Cosas que se ignoran y otras que se saben y deben decirse.
La casa no estaba lo mismo que el año anterior. El jardín hallábase
bastante descuidado, creciendo en él, ó con excesiva libertad ó sin
la cariñosa esclavitud del jardinero, las flores de primavera que
ornaban sus verdes cuadros. Los arbustos y árboles de sombra, los
recortados setos, las enredaderas de mil brazos, el césped y los
tiestos vivían angustiadamente bajo el imperio del olvido. En cambio
los caracoles habían sacado el vientre de mal año en aquellos meses,
y se extendían, cual inmenso rebaño jamás saciado, por todo lo verde,
subiendo por los tallos arriba, hasta llenar de inmundas babas la más
alta hoja; que tal es el oficio de estos ministros de la envidia.
Algunos tenían tal descaro, que se subían por las faldas de doña
Serafina y la observaban con sus ojuelos, y movían ante ella sus
expresivos tentáculos, como diciendo: «¿qué habrá venido á hacer aquí
esta buena señora?...»
En lo exterior de la casa, los desperfectos causados por el último
invierno no habían sido reparados. Faltaban pedazos de yeso y
molduras. Por no hallarse en buen estado los canalones, existía en
la pared de Levante una gran mancha de humedad, al modo de sombra
irregular y compleja, que casualmente parecía representar una especie
de figura ó mónstruo de muchas patas y amenazante boca. La veleta se
había doblado con los poderosos bofetones del huracán, y la flecha
desquiciada y sin movimiento señalaba siempre al Norte. Estaba muerta.
Dentro podían notarse asimismo los tristes efectos del abandono.
Algunas estancias no habían sido abiertas en mucho tiempo. El reloj
de gran esfera y resonante timbre que estaba en el vestíbulo para
advertir á todos los de la casa la hora de las obligaciones, de los
placeres, del descanso y del trabajo, había enmudecido, y su rostro
mofletudo que tan bien sabía responder antes á los que le preguntaban
cosas del tiempo, no expresaba ya nada, como no fuera la inmovilidad
y el tétrico silencio de la muerte. En vano D. Buenaventura trató
de ponerle en movimiento con el dedo, ora impulsando las agujas,
ora el péndulo. El reloj daba dos ó tres latidos, unas cuantas
pulsaciones quejumbrosas, y volvía á caer en su hondo letargo. Había
en la quietud de sus agujas, sobre la blanca esfera numerada, algo
semejante á entornados párpados y á respiración sosegada y profunda.
Viéndole, veíase á uno que duerme.
En las habitaciones altas, había otro de chimenea que, trocado
en bufón, reía de los grandes chascos que daba á sus amos y del
trastorno que producía. Su conducta era más propia de un pillete que
de un reloj. Así, cuando eran las seis, él marcaba y tañía las once,
ó viceversa, y á veces se tragaba medio día lindamente, ó se empeñaba
en hacer creer que el sol salía después de misa mayor. Siempre que
este buena pieza le daba un bromazo, decía Francisca tristemente:
—Anda, hijo, anda: no eres tú solo el que disparata. Como tú van
todas las cosas de esta casa.
Las habitaciones de D. Juan, su alcoba y su despacho habían
permanecido cerradas hasta que llegó D. Buenaventura, que, tomándolas
para sí, pasaba allí largas horas, ordenando los manuscritos y cartas
de su hermano y completando el catálogo de la biblioteca. Serafinita
vivía en la planta baja, por ser enemiga de escaleras, y Gloria
continuaba morando en su habitación primitiva. Pero hacía muchos
meses que los habitantes de Ficóbriga no habían visto á la señorita
de Lantigua en la calle, ni en el jardín, ni en los balcones. Los
mismos criados de la casa, á excepción de las dos mujeres, tampoco
la veían. ¿Dónde estaba? ¿Qué hacía? No faltó en Ficóbriga quien
asegurase que la señorita de Lantigua se había vuelto fea, ni
quien dijese que se había vuelto loca. Sus tíos dijeron que estaba
enferma de cuerpo y de espíritu. Teresita la Monja enunciaba con su
sibilítico labio mil abominables cosas, y ningún ficobrigeño pasaba
por el camino real ni por la plazoleta sin mirar á las tristes
ventanas, cerradas también, cual ojos de durmiente, ni decir para sí:
«¿Qué hará?»
Durante algunos meses, Gloria había sido objeto de comentarios
diversos. Bastante trabajó la curiosidad en aquellos días, muchísimo
la envidia. Se quería demostrar que las grandes reputaciones son casi
siempre usurpadas; que no hay nada superior ni sublime; que todo es
pequeño y miserable; que las flores no son flores sino fango; que el
diamante no es luz solidificada sino carbón; en fin, que todos somos
iguales, y que si alguno sube mucho por hipocresía ó arte mundano,
debe bajar y ponerse al nivel de los demás, restableciendo la armonía
del vulgo, tan necesaria á la de los mundos.
