Lo que dijeron.
—¿Tampoco hoy ha querido salir?—preguntó D. Buenaventura.
—Tampoco—repuso Serafinita sin levantar la vista de su
obra.—¡Pobrecilla!... Hazte cargo, Ventura, de cómo estará su
espíritu. Ni sé yo cómo vive, ni sé cómo no ha muerto de tristeza, de
dolor, de vergüenza.
—Pues es preciso—dijo él con entereza,—que no muera de ninguna de
esas tres cosas, sino que viva.
—¡Vivir!—exclamó doña Serafina suspirando.—Sí, ese es nuestro deber.
¡Ay! para algunos es una obligación bastante pesada... Comprendo la
angustia de esa infelíz hija de mi hermano, ¡pobre flor tronchada por
el bárbaro pié del asno, que en un momento de descuido entró en el
jardín!... No, no he conocido en mi ya larga vida ejemplo semejante,
ni hay otra caída que á ésta se iguale, como no sea la de Satanás...
Y no me digas que tiene remedio en el orden mundano, Ventura. Tú has
perdido el juicio, y si insistes en que esto puede arreglarse...
—Para todo hay remedio en el mundo—replicó D. Buenaventura tomando
una silla de hierro y sentándose frente á su hermana.
—Ventura—dijo Serafinita alzando los ojos de la obra negra,—recuerda
bien lo que nos manifestó nuestro bendito hermano al partir para Roma
en Enero.
—Lo recuerdo bien.
—Nos dijo estas mismas palabras: «Queridos hermanos; en el asunto de
la pobre Gloria, obrad con arreglo á las ideas de nuestro idolatrado
Juan Crisóstomo, que está en el cielo. Haced lo que él habría
hecho si hubiera sobrevivido á la horrenda catástrofe de su honor.
Inspirémonos en su recuerdo; seamos herederos fieles de su conducta,
ya que no podemos serlo de su inteligencia poderosa. En Roma no
olvidaré este espantoso asunto, y cuando vuelva espero traer alguna
luz.»
—Eso dijo, sí—repuso D. Buenaventura.—Yo creo que el mejor modo de
proceder con arreglo al pensamiento del pobre Juan es hacer lo que
nos inspire nuestra conciencia. Juan habría hecho lo mismo.
—¡La conciencia!—exclamó Serafinita moviendo la cabeza.—Esa palabra,
por decirlo todo, á veces no dice nada. ¡La conciencia! ¡Ay! Ventura,
yo veo á la tuya inclinada á ciertos acomodamientos más deshonrosos
que la misma deshonra que pretenden evitar; la veo dispuesta á eso
que el mundo llama transacción, justo medio ó no sé qué. Piénsalo
bien y dí si en este caso horrible puede hacerse más que aceptar el
golpe que el Señor se ha dignado descargar sobre nuestra familia,
abrumándola de vilipendio; díme si es posible otra cosa más que
sucumbir gimiendo y llorar nuestra deshonra, haciendo todo lo posible
para que no se divulgue lo que no debe divulgarse.
—Y al fin será del dominio público.
—No...—dijo vivamente Serafinita con cierto orgullo.—Hay algo que no
se sabrá nunca, al menos por ahora... Mi prudencia responde de ello;
mi discreción me asegura que en eso no picarán las viperinas lenguas
de Ficóbriga.
—También en eso picarán...
—Pues sea lo que quiera... Si Dios dispone que la vergüenza aumente,
aumentará. Estoy preparada á todo. Ya nada me espanta. El Señor ha
querido probarnos. ¡Bendita sea su mano!
—¡Bendita sea!—repitió D. Buenaventura.
—No, tú no puedes decir eso,—objetó vivamente Serafinita.—Tú no puedes
bendecir la mano que nos ha herido, porque quieres rebelarte contra
ella; quieres hacer ahí unas composturas y unos amasijos y unas
combinaciones de que no puede resultar nada bueno para la conciencia
ni para la fe cristiana. ¿A qué aspiras tú? Vamos á ver; dímelo
claramente.
—A lo que se aspira siempre cuando ocurren estas desgracias en una
familia honrada—repuso D. Buenaventura con flemático acento.
—Si el caso presente fuera como otros muchos que vemos un día y otro
en nuestra sociedad, pase—dijo la señora sintiéndose fuerte con sus
argumentos;—pero ya sabes que desde que el mundo es mundo, Ventura,
no ha ocurrido un caso como éste, al menos en España. Se podría creer
que Dios ha enviado tan singularísimo y horrendo suceso como una
especie de aviso, con el cual quiere advertir á los españoles los
conflictos dolorosos que les aguardan...
—Hermana—dijo D. Buenaventura interrumpiéndola,—sin quererlo tal vez,
has dicho una cosa muy sabia.
—No te burles—repuso Serafinita rascándose tras de la oreja con una
de las agujas;—lo que quiero decir es que si el caso que estamos
llorando fuera como otros... Estoy cansada de ver niñas caídas en un
momento de debilidad, por una ilusión funesta... pero hijo, la ley,
la religión y la misericordia paterna hallan medio de arreglar estas
cosas entre nosotros.
—¿Y por qué no hemos de aspirar ahora á un resultado semejante?
