Delirio. Fanatismo.
Durante breve pausa, la madre y el hijo se contemplaron.
—Pero ¿no me has dicho, no has resuelto...?—manifestó Esther llena de
confusión.
—Usaré la palabra propia, aunque á primera vista me desfavorezca. Mi
conversión es una impostura.
—Explícamelo bien, porque me vuelves loca.
—Mi conversión es una mentira... ¿no sabes lo que es una mentira?...
—Tú me lo has dicho.
—Es que determiné que este engaño no fuera de nadie conocido. Lo he
revelado por escrito á mi padre. A tí te debo revelarlo también.
—¿Luego engañas á esa pobre joven, engañas á una honrada
familia?—dijo Esther apartando de sí con ambas manos la cabeza de su
hijo.—¡Daniel impostor! Lo que ahora me revelas es tan indigno de
tí como la apostasía. Tu corazón se ha corrompido. Tú no eres tú...
¿Sabes lo que es la mentira, una mentira de esa magnitud? Daniel,
vuelve en tí.
—Si no sabes aún mi secreto, mujer, ¿para qué hablas?—repuso el joven
con cierto enojo.
—Tu secreto es que finges hacerte cristiano para salvar á esa joven
de la tiranía de sus parientes, del ascetismo, de la deshonra. Esta
conducta es más vituperable que dejarla abandonada á su suerte. Yo
correré á casa de esa noble familia, y diré: «Mi hijo os engaña; no
le creáis.»
—Me creerán porque los hechos confirmarán mis palabras—dijo Daniel
besándole las manos.—Óyeme, madre querida. Ayer por la mañana vagaba
yo por la playa, interrogando á mi conciencia. ¡Ay! no puedes tener
idea de aquellas terribles horas de duda. Yo tenía dos conciencias
igualmente poderosas, ¿comprendes esto?... dos conciencias que
daban la más horrenda batalla dentro de mí. ¡Renegar!... ¡Abandonar
á un sér querido que me debe su dolor!... Ninguna de estas dos
ideas podía aniquilar á la otra, y cuanto más fiero se mostraba uno
de los dos dragones, con más rabia le mordía el otro... Imploré
á Dios gritando en medio del estruendo del mar: «O la solución ó
la muerte...» Entonces una idea iluminó de improviso mi espíritu.
Sentí la alegría del que se ve rodeado de claridad celeste después
de haber vivido largo tiempo en horribles tinieblas... ¡Ay! madre
mía, si es cierto que el Espíritu creador y gobernador de todas las
cosas habla alguna vez directamente á la razón del hombre, el Señor,
Jehová, ó como quieras llamarle, deslizó su palabra dentro de mí en
aquel momento. Yo le sentía, sentía su voz, un divino soplo entrando
en mí y llenándome; yo le sentía penetrarme todo en la forma de
una convicción consoladora; y mi fatigada conciencia admitía aquel
sobrehumano aviso con la emoción grande, con la turbación piadosa
que sólo pueden ser producidas por la directa voz de Dios diciendo:
«estoy contigo.» La idea de conquistar mi bien perdido, mi esposa,
por medio de una fingida conversión al cristianismo se clavó entonces
en mi cerebro para no ser arrancada jamás.
—¿Quieres hacerme creer que Dios, que es la verdad, te sugirió
esa indigna idea?—dijo Esther, incrédula.—Daniel, tu imaginación
delirante es la que te habló.
—¡Ay, si yo pudiera llevar á tu espíritu la convicción que hay en el
mío!... Infame es la mentira; pero la situación especial de mi esposa
la disculpa. Aun este motivo no sería bastante poderoso; pero hay
otro mucho más grande. No te quede duda de que el Ordenador de todas
las cosas habló á mi alma. ¡Qué alborozo tan vivo inundó mi corazón!
Mi pensamiento gustó las delicias del más puro bien, cuando cruzaba
por él esta idea inefable: «Gloria dejará de ser cristiana.»
—¡Extraña y loca idea!
