comentarios ociosos, y fuése apresurado á casa de Juanguirle,
deplorando que el suceso no hubiera ocurrido á siete estados debajo de
tierra.
Nisco estaba mejor y ya sentado en la cama. Asombróse al ver á su amigo
en tan desastroso aspecto; refirió éste el caso, y le abrazó el hijo
de Juanguirle, lamentándose de no haberle ayudado, siquiera con la
presencia, y de que hubiera salido vivo del empeño el traidor de la
navaja. Preguntóle si le había herido con ella.
--Nada absolutamente--respondió Pablo.--Ni un arañazo me ha costado
pisotear la fama de ese bribón. Un dolorcillo siento hacia esta
costilla del lado izquierdo; pero no es de golpe alguno, sino de un
esfuerzo que hice al levantarle de la poza.
Después se lavó las manos y la cara; se arregló el vestido; volvió á
sentarse á la cabecera de la cama, y mudó de conversación; hasta que
entró Juanguirle, que se había quedado charlando con los vecinos.
Pablo, mientras oía al alcalde lamentarse de no haber preso al bribón
cuando pudo y debió hacerlo, palpábase con la diestra el punto dolorido
y se revolvía mucho en la silla.
--¿Qué tienes?--le preguntó Nisco. Á lo que respondió el joven:
--Que me anda aquí algo tibio y pegajoso... nada; pero me causa una
impresión muy desagradable.
Por consejo de Juanguirle, muy alarmado, se descubrió la parte
donde Pablo sentía lo que tanto le molestaba. Las ropas estaban
allí empapadas en sangre, y ésta continuaba fluyendo, aunque no en
abundancia, de una herida en el costado. Nisco y su padre palidecieron.
--¡Y yo que dejé escapar á ese villano!--exclamó Juanguirle mesándose
el pelo.
--¿Qué es lo que tengo?--preguntó Pablo.
--¡Una herida que hay que cuidar, hijo!--respondió el alcalde.
--¡Una herida!... ¿Cuándo me la hizo, si yo no sentí nada?
--¡Bueno estabas tú para sentir, aunque te hubieran abierto en
canal!... ¡Y estamos sin médico hace cuatro meses! ¡Voto á briosbaco y
balillo!...
--Ande usted--repuso Pablo sonriendo, más por disimulo que por
ganas,--que como se curó Nisco me curaré yo. Lo que importa es que en
mi casa no se sepa esto.
--No estoy, Pablo--dijo Nisco,--porque esas cosas se oculten. Bueno es
que, por de pronto, se ponga un reparo para que llegues á tu casa sin
asustar á la gente con la vista de la sangre; pero después... Cierre la
puerta, padre, y curémosle con lo mismo que el suyo me curó ayer á mí.
Dicen que dijo don Pedro que el agua fresca es el mejor remedio para
las heridas. Desnúdate, Pablo, de medio arriba.
--Es cierto--añadió Juanguirle, azorado y presuroso.--Desnúdate, hijo,
en tanto voy yo por el agua y unos trapos.
Salió, cerrando la puerta por fuera, y descubrió Pablo su tronco,
blanco como el alabastro, fornido y esbelto como el de un Apolo de
Fidias.
--Tiéndete en la cama,--le dijo Nisco arrimándose él á la pared.
Hízolo así Pablo; entró Juanguirle con una jofaina llena de agua,
y media sábana vieja al hombro, y dióse comienzo al lavatorio. La
herida estaba sobre una costilla. No se metieron los improvisados
cirujanos en otras investigaciones; pero vieron que tenía medio palmo
de larga, y esto los asustó. Hecha esta primera operación, pusieron
unos paños empapados en el mismo menjurje con que se curaba Nisco la
descalabradura; sujetáronlos con una ancha venda; vistióse Pablo, y le
dijo Juanguirle, que le quería de veras:
--Ahora, á casa, hijo mío; cuéntalo del mejor modo que te parezca;
¡pero cuéntalo, por el amor de Dios! y llama á un médico en seguida,
porque esos boquetes suelen tener la salida por donde menos se
piensa... ¡Ah, como yo llegue á echar mano al traidor!... Y ¡voto al
chápiro verde que he de echársela, ó no seré más alcalde de este pueblo!
