va encontrando ya las células poliédricas primordiales, así como los
rudimentos de un sistema nervioso[41], el espíritu del hombre existía
ya, pero no dividido todavía en seres humanos, sino como una entidad
sintética que dirigía la evolución todavía poco diferenciada de su
planeta. Era un habitante de la nebulosa ígnea que constituía la
Tierra entonces, y engendraba por acción mental, es decir pensaba su
descendencia.
Cuando el planeta entró al estado líquido, aparecieron en su seno
los cristales blandos, los rudimentos de existencias filamentosas
que constituirían la vegetación, y las primeras células animales.
El ser planetario se había dividido en existencias. De éstas, las
destinadas á formar el reino animal, eran inteligencias, es decir
hombres, según correspondía, dado que el hombre era la fuerza superior
en la animalidad, y debía, por lo tanto, aparecer primero. Todas las
formas animales son derivados de aquellas células, ideaciones suyas,
y la escala darwiniana se encuentra así totalmente invertida[42]. El
hombre es, pues, el progenitor del reino animal, explicando esto por
qué repite las características de la serie zoológica durante su vida
intrauterina; argumento el más poderoso del darwinismo para demostrar
que es la síntesis inversa de toda esa serie.
Pero Darwin, urgido por imperativos teológicos, habló del hombre como
del “coronamiento de la escala animal”. La lógica anuló bien pronto
esa capitulación con la Biblia; pues si el hombre no era más que un
peldaño, no había razón para que fuese el superior y el último, sino
uno de tantos. Así, pues, el mono antecesor se ha convertido en un
primo, lo cual ya es algo.
Sin embargo, hay un hecho bastante significativo; y es que el
esqueleto ó los rastros del hombre, coexisten con todas las formas de
vertebrados extinguidos y en todas las épocas geológicas, sin mostrar
alteraciones muy sensibles en su estructura y en su tamaño, lo cual
revela, cuando menos, una estabilidad superior como especie; y teniendo
en cuenta que semejante estabilidad no puede provenir sino de una
organización superior á la de los coetáneos ya desaparecidos, así como
que se requiere una antigüedad muy grande para fijar los caracteres de
una especie cuanto más complejos son[43], parece que la misma ciencia
va demostrando la situación _anterior_ del hombre en el reino animal.
La división que hemos debido establecer entre el hombre como espíritu
de la tierra y como ser material, requiere también una explicación.
En efecto, como espíritu de la tierra, ó sea en su carácter de fuerza
sintética animadora, el hombre es el progenitor de todos los reinos;
pero como ser material, es decir dividido en mónadas[44] activas, se
circunscribe al reino animal. Eso sí, como la ley de vida es una
sola, al constituir el hombre la fuerza superior de la animalidad,
aparece primero.
Teniendo en cuenta, sin embargo, que la vida de los planetas concluye
dentro del ciclo de todo el universo, del propio modo que la del hombre
dentro de la vida del planeta, muchas de esas mónadas quedan detenidas
en su evolución hacia la espiritualidad, cuando el planeta sucumbe.
¿Qué sucede entonces?
Hemos dicho que los astros de un sistema conservan relaciones
magnéticas y luminosas, pudiendo agregar ahora que dichas relaciones
son influencias evidentes, pues la ciencia dice que basta la incidencia
de un rayo de luz sobre un punto para provocar múltiples fenómenos.
Siendo ello así, la energía de esas mónadas pasa á otros astros que se
encuentran en evolución correlativa, para seguir su ciclo en ellos, y
de aquí que el pretendido absurdo de la astrología sea sostenido por
talentos superiores.
Callaremos, no obstante, lo que pasa, para limitarnos á decir lo que
pasó, continuando así nuestras descripciones.
