Amaneció un día con el viento al Sur, casi en calma: el cielo, sonrosado
con algunas nubes aturbonadas; la bahía, como un espejo; la mar, como un
lago; la temperatura, á placer; el campo, verde y fragante; las flores,
meciéndose sobre los tallos; los árboles, entreabriendo sus hinchadas
yemas y asomando por ellas las tiernas esmaltadas hojas, que se
estremecían y se desplegaban al sentir por primera vez el calor de los
rayos del sol vivificante; la sonora voz de las campanas de todos los
templos, llenando de armonías el espacio; y el movimiento y la
circulación, interrumpidos por la solemnidad de los días anteriores,
restableciéndose bulliciosos en todas las arterias de la población.
--¡Hermoso día!--exclamaban las gentes de tierra, encaminándose á
continuar los suspendidos negocios, ó frotándose las manos á la puerta
del almacén, ó contemplando la naturaleza desde las entreabiertas
vidrieras del gabinete. Y el fervoroso cristiano que volvía del templo,
lleno su corazón de místicos regocijos; y el célibe egoísta que,
empuñando el _roten_, se desperezaba á la puerta de su casa, dispuesto á
emprender el higiénico paseo extramuros; y el labrador afanoso que
arreaba la yunta y dirigía el arado para abrir el primer surco en su
heredad; y el bracero menesteroso ... cada cual, á su manera, saludaba
con himnos del corazón aquel inolvidable _Sábado de Gloria_ de 1878.
Así llegó el sol á la mitad de su carrera, y el afán de los hombres al
descanso del mediodía. Entonces se alzaron súbitamente remolinos de
polvo en las calles de la ciudad; azotó la cara de los transeuntes una
ráfaga de viento húmedo y frío; oyóse el chasquido de algunas vidrieras
sacudidas contra la pared; cubrió los cerros del Oeste un velo
achubascado; nublóse repentinamente el sol; tomó la bahía un color
verdoso con fajas blanquecinas y rizadas, y comenzó á estrellarse contra
las fachadas traseras de la población una lluvia gruesa y fría.
--Un _galernazo_--dijo la gente con mucho sosiego.--Después del Sur, era
de esperar.
Y el que tenía qué, se puso á comer; y el que había comido ya, se tendió
á dormir la siesta ó á chupar el clásico cigarro delante de una taza de
café.
Según la gente de tierra, no había ocurrido hasta entonces cosa que no
fuera en Santander muy natural y corriente; y en verdad que no era para
dejar pálido á nadie la rotura de algunos vidrios, unos cuantos paraguas
vueltos del revés, tal cual sombrero arrancado de su correspondiente
cabeza, y alguna que otra falda encaramada más arriba de lo
acostumbrado.
Y, sin embargo, uno de aquellos instantes, pasados casi inadvertidamente
para la gente de la ciudad, había producido, á la vista de ella, como
quien dice, el desastre más espantoso que registran los cántabros
anales.
Noticias de él fueron los alaridos que comenzaron á oírse luego por las
calles, entre la gente marinera; madres clamando por sus hijos; esposas
por sus maridos; hijos por sus padres; hermanas por sus hermanos.
Aquello era una desolación, y sus clamores atravesaban el alma como un
puñal. Corrían los desventurados pálidos los rostros y los ojos sin
lágrimas, porque para los grandes dolores no existe el consuelo de
ellas, buscando en los ojos de los demás una respuesta que nadie podía
darles, y el contristado espectador se agregaba á ellos y los seguía
como si el mismo infortunio le empujara. El rumbo de tan tristes
cortejos era el Muelle, donde había ya una muchedumbre con los ojos
clavados en la boca del puerto. El temporal había cesado casi por
completo en tierra, y de la mar sólo se veía una parte de su furia,
estrellándose espumosa y rugiente sobre las tristes _Quebrantas_.
Conocíase una parte del desastre: lo que de él habían presenciado los
pescadores de tres lanchas, únicas que hasta aquella hora habían logrado
volver al puerto. Citábanse nombres y se pintaban escenas de horror y de
heroísmo. Las lanchas habían llegado medio anegadas; sus tripulantes,
con la palidez de la muerte en el semblante, mudos y consternados, con
las ropas ceñidas al cuerpo, empapadas en agua; muchos de ellos, con el
hercúleo torso desnudo. No les aterraba solamente la idea del peligro en
que se habían hallado, pues de otros no menores habían salido con sereno
espíritu, sino el cuadro de muerte y desolación que habían contemplado
sus ojos entre la furia de la galerna.
