NOTA DE TRANSCRIPCIÓN
* Las cursivas se muestran entre _subrayados_, las negritas entre
=iguales= y las versalitas se han convertido a MAYÚSCULAS.
* Los errores de imprenta han sido corregidos.
* Se ha respetado la ortografía del original impreso, que difiere
de la actual. Se han cambiado, además, todos los acentos graves
por acentos agudos.
* Las páginas en blanco han sido eliminadas.
* Las notas a pie de página se han renumerado y colocado al final
del libro.
HISTORIA
DEL
PARAGUAY, RIO DE LA PLATA
Y
TUCUMAN,
POR EL
P. GUEVARA,
DE LA
COMPAÑIA DE JESUS.
Primera Edicion.
BUENOS-AIRES.
—
IMPRENTA DEL ESTADO.
—
1836.
DISCURSO PRELIMINAR
A LA
HISTORIA DEL P. GUEVARA.
Los historiadores del Rio de la Plata salieron casi todos del seno de
la célebre Sociedad, que por cerca de dos siglos egerció un influjo
poderoso sobre los pueblos de estas regiones; y á los Schmidel, Guzman,
y Centenera, que describieron los hechos de la conquista que habian
presenciado, sucedieron los PP. Pastor, Montoya y del Techo, cuyos
trabajos evangélicos la extendieron y afianzaron.
La Compañia de Jesus no era entonces lo que aspiró á ser en el último
periodo de su existencia. Ceñida á las reglas de su instituto,
cultivaba las ciencias, descollaba en las letras y se afanaba en
perfeccionar los métodos de enseñanza, para hacer de sus claustros
el gimnasio universal de la juventud europea. Entretanto un vasto
continente se ofrecia á las investigaciones de los sábios y al celo
apostólico de los catequistas--dos títulos que reunian en sí los
discípulos de Loyola y de los que anhelaban hacerse dignos. La sancion
religiosa impresa sobre esta conquista, los excesos que la habian
manchado, y la sensacion aun viva y palpitante producida por las
enérgicas protestaciones del Obispo de Chiapa, atrayeron estos doctos
cenobitas á las playas del Nuevo Mundo, arrancándoles de la palestra
teológica, abierta con tanto ruido en Europa por los reformadores.
Como el Iris cuando ahuyenta la tormenta, desplegando sus colores en
un cielo aun cubierto de nublados, así la presencia de los misioneros
ablandó los ánimos de los combatientes, infundiendo resignacion en los
unos, inspirando sentimientos mas benévolos en los otros. No contentos
con haber disminuido el número de las víctimas, se propusieron echar
los cimientos de una sociedad, fundada en los principios evangélicos,
que se esforzaban de propagar entre sus neófitos. A la triste
condicion de esclavos substituyeron la de hombres, si no libres, al
menos revestidos con el carácter de cristianos, y á la sombra de sus
prácticas religiosas levantaron silenciosamente el edificio de una
espécie de república, en el seno mismo de la servidumbre y bajo el
poder absoluto de los procónsules.
Nada les arredraba en el desempeño de sus tareas. Ni la inclemencia del
clima, ni la aspereza del suelo, ni la ferocidad de sus habitantes,
eran capaces de entibiar el celo de estos animosos campeones de la Fé,
cuya filantrópica intervencion se estendió rápidamente de un cabo al
otro del Nuevo Mundo.
Son imponderables los cuidados, los trabajos, los sacrificios que les
costó el establecimiento de sus _Misiones_. A cada paso tropezaban
en un obstáculo, y cada obstáculo se convertia en un peligro. En
disidencia con los magistrados, en lucha con los encomenderos y
débilmente amparados por el poder supremo de la metrópoli, tenian que
buscar en sí mismos los medios de accion para desenvolver sus planes y
evitar que se malográra su empresa. A las quejas, á las acusaciones, á
las denuncias, oponian una conducta intachable y el estado tranquilo
de sus colonias. Por mas que se afanáran sus émulos en pintarlos como
hombres temibles y ambiciosos, nunca llegaron á dar á sus asertos la
evidencia que se necesita para producir el convencimiento.
Los hechos, mas elocuentes que las palabras, desvanecieron estos
ataques, y prepararon á los jesuitas una época de prosperidad y
grandeza. Arbitros de la conciencia de los príncipes, é iniciados
en los mistérios de los gabinetes, reunieron en sus manos todos los
elementos de fuerza, de los que se valieron habilmente para cimentar su
poder. Pero este teson en ensancharlo, mas allá de lo que correspondia
á una corporacion religiosa, empezó á despertar los zelos de aquellos
mismos que habian contribuido á fomentarlo. Las cortes de Lisboa y de
Madrid, sometidas al influjo de Pombal y Aranda, trabajaron de consuno
en derrocar este gobierno teócratico en América; y sus hostilidades
acabaron con la supresion de los fundadores.
La história aun no ha rasgado completamente el velo que encubre este
gran acontecimiento: el espirítu filosófico, que egercia una especie
de dictadura en la segunda mitad de la pasada centuria, le atribuyó
un orígen que no parece confirmado por los hechos.--Los Jesuitas no
conspiraron contra los tronos, sino contra sí mismos, ocupando en la
organizacion política de los estados un lugar que no podian conservar
sin invadir los derechos y las prerogativas de la corona.--“No puedo
sugetar estos Padres, (escribia al marques de Pombal su hermano
Carvalho de Mendoza, Gobernador general de Marañon): su política y
destreza son superiores á mis cuidados y á la fuerza de mis tropas.
Han dado á los salvajes costumbres y hábitos que los unen á ellos
indisolublemente.”--Las mismas quejas dirigian á la corte de Madrid los
gobernadores del Paraguay, por la independencia con que los jesuitas
administraban sus misiones, y las continuas competencias que les
suscitaban. El rey mismo tenia que solicitar la cooperacion de estos
misioneros para llevar á efecto algunas de sus medidas, que no siempre
los hallaban dispuestos á segundarlas. Así sucedió con el tratado de
límites de 1750, que fué preciso anular por la tenacidad con que se
opusieron á la evacuacion y entrega de los pueblos fundados en la
márgen oriental del Uruguay. Tenemos originalmente en nuestro poder la
cédula por la cual el rey rogaba al P. Provincial del Paraguay á que
concurriese _por su parte_ á la egecucion de dicho tratado; usando de
los términos mas comedidos, no como acostumbraba con sus subditos, sino
como si tratase con iguales.
