RELACIONES DE JESÚS CON LOS GENTILES Y LOS SAMARITANOS

Consecuente á estos principios, Jesús despreciaba todo lo que no era

la religion del corazon. Las vanas prácticas de los devotos[575] y

el rigorismo exterior, que espera alcanzar la salvacion por medio de

mojigaterías, hallaban en él un enemigo mortal. Se cuidaba poco del

ayuno[576] y preferia el perdon de una ofensa á los sacrificios[577].

El amor de Dios, la caridad, el perdon recíproco, hé ahí toda su

ley[578]; nada ménos sacerdotal que esto. El sacerdote, por su estado,

induce siempre al sacrificio público, del cual es el ministro obligado,

y disuade de la oracion privada, que es un medio de no necesitar

de él. En vano se buscará en el Evangelio una práctica religiosa

recomendada por Jesús. El bautismo sólo tiene para él una importancia

secundaria[579]; y en cuanto á la oracion, nada establece, sino que se

haga de corazon.

Muchos, como sucede siempre, creyeron reemplazar por el buen deseo de

las almas débiles el verdadero amor del bien, y se imaginaron ganar

el reino del cielo diciéndole: «_Señor, Señor._» Jesús los rechazaba

proclamando que su religion era el hacer bien[580]. Frecuentemente

citaba el pasaje de Isaías: «Este pueblo me honra con sus labios, pero

su corazon está léjos de mí»[581].

El sábado era el punto capital sobre el que se elevaba el edificio

de los escrúpulos y de las sutilezas farisáicas. Aquella excelente

y antigua institucion vino á ser un pretexto de mezquinas disputas

de casuitas y una causa perenne de supersticiosas creencias[582]. Se

creia que la naturaleza guardaba su observancia; todos los manantiales

intermitentes pasaban por «sabáticos»[583]. Éste era tambien el

punto sobre que Jesús se complacia en retar á sus adversarios[584].

Quebrantaba abiertamente el sábado, y no respondia á los cargos que

se le hacian, sino por medio de sátiras ingeniosas. Con mayor motivo

despreciaba una porcion de preceptos modernos, que la tradicion habia

añadido á la Ley, y que, por la misma razon, eran más apreciados de

los devotos. Las abluciones, las diferencias demasiado sutiles de las

cosas puras ó impuras no encontraban en él compasion ni misericordia.

«¿Podeis lavar vuestra alma de esa manera?--les decia:--No mancilla al

hombre lo que come, sino lo que sale de su corazon.»

Los fariseos, propagadores de esas hipócritas nimiedades, eran el

blanco á que se dirigian todos sus tiros. Los acusaba de exagerar la

Ley, de inventar preceptos imposibles, á fin de crear á los hombres

ocasiones de pecar. «Ciegos, lazarillos de ciegos,--decia,--cuidado

con caer en el hoyo.»--«Raza de víboras,--añadia en secreto,--no

hablan sino del bien, pero en su interior son malvados; desmienten el

proverbio: “La boca no vierte sino lo que rebosa el corazon”[585].»

