XV

La cena no fue muy variada, pero abundante y sabrosa. Allí todo

participaba del carácter sano y austero del señor de la torre. Carne y

leche en dos o tres formas, y algún fruto de la tierra. Poco más o

menos, como en casa de mi tío. Pero la amenidad que le faltaba a la cena

por su propia sencillez, la hallábamos Neluco y yo bien cumplida en la

palabra de nuestro noble anfitrión. Aquel hombre era un pozo lleno,

rebosando de saber, y en cuanto desplegaba los labios saltaban los

chorros de ello. Tenía el suelo patrio embebido en la masa de la sangre,

y por donde quiera que andaba con sus imaginaciones y sus discursos, iba

a parar a él, y de él hablaba hasta con la lengua extraña de los poetas

o de los historiadores o de los geógrafos de la antigüedad que le habían

traído a cuento en sus estrofas o en sus libros inmortales. Y en esta

tarea empeñado, tenía a veces inesperadas y súbitas salidas de su

carril, aunque no del campo de sus disertaciones, verdaderamente

geniales. Había demostrado, verbigracia, en un hermoso período, cómo la

región montañesa del Norte de España fue poblada por los griegos antes

que por los fenicios, con textos de Mela y de Strabón, según los cuales

estos historiadores hallaron costumbres griegas en la Cantabria

independiente hasta el tiempo de Augusto, añadiendo una larga lista de

otras que aún se conservan hoy en aquellos valles, como el cantar de

bodas, traducción, y quizás música, de los epitalamios griegos, y las

lamentaciones por los difuntos, y saltó de pronto con la declaración

terminante de que la famosa «Jota» que no solamente se canta en Aragón y

Valencia, sino en Navarra y más arriba, hasta el nacimiento del Ebro en

aquel valle de Campóo, era más española que africana (¡nunca había

soñado yo que pudiera existir esa duda!). Y enseguida vinieron las

probanzas originalísimas.

--Además--recuerdo que añadió--, conservamos en la Montaña el baile

guerrero de hombres solos, semejante al zorcico vascongado y a la «danza

prima» de Asturias, hijos todos de los bailes celtas y celtibéricos con

que en las noches de luna llena se celebraba a un solo Dios vagamente

conocido.

Yo no sé si todo esto era creíble al pie de la letra y fundamento sólido

para su tesis; pero desde luego era simpático como chispazo escapado del

martilleo sobre la principal, harto más seria y demostrable.

Salieron a plaza también mis excursiones y entretenimientos desde que

había llegado de Madrid. Díjele por dónde había andado y la cumbre más

alta a que había subido en compañía de don Sabas.

