En rigor de verdad, el primer orador (un señor Director, cuyo nombre no
hace al caso), retinto, de libras, habló malditamente, aunque otra cosa
dijeran, rindiendo tributo á la cortesía, los periódicos de la mañana.
¡Cuánta vulgaridad! Que le dispensaran si _hacía uso_ de la palabra,
_asumiendo la representación_ de la junta organizadora, él tan humilde,
él tan poca cosa, él sin duda el último... pero por lo mismo que era el
último, hablaba el primero, para dar las gracias al ilustre hombre que
se había dignado aceptar, etcétera... Enumeró las batallas que hubieron
de librarse contra la modestia del grande hombre, lucha horrible, en
la cual la modestia se defendió bravamente, y hubo que traer casi á
rastras al señor Marqués de San Eloy, hombre de trabajo, hombre de
aislamiento y soledad, hombre de silencio fecundo, hombre que huía
del brillo social, y de los trompetazos de la fama. Pero no le valía.
Forzoso era, para bien de la misma sociedad, sacarle á tirones de su
retiro, traerle á donde pudiera recibir los plácemes que merecía...,
«rodearle de nuestros cariños, de nuestros homenajes, de nuestros... de
nuestros _loores_, _señores_, para que sepa lo que vale, para que la
sociedad pueda expresarle su inmensa gratitud por los beneficios que de
su inteligencia poderosa ha recibido... He dicho.» (_Grandes aplausos;
el orador se sienta muy sofocado, limpiándose el sudor del rostro. D.
Francisco le abraza con el brazo izquierdo nada más._)
No se había calmado el barullo producido por el primer discurso, cuando
allá, en el opuesto extremo del salón, surgió un señor alto y seco, que
debía tener fama de orador brillante, porque le procedió un murmullo
de expectación, y todo el grave concurso se relamía de satisfacción
por las sublimes cosas que pronto se oirían. En efecto, el demonio
del hombre era una máquina eléctrica. Hablaba con la boca, con los
brazos, que parecían aspas de molino, con las trémulas manos, que
casi tocaban al techo, con los crispados dedos, con todo el semblante
congestionado, echando fuego, con los ojos que se le salían del casco,
con los lentes tan pronto caídos, tan pronto puestos sobre el caballete
de la nariz por la misma mano que quería horadar el techo. Tal era el
desbordamiento de su oratoria enfática y kaleidoscópica, que si aquello
dura más de quince minutos, todos salen de allí con el mal de San Vito.
¡Qué acumular idea sobre idea, qué vértigo de figuras, corriendo como
vagonetas descarriladas, que al chocar montan unas sobre otras, qué
tono furiosamente altísono, desde el primer momento, tanto que no había
gradación posible, y su oratoria era una sucesión delirante de finales
de efecto! Como el tal era ingeniero (no sé si por Madrid ó por Lieja)
iniciador de obras públicas tan grandiosas como impracticables, se
despotricaba con un lío espantoso de retóricas del orden industrial y
constructivo, y todo era carbón por allí, calderas al rojo cereza por
allá, las espirales de humo _que escribían sobre el azul del cielo el
poema_ de la fabricación, el zumbido de los volantes, el chasquido de
las manivelas; y tras esto, los dinamos, las calorías, la fuerza de
cohesión, el principio vital, las afinidades químicas, para venir á
parar al arco iris, á las gotas de rocío que descomponen el rayo solar,
y qué sé yo, Dios de mi vida, todo lo que salió de aquella boca. Y
á todas estas, nada había dicho aún de D. Francisco, ni se veía la
relación que el festejado pudiera tener con toda aquella monserga de
gotas de rocío, dinamos y manivelas.
Sin abandonar el estilo vertiginoso y las gesticulaciones epilépticas,
hizo la gradación gallardamente. Presentó á la humanidad dándose de
cachetes con la ciencia, como quien dice. La ciencia bebía los vientos
para redimir á la humanidad, y ésta emperrada en no dejarse redimir.
Naturalmente, nada se conseguiría hasta que aparecieran los _hombres de
acción_. Sin ellos, era impotente la señora ciencia. Por fin ¡hosanna!
aparecido había el hombre de acción. ¿Y quién dirán ustedes que era
el hombre de acción? Pues D. Francisco Torquemada. (_Grandes aplausos
como salutación al nombre._) Después de un breve panegírico del
ilustre leonés, el orador se sentó, entre un diluvio de aclamaciones
de entusiasmo. Desplomóse sin aliento en la silla, como un obrero que
se cae del andamio, con todos los huesos rotos, y hay que llevarle al
hospital.
Siguió un paréntesis de bulla, risas y tiroteo ingenioso.
—Que hable D. Fulano, que hable el señor Tal.
