XXVII

La madre y el hijo.

En la noche del Viernes Santo la madre y el hijo hallábanse juntos

y solos en la habitación de éste. Sobre la mesa, en la cual apoyaba

su codo Daniel, había una lámpara. Esther, sentada en un sofá junto

á la pared, miraba á su hijo en silencio. Por la disposición de la

pantalla, el rostro de Daniel estaba inundado de luz, el de su madre

en la sombra.

—Si tu terquedad—dijo Esther en alemán con serena voz,—no cede,

como espero... si la autoridad de tu padre, la mía, tu decoro y

la fidelidad que debemos á nuestra Ley no significan nada en tu

espíritu, padeceré desde mañana el más grande dolor de mi vida,

porque mi querido hijo primogénito habrá muerto.

—No, madre, esto no es morir—dijo Morton lúgubremente.—Quiero

resucitar á esa pobre mujer que adoro. Lo he decidido, después de

meditarlo mucho. He formado un propósito que ninguna razón, ningún

afecto podrán detener.

—Pues yo he venido á impedir ese propósito. Cuando huiste de nuestra

casa hace quince días, saliendo de ella sin decirnos nada, comprendí

que venías á este horrible pueblo. Al punto tuvimos el presentimiento

de que ibas á consumar una gran locura. Tu padre quiso venir...

Disputamos, vencí yo. Al partir hice juramento de arrancarte de

aquí... Yo volveré quizás sola y llena de luto, volveré tal vez sin

tí á nuestra casa; en este caso le diré á tu padre: «Nuestro hijo ha

muerto.» No tendré valor para decirle: «Nuestro hijo es cristiano.»

—Ese valor que á tí te falta lo he tenido yo—repuso Daniel mostrando

en su semblante desencajado una serenidad heróica.—Hago esto por

convicción, no por despecho ni por capricho. He trazado á mis

acciones un plan, y este plan se cumplirá, porque debe cumplirse; ¿lo

entiendes, lo entiendes, madre?

Esther miró estupefacta á su hijo, como si deseara hallar en el

semblante de él la aclaración de tenacidad tan abrumadora.

—Bien—dijo al fin, conociendo que su hijo no cedería atacado de

frente;—haz tu gusto; realiza esa gran locura; desprecia el amor de

tus padres, de tus hermanos; olvida todas las leyes, la ley santa

de Dios y las de la sociedad, el decoro, el deber, la estimación;

despréciate á tí mismo y envilécete más. Nosotros, traspasados de

dolor por la pérdida del que fué nuestro amado hijo, te lloraremos

muerto, no te lloraremos apóstata, porque apóstata no te podemos

llorar, porque un renegado no puede ser, no puede haber sido nuestro

hijo.

—Siempre lo soy y lo seré. No cambiaréis las leyes de Naturaleza—dijo

Morton sobreponiéndose á su amargura.—Aunque no lo queráis, vosotros

me amaréis siempre, como yo os amo.

—¡Daniel, Daniel—exclamó Esther con solemne acento, levantándose,—ya

no tienes madre! Si la tienes, si la quieres tener, yo no lo soy.

Me avergüenzo de haberlo sido. En hora menguada te dí á luz, y de

aquella triste hora debe decirse: «Aféanla las tinieblas y sombra de

muerte.»

—Cruel, engañas á tu corazón con palabras estudiadas—afirmó el joven

con brío.—No podrás, aunque lo quieras, ser dueña de tus sentimientos

de madre, y me amarás aunque sea en silencio; me consagrarás todos

tus pensamientos, me tendrás siempre en la memoria, aunque sólo sea

para orar por mí. Antes que hubiera religiones, hubo Naturaleza...

—No puedo tener serenidad—dijo Esther con grandiosa ira;—no puedo.

¿Por qué te deshonras, por qué te haces cristiano?

—Tú lo sabes bien. Hay aquí una víctima inocente, una mujer dotada de

las más altas y bellas cualidades, y adornada con los atributos de

los ángeles. Está en mi mano levantar á esa alma superior del lodazal

en que yo mismo la arrojé con vileza, y debo hacerlo. El universo

entero, el Dios de todos los hombres me ordena que lo haga. Esto es

como la luz, madre. Si no lo comprendes, dí que estás ciega; pero no

niegues la luz.

Esther, sentándose en su asiento é inclinando la frente, cayó en

meditación profunda.

—¿Callas, madre, callas?—dijo Morton después de una pausa.—Te he

convencido.

—Mas para abrazar una religión es preciso creer en ella—objetó

Esther.—Esto no puede depender de un capricho amoroso. ¿Crees en

Jesucristo?

Daniel repuso lúgubremente:

—Debo y quiero ser cristiano.