--Bien elegido estuvo el observatorio--me respondió--, aunque los

conozco mejores todavía, como los conocerá don Sabas, si bien no tan a

la mano como ése, que es lo suficiente para admirar la Naturaleza en uno

de sus aspectos más esplendentes un novicio en esas cosas. Desde ese

observatorio--prosiguió entusiasmándose--, tendría usted a la espalda

las rocas siempre nevadas en que vive a sus anchas la gamuza; más abajo

el verde obscuro de los robledales junto al claro de las hayas... en

fin, el oasis lebaniense donde la vid y el olivo vegetan como en

Andalucía, como en Rioja y Aragón, cuyas cumbres pudo divisar por el

otro lado siguiendo la ondulante marcha del Ebro. Mirando al Norte,

columbraría nuestro mar, nuestro Cantábrico tremebundo; y al Mediodía,

la inmensa planicie de Castilla la Vieja. ¡Hermosa cátedra para una

lección de Historia Montañesa!... Aunque lejos, se distingue también la

roca tajada que permite cerrar con una portilla el puerto de Aliba y el

despeñadero en que vino a concluir la oleada mahometana rechazada en

Covadonga; al Este, después de Reinosa y de la pantanosa llanura de la

Vilga, una montaña bruscamente cortada como por la mano de un titán,

dejando aislada una puntiaguda cumbre: aquél es el «Cuerno de Bezana», y

a su mismo pie hay otras dos maravillas naturales: la cueva de

Sotos-Cueva, cuyo fin nadie ha tocado, porque probablemente acaba en

maravilla mayor: un lago subterráneo donde se sumen las aguas de todo

aquel valle. Allí hubo otra batalla como la de Covadonga y en aquel

mismo siglo, aunque no fue tan celebrada porque fueron vencedores los

moros cordobeses. Al pie de otra sierra que se desprende hacia el Sur y

vuelve al Este encadenando al Ebro, está Brañosera, y poco más abajo

Aguilar de Campóo, la manida de osos y el nido de águilas, principio de

otro raudal de hombres no menos fieros, que después de asolar, al mando

de Alfonso I, los campos góticos fueron repoblándolos lentamente de

castellanos. En fin, para acabar pronto este bosquejo del gran cuadro

que sólo puede apreciarse desde aquel punto de vista, si quiso usted

recrear la suya en la contemplación de otra belleza más que las

naturales, también la hallaría debida a las manos del hombre: vería

cruzar su espíritu de fuego tajando el cerro donde estuvo Juliobriga,

horadando montañas como el rayo; y siguiendo con la vista su penacho de

humo que ondula y desaparece entre los valles, divisaría en la playa el

fin de su viaje, Santander. Todavía mis ojos cuentan uno por uno sus

palacios y casas principales, y descollando sobre todas, la de Dios, la

Catedral. Pues con ser muchas y grandes estas maravillas que usted vio,

aun pueden verse más y mayores. Buena ocasión de ello tiene usted ahora,

porque el observatorio está menos lejos de aquí que de Tablanca, y yo me

brindo con mucho gusto a servirle a usted de guía.

Agradecí en el alma la invitación; pero me excusé de aceptarla,

fundándome en la promesa hecha a mi tío de volver a su casa al día

siguiente, y en los deberes profesionales de mi acompañante, que le

obligaban a no alejarse por mucho tiempo de su partido. En rigor de

verdad, me sentía yo muy poco tentado de lo que se me ofrecía, porque no

estaba mi cuerpo, hecho alheña, para macerado de nuevo sin otro

estimulante más enérgico que el de ver un panorama algo más extenso que

el que ya había visto.

--Como, usted guste--me respondió el obsequioso caballero--, y lo que

más grato y cómodo le sea.

Hablando del camino que habíamos llevado hasta allí desde Tablanca, no

podía omitirse lo de la casa de los Gómez de Pomar, ni lo del encuentro

con uno de ellos en el pueblo de más arriba. A todo este relato prestó

grandísima atención nuestro huésped, pero sin decir una palabra durante

ni después de él.

Todas sus impresiones estallaron en un gesto y un ademán en que se

transparentaban, centelleando, la repugnancia y la conmiseración.

La sobremesa había durado cerca de dos horas, como nos lo hizo notar el

caballero juzgando que desearíamos descansar; y como ésta era la verdad,

aunque estábamos muy bien entretenidos a su lado, diose por terminada la

conversación, condújonos a nuestros respectivos dormitorios y encerréme

yo en el mío, contemplando la cama, de anticuada forma, pero limpia y

bien mullida, como la tentación más seductora de cuantas había sentido

desde mi salida de Tablanca al amanecer de aquel día.

Caí en el lecho como un tronco derribado, dudoso, en el crepúsculo de mi

somnolencia, entre si me derribaban los quebrantos de mi fatigosa

jornada de todo el día, o el peso de la balumba de «cosas» que me había

ingerido en el cerebro adormilado la inagotable erudición del solariego.

Celtíberos, Agripa, legionarios, Augusto, cántabros, godos, mahometanos,

Guadalete, Covadonga, Don Pelayo, las Cruzadas, Sotos-Cueva, panoramas

esplendentes, campos sangrientos de batallas, rocas escarpadas, negros y

rugientes abismos, el Cantábrico, las danzas guerreras a la luz de la

luna, los lamentos por los difuntos... todo esto se movía a la vez y

rechispeaba en las oscuridades de mi cabeza; y al desacordado son de sus

estrépitos y al peso de sus feroces sacudidas, me dormí. Pero siguió la

danza de las visiones dándome tema para los delirios de mi sueño.

Aquello parecía el fin del mundo: legiones enteras de romanos

despeñándose por las laderas de los montes; masas de huestes africanas

hinchiendo los desfiladeros de Covadonga y ahogándose en la propia

sangre que corría por el fondo tenebroso de todas las barrancas;

después, huyendo despavorida de la persecución de los fieros montañeses,

otra masa, la de los sobrevivientes mahometanos, trepando Picos arriba

entre los aullidos de la tempestad, para ir a despeñarse a la vertiente

opuesta y bajar convertida en rimeros de cadáveres con las enrojecidas

aguas del Deva, hasta desaparecer entre el fiero oleaje del embravecido

mar Cantábrico, que también ayudaba a los cristianos contra los moros.

