estar muy perseguidas, y andan en pandillas cortas de merodeo por acá
y por allá. Han entrado en Praducos y en Sopando... y en Coloños, que
está á dos pasos de este pueblo. Verdad que ha sido entrada por salida,
á lo que parece, y que se han conformado con unas cuantas raciones. De
todas suertes, ¿qué le parece á usted, señor don Pedro, que hagamos en
Cumbrales, en virtud de este aviso que me dan?
--Hablar poco de ello y tener mucho juicio--respondió don Pedro;--y,
sobre todo, cuidar de que nada sepa don Valentín, que puede hacer una
majadería que nos cueste muy cara á todos.
--Eso mismo creo yo... porque, señor, una aldea abierta, de poco
vecindario, sin otra arma que el sable de ese loco...
--Y tan loco será como él quien llegue á escucharle con paciencia; y
mucho más loco, quien se pare á considerar lo que podrá creerse de los
que no le hagan caso.
--¿Quiere decirse que este oficio... como si hubiera caído en un pozo?
--No tanto, porque debe servirte el aviso para estar alerta y
prevenido, á fin de evitar al pueblo cuantas vejaciones puedan
evitarse, si tenemos la mala suerte de recibir esa visita.
--Pues alerta está, señor don Pedro; y Dios sobre todo.
--Esa es la fija... ¡y cuidado con don Valentín!
[Ilustración]
[Ilustración]
XXVII
GENIO Y FIGURA...
La rápida y feliz convalecencia de Pablo volvió á normalizar la vida en
ambas casas; con lo que reaparecieron en el salón de don Pedro Mortera
los rollos de holandas y los paquetes de batistas que días antes
anduvieron por allí entre manos de Ana, de María y de doña Teresa;
preparativos de boda y mínima parte de lo que se había encargado con
igual destino á las modistas y costureras de la ciudad.
Había, pues, tertulia constante en casa de don Pedro, á la que no
faltaban Pablo, muy animoso aunque algo dolorido y débil todavía; su
cuñadito en ciernes, por las tardes, y don Juan de Prezanes cuando
menos se le esperaba. Ya para entonces y desde antes de los trágicos
sucesos referidos, las familias de don Pedro Mortera y de don Rodrigo
Calderetas se habían hecho sendas visitas; por lo que también se vió
más de tres veces al caballero de la villa, con su señora y su otro
vástago (una jovenzuela pálida y muy peripuesta, que se llamaba Niquis,
contracción elegante del vulgar Nicasia que le arrimó en la pila su
padrino, un pañero acaudalado, pero de poco gusto), en la apacible
reunión aquélla.
Antes la enfriaban que la divertían los ceremoniosos continentes de
estos tres personajes; pero eran sus visitas actos de cortesía, y había
que agradecerlas. En cambio, cuando se hallaban solos los de Cumbrales
y el novio de la villa, que era suelto y ocurrente, se cobraban con
usura los ratos tan mal empleados; porque hasta el mismo don Juan de
Prezanes andaba hecho unas castañuelas, y solamente en cinco ó seis
ocasiones se había ido del seguro con su compadre por cosas de poco más
ó menos.
En fin, que todo era paz y alegría entre aquellas gentes, y hasta se
habían fijado las bodas para el día en que Pablo se viera completamente
restablecido (restablecimiento que ya daba el convaleciente por
alcanzado), cuando olió don Valentín lo de allende los montes, por más
empeño que puso Juanguirle en que ignorara lo que de oficio le había
dicho su _colega_ de Praducos. Pero ¿dónde se movería el perjuro que no
lo advirtiera el oído sutil del veterano de Luchana, que sólo vivía
para odiarle y para combatirle?
No bien averiguó lo de Coloños, voló á casa de Juanguirle. Le preguntó,
le increpó y hasta le excomulgó; pero sólo burlas y malas razones pudo
obtener del alcalde de Cumbrales. Entonces corrió á la villa, y asaltó
el despacho de don Rodrigo Calderetas.
--Ahora--le dijo sin preámbulos ociosos,--todos ustedes son unos; don
Pedro Mortera no podrá negarse á tomar en cuenta las indicaciones
patrióticas que usted le haga, ni usted á hacérselas en vista de la
gravedad de los sucesos que tenemos encima.
--Cierto es--dijo el caballero,--que ustedes y nosotros estamos
amenazados de una invasión á la hora menos pensada; pero es también un
hecho que las fuerzas se han subdividido...
