IV

Estaba allí mi tío, sentado en el sillón de cabecera, y a su izquierda,

en el banco que le seguía inmediatamente, un señor Cura muy corpulento,

con balandrán de paño, gorro de terciopelo raído, y entre manos una

cachavona muy recia; frontero a los dos, con la lumbre entre ambos, otro

personaje más corpulento aún que el señor Cura, de cabeza canosa y

gorda, cara cetrina y ojos muy saltones; en el mismo banco, pero a

respetuosa distancia de este sujeto, Chisco secándose el barro de sus

perneras a la lumbre; y junto a ella, y acurrucada en el suelo sin

estorbar a nadie, con una cuchara de palo en la mano derecha, y en la

izquierda el mango de una sartén colocada sobre las trébedes, una

mocetona de ojos azules, hermoso y abundante pelo rubio y cuerpo bien

metido en carnes.

Al aparecer yo en la cocina, cesó el recio clamoreo de la empeñada

conversación que me había parecido disputa desde el pasadizo inmediato,

y todas las personas del grupo se encararon conmigo de repente.

Descubríme yo entonces y avancé algunos pasos hacia la meseta del fogón.

--¡Hola, hola!--exclamó mi tío al verme--. Ya vienes en busca de la

gracia de Dios, ¿eh? Me alegro, hombre, me alegro... A ver, toma,

cógele... Bien que tú no puedes, porque estás ocupada... Tú, Chisco,

cógele ese candelero que trae en la mano... Vaya--añadió mirando

alternativamente al Cura y al hombrón del otro banco--, aquí le tenéis

ya: éste es mi sobrino Marcelo, el hijo de mi difunto hermano Juan

Antonio. ¿Eh? ¿Qué tal? ¿Qué hay que pedirle en estampa ni en ropaje?...

Mira--me dijo a mí--, estos señores vienen a visitarte...

Entonces se enderezaron a una los aludidos, que me parecieron dos

gigantes, particularmente el seglar, que metía la cabeza hasta los

hombros dentro de la campana de la chimenea; pero ni el Cura se quitó el

gorro, ni el otro el chambergazo con que tapaba una parte mínima de la

blanquísima greña que se le desbordaba por todo el perímetro de la

cabezota. Me dieron sendos apretones de manos, que me hicieron ver las

estrellas; y mientras volvían a sentarse, a mis ruegos, y me sentaba yo

también a los de mi tío entre él y el señor Cura, continuó diciendo el

primero, señalando al segundo:

--El señor don Sabas Peñas, párroco de este pueblo desde que cantó

misa... ¡ya hace fecha! porque te advierto que no baja una peseta de los

tres duros y medio... Se los llevo bien contados... Buen amigo, buen

cumplidor de sus deberes, eso sí, y muy docto en latines de todas

clases... y en poner una bala en el corazón de un oso sin que le tiemble

el pulso... No se le conoce otro vicio.

El Cura soltó aquí una carcajada que retumbó en el embudo de la

chimenea, y hasta farfulló unos latines de breviario que no pude

entender.

Después dijo mi tío refiriéndose al hombrazo del banco frontero:

--El señor... Hombre--añadió encarándose repentinamente con él--, ¿me

dejas entregar todo tu pasaporte de una vez, para acabar primero y

entendernos mejor? Ya sabes que le tengo bien aprendido en la memoria...

El hombrazo se revolvió en su banco gruñendo un poco, y dijo al fin, con

voz cavernosa y resonante:

--En ese que tú llamas pasaporte no hay cosa que me agravie, y puede

estamparse siempre a la misma luz del sol: bien lo sabes tú. ¡Pero

cuidado con el retintín! porque hay bocas que hasta el mismo «Credo» de

la misa hacen sonar a lo que no es...

--Esa boca no es la mía, ¡cuidado con ello!

--Digo que hay esas bocas, y no digo más que eso--replicó el hombrazo.

--Santo y corriente; pero yo vuelvo a preguntarte si va o no va, para

conocimiento de mi sobrino, todo tu pasaporte, ¡cuartajo!

--Y yo te respondo que lo que es honra para mí, no puede ofenderme. Con

que allá te veas, y no hay más que decir.

--Pues escucha, Marcelillo, que allá va el documento: don Pedro Nolasco

de la Castañalera, alcalde que fue de este Real Valle en mil ochocientos

treinta y dos, regidor en mil ochocientos treinta, teniente de alcalde

en mil ochocientos veintisiete, síndico en mil ochocientos veinticinco,

antiguo empleado en el lavadero de lanas de los señores Botifora y

Compañía, extramuros de la ciudad de Valencia... Ordeno y mando.

--¿Lo ves?--saltó aquí el hombrazo, con un vozarrón que aturdía. ¡Ya

sacastes la pata!... ¡ya la jicistes!

--¿En qué?--preguntó mi tío, fingiendo extrañeza, mientras el Cura reía

a borbotones y lanzaba latines y yo no sabía qué pensar de todo

aquello...

--Oiga, usted, caballerito--díjome entonces don Pedro Nolasco, algo

tembloroso de voz--: es la pura verdad que yo he sido, y a mucha honra,

todas esas cosas que usted ha oído... pero contra el «ordeno y mando»

del remate, protesto una vez, y dos veces, y dos millones de ellas.

--Consta en papeles--afirmó mi tío con gran entereza.

--Y mucho que consta--respondió don Pedro Nolasco--; pero con su cuenta

y razón: en bandos que yo publiqué en su día, cuando las cosas andaban a

paso más firme que ahora... sí, señor; allí estaba bien y en su punto;

pero no lo está donde tú acabas de ponerlo con la mala intención que

siempre tuvistes...