¿Tenía razón la plebe? ¿Quién puede decirlo sin conocimiento de cosas
y personas? La señorita se oculta de todo el mundo, se esconde de
todas las miradas, haciendo de su vida un misterio impenetrable; y
como el laborioso insecto, ha tejido un capullo y quedádose dentro,
con intención sin duda de no salir sino con alas, ó sea, en espíritu.
Si penetramos en la casa, no nos es posible llegar hasta ella,
porque los criados detienen á todo intruso. Hasta el taciturno reloj
del vestíbulo parece decir con su torvo silencio: «¿A dónde vas,
insensato? Aquí ya no hay nada»... Creemos sentir leves pasos sobre
el entarimado superior. Son sin duda los pasos de la señorita... pero
no: son los de un gatito que juega. Aunque ponemos gran atención, no
conseguimos oir su voz, que ha querido extinguirse para siempre como
la del reloj, creyéndose indigna de sonar entre los vivos.
Atrevidos subimos; mas no nos es posible verla tampoco. La puerta
de su habitación está cerrada. Por la noche, si la sorprendemos por
breve instante abierta, descubrimos vaga sombra de una cabeza sobre
la pared. La cabeza se mueve: es ella sin duda; pero convertida en
leve mancha obscura sin alma y sin vida. Si hay conversación dentro
de la alcoba, percibimos, aguzando mucho el oído, el vago silbido de
las eses que se destacan sobre la pronunciación castellana, como la
espuma sobre las olas. Nada más puede oirse en aquel murmullo lejano.
Si continuamos observando, vemos al través de la puerta, que no ha
sido bien cerrada, súbita claridad rojiza que se extingue pronto.
No hay duda de que la señorita ha quemado un papel. Por Roque, que
dice todo lo que sabe, sabemos que Gloria ha recibido poco antes
una carta con sellos encarnados, que no son los de España. Después
sale Francisca, entra D. Buenaventura y se entabla nueva y más viva
conversación, que dura hasta hora muy avanzada. Pero no podemos
atrapar sino las fluctuantes eses que marean y nada dicen solas. D.
Buenaventura se retira al fin meditabundo como siempre; óyese el
rumor de los perezosos rezos que preceden al sueño, y sale después
Serafinita tranquila y mística, como un santo que baja de su nicho
para pasearse. Luégo se siente el chasquido de la llave. ¡Adiós! La
señorita se ha encerrado; duerme, y envuelta en delicada nube de
silencio, de obscuridad, de reposo, ha lanzado su espíritu á las
zonas infinitas. Avancemos, apliquemos nuestro oído indiscreto al
hueco de la llave. ¿Oís algo? Nada... Quizás un rumor más tenue que
el de las alas del más pequeño insecto batiendo en el aire, una leve
cadencia que no sabemos si es la respiración de Gloria ó el aliento
de su Angel de la Guarda, que vela con la mano puesta sobre la
frente de ella.
Un día, que era sábado de Pasión, el narrador espió también. A la
escalera llegaba gratísimo olor de claveles y rosas, accidente
relativo á ella que parecía ella misma. La señorita estaba haciendo
un ramo. Si nos hubiéramos hallado en el jardín, habríamos sentido
ligero rumor en la persiana alta, y alzando la cabeza con la
prontitud del curioso, habríamos visto una mano que en breve instante
apareció y huyó, después de arrojar palos de flores y ramitas
inútiles. Aquella mano era la misma que muchísimos días antes había
empujado la puerta de la casa para no dejar entrar á un hombre. En
cuanto á la cara, sólo la vieron los pájaros alineados como tropa en
el alambre, ó los que volando y piando pasaban.
Francisca bajó por más flores y doña Serafina subió llevando unos
alelíes que ella misma cogiera. Oyéronse los tijeretazos cortando los
palos demasiado largos en el tronco del ramo. Ni el mismo Roque, que
todo lo sabe, sabía para quién era aquel ramo.
Pronto lo sabremos nosotros. Era media tarde cuando entraron y se
reunieron en el comedor D. Buenaventura y los dos personajes de
más peso en la república ficobrigense. Bien se comprende que no
podían ser otros que D. Silvestre Romero y D. Juan Amarillo, este
último elevado poco antes á la categoría de alcalde, con lo cual su
respetabilidad, que ya era grande, se había remontado á lo sublime.
Don Silvestre, á poco de estar en el comedor, subió con objeto de ver
á su _amada penitente_, como él decía. Era de los pocos que gozaban
el privilegio de visitarla. Quedándose solos D. Buenaventura y el
digno alcalde, éste habló á su amigo de los últimos acuerdos del
Ayuntamiento referentes á las procesiones de Semana Santa, costeadas
por el generoso banquero, y que debían de ser dos, á la usanza
antigua, la del Salvador el Domingo de Ramos, y la del Crucificado,
con dos pasos más y la Dolorosa, el Jueves. A todo dijo amén don
Buenaventura; mas no se mostró muy gozoso cuando el representante
de la autoridad municipal le hizo saber que á él, al propio señor
de Lantigua, correspondía lugar muy honroso en ambas procesiones,
debiendo en la del Salvador acompañar á la sagrada imagen, propiedad
de su esclarecida familia.