Salió Pablo poco después, hallando en el portal, muy afligida, á la
alcaldesa, que, por ciertos respetillos pudorosos, no había asistido
á la cura; chanceóse con ella para tranquilizarla, y se encaminó á su
casa, pensando, más que en la herida, en el efecto que iba á producir
en las dos familias la noticia del suceso, si es que no había llegado
ya en alas de la oficiosidad de ciertas gentes entrometidas.
¡Vaya si había llegado! Y salía ya don Pedro portalada afuera; y se
asomaban al balcón madre é hija desoladas y sin color en el rostro;
y acudía Ana, con el alma en un hilo, y quedaba don Juan en su casa
echando chispas por los pelos erizados y tempestades por la boca.
Nada dijo Pablo de la herida; pero refirió el encuentro tal y como
había sido.
--Ésta es la verdad--añadió.--Yo no lo he buscado; ello se vino solo...
ó traído por Satanás. Sé que es llover sobre mojado; barrunto cómo
estará mi padrino; conozco lo que á ustedes les aflige el caso por el
color que tiene; pero no lo pude evitar... Perdóname, Ana: otra vez me
dejaré poner la mano en la cara, si te gusto más, bien abofeteado y
huyendo, que mal vestido y triunfante.
--¡Pero dicen que te hirió con una navaja!--exclamó su madre palpándole
desatinada todo el cuerpo.
--¿En dónde?--dijo Pablo con fingido asombro, pero cuidando mucho
de que su madre no le tocara donde le dolía ya más de lo que él
esperó.--No hagan ustedes caso de charlatanes... ¡y por el amor de
Dios, no hablemos más de estas cosas!
--Y... ¿ese hombre?--le preguntó don Pedro, que hasta entonces no había
desplegado los labios, aunque se los había mordido muchas veces.
--Huyó corrido como una liebre--respondió Pablo;--y dudo que vuelva á
vérsele por Cumbrales en mucho tiempo.
Ana, en tanto, descolorida y angustiada, no apartaba sus ojos del
mancebo, cuyo aspecto le daba mucho que pensar.
--¡Tendrá que oir tu padre ahora!--la dijo Pablo.
--La verdad es--interrumpió don Pedro, que se paseaba cabizbajo y
sombrío,--que se combinan de tal modo las cosas, que sin el genio
irascible de Juan, hay para darse á Barrabás con ellas.
--¿Qué dijo al aprenderlo, Ana?--preguntó Pablo.--Cuéntalo todo sin
reparos, porque conviene saber á qué atenerse.
--Poco, pero bueno--respondió Ana, esforzándose por echar á broma la
cuestión.--Ya con la noticia sola de la agarrada, se había puesto que
tocaba las vigas con la cabeza; pero al saber que había andado la
navaja por medio, entendí que le daba algo. Entonces me dijo: «mírate
bien, Ana; que por el camino de esas aventuras se va á presidio.»
--Y tú ¿qué le respondiste?
--Yo... corrí hacia acá, porque eso de la navaja me heló la sangre en
las venas.
Acabóse pronto esta conversación; llegó el mediodía, y Pablo comió
muy poco. Después se encerró en su cuarto y se pasó la mayor parte
de la tarde con la cabeza entre las manos y los codos sobre la
mesa. La herida no sangraba ya; pero le dolía mucho. Al anochecer
sintióse destemplado y sediento; le ardía la cabeza, y tuvo necesidad
de acostarse. Su madre y su hermana habían entrado á verle varias
veces; pero él había conseguido, si no tranquilizarlas, por lo menos
convencerlas de que nada grave tenía. Don Pedro, que todo lo observaba,
llamó á un criado y le dijo:
--Ensilla el caballo y prepárate tú para ir á donde yo te envíe.
