Un silbido muy original de Chisco; el latir de un perrazo poco después;
una luz tenue y errabunda aparecida de pronto; la detención repentina de
mi caballo, tras el último par de resbalones con las cuatro patas sobre
los lastrales «pendíos» de la vereda; bultos negros en derredor de la
luz y rumor de voces ásperas y de distintas «cuerdas»; mi descenso
dificultoso del caballo, al cual parecía adherido mi cuerpo por los
quebrantos de la jornada y los rigores de la intemperie; mi caída sobre
un pecho y entre unos brazos envueltos en tosco ropaje que olía a humo
de cocina, y la sensación de unas manazas que me golpeaban cariñosamente
las costillas, al mismo tiempo que los brazos me oprimían contra el
pecho; mi nombre repetido muchas veces, junto a una de mis orejas, por
una boca desportillada; mi entrada después, y casi a remolque, en un
estragal o vestíbulo muy obscuro; mi subida por una escalera algo
esponjosa de peldaños y trémula de zancas; mi ingreso, al remate de
ella, en otro abismo tenebroso; mi tránsito por él llevado de la mano,
como un ciego, por una persona que no cesaba de decirme, entre jadeos
del resuello y fuertes amagos de tos, cosas que creería agradables y
desde luego le saldrían del corazón, advirtiéndome de paso hacia dónde
había de dirigir los míos, o dónde convenía levantar un pie o pisar con
determinadas precauciones, sin dejar por ello de pedir a gritos y con
interjecciones de lo más crudo, una luz que jamás aparecía, porque, como
supe después, toda la servidumbre andaba en el soportal bregando con los
equipajes y las cabalgaduras; de pronto un poco de claridad por la
derecha, y la entrada en otro páramo de fondos negrísimos con una lumbre
en uno de sus testeros; después, el acomodarme, a instancias muy
repetidas de mi conductor, en el mejor asiento de los que había
alrededor de la lumbre; y el ponerse él, pujando y tosiendo, a amontonar
los tizones esparcidos, y a recebarlos con dos grandes, resecas y
copudas matas de escajo.
A esto se reducen todos los recuerdos que conservo de mi llegada al
«solar de mis mayores». La noción exacta de cuanto me rodeaba allí en
aquellos momentos, y aun la de mí propio, no la adquirí hasta que al
calor de la fogata descomunal que resultó del hábil manipuleo de mi tío,
se desentumecieron mis ateridos miembros, volvió a circular mi sangre
con su acostumbrada regularidad, y revivieron con ella y se enquiciaron
todos los componentes de la entorpecida máquina de mis ideas.
Dueño y señor ya de ellas y comenzando a orientarme, reparé que la
cocina era enorme, y que sus negras paredes relucían como si fueran de
azabache bruñido; que la lumbre, cuyos penachos de llamas subían
lamiendo los llares recubiertos de espesos copos de hollín, hasta
rebasar de la ancha campana de la chimenea, estaba arrimada a un poyo
con bovedilla, que era la jornía o cenicero, sobre una espaciosa y
embaldosada meseta, en uno de cuyos bordes de empedernida madera, y a
menos de un pie de altura sobre el suelo general, apoyaba yo los míos;
que a mi sillón, grande y con brazales derechos, seguían, hasta cerrar
todo el perímetro de la meseta, bancos y escabeles de madera desnuda y
muy brillante por el uso, lo mismo que el sillón, y que este hogar
ocupaba la cabecera más abrigada de la cocina. Después pasé la vista por
todos y cada uno de los innumerables e inconexos trastos, enseres y
chirimbolos que había en aquel recinto, y hasta me interesaron dos
ollones y tres cazuelas de barro, cuyas coberteras temblaban entre
espumarajos al impulso de lo que hervía debajo de ellas, arrimados a la
lumbre y calzados con sendos morrillos por detrás; por último, y cuando
ya nada tenía que examinar en la cocina y sus accesorios, fijé toda mi
atención en mi tío, que andaba a mi vera, o tan frontero a mí como se lo
permitía la fogata que ambos teníamos delante, buscándome la palabra y
colmándome de atenciones cariñosas. ¡Vaya usted a saber de qué capricho
inconsciente, de qué evolución desacordada, nació aquel procedimiento
tan descortés con lo más interesante y, desde luego, lo más estimado y
respetable para mí, entre cuanto había, en aquella ocasión, al alcance
de mis ojos!...