--Tanto mejor para vencerlas, señor don Rodrigo.
--No hay necesidad, don Valentín, de tomarlo tan por lo serio, puesto
que siendo grupos insignificantes los que merodean por ahí, no son de
temer extorsiones de gravedad. Piden unas cuantas raciones, se les
dan... y se van tan contentos. Esto es mucho más sencillo y conveniente
que una resistencia armada que puede costar perturbaciones y sangre.
Ya ve usted cuántos más elementos hay aquí que en Cumbrales para
resistir, y cuánta mayor responsabilidad adquirimos ante la historia
nosotros que ustedes, y, sin embargo, á nadie se le ha ocurrido aquí
apelar á medidas extremas que...
--Yo, señor don Rodrigo--expuso don Valentín, comprimiendo la ira que
ardía en su pecho,--no tengo nada que ver con lo que en esta villa se
haga en el caso de que se trata. Impórtame sólo la honra del pueblo en
que nací, y esa es la que quiero salvar... porque debo salvarla. Don
Pedro Mortera es el único hombre que en Cumbrales puede llevar á buen
término mis propósitos; usted puede hoy mover el ánimo de mi convecino,
y al mismo tiempo hacer que don Juan de Prezanes acabe de ponerse á mi
lado, porque lo uno ha de venir como consecuencia de lo otro. Del pie
que cojea el don Pedro, no lo ignora usted, y aquí mismo hemos hablado
de ello los dos, no hace mucho tiempo, con leal franqueza...
--Se hablan muchas cosas, señor don Valentín, con sobrada ligereza,
aunque la lealtad mueva los labios y esté el corazón henchido de los
más hidalgos sentimientos. Verdad que hablamos algo de lo que usted
dice; verdad que apoyé entonces, hasta cierto punto, las nobles miras
de usted; cierto que se las recomendé, digámoslo así, al señor don Juan
de Prezanes... pero hay circunstancias en la vida... y no siempre
los informes son exactos; la lealtad se engaña muchas veces, y los
caballeros, como yo, estamos expuestos á padecer alucinaciones...
--Es decir, que don Pedro Mortera, para usted, es hoy muy distinto de
lo que fué ayer... En plata, que ya es liberal y trigo limpio.
--Quizá, quizá, señor don Valentín.
--¡Cómo había de resultar otra cosa!--exclamó el héroe, con la sonrisa
más burlona que puede imaginarse, y un brío impropio de sus muchos
años.--¡Cómo había de salir cosa mala un consuegro ricachón!
--¡Señor Gutiérrez!...
--¡De la Pernía, señor de Calderetas!--corrigió don Valentín, alzándose
sobre las enjutas piernas.--Y entienda usted que para cantar ahora esos
laúdes, no había para qué entonar el otro día tantos vituperios...
Fortuna que sé yo demasiado á qué atenerme.
Y con esto salió don Valentín de casa de don Rodrigo Calderetas, sin
tomarse el trabajo de despedirse de él.
Husmeando en la villa luégo, fué llenando de pormenores el saco de sus
noticias; y tan atacado le puso y tal se convenció de que el peligro
no daba ya instante de espera, que se vió á punto de que le faltara el
resuello á medio camino de su casa.
¡En qué estado llegó! Jadeante, amarillo y desencajado; con el
sombrero en el cogote, el bastón al hombro, los ojos encandilados y
los pábilos con espuma. Era media tarde, no había comido aún, y se
negó á probar las sobras de la comida de su hijo, que Sidora le había
guardado. Se encerró en su cuarto, arrojó el sombrero y el bastón sobre
la cama, y se sentó á descansar en una silla vieja. No había otra mejor
allí.
Á los pies de la cama había una percha de castaño negro y apolillado
ya; sobre la percha, un guardapolvo muy ancho, y sobre el guardapolvo,
entre dos viejas sombrereras de cartón, una caja de pino, más alta
que ancha, con tapadera sujeta con un cordel. En aquella caja clavó
la vista don Valentín en cuanto se sentó á descansar, y de aquella
caja se apoderó, empinándose sobre la silla, tan pronto como no le fué
necesaria para reposo de su cuerpo fatigado.
