_Notas de Arte_ (Colombia), agosto 15 de 1910
Le conocí y traté en New York el año de 1891.
Me consagró su amistad. La amistad es la única rosa que no tiene
espinas. La única fuente arrulladora que no tiene lodo.
Fui su amigo--en el trajín social--de pocos meses.
Soy su amigo perdurable por el recuerdo y la memoria.
Su recuerdo es para mí un ariete, relámpago que cruza las soledades de
mi cerebro, viento agitado en mi calma abrumadora, águila que
despierta--en horas de abatimiento--a picotazos mi alma.
Fui, con varios condiscípulos, expresamente a conocerle. Habitaba casa
humilde y vivía modestamente.
Enamorado yo de sus escritos, deslumbrada mi juventud por aquel vuelo de
cóndores de su prosa soberana, entré a aquel Areópago con el pensamiento
en las nubes y el corazón en los labios.
Eran días tétricos para los colombianos residentes en New York, días en
que un desdichado compatriota, al frente de un puesto distinguido, había
llevado a sus gavetas joyas que no eran suyas.
Fue ese el tópico obligado, y Martí me decía: «los suramericanos
enviamos trozos humanos putrefactos para que estos países los escarben y
examinen, mandamos el rostro ensangrentado de la Patria para que estos
países lo abofeteen».
Sobre Cuba exclamaba:
«Estoy desorientado y triste, pero con la mirada siempre fija en la
cumbre inaccesible.
»En mi tierra no hay más que dos hombres: Gómez y Maceo, y una bandera:
yo.
»A ellos los tienen como visionarios y a mí me consideran loco. Nos han
dejado solos.
»Aquí, en los momentos de angustia, en esos días lóbregos en que en vano
lucho y brego con los hombres y las cosas, al trasladar al papel mis
pobres pensamientos, no me explico, no comprendo cómo no se transforma
en Vesubio mi cabeza ni se convierte mi pluma en bayoneta.
»Ustedes, los colombianos, tienen aun esperanzas de redención: allí hay
vida, hay savia, hay esplendor.
Nosotros no tenemos nada.
»Cuba es una tumba muy grande que guarda un cadáver más grande que ella:
la raza india muerta.
»Esa raza me alienta, y la máxima de Bolívar me conforta:
'¡Venceremos!'».
Calló, inclinó la cabeza meditabundo, me pareció escuchar el ruido
estruendoso de las armas en la manigua, y comprendí que aquel hombre era
algo más que tribuno, algo más que genio: ¡era la Libertad!
La América latina ha sido escasa en mentes colosales. El genio, como el
célebre arbusto parlante de Sumatra, no se ha dado en América sino muy
de tarde en tarde.
Ha habido ilustraciones altas y macizas, pensadores vastos y profundos,
prosistas, oradores y poetas de palabra de oro y alas luminosas; pero el
genio auténtico, la cabeza batida por aquilones y coronada de rayos, la
lengua de fuego que realza y purifica cuanto toca, la pluma gigante que
vierte a raudales la ternura, la ciencia y la filosofía... esos, han
sido muy raros en América.
Genio Montalvo; genio José Martí.
El primero con una sombra: el arcaísmo; el segundo, sin sombras y sin
manchas.
La estulticia de las muchedumbres, el espíritu fácil al aplauso de
nuestra raza, la lisonja desmesurada de los gacetilleros, el coro vacuo
y frívolo de las mediocridades, han hecho aparecer en ocasiones como
lumbreras a seres que apenas han tocado los primeros peldaños de la
gloria.
Entes grandes y pomposos--como la encina de Lebes--, pero huecos.
Árboles corpulentos de espléndido ramaje, pero torcidos e inclinados a
la tierra.
Hoy la serie de pensadores es como una serie de montañas, pero sin
cumbres que sobresalgan, sin picos que se despidan de las otras.
