VII

En rigor de verdad, el primer orador (un señor Director, cuyo nombre no

hace al caso), retinto, de libras, habló malditamente, aunque otra cosa

dijeran, rindiendo tributo á la cortesía, los periódicos de la mañana.

¡Cuánta vulgaridad! Que le dispensaran si _hacía uso_ de la palabra,

_asumiendo la representación_ de la junta organizadora, él tan humilde,

él tan poca cosa, él sin duda el último... pero por lo mismo que era el

último, hablaba el primero, para dar las gracias al ilustre hombre que

se había dignado aceptar, etcétera... Enumeró las batallas que hubieron

de librarse contra la modestia del grande hombre, lucha horrible, en

la cual la modestia se defendió bravamente, y hubo que traer casi á

rastras al señor Marqués de San Eloy, hombre de trabajo, hombre de

aislamiento y soledad, hombre de silencio fecundo, hombre que huía

del brillo social, y de los trompetazos de la fama. Pero no le valía.

Forzoso era, para bien de la misma sociedad, sacarle á tirones de su

retiro, traerle á donde pudiera recibir los plácemes que merecía...,

«rodearle de nuestros cariños, de nuestros homenajes, de nuestros... de

nuestros _loores_, _señores_, para que sepa lo que vale, para que la

sociedad pueda expresarle su inmensa gratitud por los beneficios que de

su inteligencia poderosa ha recibido... He dicho.» (_Grandes aplausos;

el orador se sienta muy sofocado, limpiándose el sudor del rostro. D.

Francisco le abraza con el brazo izquierdo nada más._)

No se había calmado el barullo producido por el primer discurso, cuando

allá, en el opuesto extremo del salón, surgió un señor alto y seco, que

debía tener fama de orador brillante, porque le procedió un murmullo

de expectación, y todo el grave concurso se relamía de satisfacción

por las sublimes cosas que pronto se oirían. En efecto, el demonio

del hombre era una máquina eléctrica. Hablaba con la boca, con los

brazos, que parecían aspas de molino, con las trémulas manos, que

casi tocaban al techo, con los crispados dedos, con todo el semblante

congestionado, echando fuego, con los ojos que se le salían del casco,

con los lentes tan pronto caídos, tan pronto puestos sobre el caballete

de la nariz por la misma mano que quería horadar el techo. Tal era el

desbordamiento de su oratoria enfática y kaleidoscópica, que si aquello

dura más de quince minutos, todos salen de allí con el mal de San Vito.

¡Qué acumular idea sobre idea, qué vértigo de figuras, corriendo como

vagonetas descarriladas, que al chocar montan unas sobre otras, qué

tono furiosamente altísono, desde el primer momento, tanto que no había

gradación posible, y su oratoria era una sucesión delirante de finales

de efecto! Como el tal era ingeniero (no sé si por Madrid ó por Lieja)

iniciador de obras públicas tan grandiosas como impracticables, se

despotricaba con un lío espantoso de retóricas del orden industrial y

constructivo, y todo era carbón por allí, calderas al rojo cereza por

allá, las espirales de humo _que escribían sobre el azul del cielo el

poema_ de la fabricación, el zumbido de los volantes, el chasquido de

las manivelas; y tras esto, los dinamos, las calorías, la fuerza de

cohesión, el principio vital, las afinidades químicas, para venir á

parar al arco iris, á las gotas de rocío que descomponen el rayo solar,

y qué sé yo, Dios de mi vida, todo lo que salió de aquella boca. Y

á todas estas, nada había dicho aún de D. Francisco, ni se veía la

relación que el festejado pudiera tener con toda aquella monserga de

gotas de rocío, dinamos y manivelas.

Sin abandonar el estilo vertiginoso y las gesticulaciones epilépticas,

hizo la gradación gallardamente. Presentó á la humanidad dándose de

cachetes con la ciencia, como quien dice. La ciencia bebía los vientos

para redimir á la humanidad, y ésta emperrada en no dejarse redimir.

Naturalmente, nada se conseguiría hasta que aparecieran los _hombres de

acción_. Sin ellos, era impotente la señora ciencia. Por fin ¡hosanna!

aparecido había el hombre de acción. ¿Y quién dirán ustedes que era

el hombre de acción? Pues D. Francisco Torquemada. (_Grandes aplausos

como salutación al nombre._) Después de un breve panegírico del

ilustre leonés, el orador se sentó, entre un diluvio de aclamaciones

de entusiasmo. Desplomóse sin aliento en la silla, como un obrero que

se cae del andamio, con todos los huesos rotos, y hay que llevarle al

hospital.

Siguió un paréntesis de bulla, risas y tiroteo ingenioso.

—Que hable D. Fulano, que hable el señor Tal.