Desatado el cordel y alzada la tapadera, sacó á pulso el héroe un
morrión descomunal, envuelto en _Gacetas_ arranciadas. El morrión era
de _herrada_, más ancho de arriba que de abajo, de felpa algo raída y
marchita de color, y con grandes chapas y carrilleras de metal. Después
de colocar con mucho mimo sobre la cama el morrión, don Valentín abrió
un cofre que había en otro rincón de la estancia. En aquel cofre
estaba el resto del uniforme: una casaca azul de faldones muy largos
y talle muy corto, vueltas amarillas (el veterano había servido en
fusileros) y acribillada de botones en las picudas solapas; un pantalón
de dril blanco; dos charreteras con flecos de cordoncillo de plata,
ennegrecidos, mohosos y de un palmo de largos; un sable envainado, con
su correspondiente tahalí, y un pompón, amarillo también, como de media
vara de alto, envuelto en dos bulas de la Cruzada.
Todo lo fué colocando en el orden debido sobre la cama, y para cada
pieza tuvo un requiebro de amor y de entusiasmo su boca balbuciente.
¡Cuántos años hacía que su cuerpo no se envolvía en aquellos arreos
marciales! ¡Quién le diría á él que aquellas reliquias del tiempo de
sus glorias habían de volver á salir á la luz del sol, precisamente
para ahuyentar al «monstruo de la tiranía,» á quien él mismo había
enterrado en Vergara!
En fin, que se quitó el casaquín y los calzones, y se encasquetó el
uniforme sobre la escasa ropa que le quedaba encima del rugoso pellejo.
Pero ¡cuánta sobra veía por todas partes! ¡Cómo se le hundía el chacó
y le hacían alforjas la casaca y los pantalones! Todo había mermado en
el héroe; todo menos el corazón, que le tenía tan grande y tan lleno de
amor á la causa de la libertad, como en los albores de su juventud.
--No hay remedio--discurría mientras atacaba de papeles la badana
interior del morrión, añadía ropa vieja al _peto_ de la casaca y
colgaba las prendas de la paz en la percha de castaño:--me declaro
á mí mismo en estado de guerra, y publico yo solo y para mí solo la
ley marcial... Haré el último esfuerzo para adquirir auxiliares; y si
no los hallo, yo seré general, y ejército, y hasta plaza fuerte; y
después... ¡á vencer ó morir!... ¿De qué lado vendrá el enemigo? No lo
sé. ¿Qué fuerza será la suya? No debe importarme. Sé que anda cerca y
que puede estar aquí á la hora menos pensada, y esto me traza la senda.
Á ello me atengo, porque ese es mi deber. Sabré cumplirle.
Iba anocheciendo ya. Sidora había salido de casa, y don Baldomero no
había vuelto á ella. Apareció don Valentín en la sala armado de pies
á cabeza. Se cuadró delante del retrato de Espartero; desenvainó el
sable; presentóle como cuando pasa el rey; después saludó marcialmente,
describiendo en el aire ancha curva con la bruñida hoja; giró hacia la
derecha sobre sus talones; envainó... y fuése.
Media hora después aparecía en el despacho de don Pedro Mortera, el
cual personaje se creyó bajo el imperio de una pesadilla, al contemplar
la extraña catadura del que se le puso delante.
Don Valentín habló así, temblando de emoción y de fatiga:
--Mi ansiedad y este equipo en que vengo, le dicen á usted, señor don
Pedro, que no hay tiempo que perder y que es llegada la hora de hacer
un esfuerzo, si ha de hacerse. El enemigo puede venir, vendrá, de un
momento á otro, y no hay que contar con que la autoridad de Cumbrales
se aperciba á la defensa... Á usted acudo, por última vez, á pedirle
una parte, por mínima que sea, de su legítimo influjo sobre estas
gentes pacíficas, para que me ayuden en la empresa que estoy resuelto á
acometer. Con ese auxilio, y con el que obtendré seguramente del señor
don Juan de Prezanes...
--¡El auxilio de don Juan de Prezanes!--exclamó don Pedro Mortera
mirando con asombro á don Valentín.--¿En qué se funda usted para creer
que le obtendrá?
--En que no se resistió á concedérmele cuando otra vez se le pedí.
--Mentira.
--¡Señor don Pedro!... ¡Yo no miento nunca!
--Pues vaya usted á pedírsele, y déjeme en paz.
--Sí, señor, que iré... y me le concederá, por lo mismo que usted me le
niega. Cuento con él, porque me le ha ofrecido y es caballero... y muy
liberal.
--Pues será tan mentecato como usted si le ha oído con paciencia, y
loco rematado si le aplaude.
--¡Ira de Dios! Si eso es ser loco, ¿dónde está la cordura?
