les deje pies y cabeza para engalanarse de fiesta. Tiran algunas
pinceladas, diseñando un confuso jaspeado que imita las manchas de los
tigres; cíñense vistosos plumages, y á la cabeza adorna una corona de
cuero rodeado de plumas de varios y diferentes colores. Las mugeres
pintan el rostro de negro y colorado con plumage rojo en la cabeza;
pero la muger del que hace el convite, lleva en la mano para distintivo
un manojo de hilo de chaguar. Con estas insignias, bailando y saltando,
pero ordenados en filas, vuelven al lugar de los brindis, donde cada
uno toma asiento, sobre un mechon de paja, que previene de antemano la
providencia del que convida para el divertimiento.
Todos beben cuatro y cinco veces, hasta que la fuerza de la chicha
enciende el espíritu de Marte, y les pone las armas en sus trémulas
manos, prontas á descargar el golpe como palo de ciego, de donde dije:
se golpean, se ensangrentan, se matan, cayendo los unos sobre los
otros, aquellos heridos ó muertos, y estos borrachos.
El fin de la tragedia es el que dá chicha á la funcion, derribando á
los mas fuertes y afortunados, tendidos por el suelo, durmiendo el
sueño de los borrachos. Lo particular es, que vueltos en sí, echan en
olvido los golpes pasados, y ninguno forma queja ni querella, porque el
otro descargó sobre él, los impetus de su borrachera.
§. VIII.
DE SUS CASAMIENTOS.
Algunas naciones acostumbran criar sóbrias á las mugeres, para que
estas escondan las armas á los maridos, y el daño no sea tan lamentable.
Ellas egercitan fielmente su oficio, segun la costumbre que prevalece
á los motivos particulares de sentimiento, los cuales segun sus ritos,
autorizan para un nuevo maridage; porque el desagrado de una, y la
apetencia de la otra son las causas que prescriben leyes al matrimonio,
y le hacen rescindible á eleccion del antojo y ligereza. De este abuso
y corruptela gozan los hombres y mugeres, y por cualquiera sospecha y
sentimiento se separa el uno del otro, y el marido busca otra muger, y
la muger otro marido. Talvez sucede que entre las dos mugeres la una
que fué repudiada, y la otra que entró en su lugar, se enciende reñida
gresca de golpes y araños, gritando aquella, que porque le ha quitado
su marido, y respondiendo esta, que porque ha querido. La griteria y
algazara dura largo rato, hasta que bien ensangrentadas sale una vieja
predicante á dispartirlas, y concluye la funcion con largo razonamiento
en que aglomera cuanto dicterio y apodo sugiere la cólera y enojo
contra la nueva esposa, que se supone culpada por entrar al casamiento
contra el derecho de la primera.
Entre los hombres, por robarse las mugeres, son las disenciones
mas peligrosas, y se levantan unas familias contra otras; y talvez
abanderizada la nacion se consumen en civiles discordias, empuñando
unas parcialidades las armas contra otras. La pluralidad de mugeres es
permitida, y su número es mayor ó menor, segun alcanza la posibilidad
de mantenerlas, y aun comprarlas. Porque de algunas gentes es costumbre
ordinaria que las hijas sean vendibles por un poco de maiz, mandioca y
cosas semejantes, y entregadas á sus pretendientes, á las veces contra
su gusto, pero muy al gusto de los padres por la utilidad y emolumento
que perciben vendiendo sus hijas.
Entre las naciones caribes, era estatuto indispensable que las
doncellas hiciesen mérito para el matrimonio, probando primero la
sangre de sus enemigos. Esta observancia no era difícil á quien se
cebaba en sangre humana, y repetia con frecuencia los convites. Los
Guaranís, que tambien eran antropófagos, no permitian á sus hijas
tomar estado, hasta que les acudiesen la primera vez sus reglas.
Circunstancia indispensable que no admite privilegio de excepcion, y se
observaba con escrupulosa rigidez, obligándolas á pasar por el rigor
de crueles pruebas, de las cuales pendia el concepto que de ellas se
formaba, y esperanzas que prometian.
