El doctor, entre tanto, presa de una emoción que en vano intentaba

reprimir, medía el aposento á grandes pasos. Por fin se aproximó al

aparato diciendo:

--El experimento está concluido. Rompamos ahora el recipiente para que

este líquido pueda escapar evaporándose. Quién sabe si al retenerlo no

causamos la congoja de algún alma...

Practicóse un agujero en la pared superior del vaso, y el líquido

empezó á descender, mientras el ruido mate de un escape se percibía

distintamente.

De pronto noté en la cara del doctor una expresión sardónica

enteramente fuera de las circunstancias; y casi al mismo tiempo, la

idea de que sería una inconveniencia estúpida saltar por encima de

la mesa, acudió á mi espíritu; mas apenas lo hube pensado, cuando ya

el mueble pasó bajo mis piernas, no sin darme tiempo para ver que el

doctor arrojaba al aire como una pelota su gato, un siamés legítimo,

verdadera niña de sus ojos. El cuaderno fué á parar con una gran

carcajada en las narices del doctor, provocando por parte de éste una

pirueta formidable en honor mío. Lo cierto es que durante una hora,

estuvimos cometiendo las mayores extravagancias, con gran estupefacción

de los vecinos á quienes atrajo el tumulto y que no sabían cómo

explicarse la cosa. Yo recuerdo apenas, que en medio de la risa,

me asaltaban ideas de crimen entre una vertiginosa enunciación de

problemas matemáticos. El gato mismo se mezclaba á nuestras cabriolas

con un ardor extraño á su apatía tropical, y aquello no cesó sino

cuando los espectadores abrieron de par en par las puertas; pues el

pensamiento puro que habíamos absorbido, era seguramente el elíxir de

la locura.

El doctor Paulin desapareció al día siguiente, sin que por mucho tiempo

me fuese dado averiguar su paradero.

Ayer, por primera vez, me llegó una noticia exacta. Parece que ha

repetido su experimento, pues se encuentra ahora en Alemania en una

casa de salud.

ENSAYO

DE

UNA COSMOGONÍA

EN DIEZ LECCIONES

ENSAYO DE UNA COSMOGONÍA EN DIEZ LECCIONES

PROEMIO

Hallándome cierta vez en un paso de la cordillera de los Andes, hice

conocimiento con un caballero que allí moraba desde poco tiempo atrás,

por cuenta de cierto sindicato para el cual estaba efectuando una

mensura.

Era un hombre alto, moreno, en cuyo tipo resaltaba ante todo una gran

distinción, á poco acentuada por el encanto de su lenguaje.

Un accidente montañés, que inutilizó por varios días á mi peón de mano,

me obligó á compartir su real de agrimensor con cierto exceso quizá;

pero mi hombre merecía aquel corto sacrificio de tiempo, y yo, además,

no llevaba prisa.

Arrobado verdaderamente por su conversación, confieso que las horas

se me iban sin sentirlo, así las ideas expresadas por aquellos labios

fuesen de las más extraordinarias; pero entre ellas y su autor, había

cierta correlación de singularidad que las hacía enteramente aceptables

mientras él hablaba.

En el hombre aquél, el tipo era tan indefinible como la edad, bien

que á primera vista se le atribuyera una vigorosa juventud y una

procedencia americana; pero éstas pueden ser ocurrencias mías en las

cuales ruego al lector que no insista.

Nuestras pláticas--sus conferencias mejor dicho--dejaron en mi ánimo

una gran impresión á la cual contribuirían ciertamente la soledad

inspiradora de las noches andinas, la comunión de naturaleza que

sugería su serenidad, y el silencio divino de las estrellas; pero cuyo

mérito intrínseco bien merecía el estupor de un mortal.