--En quien, teniendo atribuciones para ello, se apoderara de usted
ahora y le encerrara en una jaula, antes de que con sus majaderías
produzca una ociosa alarma en el pueblo.
--Esa es la justicia de los tiranos: amarrado el mastín, y suelto el
lobo entre las ovejas.
--Todo lo que usted quiera, con tal que me deje en paz inmediatamente.
--Eso es echarme de casa.
--Figúrese usted que sí, y buenas noches.
--¡Yo no hago eso con nadie, señor don Pedro!
--Yo con todos los que vengan á molestarme con locuras como la de usted.
El pobre don Valentín ya no supo qué replicar á esto, porque no se le
ocurrían sino improperios, y no se atrevía á soltarlos, ni estaban su
boca balbuciente ni su pecho jadeante para meterse en recias disputas.
Conformóse con apretar los puños y mirar fiero y torcido á don Pedro
Mortera, y se largó, poniéndole entre mandíbulas (pues ya se ha dicho
que ni raigones tenía en ellas) de tirano, servilón y mal patriota, que
no había por dónde cogerle.
¿Quién sabe lo que anduvo después, de puerta en puerta, predicando
aquí, amenazando allá: al uno porque era joven y debía toda su sangre
á la patria; al otro, porque tenía hijos á quienes dar ejemplo de
independencia y valor; á éste, porque estaba amenazado su hogar de un
atropello; á aquél, porque su novia y su hija podían ser presa de los
«inmundos chacales!»... Pero nada consiguió sino servir de espectáculo
á las atónitas gentes, con su pompón cimbreante, su morrión descomunal,
sus charreteras lacias, sus faldones inmensos y su pantalón blanco
salpicado del lodo de las callejas, ¡en tal mes, á tales horas y con la
helada que estaba dejándose sentir!
Eran cerca de las nueve de la noche cuando llegó á casa de don Juan de
Prezanes, último refugio de sus mortecinas esperanzas.
Hay que advertir que, á la sazón, se disponía el bueno del
jurisconsulto á ir á buscar á su hija, que aún estaba en casa de don
Pedro Mortera, entregada á los sabidos afanes de costura. Don Juan
se había despedido de allí aquella tarde algo amostazado, porque su
compadre le hizo la contra en no sé qué pequeñeces, con no sé qué
palabras y qué gestos; gestos y palabras que le traían mareado desde
que se había encerrado en su casa, dándolos vueltas en el magín; y
claro es que cuanto más lo revolvía en aquel horno, más le caldeaba y
más _burlón_ y más _dominante_ iba pareciéndole don Pedro Mortera. De
modo que volvía á casa de éste de muy mala gana, y sólo porque se lo
había prometido á su hija que le esperaba allí. En este propósito y con
un humor endemoniado, le halló don Valentín. No fué menor el asombro
que le produjo la rara silueta del héroe, que el causado en cuantas
personas le habían tenido delante aquella noche. Dijo el pobre hombre
qué pensamientos le sacaban de casa á tales horas y en aquella guisa, y
se asombró más don Juan y le tuvo lástima.
--¡Es posible, don Valentín--exclamó,--que hasta ese punto le enardezca
á usted su manía?
Precisamente lo que no comprendía don Valentín era que se llamara
manía á su ardimiento patriótico, y que se asombrara nadie de su
bélica actitud enfrente del enemigo. Respondió en este sentido al
jurisconsulto, y añadió:
--No hay para qué hablar más en demostración de esta verdad palmaria,
no hace mucho tiempo aceptada por sus amigos de usted... y aun por
usted mismo.
--¡Por mí?
--Por usted no fué negada al menos, cuando le pedí su apoyo con la
recomendación del señor don Rodrigo Calderetas; apoyo que tampoco le
pareció entonces cosa del otro jueves... Verdad que estaba de por
medio el señor don Pedro Mortera, á quien tratábamos de combatir. Hoy
han variado las circunstancias, bien lo veo, y con ellas el fondo de
ciertas personas á los ojos de otras.
--Señor don Valentín, hoy, como ayer, don Pedro Mortera es un
caballero, mi mejor amigo, casi mi hermano. Si tiene sus debilidades,
yo tengo las mías también; pero ésta es cuenta para ajustada entre él y
yo solos, si lo tenemos por conveniente.
--No entiendo, señor don Juan...
--Pues esto quiere decir que hoy le prohibo á usted, como se lo prohibí
en la ocasión que cita, traer á cuento el nombre de esa persona, si no
es para honrarle como se merece.