--¡Eso es agraviarme!--exclamó mi tío sofocado por la tos.

--¡De que me faltaras tú sin motivo me estoy quejando yo!

--¡Yo no te he faltado!

--¡Yo aseguro que sí!

La cosa estuvo a punto de encresparse de veras por este camino; pero con

la intervención del Cura y con la mía, conjuróse a tiempo la tempestad,

que no era nueva en aquella cocina entre los mismos contrincantes, según

luego supe; porque los dos eran sulfurosos de genio, y las cosas del don

Pedro Nolasco una continua tentación para el espíritu marrullero de mi

tío.

Puestos en paz bien pronto, continuó éste:

--Por lo demás, llévame dos años de fecha, aunque niégalo el arrastrado,

sin pizca de temor de Dios, y tiene ya los cuatro duros bien corridos de

peso. Fue siempre de mucho odre, buen apetito y mejor conducta. Así ha

llegado él tan acá, sin un mal retortijón de tripas. Nunca le tomó

apego, como el Cura, a la caza mayor... en los breñales, se entiende,

porque a la vera de su casa o al amor de la lumbre, se zampa un buey en

dos sentadas, si hay quien se le ofrezca. Por eso y otras cosas, le

llamamos los que bien le queremos, sin que a mal lo tome ni se ofenda,

«Marmitón».

--¡Celso!--rugió aquí don Pedro Nolasco, dando patadas en el borde de la

meseta en que apoyaba los pies, calzados con zapatillas de cintos

negros, lo mismo que el señor Cura y que mi tío.

Y entonces me fijé yo en que debajo de las zapatillas calzaba medias

alagartadas, verdes, con grandes pintas negras.

--Eso es lo único que te afea, salvo la cara--díjole mi tío

serenamente--: el genial... En ese punto eres una jabalina celosa, a lo

mejor de una chanza. Salimos de una chamusquina, y ya te quieres meter

en otra...

--¡Barájolas!--exclamó don Pedro Nolasco santiguándose--. ¿Ustedes han

visto otra como ella? Trapalón de los demonios, ¿pues me he metido yo

contigo ni tanto así, desde que se acabó lo otro?

Mi tío no le hizo caso, y me preguntó a mí:

--¿Le has visto ya bien? Pues con esas cerdas y todo, es el vecino más

noblón del pueblo y el mejor amigo de sus amigos, y además es uva de la

nuestra cepa. Lleva el corazón en la mano, y dará la piel cuando no

tenga capa que partir con el pobre. Te lo digo yo, Marmitón de los

demonios, aunque me pegues--añadió encarándose con el gigante--; te lo

digo yo, ¡cuartajo!, yo, que tengo buenas pruebas de ser verdad: y te lo

digo con el alma y vida. Si quieres creerme, me crees, y si no, peor

para ti. ¿No es así, Cura?

--_Est Deus in nobis_--respondió éste moviendo la cabeza de un lado a

otro, como quien afirma algo bueno que es además indiscutible--. No hay

que darle vueltas, _est Deus in nobis, semper et ubique_. Y si no fuera

así, pobres de nosotros a cada chapucería de las que arma Satanás en las

disputas de los hombres.

--Pues bueno--repuso mi tío volviéndose hacia su amigo que no chistaba

ni se movía, con los ojazos clavados en la lumbre--. Ahora quiero que te

quedes a cenar con nosotros, no por mí, que no lo merezco, sino por

honrar a mi sobrino.

--¡A buen tiempo!--murmuró el gigante revolviendo un poco la mirada

hacia don Celso y descargando mucho los celajes de su faz.

--¿Lo dices porque has cenado ya?--le replicó mi tío.

--Naturalmente.

--Pues por eso mismo, porque lo presumía, te convido yo. En estómagos

como el tuyo, ceba llama ceba... Y para animarte más y hacerla redonda y

cabal esta noche, también te convido a ti, Cura.

--Eso ya es otra cosa--dijo entonces don Pedro Nolasco, entrando de

frente a la porfía--: si él se queda...

Negábase el Cura a ello de todas veras; pero a fuerza de insistir mi tío

y de empeñarme yo también, aceptó al cabo.

--¿Lo has oído, Tona?... Pues llévale el cuento a Facia para que ponga

dos platos más en la mesa, y añade tú lo que falte, si es que falta algo

en la cocina.

Tona respondió que sobraba con lo que había arrimado a la lumbre,

siempre que cada cual comiera «como Dios mandaba»; y mi tío, mientras el

hombrón recibía con carraspeos la condicional que la sirviente había

echado hacia allá con los ojos, dio por rematada la historia y mandó que

se tratara de otra más divertida.

No lo fueron ni tanto siquiera, para mi gusto, las pocas que salieron a

relucir después, mientras la mocetona rubia, y Facia, la mujer gris, que

entraba y salía a menudo, daban los últimos toques a los condumios

arrimados al fuego. Por mi parte, y «para ir tirando de la conversación»

tuve que suministrar, a instancias del Cura y de don Pedro Nolasco,

cuatro vaguedades sobre «esos mundos de Dios», por los que tanto había

rodado, al decir de los mismos señores; y menos interesado ya que al

principio en lo que allí se trataba, y pudiendo llevar mi atención a

otros términos del cuadro, observé, entre otras cosas, que Tona y Chisco

no tomaban parte en ello más que con los ojos y alguna que otra

exclamación o risotada, y que la tal sirvienta, por su cara y por su

talle, de pies a cabeza, en fin, era lo que se llamaba una buena moza.