En seguida se fué al cuarto de Pablo. Acababa éste de acostarse. Le
pulsó, le tocó la frente... y se nubló la suya.
--¡Tú estás herido, Pablo!--le dijo angustiado, pero enérgico:--horas
hace que lo estoy sospechando.
--Es cierto--respondió el mozo.--No me he atrevido á decirlo delante de
las mujeres, por no alarmarlas.
--¿Y yo?... ¿soy por ventura una de ellas? ¿No sabes, insensato, que en
estas ocasiones no deben desperdiciarse ni los instantes?
Le dió cuenta el enfermo de la precaución que se había tomado en casa
de Juanguirle, y quiso don Pedro examinar la herida. Toda la fuerza de
su voluntad, que era mucha, necesitó para no lanzar una exclamación
de espanto al ver aquel ancho boquete con los bordes inflamados y
sanguinolentos. Volvió á cubrirle como se lo permitió su aturdimiento;
dejó á Pablo y voló al portal, donde esperaba el criado con las
espuelas calzadas y el caballo listo.
--¡Á escape á la villa!--le dijo.--Avisa al médico de casa; adviértele
que se trata de una herida, para que traiga á prevención siquiera lo
más indispensable; que monte en este mismo caballo, si no tiene otro
más veloz, y que venga en el aire, porque el herido está muy grave.
Este recado le oyeron doña Teresa y María, que andaban con oídos
sutiles detrás de la verdad. Al descubrirla se espantaron, y corrieron
hacia el dormitorio de Pablo. Don Pedro las detuvo.
--Pero ¿se morirá, Dios mío?--exclamaba la dolorida madre, mientras su
hija lloraba amargamente.
--¡Silencio, por la Virgen!--les decía don Pedro por lo bajo.--¡Que no
os oiga; que nada conozca! Entrad allá, vedle, acompañadle; pero como
si nada grave sucediera.
--¡Hijo de mi corazón!... Pero ¿crees que se halla en peligro de muerte?
--¡No lo permita Dios!--dijo don Pedro, descubriendo, en lo trémulo de
la voz y en las lágrimas que asomaban á sus ojos, el dardo que tenía
clavado en el alma.
Luégo entraron todos en el cuarto del enfermo, que yacía postrado en el
sopor de la fiebre.
[Ilustración]
[Ilustración]
XXVI
DE VARIOS COLORES
¡Qué noche!... El tiempo pasaba; el médico no venía; Pablo continuaba
agravándose, y nadie se atrevía allí á aventurar un remedio, porque el
aspecto de la enfermedad ataba las manos indoctas, que bien podían dar
veneno por triaca. Se entraba y se salía á cada instante, y se andaba
de puntillas en la estancia á media luz; se aplicaba el oído á la
agitada y seca respiración, y la palma de la mano á la ardorosa frente
del enfermo; y cada acto de éstos producía una pregunta muda y anhelosa
en los ojos contristados de los demás. Del cuarto de Pablo se iba á
todas las puertas y ventanas que daban al corral; y por cada rendija
se escuchaban los ruidos de afuera, hasta los más leves rumores... el
latir de algún perro, los golpes del pesado rodal, las esquilas de la
yunta, las almadreñas del carretero, algún cantar lejano... todo muy
de tarde en tarde. Después, el silencio absoluto, impenetrable como
la obscuridad que le envolvía... ¡ni un sonido que se pareciera al de
las herraduras del brioso caballo de don Pedro sobre los resbaladizos
cantos de la calleja!
Nada se le había dicho á Ana de la alarmante gravedad en que se hallaba
Pablo; pero hasta en las ondas del aire hay oficiosos correos para
las malas noticias; y ésta no tardó en llegar á casa de don Juan de
Prezanes.