--Pues á eso respondo hoy, señor don Juan de Prezanes, lo mismo que
respondí entonces á usted por una observación idéntica y con razones
que en aquella ocasión no tenía: que don Pedro Mortera corresponde muy
mal á las ausencias que hace usted de él.
--¿Quién se lo ha dicho á usted?
--Nadie, porque lo he oído yo mismo.
--¿Á quién?... ¿en dónde?... ¿cuándo?
--Á don Pedro Mortera, en su casa, dos horas hace.
--¡Falso!
--Mentecato le llamó á usted, con todas sus letras, y por tan digno le
reputó como á mí de ser encerrado en una jaula.
--¡Falso!... ¡falso!
--Tan cierto como estamos aquí los dos, frente á frente.
--Repito que es falso, señor don Valentín... y si no lo es, quiero que
lo sea. ¿Me entiende usted? ¿Me entiende usted, espíritu diabólico y
tentador?
--¡Pero, señor don Juan!...
--¡Vaya usted al demonio! Lárguese usted de aquí cuanto antes, y déjeme
en paz, ¡si esto es ya posible!
Y salió don Valentín, que no podía con el peso de tantas contrariedades
ni con el del morrión que le abrumaba.
Quedóse solo otra vez don Juan de Prezanes; y quedándose solo, comenzó
por quitarse el sombrero, que ya se había puesto para ir á buscar á su
hija cuando entró don Valentín, y por arrojarle sobre la mesa. Después,
con las manos en los bolsillos, echó á andar, á andar por el cuarto,
de aquí para allí, y, por último, se enredó en la siguiente maraña de
reflexiones, sin dejar de moverse como un azogado:
--Que vengan á decirme ahora que esto es una ofuscación de mi genio
impresionable y feroz. Que venga el hombre de más paciencia... que
venga Job en persona; que se coloque en mi lugar, y á ver cómo se
las arregla; á ver qué cara pone cuando le larguen por la espalda una
puñalada así. Que no se pase un día sin que el mejor de sus amigos...
¡amigo!... le dé un alfilerazo, y celebren y aplaudan la gracia hasta
sus propios hijos; que responda á esas provocaciones y á esas burlas
ahogando su dolor y su pesadumbre con una prudencia heróica; que gentes
de todas cataduras le digan una y otra vez: «ese amigo no es cosa
buena y te quiere mal;» que se indisponga con todas esas gentes por
defender el honor del falso amigo, es decir, que pague con caricias sus
bofetones; que los vínculos de amistad lleguen á ser de parentesco; que
busquen al santo Job y le mimen y le halaguen; que cuando más confiado
se entregue á los halagos y á los mimos, sienta otra vez en sus carnes
las heridas alevosas, y vea el arma sutil en la mano que le acaricia;
que se resigne y calle todavía, aunque, tras de ofendido, oiga que le
murmuran por violento é intolerable; que tenga, en fin, la evidencia de
que el amigo, á sangre fría, con premeditación y en medio de la plaza
pública, como quien dice, le llama á boca llena mentecato, y le juzga
digno de ser encerrado en una jaula de locos... y á ver si Job no acaba
por darse á todos los demonios y por buscar al falso amigo y armar un
escándalo que sirva de ejemplo á todos los oprimidos, y de escarmiento
á todos los hipócritas... Pues yo, el irascible, el insoportable, tengo
más paciencia que Job; porque devoro acá dentro, en este pecho donde no
cabe la nobleza de mi corazón, esas provocaciones alevosas.
Sentíase don Juan sofocado en la estrechez del gabinete, y abrió
la ventana. La noche no estaba tan serena y estrellada como antes.
Reaparecía el Sur; amontonábanse nubarrones en el cielo, y la luna sólo
á intervalos lucía. Algunas bocanadas de aire llegaban á la ventana,
trayendo consigo rumor de lejanas voces; rumor de que don Juan no se
dió cuenta, porque no estaba entonces ni para oir ni para ver sino lo
que tenía dentro y le hervía en la mollera.
