No había que pensar ya en nuevas excursiones por la montaña: con la
última se habían agotado mis fuerzas y colmado la medida de mi poco
exigente curiosidad. El cuerpo y el alma me pedían reposo durante
algunos días; y después... Pero ¿habría después cosa nueva en que
distraer mis ocios interminables? ¿Volvería a encontrar interés en lo
visto y gozado ya? Y en caso afirmativo, ¿me permitirían esos lujos los
invernizos temporales que, por milagro de Dios, no se habían
desencadenado aún sobre Tablanca y sus contornos? Por de pronto, la vida
que había hecho durante aquellas dos semanas, muy corridas, de plácida y
bien soleada temperatura, no había dejado de darme frutos muy dignos de
estimación. Con mis correrías incesantes, si no logré hacerme a la
tierra tan pronto y tan completamente como esperaba mi tío y lo deseaba
yo, cuando menos mataba el tiempo de día y hallaba por la noche temas
abundantes para amenizar un poco la tertulia de la cocinona y las
conversaciones de la mesa de mi tío; comía con excelente apetito, y los
condumios de la mujer gris y de su repolluda hija me sabían a gloria;
sentíame animoso y fuerte, y me dormía como una marmota en cuanto tendía
el cuerpo sobre la cama; descuidaba mucho la lectura de los periódicos
que recibía de Madrid, y al escribir a mis amigos, ya no iban mis cartas
empapadas en el tinte melancólico de los primeros días; íbame pareciendo
más llevadera la visión incesante de los peñascos en mi derredor, y la
miserable cortedad de los horizontes no me asfixiaba; en fin, que si no
me había «hecho a todo», concebía ya la posibilidad de ello.
Dígalo, si no, el ejemplo de la tertulia: al principio me era
insoportable; y cada tertuliano, nuevo para mí, que se presentaba en
ella, me parecía más zafio y más insulso que los anteriores; no hallaba
chiste en sus «humorismos» expresados en un lenguaje mutilado y
convencional, ni motivo, por lo tanto, para algunas risotadas
vergonzantes que hasta llegaban a incomodarme, como si me ofendieran;
hastiábame la simplicidad de los asuntos que más les interesaban a
ellos, y sin poderlo remediar acordábame del resobado lamento del poeta
latino desterrado en el Ponto: el bárbaro parecía yo, que a nadie
entendía ni de nadie era entendido allí. Intentaba buscar en mis libros
y periódicos, en la soledad de mi habitación, el remedio contra estos
aburrimientos de la cocina; pero el temor de que lo tradujera mi tío en
señal de menosprecio de sus rudos tertulianos, me contenía. Viéndome
forzado a alimentar el espíritu de todo ello, llegué poco a poco a
paladearlo sin repugnancia, y muy pronto acabé por encontrarlo agradable
a falta de cosa mejor. Lo mismo me había pasado con los condumios de
Facia. Aprendí el valor castellano de los modismos locales con que se
alimentaban y entretejían las conversaciones de la tertulia, y el roce
obligado y continuo con ellas me dio el conocimiento que me faltaba de
las materias «conversables». Y ya estaba hecho el milagro; porque sabido
y de sentido común es que no hay cosa que nos interese mientras la
desconozcamos; y como corolario de este axioma, que, por mínima que ella
sea, nos resulta interesante en cuanto la conocemos. Valga el ejemplo de
un amigo mío tocado de la pasión de hacer palillos de dientes, sólo
porque domina el _arte_ con rara habilidad.
Ello fue que en la primera semana ya metía yo mi cuchara en las
conversaciones y porfiaba en serio con aquellos rústicos sobre temas de
su alcance que empezaba yo a penetrar; que iba distinguiendo los
caracteres, las triquiñuelas y zunas de cada uno, y que me sentía muy
halagado por los elogios de todos ellos a mis proezas de excursionista y
de cazador. Mi tío se bañaba en agua rosada con estas cosas, porque las
tomaba por señales de mi rápida aclimatación; y yo me complacía en ver
con qué escaso esfuerzo de mi parte le proporcionaba uno de los pocos
goces a que podía aspirar ya el pobre viejo. Después, mis visitas al
pueblo, el caso de Facia relatado por Chisco, la adquisición de la
amistad del médico y lo que con todo ello se fue enlazando naturalmente,
dieron nuevo empuje a esta buena tendencia mía y me infundieron mayor
apego a las cosas y vicisitudes de aquellas sencillas gentes. Veía con
gusto aumentarse de día en día la tertulia y estudiaba la catadura y el
carácter de cada tertuliano nuevo para mí, con el mismo interés que si
se tratara de un recién llegado a los salones de «la» Medinaceli; y si,
por ejemplo, me decía mi tío a la oreja cuando se presentaba uno en la
cocina por primera vez en la temporada: «ése tiene la gracia de Dios
para contar cuentos», sentíame tocado de igual curiosidad que si en una
fiesta aristocrática me dijeran: «ése que acaba de llegar es el orador
que ha derribado esta tarde en las Cortes al Gobierno» o «el autor del
libro H del drama Z». Tenía razón Neluco cuando me afirmaba que el
hombre de inteligencia cultivada lleva en sí propio los recursos
necesarios para vivir a gusto en todas partes, con tal de que no trueque
los cabos de la polea ni se empeñe en subir lo que está abajo, en lugar
de bajar lo que está arriba, hasta conseguir el nivel de ideas apetecido
para un fin determinado.