Cosíanlas en una hamaca de las que usan para dormir, dejando una
pequeña abertura hácia la boca para respirar, y en esta postura las
tenian dos ó tres dias envueltas y amortajadas, y las obligaban á
rigidísimo ayuno. Despues eran entregadas á una matrona hacendosa
y trabajadora, para que las festejase con el trabajo y penales
egercicios: esta les cortaba el pelo, y les intimaba severísima
abstinencia de toda carne, hasta que creciendo los cabellos, llegasen
á cubrir la oreja. Con la inauguracion de los cabellos, empezaba la
ley del recato y modestia, y se les intimaba con el egercicio mismo de
repararlas, la obligacion de ser circunspectas, y el inviolable estilo
de bajar los ojos, y de no fijarlos livianamente en el rostro de los
hombres. Raro y admirable documento de honestidad en gente tan bárbara.
A estas pruebas de fortaleza y recato, se seguía el arrearlas con sus
pobres galas, y el permiso de conocer varon y de tomar estado. En el
tiempo que media entre el rigor de las pruebas, y el permiso de vivir
desgarradamente, los agoreros están con sus vaticinios y predicciones,
pronosticando por las aves que vuelan y animales que cruzan, el
carácter futuro de la novia. Si atraviesa algun papagayo, la califican
de parlera; si un _ñacurutú_ ó buho, la pronostícan perezosa para el
trabajo, é inútil para las operaciones domésticas; y á este tenor
otras predicciones, devaneos de su cabeza, que adaptan ciegamente sin
proporcion ni correspondencia con el objeto.
No eran menos supersticiosos sobre el preñado de las mugeres.
Condenadas á rigidísimo ayuno, mientras estaban encintas, debian
abstenerse de todo cuanto juzgaban podia dañar á las criaturas. Y
así la carne de la _gran bestia_, que era toda tu delicia, no podian
gustarla, temiendo que la criatura naciera con narices disformes;
ni comer aves pequeñas, porque la pequeñez del alimento no se
transfundiese en los niños: y temiendo que daria á luz dos gemelos,
si probaban dos espigas de maiz, les estaba prohibido con severísimos
mandato no tocarlas, porque como eran gentes ciegas, no advertian
su tosco entendimiento, que los alimentos que prohibia su errada
supersticion, no eran mas poderosos para comunicar á la criatura sus
propiedades, que lo eran los que licenciaba su vana credulidad.
El rigor de la ley se extendia tambien á los maridos, á los cuales
estaba prohibido matar fiera alguna; y por no caer en la ocasion,
desarmaban los bélicos instrumentos. Luego que paría la muger, ayunaban
ellos rigurosamente quince dias, observando estrecho recogimiento en
su casa, cual si fuera la misma parida. Entre algunas naciones era
estilo que el marido se tendiera sobre la cama, mientras la muger
se purificaba en el rio, y bañaba el recien nacido. Cuando adolece
el infante, toda la parentela debe abstenerse de los manjares que
se juzgan harian daño á las criaturas, temiendo que de la mas leve
transgresion se origináran infortunios y desgracias sobre los tiernos
hijuelos. Sin embargo de tantas precauciones, que prometen un amor
extraordinario á sus hijos, experimentan que algunas madres les privan
de la leche que proveyó la naturaleza para su sustento, por aplicar los
cachorrillos que crian con amor tierno á su pecho.
§. IX.
DE LA EDUCACION DE SUS HIJOS.
Este amor y esta aficion de padres á hijos, tan expresivo como
desreglado, precipita á los unos en permisiones indecorosas, y á los
otros en osados atrevimientos. Los padres permiten á sus hijos toda
libertad y soltura, y por no contristarlo con un buen consejo que
refrene sus desórdenes, y con algun castigo que amortigue los juveniles
verdores, les dejan salir con todo, y llevan pacientemente que
arrebatados del enojo pongan en ellos las manos, y descarguen sobre su
rostro impias bofetadas. Lo singular y mas admirable es que los padres
no dan muestras de sentimiento, porque eso es, dicen, tener poco cariño
á nuestros hijos, y mas importa ser amorosos con ellos, sufriendo los
atrevimientos de sus primeros años, que mostrar desagrado de aquellas
operaciones, que los habilitan para hacerse valientes con el enemigo.
En lo demas los crian á su modo bárbaro é incivil, acostumbrándolos á
los egercicios propios de la nacion, al arco, á la flecha, y ligereza
de la carrera.
