PRINCIPIO DE LA LEYENDA DE JESÚS -- IDEA QUE TIENE ÉL MISMO DE SU
MISION SOBRENATURAL
Cuando Jesús volvió á Galilea, no conservaba en su corazon ni un átomo
de fe judía, y entónces se le ve lleno de entusiasmo revolucionario,
expresando sus ideas con perfecta claridad. Los inocentes aforismos
de su primera edad profética, tomados en parte de la doctrina de
los rabinos anteriores á él, y las bellas predicaciones morales de
su segundo período, se han convertido en una política decisiva. La
Ley quedará abolida, y es él quien la abolirá[614]. El Mesías ha
venido, y no es otro que él, Jesús; el reino de Dios se revelará bien
pronto á los hombres, y es él quien habrá de revelarle. Jesús sabe
que será víctima de su atrevimiento; pero el reino de Dios no puede
ser conquistado sin violencia; debe establecerse por medio de las
conmociones y de las penalidades[615]. El «Hijo del hombre» vendrá
despues de su muerte, lleno de gloria y en compañía de legiones de
ángeles, á confundir á aquellos que le rechazaron.
No debe sorprendernos la audacia de semejante concepcion. Desde hacia
mucho tiempo, Jesús se consideraba respecto á Dios, como un hijo
respecto á su padre. Lo que en otros habria sido vanidad insoportable,
no debe mirarse en él como un atentado.
El primer título que aceptó fué el de «Hijo de David», y probablemente
le aceptó sin recurrir á los inocentes fraudes por medio de los cuales
se trató de asegurársele. Segun parece, la familia de David se habia
extinguido desde hacia mucho tiempo[616]; los Asmoneos no pretendieron
jamás atribuirse tal descendencia; y ni á Heródes ni á los romanos les
pasó por la mente el que existiese en torno de ellos un representante
de los derechos de la antigua dinastía. Pero desde el fin de los
Asmoneos, todas las imaginaciones deliraban con un descendiente
desconocido de los antiguos reyes, el cual vengaria á la nacion de sus
enemigos. La creencia general era que el Mesías sería hijo de David, y
que, como él, naceria en Bethlehem[617]. Sin duda no fué éste el primer
sentimiento de Jesús; el recuerdo de David, que preocupaba á la mayoría
del pueblo judío, nada tenía de comun con su reino celestial. Creíase
hijo de Dios y no de David; su reino y el rescate que meditaba, eran
de otra especie muy distinta. Pero respecto á esto, la opinion general
violentó hasta cierto punto sus intenciones. La consecuencia inmediata
de esta proposicion: «Jesús es el Mesías», era esta otra: «Jesús es
hijo de David.» Así, pues, dejóse dar un título, sin el cual no podia
prometerse éxito alguno, y concluyó, á lo que parece, por adoptarle con
el mayor gusto, puesto que se apresuraba á ejecutar los milagros que se
le pedian, interpelándole de ese modo[618]. Verdad es que en esto, como
en otras várias circunstancias de su vida, Jesús no hizo sino amoldarse
á las ideas que más boga alcanzaban en su tiempo, aunque aquellas
ideas no fuesen precisamente las suyas. Á su dogma del «reino de Dios»
asociaba todo cuanto podia contribuir á enardecer el corazon y la
imaginacion del pueblo. Así es como le hemos visto adoptar el bautismo
de Juan, ceremonia que en rigor no debia importarle gran cosa.