—Madre querida—exclamó Daniel con cierto desvarío,—comprende al fin
la grandeza de un plan en que se conciertan el amor más ardiente y
la religiosidad más valerosa. Yo traeré al reino de la verdad esa
alma que ha debido estar siempre en él, esa alma cuyo único defecto
es hallarse ligada al vano sentimentalismo del Crucificado, y á la
engañosa filosofía del supuesto Mesías... Tú sabes cuáles son mis
ideas y su admirable extensión. Ya comprenderás que mi conquista no
ha de reducirse á traer un adepto al rito hebráico, que considero
estrecho é insuficiente. No, yo adoro al Dios grande, al Jehová
primitivo y augusto, al que dió los mandamientos y desde entonces
no dijo más porque no había más que decir; al que en su grandeza
nos exige ofrendas de verdad, justicia y bondad, no formas de culto
idolátrico; nos exige pensamientos, amor, acciones y esa mirada
interna que purifica, no palabras rezadas, ni retahilas dichas de
memoria. A ese Dios pienso llevar á la que amo, porque El es digno
de ella y ella digna de El. ¡Admirable triunfo y conquista preciosa!
Será necesaria una superchería; ¿pero qué importa? ¿qué vale esto
en comparación del bien que resulta? La salvo de su familia, del
convento, del ascetismo que es la tísis del espíritu; le devuelvo
la salud del cuerpo, la arranco de este horrible país, la hago mi
esposa, la salvo de la idolatría del Nazareno y de ese fetichismo
vacío, indigno de la elevación y pureza de su alma... ¡Sí, tengo
inmensa fe, en el éxito de mi empresa! No puedo equivocarme;
imposible que me equivoque. Siento el divino acento en mi oído; y el
resuello á cuyo influjo existieron los mundos llega á mí y penetra
como tempestad en mi corazón.
Esther le miró atentamente y con espanto, diciendo para sí con acento
de vivísima amargura:—Señor, Señor, ¿has quitado la razón á mi hijo?
—¿No hallas bastante justificada mi impostura con estas razones de
conciencia?
—¡Donosas razones!...
—Tu ironía me mata. ¡Quieres una razón que es de conciencia y además
mundana! Estos son los argumentos que á tí te convencen. Oyela. Has
de saber que yo tengo un hijo.
Esther movióse sacudida violentamente por el asombro.
—Un hijo que se llama _Jesús_—añadió Daniel con sarcasmo parecido al
de aquellos que decían: _Si eres hijo de Dios, baja de esa cruz_.
—¡Un hijo!—gritó madama Spinoza.—¡De esa mujer!...
—¿Concibes tú que le abandone? ¿Concibes tú que deje en manos de
los católicos á ese infelíz niño, reproducción de mí mismo? El ha
encendido en mi corazón los sentimientos más delicados y más puros.
Me ha bastado saber que existía para reconocerme otro, creyéndome
capáz de los mayores sacrificios. Veo en él al heredero de mi
nombre, de mis creencias, de mi persona toda; y la idea de que no
ha de vivir al lado mío, de que recibirá de persona extraña el pan
de la instrucción, me aterra, madre querida. Supón que cuando yo
era niño me hubieran arrancado los papistas de tu seno, cual otro
niño Mortara, criándome en el odio de nuestra raza y enseñándome á
maldecir tu nombre.
—No digas eso; cállate.
—¿No hace fuerza en tu mente esta razón?
—Alguna—repuso Esther con perplejidad;—pero nada justifica el engaño.
—Dios ve mi conciencia. ¿Qué importa engañar al Nazareno? ¿Acaso él,
que se llamó Dios sin serlo, merece la verdad?... Mi conciencia está
tranquila. Ha penetrado en mí, dulce y elocuente como cosa del cielo,
el convencimiento de que obro bien y de que agrado á mi Dios en
esto. El me dice: «Realiza tu engaño; pero me has de traer al reino
de la verdad á la madre y al hijo.»