Serafinita miró con estupor á su hermano, dejando caer la media negra
sobre sus rodillas.
—¡Estás loco!—exclamó.—Ventura, Ventura, ten presente que para que
caiga la bendición del cura sobre este nudo horrible y lo desate y lo
ate después debidamente, es preciso que Dios deshaga el mundo y lo
vuelva á hacer de otro modo; que veamos desbaratada pieza por pieza
la sociedad actual con sus creencias, sus castas, sus leyes, y vuelta
á armar después, conforme á tu gusto y capricho.
—Puede ser que quedara mejor—dijo don Buenaventura sonriendo y
balanceándose en la silla.
—Pues anda, pon tu mano en la obra, enmienda la hechura de Dios y de
tantos siglos...
—En suma, querida hermana—manifestó Lantigua resueltamente;—yo no
quiero enmendar la obra de Dios, ni volver el mundo del revés.
Reconozco la fuerza del argumento terrible que acabas de hacerme.
¿Pero no es lo más prudente y lo más cristiano tentar todos los
medios antes de declarar irreparable esta desgracia? Todo el daño
producido en las esferas de lo humano es humanamente susceptible de
remediarse.
—Remedios que están en tu imaginación. Pareces un niño, Ventura. No
siendo posible que una religión falsa y otra verdadera se mezclen y
confundan como el agua y el vino que se echan en un vaso; no siendo
posible que nuestra santa fe católica transija en esto ni se humille
ante las mentiras sacrílegas de una secta infame, ignoro cómo vas á
componerlo.
—Precisamente deseo intentar algo que proporcione un gran triunfo á
nuestra santa fe católica—dijo D. Buenaventura.
—¿Qué? ¿Convertirle?... Me pareces tonto. Lo que nuestro bendito
hermano no pudo conseguir, ¿has de lograrlo tú?... ¡Ah! Como no
intentes su conversión por la vía de los negocios... El corazón de
esa gente se ha de ablandar más por las emociones del interés que por
los sentimientos religiosos.
—Cuando mi hermano intentó convertirle, no existían para él las
poderosas razones sociales, los graves compromisos de honor, de
dignidad, de delicadeza, los deberes de humanidad...
—¡Honor, dignidad, delicadeza, humanidad!... Probablemente no
entenderá esa lengua el que ha causado nuestra ignominia.
—Esta es lengua universal. En fin, querida hermana, pronto saldremos
de dudas.
—¿Cómo?
—Oyéndole.
—¡Pues qué...!—exclamó Serafinita con terror.—¿Ese hombre...?
—Va á llegar. Le he llamado yo.
—¡Ventura, Ventura!...
Serafinita no pudo decir más. Era incapáz de cólera; pero su corazón
se llenó de pena. Emprendiendo con frenética actividad su obra,
fijaba sus animadas pupilas en las puntas de las dos agujas, que,
chocando con fuerza, parecían las espadas de irritados duelistas que
se batían furiosamente.
Después de un rato de silencio, Serafinita dijo:
—¡Ventura, Ventura!... ¿Has escrito al hebreo?
—Sí, y vendrá.
—Tal vez no. Ya sabes que en Diciembre estuvo aquí, y nuestra sobrina
no quiso recibirle.
—Ya lo sé.
—Y que le ha escrito muchas cartas...
—Sin que ella se haya dignado leerlas. También lo sé.
—Pues ahora tampoco le recibirá.
—Allá lo veremos. No creo que mi venida á Ficóbriga sea en balde,
ni que mi autoridad sea una irrisión—dijo Lantigua demostrando gran
confianza en la eficacia de su voluntad.
—Querido hermano, tú has olvidado la recomendación de Angel.
—No; ya sé que nos dijo: «Haced lo que haría Juan Crisóstomo si
viviese.»
—¿Y tú crees—preguntó Serafinita con expresión de triunfo, pensando
que su argumento no tenía replica,—tú crees que nuestro hermano
habría escrito á ese hombre rogándole que viniera?
—No lo sé... Juan no pudo pronunciar una sola palabra sobre su
deshonra. Murió callado.
—Juan no murió de apoplegía—manifestó con emoción muy honda doña
Serafina,—murió de ira; que también la indignación mata. Su
pensamiento se abrasó, su alma huyó escandalizada del cuerpo en un
instante horrible. El cielo desplomósele encima. Me parece que oigo
la íntima exclamación de su espíritu al volar temblando de este
mundo... Ventura, Ventura, inspírate en nuestro hermano, muerto
por su deshonra; identifícate con él y represéntate aquel instante
tremendo, su sorpresa, su terror, su congoja de padre amantísimo y de
católico ferviente; haz un esfuerzo y procura creer que tú eres él
mismo y no tú; que él ha resucitado en tí...
—Inspirándome en mi conciencia—dijo serenamente el banquero,—creo
inspirarme en él...
Y levantándose, echó ambas manos á la espalda, encorvó ligeramente
el cuerpo y se puso á pasear por el jardín de un ángulo á otro, sin
apartar la vista de la arena que crujía bajo sus amarillos zapatos.
Serafinita, desbaratando un gran trozo de media negra que estaba
detestablemente hecho, empezólo de nuevo.