Una grave dificultad se presentaba respecto al título mencionado,
cual era su nacimiento en Nazareth, circunstancia conocida de todo el
mundo. ¿Tuvo Jesús que luchar contra esta objecion? Se ignora. Quizás
este inconveniente no se presentó nunca en Galilea, en cuya comarca
no se hallaba muy extendida la idea de que el hijo de David habia de
ser un bethlehemmitano. Para el idealista galileo, el título de Hijo
de David estaba, por otra parte, suficientemente justificado con tal
de que aquel á quien se le concediese, realzase la gloria de su raza
é hiciera lucir dias de ventura en el oriente de Israel. ¿Autorizó
Jesús con su silencio las genealogías ficticias que sus partidarios
imaginaron para probar su régia estirpe?[619]. ¿Tuvo noticia de las
leyendas inventadas para hacerle nacer en Bethlehem, y en particular
del rodeo de que se valieron para relacionar su orígen bethlehemmitano
con el empadronamiento que se verificó por órden del legado imperial
Quirinus?[620]. Nada se sabe. La incertidumbre y las contradicciones
de las genealogías[621] hacen creer que fueron el resultado de un
trabajo popular que se operaba en diversos puntos, y que ninguna de
ellas fué sancionada por Jesús[622], el cual no se designa jamás como
hijo de David. Ménos ilustrados que él, sus discípulos exageraban á
menudo sus palabras, sin que Jesús tuviera muchas veces conocimiento de
aquellas exageraciones. Añadamos que, durante los tres primeros siglos
de nuestra era, considerables fracciones del cristianismo[623] negaron
con obstinacion la descendencia régia de Jesús y la autenticidad de las
tales genealogías.
Su leyenda era, pues, el fruto de una gran conspiracion completamente
espontánea, y se elaboraba á su alrededor áun ántes de su muerte. Todos
los grandes acontecimientos de la historia han dado lugar á un ciclo
de fábulas más ó ménos inverosímiles, y aunque Jesús hubiese querido,
no le habria sido fácil sustraerse á esas creaciones populares. Una
vista un poco sagaz habria podido reconocer desde entónces el gérmen
de los relatos que debian atribuirle un nacimiento sobrenatural, bien
en virtud de la idea, muy general entre los antiguos, de que ningun
hombre extraordinario puede nacer de las relaciones comunes entre
ambos sexos; bien para responder á un capítulo mal interpretado de
Isaías[624], en el cual creian ver que el Mesías naceria de una vírgen;
bien, en fin, como consecuencia de la idea de que el «Hálito de Dios»,
erigido ya en hipóstasis divina, es un principio de fecundidad[625].
Tal vez circulaba ya respecto á su infancia más de una anécdota
concebida con la intencion de demostrar en su biografía el cumplimiento
del ideal mesiánico[626], ó, mejor dicho, de las profecías que la
exegésis alegórica de la época enlazaba con el Mesías. Otras veces
supónesele relacionado desde la cuna con hombres célebres, tales
como Juan Bautista, Heródes el Grande, astrólogos caldeos que, segun
dicen, hicieron por aquel tiempo un viaje á Jerusalen[627], y por
último, con dos ancianos, Simeon y Anna, que habian dejado recuerdos de
gran santidad[628]. Á todas esas combinaciones, fundadas en su mayor
parte sobre hechos verdaderos, aunque desfigurados[629], presidia una
cronología bastante tímida. Pero en todas esas fábulas resaltaba un
espíritu de dulzura y bondad y un sentimiento completamente popular,
que hacia de ellas como un suplemento de la predicacion[630]. Esos
relatos se propagaron de un modo extraordinario despues de la muerte
de Jesús; sin embargo, puede creerse que ya circulaban en vida del
maestro, no encontrando sino una piadosa credulidad y una cándida
admiracion.