Eran chiquitos y garzos los de mi pariente, y miraban con la vivacidad
de los del raposo, a la sombra de unas cejas grises, muy espesas y
erizadas; la nariz, aguileña; la boca, nunca enteramente cerrada ni
quieta, parlanchina como los ojos, aunque callara; la tez, muy pálida y
rugosa; la barbilla, redonda y algo prominente debajo del labio
inferior; las orejas, formidables y muy velludas en las cercanías de los
oídos; la cabeza, bastante plana por detrás, y el pelo (descubierto en
el instante de examinarle yo, por haberse quitado don Celso la gorra
casera con que de ordinario se cubría, para pasarse ambas manos por él,
cosa que le gustaba mucho, como puede observarse más adelante), de la
misma casta y de igual color que el de las cejas, cayendo en recios
mechones sobre la frente, y sin visibles muestras de calva en sus
alturas. El cuerpo era proporcionado a la cabeza, de regular tamaño, y
daba señales de recientes y muy considerables mermas de robustez, en los
excesivos sobrantes del chaquetón y de los pantalones pardos con que le
vestía; como las daban de pérdidas de vigor y fortaleza, la cerviz algo
humillada y el andar no muy seguro. Calzaba medias azules y zapatillas
de «cintos» negros y tenía echado sobre los hombros un gabanote obscuro,
forrado de tartán de muchos colores. Nada de corbatín ni siquiera de
cuello alto ni planchado.
Indudablemente había más vida en el espíritu que en la materia de mi
tío; pero así y todo, entre sus pronósticos pesimistas y el de Chisco,
más risueño, a juzgar yo por aquel conjunto de alma y cuerpo, inclinéme
más al dictamen de mi espolique, aunque sin acercarme mucho a él: podía
haber «hombre para largo»; y aun más halagüeño todavía se lo puse por
comienzo de nuestra conversación.
--¡Ay, hijo de mi alma!--me respondió, sentándose a mi lado y
palmoteando sobre mi espalda con su mano derecha--. ¡Cómo te engaña el
bien querer! Cierto que no soy lo que te pinté en mis cartas, sin faltar
a la verdad, porque desde que me diste el sí que te pedía en ellas,
esponjé de pronto medio palmo, por un respingo de la alegría que aún me
dura... ¡Qué cosas, hombre! ¡Quién había de decirme a mí, poco tiempo
hace, que el caer o no caer de repente un roble viejo, podía depender
de!... Vamos, que cuanto más se vive, más se aprende. Pero adentro de la
viga anda la carcoma; asegúrotelo yo que la siento roer sin hora de
descanso. _(Aquí un amago de tos convulsiva.)_ ¿No te lo dije? Pues a la
vista le tienes ya. ¡Éste, éste es el ujano pícaro que me acaba!... En
fin, Dios es Dios, y lo que Él quiera ha de ser, y lo que debe de ser...
Conque dejemos el punto para tratarlo en su ocasión, y vamos a otros
particulares más urgentes por ahora.
Con esto empezó a descargar sobre mí una granizada de observaciones y de
preguntas que casi se empalmaban unas con otras, sin dejarme el menor
espacio para ingerir una respuesta. Si era yo alto, si era bajo; si
resultaba más o menos parecido a los retratos que conservaba él; si más
guapo, si más feo; si «salía» más a mi padre que a «la andaluza» (mi
madre), de la que también conservaba retrato; cuántos «pedimentos»
habría hecho desde que me recibí de abogado; si tenía novia y si era
maja y rica; qué tal era «París de Francia»; cuánto costaba un viaje
«desde Madrid allá», y qué capitales del mundo había visitado; a cuántos
reyes conocía de vista, y quizás de trato; qué me había parecido el
camino desde Reinosa; si traía ganas de cenar; en dónde nos había
anochecido; por qué usaba toda la barba y no el bigote solo como en el
retrato... Y así; y todo ello entreverado de golpeteos sobre mi espalda,
de gestos indescriptibles y de injurias contra la tos que le amagaba, de
admiraciones estruendosas, de risotadas... y de «ajos», porque los
echaba por ristras el buen don Celso y como la cosa más natural y
corriente.
Yo tenía noticia, por mi padre, de lo regocijado y expansivo de su
carácter cuando no le daba por ponerse hecho un erizo y hacer andar a
todos en un pie; pero no creí, vistas sus cartas y su lacia catadura,
que le quedara en el cuerpo tanto acopio de aquellos ingredientes
retozones. Terminó la escena porque se movió gente en los pasadizos
inmediatos y entró en la cocina una mujer de cierta edad, gris de pelo y
gris también de envolturas de pies a cabeza, y con un farol en la mano,
para decirnos con voz algo hombruna:
--Aqueyu ya está ayí.
