Sitalces, rey de los odrisios, entra en tierra de Macedonia reinando
Pérdicas, y sale de ella sin hacer cosa digna de memoria.
Al comienzo del invierno de este año el odrisio Sitalces, hijo de
Teres, rey de Tracia, emprendió guerra contra Pérdicas, hijo de
Alejandro, rey de Macedonia, y contra los calcídeos que habitan en
Tracia, con motivo de dos promesas que Pérdicas le había hecho y no le
había cumplido. La una era en provecho de Sitalces, y la otra en favor
de los atenienses, pues estando Pérdicas en gran necesidad, porque
de una parte Filipo, su hermano, le quería echar del reino, con la
ayuda del mismo Sitalces, y de la otra los atenienses deseaban moverle
guerra, prometió a aquel grandes cosas, si hacía los conciertos entre
él y los atenienses y no daba ayuda ninguna a Filipo contra él. Además,
cuando hizo los contratos con los atenienses, les había prometido
Sitalces que Pérdicas haría guerra a los calcídeos, lo cual había
aprobado y ratificado pero no cumplido. Por las dos causas Sitalces
emprendió esta guerra y llevó consigo a Amintas, hijo de Filipo, para
darle el reino que su padre pretendía, y también llevó los embajadores
de los atenienses, de los cuales era el principal Hagnón, que fueron
enviados para este efecto, porque también ellos habían otorgado a
Sitalces enviarle ejército por tierra, y armada para ir contra los
calcídeos.
Para esta empresa, Sitalces unió a los odrisios, todos los tracios sus
vasallos que habitan entre el monte Hemo y el monte Ródope por parte
de tierra, y el Ponto Euxino y el Helesponto por la de mar. Y asimismo
los getas y las otras naciones que habitan más allá del monte Hemo
y aquende del río Istro, hacia el Ponto Euxino, que confinan con los
escitas y viven con ellos, por lo que la mayor parte son flecheros de
a caballo, que llamamos hipotoxotas. Además juntó los que habitan las
montañas de Tracia, que viven en libertad, que traen sus cimitarras
como espadas ceñidas y se llaman dioses. Juntamente con estos muchos
de los moradores de Ródope, que les siguieron, algunos de ellos por
sueldo y otros por su voluntad, con curiosidad de saber las cosas
de la guerra. También mandó venir en su ayuda los agreos y leeos y
los peonios que viven al final de su señorío hasta el río Estrimón,
que desciende del monte Escombro por la región de los leeos y de los
agreos, río que parte los términos de su reino, y de allí llamó algunas
otras ciudades libres que habitan junto al monte Escombro de la parte
del septentrión al occidente hasta el río Oscio, que sale del mismo
monte, donde nacen los ríos Nesto y Hebro, monte estéril y no labrado e
inhabitable, bien cerca del monte Ródope.
Para mejor determinar la grandeza del reino de los odrisios, es de
saber que se extendía desde la ciudad de Abdera, que está situada junto
al Ponto Euxino, hasta el río Istro. Y en aquella costa, la parte de la
mar más estrecha la cruzan en cuatro días y cuatro noches en un navío
que tenga viento de popa. Por tierra tardará un hombre bien diligente
once días en pasar de una parte a otra por lo más estrecho de ella,
que es desde Abdera hasta el río Istro. Esto es lo ancho de aquel
reino por la parte del mar. Mas por la de tierra firme, de los lugares
mediterráneos, el más largo trecho es desde Bizancio hasta la tierra de
los leeos, encima del monte Estrimón, que un hombre ligero, según he
dicho, podrá andar en trece días.
