Vesci era una ciudad importante de la confederación de los túrdulos. En
el tiempo a que nos referimos, los vescianos tenían ya la misma calidad
que a sus descendientes del día les ha valido el dictado de bermejinos:
casi todos eran rubios como unas candelas. Descollaba entre todos, así
por lo rubio como por lo buen mozo y gallardo, el elegante y noble
mancebo Mutileder. Disparaba la honda con habilidad extraordinaria y
mataba a pedradas los aviones que pasaban volando; montaba bien a
caballo; guiaba como pocos un carro de guerra; sabía de memoria los
mejores versos turdetanos y los componía también muy regulares; con un
garrote en la poderosa diestra era un hombre tremendo; con las mujeres
era más dulce que una arropía y más sin hiel que una paloma; corría
como un gamo; luchaba a brazo partido como los osos, y poseía otra
multitud de prendas que le hacían recomendable. Casi se puede asegurar
que su único defecto era el de ser pobre.
Mutileder, huérfano de padre y madre, no tenía predios urbanos ni
rústicos, vivía como de caridad en casa de unos tíos suyos, y en Vesci
no sabía en qué emplearse para ganarse la vida. Era un señor, como
vulgarmente se dice, sin oficio ni beneficio.
Frisaba ya en los veinticuatro años, y harto de aquella vida, y ansiando
ver mundo, pidió la bendición a sus tíos, quienes se la dieron
acompañada de algún dinero, y tomando además armas y caballo, salió de
Vesci a buscar aventuras y modo de mejorar de condición.
Como Mutileder tenía tan hermosa presencia, y era además simpático y
alegre, por todas partes iba agradando mucho. Los sugetos de suposición
y campanillas le convidaban a bailes y fiestas, y las damas más
graciosas y encopetadas le ponían ojos amorosos; pero él era bueno,
pudibundo e inocentón, y nada útil sacaba de todo esto. El dinero que le
dieron sus tíos se iba consumiendo, y no acudía nuevo dinero a
reemplazarle.
Así, deteniéndose en diferentes poblaciones, como, por ejemplo, en
Igábron; pasando luego el Síngilis, hoy Genil; entrando en la tierra de
los turdetanos, y parando también en Ventipo, llegó a un lugar de los
bástulos que se llamaba entonces Aratispi, y que yo sospecho que ha de
ser la Alora de nuestros tiempos, tan famosa por sus _juegos llanos_.
Allí tenía Mutileder una prima, que era un sol de belleza, con diez y
ocho años de edad, y más rubia que él, si cabe. Esta prima se llamaba
Echeloría. Su padre, viudo y muy rico, la idolatraba.
Mutileder y Echeloría eran de casta ibera purísima, sin mezcla alguna de
celtas ni de fenicios. Sus familias, o mejor diré su familia, pues era
una misma la de ambos, se jactaba, no sin fundamento, de descender de
los primitivos atlantes, que habían emigrado muchos siglos hacía, cuando
se hundió en el mar la Atlántida, y que, yendo unos por mar siempre,
habían llevado a Egipto la cultura, mucho antes de la civilizadora
expedición de Osiris, mientras que otros, conocidos después con el
nombre de hiperbóreos, desembarcando en Francia, habían difundido la luz
y fundado florecientes Estados, caminando hacia Oriente hasta más allá
de las montañas Rifeas, e influyendo, por último, en el despertar a la
vida política y culta de los arios y de los semitas.
En suma, Echeloría y Mutileder eran dos personas ilustres y dignas de
serlo por su mérito.
Apenas se vieron, se amaron... ¿Qué digo se amaron? Se enamoraron
perdidamente el uno de la otra y el otro de la una.
El padre de Echeloría, que no tenía nada de lerdo, notó en seguida el
amor de la muchacha y procuró acabar con él, porque el primito no poseía
otro patrimonio que su apasionado corazón; pero Echeloría estaba
prendada de veras, y el padre, que en el fondo era un bendito, se avino
y se resignó al cabo a que Mutileder aspirase a ser su yerno.