Pero debemos decir que esto y otras cosas municipales de que habló el
insigne Amarillo, como el acuerdo recién tomado por el Ayuntamiento
de llamar en lo sucesivo _plaza de Lantigua_ á la _plazoleta de la
Charca_, y colocar una corona en el sepulcro que se estaba labrando
al Sr. D. Juan, no fueron sino pretextos que el alcalde tomaba
para hablar de un asunto de vivísimo interés para él. Desde la
catástrofe del día de Santiago, corrió por Ficóbriga la voz de que la
desgraciada joven, antaño llamada _joya_ de aquella villa, entraría
en un convento, y que la familia pensaba vender la casa, por ser
muy antipáticos para ella los lugares de su desgracia y deshonor.
Enunciada esta idea, D. Juan Amarillo, que era dueño de copiosos
caudales, ganados Dios sabe cómo, concibió la felicísima idea de
adquirir tan hermosa finca y establecerse en ella, haciéndola trono
de su omnipotencia y de la gran superioridad que sobre toda la
redondéz de Ficóbriga había adquirido.
La idea culminante, la idea madre de todas las ideas de D. Juan
Amarillo era esta: «ser el primer personaje de Ficóbriga.»
La idea cardinal que gobernaba toda la máquina intelectual de
Teresita la Monja era esta: «ser la primera señora de Ficóbriga.»
La presencia de los Lantiguas en aquel pueblo que por tradición les
veneraba, era grandísimo estorbo, porque la villa obedecía aquella
ley que dijo: «no servirás á dos señores.» Pero si los Lantiguas se
marchaban, después que la _joya_ fuese guardada en el estuche de un
convento, ¡oh! indudablemente la dinastía de Amarillo reinaría ya sin
rival entre el mar y la Pesqueruela, entre el cerro de doña Fronilde
y Monteluz. El coronamiento admirable de esta idea, su representación
simbólica era la adquisición del palacio en que los Lantiguas habían
morado.
Ambos esposos vivían desasosegadamente esperando saber lo
que se determinaría, por cuya inquietud no cesaba D. Juan de
hacer indiscretas preguntas al banquero. Aquel día repitió sus
proposiciones para quedarse con la casa; pero D. Buenaventura no pudo
contestarle nada categórico.
—Pronto creo que daré á usted una contestación terminante—dijo el
banquero.—Esto ha de decidirse pronto; pero muy pronto.
En esto, oyéronse acompasados taconazos en la escalera, que
retemblaba, cual si un gigante bajara por ella. Era D. Silvestre que
volvía de su visita, trayendo un gran ramo de flores, entre cuyas
frescas hojas hundía á cada rato su carnosa y sensual naríz para
aspirar la fragancia de ellas.
—La encuentro—dijo el cura,—mucho más animada... Mejor color, menos
tristeza, algunas ganitas de hablar, interés por las cosas... en fin,
resucita, la pobre resucita poco á poco.
—Así me parece á mí—indicó D. Buenaventura, demostrando la
importancia que daba al bienestar de su sobrina.—¡Si Dios quisiera
apiadarse de ella y de todos nosotros...!
—Vean ustedes qué hermoso ramo me ha dado—dijo el cura acercándolo
á la picuda naríz de D. Juan Amarillo, que olió por espíritu de
adulación.—Es para el Salvador, para la histórica imagen de los
Lantiguas. Se lo pondremos en las alforjas al borriquito.
—Ya el Sr. D. Buenaventura—manifestó Amarillo levantándose,—está
conforme en dar realce con su presencia á las dos procesiones.
—Pasaremos por aquí. Ya me ha prometido la señorita que saldrá al
balcón—afirmó don Silvestre con regocijo.—¡Ah! le he dicho que dejaré
de ser su amigo si no va mañana á la misa mayor y á la hermosísima
festividad de las palmas. La pobrecita no quiere, pero en fin...
—Irá; yo le prometo á usted que irá—dijo D. Buenaventura despidiendo
á sus amigos.—Esta situación debe acabar pronto.
En el jardín, D. Juan Amarillo alzaba la cabeza circundada de rayos
de autoridad, y poniéndose la mano á guisa de pantalla en la frente,
para que el brillante sol no ofendiera sus ojos, contemplaba la
fachada de la casa, diciendo para su hondísimo y jamás explorado
capote:
—En reparaciones tendré que gastar otro tanto de lo que vales; pero
no importa si al fin eres mía. ¡Oh! ¡mía...!