Málaga era ciudad fenicia de mucho comercio. Casi competía con Cádiz. Su
puerto estaba lleno de naves tirias, pelasgas, griegas y etruscas. En
sus tiendas se vendían mil primores traídos de lejanos países: telas de
lana, teñidas de púrpura en Tiro; joyas de oro, hechas en Ménfis, en
Sais y en otras ciudades egipcias; piedras preciosas y tejidos de
algodón del Indostán; alfombras de Persia, y hasta sedería del casi
ignorado país de los Seras.
Echeloría fue a Málaga varias veces, con su padre y con su novio, a
recorrer dichas tiendas y a comprar galas para el suspirado día del
casamiento.
Hallábase a la sazón en Málaga uno de los más audaces y sabios marinos
que había entonces en el mundo: el célebre Adherbal.
Acababa de hacer una navegación felicísima, y su nave se parecía,
anclada en el puerto, cargada de estaño, ámbar, hierro, pieles de
armiños y de castores, y otros objetos de valor que él había ido a
buscar a las costas de Francia, Inglaterra y otras regiones del Norte de
Europa, a donde sólo los fenicios se aventuraban a llegar en aquella
época.
Adherbal pensaba volver pronto a Tiro; pero antes debía tomar en Málaga
cobre, vino, azogue y oro en polvo de las arenas de nuestros ríos,
dejando allí en cambio parte de su cargamento.
Paseando un día por el muelle vio Adherbal a Echeloría, y al verla juró
por Melcart y por Astoret, como si dijéramos por Hércules y por Venus,
que jamás había visto criatura más linda y salada. Ganas tuvo de
llegarse de súbito a la muchacha y de soltarle el pavo, esto es, de
decirle sin ceremonia sus atrevidos pensamientos: pero Mutileder iba al
lado de ella, mirando receloso a todas partes, con la barba sobre el
hombro, en actitud desconfiada y hostil, y blandiendo un enorme y fiero
garrote.
La prudencia refrenó los ímpetus del marino fenicio. Bastaba ver de
refilón a Mutileder para hacerse cargo de que era capaz de deslomar a
cualquiera de un garrotazo, si llegaba a descomponerse un poco con la
hermosa y cándida Echeloría.
Adherbal, como queda dicho, era prudente, pero era obstinado también,
emprendedor y ladino. Echeloría no produjo en él una impresión fugaz y
ligera, sino profunda y durable. Así fue que determinó averiguar quién
era y dónde vivía, y lo consiguió con discreción y recato.
Dos o tres veces fue después a caballo a Churriana con disimulo, y
volvió a ver a la niña, quedando cautivo de su singular donaire.
Por último, por medio de personas listas del país, se informó de la vida
de Echeloría, supo que iba a casarse con Mutileder, y no quedó pormenor
de que no llegase a tener cabal noticia.
Con estos elementos formó Adherbal un plan diabólico, el cual le salió
bien, como por desgracia salen bien casi todos los planes diabólicos.
Una mañana muy temprano levó anclas su nave y zarpó del puerto de
Málaga, después de despedirse él para Tiro. Fuera ya la nave del puerto,
se quedó, muy cerca de la costa, hacia el Oeste, dando bordeadas como
para ganar mejor viento. Así trascurrieron algunas horas, hasta que
llegó aquélla en que la gentil Echeloría bajaba a bañarse en la mar.
Entonces saltó Adherbal en una lancha ligerísima con ocho remeros
pujantes y otros dos hombres de la tripulación, grandes nadadores y
buzos, y de los más ágiles y devotos a su persona. Con la lancha se
acercó cautelosamente, ocultándose en las sinuosidades de la costa y al
abrigo de las peñas y montecillos, hasta que llegó cerca del lugar donde
Echeloría se bañaba, creyéndose segura y con el más completo descuido.