La renta que daba aquel reino en tiempo de Seutes, hijo de Sitalces,
que sucedió en el reino a su padre y le aumentó en gran manera, valía,
así de los bárbaros como de los griegos, cerca de cuatrocientos
talentos de plata cada año[59], sin contar los presentes y dones que
le daban, que ascendían a poco menos, y sin las otras cosas, como
son sedas y paños y otros muebles que daban los moradores griegos y
bárbaros de renta cada año, no solamente a él, sino también a los
príncipes y grandes y señores del reino. Porque entre los odrisios y
en todo lo restante de la tierra de Tracia se vive muy de otra suerte
que en el reino de Persia, pues los señores están más acostumbrados
a tomar que a dar; y es mayor vergüenza a aquel a quien piden alguna
cosa, no darla, y despedir al que la pide, que no al que la demanda ser
despedido y no alcanzar lo que pide. Los príncipes y señores tenían la
costumbre, con demasiado mando y poder, de no dejar tratar ni negociar
a aquel que no les daba dádivas y presentes, y por estos medios vino
aquel reino a ser el más rico de toda Europa, desde el golfo del
mar Jonio hasta el Ponto Euxino; aunque en número de gente y buenos
guerreros era mucho menos que el reino de los escitas, a los cuales,
con ellos juntos y de un acuerdo, ni los tracios de que hablamos, ni
otra cualquiera nación sola de las de Europa o Asia podría resistir ni
igualarse en el buen consejo y policía de la vida, que tienen muy de
otra suerte que las demás naciones.
Sitalces, siendo rey y señor de tan grande y poderoso reino, como
hemos dicho, después que reunió todas sus huestes y preparó las
cosas necesarias para la guerra, tomó el camino derecho a Macedonia,
primeramente por sus tierras y después por el monte Cercina, que es
desierto e inhabitable, y parte la tierra de los sintios y la de los
peonios, siguiendo por la misma vía que había ido otra vez cuando hizo
guerra a los peonios, cortando los árboles al atravesar el monte y
dejando a la mano derecha a los peonios, y a la siniestra los sintios
y los medos. Cuando pasó aquel monte llegó a Dobero, que es de los
peonios, sin que su ejército disminuyese nada (aunque muchos de ellos
cayeron enfermos de epidemia), porque muchos tracios seguían su campo
sin sueldo y sin ser llamados, con esperanza de robar. De manera que
había en el ejército, según afirman, pocos menos de ciento y cincuenta
mil hombres de guerra, la tercera parte de los cuales era gente de
a caballo, y de estos la mayor parte y los mejores eran odrisios, y
los otros getas. De los de a pie, los maqueriseros, es decir, los que
traen espadas, que son una de las naciones del monte Ródope y viven en
libertad, eran los mejores guerreros. El número de todos los otros que
seguían el campo era tan grande, que ponía espanto verlos. Al llegar a
Dobero, descansaron allí algunos días, haciendo provisión de las cosas
necesarias para entrar en tierra de Macedonia, que está en la bajada
de aquel monte, la cual obedecía a Pérdicas por señor. No todos los
macedonios estaban bajo su obediencia; los lincestas y los elimiotas,
que también son macedonios, aunque tuviesen amistad y alianza con
Pérdicas, y le reconociesen en alguna manera, tenían sus reyes
particulares, porque Alejandro, padre de Pérdicas, y sus progenitores,
llamados teménidas, eran naturales de la ciudad de Argos, y de donde
fueron a tierra de Macedonia, y al principio tomaron aquella parte de
tierra, que al presente llaman Macedonia la marítima, por la fuerza
de las armas, y echaron de la región llamada Pieria a los pieres, los
cuales vinieron después a habitar allende del monte Estrimón, a la
bajada del monte Pangeo, la ciudad de Fagrete y algunos otros lugares:
de aquí que ahora la región que está a la bajada del monte Pangeo, en
dirección al mar, se llama Pieria.
También echaron de tierra de Botiea a los botieos, que ahora habitan
en los confines de la Calcídica, y tomaron una parte de tierra de los
peonios, junto al río Axio, que está desde las montañas hasta Pela y
hasta la mar. Desde aquel río se apoderaron de la región de Migdonia
hasta el monte Estrimón, de donde lanzaron a los edonios, y de la
tierra de Eordia echaron a los eordios, de los cuales mataron muchos,
y los otros se retiraron hacia la ciudad de Fisca, donde habitan al
presente. Asimismo lanzaron a los almopes de Almopia. Además sujetaron
otros pueblos de Macedonia, que al presente obedecen a Pérdicas, y son
los de Antemunte, de Grestonia, de Bisaltia y otras muchas tierras, que
todas se llaman Macedonia, y obedecían a Pérdicas, hijo de Alejandro,
cuando Sitalces fue a hacer la guerra de que hablamos.