—¡Fanático! ¡fanático incorregible!—exclamó con agitación Esther,
clavando los ojos compasivamente en su hijo.—Quieres dar un tinte
religioso á tu acción, cuando lo que te mueve es el egoísmo del amor
mundano. Es común en todas las religiones que los enamorados se
vuelvan místicos ó por astucia ó por candidéz, y que sean arrastrados
por su pasión á las mayores locuras, suponiendo que les inspira una
idea religiosa. Hacen de la religión un madrigal, engañando á todos y
á sí mismos.
—Por tu vida, ¿me crees de esos?
—Sí, porque siempre tuviste demasiado entusiasmo por la Escritura,
y has pasado parte de tu vida comentándola y ahondando en ella,
buscándole sus más impenetrables misterios, es decir, echándola á
perder. Ultimamente, cuando volviste á casa después de tu naufragio,
te engolfaste de tal modo en la teología rabínica, que tuvimos que
tapiar tu biblioteca, como la del gran caballero español. Vivías
exaltado y melancólico... ¡Pobre hijo mío! ¡Cuán cierto fué mi
presagio de que tu mente se desquiciaba!... En todo lo que hoy
meditas y proyectas noto los extravíos del visionario y los delirios
más absurdos. No puedo decir que no haya cierta grandeza en tus
concepciones; pero lo que sí aseguro es que no hay en ellas sentido
común.
—Yo creí—dijo Morton con desaliento,—que tu superior inteligencia las
comprendería y las estimaría.
—A nosotros nos han educado en lo práctico, hijo querido. Esta
costumbre de vivir y pensar en lo práctico me hace ver muchos
inconvenientes en tu proyecto. El principal es que no podrás
quebrantar la firme fe de la que llamas tu esposa. Desengáñate,
ningún católico se convierte á nuestra pobre ley, olvidada y sin
prestigio, ni tampoco á ese deísmo vago y sin culto, grande si
quieres, pero que todo lo dice á la razón y es mudo para la fantasía,
para el corazón y para los sentidos. Aun considerando en esa joven el
amor más ardiente hacia tí, no concibo que reniegue de la religión
de sus padres, de esa religión viva y que salta á la vista, y se oye
y se habla. La nuestra y tu deísmo son como el idioma hebreo, una
lengua sublime, pero que nadie entiende. ¡Infelíz hijo mío, infelíz
mozo, extraviado por los delirios de la mente! No supongas en ese
Dios grande, como dices, en ese Dios frío y sencillo como las ideas,
una atracción que no tiene. ¡Esperas desencantar á una cristiana, á
una mujer que ha nacido enamorada ya del hombre clavado en la cruz!
Antes saldrá el sol por Occidente.
—Madre, tú no tienes entusiasmo. Tus ideas religiosas son rutinarias.
La rutina no hará maravillas en el orden moral.
—Pasó el tiempo de las predicaciones y de las guerras por la fe.
Cada cual debe arreglarse con lo que tiene, sin ir á buscar nada á
casa del vecino... ¡Cómo te engaña tu fanatismo! Ya verás cómo te
desprecia esa mujer cuando descubra tu taimado plan, obra no sé si de
la voluptuosidad ó del misticismo.
—Tú no sabes bien cuánto me ama, ni conoces el fatal encadenamiento
de su alma con la mía. La viveza de su inteligencia y de la misma
elevación de su espíritu, que propende á las cosas extraordinarias,
superiores al criterio del vulgo, la someterán fácilmente á mí.
Además, Gloria no es católica.
—¿Que no es católica?