Águilas y buitres cerniéndose sobre aquellas carnicerías espantosas;

picachos desgajándose por sí propios para consumar la obra exterminadora

de los valientes mesnaderos de los señores godos de Cantabria; cuevas

sin fin, oscuras, de enormes antros, fríos y viscosos, repletos de moros

y romanos descuartizados y hediondos; bosques inextricables en que se

perdían la senda y la respiración; rocas tajadas sobre abismos

insondables; gemidos de agonía entre gritos desaforados de libertad;

valles risueños inundados de luz; danzas, cánticos y juegos en sus

praderas rozagantes, y paz y abundancia en sus hogares rústicos;

después, la nube negra cargada de rayos y pedriscos, pasando sobre ello

empujada por el soplo de los hombres malos, arrasándolo todo, haciendo

estériles los campos fecundos y trocando en odios y en guerras

implacables y continuas, el amor y la paz que antes reinaban entre sus

habitadores. Y a todo esto, en los campos de batalla, en los

desfiladeros, en las escarpadas laderas, en todas partes donde había

moros, o romanos, o gentes enemigas de la fe cristiana o de las patrias

libertades, o del común sosiego o de los fueros de la justicia, se veía,

veloz como la centella, fiero como el león, un hombre largo y enjuto,

cabalgando en un rocín de escasa talla, sin casco ni armadura, con la

cabeza descubierta y bañada en luz, el pelo revuelto y las barbas

erizadas, entrando por lo más espeso de la refriega, enristrada la

lanza.. ¡qué digo lanza! un horcón de dos puntas, y con ellas

desbaratando enemigos y lanzándolos al aire, como paja con el bieldo;

volando después, mejor que saltando, sobre los abismos, entre los

bosques, y peleando incansable e invencible hasta con las nubes cargadas

de rayos y pedriscos y con los hombres malos que las empujaban contra la

santa libertad de los pueblos y los fueros sagrados de la justicia. Y

aquel hombre incansable e invencible, ¡cosa extraña!... era el solariego

en cuya casa estaba yo pasando la noche.

Toda ella me duró la pesadilla, sin un instante de reposo; y puedo

afirmarlo, porque al despertarme con la fuerza de la emoción que me

produjo la última «horconada» del caballero, dirigida contra uno de los

hombres malos que empujaban la nube negra, y resultó ser una persona de

Madrid a quien yo conocía mucho de vista y de fama, observé que entraba

la luz por el cuarterón de la ventana de mi dormitorio que había quedado

a medio cerrar al acostarme. Salté entonces de la cama para acabar de

despabilarme y de sosegar con ello el agitado espíritu, y me asomé al

cuarterón entreabierto. ¡Otra sorpresa! En el cercado inmediato estaba

el solariego con el traje basto y las abarcas de tarugos, segando a más

y mejor un retoño que parecía terciopelo salpicado de brillantes; y

detrás de él iba otro segador que por más que menudeaba las «cambadas»

en la faja de prado que le correspondía, no lograba picarle las

almadreñas. Con tal empuje y tal soltura «tiraba» el dalle el solariego.

Por los «lombíos» que había tumbados ya y la hora que marcaba mi reló,

poco más de las siete de la mañana, supuse que había comenzado la faena

a punto de amanecer.

En esto llamó a la puerta de mi cuarto Neluco que iba a despertarme,

porque era largo el camino que nos aguardaba y debíamos de aprovechar de

la mañana todo lo posible para andarle. Entró, y mientras yo me aviaba,

le referí minuciosamente lo del sueño, después de haberle enseñado desde

el cuarterón al solariego en la pradera. Le interesó el relato de mi

pesadilla; pero no le sorprendió lo más mínimo ver al caballero segando

y tan de mañana, porque le tenía bien conocido y sabía que madrugaba más

que el sol.