--Ya ves--llegó a decirme mi tío--, que aquí no se pasa el rato del todo

mal, después de hecho el hombre a estas cosas tan diferentes de las de

«allá». Y mejores se pasan todavía, como irás viendo, porque esta noche

no hace regla: no es sazón de ello hoy por hoy, en que no aprieta el

frío y está mucha de la maíz sin deshojar, y hay que deshojarla, porque

lo primero es lo primero; pero déjate que corran días y empiece a

empardecerse el cielo y a «rebombar» el pozón de Peña Sagra, ¡trastajo!

y verás acudir gente a esta cocina, hasta haber noche de no caber en

estos bancos, cada cual con su avío y con su tema... toda gente montuna,

por de contado: puros jastialones. Hay que armarse a veces de mucho

aguante, eso sí, porque en un rebaño, ¡zancajo! no todas las bestias son

de una misma condición; pero las mejores de éste son las más; y con tal

de no pedir castañas al camueso... Vamos, que te ha de entretener, si es

que te avezas a ello... y Dios lo haga así.

--¡Pues no ha de jacerlu!--exclamó don Pedro Nolasco, asombrado de que

se pusiera en duda lo que él tenía por indudable.

--_A custodia matutina usque ad noctem speret Israel in

Domino_--confirmó don Sabas--, sin contar con lo que tengo dicho y no me

cansaré de repetir: _est Deus in nobis_; y por eso no hay que desesperar

de nada que sea honrado, conveniente al hombre de bien y conforme a la

santa ley de Dios.

Cuando llegó el momento de irnos a cenar, preguntó don Pedro Nolasco muy

sorprendido:

--¿Pero, cómo?... ¿No cenamos aquí?

--¡No señor!--respondió mi tío empujándonos hacia la puerta.

--Pero ¿por qué?--insistió aquél erguido sobre el fogón.

--Curiosón de los demonios--replicó el otro volviéndose hacia él desde

la mitad de la cocina--. En primer lugar, a zoquete regalado no debieras

ponerle tachas; y, por último, has de saberte, traga-aldabas del jinojo,

que ni todos los tiempos corren unos, ni todos los hombres son iguales.

¿Me entiendes ahora?

Esto ocurría en el instante en que Chisco, por mandato de Tona, se

acercaba a la pared que yo había tenido enfrente, a la cual estaba

adaptado un tablero, soltaba la taravilla que le sujetaba por arriba, le

hacía girar sobre el eje que tenía en el lado de abajo, y le dejaba en

posición horizontal sostenido por un tentemozo. Pidiendo informes sobre

el uso de aquel aparato, averigüé que era la mesa «perezosa» a quien

había aludido mi tío en el comedor.

--Y ¿para qué la ponen ahora?--preguntéle.

--Para cenar los criados en cuanto nosotros nos larguemos de

aquí--respondióme.

Me gustó el artefacto, que quedaba armado a muy corta distancia del

fogón; tentóme la novedad aquella, y desde luego uní mi parecer al bien

notorio de don Pedro Nolasco.

--Pues por mí--dijo mi tío con firme resolución--, que levanten los

manteles de la otra mesa y los tiendan en ésta. Por regalarte el gusto,

mandé que se cenara allá: ya sabes que el mío es muy diferente. Además,

para lo que he de cenar yo... Conque si te gusta más esto...

Convinimos, a mis ruegos, en que por aquella noche quedaran las cosas

como estaban, cenando en adelante en la perezosa y dejando la mesa del

salón para la comida del mediodía; bajóse de su pedestal don Pedro

Nolasco, y salimos de la cocina los cuatro comensales en ringlera,

siguiendo a Tona que nos alumbraba el camino con el candil que había

descolgado de la campana de la chimenea.

Y sucedió lo que yo estaba temiendo rato hacía, por lo que había ido

observando alrededor de la lumbre y en los trajines de la repolluda

cocinera; que la cena dispuesta en honor mío era para servir de espanto

más que de tentación y de consuelo a un comensal de mis tragaderas,

hecho y avezado a las sabrosas parvidades de la cocina mundana.

Comenzando a contar por los cubiertos y dos cucharones de plata de

anticuada forma, una torta de pan «casero», ocho vasos de cristal

verdoso y un botellón muy negro, todo cuanto había y fue apareciendo

sobre la mesa era macizo y grande y abundante hasta lo increíble.

Primeramente, un cangilón de sopas de leche, después una fuente muy

honda, de un potaje de nabos en ensalada; luego una tortilla de

torreznos, seguida de una asadura picante, y, por último, una compota

descomunal de manzanas, y mucho queso curado de ovejas. Lo único que

escaseaba allí eran la luz y el calor, porque la de las mechas del velón

casi se perdía en el negro espacio antes de llegar a la mesa, y el

chamuscón que yo me había dado en la cocina sólo me servía en el comedor

para sentir doblemente la glacial temperatura de aquel páramo.

El Cura, contra lo que yo esperaba de su tamaño, comía nada más que

regularmente, y era limpio y reposado en el comer. Mi tío probaba de

todo sin gustarle nada, y yo satisfice mi necesidad, más que apetito, de

doce horas, casi tanto con la vista de tan copiosos alimentos, como con

las parvidades que de ellos tomé... ¡Pero don Pedro Nolasco!... No tenía

calo ni medida su estómago de buitre; devoraba hasta con los ojos; y

mucho de lo que no le cabía en la boca mientras funcionaba su gaznate,

corríale en regatos por el exterior hasta sumirse bajo la sobarba entre

cuero y camisa, o mezclarse gota a gota con la mugre del chaleco.