La concurrencia se hallaba en ese placentero estado psicológico, del

cual se deriva toda la amenidad y gracia de esta clase de festines. Á

cada quisque tocaba un poquitín de la vis cómica que se derramaba por

todo el ámbito del grandísimo comedor. Después de pinchar á éste y al

otro, levantóse, no sin hacerse mucho de rogar, un señor pequeño y

calvo. Había llegado el momento de la aparición del gracioso, pues en

la solemnidad banquetil, para que el conjunto resulte completo, ha de

haber una sección recreativa, un orador que trate por lo festivo las

mismas cuestiones que los demás han tratado por lo grave. El indicado

para _llenar este vacío_ era un antiguo periodista, magistrado por

poco tiempo, después diputado cunero, y en algunas épocas de su vida

contratista de tablazón para envase de tabacos. Tal fama de gracioso

tenía, que antes que hablara, ya se desternillaban de risa los oyentes.

—Señores—empezó,—nosotros hemos venido aquí con fines muy malos, con

intenciones aviesas, y yo, porque así me lo dicta mi conciencia, pido

al señor Gobernador, aquí presente, que nos lleve á todos á la cárcel.

(_Risas._) Hemos traído engañado al Sr. Marqués de San Eloy. Él vino

á honrarnos con su compañía en esta mesa pobre... y ahora resulta que

le damos un _menú_ (que algunos llaman _minuta_) de discursos, un

verdadero _indigestivo_ para que le haga daño la comida.

El preámbulo fué muy divertido, y luégo entró en materia diciendo:

—Ninguno de los aquí presentes sabe quién es el Marqués de San Eloy,

y yo, que lo sé, os lo voy á decir. El Marqués de San Eloy es un

pobrecito, y los ricos, los poderosos somos los que le festejamos.

(_Risas._) Es un pobrecito que pasaba por la calle y le hemos invitado

á entrar aquí, y entra, y participa de nuestro festín... No, no reirse;

pobrecito dije y os lo voy á demostrar. No es rico el que poseyendo

riquezas, las consagra á labrar el bien de la humanidad. Es tan sólo

un depositario, un administrador, no de lo suyo, sino de lo nuestro,

porque lo destina á mejorar nuestra condición moral y material.

(_Aplausos, aunque el argumento á nadie convencía._)

Prosiguió ensartando disparates, y jugando con la paradoja, hasta que

terminó, ofreciendo cómicamente su protección al _administrador de

la humanidad_, don Francisco Torquemada. Imposible mencionar todo lo

que después se dijo, en varios tonos; hubo discursos buenos y breves,

otros largos, difusos, y sin ninguna substancia. Un señor habló en

nombre de la provincia de Palencia, limítrofe de la de León, asegurando

que no hacían falta tantos ferrocarriles, aunque él no los combatía,

¡cuidado! y que los capitales deben emplearse en canales de riego.

Otro habló en nombre del Ejército, á que pertenecía, y el de más

allá en nombre de la Marina mercante. Alguien dijo también cosas muy

entonadas en nombre de la clase aristocrática, y en nombre del Colegio

de Notarios, y el Gobernador expresó su sentimiento por que el señor

de Torquemada no fuese hijo de Madrid, idea contra la cual protestaron

airados los leoneses; pero el Gobernador remachó la idea, asegurando

que León y Madrid vivían en perfecta fraternidad. Saltó uno de Astorga,

llamando á Madrid su segunda patria, patria primera de sus hijos, y

al fin concluyó por echarse á llorar; y otro, que había venido de

Villafranca del Bierzo, aseguró ser sobrino del cura que bautizó á D.

Francisco, lo cual fué el detalle tierno de la solemnidad. Gracias á

un oportunísimo _quite_, se pudo evitar que unos _ñales_ de poetas

leyeran los versos que ya tenían medio desenvainados con la intención

más alevosa del mundo. Por la calidad de las personas allí reunidas,

y el objeto _serio_ de la solemnidad, no _estaba en carácter_ la

lectura de composiciones poéticas. Y al fin, se aproximaba el momento

culminante. El héroe de la fiesta, mudo y pálido, revolvía ya en su

mente las primeras frases del discurso. En los breves instantes que

le faltaban, hizo acopio de su valor, y fijó bien en su mente ciertas

reglas que se había propuesto seguir, á saber: no citar autores en

concreto, sin absoluta seguridad en la cita; expresar vagamente y

con frases equívocas todo aquello de que no tuviese un gran dominio;

quedarse siempre entre dos aguas sin decir blanco ni negro, como hombre

que más peca de reservado que de comunicativo, y pasar, como sobre

ascuas, sobre todo punto delicado de los que no pueden tomarse en boca

profana sin peligro de soltar una barbaridad. Hecha esta preparación

mental, y encomendándose á su ausente ídolo literario, el señor de

Donoso, á quien creía llevar en esencia dentro de sí mismo, como una

segunda alma, levantóse y aguardó tranquilo á que se produjese el

silencio augusto que necesitaba para empezar. Gracias á los diligentes

taquígrafos que el narrador de esta historia llevó al banquete, por

su cuenta y riesgo, han salido en letras de molde los más brillantes

párrafos de aquella notable oración, como verá el que siga leyendo.

Torquemada en el purgatorio · 第 33 / 39 题