Lejos de corregir el juicio que había formado yo del temperamento de los
tablanqueses al «verlos pasar», como quien dice, en el porche de la
iglesia o en las callejas del pueblo, me afirmé más y más en él cuando
los traté de cerca en la cocina de mi tío y logré estudiarlos en pleno
ejercicio de todos sus componentes físicos e intelectuales; porque allí
y sólo allí era donde exponían y ventilaban los asuntos más importantes
de su vida, al calorcillo de las fogatas de la cocinona y bajo la
presidencia de don Celso, que siempre daba en el clavo de lo mejor y más
conveniente, lo mismo con una cuchufleta que con un dictamen formal.
Eran, sin excepción de uno solo, parsimoniosos en extremo y de blanda
condición; y en sus tiroteos de broma, a los que son muy aficionados,
despilfarraban las metáforas, llenas de colorido local, griegas para mí
al principio, y muy donosas después que supe traducirlas a mi lengua.
Íbame pareciendo la de ellos, entre tanto, más dulce y cadenciosa de
ritmo cuanto más la oía «sonar».
El cura don Sabas concurría muy a menudo y tan soso como la primera vez;
pero a mí ya no me lo parecía después que le había visto tan «elocuente»
sobre los riscos de la montaña: consagrábale por eso cierta veneración,
independiente de la que le debía por su investidura y por sus virtudes,
y se me antoja que no lo desconocía él ni le desagradaba. Como que se
había jactado más de una vez delante de mí, de que con esas ataduras
había de amarrarme él a la tierra de mis mayores, y para siempre jamás,
«_per saecula saeculorum_»: así, hasta en latín, había recalcado la
jactancia. Don Pedro Nolasco sólo dos o tres veces había vuelto a la
tertulia; y eso «por ser yo quien era», porque se arreglaba ya muy mal,
a los años que tenía, con las asperezas de los callejos en la oscuridad
de la noche, aunque llevaba linterna. Neluco frecuentó más la cocina al
principio que al fin de aquella temporada, y yo creo que lo hizo con el
fin caritativo de abreviarme el periodo de «aclimatación», porque le
notaba yo muy diligente en echar hacia mí los temas de las
conversaciones, en traducirme las metáforas y en ayudar a mi tío en su
incesante tarea de avivar fuegos de la tertulia aguijoneando a los
concurrentes más activos.
Allí conocí al Topero, el padre de Tanasia, y a Pepazos, el novio
preferido a Chisco por el Topero para su hija, al decir del Tarumbo, que
también se descolgaba a menudo por la cocinona. El Topero era un hombre
de mediana edad, cuadradote de espaldas y algo rojo de greñas, poco
hablador y muy hábil en la labor que llevaba a la tertulia (era raro el
tertuliano que iba sin ella): «pintar» abarcas con la punta de su
navaja. Despachaba tres o cuatro pares cada noche, por lo que tenía buen
repuesto de ellas en preparación en casa de mi tío, como le tenían otros
de «cebillas», de «colodras» y hasta de «banillas» (tiras finas de
avellano) para hacer «maconas» (cestos grandes), porque aquélla parecía,
por esa y otras señales, la casa de todos..., hasta para establecer en
ella su oficina, cuatro veces cada año, el cobrador ambulante de
contribuciones.