La constante difusión de las luces, el espíritu incansable e
investigador del siglo, la rapidez y la facilidad en las comunicaciones,
la escuela, el libro, la prensa y la tribuna, han eliminado esas
eminencias, cúspides de la humanidad.
Con la abundancia de las colinas han desaparecido los Himalayas.
Con la dilatación ha resultado el aplanamiento, con el ensanche se ha
perdido la altitud.
El peñón abrupto es arena rutilante.
El nido es colmena.
La altura es extensión.
La cima ha sido cubierta por la arboleda en marcha: no se ven más que
árboles.
La roca altísima ha sido invadida por el mar: no se ven más que olas.
Hoy es plaza lo que ayer fue torre, lago lo que fue atalaya, cielo
inconmensurable lo que fue astro esplendoroso.
«Las cumbres se han deshecho en llanuras, las llanuras son cumbres.
»Son muchos los poetas secundarios, escasos los poetas eminentes
solitarios.
»El genio va pasando de individual a colectivo.
»El hombre pierde en beneficio de los hombres.
»Se diluyen, se expanden las cualidades de los privilegiados a la masa».
Las golondrinas se han elevado y los cometas han descendido.
Las legiones han subido y Júpiter ha bajado.
El mérito de Martí consistió precisamente en eso: haber dado sombra a
tantas grandezas.
En época, en que la ciencia es ambiente y el talento multitud, él fue
Argos impoluto, gigante, solo, y ¡único!
Todo tiene en la naturaleza su punto culminante, su nota dominadora, su
faz grave y severa: la selva, el roble centenario; el océano, la ola
inmensa de cresta arrebolada; el desierto, el león hirsuto y arrogante;
y la sociedad, el genio.
¡Y genio fue José Martí!
Murió a los 42 años y es asombrosa su labor política y literaria.
A la edad en que otros comienzan a ascender, ya él traía guirnaldas del
Olimpo.
En un mismo día, y en ocasiones en una misma hora, escribía un discurso,
redactaba una carta, pergeñaba una revista, otorgaba una clase, leía un
libro, hojeaba un folleto, traducía una fábula, hablaba de cosas fútiles
con su familia y de cosas lisonjeras con sus amigos.
Tenía el don de contorcerse y dividirse, la cualidad de la
centuplicación.
Un caso de polizoísmo.
Trabajaba en una casa de comercio, colaboraba en varias sociedades y
_magazines_, sostenía incansable correspondencia con sus adictos,
enseñaba a los desgraciados, meditaba, discutía, exaltaba a los
pusilánimes, asaeteaba a los cobardes, confortaba a los sufridos, se
erguía ante los poderosos, lloraba con los indigentes; tenía un báculo
para cada caída, una esperanza para cada lacería, un bálsamo para cada
dolor, una rosa para cada beldad, un pensamiento dulce para cada
párvulo, y aun le quedaba tiempo para ser rendido y galante con la
esposa y cariñoso y afable con los hijos.
Séneca, Aristóteles, Corneille, Bacon, Montaigne, Joubert, Massillón,
San Agustín, Rousseau, Voltaire, Shakespeare, Juvenal, toda una legión,
se agitaba, bullía, vibraba en aquel cerebro poderoso, hecho para los
torneos y las epopeyas, para las recias batallas y las hondas
lucubraciones.
En sus manos eran a diario: el _Tratado de la Naturaleza_ de
Malebranche, _Los Pensamientos_ de Marco Aurelio, la _Historia de
España_ de Mariana, los _Epigramas_ de Marcial, las endechas de
Massinger, el _Capital_ de Marx, las elegías de Propercio, los _Ensayos_
de Macaulay, las _Observaciones_ de Llorente, el _Catecismo_ de Lutero,
todo le era familiar, conocido, íntimo, y consideraba los periódicos
como soldados y los libros como hermanos.
Para él todas las mujeres eran santas, todos los hombres buenos, todos
los guerreros dignos, todos los oficios nobles, todas las cosas bellas.
El reptil, a sus ojos, se convertía en ave; el barro en oro; el erizo en
flor; el espectro en ángel.