—Te avergüenzas de decirlo claramente, te avergüenzas de decir

_creo en Jesucristo_, porque tu conciencia te grita más alto que

tu flaca razón, clamando contra esta apostasía deshonrosa. Daniel,

Daniel, ¿qué has hecho del amor inmenso de tus padres, qué de la

santa Ley que te enseñaron desde la cuna, qué del recuerdo de tus

venerables antepasados, en cuyo nombre estuvieron vinculados el amor

y el prestigio que restan á la raza judía? ¿Qué has hecho de esto,

loco? Hemos conservado hasta ahora, al través de tantos siglos, la

dignidad de nuestra desgracia, hemos dado á todos los hebreos del

mundo un ejemplo de constancia, de firmeza, de rectitud, en medio de

las mil desgracias de nuestro pueblo; y ahora, tú, el que parecía

nacido para enaltecer más y más todavía nuestro nombre; tú, mi hijo,

el amado entre los amados, el predilecto de Dios y de los hombres,

todo lo desprecias, todo lo pisoteas, nombre y familia, tu pobre raza

sin patria, la Ley santa, tan antigua como el mundo, esa Ley y esa

tradición, Daniel, que existen desde que el primer hombre abrió sus

ojos á la luz acabada de hacer... No, no te conozco, no eres tú mi

hijo. Un hijo mío moriría cien veces antes que arrodillarse delante

de un sacerdote cristiano, y español por añadidura, y proclamar al

Cristo en la misma tierra que impíamente nos echó de sí, como á

séres inmundos. ¡Tú sabes cuánto, cuánto aborrezco á este país! El

país que á mis abuelos inspiraba un recuerdo melancólico como de

patria perdida, á mí me ha inspirado siempre aversión, horror. ¡Y en

él abjuras y nos abandonas!... ¡Inícua traición! Si cuando te tenía

en mis entrañas, me hubieran dicho lo que ibas á hacer, en ellas te

hubiera ahogado.

Esther hablaba con la inspiración de la ira. Se había levantado.

Movida de su primera posición la pantalla, caía de lleno la luz sobre

la madre, y su sombra, agrandada por la distancia, gesticulaba en

la pared cercana. Las sombras de los dos iracundos brazos, movidos

sin cesar, corrían á veces por el techo como grandes aves, á veces

se deslizaban por el zócalo entre los muebles, como cuadrúpedos que

buscan un rincón. Daniel había quedado en la obscuridad. Desde ella,

cual de un abismo á donde se acaba de caer lanzado por el enemigo

vencedor, envió estas débiles palabras:

—Madre, me has hablado de honor, de vergüenza, de familia; en fin,

me has dado razones sociales, no religiosas. De todo me has hablado,

menos del fuego eterno.

—¡También, también!—gritó Esther cayendo sin aliento en el sofá y

apoyando en un cojín su frente abrasada.—Te he dicho lo primero que

ha brotado de mi corazón de madre, de este corazón antes abrasado

en amor por tí, y que yo con mis propias manos apretaré y estrujaré

para ahogar la llama... porque no... no puede ser, no puedo amarte

ya... Se acabó la idolatría de nuestro hijo querido. Adiós, vete; no

existes ya para mí.

Diciendo esto, rompió en amarguísimo llanto. Daniel corrió hacia

ella, y poniéndose de rodillas la besó, tratando de levantar su

cabeza.

—Madre, madre—murmuró.—Ni de tus labios, incapaces de mentir, puedo

creer que no me amas. No lo creeré aunque me lo digas tú, á quien

siempre he creído.

—Daniel, hijo mío—dijo la madre incorporándose,—yo no puedo soportar

este golpe. Soporté la temprana muerte de mis dos hijas; pero la

tuya, esta muerte en la forma más repugnante de la ignominia, no la

puedo resistir. Quiero morir antes que caigas, quiero morir. Dame tú

mismo la muerte, te lo suplico, perdonándote. El crimen que cometas

arrancándome la vida no será tan grande como el de tu apostasía.

—Estás delirando, madre querida—dijo Daniel haciendo fuerza con

la cabeza en el seno de su madre.—Tú sí que me matas á mí con tus

palabras, con tus fieras amenazas de no quererme.

—¡Ay, hijo de mi corazón!—exclamó Esther en un arrebato de ardiente

cariño, oprimiendo contra su pecho forzudamente la incomparable

cabeza del joven.—Hemos cometido una falta al quererte á tí más que

á nuestros demás hijos, y el Señor nos castiga por esto. Pero no

me puedo resignar al castigo, no me puedo resignar á perderte, no

quiero; defiendo mi tesoro contra todos los Dioses extraños, contra

todos los Nazarenos que me lo quieran quitar... Señor, Dios de

Abraham y de Jacob, antes que consentir esto, quita la vida á mi hijo

y á mí también, porque no puedo vivir sin él.

Daniel se sentó á los piés de Esther, apoyando sus brazos en las

rodillas de ella, le estrechó las manos y contemplándola con amor, le

dijo:

—Madre, madre, óyeme lo que voy á decirte.

—¿Qué?

—La exaltación que veo en tí me obliga á revelarte un secreto, mi

secreto.

—¿Tu secreto?

—Hice propósito de que ningún nacido, á excepción de mi padre á quien

escribí ayer, lo supiese por ahora; pero siento el deseo y aun la

necesidad de revelártelo.

Esther oyó con la más viva ansiedad.

—Dímelo pronto.

—Es un secreto de esos que no se dicen más que á Dios, porque sólo

Dios puede juzgarlos.

—¿Y yo no?

—No: tú me juzgarás mal cuando lo sepas. No penetrarás fácilmente

mis móviles... Pero te confesaré esta idea por el grande amor que te

tengo, y confío en que la apoyarás.

—¿Cuál es?

—Yo no soy ni seré nunca cristiano.

Gloria (segunda parte) · 第 31 / 45 题