Los nadadores se echaron entonces al agua, zambulleron, surgieron de
improviso donde Echeloría estaba bañándose, se apoderaron de ella a
pesar de sus gritos, que pronto terminaron en desmayo causado por el
suato, y en aquella disposición, hermosa e interesante como una ondina,
se la llevaron a la lancha, donde Adherbal la recibió en sus brazos, y
luego la condujo a bordo de su nave. Ésta desplegó al punto todas sus
velas, y aprovechándose de un viento fresco de Poniente, que acababa de
levantarse, no corría, sino que volaba sobre las ondas azules del
Mediterráneo.
Varias muchachas, que se bañaban con Echeloría, huyeron con espanto de
aquella zalagarda, y, saltando en tierra, alarmaron con sus gemidos y
sollozos a la nodriza, que estaba en éxtasis y de nada se había
percatado. En cambio, apenas se enteró de lo ocurrido, se extremó en
hacer muestras de su dolor. Allí fue el mesarse las venerables canas, el
revolcarse por el suelo, y el dar tan formidables chillidos, que
Mutileder, aunque estaba lejos, acudió al sitio, oyéndolos. El infeliz
amante supo entonces toda la enormidad de su infortunio, mas demasiado
tarde por desgracia. La nave del raptor se percibía aún, pero lejos, y
navegando con tal rapidez que pronto iba a perderse detrás de la comba
que forma el mar, marcando una curva de azul profundo en el cielo más
claro.
El furor de Mutileder fue indescriptible, aunque a nada conducía. Ni
siquiera supo a punto fijo el infeliz amante quién había sido el raptor,
por más que sospechase de aquel marino que en Málaga había puesto en
Echeloría los lascivos y codiciosos ojos.
Estos raptos de mujeres eran frecuentísimos en aquellas edades heroicas,
y habían dado ya y debían seguir dando ocasión a no pocos disturbios y
guerras. Los fenicios habían robado a Io, hija de Inaco; los griegos
habían robado a Europa de Fenicia, a Medea de Coicos, y a Ariadna de
Creta; y por último, un príncipe frigio había robado a la bella Helena,
mujer del rey de Esparta, Menelao, motivando así una lucha larga y
mortífera, y al cabo la destrucción de Troya.
Don Juan Fresco explica, a mi ver, de un modo satisfactorio estos raptos
de mujeres. Supone que la mujer, por lo mismo que su belleza es tan
delicada, no se cría naturalmente. Lo único que se cría es la hembra del
hombre. La verdadera mujer es producto artificial, que resulta de grande
esmero y cuidado y de exquisito y alambicado cultivo. De aquí la rareza
entonces de la verdadera mujer y el mágico y portentoso efecto que
producía en el alma de guerreros bárbaros y briosos, avezados a ver
hembras solamente.
Cuando los hombres se recobraban de su pasmo volvían a hacer a la mujer
de peor condición que al esclavo más humilde; pero, en ocasiones, una
mujer bien lavada, cuidada y compuesta, infundía amor ferviente,
frenético entusiasmo y cierta adoración como si fuese algo divino. De
aquí las patrañas o _mitos_ de las hadas y encantadoras como Circe y
Calipso, que convertían a los hombres en bestias; la _ginecocracia_,
esto es, el imperio de la mujer, establecido en muchas partes, como en
el país de las Amazonas y en la Arabia Feliz; y el omnímodo influjo, ora
funesto, ora útil, que ejercieron algunas damas en los varones más
crudos y valerosos, como Onfale en Hércules, Dálila en Sansón, Betzabé
en David, Egeria en Numa, y Judit en Holofernes. De aquí, por último,
que ganasen tanto crédito las sibilas, las pitonisas y las druidisas;
todo ello, sin duda, porque cuidaban más de sus personas, y lograban
pulir y descubrir la escondida hermosura, invisible por lo general en la
hembra por falta de pulimento y aseo.
