Mater amabilis.
Había huído á las doce, valiéndose de los mismos medios que empleara
algunas noches antes. El profundo sueño de Francisca favoreció su
evasión del cuarto, y las llaves que guardaba le abrieron las puertas
de la casa. Iba ligeramente vestida y con la cabeza mal cubierta por
un pañuelo.
Andaba cautelosamente al recorrer la casa; pero con firmeza, derecha
á su objeto, sin vacilar, con marcha y ademán que indicaban enérgica
resolución. Al verse en campo libre, murmuró:
—Corre, alma mía, corre.
Y con pié ligero avanzó á la carrera por el camino real. Su vestido
claro, flotando al viento, dábale aspecto de una medrosa aparición de
la noche. Sofocada por la velocidad de su marcha, tuvo que detenerse
diciendo:
—¡Oh qué lejos está ese Villamores!... No es todavía... Yo creí que
llegaría de una carrera, pero es más allá... más allá... detrás de
aquella piedra.
De nuevo emprendió la marcha, primero despacio, luégo
precipitadamente, y se detuvo junto á una pared ruinosa, medio
cubierta de hierba.
—No es todavía—murmuró dando un suspiro.—Es más lejos aún... Detrás
de aquel chopo que está solo en medio del prado... Por aquí se llega
más pronto que por el camino real.
Abandonando el camino real, tomó la vereda que cruzaba un prado y
corrió por ella. En la mitad de la senda, detúvose mirando al suelo
tapizado de flores, que apenas se distinguían en la obscuridad
nocturna, como juguetonas cabecitas agitadas por el viento, todas de
un color, diseminadas en infinita muchedumbre, formando misteriosa
armonía con las estrellas, que abrían sus corolas de luz en la
inmensa concavidad del cielo. Gloria se arrodilló y pensando en alta
voz:
—Le llevaremos un ramo.
Con su mano derecha arrancaba rápidamente las flores, juntándolas
entre los dedos de la mano izquierda. El ladrido de un perro,
intimidándola, la hizo levantarse y seguir á la carrera. Al llegar
tras un gran castaño, reconoció con asombro el terreno diciendo:
—Si no he llegado todavía... Es más lejos. Detrás de aquella casa...
Un esfuerzo más.
La luna acababa de salir de entre un grupo de nubes, como una belleza
que arroja sus tocas, y se lanzaba locamente á la carrera por el
azul profundo. Como ella, Gloria no volvía la vista atrás y avanzaba
siempre, avivando el paso á cada instante con la esperanza de llegar
pronto. Apretaba contra el pecho su ramo, y decía:
—Es mi último regalo... Ya me parece que estoy cerca. Sí, llegaré á
tiempo de impedir... Si tardo no les encontraré. Corre, alma mía,
corre.
Pasando más allá de la casa, se sentó sin aliento sobre una piedra.
—¡Oh, Dios mío!—exclamó oprimiéndose el pecho.—¡Qué lejos está
Villamores!... Parece que huye de mí.
Echóse atrás el pañuelo descubriendo su cabeza.
—No, no faltaba mucho... En subiendo esta cuesta... ¡Qué fatigada
estoy!... Se me rompe el corazón... No sé cómo me canso, si no tengo
cuerpo... Lo he dejado en la fosa.
Subió la cuesta y sus ojos pudieron abrazar ancho horizonte; el mar
á lo lejos, confundiéndose con el cielo; por otro lado elevadísimas
sombras brumosas, los montes, las blancas casas, destacándose
confusamente sobre la obscuridad de árboles y praderas.
—¡Oh!... aquella torrecita chica que parece un dedo señalando al
cielo—dijo la prófuga inundada de alegría,—aquella es. Poco me falta.
¿Qué hay de aquí allá? Cuatro pasos... Llegaré á tiempo.
Faltábale por andar la mitad del camino, tres cuartos de legua. La
torre semejante á un dedo se veía durante el día; pero de noche
Gloria no podía verla sino en su imaginación.
—Un esfuerzo más. Cuatro pasos me faltan... Los andaré en una
carrera, porque tengo miedo de que vengan detrás de mí y me cojan...
¿En dónde está mi ramo?
Miró asombrada alrededor suyo. Había perdido las flores.
—Más adelante cogeré otras. Ahora no me puedo detener. Si llego tarde
no veré á las prendas de mi corazón, que huyen corriendo como las
nubes sobre el mar... ¡Ay, desgraciada de mí! ¡Estar muerta y no
poder seguirles!... ¡Estar en la fosa de Ficóbriga!...
Y se lanzó á la carrera hasta que le faltó la respiración. Oyó cantar
á los gallos; vió pasar á dos hombres; ladráronle algunos perros y
una cabra saltando sobre las ramas hízola temblar de miedo.