Una hora después nos desayunábamos en el comedor en compañía del

solariego, no tan elegante como por la noche pero pulcro y aseado y

mucho mejor vestido que cuando segaba. Acordóse allí que fuera nuestra

salida a media mañana, a más tardar; y para aprovechar bien el escaso

tiempo que teníamos disponible hasta entonces, se abrevió la sobremesa y

nos llevó el obsequioso huésped, acompañado de Neluco, a una solana que

dominaba bien el valle, sobre el que me dio nuevos y curiosos informes,

concluyendo por aconsejarme que no hiciera caso de los hidrólogos que

sostienen que los manantiales del Ebro son filtraciones del Híjar,

porque él mismo había estimado los niveles de ambos ríos, y resultaba

mucho más alto el del primero que el del segundo, sin contar con que las

aguas de uno y otro son de diferente color.

Después me habló de la torre que se veía muy bien desde allí, y lo que

sobre ella me dijo, por convenir en todo o en gran parte a otras muchas

semejantes de la Montaña, merece los honores de no ser olvidado. El

edificio está deshabitado desde el siglo XV, y ruinoso, por

consiguiente, en particular por dentro, razón por la que me «le explicó»

el solariego desde afuera y del siguiente modo, palabra más o menos:

--La disposición que tienen sus pisos (el bajo, bodega y saladero de

carnes; el principal, que parece fue salón de recibo y banquetes, y los

dos últimos que se comunican por medio de trampas al fin de cada

escalera) demuestra que ni de los domésticos se fiaban los amos. En el

último piso se hallan ventanas más altas y adornadas, con asientos de

piedra a los lados, que servirían a las castellanas y sus hijas o

criadas para ocuparse en labores de su sexo. Repare usted que no tiene

almenas, sino un parapeto o prolongación de la pared, a mayor altura que

el tejado, cuyas aguas salen al exterior por gárgolas de piedra. Y si

este parapeto servía para ofender a los que intentaran socavar los

cimientos de la torre, la disposición de su ferrada puerta, como usted

ve, no al medio, sino a un costado de esta fachada de Occidente, hace

creer que se flanqueaba la entrada por medio de un balcón saliente, de

piedra con matacanes o saeteras, situado en el centro y a la altura del

primer piso, donde ahora se ve esa ventana cuadrada, mal acomodada al

arco de salida que interiormente se conserva, y no hay en los otros dos

frentes, provistos de ventanas ojivas o treboladas, mientras el del

Norte sólo tiene las saeteras o aspilleras de todos... Vea usted sobre

la puerta un pequeño escudo: acaso es el único que se conserva de los

primitivos que se usaron, porque no tiene cimera o celada; y en la orla

de dos ríos, toscamente diseñados, se ven armas y trofeos militares, aún

más confusos, que algunos han tomado por letras desconocidas, y a otros

se les antojaron cabezas de serpientes, cuando eran ellos los que no

conocían las catapultas, escorpiones y bodoques usados como máquinas

ofensivas antes de la invención de la pólvora, ni la caldera y pendón,

insignia de los ricos-hombres o caudillos de mesnada. Estas señales y la

certidumbre de que en España no se figuraron armas de linaje hasta fines

del siglo XII, y muy poco después se introdujo la arquitectura ojival

que se nota en la puerta y ventanaje de la torre, me hace fijar su

construcción a principios del siglo XIII, tal vez por el mismo señor

cuyo castillo roquero de poco más abajo de aquí, fue derribado en pena

de alguna rebelión de las que solía promover por aquel tiempo la casa de

Lara, extendida en muchas ramas por este valle y los inmediatos, y

reprimida con mano fuerte por el Rey D. Fernando, como su nieta Isabel

la Católica extinguió los bandos de Castilla en que esta torre y otras

se hicieron notar. También es de advertir, como resto de la

independencia y tenacidad cántabras, que en estos edificios a ella

agregados, donde se notan detalles del siglo XV junto a obras del XVI y

siguientes hasta del actual, no hay ningún otro escudo que el de la

torre, ya descrito, si bien dos puertas interiores de esta casa que hizo

el Alcaide de Argüeso, cuyo castillo le chocó a usted tanto ayer, según

me han dicho, entonces condenado a muerte y salvado por la influencia de

su pariente el Duque del Infantado, tienen escudos lisos, no sé si para

