EMBAJADA DE JUAN Á JESÚS -- MUERTE DE JUAN -- CONEXION DE SU ESCUELA
CON LA DE JESÚS
Miéntras que la risueña Galilea celebraba con festejos la venida del
muy amado, el triste Juan se consumia de impaciencia y deseo en su
prision de Machero. Las doctrinas y el éxito que alcanzaba el jóven
maestro, á quien pocos meses ántes habia visto en las orillas del
Jordan, llegaron hasta él. Decíase que el Mesías anunciado por los
profetas, aquel que debia restaurar el reino de Israel, habia ya
venido, y que sus hechos maravillosos demostraban su presencia en
Galilea. Juan quiso cerciorarse de la veracidad de aquellos rumores, y
como comunicaba libremente con sus discípulos, eligió á dos de ellos
para que fuesen á ver á Jesús[500].
Los dos discípulos encontraron al profeta de Nazareth en el apogeo de
su reputacion, y causóles no poca sorpresa la alegría que reinaba en
derredor suyo. Acostumbrados á los ayunos, á la oracion, á una vida de
aspiraciones y de rigidez, se admiraron al hallarse de pronto en medio
de los regocijos de la bienaventuranza[501]. En cumplimiento de su
cometido, expusieron á Jesús la causa de su mensaje, diciéndole: «¿Eres
tú el que debia venir? ¿Debemos esperar á otro?» Jesús, que ya entónces
no vacilaba respecto á su papel de Mesías, les enumeró los hechos que
debian caracterizar el advenimiento del reino de Dios, tales como la
cura de las enfermedades y la buena nueva de salvacion anunciada á
los pobres, obras que él ejecutaba. «Dichoso, pues,--añadió,--aquel
que no dudáre de mí.» Ignórase si esta respuesta encontró vivo á
Juan Bautista, y el efecto que ella produjo en el ánimo del austero
asceta. ¿Murió consolado y con la seguridad de que vivia ya aquel que
él anunciára, ó conservó sus dudas respecto á la mision de Jesús?
Nada hay á este respecto que pueda sacarnos de incertidumbre. Sin
embargo, al notar que su escuela se continuó despues durante muchos
años paralelamente á las iglesias cristianas, se inclina uno á creer
que, no obstante su deferencia por Jesús, Juan no le consideró como
aquel que debia realizar las promesas divinas. La muerte vino, por otra
parte, á poner término á sus perplejidades. El martirio debia ser el
digno coronamiento de la carrera inquieta y agitada, y de la indomable
libertad del solitario.
Las disposiciones indulgentes que Antipas manifestó en un principio
respecto á Juan, no fueron, á lo que parece, de mucha duracion. Segun
la tradicion cristiana, en las entrevistas que Juan tuvo con el
tetrarca, no cesaba de repetirle que su matrimonio era ilícito y que
debia rechazar léjos de sí á Herodías[502]. No es difícil imaginarse el
ódio inmenso que la nieta de Heródes el Grande debió concebir contra
aquel consejero importuno, y se comprende el afan con que acecharia la
ocasion de perderle.
Su hija Salomé, fruto de su primer matrimonio, y tan ambiciosa y
disoluta como ella, fué el instrumento de sus designios. Antipas se
encontraba á la sazon (probablemente en el año 30 de la era cristiana)
en la fortaleza de Machero, y era dia del aniversario de su nacimiento.
Heródes el Grande habia construido en el interior de la fortaleza un
magnífico palacio[503], en el cual residia algunas veces el tetrarca.
Con el motivo indicado, preparó allí un gran festin, durante el cual
ejecutó Salomé una de esas danzas algo libres que en Siria no se
consideran como impropias de una persona distinguida. Encantado Antipas
de tanta gracia y soltura, preguntó á la bailarina lo que deseaba,
y ésta, obedeciendo á las instigaciones de su madre, respondió: «La
cabeza de Juan sobre esta fuente.» La exigencia no agradó mucho á
Antipas; mas no tuvo fuerza bastante para rehusar. Un guardia cogió la
fuente, fué á degollar al prisionero, y á los pocos instantes volvió á
entrar con la sangrienta cabeza del Bautista[504].