Pepazos era un Alcides capaz de echarse sobre sus hombros fornidos el
mismo peñón de Bejos a poco que se le hurgara el amor propio;
coloradote, mofletudo, con las cejas unidas y muy peludas sobre unos
ojazos de buey. Ese pulía y remataba «zapitas», que con ser la que menos
capaz de dos azumbres de leche, no se veía sobre sus muslos bombeados y
entre sus manos grandonas. Trabajaba muy de prisa, pujaba mucho en sus
arremetidas a contraveta y en los cambios de postura; y fuera de su
labor, nunca estaba atento a nada más que lo poco que se le ocurría al
Topero, y eso para celebrárselo con una risotada que jamás venía al
caso. Yo solía mirar entonces a Chisco que siempre andaba en el último
rincón de la tertulia; pero el condenado de él, o no había caído en la
malicia, o se hacía el desentendido. No pudiendo acomodarme a las
injustas preferencias del Topero, complacíame algunas veces en
ponderarle, trayendo el asunto por los cabellos, las valentías de Chisco
y sus prendas de mozo casadero, de las que, a mi modo de ver, debían de
estar codiciosas las mejores mozas de Tablanca. ¡Válgame Dios, qué pujar
entonces el de Pepazos, qué sudar el de sus carrillos, qué revolcones
los suyos sobre el banco, qué bailar entre sus manos aceleradas el de la
«zapita», mientras el Topero metía por la almadreña la cara envuelta en
humaredas de la pipa de rabo corto que nunca retiraba de su boca! En
estos casos ya se clareaba Chisco un poco más, y le notaba yo el gozo
con que saboreaba los «atragantos» de su rival, y hasta me pagaba el
favor en una mirada dulzona, con su poco de guiñada. Y eso que estaba yo
convencido de que llevaba la carga de sus amores con la misma acompasada
parsimonia que las llevaba todas y me acompañaba a mí por los vericuetos
y hondonadas de los montes. Pero hay siempre en el corazón del hombre
más honrado una fibra de perversidad mal dominada que le procura un goce
en la mortificación de su vecino, con un pretexto de caridad mal
entendida; y yo creo que una fibra de esa mala casta era la que me
impelía tan a menudo a mortificar al pobre Pepazos y al Topero, más bien
que el propósito de favorecer a Chisco, que quizás no lo necesitaba o no
lo echaba de menos.
El Tarumbo no llevaba nunca labor propia; pero, en cambio, estaba
siempre pendiente de la que hacían los demás. Cuando el Topero terminaba
un par de abarcas, le traía otro del montón de las que tenía preparadas,
y lo mismo hacía con las zapitas de Pepazos y con las banillas o las
colodras o las cebillas de los que las necesitaban. Hablaba hasta por
los codos, y siempre eran las desdichas ajenas las que le arrancaban los
mayores lamentos.
A Pito Salces se le hallaba indefectiblemente a los alcances del roce
con Tona en sus manipuleos de cocinera diligente: hacia el rabo de la
sartén, por ejemplo, y en los linderos del camino más trillado entre el
fogón y la alacena del aceite y las especias. Se le sentían los ímpetus
de su amor corriéndole hasta por los brazos inconmensurables, como el
agua de lluvia por las mangas de un tejado; reviraba los ojos hacia
Tona, y se devanaba a sí propio, como en un ovillo, cuando la jampuda
moza se acurrucaba delante de él o le tocaba al pasar hacia la alacena.
No hubiera sido bien visto de don Celso que la requiriera allí de
amores, suponiendo que la hubiera tolerado ella, y se consolaba con
aquellas internas expansiones, tan poco disimuladas.
La pobre Facia, desde lo de aquella noche, apenas se dejaba ver en la
cocina durante la tertulia, y ni allí ni fuera de allí sabía hacer cosa
con arte; ¡ella que era antes un brazo de mar para el gobierno de la
casa! Con excepción de Chisco que era de ella; de Chorcos que iba por
Tona, y de Pepazos que quería dar en el corazón de Tanasia por la tabla
de su padre, bastante más codicioso que la hija, todos los tertulianos
de la cocinona eran hombres muy maduros: los mozos preferían las
tertulias de mujeres, o «jilas» (hilas), de las que había dos o tres en
el pueblo. A una de ellas concurría a menudo la hija del Topero, con su
correspondiente rueca bien cargada de lino, bajo el roquero pinto con
lazos y lentejuelas, y si Pepazos no se dejaba ver en aquella tertulia
con igual frecuencia que Tanasia, bien sabía Dios que consistía en lo
vergonzoso que él era delante de la mozona y con testigos que ya estaban
en el ajo de sus deseos; pero iba alguna que otra vez para dar aquel
regalo a sus ojazos mortecinos, y esas noches eran las únicas que
faltaba de la cocina de la casona.