—Adelante, adelante. Ya me falta muy poco. Alas, Dios mío, yo quiero
tener alas como esas con que vuelan de mundo en mundo tus ángeles.
Gastadas sus escasas fuerzas en febril carrera, encontróse casi
imposibilitada de andar. Sus rodillas se doblaban, su cuerpo
desmayado y flojo apenas podía mantenerse derecho. Sólo por un
vigoroso esfuerzo de voluntad, que arrancaba del potente sentimiento
de su alma, pudo andar con trabajo y lentamente un buen espacio. Cada
poco tiempo tenía que sentarse sobre una piedra ó en el suelo.
—¡Oh, Dios mío!—exclamó apoyando su cabeza en las rodillas.—¡Si no
podré llegar...! ¡Si me quedaré en este camino solo y frío...!
Abrasadas lágrimas caldearon entonces sus mejillas, y con esta rápida
expansión verificóse en su mente como un deshielo, y tuvo ideas
claras y exacta conciencia de la realidad.
—¡Me he creído muerta!—dijo cruzando las manos.—Viva estoy, pues
que padezco... ¿Por qué he venido aquí?... Es mi corazón el que
ha salido, y ha echado á andar en medio de las confusiones de un
delirio... congoja horrible, presentimiento. Mi corazón ha gritado:
¡ladrones!... No sé lo que es esto. Sin duda un disparate... Pero yo
quiero verle, verle á todo trance esta noche, porque mañana entraré
en un convento ó moriré... Yo me creía difunta... ¿Puedo asegurar que
no lo estoy? ¡Si parece que mi cuerpo se clava en la tierra; que toda
mi vida se paraliza...! Señor, dame aliento y un poco de vida... Es
preciso seguir adelante.
Y siguió hasta que pudo ver de cerca la torre semejante á un dedo.
—¡Ya estoy, ya estoy!...—gritó con placentera sonrisa de alegría.—Me
arrastraré si no puedo andar.
Un cuarto de hora más tardó; pero al fin, apoyándose en una cerca de
piedra y en los troncos de los árboles, pudo llegar á la anhelada
ermita de Villamores.
Villamores es una aldea cuyas casas, diseminadas en gran extensión,
forman pintorescos grupos entre las verdes mieses. Constituyen el
grupo principal la Iglesia, la taberna y dos casas infanzonas de
lúgubre aspecto. La Iglesia es una humildísima y caduca construcción
con puerta románica, tejavana de podridas maderas y una torre. Junto
á la Iglesia, formando como una sola pieza, se ve una casa que parece
domicilio del sacristán, y en el vestíbulo existían (ya han sido
derribados) enormes y espesos árboles que daban sombra á todo el
edificio haciéndole más negro de lo que era. Parecía un anacoreta
entapujado con el capuchón.
Aquella noche, veíase claridad en la puerta de la casa, luminosos
rayos que salían por las hendiduras de la madera. Acercóse Gloria, y
al mismo tiempo oyó voces.
—Están despiertos—pensó.—Es cosa muy rara. ¿Qué hora será?
Acercóse más. Creyó sentir ruído en la Iglesia, y vió también luz al
través de la ventana de ella...
—Estarán preparando la misa de alba. Llamaré en casa de María Juana.
En la puerta de la casa había una gran hendidura. Gloria miró por
ella y estuvo á punto de perder el conocimiento; tan grande fué su
estupor.
¿Qué veía? Primeramente un hombre alto, rubio y grueso, un gigante,
un San Cristóbal, que frente á la puerta estaba. Después vió la
espalda y la cabeza de otro hombre sentado junto á una mesa. Gloria
no daba crédito á sus ojos, porque aquel hombre era Daniel Morton.
Sintió un temblor tan vivo que no pudo ni huir, ni llamar, ni hacer
movimiento alguno.
También vió una mujer. Era María Juana, infelíz viuda á quien doña
Serafina había confiado la lactancia y la crianza del pobre niño;
mujer de buena edad, guapa, robusta, honrada y discreta. La elevación
de su hijo mayor al sacristanato de Villamores, después que quedó
viuda, proporcionóle aquella residencia, que no tenía en verdad nada
de fastuosa.
María Juana estaba junto á la mesa, frente al caballero. Sobre
la mesa había una luz. El caballero había sacado una cartera del
bolsillo, y empezaba á contar monedas de oro. Poníalas en pequeñas
pilas delante de María Juana, cuyos ojos devoraban con expresión de
ansioso arrobamiento aquel tesoro que surgía delante de ella como los
inverosímiles caudales de los cuentos.
En la mente de Gloria vibró como un rayo la idea engendrada por
semejante espectáculo. Con hondísima turbación gritó, rasguñando la
puerta y dando golpes en ella:
—No me engañé... ¡Está comprando á mi hijo!... Juana, Juana, abre.