El primogenito, á quien _de jure_ pertenece el cacicazgo, no está
exento de estos egercicios; y como nacido con mayores obligaciones se
esmeran sus padres en criarlo mas certero en la direccion de la flecha,
y mas lijero en la velocidad de la carrera. Este es el mérito sobre
el derecho de primogenitura, que le condignifica para el cacicazgo, y
para heredador dignamente del valor y pericia militar de sus padres.
Los Guaranís sobre todos se esmeran en la crianza de los primogenitos.
El dia que los destetan celebran solemnemente, bebiendo con largueza,
y danzando con alegria al son de bárbaros instrumentos. Funcion
que repiten con igual solemnidad el dia que el caciquito empieza á
egercitarse en la carrera.
Lo cual hacen de esta manera, y se continua muchos dias en el egercicio
para habilitarlo á las operaciones militares. Luego que se descubre
el sol, salen todos de sus esteras, los grandes para ser testigos,
y los pequeños para complacerse, viendo la agilidad de los nuevos
corredores; y los pequeños al lado del caciquito para competir con él
corriendo al rededor de las chozuelas. Todos se animan á conseguir la
gloria de primeros, muy estimable entre ellos por evitar la confusion
de últimos. Al primogénito estimula el deseo de ser á todos preferido
en la ligereza, como es sobre todos en la dignidad. A los vasallos la
gloria de competir con su Señor, y el deseo de dar experiencia de su
agilidad, escala casi única para el ascenso. A las veces los envian
acompañados de algunos indios por montes y caminos ásperos, para que
endurecidos en el trabajo, no salgan holgazanes, y se acostumbren á
vivir del arco y flecha, en que aseguran el mantenimiento de toda la
vida. Estos empleos y ocupaciones de los primeros años, habilitan para
aquel género de milicia que ellos usan, y como no les roban tiempo las
universidades, ni la profesion de las artes mecánicas, les sobra para
adestrarse en el manejo de las armas ordinarias, respetables á otras
naciones indianas, pero siempre débiles contra los españoles. Algunos
alaban sobradamente la pericia militar de estos indios, y cierto que
siendo este el único egercicio de su vida, no pueden culpar á la falta
de tiempo. Pero la experiencia constante de casi tres siglos enseña que
los mas atrevidos y osados contra sus semejantes, solo á traicion, y
sobre un lance muy seguro, se atreven con los españoles, y rara vez,
confiados en el número, y en caso desesperado, pelean cara á cara con
efecto poco considerable.
§. X.
DE SUS RECURSOS Y MIGRACIONES.
Todas estas naciones, atendiendo á su modo de vivir y sustentarse,
podemos dividir en dos castas y generaciones, la una de labradores, que
cultivan la tierra para sustentarse con sus frutos y raices, y la otra
de gentes que solicitaban el alimento de la pesca y caza, y de algunas
frutas silvestres. La primera tenia su establecimiento fijo, repartidos
en tolderias de cuarenta, ochenta ó cien familias, sujetas á su
cacique, y con dependencia de sus órdenes. El mantenimiento esperaban
del trabajo, y de lo pingue de la tierra, á la cual fiaban los granos y
raices, para lograr á su tiempo el fruto de su laboriosidad y desvelo.
El beneficio y cultivo de las tierras era conforme á su innata
flojedad, á los instrumentos que tenian para cultivarla. Para lo
cual, con imponderable afan rozaban un pedazo de monte, y cuando los
troncos ya secos estaban aptos para quemarse, les pegaban fuego, y con
la ceniza estercolaban la tierra. Luego que llovia, con una estaca
puntiaguda abrian algunos agujeros, y en ellos echaban el maíz, el
maní, la mandioca y otras raices, y sin mas cuidado, que abandonar
las sementeras á la fecundidad del suelo, y á los meteoros naturales,
lograban píngues cosechas de la tierra mal beneficiada, pero lozana y
fuerte.