La concurrencia se hallaba en ese placentero estado psicológico, del
cual se deriva toda la amenidad y gracia de esta clase de festines. Á
cada quisque tocaba un poquitín de la vis cómica que se derramaba por
todo el ámbito del grandísimo comedor. Después de pinchar á éste y al
otro, levantóse, no sin hacerse mucho de rogar, un señor pequeño y
calvo. Había llegado el momento de la aparición del gracioso, pues en
la solemnidad banquetil, para que el conjunto resulte completo, ha de
haber una sección recreativa, un orador que trate por lo festivo las
mismas cuestiones que los demás han tratado por lo grave. El indicado
para _llenar este vacío_ era un antiguo periodista, magistrado por
poco tiempo, después diputado cunero, y en algunas épocas de su vida
contratista de tablazón para envase de tabacos. Tal fama de gracioso
tenía, que antes que hablara, ya se desternillaban de risa los oyentes.
—Señores—empezó,—nosotros hemos venido aquí con fines muy malos, con
intenciones aviesas, y yo, porque así me lo dicta mi conciencia, pido
al señor Gobernador, aquí presente, que nos lleve á todos á la cárcel.
(_Risas._) Hemos traído engañado al Sr. Marqués de San Eloy. Él vino
á honrarnos con su compañía en esta mesa pobre... y ahora resulta que
le damos un _menú_ (que algunos llaman _minuta_) de discursos, un
verdadero _indigestivo_ para que le haga daño la comida.
El preámbulo fué muy divertido, y luégo entró en materia diciendo:
—Ninguno de los aquí presentes sabe quién es el Marqués de San Eloy,
y yo, que lo sé, os lo voy á decir. El Marqués de San Eloy es un
pobrecito, y los ricos, los poderosos somos los que le festejamos.
(_Risas._) Es un pobrecito que pasaba por la calle y le hemos invitado
á entrar aquí, y entra, y participa de nuestro festín... No, no reirse;
pobrecito dije y os lo voy á demostrar. No es rico el que poseyendo
riquezas, las consagra á labrar el bien de la humanidad. Es tan sólo
un depositario, un administrador, no de lo suyo, sino de lo nuestro,
porque lo destina á mejorar nuestra condición moral y material.
(_Aplausos, aunque el argumento á nadie convencía._)
Prosiguió ensartando disparates, y jugando con la paradoja, hasta que
terminó, ofreciendo cómicamente su protección al _administrador de
la humanidad_, don Francisco Torquemada. Imposible mencionar todo lo
que después se dijo, en varios tonos; hubo discursos buenos y breves,
otros largos, difusos, y sin ninguna substancia. Un señor habló en
nombre de la provincia de Palencia, limítrofe de la de León, asegurando
que no hacían falta tantos ferrocarriles, aunque él no los combatía,
¡cuidado! y que los capitales deben emplearse en canales de riego.
Otro habló en nombre del Ejército, á que pertenecía, y el de más
allá en nombre de la Marina mercante. Alguien dijo también cosas muy
entonadas en nombre de la clase aristocrática, y en nombre del Colegio
de Notarios, y el Gobernador expresó su sentimiento por que el señor
de Torquemada no fuese hijo de Madrid, idea contra la cual protestaron
airados los leoneses; pero el Gobernador remachó la idea, asegurando
que León y Madrid vivían en perfecta fraternidad. Saltó uno de Astorga,
llamando á Madrid su segunda patria, patria primera de sus hijos, y
al fin concluyó por echarse á llorar; y otro, que había venido de
Villafranca del Bierzo, aseguró ser sobrino del cura que bautizó á D.
Francisco, lo cual fué el detalle tierno de la solemnidad. Gracias á
un oportunísimo _quite_, se pudo evitar que unos _ñales_ de poetas
leyeran los versos que ya tenían medio desenvainados con la intención
más alevosa del mundo. Por la calidad de las personas allí reunidas,
y el objeto _serio_ de la solemnidad, no _estaba en carácter_ la
lectura de composiciones poéticas. Y al fin, se aproximaba el momento
culminante. El héroe de la fiesta, mudo y pálido, revolvía ya en su
mente las primeras frases del discurso. En los breves instantes que
le faltaban, hizo acopio de su valor, y fijó bien en su mente ciertas
reglas que se había propuesto seguir, á saber: no citar autores en
concreto, sin absoluta seguridad en la cita; expresar vagamente y
con frases equívocas todo aquello de que no tuviese un gran dominio;
quedarse siempre entre dos aguas sin decir blanco ni negro, como hombre
que más peca de reservado que de comunicativo, y pasar, como sobre
ascuas, sobre todo punto delicado de los que no pueden tomarse en boca
profana sin peligro de soltar una barbaridad. Hecha esta preparación
mental, y encomendándose á su ausente ídolo literario, el señor de
Donoso, á quien creía llevar en esencia dentro de sí mismo, como una
segunda alma, levantóse y aguardó tranquilo á que se produjese el
silencio augusto que necesitaba para empezar. Gracias á los diligentes
taquígrafos que el narrador de esta historia llevó al banquete, por
su cuenta y riesgo, han salido en letras de molde los más brillantes
párrafos de aquella notable oración, como verá el que siga leyendo.