Cenando estaban ya padre é hija: ésta triste y sobresaltada por los
sucesos del día, y aquél sombrío, mudo y desazonado por la misma causa,
pero vista con ojos bien distintos de los de Ana. Cayó entre ambos
la noticia como la guadaña de la muerte; y, yertos y despavoridos,
alzáronse al punto de la mesa; abrigáronse mal y de prisa, y volaron al
lado del enfermo.
Se adivinan, sin que yo las describa, las impresiones de Ana junto
á aquel lecho en que yacía Pablo medio aletargado por la calentura.
Corríanle á la infeliz las lágrimas por las mejillas, y ahogaba los
sollozos en su pecho y las palabras en su boca; pero no pudo evitar que
sus manos se posaran trémulas y codiciosas sobre la frente caldeada del
enfermo.
--¡Se abrasa el desdichado!--tuvo que decir entonces, porque la pena y
el sobresalto de que se vió acometida, la impusieron aquel desahogo.
Abrió los ojos Pablo al oir aquella voz, y dijo, queriendo sonreírse:
--Esto pasará pronto...
--¿Cómo te encuentras, hijo mío?--le preguntó su madre, anhelosa y
acongojada, aprovechando el inesperado momento de lucidez para explorar
el estado del enfermo.
--Bastante bien--respondió éste volviendo á cerrar los ojos.--El calor
me incomoda mucho... ¡Más agua!
Sobre la mesita cercana al lecho había una botella, casi vacía ya, y
una copa con agua. Ana se apoderó de ella rápidamente y la acercó á los
labios ardientes de Pablo. Este cogió con su mano, que abrasaba, la
copa, y con la copa la mano de Ana; y así bebió, sorbo á sorbo, como
si le refrescara, más que el agua que bebía, el contacto de aquella
piel fina y rosada, misterioso centro en que á la sazón convergían los
anhelos de dos almas y la esencia de dos vidas.
Mientras esto pasaba, don Juan de Prezanes (que ya se había quejado
amargamente de que no se les hubiera dado antes la noticia) preguntaba
á todos y á cada uno cómo había sido _aquello_; qué trámites había
seguido la agravación; á qué hora se había ido á buscar al médico;
por qué no venía ya... y todo cuanto podía preguntarse y mucho más,
espeluznado, nervioso, inquieto y descolorido. Pero cuando observó que
Pablo hablaba, y tan pronto como Ana volvió á poner la copa sobre la
mesa, no pudo contenerse y avanzó hasta la cabecera del lecho. Pulsó al
enfermo, le palpó la frente, le arropó cuidadoso, le subió el embozo de
las sábanas y volvió á bajársele; tornó á subírsele, quiso hablarle,
y se contuvo; le arregló la almohada, y otra vez las ropas; volvió
al intento de preguntar algo... y tampoco dijo nada. Iba y venía;
escuchaba la respiración del enfermo y miraba á los circunstantes; y
á todo esto le temblaban los labios y la barbilla, y los ojos se le
humedecían; sacaba el pañuelo del bolsillo; llevábale rápido á las
narices; daba con ellas un trompetazo seco; volvía á guardarle... en
fin, mareaba.
Al último, estalló así:
--¡Pablo... hijo mío!... Yo no sé si algo de lo que ayer te dije
puede haber contribuido á la desazón en que te hallas. Si es así,
¡perdóname, por el amor de Dios!... Yo no podía presumir... no era
fácil adivinar... Creía tener mis razones, estar en mi derecho; porque
cabe muy bien que un viejo como yo, en determinados casos de la vida,
reprenda á un mozo como tú, que se halla en salud cabal, como tú te
hallabas cuando yo te reprendí... quizá con mayor dureza que la debida,
porque á la lengua más la mueve el temperamento que la voluntad. Pero
aquello pasa... pasó como pasan las tempestades; y ahora me asusta
el temor de que el recuerdo de ello pueda afligirte la memoria en
el estado en que te ves... Por supuesto, que no le doy importancia
maldita, y creo que eso ha de desaparecer como un relámpago... ¡Pues
no faltaba más!... Pero, aunque pasajero, te postra en la cama y te
hace padecer... ¡Si supiera yo dónde hallar al infame que te hirió!...