ser labrados allí, aunque esto se haría mejor antes de ponerlos en su

sitio, o por haber sido picados en pena de las «Comunidades», que

siguieron y acaudillaron en este país el señor de esta casa y el de la

de Hoyos, hermano de Juan Bravo, el descabezado en Villalar... Y se

acabó la historia, porque desde entonces, amigo mío, las casas de

mayorazgo y parientes mayores de la Montaña, no tuvieron poder más que

para pleitos, o para poner una pica en Flandes, un aventurero en

América, o un voluntario como el manco insigne de Lepanto, mientras los

Grandes se disputaban, por las antecámaras o retretes de Palacio, los

virreinatos y encomiendas, o las «llaves» de su servidumbre. Pero más

comúnmente vivieron los señores montañeses retirados en sus casonas y

mayorazgos, prefiriendo ser los primeros de su aldea, a cualquier puesto

de la corte, aunque sus segundones se hicieran por su cabeza o por sus

puños, obispos y generales, o trajeran de América con qué adquirir

títulos y mujeres, de quienes, a la vuelta de pocas generaciones, se

pudiera decir lo que de los dineros del sacristán.

Dicho todo esto, como quien no dice nada ni se paga mucho ni poco del

valor de lo que dice, y que a Neluco y a mí nos había cautivado bastante

más que los pedruscos mohosos de la torre, cuya importancia histórica y

arqueológica no desconocíamos, se encogió de hombros el solariego

volviendo la espalda al edificio, y enlazándonos a los dos por la

cintura con sus brazos, nos arrastró hacia el interior de la casa,

diciéndonos al propio tiempo:

--Ahora, enseguidita, a prepararse para la marcha, puesto que se empeñan

ustedes en volverse hoy, porque los días son ya muy cortos y no hay

tiempo que perder.

Andando así, hablé al solariego de sus obras, declarándole honradamente

que no las había leído.

--No me extraña ni me duele--me contestó--, porque otros hay con más

obligación que usted de conocerlas, y ni siquiera saben que están

escritas, ni que sea yo capaz de escribir libros. Andan así las cosas, y

ya se irán arreglando de otro modo, si Dios quiere. Entre tanto, yo

tendré muy regalado gusto en ofrecérselas ahora mismo, sin comprometerle

por ello a que las lea. No pago yo con impuestos tan gravosos el favor y

la honra que me dispensan personas tan bien nacidas como usted,

hospedándose en mi casa.

Mostréme, como pude y supe, agradecido a la fineza; llegamos al

despacho; diome él los libros, con la honrosa «auténtica» de su

dedicatoria autógrafa; previno el mozo las cabalgaduras en el corral;

bajamos a él los que estábamos arriba; hubo abajo las despedidas, las

congratulaciones, las protestas y los apretones de manos que fácilmente

se imaginan; montarnos, al fin, Neluco y yo; volvimos a despedirnos

desde las alturas de nuestros respectivos jamelgos; respondiónos el

caballero con reverencias y con palabras que ya no oíamos bien;

descubrímonos, por último, mientras revolvíamos los caballejos hacia la

portalada, que estaba abierta de par en par; picamos recio; salimos, y a

buen andar, me puse al costado de Neluco, que, como es de presumir,

dirigía la caminata.

Pero yo no me fijé siquiera en la dirección que tomábamos, porque me

sentía repleto del señor de aquella torre, por su saber, por su bondad,

por su talento y por sus «cosas» tan singulares y tan nuevas para mí, y

no tenía otro deseo que el de verme a solas con Neluco para acosarle a

preguntas y saber más y más de todo aquello. Como si adivinara mis

deseos el mediquillo de Tablanca, en cuanto me tuvo a su lado sacó a

plaza el asunto de este modo:

--Ayer le prometí a usted, por la mañana, indemnizarle con creces por la

noche de los penosos ratos que le proporcioné con el conocimiento de su

pariente Gómez de Pomar. ¿He cumplido mi promesa?

--¡Oh!--le respondí--, y con mayores creces de las que usted pudo

esperar... Pero dígame usted, Neluco--añadí arrimándome más a él--, este

hombre, por sus prendas excepcionales de carácter y de saber, gozará de

un gran prestigio y merecerá el respeto de todos, no solamente en su

valle, sino en la provincia entera.

Sonrióse Neluco amargamente, y me replicó:

--¿Prestigio... respeto, dice usted? Pues sírvale de gobierno que ese

hombre no está en un correccional, por un milagro de Dios.