Hablábase mucho en los apretados corrillos; oíanse los lamentos de los
que ya nada esperaban y de los que temían, y no faltaba quien, para
desvanecer tristes presentimientos, hiciera risueños cálculos; pero
siempre flotaba sobre el llanto y las conversaciones, como respuesta á
una pregunta que no se cesaba de hacer, esta frase:
¡_Todas_ están allá!
¡_Todas_! ¡Nunca esta palabra tuvo sonido tan triste y pavoroso! Todas;
es decir, todas las lanchas _de altura_ estaban en la mar, y sólo tres
habían vuelto al puerto.
Corriendo aquellos minutos, que parecían siglos, vióse otra, y luego la
quinta, rebasando del promontorio de San Martín. Cada una de ellas fué
saludada con un rumor que no puede pintarse con palabras ni con sonidos.
Cerca ya del anochecer, y después de dos horas de esperar en vano los
que en el puerto lloraban, y cuando la vista más sutil no había podido
distinguir desde los puntos más elevados de la costa ninguna lancha en
la mar, y había tiempo sobrado para tener noticias de las que pudieran
haberse refugiado en boquetes ó ensenadas, faltaban siete.
Preguntóse por ellas á todos los puertos y fondeaderos del litoral; pero
aquellas preguntas se cruzaban en el camino con otras análogas que los
preguntados hacían á Santander, y sólo sirvieron para dar á conocer en
su horrible extensión el desastre de aquel día memorable. Desde
Fuenterrabía á Cabo Mayor, había hundido el azote de la galerna en los
abismos del mar, TRESCIENTOS OCHO hombres en brevísimos instantes. En
este espantoso cúmulo de víctimas, tocábanle SESENTA al gremio
santanderino. ¡Jamás la muerte acechó á los hombres con mayor astucia,
ni los hirió con más implacable saña!
Aunque la caridad, virtud de los cielos, amparó entonces, como siempre,
por igual á todos los desvalidos, cada corazón sintió lo que estaba más
patente en su memoria, y la mía la ocupó toda Tremontorio.
Preguntando por él, supe que también había salido á la mar aquel día, y
que era de los pocos que se habían salvado de la catástrofe, casi
milagrosamente; pero que, con lo terrible del trance, los golpes y la
frialdad del agua, á sus muchos años, habíase puesto á punto de morir.
No me satisfice con estas noticias, y quise verle, y lo conseguí.
Le hallé tendido en un pobre lecho, pálido, cadavérico; pero muy
tranquilo y en reposo. Cuidábale otro marinero, que á su lado estaba de
pie y con los brazos cruzados sobre el pecho. No me era extraño este
personaje; y, en efecto, después de contemplarle unos instantes, conocí
en él al Tuerto. Pero, ¡qué viejo, qué encanecido, qué anguloso y
encorvado le hallé!
Como mi presencia no podía chocar allí en aquellos días en que la
caridad no cesaba de llamar á las puertas de los náufragos, logré que el
viejo pescador me recibiera mucho mejor de lo que yo esperaba de su
rudeza habitual.
--Y ¿cómo se encuentra usted ahora?--llegué á preguntarle.
--Con el Práctico á bordo[18] desde ayer--me respondió con su voz de
siempre, aunque más premiosa.
--Será por exceso de precaución--díjele, comprendiendo su náutica
alegoría y deseando darle alientos.
--¡Qué precaución ni qué ... tiña!--me replicó muy fosco!--Soy ya casco
viejo, vengo desarbolao, el puerto es obscuro y la barra angosta...;
¿para cuándo es el práctico, si no es para ahora mesmo?
--Tiene usted razón--le dije, viéndole tan sereno.--En estos trances se
prueba el temple del espíritu.--Ya veo que el de usted no necesita
remolque.
--No, gracias á Dios, que me da más de lo que merezco. Ochenta años; no
haber hecho mal á nadie en una vida tan larga; haber corrido tantos
temporales, y venir á morir en mi cama, como buen cristiano y al lado de
un amigo, ¿no fuera cubicia y desvergüenza pedir más, retiña?