Lo que de todos modos se halla fuera de duda es, que Jesús no pensó
nunca en hacerse pasar por una encarnacion de Dios. Esta idea era
completamente extraña al espíritu judáico, y ningun indicio de ella
se encuentra en los evangelios de los sinópticos[631]; sólo se halla
indicada en algunas partes del evangelio de Juan, el cual no puede
aceptarse como el eco del pensamiento de Jesús. Y áun este mismo
evangelista parece tomar de cuando en cuando sus precauciones para
rechazar semejante doctrina[632]. La acusacion de que Jesús se proclama
Dios ó el igual de Dios se presenta, áun en el evangelio de Juan,
como una calumnia de los judíos[633]. En el último evangelio, Jesús
declara que es inferior á su Padre[634], y en otras partes confiesa
que su Padre no se lo ha revelado todo[635]. Cree, sí, que es algo
más que un hombre extraordinario, aunque separado de Dios por una
distancia inmensa. Jesús es hijo de Dios; pero todos los hombres lo
son ó pueden llegar á serlo en grados diferentes[636]. Dios es el
padre á quien debe llamarse con ese nombre cada dia, á cada momento, y
todos los resucitados serán hijos suyos[637]. La filiacion divina se
atribuia en el Antiguo Testamento á seres que de ningun modo se trataba
de igualar con Dios[638]. En los idiomas semíticos, así como en el
lenguaje del Nuevo Testamento, se da á la palabra «hijo» un sentido
sumamente lato[639]. Además, la idea que Jesús forma del hombre no es
esa idea humilde que introdujo despues un glacial deismo. En su poética
concepcion de la naturaleza, un hálito único penetra el universo; Dios
habita en el hombre, vive en él, de igual manera que el hombre habita
en Dios y vive en Dios[640]. El eminente idealismo de Jesús no le
permitió nunca tener una idea bien clara de su propia personalidad:--Él
es su Padre, y su Padre es él; vive en sus discípulos, está con ellos
en todas partes[641], y él y sus discípulos son uno, así como su Padre
y él no son sino una misma cosa[642]. Para él, la idea es el todo; el
cuerpo, que forma la distincion de las personas, no es nada.
De este modo, el título de «Hijo de Dios», ó de «Hijo»[643]
sencillamente, llegó á ser para Jesús un título análogo al de «Hijo del
hombre», y, como éste, sinónimo de «Mesías»; pero con la diferencia de
que él se llamaba á sí mismo «Hijo del hombre» y de que nunca hizo uso,
á lo que parece, de la palabra «Hijo de Dios»[644]. El título de «Hijo
del hombre» expresaba su cualidad de juez; el de «Hijo de Dios» su
poder y su participacion en los supremos designios. Ese poder no tiene
límites; su Padre le ha conferido ámplias facultades para todo, hasta
para cambiar el sábado[645]. Nadie conoce al Padre sino por él[646].
El Padre le ha trasmitido exclusivamente el derecho de juzgar[647]. La
naturaleza le obedece, pero tambien obedece á cualquiera que cree y
ora, porque la fe lo puede todo[648]. Es menester recordar que ni en
la mente de Jesús, ni en la de aquellos que le escuchaban, no habia
ninguna idea, respecto á las leyes de la naturaleza, capaz de marcar
el límite de lo imposible. Los testigos de sus milagros dan gracias á
Dios por haber concedido á los hombres semejante potestad[649]. Jesús
perdona los pecados[650], y es superior á David, á Abraham, á Salomon
y á los profetas[651]. Ignoramos bajo qué forma y de qué manera se
producian esas afirmaciones. Jesús no debe ser juzgado por la regla
de nuestras mezquinas conveniencias. La admiracion de sus discípulos
sacaba sus ideas fuera del cauce primitivo, y es evidente que ya no le
satisfacia el título de _rabbí_ con que en un principio se contentara;
áun el título mismo de profeta ó de enviado de Dios no respondia ya á
su pensamiento. Atribuíase la posicion de un sér sobrenatural y queria
que se le considerase respecto á Dios en una relacion más inmediata,
más íntima que los demás. Pero es necesario tener presente que las
palabras «sobrehumano» y «sobrenatural», tomadas de nuestra mezquina
fraseología, carecian de sentido en la elevada conciencia religiosa de
Jesús. La naturaleza y el desarrollo de la humanidad no eran para él
reinos limitados fuera de Dios, no eran ruines realidades sujetas á
las leyes de un desesperante empirismo. Para él no habia sobrenatural,
porque no habia naturaleza. Embriagado de amor infinito, olvidaba
la pesada cadena que retiene cautivo al espíritu, y franqueaba de un
solo salto el abismo, para muchos infranqueable, que la pobreza de las
facultades humanas traza entre el hombre y Dios.