La segunda casta ó generacion era de gentes vagamundas, que se
mantenian de la pesca y caza, mudando habitacion cuando lo uno y lo
otro escaseaba, por haberlo consumido. Estos propiamente carecian
en este mundo de domicilio permanente, porque el que tenian era
portátil, y mudable á diligencias y esfuerzos de las mugeres, que son
las transportadoras de las casas, y del ajuar doméstico de ollas,
menage de cocina, estacas y esteras de la casa. Como estas pobres
tienen la incumbencia de conducir el equipage doméstico, gozan en las
transmigraciones el privilegio de arreglar las marchas, y medir las
jornadas. Luego que alguna se cansa, arroja al suelo la carga, y á su
ejemplo las demas cargadoras se previenen para levantar la portátil
ciudad, fijando su estacamento contra los vientos.
Mientras las laboriosas transportadoras, convertidas en arquitectas
entienden en levantar casas, y aderezar la comida, los maridos
ejercitan el oficio de mirones, tendidos sobre el suelo, mirando y
remirando á sus consortes afanar con tantas operaciones, sin que el
corazon se les mueva á ayudarlas en cosa alguna, menos en comer hasta
hartarse, sobre, ó no sobre para la muger y los hijos. Por esta causa,
como ellas tienen en los caminos la incumbencia de tantos afanes, son
las jornadas muy limitadas, y apenas se avanza cuarto de legua por dia,
y á veces menos, á discrecion de ellas que todo lo hacen y deshacen,
todo lo disponen y ordenan en estas transmigraciones.
En una de ellas acompañó el Padre Pedro Romero, insigne misionero, y
venerable martir de Cristo, al cacique de los Guaycurús. Caminaba D.
Juan (que así se llamaba el cacique) á su nativo suelo con la comitiva
de toda su parcialidad, hombres, mugeres y niños. En mes y medio se
avanzaron siete leguas, y no hubiera bastado medio año para llegar
al término señalado. Tanta morosidad y detencion hacian necesaria
los egercicios y afanes de las infelices Guaycurús, porque estas
miserables, nacidas para esclavas y jumentos de sus maridos, todas
las mañanas tenian la incumbencia de armar las casas, (si este nombre
merecen), de cargarlas á cuestas con sus hijos y ajuar doméstico, de
transportarlas de un sitio á otro, de clavar las estacas, de afianzar
las esteras y de mudarlas y remudarlas segun pedia la inconstante
volubilidad de los vientos.
En medio de tantos afanes les quedaba el aliento á los Guaycurús para
reñir sobre la mejoria de los sitios, disputando el lugar á fuerza de
golpes y araños. Costaba no poca sangre de una y otra parte: al fin
quedaba el sitio por la que perseveraba en el palenque, dispuesta á dar
y recibir mayores golpes. Entretanto los maridos no se empeñaban en la
defensa de sus consortes, complaciéndose de verlas reñir, y gloriandose
de merecer mugeres tan valerosas, que por mejorar sitio para el
estacamento, se exponian á la bateria de tantos golpes. No siempre
la autoridad y el respeto del misionero podian embarazar tan reñidas
altercaciones; pero cuando se hallaba presente, mediaba su respetable
santidad y componia las partes, señalando á cada una sitio competente.
Con tanta lentitud y morosidad tan pesada procedian los Guaycurús en
la vuelta á sus tierras, y con la misma y mayor se mueven las demas
naciones en sus transmigraciones. Para ellos todos los sitios son al
propósito para levantar ciudad portátil, y en todas hallan oportunidad
para demorarse, manteniendose algunos dias de la caza y pesca, que
proveyó liberal la naturaleza en todas partes. Como el buscar alimento
es la causa de sus peregrinaciones, mientras no escasea en el lugar que
ocupan á diligencia del arco y flecha, se detienen algun tiempo en sus
estaciones, hasta que la carestía obliga á mudar los reales, y fijar
habitacion en otra parte.
Los Payaguás, los Agaces y otras naciones que consumió el tiempo, y
perdieron el nombre con la mezcla de generaciones, mas eran acuatiles
que terrestres, vagamundas por los rios que subian y cruzaban á
discrecion de su antojo y libertad. Los Payaguás usan canoas y
embarcaciones ligerísimas, que impelen á fuerza de brazos con agilidad
tan extraordinaria, que ningun vaso, vela y remo pueden dar alcance.
Son piratas de los rios, en donde previenen celadas para saltear los
navegantes. Cuando se ven acometidos y temen algun asalto, se meten en
el agua con los arcos armados para flechar al enemigo, y zambulléndose
al fondo, evitan el tiro de la bala. Es increible lo que perseveran
bajo del agua, y algunos creen que usan el artificio de cañutos largos
que sobresalen para facilitar la respiracion.