Se habló poco en la mesa, y de esto poco la mayor parte fue de mi tío

para decir injurias al glotón, que no le contestaba, ni creo que le oía,

y para ponderarme su asombro por lo melindroso que le parecí en el

comedor, y muy especialmente por el «plan» de cena mía, para en

adelante, que le tracé. No podía comprender el buen señor que un mozo de

mis años y con mi salud, no comiera cuanto se le pusiera delante a

cualquier hora del día o de la noche. «Abundante y sustancioso» era la

divisa del bien comer entre los hombres rumbosos del pelaje de mi tío.

Andando en esto y «regoldando» ya el gigante por no tener su estómago

cosa de más jugo en que entretenerse, oyóse una campanada de reló hacia

lo más obscuro y remoto de la estancia.

--¡Las diez y media!--dijo mi tío revolviéndose en el banco--. Me parece

que ya es hora de que te dejemos en paz. El viaje te habrá molido bien

los huesos, y tendrás ganas de tumbarlos en la cama. Por lo demás, no te

creas: entre el laberinto del ganado abajo, y la tertulia de arriba

después de rezar el Rosario, rara es la noche en que nos acostamos más

temprano... Ya verás, ya verás, ¡pispajo! cómo sabemos vivir aquí,

aunque montunos y pobres, a uso de pudientes de ciudad... Conque

¿entendístelo, Marmitón? Pues, ¡jorria! ya que estás jartu, y a su casa

el que la tenga.

Levantámonos todos, dio gracias el Cura, respondímosle cumplida y

devotamente, y se fue con don Pedro Nolasco, no sin haberme hecho volver

a ver las estrellas con los apretones de manos que me dieron por

despedida.

Poco tiempo después, encerrado yo en mi cuarto, paseábame a lo largo de

él intentando pensar en muchas cosas sin llegar a pensar con fundamento

en nada, no sé si porque realmente no quería, o porque no podía pensar

de otra manera. Con esta oscuridad en mi cerebro y el continuo zumbar

del río en su cañada, acabé por sentirme amodorrado, y me acosté.

Blanca de ropas y limpia como un sol era mi cama; pero ¡qué fría... y

qué dura me pareció!

V

Sin embargo, dormí toda la noche de un solo tirón; pero soñando mucho y

sobre muchas cosas a cual más extravagante. Recuerdo que soñé con el oso

del Puerto; con desfiladeros y cañadas que no tenían fin, y tan angostas

de garganta, que no cabía yo por ellas ni aun andando de medio lado.

Obstinado en pasar huyendo de la fiera que me seguía balanceándose sobre

sus patas de atrás y relamiéndose el hocico, tanto forzaba la cuña de mi

cuerpo, que removía los montes por sus bases y oscilaban allá arriba,

¡muy arriba! las cúspides pedregosas, y hasta se desplomaban muchas de

ellas sobre mí, pero sin hacerme daño. También soñé con mi tío bailando

en la cocina, junto a la lumbre, unas seguidillas que cantaba la mujer

gris tañendo una sartén muy grande; y después con don Pedro Nolasco, el

cual comía becerros crudos y troncos de abedul y peñascos de granito con

bardales, mientras iban comiéndome a mí, fibra a fibra y muy poco a

poco, el Tedio y la Melancolía, un matrimonio de lo más horrible, que

vivía en el fondo de un abismo sin salida por ninguna parte.

Quizás por haber sido éste mi último sueño de la noche, fue tan triste

mi despertar por la mañana. ¡Porque fue triste de veras! Pero me había

dormido con la curiosidad recelosa de conocer de vista la tierra en que

voluntariamente acababa de sepultarme; y sintiendo revivir de golpe

aquel vehemente deseo al ver un poco de luz que se filtraba por los

resquicios de las puertas, levantéme de prisa, lavéme tiritando de frío,

envolvíme en el abrigo más espeso de los varios que tenía a mi alcance,

y me asomé al mismo balcón a que me había asomado por la noche.

Ya no llovía; pero estaba el mezquino retal de cielo que se veía desde

allí levantando mucho la cabeza, cargado de nubarrones que pasaban a

todo correr por encima del peñón frontero y desaparecían sobre el tejado

de la casa. Entre nube y nube y cuando se rompía algún empalme de los de

la apretada reata, asomaba un jironcito azul, salpicado de veladuras

anacaradas; algo como esperanza de un poco de sol para más tarde, si por

ventura regían en aquella salvaje comarca las mismas leyes

meteorológicas que en el mundo que yo conocía.

Dejando este punto en duda, descendí con la mirada y la atención a lo

que más me interesaba por el momento: lo que podía verse de la tierra en

todas direcciones desde mi observatorio de piedra mohosa con barandilla

de hierro oxidado. ¡Bien poco era ello, Dios de misericordia!

Delante y casi tocándole con la mano, un peñón enorme que se perdía de

vista a lo alto, y aún continuaba creciendo según se alejaba cuesta

arriba hacia mi izquierda, al paso que hacia la derecha decrecía

lentamente y a medida que se estiraba, cuesta abajo, hasta estrellarse,

convertido en cerro, contra una montaña que le cortaba el paso

extendiendo sus faldas a un lado y a otro. Rozando las del peñón y la

del cerro hasta desaparecer hacia la izquierda por el boquete que

quedaba entre el extremo inferior del cerro y la montaña, bajaba el río

a escape, dando tumbos y haciendo cabriolas y bramando en su cauce

angosto y profundo, cubierto de malezas y de misterios. Inclinado hacia

el río, entre él y la casa, debajo, enfrente y a la izquierda del

balcón, un suelo viscoso de lastras húmedas con manchones de césped,

musgos, ortigas y bardales. A la derecha y casi a plomo del balcón, el

principio de un corral que seguía fachada abajo y daba vuelta en ángulo

recto hacia la otra, lo mismo que el cobertizo que le cercaba por el

lado del río, y estaba destinado, por las muestras visibles, a cuadras,

leñeras y pajares. Por el estorbo de estos tejadillos y de la larga

línea de fachada de la casona, sólo se alcanzaba a ver, por la derecha,

una estrecha faja de terreno cultivado, paralela al río y perteneciente

al valle que, según todas las trazas, se extendía hacia aquella parte,

es decir, a la derecha del río. Y a todo esto, el patio y sus tejados, y

el terreno de afuera, y las zarzas y los helechos y la baranda del

balcón, en fin, cuanto se veía o se palpaba desde mi observatorio,

húmedo, reluciente y goteando.