No puede negarse que en esas afirmaciones de Jesús se hallaba ya
el gérmen de la doctrina que debia luégo convertirle en hipóstasis
divina[652], identificándole con el Verbo, ó en «segundo Dios»[653],
ó en hijo mayor de Dios[654], ó en _ángel metatrono_[655], doctrina
que la teología judáica creaba tambien por su parte[656]. Á fin de
corregir el extremado rigor del antiguo monoteismo, aquella teología
experimentaba la necesidad de colocar cerca de Dios un asesor, en el
cual delegase el Padre eterno el gobierno del universo. La creencia de
que ciertos hombres eran encarnaciones de facultades ó de «potencias»
divinas se hallaba muy generalizada; por aquella misma época habia
entre los Samaritanos un taumaturgo, llamado Simon, á quien se
identificaba con la «gran virtud de Dios»[657]. Desde hacia casi
dos siglos, los entendimientos especulativos del judaismo tendian
á personificar ó, mejor dicho, á formar personas diferentes de los
atributos divinos y de ciertas expresiones que se relacionaban con la
divinidad. El «Hálito de Dios», de que frecuentemente se hace mérito
en el Antiguo Testamento, se consideraba como un sér aparte, llamado
_Espíritu Santo_. De igual manera la «Sabiduría de Dios» y la «palabra
de Dios» llegan á ser personas que existen por sí mismas. El gérmen del
procedimiento fué, pues, el que engendró los _Sephiroth_ de la cábala,
los _Æons_ del gnosticismo, las hipóstasis cristianas, toda esa árida
mitología que consiste en abstracciones personificadas, y á la cual
tiene que recurrir el monoteismo cuando quiere introducir en Dios la
multiplicidad.
Jesús parece haber permanecido extraño á esos teológicos refinamientos,
que muy pronto debian llenar el mundo de estériles disputas. La teoría
metafísica del Verbo, tal como se encuentra en los escritos de su
contemporáneo Filon, en los _Targums_ caldeos, y hasta en el libro
de la «Sabiduría»[658], no traspira ni en las _Logia_ de Matheo, ni
en general en ninguno de los sinópticos, intérpretes tan auténticos
de las palabras de Jesús. En efecto, nada tenía de comun con el
mesianismo la doctrina del Verbo; ni el Verbo de Filon, ni el de los
Targums es el Mesías. Los que despues trataron de probar que Jesús
era el Verbo y crearon en este sentido toda una nueva teología, muy
diferente de la del reino de Dios, fueron Juan el evangelista ó los
discípulos de su escuela[659]. El papel esencial del Verbo es el de
creador y de providencia; esto supuesto, Jesús no pretendió jamás
haber creado el mundo, ni mucho ménos gobernarle. Su mision será
juzgarle, renovarle. El atributo esencial que Jesús se atribuye, el
que le conceden todos los primeros cristianos, es el de presidente del
juicio final del género humano[660]. Hasta entónces, permanece sentado
á la diestra de Dios como su _Metatrono_, como su primer ministro y
futuro vengador[661]. El Cristo de las bóvedas bizantinas, juez del
mundo, sentado en medio de apóstoles semejantes á él y superiores
á los ángeles, que no hacen sino asistir y servir, es la exacta
representacion figurada de esa concepcion del «Hijo del hombre», cuyos
primeros rasgos aparecen ya fuertemente indicados en el Libro de Daniel.
De todos modos, el rigor de una escolástica discurrida no se hallaba en
semejante órden de cosas. El conjunto de ideas que acabamos de exponer
formaba en el ánimo de los discípulos un sistema tan inseguro, que
hacen obrar al Hijo de Dios, á esa especie de division de la divinidad,
como si fuera un hombre ni más ni ménos que los otros. Jesús es tentado
por el demonio, ignora muchas cosas y corrige ó rectifica sus propias
palabras[662]; se muestra abatido, desanimado, pide á su padre que le
evite la amargura de las pruebas, y se somete á la voluntad de Dios
como un hijo[663]. Él, que debe juzgar el mundo, no sabe cuándo llegará
el dia del juicio[664]. Vésele tambien tomar precauciones respecto á
su seguridad, amenazada por sus enemigos[665]. Poco tiempo despues de
su nacimiento, su familia se ve obligada á esconderle á fin de evitar
la persecucion de hombres poderosos, que quieren matarle[666]. En
los exorcismos, el diablo disputa con él y no abandona el cuerpo del
paciente á la primera intimacion[667]. Al operar los milagros, nótase
en él un penoso esfuerzo, como aquel que violenta su voluntad[668].
