En la segunda batalla naval ambas partes pretenden haber conseguido la
victoria.
Como los peloponesios conocieron que los atenienses no querían entrar
en el estrecho, para atraerlos dentro, a pesar suyo, al despuntar el
alba pusieron sus naves a la vela, todas en orden de batalla de cuatro
en cuatro, de manera que las tres postreras seguían en pos de la
primera, y comenzaron a navegar dentro del estrecho hacia su tierra. A
la punta derecha iban veinte naves de las más ligeras, que navegaban
delante en el mismo orden que estaban dentro del puerto, a fin de que
si Formión, pensando que quisieran ir a Naupacto, tiraba hacia aquella
parte para socorrer dicha villa, quedase encerrado entre aquellas
veinte naves y las otras que iban a lo largo de la mar a la mano
izquierda, según aconteció. Viendo Formión que iban hacia la villa,
y sabiendo que estaba desprovista de guarnición, tuvo que embarcar
de pronto su gente, y remar a lo largo de la tierra, confiando en la
infantería de los mesenios, que estaba a punto para socorrerlos en
tierra. Mas cuando los peloponesios vieron navegar una a una sus naves
junto a la costa, y que ya estaban dentro del estrecho, que era lo que
deseaban, revolvieron todos a una contra ellas, y haciendo señal para
la batalla, las acometieron con cuanta diligencia pudieron, pensando
encerrarlas y tomarlas todas. Pero las once naves de los atenienses
que iban delante, huyeron de la punta de los peloponesios y escaparon
metiéndose en alta mar. Las otras, que pensaron salvarse hacia tierra,
las tomaron y destrozaron los peloponesios, y los que no pudieron nadar
hasta tierra fueron muertos o presos. Después juntaron las naves vacías
que habían tomado, con las suyas, porque tan solamente cogieron una con
toda la gente que en ella iba. Algunos de los otros barcos los libraron
los mesenios que había en tierra, los cuales entraron en la mar, y
peleando a las manos con los que las querían sacar, se las quitaron.
De esta manera los peloponesios lograron la victoria, y cogieron y
destrozaron las naves de los atenienses. Las veinte naves ligeras de
los peloponesios, que habían puesto en orden a la punta derecha, dieron
caza a las once de los atenienses, que se habían escapado y metido en
alta mar, las cuales se les fueron, excepto una. Cuando llegaron al
puerto de Naupacto, junto al templo de Apolo, volvieron las proas a los
enemigos, aparejáronse para defenderse si se atrevían a acometerlos.
Los peloponesios seguían en pos de ellas cantando peanes y cantares de
victoria como vencedores. Y entre otros barcos iba uno de Léucade muy
delante de los demás, dando caza a una de las naves de los atenienses,
que se había quedado atrás. Por fortuna, cerca del puerto de Naupacto
estaba una carraca anclada, a la cual se acogió la nave de Atenas,
que huía por salvarse. Y como la nave de Léucade, con la fuerza del
viento a vela tendida iba contra la de Atenas persiguiéndola, chocó
entre las dos, y fue lanzada a fondo. Este caso impensado amedrentó a
los peloponesios porque no estaban muy preparados para batallar, sino
que iban seguros, como los que, habida la victoria, van persiguiendo,
detuviéronse un rato, y dejaron de remar, esperando a los que venían
atrás por miedo de que si se acercaban más, salieran los atenienses
contra ellos con ventaja, y navegando a la vela fueron a dar en unos
bancos por no conocer el paraje. Viendo esto los atenienses, cobraron
más corazón, y animándose unos a otros dieron sobre ellos. Los
peloponesios, viendo su yerro, y conociendo su desorden, esperaron un
poco, y después volvieron las proas, y huyeron hacia la estancia de
Panormo, de donde habían salido.
Los atenienses, siguiéndolos en alta mar, tomaron seis naves de las
más cercanas, y recobraron las suyas vacías y destrozadas, las cuales
amarraron en tierra, mataron y prendieron parte de los enemigos, entre
ellos Timócrates, que estaba dentro de la nave de Léucade, que fue
echada a fondo, y que viendo no había medio de salvarse, se mató y vino
a salir en el puerto de Naupacto.
Los atenienses, al volver a su estancia, levantaron trofeo en señal de
victoria, recogieron los despojos de los navíos, recobraron los cuerpos
de sus muertos, y dieron los suyos a los peloponesios por tratos, los
cuales, por su parte, en el cabo de Acaya levantaron otro trofeo,
sosteniendo que habían ganado la victoria, a causa de las naves de los
enemigos que habían destrozado y perseguido junto a tierra, y de la que
habían tomado, la cual consagraron junto a su trofeo.
Hecho esto, temiendo que sobreviniese a los enemigos algún nuevo
socorro, de noche se pusieron a la vela yéndose todos al golfo de Crisa
y Corinto, excepto los de Léucade.
Pocos días después arribaron al puerto de Naupacto veinte naves que
los atenienses enviaban desde Creta a Formión en socorro, las cuales
debieran llegar antes de la batalla.
Y con esto se acabó aquel verano.