Una de aquellas noches, cerca del fuego medio apagado, mientras los

peones reparaban en el sueño las fatigas del día, escuché la revelación

que procuraré transmitir tan fielmente como me sea posible, ya que

no se me exigió secreto alguno. Por mucho que difiera de las ideas

científicas dominantes, el lector apreciará su concepción profunda, su

lógica perfecta, y comprenderá que explica bastantes cosas con mayor

claridad aún. He meditado bien antes de decidirme á publicarla, pero

dos circunstancias me han impulsado sobre todo. La primera es que, á

pesar de las más prolijas indagaciones, no he podido encontrar indicio

alguno de aquel casual interlocutor, pues todas las señas que me dió á

su respecto han resultado inciertas; la segunda es la facilidad con que

me hizo el confidente de sus revelaciones. Estas dos circunstancias, me

hacen creer que yo fuí tomado como agente para comunicar tales ideas,

papel que acepto desde luego con la más perfecta humildad.

La ocultación del revelador podría infundir sospechas; pero el lector

verá que ella era innecesaria dada la naturaleza de sus enseñanzas,

y que, en todo caso, responde á la decisión de no decir más, ó á la

modestia. Ambas cosas respetables.

Para no caer en conjeturas, lo mejor será abordar cuanto antes el

asunto.

PRIMERA LECCIÓN

EL ORIGEN DEL UNIVERSO

La vida, que es la eterna conversión de las cosas en otras distintas,

abarca con su ley primordial el universo entero. Todas las cosas

que son dejarán de ser, y vienen de otras que ya han dejado de

ser. Tan universal como la vida misma, es esta periodicidad de sus

manifestaciones.

El día y la noche, el trabajo y el reposo, la vigilia y el sueño, son

como quien dice los polos de la manifestación de la vida. Engendrándose

unos á otros y permutándose, es como engendran los fenómenos. Toda

fuerza será inercia y toda inercia será fuerza. Siendo ambas _vida_ en

su esencia, su identidad radical es lo que produce sus permutaciones.

Su diferencia aparente, la contradicción en que parecen hallarse, es

sencillamente una diferencia de magnitudes: _la noche es menos día_, y

así en lo demás.

Ahora bien, toda magnitud es una progresión y de esto depende que no

haya brusquedad en los cambios de estado de las cosas. Así es como la

continuidad de la vida se mantiene en la periodicidad.

Vivir es estar continuamente viniendo á ser y dejando de ser. Cada

uno de los focos donde esto se opera--átomo ó planeta, célula ú

organismo--es una vida. Ese equilibrio infinitamente instable, sin

duración puesto que la más mínima permanencia en uno ú otro de los

estados que lo forman, lo anularía ya; y sin tiempo, puesto que es una

coincidencia de ser y de no ser--ese equilibrio es lo que se llama la

existencia. Dejar de existir es acabarse ese equilibrio; entrar el ser

á un estado inconcebible. En nuestro universo, _lo que viene á ser_

se llama _materia_, y _lo que deja de ser_ se llama _energía_, pero

claro está que estas cosas figuran aquí como entidades abstractas. No

obstante, como las manifestaciones polares de la vida se permutan,

lo que viene á ser, es decir, la materia, proviene de la energía y

vice-versa.

Si toda magnitud es una progresión, su crecimiento y su decrecimiento

deben tener una duración equivalente, y éste es otro carácter de la

periodicidad en las manifestaciones de la vida. El isocronismo de las

oscilaciones pendulares, materializa en forma visible tal ley.

Estas consideraciones que en nada afectan á las ideas científicas y

filosóficas de nuestra época, son necesarias para que se comprenda

mejor la exposición del sistema cosmogónico.

Un universo que nace, es el producto de un universo que fué, y basta

para demostrarlo, que ese universo haya nacido: _ex nihilo nihil_.

Los universos acaban como manifestación material, convirtiéndose en

energía pura según la ley fundamental de la vida, y en este último

estado permanecen por una duración equivalente á la que tuvieron como

materia. Esta duración, que respecto á la materia es un reposo absoluto

en el cual no hay tiempo ni ninguna otra idea proveniente de la

relación de magnitudes, pues al no existir la materia no hay magnitud

de ningún género--esta duración es la eternidad. Eternidad significa,

como es sabido, ausencia de tiempo.

Semejante estado, que es el no existir de que hablábamos más arriba,

es un estado inconcebible como decíamos también. Hay, pues, una

imposibilidad absoluta para especular á su respecto. Sólo podemos saber

que es energía incondicionada.

Los antiguos decían que las tinieblas son luz absoluta; y siendo la luz

una forma de energía, la forma más elevada mejor dicho para nuestra

percepción, luz pura, es decir, energía pura, equivale á aquel estado

inconcebible, ó sea á las tinieblas: luz absoluta. La ciencia habla

ahora de _luz negra_, exactamente como el _Zohar_, libro hebreo más

antiguo que la Biblia; y esta luz negra parece ser la forma más sutil

del éter, teniendo una absoluta fuerza de penetración. Resulta superior

á la otra luz, bien que sea invisible[1].

Transcurrida la duración de un universo como energía pura, la ley de

periodicidad lo llama de nuevo á la existencia material; pero esta

nueva existencia no será, naturalmente, una repetición de la antigua.

Constituirá, por el contrario, una continuación de las actividades

que cesaron al dejar de existir ese universo, y que han permanecido

latentes en el seno de la absoluta energía[2]. De otro modo se volvería

atrás, y la naturaleza nunca vuelve atrás.

¿Pero qué habrá podido ser, supongamos, el universo anterior al

nuestro; aquél de que el nuestro procede?

Siendo una en realidad la ley que rige las manifestaciones de la vida

bajo determinadas formas, la más simple desviación de ella implica el

cambio de todas estas formas. Así, por ejemplo, nuestro universo tiene

por base la curva; todo la presupone en él; todas nuestras percepciones

dependen de este acomodo fundamental. Supongamos que en vez de ser la

curva fuese la recta. El universo se convertiría en algo enteramente

imperceptible para nosotros, y hasta podría coexistir con nuestro

universo actual, sin la más mínima sospecha de nuestra parte. Ahora,

si conjeturamos--lo que es bien posible--otros conceptos geométricos y

otras formas de universos, el problema se simplifica más aún. Quizá el

“mundo invisible” que nos rodea y se comunica á veces con nosotros bajo

formas tan extrañas, no sea sino esto; y con una existencia tan real,

tan material como el nuestro, nos resulta del todo imperceptible.

El universo antecesor del nuestro, había regresado, pues, á su estado

de éter puro, de pura energía al concluir un ciclo de evolución bajo

determinadas formas, cuyo desarrollo al entrar de nuevo en el período

material, engendraría nuestro universo curvilíneo.

Este determinismo cósmico, nada tiene de violento para nuestros

conceptos científicos; y quizá más pronto de lo que se cree, las

especulaciones sobre la cuarta dimensión del espacio puedan darnos un

esquema del origen de nuestra geometría.

Pero lo interesante es describir el proceso de la organización de la

materia tal como la conocemos.

SEGUNDA LECCIÓN

EL ORIGEN DE LA FORMA

Cuando el éter puro en que se disolvió un universo, ha tenido una

duración equivalente á la de éste, ocurre en él un cambio de estado. La

vida, ya lo hemos dicho, es un eterno cambiar de estado.

La primera manifestación de esto en el éter del cual nuestro universo

procede, fué un movimiento. Sabemos que las diversas manifestaciones

de la electricidad, son cambios de estado por el movimiento; de tal

modo que basta mover con velocidad uniforme un cuerpo cargado de

electricidad estática, para que ésta se vuelva corriente voltaica; y

que basta con variar esa velocidad, para producir la inducción, es

decir, tres electricidades distintas.

Ahora bien, los primeros fenómenos del éter que va á organizarse en

materia, presentan una gran analogía con estos cambios de estado, pues

la primera manifestación del éter es, en efecto, electricidad.

Para seguir con la analogía, conviene recordar que la electricidad

en el vacío produce los rayos catódicos y los rayos _x_. La ciencia

acaba, de descubrir los rayos _γ_, más poderosos aún, pues atraviesan

todos los obstáculos y no hay fuerza que pueda desviarlos. Este

estado, todavía mal conocido de la electricidad, esta “luz” invisible

que sólo presenta una analogía lejana con la luz habitual, es la

primera manifestación material del éter. Es electricidad puramente

dinámica en una forma que no podemos concebir ahora, según lo prueba

su indiferencia ante todos los obstáculos y todas las fuerzas. Es

el primer ser del universo, el universo mismo, puesto que todas las

formas que han de componerlo, serán sus desdoblamientos; y he aquí por

qué la antigua sabiduría llamaba á la electricidad _alma del mundo_.