Esta resistencia despertó un levantamiento en las Misiones, y obligó
al Señor Andonaegui, gobernador entonces de Buenos Aires, á ponerse de
acuerdo con las autoridades portuguesas para impedir que el fuego de la
insurreccion se propagase á los demas pueblos. Por mas que los jesuitas
protestasen de su ninguna ingerencia en estos tumultos, no lograron
justificarse; y se hallaban bajo el peso de estas imputaciones, cuando
tuvieron que defenderse contra la acusacion mucho mas grave de haber
atentado á la vida del rey en Lisboa. La debilidad de las pruebas en
que se fundaba este aserto, y la incoherencia en las declaraciones
de los inculpados no pudieron librar de la muerte al P. Malagrida,
cuya memoria quedó afeada con la nota de regicida. Este suceso
completó la ruina de la Sociedad, en la que fueron envueltos todos sus
establecimientos.
Sea cual fuere el concepto que se tenga formado del espíritu y las
miras de esta órden en Europa, es imposible desconocer el vacío que
dejó su destruccion en América. Mientras que todo se deshacia y
contaminaba, sus miembros se ocupaban en reedificar, y en dar ejemplos
de caridad y templanza. Sobre este punto estan acordes las opiniones de
todos los escritores, aun de los mas descontentadizos.
“Cuando en 1768 (dice uno de ellos, que no suele disimular las
faltas que se cometieron en la administracion de las colonias),
cuando en 1768, las misiones del Paraguay salieron de las manos
de los jesuitas, habian alcanzado un grado de civilizacion, el
mayor talvez al que pueda elevarse un pueblo jóven, y muy
superior sin duda á todo cuando existia en el nuevo hemisferio.
Allí, bajo la vigilancia de una policía rigurosa, se observaban
las leyes, eran puras las costumbres, fraternales los lazos que
unian á todos los corazones, se habian perfeccionado los artes
útiles, no faltaban los agradables, era general la abundancia y
nada se echaba menos en los almacenes públicos.”[1]
No es menos honorifica la pintura que hace del gobierno de estos
regulares un ilustre viagero, que habló de ellos como testigo ocular.
“Hállase esta religion, (_los jesuitas_) fuera de los
desórdenes de que hasta aquí hemos hablado; porque su gobierno,
diverso en todo al de las otras, no lo consiente en sus
individuos. Así no se vé en ellos la poca religion, los
escándalos y el extravio de conducta que es tan comun en los
demas: y aunque quiera empezar alguna especie de abuso, lo
purga y extingue enteramente el celo de un gobierno sábio, con
el cual se reparan inmediatamente las flaquezas de la
fragilidad. Aquí brilla siempre la pureza en la religion; la
honestidad se hace carácter de sus individuos, y el fervor
cristiano, hecho pregonero de la justicia y de la integridad,
está publicando el honor _con que se mantiene igual en todas
partes_.”[2]
En esta escuela austera de costumbres se formó el P. José Guevara,
autor de la história que nos ha cabido la suerte de sacar del olvido.
Nació, en 1720, en Recas, pequeño pueblo en las inmediaciones de
Toledo; y al entrar al adolecencia adoptó el instituto de San Ignacio,
en donde pronunció sus votos luego que terminó sus estudios. Dotado de
un génio activo y de un talento despejado, solicitó como un favor de
pasar al Nuevo Mundo para participar de los trabajos de sus hermanos.
Entre todos los establecimientos que corrian á cargo de la Sociedad,
los que mas llamaban su atencion eran las misiones del Paraguay, que
se hallaban en un estado de prosperidad extraordinaria. La extension
que habian adquirido en su último periodo, hacia indispensable el
aumento de operarios, los que se procuraba escoger entre los mas
aprovechados, para servir de maestros en los colegios establecidos
en Buenos Aires, en la Asumpcion y en Córdoba. En esta clase fué
comprendido el P. Guevara, llamado á ocupar la cátedra de filosofia en
uno de estos noviciatos. En ninguna época la Provincia del Paraguay[3]
habia contado con hombres mas eminentes. Cardiel, Lozano, Quiroga,
Falkner, Dobrizhoffer, gozaban de una reputacion que no han desmentido
sus obras. Mas jóven que ellos, el P. Guevara fué destinado á ser el
historiógrafo de su órden, cuyo cargo habian desempeñado sucesivamente
los PP. Pastor, del Techo, Cano, Peñalva, y el mas indefeso de todos,
el P. Lozano.
Aunque en los escritos de sus predecesores se tratase prolijamente de
la fundacion y de los progresos de las misiones, quiso el P. Guevara
volver á indagar su orígen, y el estado primitivo de las tribus, que
bajo el yugo suave del evangelio habian depuesto la ferocidad de sus
antiguas costumbres. Este cuadro rápido, pero verídico, de la época
anterior á la conquista, acredita acierto en la eleccion de los
materiales, método en su distribucion, y una reserva recomendable en
hablar de hechos sobrenaturales é improbables: prendas poco comunes en
nuestros historiadores, y realzadas por un lenguage fácil, correcto y
elegante, en el que no hemos podido hallar los defectos que le nota
Azara, cuyos sarcasmos son inmerecidos.[4]
En el cotejo que él hace entre Lozano y Guevara, solo un espíritu
preocupado, ó un juez inexperto, pueden hallar superioridad en el
primero. Prolijo en las narraciones, lánguido y descolorido en el
estilo, el P. Lozano ha comprometido la dignidad de la história por
la facilidad con que ha acogido las tradiciones vulgares, por mas
estrañas y absurdas que fuesen. Guevara no es absolutamente libre de
este reproche; pero su candor tiene sus límites, y cuando los salva
no es por exceso de credulidad, sino porque no se atreve á dudar de
lo que aseveran testigos presenciales. Sin embargo, en la cuestion de
los _Césares_, despues de haber discutido con independencia todas las
opiniones, declara imposible su existencia, acreditando buen sentido
y cordura en sus argumentos. Tal vez su carácter religioso le impedió
expresarse con la misma libertad en materias mas graves.