Y como «aqueyu» era mi equipaje, y «ayí» mi habitación.
--¡Jorria!--exclamó mi tío volviéndose hacia la mujer--. Pues pica a
poner una luz... pero una luz de vela... ¿Entiendes? Porque tú--añadió
dirigiéndose a mí--, tendrás que hacer algo en tu cuarto... siquiera
conocerle de vista; a más de que «hacienda, tu amo te vea...» y como hay
noche larga por delante, tiempo nos queda de sobra para que vuelvas a la
cocina a darte otro chamuscón, si te le pide el cuerpo... ¿Todavía estás
ahí, fantasmona de los demonios?
--Es que tamién está ya la luz ayí--respondió la mujer que no se había
movido del vano de la puerta.
--¡Acabaras de resollar!... Pues entonces, dáca el farol y quédate aquí
tú a cuidar de estos potingues... ¡Mira, mira cómo se va esa olla!...
¡Quítale la cobertera en el aire y échala un poco atrás! Y a ver cómo
está la cena en punto para cuando se te pida... Porque tú (por mí)
querrás cenar temprano, ¿no es verdad?... Digo yo: con lo que has
andado, y en ayunas desde tan lejos... Yo que tú, hubiera tomado a buena
cuenta el tente en pie que te ofrecí según llegaste; pero ¡que si
quieres!... porque las gentes finas vivís del aire y sois así... ¿Conque
andando?... Digo, si te parece.
Cogió en esto el farol que le entregaba la mujer gris; y como yo, que ya
estaba de pie, hiciera ademán de seguirle, echó por delante hacia la
puerta y fuime tras él, medio a tientas, en cuanto salimos de la cocina,
porque la desmayada luz del farol apenas se veía en las densas
oscuridades de afuera. Andando así a lo largo de un pasillo, llegamos a
desembocar en otro que se cruzaba con él, y le seguimos hacia la
derecha. Por este lado terminaba en un salón que me pareció más negro
que los pasillos, porque en sus ámbitos desmesurados parecía la luz del
farol la de una pajuela.
--Esta es la salona, o comedor--dijo mi tío al entrar en él--. ¡Comedor!
¡Qué comedor ni qué cuartajo!... Le llamo así porque de eso sirve cuando
se alojan en esta casa personajes finos como tú, o algún señor Obispo de
acá o de allá, o cuando hay boda en ella y algunos días después... hasta
que llega la confianza y se arregla uno tan guapamente en la «perezosa»
de la cocina: en invierno, al amor de la lumbre, y en verano... por la
frescura... ¡Cascajo!, no te rías, porque en la cocina de mi casa se
tirita de frío en agosto en cuanto se dejan de par en par las dos
puertas y la ventana que tiene... ¡Figúrate tú lo que pasaría si
hiciéramos otro tanto esta noche, y eso que todavía estamos al acabarse
el otoño! ¿Ves una puerta en esa pared de la izquierda? Pues es la de mi
cuarto: ahí duerme tu tío sesenta años haz; los restantes, quiero
decirte, los primeros de la vida, me los dormí en esa alcoba de este
lado de la entrada: mucha parte de ellos con tu padre, en una misma
cama, hasta que, por andar a testerazos muy a menudo los dos debajo de
la ropa sobre quién estorbaba a quién... ¡qué pernear el de aquel
arrastrado, hombre! nos separaron, y le echaron a él a dormir solo en un
cuarto de los de atrás... Aquí tienes la mesa, de encina pura, como los
bancos... Bien retallados de espaldar, ¿eh?... como los bordes de la
mesa y las cuatro patas; digo, no, que las patas están como torneadas en
rosca, igual que los fierros cruzados que tiene por debajo... También
tienen algo de torneo las sillas arrimadas a las paredes. En fin, cosa
rústica todo ello, pero de firmeza y buena calidad, como corresponde a
gentes de nuestro porte. ¡Trabajo le mando al que se empeñe en buscarle
la fe de bautismo! ¡Zancajo, cómo estará de polillas!... Esta es la
puerta de la sala: vamos, la pieza de respeto. Por eso te la he dado a
ti... Es cortesía de obligación, sin contar con el cariño... Ya lo ves,
frente por frente de mi cuarto. ¿Te enteras? Pues jala para dentro.