¡Y ese médico que no llega!... ¡Y al bestia que fué á traerle no se le
habrá ocurrido buscar otro á faltas de él!... Hay gentes que entienden
algo de remedios caseros para estos lances perentorios. Aquí todos
somos unos burros que no sabemos jota de ello. Nada se nos ocurre para
aliviar á este infeliz que se abrasa, Dios sabe por qué... ¡Y esto
es precisamente lo que hay que averiguar cuanto antes; y sólo puede
averiguarlo un médico, y el médico no viene!... ¡Si estos bestias de
Cumbrales no hubieran despedido al suyo hace cuatro meses!... Hombre,
¿no sería bueno mandar otro propio con el caballo del cura? No soy
gran jinete; pero me atrevo á ir hasta el fin del mundo en busca de un
médico ahora mismo...
Hablaba y hablaba sin cesar don Juan de Prezanes, al tenor de lo
apuntado, mientras se paseaba inquieto y taciturno su compadre por
delante de la puerta de la estancia, y permanecían las tres mujeres
junto al lecho de Pablo, como otras tantas estatuas de la melancolía.
Notábase demasiado calor allí; lo advirtió el enfermo y se desalojó el
cuarto, quedando en él solamente doña Teresa, sentada junto á los pies
de la cama.
Pasó otra hora; y ya don Pedro había dado las órdenes para que se fuera
en busca de otro médico, cuando se oyeron en el corral las herraduras
del caballo que debía traer lo que con ansia mortal se esperaba...
Y lo traía el noble bruto sobre sus lomos empapados en sudor.
Digo que llegó el doctor, forrado, por cierto, de pies á cabeza en
altas polainas, recio capote y descomunal bufanda.
Cómo fué recibido, no hay que contarlo, pues ya se sabe con qué
ansiedad se le esperaba.
Siempre sucede lo mismo en idénticos casos; lo cual no nos impide,
cuando estamos en cabal salud, poner á los médicos á bajar de un
burro, por ignorantes y matasanos. Así somos, con la gracia de que en
otros muchos lances de la vida, aún somos peores y más injustos y más
ingratos. Pero vamos al asunto.
Tardó el médico, porque se hallaba ausente de la villa cuando fueron á
buscarle. Llegado á su casa, le enteró de lo ocurrido el criado de don
Pedro; después salió á encargar á un farmacéutico los medicamentos que
juzgó necesarios, operación nada breve... Pero, en fin, ya estaba allí,
aunque un poco retrasado, con un frasco en cada bolsillo y llena de
emplastos la cartera. Aunque entradillo en años, era chancero y alegre;
por lo que sus palabras (después de oir de pie, y mientras se despojaba
de los pesados abrigos que llevaba encima, la relación hecha por don
Pedro) fueron á modo de brisa que, si no barrió, adelgazó mucho los
negros celajes que abrumaban el ánimo de aquellas buenas gentes.
Entró luégo en el cuarto del enfermo, seguido de don Pedro Mortera y de
don Juan de Prezanes. Salió doña Teresa; cerróse la puerta y comenzó el
reconocimiento, que fué largo y escrupuloso.
La herida, por estar muy inflamados sus bordes, no pudo examinarse como
el doctor quería; pero era indudable, por lo que estaba al alcance de
la sonda y lo que respondía el enfermo, que no era profunda, sino á lo
largo de la costilla sobre la cual estaba.