Personas que nos merecen crédito nos han asegurado, que lo que queda
del P. Guevara es apenas la mitad de lo que habia escrito; y que la
segunda parte de su história, talvez la mas interesante, por contener
los sucesos de una época mas cercana, le fué arrebatada en Santa
Catalina,[5] donde le sorprendió la supresion de su instituto, en
compañia del P. Falkner, autor de una obra que hemos publicado en el
1.er tomo de nuestra coleccion. Se añade tambien, que entre las várias
instrucciones comunicadas al gobernador Bucareli, para llevar á efecto
la expulsion de los Jesuitas en estas provincias, se le mandaba de
recoger y enviar á España el manuscrito de la história del P. Guevara.
Esta comision fué desempeñada por el Dr. D. Antonio Aldao, letrado de
crédito de aquel tiempo, y cuya presencia no bastó á preservar de la
dispersion y del pillage tantos documentos preciosos del saber y de la
aplicacion de la Sociedad que habia civilizado estas provincias!
El P. Guevara, fiel á su mandato, habia enlazado los acontecimientos
políticos que publicamos, con los de la Compañia de Jesus, de cuyos
detalles hemos prescindido, por hallarse registrados en la voluminosa
obra,[6] que con este mismo título y objeto dió á luz el P. Lozano.
El manuscrito de que nos hemos valido, pertenece á la selecta
biblioteca del Señor Canónigo, Dr. D. Saturnino Segurola, á quien
volvemos á tributar publicamente nuestra gratitud, por el vivo empeño
que toma en el buen éxito de nuestra empresa.
A mas de esta copia, tenemos noticia de otras dos que existen en Buenos
Aires: la una en la biblioteca pública, y la otra en poder de la
familia del finado D. José Joaquin de Araujo. En el convento de los PP.
Domínicos de los Lules, en la provincia de Tucuman, deberia conservarse
el egemplar que les ofreció el autor, por la cariñosa hospitalidad que
le dispensaron; y no seria improbable que fuese este el mas completo de
todos los que hemos mencionado.
Cual fué la suerte del P. Guevara, despues de la expulsion:--donde y
cuando acabó sus dias, lo ignoramos igualmente; y hemos solicitado
en vano la obra del P. Diosdado Caballero, que por haber descrito la
vida literaria de los últimos jesuitas, deberia haber recogido estas
noticias.
=PEDRO DE ANGELIS.=
_Buenos Aires,_ 15 _de Mayo de_ 1836.
HISTORIA DEL PARAGUAY.
La historia del Paraguay, Rio de la Plata y Tucuman es obra
verdaderamente difícil, superior á estudio ordinario, y poco menos
que insuperable á toda humana diligencia. Los tiempos juiciosamente
críticos en que vivimos; la falta de escrituras en gentes que usaban
por anales la tradicion de los mayores, en cuyos lábios, al pasar
de unos á otros, se vestian los sucesos con nuevo trage, cortado y
cosido al gusto del analista; el descuido en archivar los monumentos
primitivos, que hace respetables la antiguedad; la poca fidelidad
de algunos historiadores, y relaciones, unas que salieron á luz sin
mérito para ello, otras que se conservan manuscritas; la falta de
sinceridad con que los primeros conquistadores refirieron sus proezas,
haciendo escala para el ascenso con falsa ponderacion de sus méritos, y
abatimiento de sus émulos; la distancia de mas de dos siglos, que han
corrido despues de la conquista, y finalmente lo vidrioso de algunos
sucesos, dificultan esta obra, que algunos emprendieron y que aun desea
el orbe literario.
Lo cierto es que no le faltan méritos para que los estudiosos se
entretengan con su lectura. La cualidad de ella y su asunto tienen toda
la especiosidad y atractivo que busca la curiosidad en las historias
de Indias:--novedades que deleitan, prodigios naturales que admiran,
conquistas que entretienen, tiranias y levantamientos que asombran.
§. I.
DIVISION DEL TERRITORIO.
Paraguay, provincia de la América Meridional, en tiempos antiguos
hacia un cuerpo con el Rio de la Plata, y era gobernada en lo civil
por una misma cabeza, y por otra en lo eclesiástico, cuya jurisdiccion
se extendia, cuanto al terreno, casi sin límites ni linderos que la
ciñiesen. Desde la embocadura del Rio de la Plata, en 36 grados de
latitud austral, se dilataba hasta el nacimiento del Paraguay en trece
grados, señoreando á oriente y poniente multitud de gentes, parte
sugetas voluntariamente, parte á fuerza de armas.
Por la costa dominaba desde el cabo de Santa Maria hasta mas allá
de la Cananea, que corta la Cordillera áspera, por donde corre para
restituir al mar copiosos raudales, en altura de poco mas de 25 grados.
Por el norte se avecinaba á los confines del Perú, en cuyos cantones
estableció una colonia en el pais de los Travasicosis, que llamamos
Chiquitos, sobre las márgenes de un arroyo tributario del Guapay. Al
occidente podia dilatarse, tirando hácia las cabezadas del Pilcomayo
y Bermejo, hasta los distritos rayanos del Perú. Por el sur desde el
Cabo Blanco prolongaba sus términos hasta el Estrecho, dominando con
los títulos de derecho, y no con efectiva conquista, la provincia
magallánica, ó de los Patagones hasta los contornos de Chile. Tanta
extension de linderos le conciliaron justamente el título de _Gigante
de las provincias de Indias_. Por lo menos daba fundamentos para
persuadirnos que era un cuerpo desmedido, animado de alma pequeña,
cuyos influjos no alcanzaban á las extremidades.
El año de mil seis cientos veinte, se le desmembró todo el gobierno
del Rio de la Plata, desde el Paraná hasta su embocadura en el Océano,
y desde aquí hasta la Cananea por un lado, y por el otro, el estrecho
de Magallanes. Felipe V, en dos cédulas, una de once de Febrero de mil
seis cientos veinte y cinco, y otra de seis de Noviembre de mil seis
cientos veinte y seis, agregó al gobierno del Rio de la Plata todas las
Misiones que sobre el Paraná y sus vertientes, por una y otra costa,
doctrina la compañia de Jesus. D. Fernando VI, rey de España, y D.