Y entramos. Allí ya se veía más claro, no solamente por la doble luz del
farol y de la vela, la cual ardía en candelero de azófar muy bruñido,
sobre una cómoda con columnitas de basas y capiteles de bronce dorado,
sino porque la sala tenía cielo raso y no de viguetas al descubierto
como el salón contiguo, y estaba, lo mismo que los muros, muy bien
blanqueado. Arrimados a ellos había un canapé, varias sillas y otros
muebles contemporáneos de la cómoda; colgado sobre ésta, un _Eccehomo_
entre dos cornucopias de buena talla dorada; sobre el canapé, una
Purísima, y enfrente de estos cuadros, otros dos, de santos también,
todos ellos al óleo y en marcos dorados, pero sumamente deslucidos ya.
La sala tenía una gran alcoba, y la puerta de ingreso a ella cortinas
blancas recogidas en pabellones sobre grandes clavos romanos. En el
fondo de la alcoba, una cama de madera de altísimo testero con molduras
doradas y medallones pintados, colcha de damasco rojo y sábanas muy
finas con puntillas y bordados en el embozo de la encimera.
--Vas a dormir--me dijo mi tío paseando el farol sobre todos aquellos
lujos--, en la misma cama en que han dormido los Obispos de Santander y
de León... ¿Eh? ¿qué tal?
--Que es gran honra para mí--le contesté--. Pero yo dormiría más a gusto
en ella sin la colcha de damasco y las sábanas bordadas, principalmente
sin la colcha.
--¡Hombre! Pues ¿para qué se quieren las cosas buenas sino para las
ocasiones como la presente?
Me costó algún trabajillo hacer comprender a mi tío, que tomaba mi
resistencia a desaire, que se duerme mejor y más descuidadamente que
entre encajes y damascos, bajo las coberturas sencillas que usamos a
diario los simples mortales.
--Pues nada, hijo--díjome al fin--: lo primero, tu gusto, y ése es el
que ha de hacerse en esta casa mientras en ella estés... ¡A buena parte
vienes, cuartajo!... Irá fuera la colcha y cuanto te estorbe con ella en
la alcoba. Aquí tienes un felpudo para los pies... Creo que no te vendrá
mal al acostarte, porque estos suelos de castaño viejo son fríos como
ellos solos... ¿eh? Pues esta lacenuca, o como la llaméis vosotros
«allá», a la cabecera de la cama, para poner la luz encima y meter
adentro... ¿ves? el ingrediente éste, no pienso yo que te estorbe... ni
tampoco esta sillona del rincón... ven acá, ven acá a verla... Como
somos mortales y nadie está libre de un apuro, y las noches son tan
largas ahora, y los carrejos tan obscuros y tan fríos y no los conoces
tú mayormente... En fin, no hay que decirte más. Pues bueno: aquí tienes
perchas, con su guardapolvo correspondiente, clavadas en la pared... y
en la de enfrente ese armario desocupado, en que puedes meter una tienda
de ropa... Me parece,¡pispajo! que por mucha que traigas, entre él y la
cómoda y las perchas, con sobras te ha de caber... Para tus rezos,
porque alguno usarás, como buen cristiano que eres, al meterte en la
cama y al salir de ella, ahí tienes, a la cabecera, a Dios Nuestro Señor
en cruz, y la benditera al lado, con su agua correspondiente, y su
ramuco de laurel bendito, por si quieres rociarla por el cuarto; porque
el demonio no descansa un punto, y se cuela por el ojo de una cerradura.
Aquí el palanganero con todos los avíos de limpieza... y todavía sobra
campo para otro tanto más... Y con esto, lo dicho: en tu casa estás. Lo
que te estorbe, fuera con ello; si algo deseas y no lo tienes, pídelo,
que, como lo haya a mano, tuyo será... Y ahora te dejo en paz y a tus
anchuras. Cuando acabes, avisa, que en la cocina estamos.
Y se fue, zarandeando el farol en una mano y requiriendo con la otra el
abrigo que se le deslizaba de los hombros; pero tosiendo mucho y muy
anheloso de respiración. Aquel cuerpo caduco y herido de muerte ya, no
podía resistir sin grandes quebrantos y protestas los ajetreos en que le
empeñaba la vivacidad del espíritu encerrado en él.