§. XI.
DE SUS IDOLOS Y HECHICEROS.
La religion, que no es agena de gentes las mas bárbaras entre los
americanos de estas tres provincias, apenas mereció algun cuidado y
desvelo. Pocas naciones tuvieron ídolos y adoratorios en que ofrecer
sacrificios, y quemar inciensos. Hácia la parte mas meridional del
Tucuman se hallaron algunos ídolos, cuyos templos eran viles chozuelas,
propias del numen que los ocupaba, y expresion del bajo concepto en
que los tenian sus adoradores. Los Calchaquís eran al parecer mas
supersticiosos al trueno y al rayo. Los adoraban por dioses y les
tenian levantados templos y chozuelas, cuya interior circunferencia
rodeaban con varas rociadas con sangre del carnero de la tierra, y las
llevaban á sus casas y sembrados, prometiendose de su virtud, contraida
á la presencia del numen, toda felicidad y abundancia.
No eran tan frecuentes los ídolos hácia la provincia del Rio de la
Plata y Tucuman: pero se hallaron algunos cuyos templos eran visitados
con romerias, y profanados con sacrificios de sangre humana. El autor
de la _Argentina,_ á distancia de algunas leguas de los Xarayes,
describe un enorme culebron, monstruoso y espantable, que adoraban
los naturales con acatamiento y aplacaban con sacrificios. Para lo
cual, diseña un lugarejo ó ciudad de ocho mil vecinos, numerados
por los hogares. El medio de la poblacion ocupaba la plaza, en cuyo
centro sobresalia un palenque, que hacia oficio de cárcel para sugetar
al monstruo, y de adoratorio en que le tributaban sacrificios los
naturales y vecinos que concurrian en gran número á consultar sus
dudas, y á oir las respuestas del númen.
Cebado con sangre humana, obligaba sus devotos á la guerra para
sustentar su insaciable voracidad con los cautivos, y hartarse con
sangre de prisioneros. Propio carácter del infernal dragon, juntar
á las presunciones de divino el atributo de tirano, y el epiteto de
caribe. Este suceso, referido en pluma de Rui Diaz de Guzman, merece el
crédito que se dá á los que escriben, no como testigos oculares, sino
por relacion de soldados, que á las veces fingen monstruos de horror
para aparecer héroes de valentia en su vencimiento, especialmente
porque este suceso no se refiere en los comentarios de Alvar Nuñez,
caudillo de la jornada. De ellos consta que los españoles de su
comitiva quemaron algunos ídolos monstruosos espantables, y que no
acababan de admirar la paciencia de estos dioses, en dejarse convertir
en cenizas.
Algunas razas de estas gentes, en tiempo de calamidad, y cuando
habian de salir á guerras, instituian rogativas y multiplicaban
sacrificios para aplacar su númen, que juzgaban irritado, esperando que
reconciliado con las víctimas los libraria de la opresion que padecian,
y daria victoria contra los enemigos que les amenazaban. No consta
hasta donde se extendia el poder de sus dioses; pero es bastantemente
averiguado, que olvidando al universal hacedor de todas las cosas,
partian la divinidad entre sus ídolos, y que á los unos concedian poder
sobre las tempestades ó sementeras, á otros sobre las enfermedades ó
guerras.
Los Guaranís conocieron á _Tupa_ por conservador de la nacion en el
universal diluvio, pero no edificaron templo en que adorarle, ni
levantaron aras para los sacrificios. Los Mocobís, á las cabrillas,
esto es, á su _Gdoapidalgate_, á quien veneraban como criador y padre,
jamas levantaron adoratorio; contentos con festejar su descubrimiento
con algazara y griteria. Es para mi creible, que ni los Guaranís en
_Tupa_, ni los Mocobís en _Gdoapidalgate_, ni otras naciones en algunos
astros y constelaciones, cuyo descubrimiento celebraban, reconocian
alguna deidad y supremo númen, y solo confesaban un bienhechor de
la nacion, á quien correspondian con agradecimiento, y pagaban los
beneficios, que juzgaban haber recibido, con la memoria y recuerdo de
ellos.