Al saber los macedonios la causa de su venida, y conociendo que no eran
poderosos para resistirle, se retiraron con sus bienes y haciendas a
las villas y plazas fuertes, de las cuales había muy pocas, porque
las que vemos ahora fueron fortificadas por mandato de Arquelao, hijo
de Pérdicas, que reinó después de él, y que también hizo componer los
caminos y abasteció el reino de caballos, de armas y de todos los
otros utensilios de guerra, más que lo habían hecho los ocho reyes que
reinaron antes que él.
Al partir el ejército de los tracios de Dobero entró en las tierras
que habían sido de Filipo, hermano de Pérdicas, y tomó por fuerza la
ciudad de Idómene y las villas de Gortinia, de Atalanta y algunos otros
lugares por tratos, por la amistad que él tenía con Amintas, hijo de
Filipo, que iba con él.
Desde allí fue a la ciudad de Europo y la cercó, pensando tomarla, mas
no pudo. De aquí se fue atravesando las tierras de Macedonia que están
a la mano derecha de Pela y de Cirro, mas no se atrevió a entrar en
Botiea ni en Pieria, sino que recorrió y robó las tierras de Grestonia,
de Migdonia y de Antemunte.
Los macedonios, viendo que no tenían infantería bastante para afrontar
a los tracios, reunieron gran número de gente de a caballo, de sus
vecinos, que habitaban las montañas, y aunque eran muchos menos que
los enemigos, los acometieron con tan gran ímpetu, que estos no osaron
esperar, porque los macedonios eran buenos guerreros y venían muy
bien armados. Mas al verse cercados por tanta multitud, aunque se
defendieron valientemente por algún tiempo, al fin conocieron que
no podrían resistir a la larga contra tantos enemigos, y acordaron
retirarse. En este encuentro, Sitalces llegó al habla con Pérdicas y le
dijo las causas por que le hacía la guerra.
Pasado esto, y viendo Sitalces que los atenienses no le socorrían
con su armada, como le habían prometido, enviándole tan solo sus
embajadores con algunos presentes (creyendo que él no podría con
aquella empresa), dirigió parte de su ejército a Botiea y parte a
Calcídica, cuyos habitantes, al saber la llegada de sus enemigos, se
retiraron a las villas y lugares fuertes y dejaron talar y robar la
tierra.
Estando Sitalces en estas partes, los tesalios que habitan al mediodía,
y los magnesios y los otros griegos, que están bajo del imperio de los
tracios, juntándose con los termópilos, y temiéndose que Sitalces fuera
contra ellos, se pusieron todos en armas. Lo mismo hicieron los que
habitan en los campos llanos, pasado el monte Estrimón, a la parte del
mediodía, y los paneos, los odomantos, los droos y derseos, pueblos
todos que viven en libertad.
Por otra parte, corría el rumor entre los griegos enemigos de los
atenienses que Sitalces, por la alianza y confederación que tenía
con estos, so color de la guerra de Macedonia había juntado aquellas
huestes para venir contra ellos en favor de los atenienses.
Viendo, pues, Sitalces que no podía llevar a efecto lo que había
emprendido, que no hacía más que talar la tierra sin ganarla, y que los
víveres le faltaban y se acercaba el invierno, por consejo de Seutes,
hijo de Esparádoco, su primo, y el principal caudillo de su ejército,
determinó volver lo más pronto que pudiese.
Pérdicas había ganado secretamente la voluntad de Seutes, prometiéndole
su hermana en casamiento y gran suma de dinero. Por tanto, Sitalces,
después de estar treinta días en tierra de los enemigos, y de ellos
ocho en la de Calcídica, volvió a su reino con su ejército. Poco
después Pérdicas, en cumplimiento de sus promesas, dio a Estratónice,
su hermana, por mujer a Seutes.
Este fin tuvo aquella empresa de Sitalces.