I.

Los beocios, antes de empezar la guerra, se apoderan por sorpresa de la

ciudad de Platea, favorable a los atenienses, siendo arrojados de ella

y muertos la mayoría de los que entraron.

La guerra entre atenienses y peloponesios comenzó por los medios y

ocasiones arriba dichos, y asimismo entre los aliados y confederados

de ambas partes, la cual continuó después de comenzada, sin que

pudiesen contratar los unos ni los otros sino mediante farautes y salvo

conducto. Escribiremos, pues, de ella, y contaremos por orden lo que

pasó así en el verano como en el invierno. Empezó quince años después

de los tratados de paz que habían hecho por treinta años, cuando

tomaron a Eubea[29], que fue a los cuarenta y ocho años del sacerdocio

de Críside en la ciudad de Argos, siendo éforo en Esparta Enesio, y

presidente y gobernador en Atenas Pitodoro, seis meses después de la

batalla que se dio en Potidea, al principio de la primavera. Y en este

tiempo algunos tebanos, que serían en número de trescientos, llevando

por sus capitanes dos caballeros beocios de los más principales,

llamados el uno Pitángelo, hijo de Fílidas, y el otro Diémporo, hijo

de Onetóridas, entraron por sorpresa una noche al primer sueño en la

ciudad de Platea, situada en tierra de Beocia, y a la sazón confederada

con los atenienses. Pudieron hacerlo por tratos e inteligencias con

algunos de la ciudad que les abrieron las puertas, que fueron Nauclides

y sus compañeros, los cuales querían entregarla a los tebanos,

esperando por esta vía destruir la influencia de algunos ciudadanos

que eran enemigos suyos, y también por su provecho particular. Para

los tratos sirvió de mediador Eurímaco, hijo de Leontíadas, que era el

hombre más principal y más rico de Tebas.

Los tebanos, conociendo que en todo caso la guerra se había de hacer

contra los atenienses, quisieron antes que se declarase tomar aquella

ciudad, que siempre había sido su enemiga: y por este medio entraron

en ella fácilmente sin ser sentidos de persona alguna, porque no había

guardia y llegaron hasta la plaza, no pareciéndoles entonces poner por

obra lo que habían otorgado a los ciudadanos que les facilitaron la

entrada, que era ir a destruir las casas de sus enemigos particulares,

antes hicieron pregonar que todos aquellos que quisiesen ser aliados

de los beocios, y vivir según sus leyes, acudieran allí y trajesen

sus armas, esperando que por esta vía atraerían a los ciudadanos a

su voluntad. Cuando los de Platea sintieron que los tebanos estaban

dentro de su ciudad, temiendo que fuesen más los que habían entrado

(porque no los podían ver por ser de noche), aceptaron su petición,

fueron a ver y hablar con ellos, y viendo que no querían hacer novedad

alguna, se sosegaron. Después, andando en los tratos, conocieron que

eran muy pocos, y determinaron acometerlos porque los plateenses se

apartaban de mala gana de la alianza con los atenienses. Para no ser

vistos si se juntaban por las calles, horadaron sus casas por dentro y

pasaron de unas a otras: así en poco rato se hallaron todos juntos en

un lugar, pusieron muchas carretas atravesadas en las calles que les

sirviesen de trincheras e hicieron otros reparos que les parecieron

convenientes y necesarios en aquel momento. Juntos todos, y casi una

hora antes del día, salieron de su estancia y vinieron a dar sobre los

tebanos, que aún estaban en el mercado esperando. Salieron de noche

temiéndose que si los acometían de día se defenderían mejor y con más

osadía que no de noche estando en tierra extraña y no teniendo noticia

del lugar, según que por experiencia se mostró. Porque viéndose los

tebanos engañados y que cargaban sobre ellos, tentaron dos o tres veces

salir por alguna calle, mas de todas partes fueron lanzados. Entonces

con el gran ruido que había, así de aquellos que les perseguían como

de las mujeres y niños, y otros que les tiraban piedras y lodo desde

las ventanas, y también con la lluvia que estaba cayendo, quedaron

tan atónitos que se dieron a huir por las calles como podían, sin

saber dónde iban a parar, así por la mala noche como por no conocer la

ciudad; no pudiendo salvarse por ser tan perseguidos y también porque

uno de los ciudadanos acudió prontamente a la puerta por donde habían

entrado, la única que estaba abierta, y la cerró con una gran tranca en

lugar de cerrojo, de manera que los tebanos no pudieron salir por allí.