Yo no sé que ideas tan bárbaras formaban sobre los astros, planetas y
constelaciones, ni cual era el reconocimiento con que correspondian á
sus luces ó influencias. ¿Quien no admira las locuras y desvarios con
que los Guaycurús celebran la luna nueva, el descubrimiento de las
cabrillas? Salen de sus chozas con formidables palos en las manos,
sacuden frecuentemente las esteras, vocean, gritan, y levantan el
alarido con alegria y confusion, prometiéndose toda felicidad y dicha.
Lo mismo hacen cuando se levanta algun turbion de viento ó agua: salen
animosos á provocar la tempestad, y á los demonios que juzgan venir en
ella, conjurados á destruir toda la nacion de los Guaycurús. Mientras
la tormenta prosigue desarmada, prosiguen ellos armados contra la
tempestad, hasta que se desvanecen las nubes, quedando ellos en la
vana persuasion de que los diablos, temerosos de sus armas, huyen á
sepultarse en los abismos.
Mas temible era una maldita ralea de fingidos demonios, que se
predicaban árbitros de las tempestades, rayos, tormentas, rios,
inundaciones, pestes y muertes. Estos eran unos hombres astutos y
parleros, demonios vivos y visibles, que tenian mucho séquito y
aceptacion entre estas gentes. No sucedia mal, ni desgracia, que no
los clamoreasen efecto de su enojo y venganza. No habia prosperidad
ni dicha de que no se declarasen autores, amenazando con las unas, y
prometiendo las otras á su arbitrio, segun el mérito de cada uno. Estos
son los que llaman hechiceros: grémio autorizado por el poder que se
apropian, y temibles por los males que amenazan.
Algunos autores, llevados de innata propension á amenizar sus historias
con novedades inauditas, describen los embustes de estos fingidos
hombres como hechicerias, y á los que son puros engañadores, los hacen
familiares del diablo. Los mas que asientan plaza de tales, con capa y
velo de cursantes en la escuela del demonio, son finísimos embusteros,
tan engañados en sí, como engañadores de los otros. Esto que sucedia
en tiempos pasados, se experimenta en los presentes. Muchos se fingen
hechiceros, llevan yerbas, cargan iman, erutan imprecaciones, amenazan
con maleficios, y con segura impunidad confiesan haber hecho daño,
muerto y maleficiado á muchos. Pero averiguada la verdad, todo es
mentira y engaño.
_Obera_, cuyo nombre significa resplandor, cacique Paraná, es sin
duda uno de los mas famosos hechiceros de que se pueden gloriar los
patrones para convencer el intento. Llamábase libertador de la nacion
Guaraní, unigénito de Dios Padre, nacido de una vírgen sin comunicacion
de varon, plenipotenciario de Dios, con sus poderes y facultades para
convertir en utilidad de los indios todas las criaturas. La señal que
principalmente habia de usar para libertar su escogido pueblo era
un ominoso cometa, que esos dias se dejó ver, y lo tenia reservado
para convertirlo contra los españoles. Estos y semejantes dislates
le grangearon secuaces, crédito de famoso hechicero, y veneracion de
divino.
A _Obera_ fué muy semejante otro indio del Huybay, adorado de las
vecindades. A los dos se parecia mucho, y aun excedia aquel famoso
hechicero, que por la via del Brasil remaneció en el pueblo de San
Ignacio del Guayra. Vestía hábito talar blanco; la mano ocupaba una
espantosa calavera, con uñas de venado dentro que hacian ruido, y un
son descompasado que seguian los pies bailando.
Todas las amenazas de Obera, con el resplandor de su nombre; los
elementos que habia de conmover contra los españoles en favor de los
indios, el cometa que era señal con que habia de libertar sus amados
Guaranís, tuvieron el fin lamentable de quedar su numeroso ejército
roto y deshecho; los indios muertos; prisionero el sumo sacerdote,
á quien perfumaba con inciensos, y el mismo Dios Obera (á quien al
parecer amenazaba fatalidades el cometa) fugitivo por los montes,
sin sacerdote que le aplacase, sin escolta que le acompañase, lleno
de pavor y miedo; temiendo á pocos españoles, los cuales penetraron
altamente que Obera, con título y fama de hechicero, era un famoso
engañador, tan débil y flaco, que no se atrevió á salir á campaña por
no quedar muerto ó prisionero.