Su voluntad era granito; su espíritu, llama.
Unía, a la calma de Massena, el arrojo de Murat.
Aunaba, al candor de Carlos Dickens, la precisión de Víctor Hugo.
Odiaba el estilo misoneico y la poesía macróstica.
Admiraba más a Martos que a Castelar.
Para sus compañeros y admiradores era inofensivo como la malva; para sus
enemigos, venenoso como el quedec.
Polígloto, enciclopédico, polílogo.
En aquellos, atardeceres mincosos de la gran Metrópoli, en que Martí
solía pasearse por las alamedas de Green Wood, ¡quién iba a imaginarse
que de aquella mano tan sencilla pendía un mundo, que tras aquella
cabeza silenciosa iba una bandada de águilas libertadoras!
Su erudición, pasma. Si todos van contra él, él va contra todos. Tiene
del ala y del hacha. De la roca y del torrente. De la hoja y del rayo.
Ensalza, y va hasta lo infinito; derriba, y llega hasta el abismo.
Cuando alaba encumbra; cuando analiza, despedaza. Su palabra, ora corre
mansa, ora retumba; sus verbos, ora se deslizan, ora estallan. Algo como
un trueno avanza por entre sus frases calológicas. Se siente calor de
nube y rodar de cañones. Esculpe de una plumada; retrata de un brochazo.
Tiene arranques sublimes en que parece que la tierra se levanta o el
cielo se desploma. Tiene voces que gimen, términos que gritan, giros que
rimbomban. Se escucha vuelo de pájaros y fuego de fusilería. Su dibujo
es línea recta; su corte, el del diamante. Es paleta y es cincel. Es
terso y es hondo. Palpita y regolfa. Su ritmo es una nave que se aleja;
su dialéctica, escuadra que combate. Por entre la malla de su prosa hay
pueblos que se hunden, ejércitos que se destrozan, mares que se
revuelcan, bosques que caminan. Es raso y es acero. Es guzla y es
clarín. Es halago y es centella. Escribe versos que enamoran, filípicas
que entusiasman, libros que glorifican. Es diminuto y es excelso.
Sencillo y complicado. Es león y paloma. Oruga y colibrí. A veces se
detiene, como ante un precipicio; a veces corre veloz, como una
locomotora. Mezcla lo alto y lo bajo, lo noble y lo ruin, la mariposa y
el estiércol, la mirla y el escarabajo, el dicterio y la canción.
Todo sale embellecido y purificado de aquella péñola incomparable,
péñola que hoy bendice todo un pueblo, y es lumbre de la humanidad.
Su vida fue un himno permanente a todos los derechos, eterna protesta a
todas las iniquidades.
Fue mentor augusto, patriota insigne.
Fue principio y resumen. Alfa y Omega. Sacerdote y apóstol. Mecenas y
Catón. Sufrió, amó, creó. Conoció lo pasado, vislumbró lo porvenir. Fue
artista, gladiador, vidente. Se echó un mundo a la espalda y con él se
le vio, radioso y fatigado, camino de la inmortalidad. Ante los
obstáculos se duplicaba; ante los imposibles, no cedía. Enérgico,
rápido, tenaz. Si nublado, se alzaba; si torrente, se sumergía. Para él
era pira la existencia, átomo el universo, minutos las edades. Limpiaba,
talaba, esclarecía. Hacía surgir proclamas de los muertos, lanzas de las
tumbas, auroras de los antros, escuadrones de las piedras. Brotaba
chispas su espada; relámpagos, su pensamiento.
Dominó, coronó, ascendió.
Y al caer, rota la frente, en un charco de sangre, hubo irrupción de
llamas en el cielo, aglomeración de palmas en la tierra, condensación de
recuerdos y sentimientos en el corazón de los americanos.
Para llorar a Martí no son suficientes las lágrimas de todos los hombres
ni el grito clamoroso de todos los siglos.
¡Santa memoria de Martí, bendita seas!