Juan V, rey de Portugal, firmaron el año de mil setecientos cincuenta
un apeo, por el cual se le adjudicaban á la corona portuguesa las
cabezadas del Paraguay y Cuyabá, desde la embocadura del Jaurú al
poniente del mismo Paraguay, casi en la derecera de Morro Escarpado que
le cae al oriente.
La provincia del Rio de la Plata, separada del Paraguay desde el año
de mil seis cientos veinte, ocupa un terreno dilatadísimo: conviene á
saber, desde el Paraná hasta su derramamiento en el Océano, y desde
aquí siguiendo la ribera del mar brasílico, hasta la Cananea, y por
la costa magallánica, hasta el Estrecho de su denominacion. Cuanto se
extiende largamente el terreno que ocupa, tanto es limitado. En cuanto
á las ciudades que estan bajo de su gobierno, Santa Fé de Vera, San
Juan de Vera ó Siete Corrientes, las Misiones sobre el Paraná, y el
Uruguay, con algunos pagos y presidios, son todo el distrito de su
jurisdiccion.
La costa de Patagones, desde el Cabo de San Antonio hasta el Estrecho,
es de hermosa y agradable perspectiva, mirada desde el mar. Pero
quitada la apariencia con que engaña, y desnudas las fábulas con que
las desfiguran los ingleses y holandeses en sus cartas y relaciones,
nada tiene bueno para el establecimiento de ciudades.
Los viageros ingleses y olandeses describen en sus mapas y relaciones
variedad de rios, y oportunidad de sitios para la fundacion de pueblos
y ciudades. Nada de esto ofrece la costa. Los rios Gallegos, de Santa
Cruz, de los Camarones, y de San Julian, que los hacen venir cinquenta
leguas de tierra adentro, no son otra cosa que abras de la costa,
hácia donde la marea, que en aquellas partes es de seis brazas, entra
á ocupar los senos interiores de la tierra: y en tiempo de bajamar
aquellas aberturas restituyen las aguas que recibieron, como si fuesen
otros tantos pecheros que tributan al mar crecidos raudales. En lo
demas ni rios hay ni señales de ellos, y solo se descubren vestigios de
torrentes, que en tiempo de lluvias se precipitan al mar por aquellas
abras.
Comodidad para levantar ciudades, y establecer poblaciones no ofrece la
costa. Es la tierra enhiesta, sin maderas para edificios, sin leña para
el fuego, sin agua para los menesteres humanos, sin meollo para recibir
las semillas, y en una palabra falta de todo lo que necesita una ciudad
para su establecimiento y conservacion.
La tercera provincia de nuestra descripcion es Tucuman, situada en
la zona templada casi enteramente, menos por el lado que confina con
el Perú, que toca en la torrida hasta el vigesimo secundo grado de
latitud: corta norte á sur trescientas leguas, y se dilata de oriente
á poniente, doscientas. Parte términos con el Rio de la Plata y
Paraguay por el oriente, y al poniente se prolonga hasta la Cordillera
Chilena; y desde la derecera de Coquimbo, por los despoblados de
Atacama, confina con lo mas septentrional del Perú. Hácia el sur
deslinda jurisdiccion en la Cruz Alta con Buenos Aires, y se interna
hasta la provincia magallánica por las interminables campañas que le
corresponden.
No abunda en minerales de oro y plata, aunque al principio tuvo fama
de rica y presunciones de opulenta. Hánse descubierto estos últimos
años algunas vetas de oro, pero tan escasas, y el oro es de quilates
tan bajos, que mas empobrecen á sus dueños que enriquecen los ingénios.
Sus mejores minas y mas apreciables son pingues pastales, y dehesas
extendidas en que se crian tropas crecidas de mulas, que mantienen
con utilidad el comercio de la provincia del Perú. No hay duda,
que si la ingeniosa laboriosidad se aprovechára del terreno, y se
restablecieran las antiguas fábricas de las lanas, el beneficio del
añil y el cultivo de la grana, fuera Tucuman una de las provincias
índicas de mayor explendor y lucimiento. En efecto, cuando los
obrajes estaban corrientes, y Esteco beneficiaba el añil, y las demas
ciudades trabajaban en cultivar, aunque con poca diligencia, la grana,
podia gloriarse Tucuman, que dejando á los peruanos el ímprobo afan
de beneficiar las minas, poseia tantas riquezas y ostentaba tanto
explendor, que hasta las bestias calzaban herraduras de oro y plata.
¡Tanto conduce para el lucimiento de las ciudades utilizar los efectos
que la soberana Providencia dispensa á cada una para sus emolumentos!
§. II.
ORIGEN DE SUS HABITANTES.
Estas tres dilatadísimas provincias al tiempo de la conquista poblaban
varias naciones: sobre cuyo orígen, y tránsito del antiguo al nuevo
mundo despues del diluvio universal, discurren largamente los autores,
movidos al parecer de leves conjeturas. Con curiosidad mas agradable
podemos registrar aquí el orígen que se atribuyen los indios, sacado
de los anales diminutos que usaban para refrescar la memoria de sus
antiguedades.
Algunos dicen, que en el principio del mundo, antes del universal
diluvio, por la via septentrional vino al Perú un hombre, llamado
Hijo del Sol, revestido de poderes tan extraordinarios, que le
hacian suprema deidad: númen en los hechos, y hombre en la exterior
apariencia. Muchos años gobernó pacíficamente el universo con
satisfaccion de sus criaturas, y providencia de soberano que todo lo
alcanza. Pero Pachacamac, númen mas antiguo y supremo, por rencorosos
sentimientos, pretendió, destronizarle, y vengar sus injurias,
destruyendo su poder y crédito. Es verosimil que al Dios contuviese
mala causa, y que recelase las iras y venganzas de Pachacamac, mas
poderoso que él. Lo cierto es, segun ellos dicen, que no se atrevió á
comparecer en su presencia, huyendo cielo y tierra fuera del mundo.
Con la fuga irritó mas á Pachacamac, y no pudiendo este desfogar en
él la destemplanza de su enojo, convirtió sus iras contra los hombres
primitivos, hechuras del fugitivo númen, transformándoles en grillos.