Lo admirable de estas palabras está en que eran ingenuas, como todas las
que salieron de la misma boca durante tantos años.
Seguimos hablando por el estilo, cuidando yo de encomendar la menor
parte de la tarea al enfermo para no fatigarle, y conduje la
conversación al extremo que deseaba.
Y pregúntele, después de encauzada á mi gusto:
--Pero, ¿no hay algún síntoma, algún anuncio de esos temporales?
--¡Anuncio!...--exclamó Tremontorio mirándome, con una sonrisa más
amarga que el agua de las olas.--¡Anuncio, retiña!... ¡Pues si hubiera
anuncio de eso!... Está usté en su lancha como la hoja en el árbol, ni
quieto ni andando; la tierra á la vista, la mar como una taza de caldo;
un si es ó no es de turbonada al horizonte.... ¡Retiña!, na, porque así
se puede estar un mes entero.... Este carís no es pa que naide pique las
amarras.... Pues, de súpito, le da á usté en la cara un poco de brisa;
oserva usté el Noroeste, y ve usté venir, echando millas, á modo de una
jumera, encima de una mancha parda que va cubriendo la mar, con un rute
rute, que no paece sino que el agua se despeña por las costas abajo. Al
verlo y al oirlo, la sangre se cuaja en el cuerpo, y los pelos se ponen
de punta; arma usté los remos, isa una miaja de trapo pa ver de correr
por delante; y, ¡tiña!, antes que se dé la primer _estropá_, ya está
aquello encima.
--¿Á qué llama usté _aquello_?
--¿Aquello?... Aquello, señor, yo no sé qué sea, si no es la ira de Dios
que pasa; aquello es la _última_; la de abrir la escotilla de las culpas
y encomendarse á la Virgen Santísima; la de dejar la tierra para
sinfinito y clamar por los suyos los que tienen en ella las alas del
corazón.
--Bien; pero, ¿qué sucede allí en esos momentos terribles?
--Y ¿lo sabe anguno, por si acaso?... ¡Retiña!; faltan ojos y tiempo pa
mirarlo.... Está usté en un jirvor de espuma, que zarandea la lancha
como si fuera cascara de nuez; ese jirvor se levanta, se levanta..., y
vuelve á bajar; y al bajar, cae sobre usté; y al caer, usté no sabe si
caen peñas ó qué cae, porque quebranta y ajoga al mesmo tiempo; y al
abrir usté los ojos, ¡tiña!, ni hombre, ni lancha, ni remo, ni costa, ni
cielo, ni ná. ¡Allí no hay más que estruendo y golpes, y espuma y
desamparo!...; ¡ni voz para clamar á Dios, porque en aquella tremolina
no se oye uno á sí mesmo! Un trastazo le echa á pique, y otro le saca á
flote; la cabeza se atontece, y el que mejor sabe anadar, trata de
olvidarlo pa acabar cuanto antes.
--Pues á usted de algo le ha servido el saber nadar, puesto que logró
salvarse donde tantos otros perecieron.
Miróme el hombre con torvo ceño, y díjome con profundísima convicción:
--¡Ni pizca, tiña!
--¿Cómo salió usted á tierra, si no?
--Porque Dios quiso, y ciego será quien no lo vea.
Metióme en mayor curiosidad esta respuesta, y rogué al valiente pescador
que me contara el suceso. Resistióse á complacerme, con bruscas
evasivas, y entonces tomó parte en la conversación el Tuerto, y me dijo:
--Verá usté lo que pasó, señor, porque juntos nos salvamos los dos.