Jesús no conocia bastante á los gentiles para pensar establecer sobre

su conversion alguna cosa sólida. La Galilea contaba gran número de

paganos, pero no, á lo que parece, un culto organizado y público de

los falsos dioses[586]. Jesús pudo ver desplegarse este culto en todo

su esplendor en el país de Tyro y de Sidon, en Cesárea de Filipo y en

la Decápola. De todo eso hizo poco caso. Jamás se encuentra en él ese

pedantismo insoportable de los judíos de su época, esas declamaciones

contra la idolatría tan familiares á sus correligionarios, á partir

de Alejandro, y de que está lleno, por ejemplo, el libro de la

«Sabiduría»[587]. Lo que le chocaba en los paganos no era su idolatría,

sino su servilismo[588]. El jóven demócrata judío, hermano en esto de

Júdas el Gaulonita, no reconociendo por dueño sino á Dios, se agraviaba

de los honores que se tributaban á la persona de los soberanos y de

los títulos frecuentemente falaces que se les prodigaban. Excepto en

esto, en la mayor parte de las circunstancias en que se encontraba con

los paganos mostraba con ellos una gran indulgencia; á veces parecia

concebir más esperanzas sobre ellos que sobre los judíos[589]. El reino

de Dios les será transferido. «Cuando un propietario está descontento

de aquel á quien ha alquilado su viña, la arrienda á otros labradores

que le paguen los frutos á su tiempo»[590]. Jesús debia mantenerse

tanto más en esta opinion, cuanto que la conversion de los gentiles

era, segun las ideas judías, una de las señales más ciertas de la

venida del Mesías[591]. En su reino de Dios hace sentar al festin, al

lado de Abraham, de Isaac y de Jacob, hombres originarios de todas

partes, miéntras que rechaza á los herederos legítimos del reino[592].

Cierto es que frecuentemente se cree hallar en las órdenes que da á sus

discípulos una tendencia del todo contraria: parece recomendarles que

no prediquen la salvacion sino solamente á los judíos ortodoxos[593],

y habla de los paganos de una manera conforme á las prevenciones de

los judíos[594]. Pero es necesario acordarse de que los discípulos,

cuyo escaso entendimiento no se avenia á esa gran indiferencia por la

cualidad de hijos de Abraham, pudieron muy bien hacer doblegar las

instituciones del maestro en el sentido de sus propias ideas. Por otra

parte, es muy posible que Jesús variase respecto á este punto de la

misma manera que Mahoma habla de los judíos en el Coran, tan pronto

del modo más conveniente como con una extrema dureza, segun espera ó

no atraerlos hácia sí. La tradicion, en efecto, concede á Jesús dos

reglas de proselitismo enteramente contrarias y que pudo practicar

sucesivamente: «Quien no es contrario vuestro, de vuestro partido

es;--el que no está por mí, contra mí está»[595]. Esta especie de

contradicciones ocasiona, casi necesariamente, una lucha apasionada.

Lo cierto es, que entre sus discípulos contaba diferentes personas

de las que los judíos designaban con el nombre de «Helénicos»[596].

Esta palabra tenía en Palestina muy diversas significaciones. Unas

veces se designaba con ella á los paganos, otras á los judíos que

hablaban griego y vivian entre aquéllos[597], otras á las personas de

orígen pagano convertidas al judaismo[598]. Lo probable es que Jesús

encontrase más simpatías en esta última clase de Helénicos[599].

La afiliacion al judaismo tenía muchos grados, pero los prosélitos

permanecian siempre en un estado de inferioridad con respecto al judío

de nacimiento. Los que nos ocupan al presente eran llamados «prosélitos

de la puerta» ó «personas timoratas de Dios», que se sometian á los

preceptos de Noé, y no á los mosáicos[600]. Esa misma inferioridad

era sin duda alguna la causa que los acercaba á Jesús y les valia su

estimacion.

De la misma manera obraba con los samaritanos. Cercada como un islote

entre las dos grandes provincias del judaismo (la Judea y la Galilea),

la Samaria formaba en Palestina una especie de territorio ó distrito,

donde se conservaba el antiguo culto del Garizim, hermano y rival del

de Jerusalen. Aquella pobre secta, que no tenía ni el genio ni la

sábia organizacion del judaismo propiamente dicho, era tratada por los

hierosolimitanos con extremada dureza[601]. Los que á ella pertenecian

eran considerados por el mismo prisma que los paganos, concediéndoles

un grado de mayor desprecio[602]. Jesús, por una especie de oposicion,

estaba animado en su favor. Muchas veces prefiere los samaritanos

á los judíos ortodoxos. Si en algunas ocasiones parece prohibir á

sus discípulos que vayan á predicarles, reservando su Evangelio

para los israelitas puros[603], es sin duda un precepto hijo de las

circunstancias, al cual los apóstoles dieron un sentido demasiado

absoluto. Algunas veces los samaritanos le recibian mal, suponiéndole

imbuido en las preocupaciones de sus correligionarios[604]; del mismo

modo que en nuestros dias, el europeo despreocupado es para los

musulmanes un enemigo á quien siempre se cree cristiano fanático. Jesús

sabía colocarse por cima de esos errores[605]. Tuvo muchos discípulos

en Sichem, donde pasó dos dias[606]. En cierta situacion, no encuentra

ni gratitud, ni verdadera piedad, sino en casa de un samaritano[607].