Destruida esta primera raza de hombres, Pachacamac crió otra, tan
obsequiosos á su hacedor, que se merecieron toda su complacencia y
proteccion, para eternizarlos de generacion en generacion. No es justo,
dijo el númen, cuando se acercaba el diluvio, no es justo que mis
fieles adoradores perezcan en la inundacion de aguas que amenaza, y que
se acabe casta de hombres tan leales, pereciendo los buenos con los
malos, y los obedientes con los rebeldes. Por lo cual, cuando las aguas
empiecen á cubrir la superficie de la tierra, subid á los montes mas
eminentes, y escondidos en cuevas subterraneas, esperad que se temple
la ira de Pachacamac.
Los hombres siguieron el consejo de su próvido conservador, y tomando
algunos animales para conservar las especies, con las raices y frutas
necesarias para el subsidio de la vida humana, treparon los mas altos
montes, y escondidos en cuevas, cuyas entradas cerraron con lápidas,
esperaron que pasasen las aguas del diluvio. Cuando cesaron estas,
abrieron las puertas y tentaron algunos experimentos antes de abandonar
sus guaridas, y conociendo que iban desamparando la superficie,
salieron á respirar aires mas benignos, agradecidos al benéfico
conservador que proveyó á su perpetuidad con su direccion y consejo.
De otro modo mas ridículo, pero bastante sério para aquellos tiempos,
cuentan otros autores el orígen de los indios peruanos, tomándolo
de las tradiciones de ellos mismos. Contico Viracocha, supremo y
antiquísimo numen, criador de cielos y tierra, y de cuanto en ellos
hay, crió al hombre en la provincia de Collasuyo, en las inmediaciones
de Tiaguanaco. Pero los hombres, ingratos á su hacedor, le hicieron un
deservicio digno de que á todos destruyese, volviéndolos á la nada, de
donde los habia sacado. Destruidos los primeros por rebeldes, crió los
segundos, y para que estos no participasen la ralea de aquellos, los
diseñó en piedras con variedad de facciones y lineamientos, segun los
partidos á que los destinaba por habitadores, dividiéndolos en otros
tantos montones, cuantas eran las provincias que habian de poblar.
Concluida esta operacion preliminar, llamó á sus ministres, ejecutores
de los designios que habia concebido, y puestos en su presencia:
“Advertid, les dice, estas imagenes que figuraron mis manos, y mirad
que unos se llamarán F., y saldrán de tal cueva en tal provincia:
otros saldrán de la otra, se llamarán N., y poblarán en tal provincia.
Todos los cuales saldrán de las fuentes, rios, cuevas y cerros en
los partidos que he señalado, cuando vosotros los llameis de órden y
mandamiento mio. Para lo cual conviene que camineis luego, excepto dos,
que quedarán en mi compañia, y partiendo al nacimiento del Sol, cada
uno de vosotros irá por tal parte, siguiendo el rumbo que le señalo.”
Así lo ejecutaron los obedientes ministros, y al imperio de su voz,
autorizada con el soberano poder de Contice Viracocha, las cuevas,
los rios, las sierras y fuentes, abortaron hombres y mugeres, con los
mismos lineamientos y figura que diseñaba el modelo de las piedras. De
estos se poblaron las provincias inmediatas, de donde poco á poco con
los años se propagaron á las mas remotas.
Por la antiquísima tradicion que corria en su tiempo entre los indios
guaraní, referian estos, que dos hermanos con sus familias, de la parte
del mar llegaron embarcados á Cabo Frio, y despues al Brasil. Por todas
partes buscaron otros hombres que les hiciesen compañia. Pero los
montes, las selvas y campañas, solo estan habitadas de fieras, tigres
y leones. Con esto se persuadieron ser ellos únicos habitadores del
terreno, y resolvieron levantar ciudades para su morada, las primeras,
segun ellos decian, de todo el pais.
En tan hermanable sociedad y fructuosa alianza, gozando todos y
cada uno el fruto de su útil trabajo, vivieron muchos años, y se
aumentó considerablemente el número de familias. Pero de la multitud
se originaron los disturbios, las disensiones, las guerras civiles
y la division. Todo tuvo principio en dos mugeres casadas con dos
hermanos, cabezas de familias numerosas; las cuales riñeron sobre un
papagayo locuaz y parlero. De las mugeres pasaron los sentimientos á
los maridos, y de estos á las parentelas, y ultimamente á la nacion.
Por no consumirse con las armas, se dividieron las familias. _Tupí_,
como mayor, se quedó en el Brasil, con la posesion del terreno que ya
ocupaba, y _Guaraní_, como menor con toda su descendencia se retiró
hácia el gran Rio de la Plata, y fijando al sur su morada, vino á
ser progenitor de una muy numerosa nacion, la cual con el tiempo se
extendió por las márgenes del rio, y lo mas mediterraneo del pais,
hasta Chile, Perú y Quito.
No se extinguió la generacion de los guaranís con las aguas del
universal diluvio, del cual tenian alguna, aunque confusa noticia:
porque _Tamanduaré_ antiquísimo profeta da la nacion, gran privado
de _Tupa_, tuvo anticipada noticia del futuro diluvio, y admonestado
del númen, se reparó de las inundaciones con algunas familias en la
eminencia de una elevadísima palma, la cual estaba cargada de fruto,
y le subministró alimentos hasta que retiradas las aguas, bajó á la
tierra con sus compañeros, y multiplicaron tanto, que todo lo llenaron
de colonias descendientes de Guaraní. Las demas naciones del todo
ignoran su orígen, ó no contiene cosa particular digna de historia.
Antiguamente eran muchas las gentes que ocupaban estas dilatadísimas
provincias; tantas á la verdad y tan diversas, hasta en la exterior
contestura y peregrina novedad de lineamientos, que seria larga y
molesta la relacion de todos. Calehines, Timbues, Mbeguaes, Agaces,
Mepenes, Chiloasas, Martidanes, Charruas, Guenoas, Yaros, Colastinés,
Caracarás, Querandís, Tapes y otros, llenaban el distrito que hoy
llamamos Rio de la Plata.
La provincia del Paraguay la ocupaban los Mbayás, los Guaycurús, los
Payaguás, los Ibirayarás y principalmente los Guaranís, divididos en
varias ramas, con alguna diversidad de lenguage y modales que los
diferenciaba en los accidentes. Tucuman señoreaba los Juries, los
Diaguitas, los Tonocotes, les Lules, los Calchaquies, los Humaguacas,
los Tobas, los Abipones, los Mocobís, los Sanabirones y Comechingones.