Hízose la cura como debía de hacerse; se le dió á Pablo una bebida
al caso; se recomendó el silencio y el desahogo en la estancia, y
volvieron á salir de ella los hombres. Las tres mujeres los esperaban
en el _carrejo_, con la ansiedad que es de suponerse. El médico habló
así entonces, sin cuidarse maldita la cosa de bajar la voz:
--Es más el ruido que las nueces. La calentura, que es muy alta,
tendría gran importancia si la herida fuera penetrante; pero felizmente
no lo es, y de ello he de convencerme más tan pronto como disminuya
la inflamación á beneficio de lo dispuesto ahora. Pablo es nervioso
y vehemente; han pasado muchas horas perdidas desde que fué herido;
precedió al lance una escena violenta, según me han dicho, y parece ser
que vino tras otra por el estilo ocurrida ayer. Todo esto contribuye,
indudablemente, á poner á Pablo en el estado de exacerbación en que se
halla; estado que no juzgo grave, ni mucho menos, aunque á los ojos
profanos lo aparenta... Con que á cenar, si no lo han hecho ustedes ya;
á la cama después los que no velen, y á dormir sin penas ni cuidados;
que, ó yo me engaño mucho, ó esto ha de ser obra de pocos días.
¡Bendita boca! ¡Bendita ciencia que por ella habló! ¡Benditas palabras
que rompieron en un instante las férreas y candentes ligaduras que
oprimían y abrasaban tantos corazones henchidos de amor al valiente
mozo!
Una hora antes habían llegado Juanguirle, el padre de Catalina y media
docena más de vecinos de las inmediaciones, á saber noticias del
enfermo, de cuyo estado gravísimo comenzaba á hablarse en el pueblo, y
á ofrecerse á todo cuanto ellos pudieran hacer en servicio y descanso
de la casa. Todos estaban en la cocina aguardando el resultado de la
visita del médico, y á todos les dió cuenta don Pedro Mortera, muy
regocijado, del fallo del doctor.
Este consintió en quedarse allí aquella noche, y era muy corrida ya la
mitad de ella, cuando Ana y su padre, después de haber visto que Pablo
dormía con relativo sosiego, se retiraron á su casa.
Á la mañana siguiente la calentura había cedido mucho; tenía poca sed
el enfermo, y la herida presentaba mejor aspecto; con lo que el médico,
confirmándose en su primer dictamen, se volvió á la villa.
No entra en mis propósitos, ni vendría muy al caso, escribir la
historia detallada de la enfermedad de Pablo. Lo que importa conocer
aquí es el resultado de ella; y á este propósito, digo que, tres días
después de lo narrado, el enfermo estaba completamente limpio de
calentura, y su herida, nueva y cómodamente examinada por el doctor, en
las mejores condiciones apetecibles.
Como ya se le permitía hablar, Nisco, que había saltado de la cama
en cuanto supo lo que á su amigo le ocurría (aunque, por acuerdo
de Juanguirle, lo ignoró hasta que hubo pasado lo más grave), le
acompañaba algunos ratos.
No era ya el mozo aparatoso y remilgado de antes. Presentábase en la
nueva etapa de su vida sencillo, modesto y bondadoso. ¡Cuánto había
ganado en el cambio! Atribuíase éste en casa de don Pedro Mortera
al reciente percance que aún le tenía con la frente vendada, y á su
pena por lo acontecido á Pablo; pero yo sé que el descalabro que
principalmente había dado origen á tan notable transformación, era bien
diferente del que le produjo la pedrada del Sevillano. El resto fué
obra de la abnegación de Catalina, ejemplo admirable que acabó de abrir
los ojos al iluso.