Una de sus mejores parábolas es la del hombre herido en el camino de

Jericó. Un sacerdote pasa, le ve y prosigue su camino. Un levita pasa

y no se detiene. Un samaritano le compadece, se acerca á él, derrama

aceite en sus heridas y las venda[608]. Jesús deduce de esto que la

verdadera fraternidad se establece entre los hombres por la caridad y

no por la fe religiosa.

El «prójimo», que en el judaismo era sobre todo el correligionario, es

para él el hombre que tiene piedad de sus semejantes, sin distincion de

sectas. La fraternidad humana en el sentido más lato rebosaba en todas

sus lecciones.

Estos pensamientos, que asediaban á Jesús á su salida de Jerusalen,

encontraron su viva expresion en una anécdota que ha sido conservada

respecto á su regreso. El camino de Jerusalen, en Galilea, pasa á una

media hora de Sichem[609] delante de la explanada del valle que dominan

los montes Ebal y Garizim. Los peregrinos judíos evitaban en general

aquel camino, prefiriendo en sus viajes dar el gran rodeo de la Perea

más bien que exponerse á las vejaciones de los samaritanos ó á pedirles

alguna cosa. Estaba prohibido comer y beber con ellos[610]; el axioma

de algunos casuistas era «que un pedazo de pan de los samaritanos es

carne de puerco»[611]. Cuando se emprendia aquel camino, se hacian,

pues, de antemano las provisiones; y áun así raramente se evitaban las

pendencias y los malos tratamientos[612]. Jesús no participaba ni de

aquellos escrúpulos, ni de esos temores. Cuando hubo llegado al punto

del camino en que hácia la izquierda se abre el valle de Sichem, se

sintió fatigado y se detuvo cerca de un pozo. Los samaritanos tenian,

lo mismo entónces que hoy en dia, la costumbre de poner á todos los

parajes de sus valles, nombres sacados de los recuerdos patriarcales;

aquel pozo le miraban como dado á José por Jacob; probablemente era el

mismo que áun hoy dia se llama _Bir-Iakoub_. Los discípulos entraron en

el valle y fueron á la ciudad á comprar provisiones; Jesús se sentó en

el borde del pozo, teniendo á su vista á Garizim.

Era mediodía próximamente. Una mujer de Sichem vino á sacar agua. Jesús

la pidió de beber, lo cual la asombró muchísimo, porque los judíos se

prohibian de ordinario todo comercio con los samaritanos. Subyugada por

la plática de Jesús, la mujer reconoció en él un profeta, y esperando

sin duda reconvenciones acerca de su culto, tomó la delantera,

diciendo: «Señor, nuestros padres adoraron sobre esta montaña, miéntras

que vosotros decís que en Jerusalen está el lugar donde se debe

adorar.»--«Mujer, créeme á mí, le respondió Jesús:--ya llega el tiempo

en que ni en este monte ni en Jerusalen adoraréis al Padre; ya llega el

tiempo en que los verdaderos adoradores le adorarán en espíritu y en

verdad»[613].

El dia en que pronunció esa frase fué verdaderamente hijo de Dios,

diciendo por vez primera la palabra sobre la cual descansará el

edificio de la religion eterna. Con ella fundó el culto puro, sin

fecha, sin patria; el culto que practicarán las almas elevadas hasta

el fin de los siglos. Desde aquel dia, no solamente su religion fué

la religion de la humanidad, sino la absoluta; y si en otros planetas

hay habitantes dotados de razon y de moralidad, su religion no puede

ser diferente de la que Jesús proclamó junto al pozo de Jacob. El

hombre no ha podido permanecer en ella, porque lo ideal no se alcanza

sino por un momento. La palabra de Jesús fué un relámpago en una

noche oscura; han sido necesarios mil ochocientos años para que los

ojos de la humanidad (es decir, de una parte sumamente ínfima de la

humanidad) se hayan habituado á ella. Pero el relámpago se convertirá

en luz permanente, y despues de haber recorrido todos los círculos de

los errores, la humanidad volverá á esa palabra, como á la expresion

inmortal de su fe y de sus esperanzas.

Vida de Jesús · 第 33 / 114 题