Reflexionando yo muchas veces sobre lo que más me llamaba la atención en
ella, que no eran seguramente éstas y otras pintorescas trivialidades de
determinados concurrentes, sino aquella familiaridad cariñosa, aquella
rara, profunda, íntima trabazón afectiva entre todos ellos y mi tío,
recordaba la comparación que de este caso original me había hecho Neluco
en la primera conversación que con él tuve, y no me parecía
rigurosamente exacta: más que un organismo de miembros subordinados al
imperio de la cabeza, me parecía una familia con todas las comunes
variedades de aptitudes y temperamentos, unida por el amor
desinteresado, tan propio y natural entre todos sus miembros, y
gobernada por la experiencia, la abnegación y la sabiduría del padre.
Persuadido de esto, tenía por imposible la sustitución de un hombre como
don Celso con otro como yo para llenar el vacío que él dejara con su
muerte en el vecindario de Tablanca. Entre él y mi tío había una
completa y absoluta compenetración de ideas, de sentimientos y de
propósitos, que no podía haber tratándose de mí, enteramente extraño a
la tierra y sus costumbres, por nacimiento, por educación y por hábitos
adquiridos en otro mundo tan distinto de aquél. ¿Cómo no se le ocurría
esto a Neluco, ya que tan disculpable era en la inexperiencia de otras
muchas personas el que no se les alcanzara? Y sin embargo, días andando,
me salió con la misma copla nada menos que el docto y experimentado
señor de la torre de Provedaño. ¿Se equivocarían todos ellos, rústicos y
civilizados, al coincidir tan exactamente como coincidían en una misma
idea? ¿Trataría yo de curarme en sana salud, sin darme cuenta de ello,
cuando me consideraba en lo cierto creyendo todo lo contrario de lo que
ellos creían? Por fortuna no me preocupaba el punto dudoso, porque no
había racionales motivos de que llegara a quitarme el sueño. Ni las
pretensiones de los que bien me querían allí, ni la abnegación
caritativa de mi parte, debían pasar de ciertos límites.
De todas maneras, tampoco el hallazgo de aquella patriarcal y mínima
república en lo más escondido de una comarca salvaje, considerada por mí
en los primeros instantes como un destierro inclemente, era para
despreciado. En fin, que no hubiera sido justo en quejarme de mi suerte
al siguiente día de mi larga expedición acompañado de Neluco, hecho el
recuento minucioso de los frutos que me habían dado aquellas dos largas
semanas de correrías y exploraciones.
De este recuento traté de separar algunas partidas principales, a título
de «reservas», para las eventualidades del invierno, que no podía tardar
mucho en dejarse caer sobre Tablanca, y empecé a contar por los dedos:
Chisco, su camarada Pito Salces, Tanasia y su padre el Topero, el
Tarumbo, Neluco Celis, don Pedro Nolasco, su hija Mari Pepa y su nieta
Lituca, el párroco don Sabas Peñas, Facia, la mujer gris; Tona, su hija;
mi tío Celso y el escenario de Tablanca. Todo esto allí, al alcance de
la mano; y fuera de allí, la familia de Neluco en Robacío; en
Promisiones, el hidalguete mi consanguíneo, y más allá, dominándolo todo
y alzándose sobre todo como un faro de poderosa luz, la figura
escultural del caballero de la torre de Provedaño.
Después de hecha esta segregación, procedí al análisis de las partes de
ella que más interés podían ofrecerme desde el punto de vista en que yo
me colocaba: Chisco, un tanto flemático, con puntas de socarrón y
marrullero, aspirando a casarse con Tanasia, guapa moza de verdad, en
competencia con Pepazos, preferido del Topero, porque tenía algunos
bienes que le faltaban a Chisco, y no me constaba de toda certidumbre si
de Tanasia también, a pesar de lo arlote y simplón que era Pepazos. Todo
el interés de este juego dependía del calor con que le tomara Chisco.
