Grandes aprestos de guerra de ambas partes y de las ciudades a ellas
aliadas.
Hechas estas cosas en Platea, y viendo los atenienses claramente las
treguas rotas, se aprestaron a la guerra, y lo mismo hicieron los
lacedemonios y sus aliados y confederados. Ambas partes enviaron sus
embajadores al rey de Media y a los otros bárbaros de quien esperaban
ayuda, y procuraban traer a su bando las ciudades de fuera de su
señorío. Los lacedemonios encargaron a las ciudades de Italia y
Sicilia, que seguían su partido, que hiciesen navíos de guerra, cada
cual cuantos pudiese, además de los que tenían aparejados, de suerte
que llegasen al número de quinientos, y también que les proveyesen de
dinero, no cuidando de hacer otros aprestos; que no recibiesen en sus
puertos más de una nave de Atenas cada vez, hasta tanto que estuvieran
dispuestas todas las cosas necesarias para la guerra.
Los atenienses por su parte, primeramente apercibieron a las ciudades
sus confederadas y enviaron sus embajadores a las otras cercanas al
Peloponeso, como son Corcira, Cefalenia, Acarnania, Zacinto; porque
entendían que si estas ciudades se aliaban con ellos, más seguramente
podrían hacer guerra por mar en torno del Peloponeso.
Ninguna de ambas partes fijaba sus pensamientos en cosas pequeñas, ni
emprendían la guerra de otra suerte sino como convenía a su autoridad
y reputación; y como al principio todos se disponen con ardor a la
guerra, muchos jóvenes, así de Atenas como del Peloponeso, de buena
gana se alistaban porque no la habían experimentado. Además todas las
otras ciudades de Grecia se animaban viendo que las principales se
inclinaban a ella.
Había muchos pronósticos, y relataban los oráculos respuestas de
los dioses de muchas maneras, así en las ciudades que emprendían la
guerra, como en las otras. Y aconteció que en Delos tembló el templo
de Apolo, lo cual nunca fue visto ni oído desde que los griegos se
acuerdan. Y por las señales que veían juzgaban todo lo venidero y lo
inquirían con toda diligencia. La mayor parte se aficionaban antes
a los lacedemonios que a los atenienses, porque decían y publicaban
que querían dar a Grecia la libertad. De aquí que todos, así en común
como en particular, de palabra y de obra, se disponían a ayudarles
con tanta afición, que cada cual pensaba que si él no se hallaba
presente, la cosa se impediría por su falta. Muchos estaban indignados
contra los atenienses: unos porque les quitaban el mando, y otros
porque temían caer en su dominio. Así, pues, de corazón y de obra se
preparaban de ambas partes. Las ciudades que cada cual tenía por amigas
y confederadas para la guerra eran estas: de parte de los lacedemonios,
todos los peloponesios que habitan dentro del estrecho de mar que
llaman Istmo, excepto los argivos y los aqueos, que eran tan amigos
de los unos como de los otros; y de los aqueos no hubo al principio
sino los pelenos que fuesen del partido de los lacedemonios, aunque a
la postre lo fueron todos. Fuera del Peloponeso eran de su bando los
megarenses, los focenses, los locros, los beocios, los ambraciotes, los
leucadios, los anactorios. De estos, los corintios, los megarenses,
los sicionios, los pelenos, los eleos, los leucadios y los ambraciotes
proveyeron de navíos; los beocios, los focenses y los locros de gente
de a caballo, y las otras ciudades de infantería.
De parte de los atenienses estaban los de Quíos, los de Lesbos, los
de Platea y los mesenios, que habitan en Naupacto, y muchos de los
acarnanios; los corcirenses, los zacintios y los otros que son sus
tributarios, entre los cuales eran los carios, que habitan la costa de
la mar, y los dorios que están junto a ellos. La tierra de Jonia, los
de Helesponto y muchos lugares de Tracia; y todas las islas que están
fuera del Peloponeso y de Creta hacia levante, que se llaman Cícladas,
excepto Melos y Tera. De estos, todos los de Quíos, Lesbos y los
corcirenses proveyeron de navíos, y los otros todos de gente de a pie.
Tal fue el apresto y ayuda de los aliados y confederados de las dos
partes.
Volviendo a la historia, los lacedemonios cuando supieron lo que había
acaecido en Platea, enviaron un mensaje a sus aliados y confederados
para que tuviesen a punto su gente; y prepararon todas las cosas
necesarias para salir al campo un día señalado, y entrar por tierra
de Atenas. Hecho así, las fuerzas de todas las ciudades se hallaron a
un mismo tiempo en el estrecho del Peloponeso llamado Istmo, y poco
después arribaron los otros. Cuando todo el ejército estuvo reunido,
Arquidamo, rey de los lacedemonios, que era caudillo de toda la hueste,
mandó llamar a los capitanes de las ciudades, y principalmente a los
más señalados, y les dijo estas razones: