CAPÍTULO XV

PRINCIPIO DE LA LEYENDA DE JESÚS -- IDEA QUE TIENE ÉL MISMO DE SU

MISION SOBRENATURAL

Cuando Jesús volvió á Galilea, no conservaba en su corazon ni un átomo

de fe judía, y entónces se le ve lleno de entusiasmo revolucionario,

expresando sus ideas con perfecta claridad. Los inocentes aforismos

de su primera edad profética, tomados en parte de la doctrina de

los rabinos anteriores á él, y las bellas predicaciones morales de

su segundo período, se han convertido en una política decisiva. La

Ley quedará abolida, y es él quien la abolirá[614]. El Mesías ha

venido, y no es otro que él, Jesús; el reino de Dios se revelará bien

pronto á los hombres, y es él quien habrá de revelarle. Jesús sabe

que será víctima de su atrevimiento; pero el reino de Dios no puede

ser conquistado sin violencia; debe establecerse por medio de las

conmociones y de las penalidades[615]. El «Hijo del hombre» vendrá

despues de su muerte, lleno de gloria y en compañía de legiones de

ángeles, á confundir á aquellos que le rechazaron.

No debe sorprendernos la audacia de semejante concepcion. Desde hacia

mucho tiempo, Jesús se consideraba respecto á Dios, como un hijo

respecto á su padre. Lo que en otros habria sido vanidad insoportable,

no debe mirarse en él como un atentado.

El primer título que aceptó fué el de «Hijo de David», y probablemente

le aceptó sin recurrir á los inocentes fraudes por medio de los cuales

se trató de asegurársele. Segun parece, la familia de David se habia

extinguido desde hacia mucho tiempo[616]; los Asmoneos no pretendieron

jamás atribuirse tal descendencia; y ni á Heródes ni á los romanos les

pasó por la mente el que existiese en torno de ellos un representante

de los derechos de la antigua dinastía. Pero desde el fin de los

Asmoneos, todas las imaginaciones deliraban con un descendiente

desconocido de los antiguos reyes, el cual vengaria á la nacion de sus

enemigos. La creencia general era que el Mesías sería hijo de David, y

que, como él, naceria en Bethlehem[617]. Sin duda no fué éste el primer

sentimiento de Jesús; el recuerdo de David, que preocupaba á la mayoría

del pueblo judío, nada tenía de comun con su reino celestial. Creíase

hijo de Dios y no de David; su reino y el rescate que meditaba, eran

de otra especie muy distinta. Pero respecto á esto, la opinion general

violentó hasta cierto punto sus intenciones. La consecuencia inmediata

de esta proposicion: «Jesús es el Mesías», era esta otra: «Jesús es

hijo de David.» Así, pues, dejóse dar un título, sin el cual no podia

prometerse éxito alguno, y concluyó, á lo que parece, por adoptarle con

el mayor gusto, puesto que se apresuraba á ejecutar los milagros que se

le pedian, interpelándole de ese modo[618]. Verdad es que en esto, como

en otras várias circunstancias de su vida, Jesús no hizo sino amoldarse

á las ideas que más boga alcanzaban en su tiempo, aunque aquellas

ideas no fuesen precisamente las suyas. Á su dogma del «reino de Dios»

asociaba todo cuanto podia contribuir á enardecer el corazon y la

imaginacion del pueblo. Así es como le hemos visto adoptar el bautismo

de Juan, ceremonia que en rigor no debia importarle gran cosa.

Una grave dificultad se presentaba respecto al título mencionado,

cual era su nacimiento en Nazareth, circunstancia conocida de todo el

mundo. ¿Tuvo Jesús que luchar contra esta objecion? Se ignora. Quizás

este inconveniente no se presentó nunca en Galilea, en cuya comarca

no se hallaba muy extendida la idea de que el hijo de David habia de

ser un bethlehemmitano. Para el idealista galileo, el título de Hijo

de David estaba, por otra parte, suficientemente justificado con tal

de que aquel á quien se le concediese, realzase la gloria de su raza

é hiciera lucir dias de ventura en el oriente de Israel. ¿Autorizó

Jesús con su silencio las genealogías ficticias que sus partidarios

imaginaron para probar su régia estirpe?[619]. ¿Tuvo noticia de las

leyendas inventadas para hacerle nacer en Bethlehem, y en particular

del rodeo de que se valieron para relacionar su orígen bethlehemmitano

con el empadronamiento que se verificó por órden del legado imperial

Quirinus?[620]. Nada se sabe. La incertidumbre y las contradicciones

de las genealogías[621] hacen creer que fueron el resultado de un

trabajo popular que se operaba en diversos puntos, y que ninguna de

ellas fué sancionada por Jesús[622], el cual no se designa jamás como

hijo de David. Ménos ilustrados que él, sus discípulos exageraban á

menudo sus palabras, sin que Jesús tuviera muchas veces conocimiento de

aquellas exageraciones. Añadamos que, durante los tres primeros siglos

de nuestra era, considerables fracciones del cristianismo[623] negaron

con obstinacion la descendencia régia de Jesús y la autenticidad de las

tales genealogías.

Su leyenda era, pues, el fruto de una gran conspiracion completamente

espontánea, y se elaboraba á su alrededor áun ántes de su muerte. Todos

los grandes acontecimientos de la historia han dado lugar á un ciclo

de fábulas más ó ménos inverosímiles, y aunque Jesús hubiese querido,

no le habria sido fácil sustraerse á esas creaciones populares. Una

vista un poco sagaz habria podido reconocer desde entónces el gérmen

de los relatos que debian atribuirle un nacimiento sobrenatural, bien

en virtud de la idea, muy general entre los antiguos, de que ningun

hombre extraordinario puede nacer de las relaciones comunes entre

ambos sexos; bien para responder á un capítulo mal interpretado de

Isaías[624], en el cual creian ver que el Mesías naceria de una vírgen;

bien, en fin, como consecuencia de la idea de que el «Hálito de Dios»,

erigido ya en hipóstasis divina, es un principio de fecundidad[625].

Tal vez circulaba ya respecto á su infancia más de una anécdota

concebida con la intencion de demostrar en su biografía el cumplimiento

del ideal mesiánico[626], ó, mejor dicho, de las profecías que la

exegésis alegórica de la época enlazaba con el Mesías. Otras veces

supónesele relacionado desde la cuna con hombres célebres, tales

como Juan Bautista, Heródes el Grande, astrólogos caldeos que, segun

dicen, hicieron por aquel tiempo un viaje á Jerusalen[627], y por

último, con dos ancianos, Simeon y Anna, que habian dejado recuerdos de

gran santidad[628]. Á todas esas combinaciones, fundadas en su mayor

parte sobre hechos verdaderos, aunque desfigurados[629], presidia una

cronología bastante tímida. Pero en todas esas fábulas resaltaba un

espíritu de dulzura y bondad y un sentimiento completamente popular,

que hacia de ellas como un suplemento de la predicacion[630]. Esos

relatos se propagaron de un modo extraordinario despues de la muerte

de Jesús; sin embargo, puede creerse que ya circulaban en vida del

maestro, no encontrando sino una piadosa credulidad y una cándida

admiracion.

Lo que de todos modos se halla fuera de duda es, que Jesús no pensó

nunca en hacerse pasar por una encarnacion de Dios. Esta idea era

completamente extraña al espíritu judáico, y ningun indicio de ella

se encuentra en los evangelios de los sinópticos[631]; sólo se halla

indicada en algunas partes del evangelio de Juan, el cual no puede

aceptarse como el eco del pensamiento de Jesús. Y áun este mismo

evangelista parece tomar de cuando en cuando sus precauciones para

rechazar semejante doctrina[632]. La acusacion de que Jesús se proclama

Dios ó el igual de Dios se presenta, áun en el evangelio de Juan,

como una calumnia de los judíos[633]. En el último evangelio, Jesús

declara que es inferior á su Padre[634], y en otras partes confiesa

que su Padre no se lo ha revelado todo[635]. Cree, sí, que es algo

más que un hombre extraordinario, aunque separado de Dios por una

distancia inmensa. Jesús es hijo de Dios; pero todos los hombres lo

son ó pueden llegar á serlo en grados diferentes[636]. Dios es el

padre á quien debe llamarse con ese nombre cada dia, á cada momento, y

todos los resucitados serán hijos suyos[637]. La filiacion divina se

atribuia en el Antiguo Testamento á seres que de ningun modo se trataba

de igualar con Dios[638]. En los idiomas semíticos, así como en el

lenguaje del Nuevo Testamento, se da á la palabra «hijo» un sentido

sumamente lato[639]. Además, la idea que Jesús forma del hombre no es

esa idea humilde que introdujo despues un glacial deismo. En su poética

concepcion de la naturaleza, un hálito único penetra el universo; Dios

habita en el hombre, vive en él, de igual manera que el hombre habita

en Dios y vive en Dios[640]. El eminente idealismo de Jesús no le

permitió nunca tener una idea bien clara de su propia personalidad:--Él

es su Padre, y su Padre es él; vive en sus discípulos, está con ellos

en todas partes[641], y él y sus discípulos son uno, así como su Padre

y él no son sino una misma cosa[642]. Para él, la idea es el todo; el

cuerpo, que forma la distincion de las personas, no es nada.

De este modo, el título de «Hijo de Dios», ó de «Hijo»[643]

sencillamente, llegó á ser para Jesús un título análogo al de «Hijo del

hombre», y, como éste, sinónimo de «Mesías»; pero con la diferencia de

que él se llamaba á sí mismo «Hijo del hombre» y de que nunca hizo uso,

á lo que parece, de la palabra «Hijo de Dios»[644]. El título de «Hijo

del hombre» expresaba su cualidad de juez; el de «Hijo de Dios» su

poder y su participacion en los supremos designios. Ese poder no tiene

límites; su Padre le ha conferido ámplias facultades para todo, hasta

para cambiar el sábado[645]. Nadie conoce al Padre sino por él[646].

El Padre le ha trasmitido exclusivamente el derecho de juzgar[647]. La

naturaleza le obedece, pero tambien obedece á cualquiera que cree y

ora, porque la fe lo puede todo[648]. Es menester recordar que ni en

la mente de Jesús, ni en la de aquellos que le escuchaban, no habia

ninguna idea, respecto á las leyes de la naturaleza, capaz de marcar

el límite de lo imposible. Los testigos de sus milagros dan gracias á

Dios por haber concedido á los hombres semejante potestad[649]. Jesús

perdona los pecados[650], y es superior á David, á Abraham, á Salomon

y á los profetas[651]. Ignoramos bajo qué forma y de qué manera se

producian esas afirmaciones. Jesús no debe ser juzgado por la regla

de nuestras mezquinas conveniencias. La admiracion de sus discípulos

sacaba sus ideas fuera del cauce primitivo, y es evidente que ya no le

satisfacia el título de _rabbí_ con que en un principio se contentara;

áun el título mismo de profeta ó de enviado de Dios no respondia ya á

su pensamiento. Atribuíase la posicion de un sér sobrenatural y queria

que se le considerase respecto á Dios en una relacion más inmediata,

más íntima que los demás. Pero es necesario tener presente que las

palabras «sobrehumano» y «sobrenatural», tomadas de nuestra mezquina

fraseología, carecian de sentido en la elevada conciencia religiosa de

Jesús. La naturaleza y el desarrollo de la humanidad no eran para él

reinos limitados fuera de Dios, no eran ruines realidades sujetas á

las leyes de un desesperante empirismo. Para él no habia sobrenatural,

porque no habia naturaleza. Embriagado de amor infinito, olvidaba

la pesada cadena que retiene cautivo al espíritu, y franqueaba de un

solo salto el abismo, para muchos infranqueable, que la pobreza de las

facultades humanas traza entre el hombre y Dios.

No puede negarse que en esas afirmaciones de Jesús se hallaba ya

el gérmen de la doctrina que debia luégo convertirle en hipóstasis

divina[652], identificándole con el Verbo, ó en «segundo Dios»[653],

ó en hijo mayor de Dios[654], ó en _ángel metatrono_[655], doctrina

que la teología judáica creaba tambien por su parte[656]. Á fin de

corregir el extremado rigor del antiguo monoteismo, aquella teología

experimentaba la necesidad de colocar cerca de Dios un asesor, en el

cual delegase el Padre eterno el gobierno del universo. La creencia de

que ciertos hombres eran encarnaciones de facultades ó de «potencias»

divinas se hallaba muy generalizada; por aquella misma época habia

entre los Samaritanos un taumaturgo, llamado Simon, á quien se

identificaba con la «gran virtud de Dios»[657]. Desde hacia casi

dos siglos, los entendimientos especulativos del judaismo tendian

á personificar ó, mejor dicho, á formar personas diferentes de los

atributos divinos y de ciertas expresiones que se relacionaban con la

divinidad. El «Hálito de Dios», de que frecuentemente se hace mérito

en el Antiguo Testamento, se consideraba como un sér aparte, llamado

_Espíritu Santo_. De igual manera la «Sabiduría de Dios» y la «palabra

de Dios» llegan á ser personas que existen por sí mismas. El gérmen del

procedimiento fué, pues, el que engendró los _Sephiroth_ de la cábala,

los _Æons_ del gnosticismo, las hipóstasis cristianas, toda esa árida

mitología que consiste en abstracciones personificadas, y á la cual

tiene que recurrir el monoteismo cuando quiere introducir en Dios la

multiplicidad.

Jesús parece haber permanecido extraño á esos teológicos refinamientos,

que muy pronto debian llenar el mundo de estériles disputas. La teoría

metafísica del Verbo, tal como se encuentra en los escritos de su

contemporáneo Filon, en los _Targums_ caldeos, y hasta en el libro

de la «Sabiduría»[658], no traspira ni en las _Logia_ de Matheo, ni

en general en ninguno de los sinópticos, intérpretes tan auténticos

de las palabras de Jesús. En efecto, nada tenía de comun con el

mesianismo la doctrina del Verbo; ni el Verbo de Filon, ni el de los

Targums es el Mesías. Los que despues trataron de probar que Jesús

era el Verbo y crearon en este sentido toda una nueva teología, muy

diferente de la del reino de Dios, fueron Juan el evangelista ó los

discípulos de su escuela[659]. El papel esencial del Verbo es el de

creador y de providencia; esto supuesto, Jesús no pretendió jamás

haber creado el mundo, ni mucho ménos gobernarle. Su mision será

juzgarle, renovarle. El atributo esencial que Jesús se atribuye, el

que le conceden todos los primeros cristianos, es el de presidente del

juicio final del género humano[660]. Hasta entónces, permanece sentado

á la diestra de Dios como su _Metatrono_, como su primer ministro y

futuro vengador[661]. El Cristo de las bóvedas bizantinas, juez del

mundo, sentado en medio de apóstoles semejantes á él y superiores

á los ángeles, que no hacen sino asistir y servir, es la exacta

representacion figurada de esa concepcion del «Hijo del hombre», cuyos

primeros rasgos aparecen ya fuertemente indicados en el Libro de Daniel.

De todos modos, el rigor de una escolástica discurrida no se hallaba en

semejante órden de cosas. El conjunto de ideas que acabamos de exponer

formaba en el ánimo de los discípulos un sistema tan inseguro, que

hacen obrar al Hijo de Dios, á esa especie de division de la divinidad,

como si fuera un hombre ni más ni ménos que los otros. Jesús es tentado

por el demonio, ignora muchas cosas y corrige ó rectifica sus propias

palabras[662]; se muestra abatido, desanimado, pide á su padre que le

evite la amargura de las pruebas, y se somete á la voluntad de Dios

como un hijo[663]. Él, que debe juzgar el mundo, no sabe cuándo llegará

el dia del juicio[664]. Vésele tambien tomar precauciones respecto á

su seguridad, amenazada por sus enemigos[665]. Poco tiempo despues de

su nacimiento, su familia se ve obligada á esconderle á fin de evitar

la persecucion de hombres poderosos, que quieren matarle[666]. En

los exorcismos, el diablo disputa con él y no abandona el cuerpo del

paciente á la primera intimacion[667]. Al operar los milagros, nótase

en él un penoso esfuerzo, como aquel que violenta su voluntad[668].

Todo esto no es sino la obra de un enviado de Dios, de un hombre á

quien Dios protege y favorece[669]. Inútil sería buscar en semejante

exposicion de ideas lógica y consecuencia. La necesidad que tenía Jesús

de acreditarse, y el entusiasmo de sus discípulos, aglomeraban nociones

contradictorias. Para los mesianistas de la escuela milenaria, para

los apasionados lectores de los libros de Daniel y de Henoch, Jesús

era el «Hijo del hombre»; para los judíos de la creencia comun, para

los lectores de Isaías y de Miqueas, era el «Hijo de David»; para los

afiliados, era el «Hijo de Dios» ó simplemente el «Hijo». Otros, sin

que por ello merecieran la censura de los discípulos, le tomaban por

Juan Bautista resucitado, por Elías, ó por Jeremías, conforme á la

creencia popular de que los antiguos profetas vendrian á preparar la

época del Mesías[670].

El entusiasmo, produciendo la conviccion y alejando hasta la sombra de

una duda, servia de escudo á esas atrevidas afirmaciones. Á nosotros,

naturalezas frias y timoratas, no nos es fácil comprender cómo la

idea de que el hombre se hace apóstol puede llegar á poseerle hasta

ese extremo. La conviccion, con arreglo al prisma racional y severo á

traves del cual miran las acciones los individuos de nuestras razas

pensadoras, significa la sinceridad para consigo mismo. Pero en los

pueblos orientales, poco acostumbrados á las delicadezas del espíritu

crítico, la sinceridad para consigo mismo no significa gran cosa. Á

los ojos de nuestra rígida conciencia, la buena fe y la impostura

se rechazan entre sí como dos términos irreconciliables. En Oriente

no sucede lo mismo: entre uno y otro término caben innumerables

subterfugios y sutilezas. Los autores de los libros apócrifos (por

ejemplo, de Daniel y de Henoch), esos hombres tan ensalzados, cometian

en favor de su causa, y de seguro sin la menor sombra de escrúpulo, lo

que nosotros calificariamos de falsedad y fraude. Los orientales dan

poca importancia á la verdad material, y todo lo ven por el prisma de

sus ideas, de sus intereses y de sus pasiones.

Si no se admiten respecto á la sinceridad diferentes grados, la

historia es imposible. El pueblo es el autor de todas las grandes

cosas, y siendo así, para conducirle es menester doblegarse á sus

ideas. El filósofo que sabiendo esto se aisla y encierra en la

integridad de carácter, sin duda merece los más sinceros elogios. Pero

no debe censurarse al que acepta la humanidad tal como es, con sus

ilusiones y sus delirios, y trata de obrar con ella y sobre ella. César

sabía perfectamente que no era hijo de Vénus; la Francia no sería lo

que es hoy, si no hubiese creido por espacio de mil años en la santa

ampolla[*] de Reims. Fácil nos es á nosotros, pobres impotentes,

calificar todo eso de impostura, y orgullosos de nuestra tímida

honradez, tratar desdeñosamente á los héroes que aceptaron la lucha

de la vida en otras condiciones. Pero cuando con nuestros escrúpulos

hayamos hecho lo que ellos hicieron con sus falsedades, entónces y sólo

entónces tendrémos derecho de tratarlos con severidad. Es preciso,

cuando ménos, establecer profunda distincion entre sociedades como

la nuestra, donde todo se pasa por el tamiz de la crítica y de la

reflexion, y sociedades crédulas y sencillas como aquellas en que

nacieron las creencias que han dominado los siglos. Todas las grandes

fundaciones descansan en alguna leyenda. Si hay en ello un culpable, es

sin duda la humanidad, que quiere ser engañada.

[*] Vaso sagrado, en el cual se conservaba el óleo que servia

para ungir á los reyes. (N. del T.)

Vida de Jesús · 第 34 / 114 题