Los discípulos de éste obtuvieron su cuerpo y le colocaron en un
sepulcro. El descontento del pueblo fué grande. Seis años despues,
queriendo Hareth reconquistar á Machero y vengar el ultraje hecho
á su hija, atacó á Antipas y le derrotó completamente; el desastre
del tetrarca se consideró entónces como un castigo por la muerte de
Juan[505].
Los discípulos del Bautista llevaron á Jesús la noticia de su
suplicio[506]. El postrer mensaje que Juan envió á Jesús habia
concluido de establecer entre las dos escuelas estrecha intimidad.
Temiendo entónces Jesús que le alcanzase tambien el ódio de Antipas,
tomó algunas precauciones y se retiró al desierto[507]. Siguiéronle
allí muchas personas, y gracias á una extremada frugalidad, el santo
rebaño pudo vivir en aquellos eriales, circunstancia que despues se
tomó naturalmente por un milagro[508]. Á partir de aquel momento, Jesús
no habló de Juan sin manifestar profunda admiracion. Declaraba sin
vacilar[509] que el Bautista era más que un profeta; que la Ley, de
igual modo que los profetas antiguos, no habia tenido fuerza sino hasta
él[510]; que Juan los habia abrogado, pero que á su vez le abrogaria
el reino del cielo. Y en fin, le asignaba en la economía del misterio
cristiano un puesto de honor, convirtiéndole como en el lazo de union
entre el Antiguo Testamento y el advenimiento del nuevo reino.
El profeta Malaquías, cuya opinion respecto á esto se realzó entónces
extraordinariamente[511], habia anunciado con grande insistencia
un precursor del Mesías, que debia preparar á los hombres al
acontecimiento final; una especie de mensajero enviado á la tierra para
facilitar el camino al elegido de Dios. Este mensajero no era otro que
el profeta Elías, quien, segun la creencia general, iba muy pronto
á descender del cielo, adonde habia subido, á fin de reconciliar á
Dios con su pueblo y de hacer que los hombres se preparasen al grande
acontecimiento por medio de la penitencia[512]. Al nombre de Elías
asociaban algunas veces el del patriarca Henoch, al cual se atribuia,
desde hacia uno ó dos siglos, alto grado de santidad, ó bien el de
Jeremías[513], á quien se consideraba como al genio protector del
pueblo, ocupado siempre en rogar por él ante el trono de Dios[514].
La idea de que dos antiguos profetas deben resucitar para servir de
precursores al Mesías, se halla de una manera tan sorprendente en la
doctrina de los Parsis, que se inclina uno á admitir la hipótesis de
que los israelitas la tomaron de allí[515]. Sea como quiera, ella
formaba en la época de Jesús parte integrante de las teorías judáicas.
Todo el mundo creia que la aparicion de dos «testigos infieles»,
_vestidos de hábitos de penitencia_, serviria de prólogo al gran drama
que iba á desarrollarse con asombro del universo[516].
Abrigando semejantes ideas, compréndese que Jesús y sus discípulos
no vacilasen respecto á la mision de Juan. Cuando los escribas les
objetaban que áun no podia tratarse de Mesías en razon á que Elías no
habia venido[517], les contestaban afirmativamente, diciendo que Elías
habia venido; que Juan era Elías resucitado[518]. En efecto, Juan,
por su género de vida, por su oposicion á los gobiernos políticos,
recordaba aquella figura original y terrible de la antigua historia de
Israel[519]. Jesús no cesaba de encarecer los méritos y la excelencia
de su precursor. Decia que entre los hijos de los hombres no habia
nacido uno más grande, y anatematizaba á los fariseos y á los doctores
por no haber aceptado su bautismo, por no haberse convertido á su
voz[520].