Un largo catálogo de otras naciones se encuentra en impresos y
manuscritos que son de poca consideracion para la historia, y solo se
distinguen por algunas propiedades poco memorables.
§. III.
DE LOS GIGANTES Y PIGMEOS.
Sin embargo ocurren algunas cosas dignas de particular relacion. Los
gigantes, torres formidables de carne, que en solo el nombre llevan
el espanto y asombro de las gentes, provocan ante todas cosas nuestra
atencion. No se hallan al presente, pero antiguos vestigios, que de
tiempo en tiempo se descubren sobre el Carcarañal y otras partes,
evidencian que los huvo en tiempo pasado.
Algunos, convencidos con las reliquías de estos monstruos de la humana
naturaleza, no se atreven á negar claramente la verdad, pero retraen su
existencia al tiempo ante diluviano.
Yo no me empeñaré en probar que los hubo antes del diluvio, pero es
muy verosimil que despues de él poblasen el Carcarañal, y que en sus
inmediaciones y barrancas tuviesen el lugar de su sepultura.
Lo cierto es que de este sitio se sacan muchos vestigios de craneos,
muelas y canillas, que desentierran las avenidas, y se descubren
fortuitamente. Hácia el año de 1740 ví una muela grande como un puño
casi del todo petrificada, conforme en la exterior contestura á las
muelas humanas, y solo diferente en la magnitud y corpulencia. El año
de 1755 D. Ventura Chavarria mostró en el colegio seminario de Nuestra
Señora de Monserrate una canilla dividida en dos partes, tan gruesa y
larga, que segun reglas de buena proporcion, á la estatura del cuerpo
correspondian ocho varas! Como este caballero es curioso y amigos de
novedades, ofreció buen prémio al que le desenterrase las reliquias
de aquel cuerpo agigantado. Puede ser que el estipendio aliente para
este y otros descubrimientos, que proporcionarian al orbe literario
novedades para amenizar sus tareas.
Por el lado opuesto se ofrecen los pigmeos, diminutivos de la
naturaleza, que aspiran á ser hombres y nunca salen de embriones.
El autor de la _Argentina_ manuscrita los coloca en los confines de
los Xarayes, y los hace moradores de cuevas subterraneas. Otros los
internan al corazon del gran Chaco; y esta persuasion, muy valida
en otro tiempo, aviva una carta del Padre Juan Fecha, escrita en
Miraflores en 11 de Mayo de 1757. En ella dice que los Chiriguanos
sacaron un pigmeo muy chico: no quisieron decir en que parte del Chaco
habitaban; pero añaden que solo de noche salen á buscar que comer,
temiendo que si de dia desamparáran sus cuevas, _serian acometidos de
los pájaros grandes_! Despues de toda esta autoridad, dudo mucho de la
existencia de los pigmeos. El Chaco está muy trasegado de los españoles
y misioneros jesuitas. Desde el tiempo de la conquista se han cruzado
sus rios, montes y senos: se han formado prolijos catálogos de las
naciones y parcialidades que lo habitan, y era natural que en tantas
entradas algun pigmeo se hubiese descubierto, y que esta noticia,
como memorable, se añadiese por apéndice al catálogo de las naciones
chaquenses.
Nada de esto se encuentra archivado, y así se puede tener por
inverosimil la existencia de los enanos, que se fingen escondidos
en cuevas subterraneas para que no los hallemos, y solo se les
permite salir en la obscuridad de la noche para que no los veamos. No
convence el testimonio del Padre Juan Fecha: no habla como testigo
ocular, y refiere amigablemente á un corresponsal suyo lo que dijeron
los Chiriguanos, gente infiel, y nacida para urdir engaños: tan
acostumbrada á la mentira, que mienten y desmienten en pocas palabras
por el interes de cualquiera cosa. Lo cierto es que, siendo tan
interesados, hubieran traido al pueblo el pigmeo, para que los curiosos
pagasen su vista con algun donecillo.
En lo demas las otras naciones de estas tres dilatadísimas
provincias son de estatura y correspondencia de partes bastantemente
proporcionadas, con alguna diferencia en facciones y color, que declina
en aceitunado, en unos mas claros y en otros mas obscuros. La frente
ceñida y humilde: rasgados y muertos los ojos: las narices chatas y
abiertas: el rostro prolongado con demasía, y abultado sobradamente.
Todo el encaje de la cara y textura de facciones es vivo diseño de un
ánimo agreste, incivil, tosco y propiamente bárbaro. En el trato se
crian sin urbanidad, en las ciencias sin cultivo, en la mecánica sin
egercicio, en lo político sin leyes, en lo religioso sin Dios, y en
todo como brutos.
§. IV.
DE SU GOBIERNO, LEYES Y COSTUMBRES.
Empezamos á dar una idea de estos brutos racionales por el plan de
sus operaciones. Su gobierno era de los mas infelices que pueden
caer en la humana aprension. Toda se reducia al cacique que hacia
cabeza, y á algunas parcialidades de indios que le seguian. Por lo
comun, cuando decimos cacique que era cabeza y soberano, entendemos
solamente un reyezuelo y señor de pocos vasallos:--de treinta, ochenta,
ó cien familias que le siguen, y miran con acatamiento, y le pagan
algun tributo, labrándole sus chácras y recogiéndole sus frutos.
Antiguamente, cuando la tiranía no prescribia leyes á las conquistas,
en las naciones mas cultas del orbe las monarquias eran ceñidas, poco
mas ó menos numerosas que las indianas del Nuevo Mundo.
Entre los guaranís el séquito era mayor, y mayor el número de vasallos;
pero no tanto, que nos atrevamos á contar por millares los tributarios
de cada cacique, y mas fácil será multiplicar á millares los
reyezuelos, que los súbditos de cada uno. Una cosa loable tenian estos
soberanos, que no agravaban con imposiciones y pechos los trabajos y
laboriosidad de sus vasallos, contentos con el corto reconocimiento de
pegujales ó chácaras que les labraban, ó peces y caza que les recogian
para el sustento de las _real familia_. Al paso que la utilidad de sus
afanes estaba libre de gravámenes, eran ellos amantes de sus caciques,
compensando el desinteres de estos con tierno cariño y rendimiento
envidiable.