Al entrar la Tierra en el estado líquido, la vida orgánica de la luna
había concluido su ciclo de manifestación, y las mónadas de sus seres
inteligentes debieron pasar á incorporarse en las nuestras. No lo
hicieron como puras energías, sino también como agregados de materia
sutil que se infiltró en la masa de la gigantesca célula humana á modo
de influencia magnética, comunicándole nuevas propiedades, de la manera
que el imán al acero. De aquí las relaciones magnéticas que el estado
líquido conserva con la luna bajo la forma de mareas.
El vehículo de que esos espíritus lunares se valieron para venir á la
Tierra, fué el cono de sombra que ésta proyecta sobre la luna, y que
durante los eclipses nos trae exhalaciones maléficas de aquel astro;
pues siendo él un cadáver, no ha de exhalar vida naturalmente. Esto
explica la tradición en cuya virtud los chinos y muchas otras gentes,
alborotan durante los eclipses “para ahuyentar á los malos espíritus”.
El cono de sombra es tan objetivo para esas formas sutiles, como
un chorro de agua ó una columna de humo; pues siendo la luz el más
poderoso agente de eterización de la materia, donde ella falta, es
decir donde hay sombra, la materia es más densa y puede servir de
vehículo. Cuando se dice que la luz ahuyenta á los espectros, se
expresa una verdad más grande de lo que parece; y cuando los “bárbaros”
hacen ruido para producir un efecto igual, por estar la luna oculta,
echan mano de un agente (el sonido) que según se ha visto es una fuerza
primordial, pues es la que ordena los átomos en series armónicas. La
luz y la música, son enemigas de la muerte.
Muchos errores había cometido el hombre, espíritu puro sin conciencia,
en sus engendros de la animalidad, así como en los tanteos para adoptar
su propia forma; y de este modo, sobre el glutinoso mar primitivo, iban
formándose los monstruos (fracasos) cuya descendencia estudia nuestra
paleontología.
Sobre un coágulo de temblorosa albúmina, aparecía de pronto un inmenso
ojo azul; una pulida mano, que al carecer de huesos[45] era más tierna
aún, surgía de la antena de un molusco monstruoso; peces con cara
humana, copos de nácar fluido en cuyo centro latían con intermitente
fosforescencia glándulas pineales; serpientes engendradas por el simple
movimiento de las olas coloidales, y aniquiladas de pronto en una
multitud de cabecitas de pájaro; membranas de colores esbozando en su
tornasol complicaciones intestinales y vesículas natatorias...
Los espíritus de la luna trajeron al hombre su experiencia, es decir
le dieron la percepción mental que puso orden en aquella confusión;
pero esto no bastaba; requeríase aún la conciencia y la memoria
para que aquel espíritu tuviera responsabilidad, ó sea para que se
individualizara del todo, aprendiendo á causar su propio destino.
Entonces los espíritus solares se esparcieron por el planeta.
Iban á ayudar al hermano inferior en su obra, que la simple ley
evolucionaría habría llevado á término; pero que por este acto, se
adelantaba hacia la perfección, economizando edades[46]. Éste era un
deber (como lo es todo acto caritativo) un deber de los espíritus
solares; pero muchos de ellos no quisieron llenarlo, por no descender
de su rango superior. Llegó un momento, sin embargo, en que la ley
evolucionaría los impelió á cumplir como fatalidad lo que habían
rehusado como deber[47]; y entonces debieron encarnarse en las
mónadas que les tocaba animar; pero éstas, mientras tanto, habían
seguido cometiendo errores, que refluyeron sobre los que habrían debido
impedirlos animándolas, y es así cómo esas mónadas se encontraron
retrasadas en su evolución.
Comprendiendo, entonces, que durante la vida de este globo no pueden
alcanzar la perfección de los otros, continúan entregadas á la
fatalidad, que es la transgresión del deber, es decir _haciendo mal_.