Representa el mundo de una sola dimensión, el mundo de la longitud

absoluta, inconcebible para nosotros á no ser como una mera abstracción.

La propagación de este rayo es rectilínea, pero su forma es

ondulada; y á medida que se propaga, van agrandándose naturalmente

sus ondulaciones. Como el absoluto dinamismo posee una tendencia á

convertirse en electricidad[3] estática, pues á esto se debe su

manifestación en forma de “luz” _γ_, llega un momento en que las

ondulaciones dividen el rayo en trozos venciendo su cohesión; y como

estas ondulaciones son arcos de círculo, sus extremos, libres de toda

solicitación por otras fuerzas, se buscan, se unen y forman ruedas en

el espacio.

La ondulación, levísima al principio en el rayo _γ_, empieza siendo una

tendencia hacia la segunda dimensión, la latitud; pero ésta no alcanza

manifestación real sino al formarse los primeros círculos. El mundo de

la longitud absoluta, el mundo de una dimensión, era, como es claro, el

mundo de lo uniforme; un simple movimiento sin puntos de referencia,

tan abstracto para nosotros como una idea, pero con existencia real. La

transformación de la electricidad puramente estática en electricidad

dinámica, es, pues, lo que engendra la segunda dimensión--la latitud--y

con ella la superficie, es decir la forma.

Esta tendencia de la energía á permanecer, cambiando su movimiento

absoluto en equilibrio, ó sea engendrando el principio de inercia,

constituye la fuerza original en el nacimiento y organización de

la materia; sin serlo todavía en nuestro supuesto universo de

dos dimensiones, aunque en él existan ya la forma y la magnitud.

Predomina en él todavía el dinamismo, pues la materia, es decir

el equilibrio de fuerzas que conocemos bajo semejante nombre, no es

posible sino en el espacio de tres dimensiones; cuando el equilibrio

entre la electricidad estática y la dinámica, engendra la tercera

dimensión.

Sábese, en efecto, que el único carácter constante de la materia, el

que permanece bajo los diversos estados que ella puede asumir, es el

peso; y el peso no puede existir sin volumen, ó lo que es lo mismo, sin

la tercera dimensión.

Así, pues, las ruedas formadas por la división del rayo original,

son simples manchas de luz en el espacio, pero carecen de volumen.

Tienen magnitud y forma, pero no son materia aún, pues la forma y la

magnitud _anteceden_ á la materia. Por absurdo que esto pueda parecer,

basta recordar la mancha de luz producida por la reflexión solar en un

espejo. Tiene forma y magnitud; pero, ¿es materia?...[4].

TERCERA LECCIÓN

EL ESPACIO Y EL TIEMPO

Entre tanto, el espacio ha nacido con la manifestación de la vida, pues

el dinamismo absoluto del éter puro excluye el espacio. El mundo de una

dimensión, que supone un espacio de una dimensión también, da á éste

su propio carácter inconcebible á no ser como abstracción. Conviene

recordar que el concepto del espacio, nace para nuestra mente por

comparación entre magnitudes de materia y de movimiento; y que siendo

así, son éste y aquélla los que engendran el espacio.

Por incomprensible que sea el espacio, su objetividad es evidente,

pues siempre lo concebiremos como un cuerpo, aunque sea ilimitado é

inmaterial. El hecho de que es _algo_, prueba su objetividad, y desde

este punto de vista su materialidad también[5]. Spencer ha demostrado

en los _Primeros_ _Principios_, que científicamente equivale á un

sólido perfecto, pues si se le supusiera la más mínima solución de

continuidad, la transmisión de la luz sería imposible, por ejemplo;

pero como no es un sólido, y como los sólidos tampoco poseen la

continuidad perfecta que excluiría, por otra parte, toda vibración,

debe ser algo homogéneo é inmaterial á la vez, desde el punto de vista

de la materia ponderable: el mundo de una dimensión, es decir, la

primera manifestación de la vida, que está eternamente convirtiéndose

en los otros estados más complejos.

