_La Nación_, Buenos Aires, diciembre 1.º de 1909
A principios del año 1888 llegué a Nueva York en cumplimiento de una
misión profesional, y una de mis primeras diligencias fue [ir] a buscar
a Martí cuyas correspondencias a _La Nación_ me habían impresionado
vivamente, revelándome un talento superior y un alma eminentemente
americana. Encontrele en su despacho del consulado oriental en Front
Street, una de las antiguas calles de la gran metrópoli y apenas llamé a
la puerta se adelantó a recibirme diciéndome: ¿Es usted el señor Tedín?
(un amigo común le había anticipado la visita), a la vez que me extendía
ambas manos con tal efusión de franqueza y sinceridad, que ese apretón
selló entre ambos una amistad que solo la muerte del gran ciudadano ha
podido cortar.
Era Martí de mediana estatura, cabellera negra y abundante que rodeaba
una frente amplia y bombeada, ojos negros de mirada dulce y penetrante,
tez blanca pálida, como son generalmente los cubanos, bigote negro y
crespo y un óvalo perfecto redondeaba su fisonomía armoniosa y vivaz. En
su cuerpo delgado predominaba el temperamento nervioso, que hacía
rápidos todos sus movimientos y sus manos finas y alargadas revelaban al
hombre culto consagrado a las tareas intelectuales. Llevaba como único
adorno en uno de sus dedos un anillo de plata en el cual estaba grabada
la palabra «Cuba».
Cubrían los muros de su despacho estanterías de pino blanco, algunas de
las cuales él mismo construyó, y en los pocos espacios libres que ellas
dejaban colgaban retratos de los héroes de la revolución cubana que
terminó con la paz del Zanjón, y entre los de varios literatos ocupaba
lugar preferente el de Víctor Hugo.
Constituían su biblioteca, en primer término, las publicaciones que se
hacían en la América latina, cuyo progreso intelectual seguía con
avidez, habiendo escrito juicios sobre muchas de ellas; pero tampoco
faltaban los de la literatura norteamericana, cuya lengua conocía
profundamente, aunque no fuera inclinado a hablarla. Su mesa de trabajo,
sumamente sencilla, estaba siempre repleta de papeles que formaban sus
numerosos trabajos de correspondencia para los periódicos de Cuba,
Méjico, Guatemala, Argentina, y las revistas que bajo su dirección se
publicaban en Nueva York, aparte de los documentos oficiales de su
consulado. El único ornamento de ella era un tosco anillo de hierro que
tuvo de grillete durante su prisión en la isla de Cuba, cuando aun era
un niño, por causa de sus ideas liberales y que le fue regalado por su
señora madre después de su deportación a España, para que le sirviera de
amuleto en su peregrinación por la libertad de su patria.
En aquel modesto despacho mantuvo por muchos años el fuego sagrado de la
independencia cubana, sin que por un momento les hicieran desfallecer ni
las disidencias entre sus propios amigos, muchos de los cuales creían
utópica la revolución, ni el espectáculo de las fortunas que se
acumulaban a su alrededor por todos los que consagraban su inteligencia
y su autoridad a los negocios comerciales.
Allí llegaban y eran cordialmente recibidos no solo los sudamericanos
que deseaban un consejero honrado para orientarse en los caminos de la
vida americana, sino todos los cubanos interesados en la política de su
país. Allí conoció a Estrada Palma, que a la sazón ganaba su vida
manteniendo un pensionado de enseñanza en el estado de Nueva Jersey, y a
muchos otros después actuaron en la revolución. A todos recibía con los
brazos y el corazón abiertos y para todos tenía no solo las hermosas
palabras, sino la ayuda de su experiencia y aun de sus modestos
recursos.
Su fisonomía moral se caracterizaba por la más absoluta honestidad en
todos los actos de su vida y por el mayor desprendimiento de sus propios
intereses en favor del ideal a que había consagrado su existencia, la
libertad de Cuba. Su espíritu eminentemente altruista, se asociaba a
todos los dolores ajenos y a ellos llevaba el consuelo de su palabra
inspirada; lo mismo compartía las alegrías de sus amigos. Su alma
sensible y delicada sufría con las asperezas del alma yanqui, y nunca
pudo fundirse en los moldes de ambición en que esta está vaciada.
Recibió ofertas halagadoras para que pusiera su talento de escritor al
servicio de intereses comerciales; pero jamás quiso desnaturalizar su
pluma que solo debía servir para unir a la familia latinoamericana y
para luchar por la libertad. Prefirió ser pobre con decoro (palabra que
se encuentra en casi todos sus escritos) antes que sacrificar sus
convicciones ni su tiempo a tareas menos nobles que aquella en que se
había empeñado.
Poseía un raro talento de asimilación y de generalización que le
permitía abordar con brillo y con criterio sólido todos los problemas
que en el orden político o sociológico entrañan el desenvolvimiento de
las naciones y su memoria privilegiada le permitía recordar todo cuanto
había pasado por el crisol de su inteligencia. Era raro hablarle de un
libro recientemente publicado que él no lo conociera y sobre el cual
pudiera expresar su propio juicio; así como conocía a todos los hombres
que habían desempeñado un papel prominente en la vida de las naciones
latinoamericanas.