Quedéme estupefacto. Observólo el médico y me dijo echándose a reír:

--No vaya usted a creer que se trata de otro pájaro por el estilo del

hidalguete de Promisiones.

--Me parece que con las señas que empezaba usted a darme...

--Efectivamente; pero con ellas y todo (porque no las tacho ni corrijo),

ya verá usted cómo no hay motivo para que se le desvanezcan las

ilusiones que se ha forjado. Ese hombre es todo lo que usted ha visto y

mucho más que vería si continuara tratándole y observándole de cerca.

Vería usted entonces que su corazón es tan grande como su inteligencia;

que es todo él espíritu de caridad sin límites e inagotable, como el

Océano; que en actos de ella arriesga cien veces la vida, porque

abundan, desgraciadamente, las ocasiones de hacerlo durante las

inclemencias invernales en estos desamparados desfiladeros; que,

habiendo corrido el mundo y teniendo en él deudos encumbrados y

valedores poderosos, ha preferido a lo más solicitado por las vulgares

ambiciones, las estrecheces y oscuridades de su valle nativo, cuya

prosperidad es su manía; que, además de la religión divina de su fe

cristiana, inquebrantable, tiene la terrena del honor y de la Ley

justiciera e incorruptible; que es tal la integridad de su conciencia,

que si un día llegara a reconocerse delincuente y no hubiera juez que

persiguiera su delito, él se declararía juez y hasta carcelero de sí

propio; que tiene la pasión de los débiles y de los menesterosos y de

los perseguidos, el ansia inextinguible del saber y el delirio por las

glorias de su patria; que los desafueros contra el bien común le exaltan

y embravecen... y, por último, que es el hombre que usted adivinó en su

pesadilla de anoche, gastándose la vida y el patrimonio en lidiar

valerosamente, sin punto de sosiego, contra todo linaje de infieles. Con

tales condiciones de carácter, este hombre hubiera sido en los siglos

medios caballero andante o cruzado; pero le tocó nacer en estos tiempos

descoloridos y prosaicos, y sus arremetidas andantescas le resultan muy

a menudo «quijotadas», hasta por los descalabros... Porque este sol

tiene manchas también (y no lo sería si no las tuviera); y aunque estas

manchas, bien observadas, no vienen a ser otra cosa que extremadas

exaltaciones de sus grandes virtudes, al cabo son manchas, y por el lado

de las manchas solamente, le estima y justiprecia el vulgo, rey y

soberano que no entiende pizca de claro-obscuros. Y como hoy todo es

vulgo, leyes inclusive, deduzca usted por consecuencia hasta el

correccional de que le hablé antes.

--No puedo deducir esto tan fácilmente como usted cree--respondí a

Neluco, porque no estaba yo conforme en que las cosas anduvieran tan mal

como él las pintaba.

--Pues lo explicaré mejor con un ejemplo--replicó Neluco--. Figúrese

usted que, según declaran las leyes fundamentales del Estado, todo

ciudadano tiene la facultad de evitar la comisión de un delito, siempre

que pueda, y presuponga enseguida que nuestro hombre toma el precepto

legal al pie de la letra, y trata de cumplirle en la primera ocasión que

se le va a las manos. Ya está evitado el delito, con todas las

consecuencias naturales de una resistencia obstinada, y muy natural

también, de parte del delincuente. Pero álzase éste en queja del

«atropello», y comienzan los trámites reglamentarios, y viene la ley con

sus distingos y sutilezas casuísticas, y hete a nuestro hombre pagando

los vidrios rotos y quizás a las puertas de la cárcel, como un salteador

de caminos. Y hay casos de ello.

--¿Por qué?

--Pues unas veces, porque «esa es la Ley», que parece hecha de intento

para amparar delincuentes; y otras muchas, porque hacia ese lado la

empujan... aquellas nubes negras que también vio usted anoche en su

pesadilla.

--No lo creo, y usted perdone.

--¡Dichoso usted!

--Pero ¿qué razón hay, puestos a creer en esas nubes, para que no

favorezcan a nuestro amigo y sea condenado el otro?

--La razón del «mal nuevo», que también nos mencionó él anoche.

--Será así; pero no lo entiendo.