Llevónos la galerna, en un decir Jesús, á dos cables de San Pedro del
Mar; y cuando contábamos que no pararíamos hasta embarrancar en la
arena, un maretazo, como yo no he visto otro, nos puso la lancha quilla
arriba. Al salir yo á flote, de todos mis catorce compañeros no quedaba
más que éste, á unas seis brazas de mí. Á los demás--añadió el Tuerto
con voz trémula y muy conmovido,--no he vuelto á verlos hasta la hora
presente. Como la lancha había quedado entre dos aguas, tuve la suerte
de agarrarme á ella; pero ese infeliz se vió sin otro amparo que sus
remos naturales, y no era poco, porque, á saber anadar, no hay merluza
que le meta mano. En esto, la mar nos fué atracando el uno al otro; y ya
estábamos al habla, cuando la suerte le puso un remo delante. Agarróse á
él y descansó una miaja. Pero notaba yo que no se valía más que de un
brazo para agarrarse, y no sacaba el otro hacia el remo, ni le movía
para ayudarse.--«¡Anade y atráquese--le gritaba yo,--hasta que llegue á
darle una mano, que dispués ya podrá agarrarse á la lancha!.--¡Qué más
quisiera yo que poder anadar, retiña!--me respondió.--Pues ¿por qué no
puede?--Porque me jalan mucho los calzones. Paece que tengo toa la mar
metida en ellos; y á más á más, se me ha saltao el botón de la
cintura.--¡Arríelos, puño!--¡Tiña, que no puedo!--¿Por qué?--Porque esta
mañana se me rompió la cinta del escapulario, y le guardé en la
faldriquera.--¿Y qué?--Que si arrío los calzones, se va á pique con
ellos la Virgen del Carmen[19].--¿Y qué que se vaya, hombre, si no es
más que la estampa de ella?--Pero está bendita, ¡retiña!; y si ella se
va á fondo, ¿quién me sacará de aquí, animal!» Hay que tener en cuenta,
señor, que la mar era un infierno, y tan pronto nos sorbía como nos
soltaba. Á cada palabra un maretazo nos tapaba el resuello, ó nos cubría
con más de diez brazas; y al salir á flote, no hallaba uno quien le
respondiera, ó asomaba por onde menos era de esperar. Dios quiso que no
nos separáramos cosa mayor en aquel tiempo, que fué mucho menos del que
yo empleo en contarlo; porque la sola vista de otro ser humano le anima
á uno á bregar en tales casos. ¡No sabe usté la agonía que se pasaba en
el instante en que al salir á flote se veía uno solo! Volviendo al caso,
digo que al hablar este compañero las últimas palabras que yo he
repetido, vínose encima de mí sin saber cómo, y agarróse á la lancha. Al
mismo tiempo se alzó á barlovento una mar como no ha visto igual hombre
nacido: pensé que aquél era el fin, no de nuestras vidas, sino del mundo
entero; desplomósenos encima, y para mi cuenta, entonces, allí
fenecimos, porque ni más vi, ni más oí, ni más sentido me quedó que una
chispa de él para acabar una promesa que estaba haciendo á la Virgen del
Mar (y cumplí al otro día, como era justo). Pero, á lo que paece, aquel
desplome de agua nos echó á tierra con la rompiente, porque allí nos
alcontramos los dos al volver del atontamiento, cerca de unos baos de la
lancha y con astillas de ella entre las manos. Vino gente, nos recogió,
nos dió abrigo, y aquí nos trajo: al señor, en el estado en que usté le
ve, ó poco menos; y á mí, como si nada hubiera pasado, que de algo vale
el no ser viejo y haber sorbido mucha desgracia. Lo cierto es, señor,
que si el estar los dos vivos no es un milagro de Dios, no he visto cosa
que más se le asemeje.
--¿De modo que usted--dije al Tuerto con la intención de saber algo de
su vida desde que volvió del servicio,--ha dejado su casa por venir á
cuidar á su amigo?
--Mi casa es ésta--respondió secamente el Tuerto.
--¿No tiene usted familia?
--Me queda un hijo, que anda navegando en un vapor; todo lo demás está
ya en el otro mundo..., no contando al señor, que ha sido un padre para
mis hijos y para mí.
Muy poco más duró nuestra conversación. Al despedirme, tendí la mano á
aquéllos heroicos y honrados marineros, y dije al moribundo Alcides del
Cabildo de Abajo:
--Hasta la vista, amigo.
--Y ¿por qué no, tiña!--me respondió, dando á mis palabras mayor
alcance del que yo les había dado.--Mareantes sernos todos de la mar de
acá, y en rumbo vamos del mesmo puerto. Si el diablo no nos le cierra,
yo mañana y usté otro día, en él hemos de fondear.
--Quiéralo Dios así--repuse desde lo íntimo de mi corazón, pensando en
las virtudes de aquel hombre admirable.