Pito Salces era un brasero que se consumía por Tona: eso saltaba a la
vista; y como también era medio pieza doméstica en la casona de mi tío,
amén de noblote de alma y muy arrimado al trabajo, a poco que Tona
hiciera por sí, el resultado no era dudoso. Facia. ¡Esta sí que me daba
que pensar cuanto más reparaba en ella! Al espanto de aquella noche,
recién llegado yo a Tablanca, habían sucedido otros dos por el estilo;
pero como huía de mí en cuanto me acercaba a ella con propósitos de
interrogarla sobre tan extraño particular, después de pedirme con las
manos juntas y por el amor de Dios que no le dijera a mi tío una palabra
de lo que estaba notando, limitábame, por complacerla, a observarla
desde lejos y a no perderla de vista mientras me fuera posible. ¿Qué
diablos podía haber allí? ¿Eran fantasmas, alucinaciones histéricas de
la pobre mujer tan castigada por la desgracia a lo mejor de su vida, o
estaba bajo el peso insoportable de alguna nueva desdicha? Neluco Celis:
continuaba pareciéndome lo mismo que me pareció cuando le hablé por vez
primera: discreto, simpático, de clarísima inteligencia y noble corazón,
y un arca cerrada para guardar lo que a mí se me antojaba que debía
estar al alcance de mi vista: verbigracia, su inclinación amorosa a la
nieta de don Pedro Nolasco. Porque yo no podía concebir que Lita y
Neluco no se amaran, como no lo concebía tampoco la matrona locuaz de
Robacío, ni lo concebiría nadie que tuviera entrañas de humanidad y
vislumbres de buen gusto, y reparara un poco en aquella parejita,
«única», que parecía puesta por Dios en aquel rinconcito de la tierra
para eso sólo, para amarse y para unirse. Lita y su madre habían estado
dos veces en mi casa después que yo estuve en la suya. Una de ellas,
según me declararon, para pagarme la visita y saludar, de paso, a mi
tío; y la otra, por mi tío solamente, cuya salud les interesaba mucho;
además de que, como no podía salir de casa, iban a hacerle un rato de
compañía, como siempre que lo permitían el tiempo y sus ocupaciones.
Todo esto me lo afirmaba Lituca descubriendo las esmaltadas filas de sus
blanquísimos dientes, en su lenguaje vehemente, retozón y admirativo, a
la puerta del estragal y mientras sacaba sus pies, calzados con menudas
zapatillas de abrigo sobre medias de color, de un par de almadreñas que
parecían dos cáscaras de nuez. En aquella visita, lo mismo que en la
anterior, yo, terco y emperrado en mi tema, le eché cincuenta veces al
campo de la conversación disfrazado de mil modos, con el piadoso fin de
observar qué cara le ponía Lita... y nada: ni un gesto, ni un punto
arrebolado en las mejillas, ni la más insignificante señal en la nieta
de don Pedro Nolasco de que había oído su corazón las llamadas que yo le
hacía con el nombre de Neluco y los elogios de sus méritos: hablaba de
él con el descuido y la serenidad con que podía hablar de su madre o de
su abuelo. Lo cual me impacientaba a mí, como si fuera asunto de mi
propia pertenencia, y en más de una ocasión me acometieron serias
tentaciones de preguntarla derechamente y sin ambages ni rodeos: «¿se
quieren o no se quieren ustedes? ¿Ama usted o no ama a Neluco?». Pero
señor, ¿por qué tenía yo tanto empeño en que se amaran? O mejor dicho,
¿por qué le tenía tan grande en que quedara enseguida aquel punto bien
esclarecido y deslindado?
Después, mi tío Celso, el alma y el centro de todo cuanto le rodeaba,
con su energía indomable, sus cuchufletas singularísimas, su atención
siempre fija en el modo de hacerme, ya que no divertida, llevadera la
vida en su casa, y los cuidados a que me obligaban el parentesco y la
gratitud para velar por él con especial esmero durante el tiempo de las
humedades y de los grandes fríos, en el cual, según dictamen del médico,
corría su vida los mayores peligros, por la índole de la enfermedad que
padecía.
Y por último, su tertulia y mis libros, mis periódicos y mi
correspondencia. Lo restante de ambos montones, algo de ello por su
insignificancia, y otro poco por lejano, sólo podía considerarse como
personajes decorativos y accesorios escénicos.
Cierto que con todas estas reservas de tan escasa importancia en
relación con las necesidades de mi espíritu, se podía llegar hasta lo
épico, consideradas como elementos de creación en la fantasía de un
novelista ingenioso; pero tomadas en lo que eran y valían, como casos y
cosas de la vida real y prosaica en un medio tan remoto, tan obscuro y
tan aislado como aquél, ¿qué había de prometerme yo de ellas para en
adelante? ¿Qué auxiliares contra mi enemigo temible podía esperar de
aquel lado? ¿Qué podía venir de allí de lo que más necesario me era?
--¡Quién sabe!--me dije en conclusión de mis cavilaciones--. Por puntos
más obscuros ha amanecido otras veces; si está de Dios que ha de venir
algo, ello vendrá. Todo es cuestión de paciencia y de saber conformarse.
Conque un poco de filosofía, y a esperar lo que viniere.