Todo esto no es sino la obra de un enviado de Dios, de un hombre á
quien Dios protege y favorece[669]. Inútil sería buscar en semejante
exposicion de ideas lógica y consecuencia. La necesidad que tenía Jesús
de acreditarse, y el entusiasmo de sus discípulos, aglomeraban nociones
contradictorias. Para los mesianistas de la escuela milenaria, para
los apasionados lectores de los libros de Daniel y de Henoch, Jesús
era el «Hijo del hombre»; para los judíos de la creencia comun, para
los lectores de Isaías y de Miqueas, era el «Hijo de David»; para los
afiliados, era el «Hijo de Dios» ó simplemente el «Hijo». Otros, sin
que por ello merecieran la censura de los discípulos, le tomaban por
Juan Bautista resucitado, por Elías, ó por Jeremías, conforme á la
creencia popular de que los antiguos profetas vendrian á preparar la
época del Mesías[670].
El entusiasmo, produciendo la conviccion y alejando hasta la sombra de
una duda, servia de escudo á esas atrevidas afirmaciones. Á nosotros,
naturalezas frias y timoratas, no nos es fácil comprender cómo la
idea de que el hombre se hace apóstol puede llegar á poseerle hasta
ese extremo. La conviccion, con arreglo al prisma racional y severo á
traves del cual miran las acciones los individuos de nuestras razas
pensadoras, significa la sinceridad para consigo mismo. Pero en los
pueblos orientales, poco acostumbrados á las delicadezas del espíritu
crítico, la sinceridad para consigo mismo no significa gran cosa. Á
los ojos de nuestra rígida conciencia, la buena fe y la impostura
se rechazan entre sí como dos términos irreconciliables. En Oriente
no sucede lo mismo: entre uno y otro término caben innumerables
subterfugios y sutilezas. Los autores de los libros apócrifos (por
ejemplo, de Daniel y de Henoch), esos hombres tan ensalzados, cometian
en favor de su causa, y de seguro sin la menor sombra de escrúpulo, lo
que nosotros calificariamos de falsedad y fraude. Los orientales dan
poca importancia á la verdad material, y todo lo ven por el prisma de
sus ideas, de sus intereses y de sus pasiones.
Si no se admiten respecto á la sinceridad diferentes grados, la
historia es imposible. El pueblo es el autor de todas las grandes
cosas, y siendo así, para conducirle es menester doblegarse á sus
ideas. El filósofo que sabiendo esto se aisla y encierra en la
integridad de carácter, sin duda merece los más sinceros elogios. Pero
no debe censurarse al que acepta la humanidad tal como es, con sus
ilusiones y sus delirios, y trata de obrar con ella y sobre ella. César
sabía perfectamente que no era hijo de Vénus; la Francia no sería lo
que es hoy, si no hubiese creido por espacio de mil años en la santa
ampolla[*] de Reims. Fácil nos es á nosotros, pobres impotentes,
calificar todo eso de impostura, y orgullosos de nuestra tímida
honradez, tratar desdeñosamente á los héroes que aceptaron la lucha
de la vida en otras condiciones. Pero cuando con nuestros escrúpulos
hayamos hecho lo que ellos hicieron con sus falsedades, entónces y sólo
entónces tendrémos derecho de tratarlos con severidad. Es preciso,
cuando ménos, establecer profunda distincion entre sociedades como
la nuestra, donde todo se pasa por el tamiz de la crítica y de la
reflexion, y sociedades crédulas y sencillas como aquellas en que
nacieron las creencias que han dominado los siglos. Todas las grandes
fundaciones descansan en alguna leyenda. Si hay en ello un culpable, es
sin duda la humanidad, que quiere ser engañada.
[*] Vaso sagrado, en el cual se conservaba el óleo que servia
para ungir á los reyes. (N. del T.)