Precisamente al convertirse en el segundo estado, adquiere el espacio

la extensión, si bien continua siendo inconcebible para nuestra mente.

Necesita llegar á la tercera para ser el espacio concebible, el

objeto ilimitadamente hueco donde todo se mueve; pues ésta es nuestra

concepción del espacio.

El tiempo es lo mismo que el espacio esencialmente, si bien no existe

en el mundo de una dimensión. Es también una relación de magnitudes,

pero con referencia á la duración de los seres, mientras que el espacio

no necesita de ella para existir. Ahora bien, el rayo absolutamente

longitudinal del primer mundo, es eterno como manifestación vital,

puesto que sólo puede concluir en un estado negativo donde no hay

espacio ni abstracciones siquiera: la energía absoluta de donde

procede; pero las manchas luminosas del segundo estado de vida, pueden

morir, es decir transformarse, y aquí cabe ya el tiempo. Por lo demás,

el rayo primordial es unidad absoluta como manifestación vital[6],

mientras las manchas son varios seres; cabe ya entre ellas la relación

de existencia á que debe la suya el tiempo, pues una puede morir

mientras las otras permanecen, engendrando así la relación.

Tenemos, entonces, que en el mundo de dos dimensiones, poblado

únicamente por esas vastas y sencillas existencias cósmicas que son las

manchas de luz, existe ya el espacio como _magnitud_, si bien no como

_extensión_[7] todavía; y el tiempo en su concepto actual.

Podrá objetarse que siendo el tiempo y el espacio estados de

conciencia, nuestras consideraciones son pura dialéctica; pero nosotros

replicamos--y muy luego se verá el desarrollo de esto--que todas

esas manifestaciones de la vida, de las cuales proceden el espacio y

el tiempo, son estados de conciencia, _puesto que son pensamiento_.

Así, pues, seguiremos la descripción del proceso vital de nuestro

planeta[8].

CUARTA LECCIÓN

LOS ÁTOMOS

Las ruedas de luz continúan moviéndose en el espacio con la velocidad

del rayo de que proceden; pero esta velocidad que era infinita en la

longitud absoluta, lo cual da un carácter más abstracto aún á ese

primer mundo de una dimensión, se convierte en rotatoria por la forma

circular de las manchas. Éstas, seres unitarios como formas, si bien

como vidas[9] son ya compuestas por el equilibrio de dos fuerzas,

constituyen toda la población del espacio.

Sin embargo, la luz no era uniforme en todos los puntos de su

superficie, pues se debilitaba hacia el centro; y sucedió que los

puntos de mayor intensidad fueron los vértices de otros tantos

polígonos regulares, primeras formas en la rueda luminosa que era la

única hasta entonces.

Nuestra electricidad reproduce ahora este fenómeno; pues es sabido que

en el fluido eléctrico acumulado sobre la superficie de un cuerpo, se

provoca la formación de polígonos regulares por la proximidad de varios

mecheros que ionizan[10] la electricidad. Esta propiedad de engendrar

en su seno formas geométricas por acciones análogas, es común á todos

los fluidos, así sean líquidos dispuestos en capas delgadas, ó metales

en fusión bruscamente enfriados; y es ella la que, constituyendo una

ley primordial como acaba de verse, engendra la tendencia hacia la

cristalización, que todos los sólidos manifiestan. Pero ya veremos esto

mejor en la parte relativa al origen de la vida orgánica.

Dichos polígonos son las primeras diferenciaciones individuales de la

energía absoluta, consistiendo su tarea vital en marchar armónica y

proporcionalmente con la rotación y la traslación de la mancha luminosa

donde toman origen, y en el mismo sentido que ella. No existe, pues,

para ellos, _adelante_ ni _atrás_, conservando desde este punto de

vista la tendencia del rayo primordial hacia el movimiento en un solo

sentido. Disminuidas ó aceleradas sus velocidades, la línea que los

forma se rompe y el ser perece: reingresa en el no ser, que es para él

el ser absoluto, el infinito. Éste es el concepto superior de la muerte.

