sin parar, y el oráculo de Apolo le aconsejó que
fuese a habitar estas tierras, pues le dio por respuesta que no estaría
libre de aquellas visiones hasta que hallase para su morada una tierra
que no fuese vista del sol, ni hubiese sido tierra antes de la muerte
de su madre, porque toda otra cualquiera le estaba prohibida por la
maldad que cometió. Dudoso e incierto Alcmeón de dónde podría hallar
esta tierra, recordó la crecida del río Aqueloo después de la muerte
de su madre, adquirió tierra bastante para su morada, de la producida
por las avenidas, y reinó en aquellas partes, donde al presente son las
islas Eníadas. Del nombre de su hijo, que se llamaba Acarnán, llamó
toda aquella tierra Acarnania. Esto es lo que sabemos de Alcmeón.
Volviendo, pues, a la historia; Formión con los atenienses que había
traído de tierra de Acarnania a Naupacto, y al empezar la primavera fue
por mar a Atenas, llevando consigo los prisioneros que había tomado en
aquella guerra, que todos eran libres, y fueron rescatados. También se
llevaron las naves cogidas a los enemigos.
Y así pasó aquel invierno, que fue el tercer año de la guerra que
escribió Tucídides.