No habiendo cosa más risueña en que poner la vista por aquel lado, fuime

a la otra fachada, la que correspondía al claro frontero a mi alcoba.

Por esta puerta salí a un largo balcón o «solana», de madera encajonada

entre dos «esquinales» o mensulones de sillería, llamados también

«cortafuegos». En el de mi derecha resaltaba el grueso y tallado canto

de un escudo de armas, cuyo frente no podía ver por lo que sobresalía el

esquinal de la baranda del balcón. No pudiendo ver tampoco desde allí, y

por idéntico motivo, el resto de la fachada, supuse, y no sin

fundamento, que la parte de edificio habitada por mí formaba un cuerpo

saliente. El balcón caía sobre un huerto del mismo ancho que aquella

fachada de la casa, y muy poco más de largo, con sus correspondientes

inclinaciones hacia ella y hacia el río; una docena de frutales en

esqueleto; un cuadro de repollos medio podridos; algunas matas de ruda,

de mejorana y de romero; un rosal vicioso y en barbecho lo demás; un

muro viejo para cercarlo todo; y por encima del muro, surgiendo las

moles de un negro anfiteatro de fragosos montes, que allá se andaban en

altura con el peñón de la derecha, que formaba parte de él. Y no se veía

otra cosa.

Por la dirección de la luz y otras señales bien fáciles de estimar, di

por seguro que aquella fachada de la casa miraba al Sur, y que por el

lastral que bajaba a mi izquierda, es decir, al Este, entre la pared del

huerto y el monte de aquel lado desde un alto desfiladero que se veía

algo lejano, había venido yo la noche antes. Por este viento nada tenía

que observar, pues bien a la vista estaba la montaña que corría paralela

a la casa asombrándola con su mole. Había, pues, que buscar por el Norte

del «solar de mis mayores» la perspectiva del valle entero, que le

parecía a Chisco «punto menos que la gloria».

Con este propósito me retiré de la solana de mi aposento, y salí al

comedor. Estaban abiertos los dos claros de él que daban al exterior de

la casa. Acerquéme a uno de ellos, y vi que correspondían ambos a otra

solana muy escondida al socaire de la pared de mi habitación que,

efectivamente, sobresalía mucho de la línea general de la fachada. Entre

esta pared y otro mensulón mucho menos saliente que ella al extremo

opuesto, corría la solana, a la que daba también una puerta del

dormitorio de mi tío.

Estaba abierta y me colé dentro. No había allí más que una cama del

mismo estilo que la mía, pero grande, de las llamadas de matrimonio; un

crucifijo y una benditera en la pared del testero, una cómoda, dos

perchas, un palanganero, un sillón de vaqueta, dos sillas y un felpudo.

La cama estaba ya hecha, el suelo barrido y todas las cosas en orden,

señal de que mi tío había madrugado más que yo. Me asomé a una ventana

abierta en la pared del Este junto a una alacena, y vi lo que ya me

había imaginado: el peñascal negro, jaspeado de grietas con vegetaciones

silvestres y separado de la casa por un callejón pendiente, de lastras

resbaladizas.

Al volver al comedor por la salona, halléme con mi tío que entraba en él

por la puerta de enfrente. Llegaba fatigoso y se apoyaba en un bastón. A

la luz del día parecíame su traza muy otra de lo que me había parecido a

la luz artificial. El blanco y fino cutis de su cara tenía un matiz

azulado, y había en sus ojos y en su boca una muy marcada expresión de

anhelo. Sin embargo, su «humor» era el de siempre; y si era disimulo de

lo contrario, no se le conocía. Se admiró de hallarme levantado tan

temprano. Venía a ver qué era de mí; si se me oía revolverme en la cama,

para entrar, en este caso, a abrirme los balcones, si lo deseaba, y si

no, para tener el gusto de darme los buenos días. Le agradecí mucho su

cuidado, y después de abrazarle le pregunté cómo había pasado la noche y

por qué madrugaba tanto.

--Como siempre, hijo del alma--contestóme entre toses y jadeos--. Y no

me las dé Dios peores. En buena salud, me levantaba con el alba; desde

que tengo tan mal dormir, madrugo mucho más que el sol, y con todo y con

ello, me sobra tiempo de cama.

Parecióme que el relente frío de las madrugadas no debía de sentarle

bien, y así se lo dije, aconsejándole que se guardara de él.

--Eso será entre vosotros--me contestó con su aire chancero de

costumbre--, avezados a vivir entre cristales; ¡pero entre los montunos

de por acá!... ¡Pobre de tu tío Celso el día en que no pueda desayunarse

con una tripada de esa gracia de Dios! Pero, vamos a ver, ¿y tú? ¿te has

desayunado ya con algo más de tu gusto? Porque no falta de ello en casa,

como te dije anoche. Y si no has pensado en eso, ¿en qué trastajo has

pensado?... ¡Mira que como sea falta de franqueza!...