El bien y el mal, las diferencias de calidad, de inteligencia, etc., en
los hombres, quedan así explicados en carácter de fenómenos lógicos y
productos de la conciencia espiritual. Así es cómo, únicamente, el mal
no viene á ser una forma del bien, según el conocido sofisma deísta;
y cómo el dualismo de Dios y de Satanás, no es tampoco un imperativo
categórico. Hay condenados por su culpa (por no haber animado
voluntariamente las mónadas) pero su condenación no es eterna, sino
respecto al ciclo de evolución de este planeta. Los que han preferido
obrar como fuerza ciega, son las víctimas de la fatalidad[48].
Sólo falta por agregar ahora, que así como después de reingresar en la
energía absoluta, el universo vuelve á ser materia, mundos y hombres
hacen lo propio en ciclos equivalentes á la duración de sus vidas; y
que de tal modo, la reencarnación humana resulta una ley racional y
necesaria[49]. Necesaria sobre todo, si á los actos de su corta vida no
han de corresponder, contra toda razón y toda justicia, _eternidades_
de gloria ó de tormento. Una sola es la ley de la vida, lo mismo para
el insecto que para la estrella[50].
NOTAS:
[41] Porque el vegetal es un reino intermedio entre los otros dos y
participa de la naturaleza de ambos.
[42] Esto explica por qué en el Génesis, Adán “da nombre” ó lo que es
igual especifica á los animales que ya estaban creados por Dios; es
decir que existían como meras potencialidades sin objetividad alguna,
en la mente del espíritu director del planeta.
[43] Ésta es la respuesta á los que objetan que ciertos insectos viven
también con su forma adquirida, desde remotas edades geológicas, por
más que ninguno alcance á la antigüedad del hombre.
[44] Usamos el término como una semejanza, y advirtiendo que estas
mónadas tienen la misma existencia incorpórea de los átomos, ya
descripta en otro lugar, siendo substancialmente idénticas á los
átomos minerales ó vegetales, pero en otro estado de vida, según los
antecedentes del ser que las engendra.
[45] No se olvide que el estado sólido no existía aún, y téngase
presente que aun después de existir, el fosfato de cal un producto de
los moluscos primitivos fué de los últimos en aparecer.
[46] Éste es el origen del mito de Prometeo, un numen que roba fuego
para los hombres. Cuando se sabe que Prometeo viene _de pro-methis_,
“premeditación”, el mito resulta enteramente claro.
[47] Cumplir un deber indicado por la razón, es adelantarse á la
ley fatal, activando la vida consciente, ó sea produciendo un acto
meritorio; pues siendo la razón un ser superior al hombre, si bien
encarnado en él--el espíritu solar mismo--ella es realmente la guía del
hombre. Así se explica satisfactoriamente el bien y la superioridad en
apariencia paradógica de la razón humana, que, estando en el hombre, es
superior al hombre y da leyes á su existencia.
[48] Éste es el concepto del pecado cuando se lo considera
individualmente. Pecado es ignorancia, es decir fuerza ciega, según la
propia definición teológica.
[49] Conviene no olvidar que la razón de estos regresos á la vida, está
en la ley de causalidad puesta en acción por el mismo ser que sufre sus
consecuencias.
[50] Repetimos que toda esta cosmogonía es sólo un esquema. La
evolución de las razas humanas, así como la explicación detallada de
las relaciones interplanetarias, excederían de su objeto; pero algo
me dice que he de volver á encontrar un día las huellas de mi augusto
revelador.
EPÍLOGO
Y mi extraño interlocutor calló durante una hora cuyo silencio no me
atreví á turbar.
Sobre nuestras cabezas palpitaba de astros la inmensidad transparente y
obscura. Su antigüedad formada por el transcurso de todos los tiempos,
era, no obstante, ligera como un aroma; su profundidad estaba serena
como un sueño en paz.
En el silencio de aquella noche, ante la cordillera ahí erguida como
una presencia superior, tenía realmente la elevación de una idea.
