[Footnote 18: Recibido el Viático.]
[Footnote 19: Hecho y dicho rigorosamente históricos.]
V
Dos días después, subía por la cuesta de la Ribera un carro fúnebre
conduciendo un ataúd enorme, y seguido de numeroso cortejo. Pregunté, y
supe que en aquel ataúd iba el cadáver de Tremontorio. ¡Dios sabe lo que
pasó entonces por mi alma! El cortejo se componía, casi exclusivamente,
de gente marinera; y preciso fué que me lo advirtiesen para que yo
cayera en ello; pues, á juzgar por el vestido, lo mismo podían ser
aquellos hombres jornaleros de taller, ó _caldistas_ al menudeo: tanto
abundaba entre ellos el hongo fino, la americana, la gorrita de seda, el
pantalón ceñido, y hasta los botitos de charol. Ni huellas del traje
clásico de los días de fiesta de los castizos mareantes: la ceñida
chaqueta y los pantalones y la boina de paño azul obscuro, ésta con
profusa borla de cordoncillo de seda negra; corbata, negra también, y
también de seda, anudada sobre el pecho y medio cubierta por el ancho
cuello doblado de una camisa sin planchar; zapato casi bajo, y media de
color. El Tuerto, que iba materialmente embutido entre las dos ballestas
traseras del carro, era el único que recordaba un poco lo que él mismo
había sido antes. La raza indígena pura, del mareante santanderino, tal
cual existía aún, desde tiempo inmemorial, diez ú once años ha, iba en
aquel ataúd á enterrarse con Tremontorio, porque bien puede asegurarse
que éste fué el último de los ejemplares castizos y pintorescos de ella.
Justo es, por tanto, que yo le registre en mi cartera antes de que se
pierda en la memoria de los hombres.
Sobre los restantes del gremio ha pasado ya el prosaico rasero que
nivela y confunde y amontona clases, lenguas y aspiraciones.
La filosofía lo aplaude y lo ensalza como una conquista. Hace bien, si
tiene razón; pero yo lo deploro, porque el arte lo llora.
1880.