--Pues sigamos con el ejemplo imaginado, y supongamos que el delincuente

victorioso es un arbitrista de nota, hombre de veta soez y peor entraña,

logrero y trapisondista, pero bien redondeado de caudales. Suponiendo

esto, bien puede suponerse que este hombre es caudillo de un apretado

escuadrón de sumisos mesnaderos, que entran en las batallas que hoy se

usan como un rebaño de borregos; o que tiene arte diabólico para manejar

los cubiletes y trampantojos de esa farsa, a su completo gusto; o que si

no tiene nada de ello, sabe buscarlo por cualquier camino, y que sabe,

además, el valor que esas habilidades representan en el derecho

flamante, y la manera de negociarlas. Pues lo menos con que se pagan hoy

esos merecimientos, es una patente de corso con la que entran a saco en

cuanto abarca su extensa jurisdicción, el corsario o sus protegidos,

hasta en los alcázares de la Ley. Este es el «mal nuevo» a que aludía

nuestro amigo, que por pasarse de honrado, ya no tiene mesnadas con que

servir bajo el pendón de los modernos señores, esos que mandan en las

nubes negras que son sus delegados omnipotentes y hacen mangas y

capirotes, en propio beneficio, de las leyes sin vigor y del esquilmado

suelo de la patria. Le dije a usted en una ocasión, hablando de lo que

hoy tenían que hacer los hombres cultos y de buena voluntad en los

pueblos rurales para conseguir en ellos lo que don Celso y sus

antecesores en el suyo, que no en todas partes se lograba el mismo

fruto; que hasta había mártires de ese heroico trabajo, y que quizás

tuviera usted ocasión de conocer a alguno de ellos. Pues ya le ha

conocido usted en el señor de la torre de Provedaño. Ese hombre insigne,

con todo su saber, con todas sus virtudes, con todos sus timbres de

ilustre linaje, con todos sus sacrificios enderezados al bien y a la

gloria del suelo en que ha nacido y de la patria entera, es un mártir de

su trabajo de Sísifo incansable.

No tenía yo, descuidado madrileño, juicio formado sobre esos males

nuevos y esas nubes negras, a pesar de haber soñado con la mitad de ello

la noche antes como en profecía de lo que había de pintarme Neluco al

día siguiente; pero recordando vaguedades y lugares comunes que a

propósito de tan delicada materia había leído muchas veces maquinalmente

en los periódicos u oído sin atención en conversaciones de café, y

uniéndolo todo a lo dicho por Neluco y a lo que, durante un buen rato,

continuó diciéndome todavía, y, sobre todo, por la complacencia que yo

sentía en engrandecer más y más la idea que me había formado del

caballero de la torre, acepté de buena gana todos los pareceres del

médico, y así fuimos entreteniendo la subida de la sierra, primera parte

de nuestra larga jornada. Para hacérmela aún más placentera, refirió

Neluco algunos rasgos de aquel hombre singular, y entre ellos el

siguiente, que le pintaba de pies a cabeza.

En cierta ocasión se le ocurrió a un convecino suyo, que ya no era mozo,

ir a mirar un poco por el ganado que tenía en el invernal, distante de

Provedaño una jornada de medio día, a un buen andar por los altos

montes, cara al Este. El día era de diciembre. Estaba el cielo gris;

afeitaba el cierzo de puro frío, y aquella misma noche cayó una nevada

de dos palmos. Nevando desde el amanecer y helando desde que anochecía,

pasó más de media semana, y no volvía a Provedaño el hombre que había

ido al invernal, ni se conocía su paradero. Entérase del suceso el señor

de la torre, que no había salido de casa en ese mismo tiempo por no

hacer falta fuera de ella; lánzase de un brinco al corral; toma el

camino del pueblo, volando, más que pisando, sobre la espesa capa de

nieve que le tapiza y emblanquece, como al lugar como al valle entero y

como a todos los montes circunvecinos; llega, golpea con su garrote las

puertas, cerradas por miedo a la glacial intemperie; ábrense al fin una

a una; pregunta, indaga, averigua, estremécese, indígnase, amonesta,

increpa, amenaza donde no halla las voluntades a su gusto; y, por

último, endereza a garrotazos las más torcidas, hasta conseguir lo que

va buscando: media docena de hombres que le acompañen al invernal en que

debe hallarse, bloqueado por la nieve, si no muerto de hambre o devorado

por los lobos, su infeliz convecino, que, contando volver a la mañana

siguiente, no había llevado otras provisiones de boca que un pan de

cuatro libras; hace buen acopio de ellas; exhorta a los seis que le

rodean poco resueltos; anímanse y se enardecen al cabo, porque son

buenos y caritativos en el fondo; emprenden la marcha los siete monte

arriba, monte arriba; y anda, anda, anda, cuando llegan a trasponer las

cumbres de Palombera, sienten dolorido el pecho, como si el aire que

aspiran llevara consigo millones de puntas aceradas, y una torpeza y un

quebranto en las rodillas, cual si fueran losas de plomo los «barajones»