Ambos amantes se juraron eterna fidelidad. «Antes morir que ser de
otro», dijo ella. «Antes morir que ser de otra», respondió él. Y esta
promesa se hizo repetidas veces y se solemnizó y corroboró con los
juramentos más terribles.
Después de esto, ¿qué remedio había sino casar cuanto antes a los primos
novios? Así lo resolvió el padre, y se empezaron a hacer los
preparativos para la boda, que debía verificarse en el próximo otoño.
Era ya el fin de la primavera, y en aquellas edades antiquísimas
sucedía lo propio que ahora que a la primavera seguía el verano.
Aratispi era lugar más bonito que lo es Alora al presente. En torno
había, como hay aún, fértiles huertas y frondosos y siempre verdes
bosques de naranjos y limoneros; pero los cerros que limitaban aquel
valle amenísimo, en vez de estar pelados, como ahora, estaban cubiertos
de encinas, alcornoques, algarrobos, castaños y otros árboles, entre
cuyos troncos y a cuya sombra crecían brezos, helechos, tomillo,
mejorana, mastranzo y otras plantas y hierbas olorosas.
Era tal entonces la generosidad de aquel suelo, que las palmas enanas,
que hoy suelen cubrirle y que apenas sirven para más que para hacer
escobas y esportillas, se alzaban a grande altura, mientras que las
crestas más empinadas de los montes, calvas ahora, se veían cubiertas de
una verde diadema de abetos, de pinos y de cipreses.
A pesar de todo, fuerza es confesar que en verano hacía entonces en
Aratispi un calor de todos los demonios.
Echeloría quiso, con razón, tomar algunos baños de mar, y su padre la
llevó a un puerto muy bonito, cerca de Málaga, que D. Juan Fresco y yo
calculamos que debió de ser Churriana.
Naturalmente Mutileder fue a Churriana también, acompañando a su futura.
Los primos estaban como dos tortolitas, arrullándose siempre. Mientras
más miraba él a Echeloría, más linda y angelical la encontraba y más
melifluo se ponía con ella. Y mientras más miraba Echeloría a Mutileder,
mayor número de perfecciones y de excelencias hallaba en él.
Pues no digamos nada, porque sería cuento de nunca acabar, de la mutua
admiración que nacía en ambas almas al considerar el talento o la
habilidad del objeto de su amor. Cada pedrada que tiraba Mutileder
mataba un pajarillo y partía el corazón de Echeloría, a fuerza de
entusiasmo. Y Echeloría, por su parte, a más de encantar a Mutileder con
los cantares que sabía entonar, le había hecho una honda de pita, tan
llena de sutiles y primorosas labores, que él se quedaba horas enteras
embobado contemplando la honda.
Los dos enamorados gozaban de la más completa libertad y se iban solos
de paseo por aquellos vericuetos y andurriales; ya por la orilla del
resonante mar; ya por los encinares y olivares que vestían aquellos
alcores; ya por los verjeles, sotos y alamedas del valle, regado por un
riachuelo cristalino. Pero uno y otro eran tan como Dios manda, que a
pesar de lo mucho que se querían, no se propasaron nunca a otra cosa
sino a estrecharse afectuosamente las manos, y una o dos veces a lo más,
a consentir ella en recibir un casto beso en la tersa y cándida frente,
y a lograr él estamparle.
La suma virtud y exquisita delicadeza de estos primos lo ponía todo en
reserva para el día dichoso en que la religión y las leyes consagrasen
su unión indisoluble.
Entre tanto se decían doscientas mil ternuras a cada momento. «Tu nombre
es un sello que he puesto sobre mi corazón», exclamaba Echeloría. «Mi
corazón es tuyo para siempre: antes dejará de latir que de amarte a ti
sola», contestaba Mutileder.
En estos coloquios se pasaban las horas, y de continuo estaban juntos
ambos amantes, menos cuando Echeloría se retiraba a dormir al lado de su
anciana nodriza y en estancia muy resguardada, o bien cuando iba a la
playa a bañarse; pues entonces, a fin de evitar el qué dirán y las
murmuraciones, Mutileder no se bañaba con ella, tal vez por no usarse
aún trajes de baño, tan complicados y encubridores de las formas como
los que se llevan ahora en Biarritz y en otros sitios.