Díjele en qué me estaba entreteniendo desde que me había levantado y lo

que llevaba visto ya, y me replicó, agarrándome por un brazo al mismo

tiempo y tirando de mí hacia los carrejos interiores:

--¡Por vida del ocho de copas, hombre!... Pues, mira, en parte me alegro

de que hayas empezado por donde empezaste: así te queda lo mejor para lo

último... ¡Ven acá, ven acá!

Y me llevó a remolque hasta la cocina, donde me hallé a la mujer gris, a

Tona y a Chisco, sentados a la perezosa y almorzando unas fritangas con

borona. Diéronme risueños los buenos días, levántandose muy corteses, y

apenas me dejó tiempo mi tío para cambiar con ellos algunas palabras;

porque tan pronto como abrió una puerta cercana a la mesa y en la misma

pared, comenzó a llamarme a su lado.

Obedeciéndole, salí a un balcón de madera de mucha línea y muy volado,

la mitad del cual caía sobre el patio de las cuadras, que no pasaba del

centro de aquella fachada, y la otra mitad afuera. De este modo podía

ver el panorama completo y sin estorbos. Formaban la barrera de enfrente

la montaña atravesada delante del cerro de la izquierda, y otra que la

seguía hacia mi derecha, bien poblada de vegetación en su base, de color

pardo muy obscuro en la mitad, de alto abajo, de lo que pudiera llamarse

su tronco; de verde crudísimo en la otra mitad, y con la enorme cabeza

gris, como un cráneo despellejado y seco, entornada hacia el hombro

izquierdo, con la blanca osamenta al aire también. Me hacía el efecto

aquella vasta mancha verde, fina y jugosa, iluminada entonces casi de

frente por un rayo de sol, de un remiendo de terciopelo riquísimo en un

vestido de tosco sayal. Formando ángulo con esta montaña y quedando un

boquete entre las dos, terminaba, coronada de crestas y picachos, la que

descendía por el Este de la casa rozándola el costado con sus bardales.

Dentro de todo este marco, que parecía una contradanza de colosos

encapuchados, se extendía una tierra de labor tijereteada en pedazos, de

pradera y de boronales, los primeros de un verde aterciopelado, y los

segundos con la nota pajiza que les daban los tallos secos, aún no

cortados, del maíz recién cogido. Entre mi observatorio y esta mies, que

descendía en rampa hacia los montes de enfrente, y muy inclinada al

mismo tiempo hacia el río, un pedregal erizado de malezas y surcado de

senderos y camberas de comunicación con el pueblo, cuyas casitas se

veían, hechas un rebaño, en lo más alto de la mies, con la iglesia en

medio, que parecía, y lo era en sustancia, su pastor. En todos aquellos

edificios, con las fachadas muy lavaditas y las puertas y ventanas de

par en par, veía yo otras tantas caras de seres desdichados y

enfermizos, con la boca y los ojos muy abiertos, ávidos de aire y de luz

que les iban faltando. Y entre aquellas caras las había de varias

expresiones, desde el patético compasible, hasta el cómico y el

grotesco. Daba gana de echar a algunas de ellas una limosna, para

calmarles las angustias del estómago, o un sombrero de desecho para

sustituir la ruinosa chimenea, y a todas un asidero para sostenerse, sin

rodar hasta el monte, en la postura violenta en que yo las veía.

Tan embebido me hallaba en este linaje de visiones, que ni siquiera me

enteraba de los informes que iba dándome mi tío sobre cada cosa de las

principales del cuadro. Parecíame todo el valle, relativamente a la

altura de su marco, de una pequeñez asfixiadora, y considerábame caído

de las nubes en el fondo de un dedal enorme. ¿Qué idea tendría Chisco de

la Gloria celestial, cuando la ponía solamente un punto más arriba que

aquello en la escala de lo hermoso y admirable?

¡Dios eterno, qué envidia tuve entonces a los pájaros porque volaban!

--Dígame usted, tío--preguntéle de golpe, y sin reparar en que le

cortaba a lo mejor un entusiástico discurso precisamente sobre la

anchura y salubridad del valle--, ¿por dónde se sale de aquí?

--¿Jacia ónde?--me preguntó él a su vez.

--Pues... hacia... hacia fuera, hacia el mundo, vamos--respondíle yo

aturullado como un chicuelo imprudente, temeroso de que me descubriera

los pensamientos que me habían arrancado la pregunta.

--¡Jacia el mundo!--repitió él soltando una carcajada--. Pues me hace

gracia la ocurrencia, ¡pispajo! ¿Estamos aquí en el limbo, o qué?

--He querido decir--repuse celebrando con una risotada contrahecha la

pregunta de mi tío--, que cuáles son las salidas principales...

--Ya, ya: ya te había calado yo el pensamiento--respondióme él, dejando

de pronto el aire jaranero--, sino que como la ocurrencia tuya se

acaldaba bien en una chanza, y yo soy así... Pues te diré: una de las

salidas principales es el camino por donde tú has venido anoche, éste de

al lado nuestro.

--Corriente.

--Y la otra es la que se ve allá abajo, a la mano izquierda: la misma

salida del río. ¿No ves un camino que va por encima de él siguiendo toda

la ladera? El puente está aquí a la izquierda, entre aquellos jarales.

Puede que le confundas con ellos por lo viejo que es... Pues por ese

camino se va...

--¿Hasta dónde?

--¡Hasta dónde!... ¡Trastajo! hasta la mar, si te conviene.

--Bien; pero ¿por dónde?

--Pues río abajo, río abajo... de pueblo en pueblo. ¿Quieres que te los

nombre uno a uno?

--No hay necesidad.