--¿Qué móviles son los que guían á ese hombre--se decía el
jurisconsulto volviendo á pasear intranquilo y vertiginoso,--para
conducirse como se conduce conmigo? Su altanería, su soberbia... el
empeño de imponerme sus ideas y sus gustos hasta en las cosas más
nimias, como se los impone á cuantos le rodean ó le deben algo. Pero
yo no le debo nada, ¡voto á Lucifer!... nada, si no son disgustos como
éste que ahora me enciende la sangre. No soy tampoco un zafio campesino
que necesite pedirle permiso para discurrir. Tengo mi criterio propio,
mis luces en la inteligencia; tantas luces... más luces que él, sí,
señor; ¡muchas más! porque he visto más mundo, he estudiado más libros
y he ejercitado más el entendimiento, ¡muchísimo más! ¡Tengo, cuando
menos, iguales derechos que los suyos á ser oído y respetado; á hablar
donde él hable, á pensar donde él piense, á vivir donde él viva!...
Aquí ya don Juan de Prezanes, sin percatarse de ello, decía á voces
todo lo que iba pensando; y como si su amigo estuviera provocándole en
el hueco de la ventana, delante de ella era donde más aspavientos hacía
y más levantaba la voz.
Entre tanto, los rumores de afuera continuaban acercándose, y llegaron
á oirse próximos á la pared del corral, por la parte de la calleja.
Tampoco entonces reparó en ellos.
Volviendo á sus paseos y á su monólogo, llegó á decir, enardeciéndose
por instantes:
--¡Me quieres idiota?... ¡me quieres esclavo?... pues chasco te llevas,
¡tirano! Tengo una razón... á Dios se la debo, y por ella soy libre...
¡libre como el pájaro y el aire!
En esto, y mientras la luna se escondía detrás de espesos nubarrones,
y se oía ruido cercano, como de gentes en tropel, don Juan de Prezanes
temblaba, y se arrimó á la ventana, y sintió dentro de sí una cosa que
le exigía un esfuerzo supremo; algo que necesitaba salir de su pecho y
de su garganta, veloz y bullicioso; algo que le oprimía el corazón y le
golpeaba el cerebro... No pudo contenerse más. Echó todo el busto fuera
de la ventana; y, apretando los puños, gritó loco, desaforado:
--¡Viva la libertad!
En aquel instante crecieron los rumores de la calleja y se agitaron
unos bultos en la obscuridad; brillaron dos fogonazos; se oyeron dos
tiros, y lanzó un grito don Juan de Prezanes, desapareciendo de la
ventana mientras saltaban las maderas hechas astillas, y en polvo los
cristales.
Casi al mismo tiempo sonó hacia la iglesia otro tiro que pareció un eco
de los primeros.
[Ilustración]
[Ilustración]
XXVIII
SICUT VITA...
Mientras caminaba don Valentín, después de salir de casa de don Juan
de Prezanes, calleja arriba, por donde vino el tropel de que se hace
mención en el capítulo antecedente, resbalando en este morrillo y
metiéndose en aquella poza, tropezando aquí y estando á pique de caer
allá, despechado y febril, reflexionaba de este modo:
--Nada espero, nada temo, nada quiero; en nadie confío sino en Dios y
en el odio que tengo al perjuro. Tristeza en mí, tristeza y soledad
en mi casa, menosprecio y burlas en la ajena, viejo, moribundo ya;
envuelto en los hábitos de mis glorias, con la espada de Luchana al
costado... ¡qué mejor ocasión que ésta para dar el último grito de
libertad, delante del sempiterno enemigo de ella? ¡Qué muerte más
señalada para un hombre como yo?... ¡Ah, si topara con _ellos_ esta
noche!
Pensando así, andaba, andaba, y corría el sudor por los surcos de su
cara rugosa, porque la gimnasia que iba haciendo, el peso del uniforme
y la brega que traía desde media mañana, no eran para menos; y andaba
maquinalmente y sin rumbo determinado, aunque á veces creía oir en sus
adentros una voz que le aconsejaba seguir adelante y apercibido, porque
_por allí se iba_.
Y andando, andando, llegó á un recodo que formaba la calleja, y oyó
ruido de voces y de pasos inseguros al otro lado. Le latió el corazón
con desusada fuerza. Llevó la diestra á la empuñadura del sable, y
detúvose. Los rumores se acercaron más. Don Valentín aguzó entonces
el oído, la vista, hasta el olfato. Parecía un sabueso delante de _la
barda_. Cierto que tenía, por don misterioso de la naturaleza, una
nariz para conocer al perjuro por el rastro, como el perro la tiene
para el jabalí.
--¡_Él_ es!--dijo balbuciente y conmovido.
Sin otras averiguaciones, desenvainó el sable y plantóse en mitad de la
calleja, bien alumbrada entonces por la luna.