Mientras anduve trajinando en aquél mi aposento, pensé mucho, y no todo
de color de rosa. La última parte de mi viaje, de noche y lloviznando;
los pasillos negros de la casona; la cocina tan grande, tan oscura al
principio, de tan extraño aspecto después a la luz de la enorme fogata;
el pelaje y las cosas de mi tío; la mujer gris aparecida de repente; el
tenebroso páramo del comedor, explorado a la luz mortecina del farolillo
de cuatro cristales empañados por la roña; el silencio de «afuera»...
peor que el silencio absoluto: un rumor lejano e intermitente, bronco,
algo por el estilo del que puso espanto en el esforzado pecho de Don
Quijote cierta noche en las proximidades de Sierra Morena, y el otro
silencio de la casa en cuanto cesaba de hablar mi tío, me habían
impresionado de mala manera. Lo mejor del cuadro era mi habitación,
amplia, sin llegar a lo enorme, como su colindante y la cocina, blanca y
bien provista de muebles; pero ¡qué frío se sentía en ella! ¡Y aún no
había empezado el mes de noviembre! Instintivamente palpé el espesor de
las ropas de mi cama; y aunque era muy considerable, retiré la colcha de
damasco rojo y puse en su lugar mi pesada manta de viaje en dos
dobleces. Sentía los pies helados, y me calcé unas zapatillas forradas
de piel; y no me envolví el cuerpo en un abrigo ruso de que iba
provisto, porque estaba resuelto a darme otro chamuscón en la cocina
inmediatamente. En lo que llamaba sala mi tío, además de la puerta que
comunicaba con el comedor, había otras dos que debían corresponder a
otras tantas fachadas de la casa. Por curiosidad abrí el ventanillo o
«cuarterón» de una de las hojas del claro más próximo a mí, y todo lo vi
negro, negrísimo, al través de un mezquino cristalejo; abrí después la
hoja entera, que daba a un balcón con repisas de piedra, y aún me
pareció más negro que antes lo que de este modo se veía. En cambio, los
rumores que desde adentro se percibían lejanos y con intermitencias,
desde allí resultaban continuos, más acentuados y más próximos. Debía
producirlos el río despeñándose a corta distancia de la casona. A este
murmurio incesante que casi era bramido ya, servía de fastidioso
acompañamiento el golpeteo de la lluvia, vertida en el suelo por las
canales del tejado. Me daba esta «música» gran tristeza y cerré la
puerta del balcón más que de prisa.
Al salir a la salona con el candelero en la mano, me encontré con la
mujer gris ocupada en poner la mesa, a la luz de un velón de tres
mecheros, colgado de un listón de madera, sujeto por una de sus
extremidades a una vigueta del techo. No era antipática, ciertamente, la
cara de aquella sirviente; y bien mirada, hasta se hallaban en ella
vestigios de haber sido guapa en sus mocedades. Expresábase con un
laconismo que tenía ciertos matices clásicos, y respondía con agrado a
las preguntas que me arriesgué a hacerla, por hablar de algo y alegrar
un poco el tedioso colorido de mis ideas. Así supe que se llamaba Facia;
que desde muy joven servía en casa de mi tío y que en ella pensaba
morir, si esa era la voluntad de su amo, a quien quería y respetaba como
a padre y señor, y aun con eso no le pagaba bastante los grandes
beneficios que le debía. Él y su señora la habían recogido huérfana y
desamparada, dándola desde entonces buena enseñanza y poco trabajo, pan
abundante, y lo que vale más que eso, cariño y sombra. Todo esto me lo
iba declarando como a la descuidada, en periodos cortados y sin mirarme
a la cara, pero reflejando en la suya cierta expresión de dulzura
melancólica que la hacía muy interesante, mientras se movía lentamente
de acá para allá, poniendo aquí un plato después de pasarle con un
lienzo blanquísimo, y allí un vaso o un tenedor. De este modo, y echando
yo la conversación hacia ese lado, llegó a decirme que su amo había
tenido siempre una salud «de fierru», hasta que una noche, pocos meses
hacía, después de una semana de resfriado que no le privó de andar por
el mundo, se había despertado «ajuegándose de anseo, con un jirvor de
pecho, un color de cera en la cara, y un mirar de espanto en los ojos
que desaflegía». Salió de aquello, pero para no levantar cabeza.
«Tristezón y acobardao», ya era otro hombre. La tos le sofocaba de
noche, y se pasaba en vilo la mitad de ellas. «Entróle malenconía» de
las más negras; y si llego a no acudir yo a su lado, se va «como los
sospiros». «Con ello y con too», Dios sabía hasta dónde llegaría el
carro sin atollarse para siempre.
Y la pobre mujer, con los ojos empañados, apenas hallaba voz en su
garganta para decirme esto. ¡A buena puerta había llamado yo para
curarme de tristezas!
Agravadas las que había sacado de mi habitación con el contagio de las
de Facia, apartéme de ella con dos fórmulas de consuelo, que para mí
hubiera querido yo, y fuime en derechura a la cocina.