--Hasta que llegas a un camino real. Si quieres seguirle por la derecha,

porque te jale lo mundano, le sigues; y si te contentas con menos, le

cruzas; y no apartándote de la vera del río, en un dos por tres darás

con los jocicos en la mar... Mira, hombre, aquí donde me ves y con los

años que tengo, no llegan a cuatro las veces que he estado en Santander.

La primera con tu tía, recién casado con ella. Entonces no había el

camino real de que te hablo, que es de ayer, y había que ir a buscarle

más lejos. Íbamos a caballo, como siempre se ha ido desde aquí por los

pudientes. Ella, en un sillón de terciopelo azul y clavillos

sobredorados, con las galas de novia, a la moda de entonces. Campaba de

veras, porque era guapetona de firme... ¡trastajo, si lo era! No nos

comía la prisa y jicimos noche en la villa de San Vicente, que al otro

día abrió puertas y ventanas para vernos salir... Mira, hombre, poco más

de un mes antes había salido de España, a tiro limpio, el último ladrón

de los de Pepe Botellas... Cabalmente. Pues bueno: paramos poco en la

ciudad, porque no nos gustó aquello. La segunda vez fue a raíz de lo del

veintitrés, con un pariente de los de Promisiones, que deseaba, como yo,

ver cómo andaban las cosas del mundo, después de la taringa que habían

llevado los botarates de la «Pitita». ¡Cuartajo, qué cumplida se la

dieron... y qué merecida la tenían los arrastrados! Pues la tercera fue

ayer, como quien dice, no más que por el gusto de saber por mí propio

qué era eso del camino de fierru que acababa de estrenarse... Y para de

contar, después de enterarte de que no pasan de doce las que he salido

del valle más allá de dos leguas... Y te aseguro que nunca que dormí

fuera de él, jice sueño con arte, y toda comida que no sea la de mi

casa, me ha sabido siempre a condumio sin sustancia; y en no viendo yo

estos picachones encima de la cabeza por donde quiera que ando, me hago

cuenta que no veo cosa de gusto ni de traza, y hasta la mar de la costa

me parece una pozuca, comparada con las anchuras de este valle... De las

casas en ringle no se me hable, ¡trastajo! porque solamente de mentarlas

me falta la respiración y me ajoga el hipo... La verdad, Marcelo... Cada

uno a lo suyo, y con su cada cual. Y a este respective, has de saberte

que hay en este valle gentes que se caen de viejas sin haber salido de

él más allá de lo que corre de una «alentá» un perro con asma. Y se

morirán tan satisfechas como si murieran de jartura del mundo que tú

conoces: igual que ha de pasarme a mí en el día de mañana. Créeme, hijo:

cuanta menos carga de antojos se saque de esta vida, más andadero se

encuentra el camino de la otra. Hay quien jalla la mina cavando en un

rincón de su huerto, y hay quien no da con ella revolviendo la tierra de

media cristiandad. Ahora, tú dirás quién es más afortunado de los dos y

más digno de envidiarse... ¡Cascajo! y vamos adelante con la historia,

que como dé yo en irme por los atajaderos. ¿Dónde habíamos quedado con

ella? ¿Qué más deseas saber?

--Por de pronto--respondíle, maravillado de aquélla su vivacidad de

imaginación y soltura de «pico», que parecían incompatibles con la

dolencia que le acababa--, si se ensancha el paisaje más allá del

boquete por donde se cuela el río.

--Al contrario--respondióme--: en cuanto doblas el recodo, vuelven a

encalabrinarse los picachos a la vera del río, tan pronto a un lado como

a otro, cuando no a los dos a un tiempo. Anchuras de éstas no se

encuentran hasta el camino real: medio día de rodar, agua abajo, en una

caballería de buenos pies; un paseo, como quien dice, y de los cortos...

Enfrente de ese boquete tienes aquel otro de la mano derecha, por donde

se mete una tira que va a acabar en punta allá dentro. ¿Le ves? al pie

mismo de la montaña manchada de verde por arriba. Pues por ese callejo

hay otra salida que va trepando por los breñales... en fin, hombre,

hazte cuenta que en cada resquebrajo que veas en un monte de éstos, hay

un sendero por donde andan estas gentes como por el portal de la

iglesia, y se pasean y toman el aire y recrean la vista los hombres

desocupados y sanos de pecho, como tú. Ya verás, ¡trastajo! ya verás lo

que es bueno.

--Así lo espero--respondí faltando a la verdad de lo que pensaba--. Y

diga usted--añadí apuntando al mismo tiempo con el dedo hacia allá--,

¿qué significa aquella mancha verde en que ya me había fijado yo antes

que usted me la mencionara?

--¡Oh!--contestóme alzando los dos brazos a un tiempo--, ¡eso es la gran

riqueza del lugar, amigo! Eso es el «Prao-Concejo» de aquí, porque

también hay otros pueblos que tienen el suyo correspondiente; pero no

como el nuestro. ¡Quia! ¡Pispajo, ya le quisieran! Es de todos y cada

uno de estos vecinos: un caudal de yerba que se reparte «por adra» todos

los años. Ya verás, ya verás qué romería se arma el día de la siega, si

te coge aquí el primer agosto que llegue...

--Pero ¿cómo demonios--pregunté verdaderamente asombrado de lo que me

contaba mi tío--, se puede segar en aquel precipicio, ni bajar al valle

lo que en él se siegue, ni mucho menos subir allá para segarlo y

recogerlo?

Rióse mi tío de lo que él llamaba mi inocencia, «con tanto como yo sabía

del mundo», y prometiéndome la explicación de lo que me asombraba para

cuando la pidiera «sobre el terreno», no quiso decirme más.

--Y en finiquito--concluyó--, ¿qué te parece de todo lo que has

visto?... porque creo que no falte nada en que no hayas puesto los ojos.