Estrellas y sombra, infinito y eternidad, componían para mi mente en
comunión con ellos, esa armonía del silencio que presta alas al éxtasis.
Pero semejante grandeza no me anonadaba. Era grata por el contrario á
mi pequeñez, y experimentaba ante ella, como ante una madre, la dulce
seguridad de un niño desnudo.
Los misterios cuya exposición había oído, eran poca cosa ante aquél
mucho más grande de todos los astros del firmamento, concentrando
sus rayos en mi pobre ojo humano, inconcebiblemente pequeño ante el
universo, y subordinados por la mísera chispa de mi cerebro al imperio
de una ley; pues á través del frágil cristal de mi ojo, el universo
entero estaba en mí, y todos sus astros brillaban en mí como si yo
hubiera sido el infinito.
Música de las esferas que el iniciado heleno concibió en su sistema:
¿qué necesidad tenía de oirte con mis orejas, si tu transporte
comunicaba á mi ser la beatitud inefable? Espectáculo de la bóveda
estrellada, siempre el mismo y nunca monótono para el humano en
meditación: ¿qué mérito mayor podía atribuirte que el de consolar mis
tristezas? Condición humana, dulcemente grata en tu pequeñez, puesto
que á ella debes la dicha de adorar; vida del hombre, preciosa en su
fugacidad de soplo, ya que ésta misma te acerca á la inmortalidad:
nunca como aquella noche comprendí vuestro destino, uno con el infinito
y siendo el infinito mismo, á la manera del rayo solar que tamizado por
el más pequeño poro, lleva no obstante á la pupila la sensación de todo
el sol.
Mi interlocutor hizo un movimiento como si despertara, y alzando su
mano señaló el cielo del sur.
Las nubes magallánicas rozaban el horizonte con sus lejanos tules,
evocando recuerdos de navegación y de noches antiguas.
Eso, dijo el sabio, aquellas manchas negras, sombra de la sombra, que
la astronomía llama sacos de carbón, son sitios de futuros universos,
abismos de pensamiento eterno donde reposa la eterna vida.
¿Qué fueron, qué son, qué serán? Un silencio más hondo que la muerte,
el silencio mismo del no ser, guarda ese secreto. Los rayos de todos
los astros son impotentes para penetrar esa sombra cuya existencia es
tan real como la de la luz, puesto que se destaca sobre la otra sombra
que es diminución de luz, siendo tinieblas existentes por sí mismas.
¿Cómo explica la ciencia la impenetrabilidad de esas sombras al rayo
estelar? No lo explica. ¿Qué conjetura sobre su naturaleza? Nada
conjetura. Ante esos abismos donde piensa la eternidad y no existe el
tiempo; donde el sol más flamígero se apagaría como un candil en una
cueva; donde el silencio mismo no existe, donde la extensión misma no
es concebible--el pavor de lo absoluto paraliza aun al rayo de luz que
la inmensidad no detiene.
Pero un día, cuando nuestro universo esté quizá disuelto en una
nubecilla atómica, el seno de esas tinieblas se estremecerá
al impulso del rayo inicial, y los abismos estelares volverán á
transformarse en soles. Quizá nosotros mismos seamos los animadores de
esa vida, y así como ahora pensamos ideas, pensemos entonces espíritus
vivientes.
Pero nuestras ideas son también espíritus, espíritus que aspiran á
realizar, como los astros en el cielo y las flores sobre la Tierra, no
la sombría _struggle for life_ de la ciencia, sino la divina _struggle
for light_ de los seres superiores...
Su estatura parecía haber crecido hasta sobrepasar la vecina montaña;
no era ya más que una larga niebla confundiéndose con la vía láctea en
el fondo del horizonte. Y fuese ilusión de mi mente sobrexcitada, ó
maravillosa realidad, es lo cierto que sin darme cuenta del prodigio,
estaba viendo, desde hacía un rato, emblanquecer su rostro entre las
estrellas.