—No, porque no pertenece á esa religión quien no se somete ciegamente
á la autoridad, quien de los dogmas escoge el que más le agrada y
rechaza los demás. Sus creencias no pueden ser más endebles: lo sé
yo, que he recibido los más íntimos secretos de su conciencia, la
cual el amor ha transparentado ante mis ojos. Es un alma llena de
dudas acerca de lo más fundamental. Me ha confiado las rebeldías
de su razón, y oyéndola, ¡cuántas veces he deseado tener coyuntura
de sembrar en aquel espíritu una semilla nueva! Toda su doctrina
religiosa vendrá abajo de un soplo, madre mía. En ella no existe de
sólido y temible más que la fascinación de Cristo, de aquel hombre
extraordinario que supo presentar las verdades antiguas con forma
encantadora. Tiene aquel sentimiento fervoroso que se deriva de la
compasión y de la admiración, porque nada conmueve tanto como el
padecimiento, nada conquista los corazones como el espectáculo de
una víctima. Esa simpatía por el mártir constituye el nervio de la
religión cristiana. Más prosélitos ha hecho la compasión que todos
los principios y todas las ideas, porque la humanidad es así: hace
muchos siglos que se ha vuelto mujer, dejándose dominar por los
llorones.
—Pues yo te digo—replicó Esther con energía,—que antes te beberás
todo el mar que arrancar del corazón de una mujer cristiana la
fascinación del hombre clavado, la simpatía del mártir, la compasión
por la víctima. ¡Ay! los que idearon esa historia ya supieron lo que
hacían... conocían el corazón humano y el gran flaco de la humanidad,
es decir, lo que ésta tiene de mujer.
—Yo confío en que lo arrancaré, madre—afirmó Daniel con balbuciente
voz.—Todo cuanto vive en mí me dice que venceré. Esta idea, madre, es
demasiado grande para ser mía. Es de Dios.
La gravedad de su acento y su emoción afligieron á Esther, quien,
comprendiendo que la mente de su hijo se hallaba en estado de
vivísima sobreexcitación, no quiso contrariarle.
—La revelación de tu secreto—le dijo abrazándole con ternura,—ha
modificado un poco mi juicio. Quizás logres convencerme. ¿Por qué no
aplazas tu determinación?
—No puede ser, madre, no puede ser—replicó Morton bruscamente
levantándose con muestras de agitación.
—Un día, un solo día... Hablaremos.
—Ni un día, ni una hora. Mañana, mañana.
—Pues sea. Yo no he de contrariarte ya—dijo la madre con
resignación.—Pero necesitas descanso. Temo por tu salud. ¿Por qué no
duermes?
—No puedo dormir.
—¿No te acuestas?
—No... necesito estar en vela... deseo meditar...
—¿Más todavía?
Esther, llena de amargura, contempló á su hijo como se mira un bien
próximo á perderse, y estrechándole en sus brazos y cubriéndole de
ardientes besos, le dijo:
—Ya que te pierdo mañana, hijo de mi corazón, conságrame esta noche,
no te separes de mi lado, inclina tu cabeza sobre mi regazo y
descansa; reposa tu cerebro, que hierve como un volcán.
—Quiero meditar—repitió Morton cediendo á la atracción de su madre y
sentándose junto á ella.
—Medita aquí sobre mi pecho lleno de amor por tí—dijo Esther
obligándole á reclinarse en el sofá y á que recostara su cabeza sobre
el regazo de ella.—Sea esta una noche de despedida. Hablemos de
nuestra casa, de tus hermanos, de tu padre, de Altona, donde todos
hemos nacido... Hijo querido, no me niegues este consuelo.
—No te lo puedo negar. Hablemos de todo eso tan caro á mi corazón.
Hablemos toda la noche hasta que venga el día, hasta que llegue la
hora.
Largo rato se oyeron las voces de la madre y el hijo en sereno
coloquio. Por último, ya muy tarde, se fueron extinguiendo; la voz de
Daniel dejó de oirse. Suspiraba la madre y él dormía.
¡Oh, cuánto deploró Isidorita que todos los humanos no hablasen un
mismo idioma! ¡Con cuánta rabia vituperó los pecados de los hombres
que trajeron la pícara multiplicación de las lenguas!... Porque si
Esther y Daniel no hubieran hablado en alemán, inglés, ó lo que
fuera, ella, Isidorita la del Rebenque, se habría enterado de todo
para contarlo á sus amigas.