Además, el entender la hermosura y el afanarse por lograrla hacían
hermosa a la mujer. Hoy, mucho de esta cualidad, domeñada ya la
naturaleza rebelde, suele trasmitirse por herencia; pero en los tiempos
heroicos, la hermosura era como inspirada creación que la mujer artista
realizaba en su propio cuerpo, a fuerza de esmerarse. Todavía, cinco
siglos después de la época en que ocurre nuestra historia, asombran el
estudio, la prolijidad y los preparativos minuciosos de que se valían
las mujeres para presentarse de una manera digna. A fin de agradar al
rey Asnero, que buscaba reina, después de repudiada Vastí, se pasaban
las chicas un año entero frotándose con linimentos y pomadas,
saumándose, lavándose, perfilándose y acicalándose. En el día, con una
hora de preparación bastarla para presentar ante el sibarita más
refinado a la más ruda de las campesinas: prueba irrefragable de que lo
adquirido por arte y educación se trasmite de madres a hijas. Verdad es
que, en cambio, la naturaleza es menos dúctil ahora, y la hotentota,
aunque se friegue y se adobe más que las que iban a presentarse a
Asuero, hotentota permanece; de donde, sin duda, el refrán que dice:
«Aunque la mona se vista de seda mona se queda.»
Dejemos, no obstante, refranes y digresiones a un lado, y prosigamos
nuestro cuento.
Echeloría, por naturaleza y por arte, por herencia y por conquista, era
un primor. Y Mutileder, que con razón la adoraba, no la lloró perdida,
con femenil amargura, sino que, agitando su garrote y haciendo crujir la
honda con chasquidos estruendosos, juró buscar a su amada, librarla del
raptor, y vengarse de éste descalabrándole de una buena pedrada o
moliéndole a palos.
Cuenta la historia que Mutileder, en el instante de hacer aquel
juramento, estaba tan hermoso que no podía ser más. Sus ojos azules,
dulces de ordinario, lanzaban centellas luminosas; su afilada y recta
nariz, hinchada por la cólera, mostraba muy dilatadas las ventanillas;
las cejas, frunciéndose en el centro, daban mayor majestad a su frente;
la boca entreabierta dejaba ver unos dientes blancos, iguales y firmes,
y sana frescura y vivo color de carmín en encías y lengua. Su cabeza,
echada atrás con arrogancia, y destocada, lucía copiosa y rubia
cabellera, que flotaba en rizos graciosos a merced de la brisa; sus
piernas y sus brazos desnudos, contraída entonces la musculatura por la
energía de la actitud, daban envidia a los de Hércules mancebo. Todo en
Mutileder era beldad, elegancia, brío y donosura. Su voz, alterada por
la pasión, penetraba en los corazones, aunque sus palabras no se
entendiesen.
En aquel instante ¡oh fuerza del destino! acertó a pasar por allí la
graciosa y distinguida Chemed, que en fenicio significa _belleza_, la
viuda más coqueta y caprichosa que había en Málaga. Su marido la había
dejado joven y con muchos bienes de fortuna. Ella seguía con la casa de
comercio de su marido, bajo la razón insocial de _la viuda Chemed_. En
aquella ocasión volvía de solazarse de una quinta que tenía en
Churriana.
Seis atezados etíopes la llevaban en silla de manos, y dos escuderos,
una dueña y cuatro pajecillos egipcios la acompañaban también para más
autoridad y decoro.
Chemed oyó a Mutileder, le miró y se maravilló; volvió a mirarle y se
quedó más maravillada. Entonces dijo para sí: «Divinos cielos, ¿qué es
lo que miro? ¿Será éste dios o será mortal? ¿Resplandecería más Adonis
cuando Astoret se prendó de él?»
Pero, prosiguiendo su soliloquio de preguntas, Chemed prosiguió también
su camino, sin interrogar al mancebo, que parecía estar furioso, y sin
atreverse siquiera a pararse y a bajar de la silla de manos, en medio de
gente extraña, cuya lengua no entendía, porque hablaban el ibero, que,
como ya queda dicho, era lo que se llama hoy el vascuence. Si Chemed
hubiera sabido que Mutileder hablaba corrientemente el fenicio, como en
efecto le hablaba, sin duda que se hubiera detenido; pero, no sabiéndolo
ni sospechándolo, Chemed pasó de largo.