Semejantes seres, son lo que en nuestro lenguaje se llama “espíritus”,

es decir existencias incorpóreas, bien que limitadas y dinámicas; y

así es cómo procediendo la materia, de la energía pura localizada en

movimiento, en forma, en extensión, el espiritualismo resulta una

consecuencia lógica de la organización universal, y la inmortalidad

del alma un fenómeno natural en el universo. Más adelante veremos que

esas fuerzas primordiales tienen que ser inteligencias y voluntades en

acción, si la ciencia positiva no quiere caer en el mismo contrasentido

que las religiones, asignando al hombre un papel extranatural.

La vida que para esos seres rectilíneos es moverse en una sola

dirección, dinamiza á su paso la luz amorfa incorporándola á cada

uno de ellos, pero sin conservarla en él. En realidad lo único

que permanece _es la idea de la figura_, una existencia puramente

espiritual[11], como que es una idea solamente, y á la vez

inmaterial, sin emociones y sin desgaste. Rotos los polígonos, se

desvanecen en un ángulo infinito, pues son organismos unitarios en su

esencia, bien que ya poseen forma, magnitud y movimiento. Su tarea es

preparar la luz amorfa para la futura atomización, pues estas formas

geométricas superficiales son los esbozos de los átomos.

Las ruedas luminosas han seguido, entre tanto, su curso por el

infinito; pero como proceden de muchos puntos á la vez, y como su

traslación se verifica en sentido rectilíneo bajo el impulso del rayo

primordial, hay entre ellas acercamientos y conflictos. Éstos no son

otra cosa que la absorción de unas ruedas por otras de mayor magnitud

ó velocidad, es decir, nuevos cambios de estado equivalentes á nuevas

formas de vida.

Pero las fuerzas tangenciales que estos choques engendran[12], unidas

á una menor actividad central de las ruedas, por efecto de su propia

forma, inicia en éstas un principio de expansión que las convierte en

lentejas, originando la tercera dimensión y por consiguiente nuestro

espacio. Esta fuerza obra de dentro hacia afuera, hasta convertir

las lentejas en esferas huecas, existiendo en nuestro mundo una

analogía sencillísima para objetivar el procedimiento. Nos referimos

á las pompas de jabón, que la fuerza del soplo originario agranda,

engendrando á la vez un rapidísimo movimiento rotatorio de sus

partículas, perceptible claramente á simple vista[13].

Esta fuerza expansiva transforma los polígonos absolutamente

superficiales, en poliedros; es decir, divide la luz dentro de la

cual eran formas lineales, en partículas poliédricas. Ahora bien, si

las ruedas de luz conservaban la velocidad del rayo primordial, y los

polígonos formados en ellas marchaban con la misma velocidad según

hemos visto; como en cada punto donde se hallaban dichas figuras

dinamizaban la luz amorfa, geometrizándola[14] á la vez en otros tantos

polígonos, y como aquella velocidad era prácticamente infinita, resulta

que no había punto de la rueda que no estuviera contenido en una de

dichas formas. Al convertirse éstas en poliédricas por electo de

la expansión de toda la masa, que adquirió así la tercera dimensión,

dicha masa quedó formada por poliedros innumerables, que constituyeron

los átomos. Las masas fueron lo que conocemos astronómicamente por

nebulosas.

Ahora, una explicación más detallada del fenómeno:

Cualquiera entiende que el número de puntos en que puede dividirse una

superficie (las ruedas de luz) es infinito; y si es infinita también la

velocidad de la fuerza divisora, quiere decir que la masa, en cualquier

momento, se encuentra dividida en infinito número de puntos. No

pudiendo éstos ser materiales por causa de su divisibilidad infinita,

deben ser simples centros de fuerza, y la expansión de ésta tiene que

resultar poliédrica para que todos sus planos de desarrollo puedan

coincidir y no queden huecos en la masa.

Esto fué lo que sucedió, según hemos visto[15].

Las Fuerzas Extrañas · 第 8 / 11 段