Su palabra era suave, fluida, límpida como su pensamiento, sin
afectación ni rebuscamiento, y producía el encanto de una fuente
cristalina que desciende en su curso halagando los sentidos. Cuántas
veces en los días festivos, solíamos atravesar el río Hudson e
internarnos en las hermosas arboledas de las Palisades o recorríamos las
avenidas del Parque Central, y allí transcurrían insensiblemente las
horas, bajo la influencia de su palabra sana y amena que hacía olvidar
el bullicio de la metrópoli. Su oratoria sólida y rica en imágenes
brillantes se derramaba como raudales de perlas y de flores, y su
auditorio quedaba siempre cautivado por el encanto de ella. Recuerdo que
en una conferencia que dio sobre Guatemala, con el propósito de reunir y
vincular a los latinos residentes en Nueva York, tomó como tema las
flores y los pájaros que adornaban el sombrero de una señorita allí
presente, y sobre él hizo la pintura más hermosa que jamás haya leído de
la naturaleza y de la sociedad centroamericana.
La impresión que a todos nos produjo fue la de hacer olvidar que nos
hallábamos bajo un cielo gris y helado, creyéndonos transportados a los
trópicos, y solo volví a la realidad de nuestra existencia cuando sentí
un «_hurry up_», pronunciado con áspero acento sajón por dos jóvenes que
pasaban a mi lado.
Era un trabajador infatigable y desde el alba que empezaba su labor con
la lectura de los diarios hasta altas horas de la noche y a veces hasta
la nueva aurora que solía sorprenderlo cuando, como él decía, se hallaba
engolosinado por algún estudio en que ponía toda su alma para
transmitirla a los lectores que el obligado por las visitas de sus
amigos a quienes recibía con solícito cariño.
Y no eran solo los trabajos literarios que ocupaban sus horas. Las
dividía entre estos y las conferencias que daba a los cubanos pobres, en
las que se esforzaba para vincular al elemento de color, con los de las
clases superiores, porque unos y otros debían servir para preparar la
revolución cubana que era el objeto de su permanencia en Estados Unidos.
A pesar de los largos años que allí vivió, nunca pudo identificarse con
la vida americana, porque su espíritu generoso y desinteresado era
refractario a los procedimientos egoístas que constituyen el fondo del
carácter de ese pueblo. Desconfiaba con las tendencias imperialistas de
esa nación y creía que abrigaba propósitos absorbentes, contra los
cuales las repúblicas latinas debieran estar prevenidas. Méjico, decía,
solo ha podido evitar nuevas desmembraciones merced a una política
hábil, en que sin resistir directamente, ha evitado la invasión de
intereses americanos. Consideraba la conferencia monetaria
internacional, iniciada por Blaine y a la que él fue delegado por el
Uruguay, y yo lo fui por la Argentina, más como el medio de favorecer
los intereses de los Estados Unidos platistas, que el de estrechar los
vínculos de todas las naciones de América. Carece, pues, completamente
de fundamento la versión de un escritor franco-argentino, de que Martí
fuera partidario de la anexión de Cuba a los Estados Unidos, cuando, por
el contrario, veía en ellos un peligro para la independencia. Creo, sin
embargo, que sus temores eran infundados a este respecto, como lo ha
demostrado la conducta de aquella nación, para terminar la guerra y
establecer el gobierno propio de la isla y estoy convencido de que no
tienen ambiciones de predominio sobre la América latina. Mr. Elihu Root
me dijo durante su visita a esta capital, que los Estados Unidos nunca
anexionarían a Cuba y tengo la más absoluta confianza en la sinceridad
de este gran estadista americano.
Los últimos años de la vida de Martí en Nueva York me son poco
conocidos. Su última carta me revelaba un estado moral deprimido por el
exceso del trabajo, que había creado en su organismo una excitación
nerviosa. «Tengo horror a la tinta, me decía, y desearía huir a los
bosques, aunque me crecieran las barbas verdes, para no ver papeles ni
sentir las fealdades de las gentes». Pasaron algunos años, durante los
cuales solo tuve noticias de él por intermedio de un amigo, cuando un
día recibí un telegrama en que me decía: «deberes ineludibles me llaman
a mi patria y necesito su ayuda, mándeme por cable quinientos dólares».
Mi situación en aquel momento era difícil y me fue imposible ayudarlo.
Tengo, pues, el remordimiento de no haber contribuido con esa suma a la
independencia de Cuba, puesto que en esos días salía Martí de Nueva York
para reunirse con el general Máximo Gómez e invadir la isla, iniciando
la nueva insurrección que dio por resultado la terminación del dominio
español.
La noticia de su muerte en los primeros combates librados entre cubanos
y españoles me produjo hondo pesar. Consideraba a Martí uno de los
hombres de más talento que me había sido dado tratar y su muerte
representaba no solo una pérdida irreparable para Cuba, de la que habría
sido uno de sus preclaros presidentes, sino para la América latina toda,
pues desaparecía el escritor genial en quien el fuego de la solidaridad
americana brillaba con resplandores que iluminaban ambos continentes.