Estando una tarde sentado á la cabecera de la cama de Pablo, llegó
Chiscón al portal, hallándose en él don Pedro Mortera. Descubrióse con
respeto el hercúleo mozo, y habló así al caballero, que le miraba con
repugnancia:
--Tiénenme por amigo del hombre que ha puesto á Pablo en peligro de
muerte. Nunca lo fuí, señor don Pedro, aunque dejé que me lo llamara
y que á mi lado se le viera muchas veces. De saber acabo la maldá
del alevoso; habrá quien piense que consejos míos le movieron la
mano traidora, como á mí los suyos me acabaron de mover la voluntá á
preparar la guerra del domingo... y aquí vengo, señor, á lavarme,
con la verdá, de la mancha de esa duda. Yo no soy santo; la ira me
tienta muy á menudo; y, por verme fuerte, gústame que valga la mía más
de lo que debiera gustarme; pero guerreo en buena ley, cara á cara y
con armas iguales. Á Pablo busqué así: pudo más la su maña que la mi
fuerza, y vencióme... Usté lo vió. Dolióme la afrenta, es verdá; pero
juzguéla castigo por mano de un valiente, y de allí no pasaron mis
rencores, aunque la pena fué grande. Sin ser visto de naide, volvíme á
mi casa... ¡Por el santo nombre de Dios, juro que, desde mucho antes de
enredarme con Pablo aquella tarde, no he vuelto á ver al traidor que al
otro día le dió la puñalada!
Cayó mucho hacia la benevolencia la antipatía con que miraba don Pedro
á Chiscón, cuando éste acabó su apasionado razonamiento, y le dijo el
grave señor, pero sin dureza:
--Nadie ha sospechado aquí semejante cosa: puedes estar tranquilo.
--De justicia son, señor don Pedro; pero con no ser más que de
justicia, estimo mucho esas palabras. Y ahora--añadió el mocetón,
manoseando el sombrero,--si en ello no ofendiera...
Y aquí se paró; pero don Pedro, leyéndole el pensamiento, noblote y
generoso, al través de aquella rudeza medio salvaje, le dijo, señalando
hacia la puerta del estragal:
--Sube á ver á Pablo si quieres.
--Ese favor iba á pedir, señor don Pedro,--respondió Chiscón agradecido.
Un momento después crujían las tablas de los peldaños, holladas por los
herrados zapatones del gigante.
Llamó arriba con un _deogracias_ que retumbó en toda la casa. Apareció
doña Teresa; y después de oir al mocetón, le condujo á la estancia de
Pablo.
Por entrar, habló en términos parecidos á los que empleó delante de don
Pedro Mortera. Pablo, por toda respuesta, desde la cama en que estaba
sentado le alargó su mano pálida, fina y un tanto descarnada; mano que
desapareció al punto entre las dos de Chiscón y enormes, atezadas,
callosas y peludas.
--Dicen--añadió el de Rinconeda un poco conmovido,--que anda oculto por
temor á la justicia. ¡Que Dios le libre de caer en la de mis manos!
Después soltó la de Pablo y tendió una de las suyas á Nisco, diciéndole:
--La misma culpa que en la herida de Pablo, tengo en la pedrada que te
alcanzó á tí, obra de un mismo traidor. Por lo demás, si prenda tuya
quise tomar, fué porque abandonada la ví. Confieso que el _no_ me sacó
de quicios; pero no todo lo que después vino fué sólo intento mío, que
lances y consejos lo fueron arreglando así. Á lo tuyo te has vuelto
ahora, y has hecho bien, que la prenda lo vale y la merecías más que yo.
También Nisco le alargó la diestra, en señal de amistad sin
resentimientos. Después se enteró Chiscón muy al por menor del estado
de Pablo, y celebró cordialmente la mejoría. Luégo se despidió cortés,
á su manera, y salió del cuarto, carrejo adelante, dejando aquí un
pastel de arcilla blanda, y allá un chinarro, de lo agarrado en las
callejas por sus zapatones, y haciendo temblar los suelos en cada
zancada.
En tanto, había llegado Juanguirle muy apurado, y estaba con don Pedro
Mortera en el cuarto del portal. Tratábase de un oficio del alcalde de
Praducos al alcalde de Cumbrales, recibido por éste en aquel momento.