--Sí, señor--le respondí al punto--: falta algo que busco con ellos

desde que me puse a mirar esta mañana, y no hallo por ninguna parte.

--Y ¿qué cosa es ella, hombre?

--Pues un palmo de tierra llana.

--¡Trastajo!--exclamó aquí mi tío, mirándome con el asombro pintado en

los ojos--, ¿cómo demonios ha de jallarse lo que no hay?

--¡Que no!--exclamé yo a mi vez.

--No, hombre, no--insistió él con la mayor seriedad--. Entendí que

conocías el dicho que corre aquí como evangelio.

--Y ¿qué dicho es ése?

--Que no hay en todo este valle más llanura que la sala de don Celso.

¿Oístelo ahora?--añadió riéndose y mirándome a la cara con sus ojillos

de raposo--. Pues atente a ello.

Y volvió a reírse, y me reí yo también, pero de dientes afuera, con lo

cual, dejando ambos el balcón, volvimos a la cocina, en cuya perezosa se

me antojó desayunarme aquella mañana.

En aquel desayuno y en la comida del mediodía adquirí dos nuevos datos,

que no resultaban de escasa cuenta sumados con los que ya poseía: el pan

era de hornadas hechas en la taberna cada media semana, y no había otra

carne que la de cecina, con excepción del domingo, en que se mataba una

res en el pueblo. Allí no se conocía fresco, bueno y a diario, más que

la leche y sus preparados... precisamente lo que estaba reñido con los

gustos de mi paladar y con los jugos de mi estómago.

Pocas noches he pasado en mi vida tan largas, tan tristes y de tan

insoportable desasosiego, como la de aquel día. Porque visto y

reconocido ya en todas sus fases, a lo ancho, a lo largo y a lo

profundo, el terreno en que tenía yo que dar la batalla, pero batalla a

muerte, contra los hábitos y refinamientos de mi vida de hombre mundano,

comodón, melindroso y «elegante», había para que las carnes me

temblaran.

¡Ay! toda aquella mi fortaleza levantada en Madrid al calor de un

entusiasmo irreflexivo y sentimental, se desmoronaba por instantes; y

los fríos razonamientos a que yo me había amparado en horas de sensatez

para defenderme de los asedios de mi tío cuando me llamaba a su lado

hasta por caridad de Dios, revivían en mi cabeza con un empuje y un

vigor de colorido que me espantaban. Sucedíame entonces lo que al

temerario que por un falso pundonor, por un arranque nervioso y de mal

disfrazada vanidad, desciende al fondo de un precipicio. Ya está abajo,

ya hizo la hombrada, ya demostró con ella que llega hasta donde llegue

el más intrépido... Corriente. Pero ahora hay que subir. ¿Cómo? ¿Por

dónde?... ¡Y allí es ella, Dios piadoso!

Sólo de tres maneras podía volver a la luz y a la libertad del mundo: o

por el fin y acabamiento de... (¡qué barbaridad! hasta el tropezar con

el supuesto sin haberle buscado yo con el deseo, me repugnaba); o por el

restablecimiento del pobre señor, cosa imposible a sus años y con lo

mortal de la dolencia que padecía; o por meterlo yo todo a barato a lo

mejor, liar el equipaje cuando me diera la gana y volverme a Madrid por

el camino más corto, lo cual me parecía una canallada que podía costar

la vida al bondadoso octogenario, para quien mi presencia en su casa

parecía ser el pan y el sol que le nutrían y le alegraban. Es decir, dos

salidas con la puerta cerrada, Dios sabía hasta cuándo, y una que no se

me franquearía jamás, por repugnancias de mi conciencia. En definitiva,

una eternidad.

Si entre tanto hubiera habido en mí alguna inclinación natural, alguna

aptitud de las que hacen hasta placentera a muchos hombres, sin ser

aldeanos, la vida campestre, menos mal; pero, por desgracia mía, me

faltaban todas en absoluto. Yo no era cazador, ni había manejado otras

armas que las de adorno en los salones de tiro; ni entendía jota de

ganados, ni de labranzas, ni de arbolados, ni de hortalizas, ni pintaba

ni hacía coplas; y por lo tocante a la señora Naturaleza, la de los

montes altivos y los valles melancólicos y los umbríos bosques y las

nieblas diáfanas, y las sinfonías del «favonio blando» entre el pelado

ramaje, y los rugidos del huracán en las esquivas revueltas de los

hondos callejones, vista de cerca, mejor que madre, me parecía

madrastra, carcelera cruel, por el miedo y escalofrío que me daban su

faz adusta, el encierro en que me tenía y los entretenimientos con que

me brindaba... Y a todo esto había que añadir que el invierno con sus

fríos, con sus nieblas, con sus aguaceros y con sus nevascas, estaba ya

cerniéndose encima de los picachos del contorno y de la casona de mi

tío... Y aunque, por misericordia de Dios, no pasara yo allí más que él,

¡sería tan largo, tan largo!... ¡Cuántos libros devorados sin sacarles

pizca de sustancia! ¡cuántos chamuscones en la cocina! ¡cuánta

indigestión de bazofia! ¡cuántos paseos en corto! ¡cuántas rendijas del

suelo contadas maquinalmente con los ojos! ¡cuántas rúbricas echadas con

el dedo en los empañados cristalejos de mi cuarto!... ¡Virgen de la

Soledad, qué perspectiva!

Y así, por este orden, batallando horas y horas. ¿Cómo hallar una breve,

ni momento de reposo, ni bien mullida la cama, con semejante gusanera

entre los cascos?

Peñas arriba · 第 7 / 35 题