que arrastran sus pies; confórtanse un poco con un trago de aguardiente

que beben «a la riola»; y anda, anda sin cesar, a veces se ven envueltos

en remolinos de nieve cernida, desmenuzada y sutil, que les impide hasta

la respiración y que, por fortuna, pasan como una nubecilla más de las

que se ciernen y vagan errabundas sobre la montaña; el mismo señor de la

torre, de complexión de hierro y que camina siempre delante, nota que le

va faltando su indomable fortaleza; que los miembros se le entumecen,

que no puede modular una sílaba con sus labios contraídos por la

frialdad, que están yertas, insensibles sus manos amoratadas; empieza a

temer algo serio, y no por él, seguramente, y salta, brinca, se frota,

se golpea, grita y aúlla como un salvaje... todo menos vacilar y

detenerse, ni dejar un instante en reposo un músculo ni una fibra de su

cuerpo; y luego canta y se chancea mientras anda, para alentar y dar

ejemplo a los que van a sus órdenes y le siguen en el silencio absoluto,

aterrador, de aquellas alturas solitarias e inclementes. Al fin quiere

Dios que columbren el invernal, que les queden fuerzas bastantes para

llegar a él, que lleguen vivos y que encuentren adentro lo que van

buscando. El hombre está allí, pero a punto de morir de hambre y de frío

y de desconsuelo. Mientras unos le confortan un poco con bebidas y con

palabras, otros encienden una fogata que le vuelve el calor, que también

les faltaba a todos. Tras de la bebida espirituosa, el señor de la torre

va alimentando con prudencia al hambriento y aterido, que devora, más

que come, cuanto le ponen delante de la boca. Ya hay hombre; pero

alelado, taciturno y entristecido. Es preciso curar también aquella

tristeza; y manda que le cuenten algo entretenido los que sepan cuentos

o romances. Nadie de los seis sabe una palabra de esas cosas; pero el

señor de Provedaño sabe de memoria libracos enteros, y enjareta en voz

alta y resonante medio poema del _Mio Cid_. Como si callara. El hombre

no chista, ni siquiera presta atención. Hay que hacer más, y manda que

se cante al uso de la tierra; pero nadie está en voz para ello, y canta

él a grito pelado tonadas del valle nativo, y hasta el «prefacio» de la

misa del día del «Corpus», la más solemne y regorjeada del año. En esta

prueba, ya mira el hombre al cantor y muestra algún deleite en oírle.

Pues hay que echar el resto: ¡a bailar todo el mundo!... Y como nadie se

mueve, baila él como un desesperado a lo alto y a lo bajo, y después la

jota aragonesa, y, por último, un zapateado que arranca al entontecido

una exclamación de asombro y una risotada de alegría, y al caballero, ya

descuajaringado y jadeante, estas palabras que parecen, por el tono, una

maldición: «¡acabaras, hijo de una cabra!»

Todos ya «en buen amor y compaña» descansan, se calientan, hablan,

comen; se acaba el día, duermen, amanece el siguiente, claro, sereno y

radiante de sol, y se vuelven los ocho a Provedaño por encima de la

nieve congelada, como si nada hubiera sucedido. Todo esto, narrado por

Neluco minuciosamente, tenía que oír.

Pasados el puerto y los desfiladeros inmediatos, y rezada en la ermita

del otro lado de la vadera la _Salve_ de costumbre, logré ver a la luz

del sol de media tarde, el resto del camino hasta Tablanca, por el que

siempre había pasado de noche; el cual no me pareció tan profundo ni tan

peligroso como yo le había imaginado entre tinieblas. Llegamos al fin, y

después de saber a la puerta de mi casa, por Chisco, que no había

novedad arriba, despedímonos el médico y yo «hasta luego», y continuó él

andando hacia la suya.

Peñas arriba · 第 16 / 35 题