Algunos de ellos subieron sobre las murallas y se arrojaron por ellas

pensando salvarse, de los cuales murió el mayor número. Otros llegaron

a una puerta que no tenía guardas, y con una hoz que les dio una mujer

quebraron la cerradura y se salieron, aunque estos fueron muy pocos,

porque los vieron en seguida. Los que andaban por las calles, como los

que quebrantaron la cerradura, fueron a parar a un edificio grande que

estaba junto a los muros, cuya puerta hallaron por acaso abierta, y

pensando que fuese alguna de las puertas de la villa y que se podrían

salvar, entraron por ella. Entonces, viendo los ciudadanos que todos

estaban encerrados, discutieron si les pondrían fuego para quemarlos a

todos juntos, o si los matarían de otra manera. Mas al fin aquellos y

todos los otros que andaban por la villa se rindieron con sus armas a

merced de los de la ciudad.

Entretanto que esto pasaba en la ciudad de Platea, los otros tebanos

que habían de seguir de noche con toda la gente a los que primero

habían entrado para ayudarles si fuese menester, tuvieron nuevas en

el camino de que los suyos habían sido desbaratados y perseguidos;

apresuráronse lo más que pudieron a acudir en su socorro, mas no

pudieron llegar a tiempo, porque de Tebas a Platea hay noventa

estadios[30], y la lluvia grande que había caído aquella noche les

detuvo; además el río Asopo, que habían de atravesar, a causa de la

mucha agua que había caído, estaba malo de pasar a vado. De modo que

cuando pasaron a la otra parte y fueron avisados de que los suyos, que

entraron primero en la ciudad, habían sido todos muertos o presos,

celebraron consejo entre sí para acordar si prenderían a todos los de

Platea que estaban fuera de la ciudad, que serían muchos, y asimismo

gran número de bestias, ganado, y bienes muebles, a causa de que

aún no estaba declarada la guerra, para con esta presa rescatar los

prisioneros de los suyos que quedaron vivos dentro de la ciudad.

Estando en esta consulta, los plateenses, sospechando lo que tramaban,

les enviaron un faraute para demostrarles que habían hecho lo que

debían al querer tomarles por sorpresa su ciudad durante la paz, y

para declararles que si hacían daño a los ciudadanos que estaban en

el campo matarían todos los prisioneros tebanos que tenían; pero que

si se iban fuera de sus tierras sin injuriarles, se los entregarían

vivos; jurándolo así, según afirman los tebanos, aunque los de Platea

dicen que no les prometieron darles en seguida sus prisioneros, sino

después de hecho el convenio, y esto sin juramento. De cualquier manera

que sea, los tebanos partieron para su ciudad sin hacer daño en tierra

de los plateenses; y los plateenses, después de traer a la ciudad todo

lo que tenían en los campos, mandaron matar los prisioneros que serían

cerca de ciento ochenta, entre los cuales estaba Eurímaco, que había

convenido la traición. Así hecho, enviaron su mensajero a Atenas y

entregaron los muertos a los tebanos, según su promesa, abasteciendo su

ciudad de todas las cosas necesarias.

Cuando los atenienses supieron lo que había pasado en Platea, mandaron

prender a todos los beocios que se hallasen en tierra de Atenas y

enviaron su mensajero a Platea para que no hiciesen mal ninguno a los

tebanos que tenían en prisión hasta que ellos determinasen en consejo

lo que debiera hacerse, pues no sabían que los hubiesen muerto, porque

el primer mensajero que vino a Atenas partió de Platea cuando los

tebanos entraron, y el segundo después que fueron vencidos y presos.

Enviaron los atenienses su faraute o trompeta, y cuando llegó halló

que todos los prisioneros habían sido muertos. Los atenienses enviaron

un ejército a Platea con provisión de trigo para abastecer la ciudad;

juntamente con esto dejaron buena guarnición de gente de guerra, y

sacaron de la ciudad las mujeres y los niños, y los otros que no eran

para tomar las armas.

Historia de la guerra del Peloponeso (1 de 2) · 第 26 / 90 题