Verdad es, que algunas naciones solo en tiempo de guerra obedecen
á sus reyezuelos; pero las mas en todos tiempos les profesan amor,
sujecion y vasallage. El cacicazgo lo hereda el primogénito, y en so
defecto entra el segundo, y tercero hijo. A las veces sin reprensible
intrusion, por las proezas militares se gana algun indio secuaces, y
estos le aclaman cacique, y queda constituido rey con vasallos que le
sirvan y tributarios que le beneficien sus tierras. Entre los guaranís
la elocuencia y culta verbosidad de su elegante idioma era escala para
ascender al cacicazgo. No abria escuelas esta nacion para la enseñanza
de su lengua, pero el aprecio que se hacia de los cultos estimulaba el
cuidado, y sugeria el estudio de palabras bien sonantes.
Toda la distincion de nobleza y plebe se tomaba de los caciques. Los
que no descendian de ellos eran tenidos por plebeyos, á distincion de
los demas en que corria la misma sangre, los cuales eran mirados con el
respeto y veneracion que las otras naciones acostumbraban tener con las
personas reales. No solo los indios miraron con obsequioso acatamiento
á los caciques y á su descendencia, sino aun los españoles mismos
observaron en ellos un carácter de nobleza, y tan señoril magestad de
operaciones, que entre sus bárbaros modales los hacia distinguir de
la inculta plebe, y no dudaron emparentar con ellos, casando con sus
hijas. No tenian estos caciques la ostentacion de monarcas, que se
admiraba en los Incas peruanos, y en los Montezumas mexicanos, pero en
medio de una extrema pobreza y barbarie inculta, hacian aprecie de lo
noble, y se gloriaban de ser señores de vasallos, que los miraban con
respeto, y servian con fidelidad.
Leyes para el arreglamiento de las costumbres no consta que tuviesen,
y siendo tan escandaloso el desgarro de su vida, superfluas parecian
y vanas las reglas del bienvivir. Su principal cuidado, y casi único
ejercicio, eran las armas de arco, flechas, lanza y macana. Algunas
naciones usaban, y aun hoy dia usan las bolas, ó _libes_, que juegan
con singular acierto y destreza extraordinaria. Son los libes tres
bolas de materia sólida, cada una del peso de libra, poco mas ó menos,
envueltas en enero, asidas por la extremidad de tres cordeles largos,
cada uno de dos varas y media, ó tres, unidos todos en un mismo centro.
En tiempo de caza y de guerra, cuando el lance ofrece oportunidad para
su uso, juegan al aire los libes, dándoles vuelta sobre la cabeza,
hasta que tomando vuelo las arrojan á larga distancia, y enredan con
las bolas la caza que siguen y al enemigo que acosan.
§. V.
DE SUS PREPARATIVOS DE GUERRA.
Antes de declarar guerra precede junta de los principales, de cuyo
acuerdo pende la última resolucion. Júntase el congreso en la tolderia
de alguno de los caciques, donde con anticipada prevencion estan
preparadas las chichas y alojas, que son los brevages que usan en
sus asambleas y parlamentos. No sé si estas bebidas tienen la suave
actividad del vino y aguardiente: pero si carecen de esta propiedad, es
averiguado que causan el mismo efecto de embriagar y dementar al indio.
Nuestros consejeros de guerra no empiezan su acuerdo, hasta que tomados
del vino, y faltos de juicio decretan la guerra, por las utilidades que
se prometen en los despojos del enemigo, en los prisioneros que aspiran
á cautivar, y en el honor de valientes que esperan adquirir.
Al decreto de la guerra se sigue la eleccion de gefe, que dirija la
faccion con acierto y gloria de la nacion. Suele ser muy disputada,
y no es fácil concordar las partes, porque todos ambicionan el honor
de Capitan General del ejército. Cada uno teje prolija relacion de
sus proezas militares con sobrada ponderacion de sus méritos, y
particularizando los combates en que se ha hallado, las victorias que
ha conseguido, los enemigos que ha muerto, y los vestigios que conserva
para eternizar su memoria. Y como en todo abulta la ponderacion lo que
el valor y la fortuna no alcanzaron, es muy reñida la eleccion de gefes
para el gobierno de las milicias.
Pero una vez elegido, todos, aunque sean caciques, le obedecen, y
por su consejo se previenen los aparatos de guerra, y disponen las
operaciones militares. Convócanse las compañías con humos y fogatas,
en cuya inteligencia estan muy diestros, y concurren al sitio donde
empezaron los fuegos, prevenidos de armas, porque no hay armeria comun,
y cada uno tiene depósito particular para las suyas.
El arco, la flecha y la macana, son las mas ordinarias: el dardo y
las bolas son particulares de algunas naciones. El arreo y galas
militares, es el que usan en sus mayores solemnidades: plumages ceñidos
á la cintura; diversidad de colores, con que feísimamente se embijan,
juzgando que la pintura los hace formidables al enemigo, y siendo ella
tal, pueden causar espanto á los espirítus infernales.
El principio y fin del combate acompaña tal algazara de voces, que
llena los aires de confusion y los oidos de espanto. Puédese decir que
empiezan la guerra aturdiendo al enemigo para entorpecerle las manos
en la hora de la lucha. Efectivamente cuando los españoles no estaban
acostumbrados á semejante gritería, en los primeros encuentros mas
tenian que vencer el horror y confusion de las voces, que el estrago
de sus débiles armas. Era ley inviolable de su milicia retirar los
cadáveres, parte para darles honorífica sepultura á su usanza, parte
para ocultar al enemigo el daño recibido, no advirtiendo la escrupulosa
observancia con sus difuntos, y la reputacion de su valor, que este
embarazoso divertimiento, aunque loable por naturaleza, impedia á veces
la gloria de una esclarecida victoria. El vencedor gozaba los despojos.
El principal y mas estimable eran los prisioneros, á los cuales
cortaban la cabeza, y la llevaban por trofeo enristrada en las puntas
de las lanzas. Talvez se servian de ellos, ó los vendian por esclavos.