Los discípulos de Jesús permanecieron fieles á esos principios del
maestro. El respeto á Juan fué una tradicion constante en la primera
generacion cristiana[521]; supúsosele pariente de Jesús[522], y para
fundar la mision de éste sobre un testimonio de todos admitido, se dijo
que Juan, desde la primera entrevista con Jesús, le proclamó por el
Mesías; que se reconoció inferior á él é indigno de desatar las cintas
de sus sandalias; y que en un principio rehusó bautizarle, sosteniendo
que él debia ser bautizado por Jesús[523]. Tales exageraciones quedan
plenamente refutadas por la forma dubitativa del último mensaje
de Juan[524]. Sin embargo, en un sentido más general, el Bautista
permaneció en la leyenda cristiana siendo lo que en realidad fué,
esto es, el austero cenobita que prepara el camino á la nueva era,
el triste predicador de penitencias ántes de las alegrías que traerá
consigo la llegada del esposo, el profeta que anuncia el reino de
Dios y muere ántes de verle. Aquel gigante de los orígenes del
cristianismo, aquel comedor de langostas y de miel silvestre, aquel
rígido enderezador de entuertos, fué el ajenjo que preparó los labios
á las dulzuras del reino de Dios. La víctima de Herodías abrió la era
de los mártires cristianos, siendo el primer testimonio de la nueva
conciencia. Los mundanos reconocieron en él su verdadero enemigo y no
pudieron tolerar su vida: su cadáver mutilado y tendido sobre el umbral
del cristianismo, trazó la sangrienta via por donde tantos mártires
habrian de pasar despues de él.
La escuela de Juan no se extinguió con la muerte de su fundador:
separada de la de Jesús, vivió algun tiempo, hallándose al principio
en buena armonía con la de aquél. Varios años despues de la muerte de
ambos maestros se practicaba todavía el bautismo juanista. Algunas
personas pertenecian simultáneamente á las dos escuelas, entre otras,
el célebre Apolos, el rival de San Pablo (hácia el año 50), y un gran
número de cristianos de Éfeso[525]. Josefo ingresó (año 53) en la
escuela de un asceta llamado Banú, que tiene gran semejanza con Juan
Bautista y que tal vez habia sido su discípulo. Aquel Banú[526] vivia
en el desierto, formaban su vestido hojas de árboles, alimentábase de
plantas ó de frutas silvestres, y lo mismo de dia que de noche, se
bautizaba frecuentemente, á fin de purificarse. Santiago, aquel á quien
se llamaba el «hermano del Señor» (quizás hay aquí alguna confusion
de homónimos), observaba tambien un ascetismo análogo[527]. Algunos
años despues (hácia el 80), el bautismo estuvo en lucha abierta con el
cristianismo, particularmente en el Asia Menor. Juan el Evangelista
le combate de una manera embozada[528]. Uno de los poemas sibilinos
proviene, á lo que parece, de aquella escuela. En cuanto á las sectas
de Hemerobatistas, Baptistas y Elcaitas (_Sabiens_, _Mogtasila_ de
los escritores árabes)[529], que se propagaron por Siria, Palestina
y Babilonia en el siglo segundo, y cuyos restos subsisten aún entre
los Mandeitas llamados «cristianos de San Juan», sin duda tuvieron el
mismo orígen que el movimiento del Bautista y no debe considerárselas
como la descendencia auténtica de Juan. La verdadera escuela de éste,
medio confundida con el cristianismo, llegó á mirarse como una herejía
cristiana y se extinguió oscuramente. Juan vió sin duda hácia qué
parte se inclinaba el porvenir. Si hubiese obedecido á una rivalidad
mezquina, su nombre yaceria hoy en el olvido entre la muchedumbre
de los sectarios de su época. Su abnegacion le condujo á la gloria,
dándole un puesto único en el panteon religioso de la humanidad.