Los guaranís, y otras naciones caribes tenian su mayor celebridad en el
banquete que prevenian de los cautivos.
§. VI.
DE SU TRAGE.
Por lo comun las naciones de estas provincias andaban desnudas. Algunas
acostumbraban taparse con un cuero á manera de manta que pendia desde
los hombros hasta mas abajo de las rodillas. Otros usaban tegidos á
manera de redecillas que servian poco á la decencia y menos para el
abrigo. Las mas hacian un tegido de plumas que ceñian á la cintura, y
talvez al rededor de la cabeza, especialmente en tiempo de guerras y
en sus mayores solemnidades. En el sexo mugeril era ordinario algun
suplemento de la decencia y honestidad que arguia ser algo recatadas
por naturaleza, ó por lo menos no vivir con desenvoltura y descaro
extremamente licencioso.
Mas ordinario que el vestido y plumajes era la pintura, y esta la
usaban en una de dos maneras; ó sobrepuesta, que borraban á su
arbitrio, ó indeleble que no se pierde ni puede borrar. Del primer
género era cuando sin arte ni proporcion sobre el lienzo de sus cuerpos
tiraban pinceladas con zumos de yerbas y barro de colores diferentes,
diseñando en vez de figuras agradables en sempiterno laberinto de
confusiones. No obstante, para ellos era la mejor y mas vistosa gala de
que vanamente se gloriaban, como Apeles de sus delicadas pinturas.
El otro género era mas costoso, mas delicado y permanente. Prevenian en
remojo un poco de cisco menudo, y cuando estaba en el punto que ellos
saben, mojaban la punta de una espina, y con ella picaban el rostro con
extrema delicadeza y nímia proligidad, hasta que apuntase la sangre,
la cual incorporada con el jugo del cisco se restañaba, dejando un
botoncillo y señal muy sutil en el sitio de la picadura. Es verosimil
que el jugo del cisco por fermentacion y efervescencia tenga eficacia
de cauterizar y congelar la sangre que sacó la espina. De cualquiera
manera que ello sea, la pintura es indeleble, y en cierto modo imita
las delicadezas y primores de la miniatura. No es perceptible á lo
lejos, pero observada de cerca, se notan entre imperfectos bosquejos
algunos rasgos sin arte, agraciados por naturaleza.
Otros adornos de singular estimacion, propios de algunas naciones,
son los pendientes y collares de piedrezuelas, y dientes de animales
que ensartaban para colgarlos. Aquellas feisimas viejas, que hacen
oficio de harpias en la muerte de los prisioneros, gozan el privilegio
de arrancar los dientes y muelas de los difuntos para ensartarlos en
testimonio de su valentía; y cierto que lo es tanto atrevimiento con
los muertos. Este joyil estiman algunas naciones sobre el oro y la
plata, y en nuestros dias los Payaguás cambiaron el oro que robaron á
los portugueses de Cuyabá por abalorios, cuentas de vidrio y pedazos de
bacinillas. Algunos taladran las orejas con notable deformidad, otros
se abren el labio inferior, del cual cuelgan el _tambetá_, ó quijada de
la polometa.
§. VII.
DE SUS DIVERSIONES.
De estas galas y adornos, que hace estimables la pobreza y su rudo modo
de concebir, usan en las guerras, en las borracheras, en los bailes y
fiestas con que solazan el ánimo y entretienen el tiempo. Rara será la
nacion del mundo que no permita á la opresion desahogo, alternando las
ocupaciones y horas del trabajo con los festines, los convites, las
músicas y saráos. Las gentes americanas interrumpian las inacciones
de su ociosidad y pereza con bailes y borracheras, que á ellos
entretenian, y advertirán al lector con su barbaridad.
El baile de los Bororos es de los mas inocentes que puedan deleitar el
ánimo. Pero lo simple y sencillo de él admira, y nos enseña, que el
corazon oprimido de cuidados, y agravado de tristes pensamientos puede
hallar desahogo en divertimientos inculpables.
Son los Bororos infieles, de natural dócil y pacíficos. Habitan las
vecindades del rio de los Porrudos, á donde acuden los portugueses á
las _malocas_, y aprisionados los llevan á Cuyabá para el beneficio de
las minas, y para el remo de las balsas y faluas. Si talvez acontece
que cautivan alguna muger, la parentela se sugeta á cautiverio, y se
entrega voluntariamente al servicio del portugues, en cuyo poder está
la cautiva. Como es gente inocente usa el trage de la inocencia, y
andan enteramente desnudos, menos la cabeza, que rodean con plumas de
gavilan tejidas á manera de guirnalda.
Coronados de ellas y desnudos, arman sus bailes y danzas, haciendo
rueda y círculo unos de otros. El que lleva el compas entona una
cancion bárbara y sin arte, al son de roncos calabazos, y sonajas de
porongos con piedrezuelas dentro, que tocan los demas, repitiendo el
son y letrilla, que empezó el presidente del coro. Entretanto dan
vueltas á la redonda sin descomponer el círculo, pisando fuertemente la
tierra, y acompasando los golpes de los pies con el de los calabazos
y sonajas, y uno y otro con los puntos del primero. Así pasan mucho
tiempo divirtiéndose inocentemente, y sin las perniciosas consecuencias
que traen con sigo las borracheras y danzas que usan otras naciones.
Con decir el uso que tienen los lugares, y con poca diferencia queda
referido el estilo y costumbres de estas gentes. El dia que precede
á la borrachera, que se puede llamar vispera de fiesta y solemnidad,
se juntan los convidados indios é indias en el lugar del festejo, que
es una plazuela, cuyo centro distingue un palo elevado, y al pié de
él está la hija, ó muger del que celebra el convite, con un báculo ó
caña en la mano de cuya superior extremidad pende multitud de uñas de
javalies y venados. Como la indiezuela interesa aplausos en llevar el
coro, empieza luego á dar el son á los cantores y danzantes, sacudiendo
con brio la caña ó báculo contra el suelo, y haciendo que resuenen las
castañuelas, azotadas las unas con las otras.
Este son, verdaderamente poco apacible, siguen con el canto los
músicos, y con mudanzas los danzantes, saltando y brincando al rededor
del palo, hombres y mugeres, desde prima noche hasta que raya el dia
con los primeros arreboles de la mañana.